viernes, 1 de junio de 2012

Viaje a Ecuador: Vilcabamba, el valle de los centenarios


Vilcabamba y el Valle Sagrado o Valle de la Longevidad


www.human-academy.com
A principios de los sesenta un extravagante gurú norteamericano llamado Johnny Lovewisdom cambió su hogar instalado en el interior del cráter Quilotoa, en el Chimborazo, allá por los Andes ecuatorianos, por el más saludable valle de Vilcabamba, cercana ya la frontera del Perú. Lovewisdom, que perseguía su Utopía a ras de suelo, eligió Vilcabamba porque había leído en un artículo del Readers Diggest que existía una isla de inmunidad al sur del Ecuador, él, que vivía como eremita dedicado tan sólo a la ingesta de frutas como modo de vida. Así que sin pensárselo mucho (un tipo capaz de vivir junto al lago helado de un cráter dentro de un volcán no debe pensar mucho estos arrebatos), Johnny se marchó a Vilcabamba y, sin pretenderlo, se ganó el cielo de su Utopía soñada. Y no porque encontrara comprensión a sus desvaríos (Johnny estaba convencido de ser la reencarnación de Ananda, el primer discípulo de Buda, y del mismísimo San Juan Bautista), sino porque halló en la paz de la región su Shangri La, el último reducto que le quedaba a la Humanidad para sentirse bien, feliz y placentera. Y tanto fue así, que el alocado Lovewisdom fundó la Universidad Internacional de la Vida Natural en 1962, una excentricidad más para un gurú que debió crear expectación entre los habitantes del pequeño pueblo, en aquel momento unos cientos de campesinos dedicados al campo. Su extravagancia escaló peldaños hasta que incluso registró su propia orden religiosa, ‘La Orden Prístina de la Perfección Paradisíaca’, a través de la cual dio a conocer al mundo su receta mágica a base de frutas para mantener sano el espíritu y el cuerpo.



Momentos de la vida de Johnny, cortesía de www.human-academy.com


Sin embargo, el aspecto que más fama dio a Johnny Lovewisdom, con ser curioso lo hasta aquí relatado, no fue su vida en un cráter, ni sus dietas frutívoras, ni siquiera la loca idea de montar una universidad vitalista en un pueblo campesino al sur del Ecuador. Sus iniciativas atrajeron a gente del extranjero, venían de todos lados, recuerdan en Vilcabamba, y los visitantes volvían encantados y hablando maravillas de la región: la gente no se moría, decían, hay viejos por todas partes, ¡qué alegría poder vivir en esa paz y armonía! Y tanto hablaron los estudiantes y acólitos del bueno de Juanito, El Sabio del Amor, de la elegante vejez de los abuelos de Vilcabamba, que pronto vinieron científicos, periodistas, investigadores y el pueblo perdió parte de su calma. Venían del Japón, y de los Estados Unidos, venían de Europa, de Suecia, de Dinamarca, sacaban sangre a los abuelos, le tocaban los huesos, escuchaban su respiración, y llegaron a una sola conclusión: algo raro pasaba en Vilcabamba. Algo que no debía de cogerlos de nuevas porque Vilcabamba, en quichua, significa Valle Sagrado…


Llegué a Vilcabamba andando desde un cruce, procedente de Loja, la Loja andina, claro, descendiendo una empinada cuesta que desemboca en el centro de la ciudad, no sin antes dejar a un lado un hotel que daba la bienvenida en hebreo y cruzar un riachuelo que, al parecer, es el secreto mejor guardado de los vecinos. En la plaza central del pueblo se levantaba un hotel, un hotel popular, un hotel de un dólar la noche, un hotel que nos recibió, a dos amigas y a mí, con una impactante noticia: hay habitación, nos dijo la señora, pero deben esperar una hora porque está ocupada por un velorio. ¿Un velorio? ¿No se suponía que este pueblo era el de los abuelos inmortales? ¡Cómo interpretar que nada más llegar nos demos de bruces con un velatorio! ¡Y además se celebraba en lo que tenía que ser nuestra habitación!. Resignados, dejamos las mochilas y dimos una vuelta a la espera de que los familiares del occiso les rezaran unas plegarias. 


