domingo, 22 de julio de 2012

Viaje a la cuenca minera: con los mineros del carbón






El 4 de octubre de 1934 los mineros de Asturias tomaron el control de la cuenca minera, instauraron en Oviedo una república socialista y las armas, escondidas en caletas, pasaron de mano en mano. El cuartel Pelayo, en el que se encontraban acantonadas las tropas nacionales, cayó en un asedio permanente, la revuelta  se extendió a Mieres o Langreo y las iglesias y los puestos de la guardia civil ardían con altas columnas de humo. En apenas diez días los revolucionarios alcanzaron la nada despreciable cifra de 30.000 efectivos, mineros muchos pero también obreros que simpatizaban con ellos. Bajo la Revolución de Octubre se cometieron tropelías como el asesinato y secuestro de empresarios y comerciantes, excusados por historiadores como Paul Preston como ajenos al espíritu de la revolución en sí, pero denunciados por los opositores como inherentes al espíritu revolucionario. 


La república popular se planteaba enviar una marcha de mineros a Madrid pero en la capital se tomaban otras decisiones y el ejército hizo acto de presencia con barcos de guerra y tropas regulares del norte de África. El resultado final fue de unos dos mil muertos, trescientos de ellos miembros de las tropas españolas, y más de mil quinientos opositores, unas cifras que bailan de unas fuentes a otras. Los soldados regulares cometieron tortura, fusilamientos, decapitaciones, asesinatos en vías públicas y el gobierno ordenó la censura sobre las noticias que provenían de la region. Por el lado revolucionario asesinaron a una cincuentena de sacerdotes y la ciudad de Oviedo casi destruida. El diario ABC del 16 de octubre calificaba a los insurrectos asturianos como “escoria, podredumbre y basura” que roe las entrañas de la Patria; son “chacales repugnantes que no merecen ser ni españoles ni seres humanos”. La entrada en el gobierno de tres ministros de la CEDA no pudo ser más polémica ni tener peor pie. La izquierda vio un paso definitivo al fascismo que ya reinaba en otros países de Europa. La derecha lo consideró un paso definitivo al comunismo que ya reinaba en otros países de Europa. Y la Cuenca minera ardió en una extraña comuna asturiana.






Casi ochenta años después, mineros y los guardias civiles siguen dándose tortas, la prensa sigue diciendo cosas similares, el futuro de las minas sigue amenazado, los mineros siguen marchando a la capital del reino, Madrid, y la censura cae sobre el tema como si los antiguos miedos a que la protesta se extienda sigan siendo los mismos. Asomado a  la ventana de un humilde edificio un niño grita improperios. 'Hijos de puta', dice, 'fuera de mi pueblo'. Los ‘hijos de puta’ están justo abajo, son antidisturbios de la guardia civil y persiguen a los mineros declarados en huelga, que acaban de cortar una carretera. 'Cuando yo era pequeño mi padre se pasaba meses de huelga, hasta seis, imagine usted si estamos acostumbrados a plantar cara'. Quien habla así está encerrado en la diputación de León, también es minero y protesta por lo que considera la muerte del sector del carbón. El niño asomado a la ventana que lanza improperios a voz en grito está lejos, al pie de las montañas, en el pequeño pueblo de Ciñera, en la cuenca minera de la provincia de León. 




Apenas una hora antes los mineros en huelga habían cortado el tráfico en la Nacional 630, los mineros locales, se entiende, los vecinos del pueblo. Sobre el asfalto aún humean los restos de una hilera de neumáticos. A unos metros yacen piedras, desordenadas. Un poco más allá, contenedores de basura sirven de parapeto a los mineros alzados. Se cubren el rostro con pasamontañas, pañuelos, cascos de motoristas, sujetan en sus manos tirachinas, manojos de cohetes, pirotecnia en general, tubos desgastados que utilizan a modo de bazookas. Se cubren los rostros porque, mezclados con ellos, los periodistas pasean tensos, hacen fotos, charlan entre ellos. También hay mujeres, mujeres del pueblo, mujeres que llevan camisetas negras con lemas alusivos a la minería, mujeres que gritan enfadadas recordando otros cortes de carretera y otras cargas policiales. 'No respetan nada', dice una señora, 'entran por el pueblo como si fuera de ellos y arrasan con todo'. Otra me mira con suspicacia: ¿y tú quién eres?. Le explico que soy periodista pero que no estoy ejerciendo porque estoy de vacaciones aunque el gusanillo me puede y quiero ver lo que vaya a ocurrir en directo. 'Pues muy valiente vas', me dice la señora con un gesto de guasa mientras me señala al resto de la prensa: la mayoría lleva casco de moto, chalecos reflectantes y protecciones para los golpes. 



