El 28 de julio de 1766 los mineros de la veta La Vizcaína se negaron a
trabajar y originaron la primera huelga que conoció el continente americano. El
cataclismo era importante porque el patrón se negó a cualquier tipo de
negociación y el conflicto duró nada menos que nueve años durante los que los
mineros no cobraron un solo sueldo y el dueño de las minas no incrementó en un
real su amplísima fortuna. Claro que el patrón tenía tanto dinero que incluso pensaba
levantar una vía de ferrocarril de plata desde Veracruz hasta México para
recibir a los Reyes de España. Se llamaba Pedro Romero de Terreros Ochoa, había
nacido en Cortegana, en aquel entonces una pequeña aldea de la sierra de Huelva, y ascendió a lo
más alto del mundo de las riquezas en contra de la opinión de sus padres, que
preferían verlo vestido de cura.
A los veintidós años el joven Pedro marchó a México para recoger una
herencia pero una vez que sentó sus reales no supo hacer otra cosa que
alimentar, a partes iguales, su beatería y su facilidad para hacer dinero.
Instalado en Santiago de Querétaro, donde vivía un tío suyo dedicado a los
negocios, la llegada del joven supuso una inyección de vitalidad para la
alicaída empresa familiar y en poco tiempo se erigió en eminencia local y llegó
a ser alcalde, alférez real y alguacil mayor de la ciudad. Conoció además la
existencia de una asombrosa veta de oro y plata cerca del poblado Real del
Monte, y, asociado al descubridor del tesoro, se dedicó por entero a su mina.
Tanto que con el tiempo se hizo el dueño único de la explotación de la
Vizcaína, así se llamaba la veta, porque su descubridor le nombró único
heredero antes de morir para convertirlo, como por ensalmo, en el hombre más
rico de la colonia de Nueva España.
Y con tantos duros, el magnánimo
Pedro se transformó en filántropo. Repartía cifras millonarias a colegios,
conventos e iglesias, y tanto se prodigó que el mismísimo rey de España le
regaló un título nobiliario, el de 'Conde de Regla', por la devoción que le
deparaba a la virgen de Chipiona. Pero Pedro ha pasado a la historia por algo
más que su dinero y su generosidad. Un buen día decidió que sus mineros no
podían seguir guardando el tradicional 'tequio', una parte del mineral extraído
que se quedaban en beneficio propio. Los barreteros, que eran los encargados de
las excavaciones, trabajaban con rapidez para cumplir el objetivo marcado por
la empresa cuanto antes y dedicarse a trabajar por cuenta propia. Los mineros
degeneraron la práctica para guardar los metales más valiosos encontrados en su
trabajo y redescubrirlos luego. Mientras el sueldo de los trabajadores crecía el
lucro de la mina cayó en picado y el de Huelva tomó cartas en el asunto: echó
el cerrojo y se retiró a una de sus haciendas. Pero su huida dejó un fuego sin
apagar. En 1766 se produjo la huelga más importante de la colonia española y
marcó el inicio del movimiento obrero mexicano. El problema siguió creciendo
porque a la lucha se incorporó el cura de Pachuca y otorgó al movimiento cierto
reconocimiento celestial. En una épica marcha, los mineros acudieron a la casa
del mismo Romero, quien se cerró en banda, repitió el fin del 'tequio' y les
ordenó, de mala gana, que volvieran al trabajo. La multitud, enfurecida, apedreó
las ventanas, entró en el palacete, destrozó los muebles sorteando criados e
hicieron prisionero al mismo Pedro Terreros. De hecho, estaban a punto de
colgarlo de un árbol cuando el cura de Pachuca y el alcalde evitaron el trágico
desenlace.
Engrasada nuevamente la maquinaria
de su fortuna, el magnánimo Pedro volvió a dedicarse a sus generosas
donaciones. El rey de España, por ejemplo, recibió dos buques, uno de guerra
con ochenta cañones, el otro más de andar por casa, con las alcobas cubiertas
de piedras preciosas. Mientras tanto fundó el Monte de Piedad mexicano, con el
nombre de 'Sacro Real del Monte de Piedad de Ánimas', como muestra de su
piedad. Terreros murió en su hacienda de San Miguel de Regla, en el estado de
Hidalgo. Sus restos reposan en Pachuca, a pocos kilómetros, enterrado, según se
cree, en el presbiterio de la iglesia de San Francisco, rodeado de la beatería
que no lograron ganarlo para el sacerdocio pero que tampoco lo abandonaron en
toda su vida.
Bibliografía
Apuntes biográficos del señor don Pedro Romero de Terreros, primer Conde
de Regla, Juan Romero de Terreros, Madrid, imprenta de J.M Ducazcal, 1858
©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com