Mi hotel en pleno velorio

El alcalde de Vilcabamba dijo llamarse Juan Carpio y nos explicó que el apellido de Carpio era el más habitual en la zona, que procedía de unos remotos descendientes comunes provenientes de un pueblecito en Córdoba, España, llamado precisamente así, El Carpio, y que sí, efectivamente, el pueblecito era un reducto de paz y tranquilidad tan sólo alterado, dijo, por los científicos japoneses y suecos que venían a mirarles las tripas y por los hippies que venían a fumar cochinadas y a bailar desnudos en la plaza del pueblo por las madrugadas. Fruncimos el ceño colectivamente, creo recordar, porque los japoneses no me asombraban demasiado pero los hippies bailarines sí, y me faltó tiempo para localizar al indio local que vendía esas cochinadas. Resultó que Vilcabamba era algo más que un clima privilegiado, aguas puras y atmósfera saludable: era el centro de un turismo de alpargata y mochila, de perroflautas, ahora que se ha puesto esta palabra tan de moda, un punto que conectaba a varias localidades de todo el continente sudamericano y que servía de encuentro para artesanos callejeros y vagabundos errantes.



Con el difunto ya enterrado y la habitación a nuestra disposición, pudimos entonces admirar el entorno y a los lugareños. Efectivamente, parecían muy viejos. ¿Qué edad tiene usted?, le pregunto a un abuelo sentado a la puerta de una casa. ‘Noventa y ocho’, responde el hombre. Pienso que es admirable llegar a su edad pero que tampoco supone una cosa extraordinaria. Y se lo digo. ‘No, si eso no es lo extraordinario’, dice el abuelo, ‘sino que mis hermanos tienen ciento tres y ciento cinco’. Eso cambia las cosas, pienso, y caigo entonces que los primos lejanos de esta comunidad de centenarios que se encuentren en El Carpio cordobés seguro que no llegan a los ochenta sin sufrir todo tipo de achaques y males: ¿será pues el lugar? Los locales están convencidos de que es el agua y la dieta vegetal sana sanísima, hablan maravillas de los productos de sus huertas, te muestran admirados tomates de suelo y tomates de árbol, los ves paseando pesadamente por la plaza del pueblo, acudiendo a misa y no caben dudas: aquí se vive de un modo tan pausado que no hay quien muera antes del siglo. Los científicos se inclinan más bien por las propiedades minerales del agua y hasta creen que el huilco tiene algo que ver. El huilco es un árbol que crece junto a las orillas y hunde sus raíces en terreno cenagoso, en permanente contacto con las aguas, lo que transforma el río en un manantial de salud. El fenómeno del valle de la longevidad no es exclusivo de Vilcabamba y al menos otros dos enclaves gozan de una fama similar, los Hunza, en Pakistán, y algunos pueblos remotos de la Transcaucasia.
El enigmático río y sus aguas mágicas