En una sala de la diputación de León seis mineros duermen desde hace semanas. Amontonados, junto a las paredes, sacos de dormir, bolsas, restos de comida. A la hora de hablar, amables pero firmes en sus teorías, los seis se sientan junto a una larga mesa y me reciben con simpatía. Uno de ellos me dice: 'en este conflicto los mineros hablamos con una sola voz'. Y con este aviso recorrí la cuenca minera de León y Palencia, corrí delante de los antidisturbios en Ciñera, recorrí los dos kilómetros que separan Velilla del Río Carrión de Guardo con mineros que apretaban el paso iluminados en la noche tan sólo con sus cascos de trabajo, subí al monte con las mujeres de los mineros de la cuenca de Gordón y conversé con los compañeros de los mineros que llevan semanas encerrados a seiscientos metros en el pozo de Santa Cruz del Sil. Y, ya de vuelta, tuve que darles la razón a los seis mineros que siguen encerrados en aquella habitación de la diputación de León: hablan con una sola voz. Y de ahí surgió la idea de escribir un reportaje sin nombres, una idea que va contra el concepto mismo de reportaje, porque en la localización de lugares y personas es donde se edifica este tipo de trabajo periodístico. Pero como esto es un blog y uno en un blog improvisa lo que le da la gana y no tiene que ajustarse a ninguna norma más que la honestidad consigo mismo, escribo un reportaje sin nombres pero sí con caras, y no pongo nombres porque, recordando lo que dicen los mineros encerrados en la diputación de León, ‘los mineros hablan con una sola voz'.


Una voz que se apaga, eso sí, porque veinte años atrás eran cuarenta y cinco mil los que extraían veinte millones de toneladas de carbon. Hoy son cuatro mil y apenas sacan nueve. Un ejemplo: Hunosa, que llegó a tener en Asturias a más de veintiséis mil trabajadores, hoy tiene mil ochocientos y nunca ha llegado a tener beneficios económicos. El problema hoy surge en la Unión Europea, que ha prohibido las ayudas a las minas que no sean rentables a partir del 2018. Una muerte anunciada. Pero también una muerte acelerada porque el gobierno, inmerso en su particular descenso a los infiernos, ha decidido adelantar el deceso y restarle un sesenta y tres por ciento así de repente. Los mineros, que ya veían el horizonte con negros nubarrones, se sienten ahora traicionados porque la ejecución que se les anunció para dentro de unos años se les adelanta a ya mismo: ciento noventa millones menos para este año.


'Si hay que montar una guerra civil, pues se monta'. Los mineros encerrados en la diputación de León consideran que ya no tienen nada que perder. Algunos escaparates de los comercios de León tienen carteles de apoyo a los mineros. En Pola de Gordón son muchos y en Velilla son todos. Los mineros de Palencia mantienen también el ánimo alto. En Velilla caminan hacia la estatua al Minero, en la cercana localidad de Guardo. Marchan de noche, caminando con sus cascos encendidos, sus mujeres los acompañan, los niños también, los abuelos mantienen apretado el paso, un paso acelerado que me hace respirar atolondrado. Ante la estatua cantan el himno de Santa Bárbara, hay quien increpa al ministro de industria, Juan Manuel Soria, convertido en el centro de la diana minera. ‘Esta region se muere sin carbon porque come el panadero, el de la tienda, el del taxi, el del bar’, comenta un minero mientras se coloca el casco. ‘Joder’, exclama, ‘está caliente, esto ha estado trabajando hasta ahora mismo…’


