Dentro de unos meses, doce mil años de historia quedarán sumergidos bajo el agua y uno de los enclaves arqueológicos más fascinantes del planeta será accesible sólo por internet o en libros antiguos. La ciudad en cuestión se llama Hasankeyf, ofrece maravillosas puestas de sol en la extensa región de la Anatolia turca, o Kurdistán para sus habitantes, y un muestrario de vestigios históricos capaz de volver loco al mismísimo Indiana Jones.


Hasankeyf es una perla brillante en la historia, aunque hoy no quede más que una polvorienta aldea poblada por apenas dos mil habitantes, kurdos sobre todo, un puñado de pueblerinos sin más actividad que pescar alguna carpa, atender a los pocos turistas que aparecen de cuando en cuando o jugar al dominó para vencer el tedio de las larguísimas tardes sin luz. Porque Hasankeyf es un pueblo con fecha de caducidad por culpa de un proyecto que dejará sepultado bajo las aguas el paso de nueve civilizaciones. El proyecto se llama GAP, Güenydogu Anadolu Projesi, en castellano: el proyecto del sureste de la Anatolia, y no es cualquier cosa: pretende, nada menos, que desarrollar un extensísimo territorio en el que no hay más que desierto, piedras y vestigios históricos. Una idea que erradicará, dicen sus defensores, las diferencias entre la Turquía occidental, tan proeuropea ella, y la oriental, anclada en el medievo más incluso que sus impresionantes puentes. El proyecto ya funciona en según qué partes y el monótono y terrible desierto pedregoso a veces se transforma en un vergel, un tanto polvoriento, con cultivos de maíz que se pierden en el horizonte y un rosario de pantanos que anticipa el sueño turco: un vergel en el desierto.
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Pescando entre doce siglos de historia |
La idea no acaba de
entusiasmar a sus beneficiarios, y mucho menos a los países vecinos, porque no
cambiará solamente la fisionomía de la Anatolia sino que afectará a Siria e
Iraq, países también bañados por los dos puntales necesarios del proyecto: los
ríos Tigris y Éufrates. Gracias al embalsamiento de sus aguas, Turquía jalonará
la Anatolia de presas y centrales hidroeléctricas, concretamente 22 presas, de las que ya se han construido 17, y 19 centrales, lo
que supondrá el 22% de toda la energía que necesita el país. Para ello, claro,
habrá que anegar millones de hectáreas en los cauces de estos ríos y desplazar
a cientos de pueblos, como este de Hasankeyf. Pero además de estos cambios
internos, Siria e Iraq se verán afectados de algún modo porque las aguas,
recordemos, circulan y bañan también sus riberas. Claro que ni Iraq ni Siria
están ahora para reclamar derechos hídricos, así que el gobierno turco se ha
quitado una molestia de encima. Ahora queda otra: los pesados de los
arqueólogos que se empeñan en desenterrar piedras, los sentimientos religiosos
(entre otras cosas, el imam Abdullah era un pariente del Profeta y no sabemos
cómo le sentaría a Mahoma ver a su tío en el fondo de un lago), la mismísima
UNESCO que no acaba de ver el plan con buenos ojos. Por no hablar de la cantidad de actores, escultores e historiadores que de vez en cuando se dejan caer por aquí para intentar elevar voces autorizadas sobre las de los demás, menos escuchadas.
El
proyecto ya funciona en parte y se supone que aumentará el nivel de vida de los
locales (y de paso podría ayudar a solucionar el problema kurdo de una vez por
todas), el desierto comienza a poblarse de grandes urbanizaciones de pisos que
me recuerdan el momento de mayor paroxismo en la burbuja inmobiliaria española,
en las ciudades conozco ingenieros, arquitectos, el dinero fluye porque hay
financiación europea y todo parece ir viento en popa. Menos en Hasankeyf, por
supuesto, donde la población no está del todo contenta. Y no resulta extraño mirando otras localidades donde ya se han levantado presas similares. Hay pueblos que estaban
en mitad del desierto que ahora tienen un aire marinero, con vecinos que miran
el horizonte sin saber muy bien qué pensar.
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Las cuevas de los trogloditas hoy albergan ganado y pastores aunque la mayoría están por investigar |
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Hasankeyf desde una de las cinco mil cuevas |

Pero el gobierno turco dice que ni hablar y que si no lo financian los europeos, lo harán ellos solos: claro que en este mundo globalizado nada se hace del todo solo y resulta que tras el banco turco que lo financiaría, el Garantibank, se encuentra un viejo conocido, el BBVA, que tiene casi el 25% de su accionariado. Por si acaso, me dicen, agazapados están los chinos, con muchos menos escrúpulos en esto de grandes pantanos: recordemos la presa de las Tres Gargantas...
En
Hasankeyf las aguas subirán 40 metros y absorberán, así de pronto, 298 lugares
de conservación arqueológicos, entre ellos un sistema de purificación de aguas
del siglo XII D.C, por no redundar en todos los restos expuestos anteriormente. Tantas cosas que el Fondo Mundial de Monumentos incluyó la
ciudad en 2008 en la lista de los cien lugares más amenazados del mundo: puedes verlo aquí.