Pero, volviendo al pueblito, el alcalde de aquel entonces, Juan Carpio, aseguraba que en los registros de la iglesia había inscripciones de gentes que alcanzaron los 140 años de edad: José David llegó a los 142, Gabriel Erazo reclamaba tener 132 años, Miguel Carpio se quedó en los 123. En 1970, las autoridades de Loja, una capital con algo más de renombre, efectuaron un censo que concluyó: de 819 habitantes, 9 superaban los cien años, una proporción de 1,1 cada mil, frente a los Estados Unidos, donde la proporción era de 0,03 por cada mil habitantes. Y esto en lo relativo a los centenarios y dejando atrás nonagenarios, octogenarios, septuagenarios y hasta sexagenarios. Claro que los registros en zonas remotas no son fuente fiable porque hay gentes que nacen y mueren sin quedar constancia en lugar alguno, otros apuntan a los hijos años después y lo hacen a ojo porque no tienen noción del tiempo como nosotros, que vivimos pegado a un reloj. Pero, para ser francos, sí, hay mucho abuelo, y mucho abuelo saludable, ágil, subiendo cuestas que a mí me costaban un pulmón, viejos de los de antes, viejos de pueblo. Aunque había viejos y viejos porque el cura del pueblo, el de Vilcabamba, era Miguel, un abuelo también pero con un aspecto de salud distinto al del resto: estaba obeso y era de Burgos, Burgos de España. En el florido patio del potentado del pueblo, al estilo de aquellas películas que retrataban la Nicaragua de los Somoza, Miguel, el cura de Burgos, soltó pestes de los hippies que acudían al pueblo a probar el cactus del demonio y a fumar las cochinadas que, precisamente, me había vendido el indio más serio de la cordillera andina. El cactus del demonio era el San Pedro, más conocido como sampedrito, un cactus alucinógeno que atrae a curiosos de todo el continente para desarrollar (dicen) un puente comunicativo con el mundo exterior: conocí a una alemana que aseguraba haber mantenido una sesuda conversación con un árbol durante toda la noche. Cabizbajo y pensativo abandoné a Miguel, el cura de Burgos, y deambulamos por el pueblo con la más variopinta fauna de artesanos de la cara pacífica del continente americano.


El cactus del San Pedro, o sampedrito, crece junto a un árbol en Vilcabamba


Sobre la montaña que domina al pueblo, una solitaria y alargada nube permaneció el primer día señoreando la ciudad. Una nube curiosa, pensé, que no se mueve mecida por el viento. Al amanecer del segundo día, la nube seguía allí, enseñoreando la ciudad. Y el tercer día, también. ¿Mira usted la nube?, me preguntó divertida una señora que no era centenaria pero sí mayor. Asentí alarmado. ¡Siempre está ahí!, me dijo la buena mujer y aceleró el paso. Este pueblo es extraño, acerté a pensar entonces. ‘Es que la montaña es un gran imán’, me comenta el dueño de una cantina, ‘y por eso aquí pasan cosas raras y hay esta luz tan peculiar’. Es cierto, caí entonces, hay una luz mágica, pareciera que siempre estuviera amaneciendo. ‘Pues hay más’, dice un señor con varias copas de más. ‘Cuando ustedes los españoles mataron a Atahualpa cientos de caravanas cargadas de oro acudían desde todas partes del imperio inca para entregar los tesoros que había pedido Pizarro: una pasaba por aquí, por Vilcabamba, cuando llegó la noticia de su muerte. El capitán, un tal Quinara, ordenó enterrarlo y luego ejecutaron un suicidio ritual y colectivo, se mataron todos en señal de duelo y para que nadie supiera dónde estaba el oro, pero uno de los soldados no se mató: en su lugar dejó varias señales para indicar el lugar del tesoro y abandonó la región. La mala suerte quiso que, años después, enfermara de malaria y acabó en un hospicio de Lima, donde en su delirio contó a unos jesuitas la historia del tesoro. Los jesuitas lanzaron sus hábitos por las ventanas y corrieron al lugar para desenterrarlo pero en su loca carrera por la codicia, destruyeron las señales y nadie pudo encontrar el oro: y eran doscientas mulas cargando oro lo que dirigía Quinara…’. El borracho se marchó dando tumbos pero la historia resultó ser cierta, al menos en parte. Entre Loja y Vilcabamba se levanta la ciudad de Quinara, un polvoriento poblado con más cráteres que la cara oculta de la luna. La leyenda de los jesuitas y del tesoro había traspasado fronteras y aunque los religiosos no encontraron nada los buscadores de tesoros no dejaban de venir. A principios del siglo XX, un vecino del poblado, Manuel Enrique Egiguren, quiso hacer unas obras en su casa, pegada a un monte, y se desplomó parte de la montaña sobre su tejado: escondido en el interior de una gruta estaba parte del tesoro. Fueron necesarias cien mulas para cargar todas las piezas de oro y plata. ‘Quedan pues otras cien…’, confirmó el borrachuzo mientras se marchaba misterioso.