En una esquina de Ciñera unos muchachos han colocado una barricada con contenedores. Uno apunta un tubo cargado con cohetes de pirotecnia hacia la posición de los antidisturbios, otro hace los cálculos de trayectoria, da la orden y fuego. El proyectil sale zigzagueante. En el bar una mujer comenta que alguien ha traído pelotas de ping pong. Otra le corrije: no, dice, son de golf. Yo no llego a verlas pero la policía anuncia al día siguiente que les han atacado con pelotas de golf y que entre los detenidos hay ajenos a los mineros sin más implicación que una creciente frustración contra el gobierno: son parados de larga duración. Me acerco a los muchachos de la barricada pero alguien grita y salen corriendo: los antidisturbios contratacan y salgo con ellos de puro miedo. Ciñera es Fuenteovejuna y cualquier vecino tiene las puertas abiertas para los manifestantes. Los antidisturbios corren tras sombras que se introducen en portales, que desaparecen en los patios de las viviendas, corren con sus armas preparadas, disparando pelotas de goma que rebotan en las paredes de las viviendas, que se cuelan en algunas de ellas, que despertaron de su sueño a una vecina enferma y cuyos familiares se desgañitan ahora en una ventana a base de improperios irreproducibles incluso en ambientes degenerados. De un portal salen varios mineros sudorosos mientras un helicóptero sobrevuela el pueblo localizando insurgentes. Los GRS están apenas a cinco metros pero no pueden verse.'¿Dónde están?', me preguntan pero no me da tiempo a responderles: los mineros notan que los antidisturbios recorren la calle y se esconden en el sótano. En una esquina se produce otra escena: los GRS han detenido a un joven que cargaba un bazooka artesanal. 






El joven lleva un casco de moto y nadie puede determinar su identidad. Luego todos comentan que los GRS le han dado una paliza en la carretera pero yo no he podido verlo. En un video casero se ve a un detenido sangrando por la cabeza. Me refugio con algunos alborotadores en la casa de una familia, que nos abre las puertas amablemente: nuevamente Fuenteovejuna. En la cocina, protegida por un colorido visillo, la abuela cabecea muerta del miedo. ‘Tiene más de noventa años y este jaleo la descoloca’, dice el dueño de la casa. Y no es para menos porque cada pocos días Ciñera deja a un lado la tranquilidad de sus montañas y se convierte en un remedo de Oriente Medio. Cohetes artesanales, fuegos artificiales, gente corriendo, antidisturbios disparando a discreción, mujeres gritando, vecinos en los balcones increpando a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Un GRS también me increpa: ‘ya sabemos lo que quereis, os conocemos, nada más que nos sacais fotos dando cera a nosotros’. El camión de reparto del pan pone una nota surrealista cuando pasa pitando para anunciar que él vende aunque se hunda el pueblo. En una esquina una mujer se contonea y una vecina dice que es su esquina y que no se la van a quitar. Los GRS la conminan a quitarse de la línea de fuego.


Los GRS se sienten en una encerrona en la que ven como enemigo incluso a la prensa, el helicoptero sobrevuela el pueblo localizando alborotadores, en las laderas de las montañas aparecen antidisturbios y los reciben con cohetes que sobrevuelan borrachos el aire puro de la montaña.



Por la noche las mujeres de los mineros, las mismas que vociferaban desde las ventanas o plantaban cara a los antidisturbios en la calle, salen en peregrinación a una capilla excavada en la boca de un pozo. 'Venga', me dicen, 'está ahí al lado'. Cuarenta minutos más tarde, de noche cerrada ya, llega una gran columna de mujeres con cascos encendidos a su destino. Cantan el himno de Santa Bárbara, me avergüenza que las abuelas me lleven delantera, corren que se las pelan pero me admira su determinación. Algunas ya vivían en el 34, cuando sus madres protagonizaron escenas parecidas. Las demás son hijas, nietas, bisnietas y hasta tataranietas de aquellas mujeres que tomaron el mando de una revolución en la que algunos se ven reflejados. 