El
recepcionista del único y ominoso hotel de la ciudad se llama Kemal y cuando le
hablo de la presa parece a punto de echarse a llorar. 'No quiero la casa que da
el gobierno', me dice, 'me iré a vivir a Batman', que es la cabeza del
departamento (y una ciudad con un curioso nombre, por otro lado). Kemal asegura
que no podría vivir a los pies de un lago bajo el que están tantos recuerdos, y
acto seguido se excusa para irse a fumar al cibercafé de la esquina y abandonar
el hotel durante varias horas. La vida en Hasankeyf es tan monótona como larga
es su historia: un puñado de cafés donde pandillas de abuelos juegan al dominó
y los niños se gritan jugando al internet. 'Aquí sólo se puede ver el fútbol en
la tele y beber té', me dice Idris en un correcto inglés, curiosamente el mejor
representante del 30% de los vecinos que ansía el pantano y que considera el
pueblo un agujero sin interés. 'Las piedras están muy bien', sigue Idris, 'pero
con la presa habrá más movimiento, vendrá dinero y esto cambiará'. Omar, en
cambio, regenta un restaurante con unas fabulosas vistas, colgado a cincuenta
metros sobre el río Tigris, un restaurante un tanto guarrete porque toda la
basura cae por la fachada y termina coronando una montañita de detritus que se
ha formado a los mismos pies del río. 'Aquí está mi vida, mis recuerdos, mi
negocio, un lugar con tanta historia...', asegura tristón mientras arroja al precipicio los restos del comensal anterior, platos incluidos.
Mientras degusto el inevitable chai
contemplo los enormes pilares del puente otomano, que me invitan a fantasear
con el siglo XII y el agitado tránsito de mercancías que debía pasar por aquí.
La casa de Omar estará arriba, en la montaña, en la ciudad nueva, una ciudad
con edificios nuevos y brillantes, una mezquita impoluta, un mercado sin
estrenar, carreteras, infraestructuras, todo lo que una ciudad necesita. Pero,
mientras tanto, ¿qué hacer? Omar duda si reparar la pared agrietada de su casa
porque, total, para qué, y lo mismo le ocurre al vecino de aquella casa en lo
alto de la montaña, ¿me servirá arreglar el corral o dejo que las gallinas se
escapen para siempre? Una abuela me pregunta si los apartamentos podrán tener horno de barro, como el que usa en el patio de su casa para hacer pan, como hizo su madre, y la madre de ésta, y su abuela. Y así casi que hasta el infinito porque la historia se acumula a orillas del Tigris y lo hace con
ladrillos otomanos, piedras bizantinas, restos árabes y selyúcidas, basura del
siglo XXI, pero también con costumbres ancestrales, genes mezclados como en una coctelera y un ambiente cargado de civilizaciones. Sobre la gran arcada del puente otomano vive una familia, también un
poco guarretes porque han sembrado la orilla del río de pañales a medio
descomponer y calzoncillos a medio desintegrar. En el último pilar del gran puente otra familia ha construido un restaurante. La historia está más viva que nunca en este minúsculo pueblo.
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La vieja Hasankeyf vive con la espada de Damocles de la nueva Hasankeyf, que parece flotar sobre la antigua ciudad |
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En poco tiempo la Hasankeyf de abajo será un lago y la de arriba una ciudad con vistas al lago |
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La nueva Hasankeyf es una ciudad nueva y funcional pero con menos alma que Mefistófeles en una reyerta |
Subo
a conocer el nuevo Hasankeyf, la ciudad impoluta, y lo hago andando, confundido
porque no parece tan lejos: pero sí, sí está lejos, y mucho. Atravieso el
desierto a merced de un sol implacable que se suaviza con unas rachas de viento
extremadamente feroces que me hacen tambalear. Pero merece la pena porque la sensación es muy curiosa:
las calles sin pisar, las carreteras sin vehículos, los parques infantiles
envueltos en papel, los apartamentos sin habitar. Desde el tejado de una casa
cinco obreros me preguntan la nacionalidad: español, les digo. Se alegran
muchísimo, uno de ellos salta de alegría, hacen la señal de la victoria y
gritan a todo pulmón: ¡viva la ETA!. Son kurdos y parece que es común entre los
kurdos confundirme con un etarra. Les sonrío yo también y les digo un Viva
inesperado, mientras a mis pies el alquitrán se adapta al terreno: no sé si lanzarían esos vivas si alguien les informara que el BBVA está detrás de la presa. Los obreros,
qué curioso, no vienen de Hasankyef, que se ve pequeñito allá abajo sino de
Batman, otra vez esta ciudad, o de pueblos aledaños. Los futuros propietarios
se la pasan, entre tanto, jugando al dominó, sorbiendo té, llevando a sus
ovejas de acá para allá, ajenos tal vez al ajetreo genético que llevan en su
sangre. ¿Quién no me dice que aquel pastor no es el descendiente del gran
Zeynal Bey? Hasankeyf tiene los días contados y la nueva ciudad es la prueba
más evidente de que las protestas internacionales no han llegado a los oídos
turcos. Pronto esto no será más que un lago gigante, gigante y profundo, pronto
las carpas que hoy pescan en el Tigris se esconderán en las cuevas con doce mil
años de historia, alguna encontrará refugio en lo más alto del minarete que
ahora llama al rezo a pulmón o en lo más hondo del mausoleo. Porque Hasankeyf tiene
fecha de caducidad y una ciudad paralela, nueva, impoluta, moderna. Y sin alma.
sanchezhachero@hotmail.com