Abuelos centenarios, aguas mágicas, cactus alucinógenos, comunidades de hippies errantes, tesoros incas enterrados y una nube pegada a un imán. Vilcabamba, al sur del Ecuador, uno de los lugares más curiosos y gratificantes que he visitado.



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 30 de mayo de 2012

Manuel García era un tipo sediento de amor y padre además del niño Rubén





Manuel García era un tipo sediento de amor y encontró entre los brazos de Rosa Sarmiento el consuelo a su afán. Los amores fueron un escándalo porque Rosa era sumamente bella pero también algo más: su prima. Cuando el vientre de doña Rosa dejó adivinar que los escarceos habían dado paso a lo evidente, la propia iglesia no tuvo inconveniente en emitir las dispensas necesarias para que la criatura tuviera un hueco en la rancia sociedad criolla del centro mismo de América. 

Aún no había parido doña Rosa cuando se le encendieron las sienes y gritó al embaucador: ni una más. Manuel García era un tipo sediento y apagaba su sed en las cantinas noche sí y noche también, pero tenía afán de amor, como dije, y para esa lid frecuentaba a las señoritas de pago de su ciudad. Doña Rosa, avergonzada, abandonó a su marido, pues tal era, y se fue a una villa cercana, la de Metapa, donde parió en 1867 a un bebé al que llamó Félix Rubén. Su huida no sirvió de mucho porque Manuel, sediento de su mujer, volvió a encontrarla y le dejó de recuerdo otro embarazo y otra sarta de disgustos en las cantinas y los burdeles no explorados de su nueva residencia. Doña Rosa, ofuscada hasta decir basta, huyó nuevamente, esta vez al amparo de los suyos, refugio seguro porque su tía Bernarda había unido su vida a la de un coronel del ejército y los coroneles del ejército de Nicaragua de esa época no admitían bromitas. En esta eterna escapada, el niño no sabía ya a quién llamar padre y su cabeza terminó de liarse cuando doña Rosa, despechada pero aún bella, conoció a otro hombre y se marchó a vivir a Honduras. Rubén García supo al menos que a la familia de su padre le decían los Darío y en un arranque de esa melancolía que lo acompañó siempre, dijo llamarse Rubén Darío. Al amparo de sus tíos abuelos, Rubén conoció a su padre pero no quisieron que llegara involucrarse en su vida y le dijeron que era su tío, y así lo llamó: tío Manuel.


            Según el poeta almeriense, Francisco Villaspesa, íntimo amigo de Rubén cuando ya era Darío, el tío Manuel, tras el que se escondía el padre Manuel, trajo sus malas artes de don Juan de su tierra de origen, Ohanes, en Almería. Villaspesa nació en Laujar de Andarax, en plena Alpujarras, y sintió tanta devoción por el poeta Rubén que dedicó su vida a propagar la buena nueva del modernismo literario y a anotar los recuerdos de la vida del desafortunado niño Rubén. Francisco se erigió en portavoz de su amigo nicaragüense, su más enérgico representante, involucró en su lucha modernista al mismísimo Juan Ramón Jiménez y le regaló al mundo la más extraña historia de la vida de Rubén Darío: su padre era de Almería.



Ayuntamiento de Ohanes, Almería: Ayuntamiento de Ohanes
La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, Rubén Darío, biblioteca Ayacucho, 1991


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

lunes, 28 de mayo de 2012

Viaje al Líbano: el indestructible castillo de Beaufort

La torreta de vigilancia aún se mantiene en pie, con la bandera de Hezbollah y el rostro de Nasrallah, su líder supremo

Supongo que el soldado que apretó el botón que voló el castillo de Beaufort el 24 de mayo del año 2000 no pensó en el rey Fulk, aquel monarca de Jerusalen que conquistó la fortaleza del príncipe Reynaud, ni en el imperial Saladino cuando aterrorizó a los cristianos, ni sintió el aliento de los romanos y bizantinos sobre cuyas ruinas se había edificado el edificio, ni debió de sentirse agobiado por el nombre francés de la magnífica fortaleza que se elevaba ochocientos metros en una tierra pelona y triste desde el lejano año de 1135. Pero el soldado lo hizo, apretó el botón, y una poderosa explosión derrumbó aquellos muros milenarios y con ellos los ecos de conversaciones entre cruzados parapetados contra las paredes mientras resistían las embestidas de los ejércitos mamelucos, las sombras de soldados templarios en defensa permanente de los peregrinos que acudían a Tierra Santa, la sed de venganza que sació Ahmad Pasha al Jazzar contra las revueltas chiítas del siglo XVIII.