'Si tenemos que convertir esta protesta en un remedo del 34, lo haremos', dice un compañero de los encerrados en el pozo de Santa Cruz del Sil, donde siete mineros llevan meses tres kilómetros en las entrañas de la tierra. ‘Lo echamos a suertes y les tocó a ellos así que al resto nos toca esperar aquí fuera’. ¿Y cuándo vienes tú?, le pregunto. Pone cara de travieso y dice: ‘cuando no estoy haciendo el gamberro por ahí…’. El chaval es simpatico, tiene puesto su objetivo, a partes iguales, en la revolución del 34 y en largarse con su novia a Torrevieja y buscarse la vida en el Mediterráneo. ‘Los alemanes han descubierto ahora que el carbon es rentable y están abriendo pozos nuevos… ¿no será que quieren que las cerremos nosotros para vendernos ellos el suyo?...’ Estados Unidos y China ponen cara a una demanda creciente que la Agencia Internacional de la Energía cifra en un 65% más en los próximos años. ‘Y encima dicen que somos unos privilegiados que cobramos una fortuna’, dice otro, ‘pues que me digan dónde porque yo no paso de los 1.300 euros, que soy de subcontrata…’. Eso les comento: en un bar de León el dueño me los puso a parir mientras los tildaba de subvencionados y chupópteros. ‘Pues que vaya a la mina él, a ver si le gusta escupir trozos de pulmón antes de cumplir los cincuenta’.


‘Cualquier día ocurrirá una desgracia y se le romperá la cabeza a uno’, cuenta uno de los mineros encerrados en la diputación de León. ‘Y si eso ocurre, que sea de ellos porque para morirme de hambre en mi pueblo, mejor como gratis en la cárcel'.

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

































































sábado, 21 de julio de 2012

El virrey José Joaquín de Iturrigaray y Aróstegui: ladrón, corrupto, cobarde y traidor

José Joaquín de Iturrigaray y Aróstegui llegó a Veracruz en 1803 con un equipaje tan exagerado que las autoridades le exigieron que abriera las maletas. José Joaquín montó en cólera: soy el virrey de la Nueva España, dijo airado, el más alto comisionado del Rey en América, nadie puede hacerme pasar por esta vergüenza. El representante real en su más próspera colonia aseguraba que no traía más que efectos personales libres de impuestos y que el exagerado cargamento de telas estaba destinado a confeccionarse trajes puesto que no había tenido tiempo de venir bien vestido. Superada la aduana, el virrey vendió las telas por ciento cincuenta mil pesos. 

Los mexicanos recibieron pues con un mohín de desagrado al amigote del valido Godoy: el virrey ha llegado. José Joaquín pensó que debía una disculpa a sus súbditos y organizó un viaje a Alhóndiga de Granaditas para conocer de primera mano un gran almacén levantado por su antecesor en el cargo. Los mexicanos debieron de pensar que había entrado con mal pie pero que en el fondo no tenía mal corazón, pero corrió la noticia de que los mineros le habían prometido mil onzas de oro si accedía a reunirse con ellos. José Joaquín Iturrigaray, hasta entonces un prestigioso militar nacido en Cádiz y con méritos en Francia, Portugal y el sitio de Gibraltar, arrastró el sambenito de corrupto politicastro que venía a lo que todos: a robar.

