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Trípoli, la ciudad agujereada |
Pierre es un cristiano maronita que regenta un hotel en el casco antiguo de Trípoli. Es un hombre amable, encantador, habla un bonito francés y le gusta charlar con el turista. Su hotel está instalado en un edificio muy antiguo y unos arcos que sobresalen de la pared dan buena fe de ello. Pierre está siempre atento a sus clientes, se arroja literalmente escaleras abajo para buscar el pan si es que eso es lo que requiere, su aspecto es monástico y no cuesta imaginarlo con una tonsura en la coronilla y una casulla de dominico. La dulce amabilidad de Pierre, sin embargo, se transmuta en cólera divina e infinita ira cuando le hago la pregunta equivocada. ¿Qué piensa de los palestinos?. Pierre parece otro, su rostro se inunda en sangre, sus ojos chupan el rubor para mudarse al rojo, Pierre estira los dedos de las manos y concluye con una frase a media voz, tranquila, suave. ‘Los odio’, me dice, ‘si por mí fuera estarían todos muertos’. La frase me taladra el hipotálamo, no cuadra en un ser de apariencia bondadosa, me desconcierta y el pobre Pierre debe de ser consciente de que su aspecto no cuadra con esa ira despertada a destiempo. ‘Han destruido mi casa en cuatro ocasiones, la última vez sólo dejaron las paredes… ¡cuántas veces he tenido que salir corriendo con lo puesto para refugiarme en el valle de Bcharre con mis familiares!’ Pierre recuerda lastimosamente sus huidas, los días de bala y fuego, las bombas, los enfrentamientos intestinos entre los miembros de la OLP con los drusos, con los israelíes, con los sirios, con los maronitas.
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En Trípoli no se salvan de la metralla ni las palomas de la paz... |


Pues con tanto tiro no es de extrañar que los tripolitanos sean capaces de aguantar lo que les echen. En algunas fachadas se nota el esfuerzo por tapar los huecos de los disparos. En otras parece que nadie está dispuesto a emprender la tarea de un Sísifo tocado por la Suerte más Negra.
En una casa me invita a un refresco Abdel, un soldado que, cuan Aracne tejiendo el lienzo de Velázquez, dispara por el día las balas hermanas de aquellas otras que no le dejan dormir de noche, tantos agujeros tiene su hogar. Trípoli es sunita en un país que roza el delirio religioso, dominado hoy el sur por los chiítas, agazapados en Bcherr los maronitas, convertida Beirut en la pesadilla del Yahvé que despotricaba contra los adoradores del becerro de oro. Y no olvidemos a los alauitas, seguidores del dirigente sirio Assad, que se enfrentan metralleta en mano a los sunitas, que son contrarios.

Los libaneses acabaron hartos de esta guerra, que tuvo su mayor paroxismo en la década de los ochenta, una guerra que no era la suya, y que para más inri atraía a otros combatientes que tampoco respetaban su tierra, como los israelíes, los sirios o, más recientemente, a Al Qaeda, un despropósito que en la práctica une a maronitas con sunitas: basta de palestinos, parecen decir. Los palestinos, mientras tanto, parecen haber sido tragados por las fuerzas de la Historia, despreciados tanto por sus vecinos de religión como de ciudad, ahogados por el empuje de los chiítas iraníes, hartos de una condena que, esta sí, haría palidecer al mentado Sísifo: sin pasaporte ni país al que regresar sólo pueden luchar porque no hay a dónde huir. Las marcas, pues, siguen presentes en toda la ciudad, Trípoli, la varias veces milenaria, la agujereada, la asediada, Trípoli, tres veces ciudad, mil veces destruida, infinitamente legendaria.

Bajo una lona, en un barrio destrozado por el fuego de mortero y acribillado por la metralla, un flamante porsche descansa bajo el sol. Su dueño sale de un bloque de viviendas ruinoso, me mira con desconfianza y cierta mala leche: estira la lona. Tal vez piense que quiero robárselo…
sanchezhachero@hotmail.com