El río Litani corre pasmoso desde los tiempos de los cruzados sin prestar mucha atención a los desvaríos humanos


Cuando la última muralla cedió a la onda explosiva de la bomba hebrea cayeron también los murmullos de Fakr Al Din II, el héroe druso que luchó por su independencia contra el poderoso imperio otomano, y cedieron paso las cicatrices que dejó el terremoto de 1837. Con cada batalla el castillo de los cruzados perdía ladrillos, colmataba sus fosos, derruía almenas y difuminaba su plaza de armas, derrumbaba las mazmorras y hundía garitas y barbacanas. Su aspecto cambiaba: ora más joven, ora más viejo, ora reluciente y con la cara lavada, ora arruinado y por los suelos. A mediados de los años cincuenta, el gobierno del Líbano invirtió algún dinero en rehabilitarlo para dedicarlo al maná universal de la economía, el turismo, pero no contaba con que la Tierra Santa no tendrá un minuto de paz por orden expresa del mismísimo Yahvé. Las guerrillas palestinas vieron en sus almenas la catapulta necesaria para atormentar a los que consideran usurpadores de sus casas en lo que ellos aún llaman Palestina y el castillo, con sus achaques y sus historias, volvió a la vida para lanzar muerte al otro lado de la frontera.

Al fondo, Galilea, según los israelíes, Palestina, según los palestinos

En junio de 1982, el ejército israelí invadió el Líbano en una operación mayúscula llamada Paz por Galilea que devolvió a los envejecidos muros del castillo un brillo de juventud y de buenos tiempos: es decir, más guerra. Sobre la castigada fortaleza sobrevolaron airados los F16 israelíes y sobre el castigado bastión cayeron bombas que pusieron pies en polvorosa a los guerrilleros de la OLP. Los soldados hebreos, dueños ahora de un edificio al que sólo faltaba la fe judía en su catálogo de inquilinos, levantaron nuevas fortificaciones, habilitaron el interior para intendencia y lo enseñorearon durante dieciocho años. En el año 2000, los israelíes abandonaron el país, el castillo y la guerra eternizada, el Vietnam hebreo, la sangría constante, pero antes decidieron que el castillo que les había servido de acuartelamiento debía explotar por los aires y llevarse por delante los malos momentos, el constante asedio que sufrieron sus sufridos reclutas, las balas misteriosas y los hostigadores invisibles que han quedado reflejados en esta película: Beaufort, la película



‘Lo volaron para que no quedara constancia del centro de torturas que habían montado dentro’, asegura sombrío el taxista que me sube desde Nabatiye. Los israelíes dicen otra cosa: fue necesario destruirlo porque su posición amenazaría nuevamente a las poblaciones del norte de Israel. Todas las razones me parecen lógicas: ¿quién permitiría que desde aquella posición bombardearan a los tuyos? ¿Cómo no bombardear esas poblaciones que tú consideras tuyas pero que están en manos de otros? ¿Cómo dejar evidencias de que montamos un grupo de torturadores que atormentaba a los guerrilleros enemigos? ¿Cómo no tratar de mentir acusando de torturadores a los que nos han invadido? 




Lo único cierto es que el castillo de Beaufort voló por los aires, a pesar de las protestas del gobierno libanés, quien casi suplicó que no le destruyeran uno de sus atractivos turísticos en un país totalmente arrasado tras casi veinte años de ocupación, y a pesar de las protestas de la ONU, y de la comunidad internacional. El 24 de mayo del año 2000, un soldado israelí apretó un botón y un castillo milenario encaramado sobre una colina a tiro de piedra de la frontera libanesa israelí saltó por los aires.