Altar en el barrio colonial de San Ángel del D.F


El gaditano, que no era tonto, supo que se estaba pasando y trató de mostrarse magnánimo: construyó el camino de México a Veracruz, impuso las vacunas que se extendía ya por Europa, incluso pareció ser más simpático. Pero Napoleón invade la península, obliga a Carlos IV a abdicar y el gaditano se ve inmerso en una gran lío. Los mexicanos se dividieron entre los que exigían lealtad a un rey que no reinaba y los que pedían que la vida continuara hasta que se aclarara la situación. José de Iturrigaray y Aróstegui, más enredado que su apellido, empeñó su vida en tranquilizar a los criollos con subvenciones y obras públicas, permitió a los rebeldes crear una junta independiente y, sin saber dónde se metía pero exagerando su buen rollismo, aceptó presidirla. La colonia española estaba revolucionada: en España, su rey ausente; en la más próspera colonia, el virrey encabezando una junta independiente. El acabóse, exclamó Gabriel del Yermo, un vizcaíno realista que la noche del 15 de septiembre de 1808, al mando de quinientos hombres, tomó el palacio, detuvo al virrey y lo mandó a la Inquisición. La virreina fue ultrajada y los rebeldes encontraron oro y pagarés por sumas astronómicas, una muestra más de la rapiña del gaditano. Por si fuera poco, la correspondencia del vicepresidente de los Estados Unidos, Aaron Burr, indica que José Joaquín estaba implicado en un proyecto de invasión del ejército yanqui para arrebatar México a la corona española.

El virrey volvió a España arruinado, preso y sospechoso de traición y nada más llegar a Cádiz ingresó en prisión para sufrir un proceso de infidencia: la corona había perdido la fe en su persona. Sometido a juicios sin fin, el gaditano pasó los últimos años de su vida litigando. Obtuvo la libertad en 1810 aprovechando una amnistía general. Su vida se encauzaba nuevamente y recuperó su dignidad con el primer litigio, que le consideró inocente. Pero volvió a perderlo con el segundo juicio, que le consideró culpable. Ya no tuvo tiempo ni fuerzas para más. José de Iturrigaray murió en Madrid en 1815 a los setenta y tres años, dejando tras de sí una imagen que se ha convertido en cliché: la del político ladrón, corrupto, cobarde y traidor.


El peso de la noche, Fernando Benítez, Ediciones Era SA, México DF, 1996

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com 

jueves, 19 de julio de 2012

Viaje a Jordania: en las entrañas de Petra



El 22 de agosto de 1812 el suizo Johann Ludwig Burckhardt atravesó un angosto cañón conducido por un guía beduino que pretendía enseñarle la tumba del bíblico Aaron y se encontró, casi de bruces, con un palacio de treinta metros esculpido en una roca rojiza. El suizo supuso que era la mítica Sela, la ciudad perdida mencionada en la Biblia, la ciudad de piedra. O Petra. Hasta entonces, la antigua Sela había permanecido viva tan sólo en leyendas y rumores, escondida de ojos profanos y guardada por los fieros beduinos de la región. El suizo Johann Ludwig Burckhardt sabía árabe, iba vestido como un buen musulmán, se hacía llamar Ibrahim Ibn Abdullah y reprimió su borrachera de alegría para evitar que los beduinos lo pasaran a cuchillo. El último europeo había entrado en siglo XII, setecientos años atrás, y se recordaba a modo de novela fantástica. El suizo se ausentó unos minutos, presa de la emoción, excusándose con necesidades fisiológicas para no suscitar sospechas pero en lugar de evacuar se dedicó a tomar notas de todo lo que veía para posteriores viajes. Había descubierto una ciudad perdida, y no cualquiera, no, había descubierto la ciudad de Petra, hoy un reclamo turístico para Jordania de tal nivel que sin él no habría ni país y un lugar fascinante que te deja anonadado, a partes iguales, por la laboriosidad de sus constructores y por el calor aplastante de la región.


El inquieto Burckhardt no se conformó con esta aventura: en su haber está el hallazgo del templo de Abú Simbel y una de las primeras visitas a las ciudades prohibidas de Yedda y La Meca (prohibidas para infieles, se entiende), una vida trepidante la del suizo que puedes ampliar en este blog: Apuntes sobre la vida del suizo Burckhardt





Hoy Petra es, según la UNESCO, uno de los más preciados bienes culturales de la Humanidad, tema de poemas románticos, le han dedicado musicales, ha sido escenario de películas, de videojuegos, de series de televisión. El estupor que sintió Burckhardt cuando se le acabó el desfiladero y se encontró con el imponente palacio lo hemos sentido todos acompañando a Indiana Jones en su loca búsqueda de la última cruzada, las tumbas nos suenan porque allí echó una meadita Milú cuando acompañó a Tintín en su ‘Stock de Coque’, y por pasar incluso han pasado personajes de verdad, como Lawrence de Arabia, quien organizó a los beduinos en la defensa de la ciudad contra los alemanes. Petra es un poco de todo pero sobre todo de los jordanos, que para eso está en su tierra, aunque aquellos beduinos que guardaban la ciudad tan celosamente hasta el punto de degollar al intrépido aventurero han cambiado de tercio apresuradamente y ahora pueden degollarte pero si tratas de escaparte de las numerosas visitas turísticas que organizan por todas partes.



Los orígenes de esta delirante ciudad se remontan al siglo VI A.C, es decir, hace la friolera de veintisiete siglos, y según Plinio el Viejo era la capital de los Nabateos, uno de estos pueblos de oriente medio que se acumulaban en el cerebro de los estudiantes hasta convertirse en una grumosa papilla de sirios mezclados con asirios, caldeos con nabateos, babilónicos con semitas y hasta judíos con selyúcidas. Pero no, los nabateos eran gente interesante, y mucho, tanto que excavaban ciudades enteras en montañas de color rosa, eso los hace al tiempo fascinantes y un tanto alocados. Al parecer, los antiguos Nabateos organizaron en la ciudad de Sela un centro comercial para las caravanas que atravesaban los terribles desiertos del centro de Asia. Por estos extensos llanos debieron de sentarse los camelleros, las bestias calmaban la sed acumulada durante semanas, las mercancías se exponían en los tenderetes. Petra era no sólo un centro sino el centro. En sus explanadas se reunían comerciantes que venían de Gaza con sus mercancías del Mediterráneo, llegaban los tatarabuelos de los Omeya procedentes de Damasco y los árabes del Golfo Pérsico. 




La triste y pelona sequedad que hoy veo en la ciudad rosa no siempre fue así y los arqueólogos han demostrado que los nabateos supieron controlar las aguas subterráneas para encauzarlas a través de canalizaciones y pozos, y hasta queda constancia de grandes cisternas en las que se acumulaba el agua que no has de beber. El enclave tenía, además de un indudable atisbo comercial, algo de místico porque, dice la tradición, el hermano mayor de Moisés y primer sumo sacerdote para los judíos, el inquieto Aaron, tiene su tumba en las montañas que rodean Petra, y los propios nabateos, tatarabuelos a su vez de los palestinos, parecen provenir del no menos bíblico Ismael, el primer hijo de Abraham y también el que Yahvé ordenó sacrificar en ese pasaje tan oscuro como desesperante del Antiguo Testamento. Claro que sólo los musulmanes extraen esta conclusión del Corán, porque los cristianos y los judíos piensan que fue Isaac el que sufrió esta broma macabra de Yahvé, un quítame allá esas pajas que ha provocado más de un conflicto entre las religiones porque los islamistas consideran esta diferencia una prueba inequívoca de que tanto la Biblia como la Torá están manipuladas vilmente.

































Ajenos a la problemática que había organizado su mítico antepasado, los nabateos hablaban arameo, lucharon contra Asurbanipal, el gran rey asirio, y hasta persiguieron al no menos mítico Jasón en su búsqueda del Vellocinio de Oro. Toda una historia que tuvo un pico de inflexión cuando comenzaba el siglo II de nuestra era y los hombres del emperador Trajano convirtieron la región en una provincia romana más. Con el tiempo, los romanos también dejaron su huella en la ciudad rosa y los nabateos, cada vez más identificados con los árabes, terminaron por confundirse con ellos. Templos romanos, teatros, tumbas, los latinos, eclécticos, como eran, añadieron elementos griegos, egipcios y hasta sirios. Y fueron precisamente los romanos, que supieron admirar la ciudad, los que propiciaron su fin cuando cambiaron las rutas comerciales para adaptarlas a un imperio que tenía en el mar su horizonte y no en los interminables desiertos de Oriente Medio. El imperio que tanto admiró la fantasía de sus edificios cincelados dio al tiempo su estocada mortal. Y Yahvé, colérico él también por tanta iniquidad en sus criaturas, también quiso contribuir a su final con un terremoto en el año 363 que destruyó muchos edificios y, sobre todo, su extraordinaria red de abastecimiento de aguas.










