En realidad, nada nuevo bajo el sol. Nada que no hicieran antes romanos y bizantinos y cruzados y árabes y drusos y mamelucos y otomanos y hasta el colérico Yahvé con sus temblores de tierra. Pero Beaufort es indestructible. Sobre su punto más alto, acribillada a balas, una garita permanece erguida, oxidada y orgullosa: sobre su herrumbroso tejado de metal ondea amarilla la bandera de Hezbollah. Los que faltaban en la larga historia de este montículo, me digo, los chiítas financiados por Irán. 


Nabatiye desde el torreón de Beaufort: desde aquí lo bombardeaba y aquí llegaban los disparos de la OLP
Tumba de un guerrillero de Hezbollah en la ciudad de Tiro



Nuestro chófer sube a la torreta de vigilancia, acribillada a disparos, señala al fondo, ‘desde aquí los israelíes bombardeaban Nabatiye’, asegura extendiendo la mano, imita el sonido de una metralleta, su gesto sombrío se oscurece aún más, Nabatiye se asoma allá, al fondo. 

Nabatiye desde el castillo de Beaufort


Más allá se adivina el Mediterráneo, aquello parece Galilea, el río Litani brilla en medio de su pedregal. La bandera amarilla de Hezbollah sigue ondeando en su torreta y yo me pregunto que quién la cuida, la mima, quién la coloca tan alta y quién la arría cuando sopla fuerte el viento. ‘Los guerrilleros’, dice el conductor, ‘están por ahí, no los vemos pero ellos a nosotros sí...’ Beaufort, mientras, sigue a lo suyo, espléndido en su ruina, corona de la región, esperando incólume y casi indiferente su próxima resurrección y su próxima muerte, su ciclo vital, su destino y su condena.






©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com





martes, 22 de mayo de 2012

Juan Van Halen: el vecino de San Fernando que fue general en tres ejércitos




Juan Van Halen no lideró ninguna banda de heavy metal, como podría torpemente pensarse al leer su nombre, sino que protagonizó un hito sin igual hasta hoy en los ejércitos españoles. Este cañaílla, nacido en San Fernando a finales del siglo XVIII, alcanzó el grado de mariscal de campo en el ejército de España, el de teniente general en los ejércitos de Bélgica y el de Mayor General en el Ejército del zar de Rusia: General en tres países. Tanta actividad sólo tuvo una explicación: conforme mejor militar conseguía ser, más liberal se sentía y menos querido era por sus superiores. A pesar de que fue uno de los artífices del levantamiento contra los franceses, que navegó junto a Gravina y batalló en Trafalgar y que se distinguió luchando contra todos, pronto llegó a la conclusión de que José, el Pepe Botella de los relatos, era mucho más cabal que el vil Fernando VII y cambió su parecer para acompañar al roi francais incluso en su vuelta a Francia, donde llegó a intimar con el mismísimo Napoleón.

Bahía de Cádiz con San Fernando al fondo


Juan Van Halen, vencido y desarmado el ejército franchute, volvió a su país, España, con la esperanza de haberse equivocado al elegir a Pepe, el Botella, y de que el Borbón no fuera tan terrible como sospechaba: las cortes españoles, conocedoras de su valía, le aceptaron nuevamente bajo su regazo, le concedieron vítores y honores y, en un descuido, lo metieron en la cárcel porque el rey, don Fernando, tenía largas muchas cosas y entre ellas, la memoria. Juan Van Halen comenzó así un rosario de encarcelamientos y libertades, ora intercedía por él un alto cargo militar y ora lo volvían a enchironar por sus conspiraciones con el general Torrijos, liberal como él y contrarios ambos al desagradable absolutismo de Fernando, el VII. Entre celda y celda, Juan fue nombrado teniente coronel como desagravio y luego despojado por masón y liberal. Harto de tanto bamboleo, Van Halen se escapa de prisión para poner rumbo a San Petersburgo, donde tenía algún ilustre conocido. Y tanta era su fama que al poco de llegar el mismísimo zar Alejandro I lo nombra Mayor General de su ejército y lo envía al Cáucaso, donde se mete en faena y logra otros dos hitos inauditos en un extranjero: la orden de San Jorge, máxima condecoración del imperio por valor en el combate, y la de San Vladimiro, que lo convertía de facto en un noble ruso. Aún resuenan en los actuales territorios de Rusia, Georgia y Armenia los mandobles del gaditano, o en sus guerras del Daguestán a las órdenes del legendario general Yermolov, pacificador de Chechenia, o asesino de chechenos, según se mire, y héroe contra Napoleón, general que sirvió de inspiración al gran Pushkin, el más grande escritor en lengua rusa. Con semejante jefe, el de San Fernando sólo pudo aumentar su fama y su curriculum, pero su nerviosismo vital le jugó una mala pasada: Van Halen soñaba con volver a España y tomar parte de la revuelta liberal de Las Cabezas de San Juan, en Sevilla, junto a su amigo el general Quiroga y el mítico Rafael Riego, el del himno: Himno de Riego

Tbilisi, capital de Georgia, donde Juan Van Halen tuvo su base en las campañas del Cáucaso


Cuando el zar Alejandro se enteró de esta aspiración lo mandó a la frontera con Austria y le dijo que ni se le ocurriera volver: el zar sentía punzadas cuando escuchaba la palabra liberal y lo hubiera colgado de buen gusto pero, recuerden, era héroe de guerra y amigo de Yermolov, quien lo despidió con lágrimas en los ojos. El enérgico Juanito consiguió llegar a España en pleno Trienio Liberal pero no le duró mucho la alegría porque tuvo que elevar nuevamente su espada, ahora contra el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, que acudieron prestos a la llamada de auxilio del vil Fernando VII, un ejército que prometió machacar a esos liberales tan revoltosos y restaurar un gobierno como Dios manda. El monarca, llevado hasta Cádiz como rehén, prometió a los liberales llegar a un acuerdo con los franceses, acabar con las hostilidades y respetar la constitución de 1812 pero en cuanto se acercó al ejército galo se cambió de bando y redobló sus esfuerzos por aplastar a todo lo que oliera a liberal. Y claro, el pobre Van Halen tuvo nuevamente que hacer las maletas y emigrar, ahora a América, donde deambuló de puerto en puerto para acabar dando clases de español en la ciudad de Nueva York. Pero tanta experiencia no podía pasar desapercibida durante mucho tiempo y fue el ejército de Bélgica el que terminó por llevárselo al huerto: en 1830 participa en la guerra de la independencia contra los holandeses y un año después, ya como teniente general, se va a hacer la guerra con bandera belga para defender a los liberales de Portugal. Su fama se extendía ya por todos los ejércitos de Europa, había combatido casi con todos y contra todos, y tuvo que morir el vil Fernando VII para que, por fin, pudiera volver a España y entrar a formar parte de su primer ejército, pero no como leyenda apoltronada sino como hombre de acción que se lió a guerrear contra los carlistas. Su fama traspasaba fronteras y provocaba grititos de admiración así que la misma corona terminó por adoptarlo como ‘gentilhombre de cámara’ de la reina Isabel II. Una vida que fue más una aventura constante y frenética que otra cosa y de la que lo que más extraña fue su final: plácido, tranquilo, casado en segundas nupcias con una joven, en su hogar de Cádiz, a los setenta y cuatro años, encargado de algunas salinas y haciendas en la bahía de Cádiz, con varios tomos de sus memorias triunfando en Europa, un abuelo que preparó su tumba en el panteón familiar del Puerto de Santamaría…


Juan Van Halen, el oficial aventurero
Pío Baroja, ediciones EDAF, 1998, Madrid

Dos años en Ruisa, redactada a partir de las memorias de Juan Van Halen
Valencia, Imprenta de D. José Mateu Garin, 1849

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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