Y ahí quedó Petra, tendida al viento, sin el pulular de sus  laboriosos habitantes, los nabateos, objeto durante siglos de la curiosidad de algún viajero despistado, siempre musulmán, cerrado a los enemigos de la fe islámica, sus paredes derritiéndose al sol, la piedra reconquistando cada columna, cada frontón, confundiendo los elementos corintios con el mismo corazón de la montaña, de la que surgen tumbas churriguerescas, dignas de la fantasía playera de cualquier niño, difuminando templos, altares y castillos, un secarral fascinante y rosa al servicio de los occidentales que durante tantos siglos tuvieron vedado el acceso a su calurosa majestuosidad.






© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com





















domingo, 15 de julio de 2012

Viaje a Madrid: capital del turismo gay en 2014





Tan inocente como un osito rojo en un escaparate y tan turbador como un osito verde en un escaparate. 



El 4 de julio de 2012 la leyenda se hizo, por fin, realidad en la ciudad de Cádiz. Cuentan por los mentideros que en la época colonial los homosexuales sufrían el castigo de destierro y eran enviados a los territorios americanos, para que con la lejanía y el desapego penaran por sus conductas desviadas mientras que, al tiempo, aliviaban el territorio patrio de gentes de mala vida. Pero, dicen los gaditanos, uno de esos barcos no llegó a zarpar por culpa de una tormenta y los gays se esparcieron por toda la ciudad. Es la respuesta popular a la sempiterna pregunta de los foráneos: ¿por qué en Cádiz hay tanta pluma? La haya o no la haya, el 4 de julio de 2012 la leyenda, envuelta en guasa, se hizo realidad y un barco cargado de homosexuales atracó en el muelles local y el pasaje se perdió por toda la ciudad. 



Todo ocurrió cuando el crucero de lujo Nieuw Amsterdam tuvo que suspender su escala en Casablanca, en Marruecos, ante la indignación popular. La noticia por Pepe Landi El Nieuw Amsterdam es un crucero de lujo, sí, pero también es un crucero homosexual en el que sus más de 1500 pasajeros han pagado 7100 euros por pareja: la idea de que 1500 turistas 'rosas' visitaran en grupo la mezquita Hassan II de la ciudad de Casablanca puso los pelos de punta a los islamistas, y las autoridades, que soñaban con el dinero que dejarían esos 'impuros' en las arcas municipales, optaron por evitar trifulcas. Los cruceristas atracaron en el puerto de Cádiz, haciendo buena la leyenda gaditana, cambiaron Marrakech por la playa de la Malagueta, en Málaga, y los dólares no se conviertieron en dirhams sino en euros. El reino de Marruecos ha anunciado públicamente que no desea este turismo en su país y algunas organizaciones llaman públicamente al boicot y a cambiar dunas y camellos y mezquitas y medinas por las playas españolas.

Banderas arcoiris en Chueca, Madrid



Madrid acogerá en 2014 la convención mundial de la International Gay&Lesbian Travel Association, lo que hablando en plata convierte a la capital de España en la capital mundial del turismo gay. No es para menos en una ciudad capaz de reunir a más de un millón de personas en la última caravana del orgullo gay, que abarrotó las calles de banderas coloridas, gentes coloridas y un ambiente variopinto y colorido él también. Un ambiente de ositos rojos, y verdes, y naranjas, que hizo y hará de Madrid una ciudad polémica, idealizada por este colectivo como un paraíso de tolerancia y fiesta y enfrentada a los sectores más conservadores de la localidad que ven en todo esto anatema y una ofensa intolerable a sus principios y a sus creencias.











Claro que todo es relativo y no hay pecado que no pueda traducirse en una penitencia, preferiblemente económica. Porque el turismo gay, o LGTB (de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales), gasta un dinero tan significativo que incluso el delegado de economía del ayuntamiento de Madrid, perteneciente al partido popular, conservador para más señas, parece entusiasmado ante la lluvia de dinero que le espera a su castigado municipio. La convención reunirá a un 10% del turismo mundial, con más de mil prescriptores sólo del segmento LGTB, vendrán comerciales, touroperadores, conferenciantes de postín, empresarios en general y asociaciones de todo tipo. Madrid será la ciudad de las peras y las manzanas, frutas a las que el equipo de Ana Botella sabrá exprimirles algo de sus zumos como ya los aprovechan las otras cinco ciudades 'gays' por vocación (Barcelona, Ibiza, Sitges, Torremolinos y Gran Canaria). Un turismo que, dice un estudio elaborado por la organización del evento, está íntimamente relacionado con los avances sociales y que se traduce en que a más libertad y educación, más turismo gay y más ingresos para los establecimientos locales. Un ejemplo: Murcia oscila entre la pauta oficial de su partido de rechazar el matrimonio homosexual y los deseos de su consejero de turismo de atraer 'turismo rosa' para evitar dejar escapar lo que ven como un sustituto perfecto para el fallido modelo de campos de golf. No es la única ciudad que se debate entre su casta conciencia y su cartera vacía: Sevilla, Granada, Benidorm, San Sebastián... todas quieren la parte rosa del pastel... Claro que uno de los gritos LGTB más de moda es: 'si no quieren nuestros derechos, tampoco tendrán nuestro dinero'. ¿Como casa eso con las peras y las manzanas? 


España es el país que más turismo gay recibe de Europa, un dato muy relevante porque, según el Instituto de Turismo de España, este turista gasta, como media, un 30% más que otro tipo de turista. 




Así pues, acudiendo de nuevo al estudio del Instituto de Turismo de España, el turista 'rosa' (no me gusta esta expresión, acepto frases nuevas) gasta 130 euros al día, frente a los 80 del heterosexual, es una persona de entre 30 y 55 años, con un alto nivel de educación y cultura y trabajos estables y bien remunerados. Suelen gastar su dinero en ocio y consumo personal, viaja en cualquier época del año y utiliza asiduamente las nuevas tecnologías. Sólo a Barcelona acuden puntuales cada año más de 200.000. Los patronatos de turismo, las asociaciones de hosteleros y los establecimientos públicos pintan ahora sus mentes de rosa fucsia pensando que es la panacea definitiva a estos tiempos de crisis. Mal casa esta fiebre por captar el dinero homosexual (o lésbico, o bisexual, o transexual) con políticas restrictivas que quitan por delante lo que dan por detrás (dicho esto con toda la intención) y cuyos líderes sueltan barbaridades en público para satisfacer a sus votantes mientras ponen la mano discretamente mendigando unas monedas. 


Autobús con familiares del colectivo LGTB desfilando por Madrid como prueba de que las familias son posibles


Las autoridades que ridiculizan públicamente las manifestaciones homosexuales pero las incentivan en foros escondidos (por ejemplo, Madrid aspira a organizar la World Pride 2016, una caravana del Orgullo a nivel mundial, mientras sus medios públicos tratan de esconderlo y sus líderes ironizan con los colores) tienen trabajo por delante. Porque no todo Madrid es Chueca. Por ejemplo: Mariano Rajoy y sus ministros firman una declaración contra la homofobia pero se entretiene en discursos incomprensibles sobre la palabra 'matrimonio' mientras mantiene un recurso ante el Tribunal Supremo por esta cuestión. De hecho son muchos los cargos populares que anhelan el veredicto, negativo además, para pasar página en una ocurrencia que si bien en un principio contó con un apoyo cerrado entre sus filas, con el tiempo se ha diluido hasta verse más como una extravagancia que como una necesidad real. Afortunadamente no estamos en Marruecos ni tenemos miedo a un barco que desembarca mil quinientos turistas. Sean rosas o verdes. 







 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


































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