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lunes, 16 de junio de 2014

Viaje a Filipinas: Maximino Rodríguez, el último de Mindanao


Las embajadas de los EE.UU, Gran Bretaña y Australia renuevan cada pocas semanas un tétrico aviso dirigido a sus ciudadanos en las Filipinas: por favor, no visiten Mindanao, no vayan a Basilan, ni se les ocurra pisar las islas Jolo. El riesgo de secuestro es tan alto que el personal de los consulados tiene estrictamente prohibido visitar esta tormentosa región y cualquier turista que se salte la recomendación pone de los nervios al personal de Manila. El peligro se llama Abu Sayyaf, una organización considerada terrorista por todos los gobiernos occidentales, responsables de asesinatos, secuestros y emboscadas en el sur de Filipinas y autores de algunas de las acciones terroristas más espectaculares del sudeste asiático. Sus objetivos favoritos son los extranjeros, occidentales si es posible, periodistas o diplomáticos si pueden elegir, cristianos sobre todo.

Al llega a la isla de Basilan los niños trepan en busca de monedas

Padre Max por Hachero

‘Pues yo llevo a Dios en cada zapato’, me asegura el leonés Maximino Rodríguez, Max para los amigos, cuando le digo que tiene a Dios de su lado. ‘Cuando yo llegué, en 1962, esto era el paraíso’, asegura abriendo mucho los ojos, como si los recuerdos se le agolparan en la mente. ‘Los bandidos, que los había, huían a nuestro paso porque les asustábamos’, recuerda con cierto pesar, ‘pero ahora.....’. Ahora el paraíso se ha trocado infierno y los avisos de las embajadas convierten el sur de Mindanao en un desierto turístico. Y, por si fuera poco, la ciudad de Zamboanga, la capital de la región, sufre una ola de misteriosos crímenes a los que nadie pone autor ni causa: les llaman ‘crímenes sin motivo’ y en la plaza principal ondea un enorme cartel con la cifra de los asesinados sin causa aparente: 260. ‘Son muchos, ¿verdad?’, pregunta el padre Max, que juraría que al pasar le habían añadido uno más. ‘Será que han matado a otro esta noche’. Pero se equivoca el padre Max porque en un rato comprobaré que el número no ha crecido: al menos en las últimas horas.

Rumbo a Basilan por Hachero

¿Qué lleva a un leonés a vivir en un lugar tan peligroso? El padre Max mira al cielo pero su mirada se topa con el techo: ‘Dios’, señala. ‘Al principio la congregación de los claretianos me envió a Basilan y allí pasé diez años pero llegó un momento en el que vivir allí se hizo completamente imposible’. Basilan, resuena el nombre en mi cerebro, Basilan, el terror de las embajadas angloparlantes, el centro neurálgico de Abu Sayyaf, escenario de sus primeras correrías, de sus luchas intestinas y de la encarnizada pelea que mantuvieron (y mantienen, dicen ciertas voces anónimas) con los cuerpos de élite del ejército estadounidense. Surgidos a principios de la década de los noventa en torno a la figura de un líder mesiánico, Abdujarik Janjalani, al que sucedió su hermano pequeño, Gadaffi, los extremistas de Abu Sayyaf se declaran salafistas, han combatido en Afganistán contra los soviéticos, en Argelia junto al GIA y mantienen lazos íntimos con Al Qaeda y Jema Islamiyya. Si quieres conocer mi viaje a Basilan, pincha aquí.

Padre Max por Hachero

Para el padre Max y los habitantes de Zamboanga, la ciudad latina del sudeste asiático, como les gusta denominarse, sus vecinos de isla no dejan de ser una pandilla de ladrones obsesionados por el dinero. Dodo es originario de Basilan y habla horrores de sus paisanos. ‘Los conozco, alguno es de mi barrio, no son más que bandidos y muy poco inteligentes’, me asegura con cierto espanto, ‘sólo son radicales islámicos fanatizados y yo no les tengo ningún miedo’, dice mientras juega a los bolos. Es usted muy valiente para no tenerles miedo, le dejo caer, pero me responde, ‘no, lo que ocurre es que no tengo un centavo y ellos lo saben...’. El padre Max redunda en la visión que todos comparten, los terroristas de Abu Sayyaf no son más que bandidos, pero el claretiano va más allá y lo relaciona con aquellos crímenes sin motivo. ‘La culpa es del dinero’, comenta el padre Max, ‘todos quieren dinero, el consumismo ha entrado con una fuerza tremenda en estas sociedades, y por eso Abu Sayyaf no se conforma ya con secuestrar extranjeros: ahora también hace kidnappings (sic) de musulmanes, empezaron pidiendo cien mil pesos (menos de 2000 euros), pero luego subieron a los dos millones... ¡¡y ya van por veinte!! ¡¡Quién tiene aquí veinte millones!! (unos 36.000 euros).

Basilan por Hachero

Algo de cierto debe de haber en esta afirmación, sobre todo si viene de un hombre que ha pasado aquí cincuenta y dos años. De hecho, las últimas víctimas de Abu Sayyaf son dos jóvenes hermanas vecinas de Zamboanga, mitad filipinas y mitad argelinas, dos cineastas musulmanas que grababan un documental sobre la pobreza del campesinado en las islas Jolo, uno de los lugares más peligrosos del archipiélago. Aunque las busca la policía sin éxito todos parecen saber dónde están, dónde han dormido y hacia dónde se dirigen. Dodo les tiene miedo a estos bandidos y utiliza el secuestro de las dos chicas como prueba definitiva: sólo quieren dinero y no les importan las reivindicaciones políticas que sí preocupan a otros grupos guerrilleros, como el Frente Moro. ‘Secuestraron a mi amigo Edgar aquí, en Zamboanga, lo metieron en una barquichuela y lo trasladaron a Jolo, donde lo tuvieron retenido hasta que cobraron un rescate de varios millones de pesos: ahora Edgar no da un paso sin cuatro guardaespaldas...’. Los miembros de Abu Sayyaf son capaces de recorrer cientos de kilómetros en pequeñas embarcaciones para encontrar rehenes: en el año 2000 llegaron hasta Borneo para secuestrar a diez turistas occidentales, en 2001 recorrieron cientos de millas para secuestrar a un grupo de turistas en la isla de Palawan y en 2004 asesinaron a 116 pasajeros de un superferry en Manila. Los intentos de rescate suelen acabar en baños de sangre y rehenes decapitados. Un horror tropical digno de Apocalypsis Now pero sin la figura del capitán Kurtz que le dé algo de interés a toda esta locura.

Zamboanga por Hachero


En estas circunstancias, vivir en el sur de las Filipinas es un ejercicio de valentía permanente. O tal vez de temeridad. ‘En España hace tanto frío como aquí calor pero al menos ya estoy acostumbrado a todo esto...’, se justifica el padre Max mientras me muestra el colegio que parece haber levantado casi con sus propias manos. ‘Cuando llegué aquí esto era un solar’, comenta orgulloso. Los estudiantes desfilan aplastados por el intenso calor y lo saludan con amplias sonrisas. Son ‘sus niños’, ‘su familia’ a decenas de miles de kilómetros de su León natal. ‘Hace un par de años estuve por allá de visita pero mi casa es esta’. Su casa pues es amplia: todo el colegio, a pesar de que ya no tiene la fuerza para viajar por este paraíso extraviado. Ahora se dedica a tareas menores, ayudar en la sacristía, recibir visitas, leer la prensa que le llega con cuentagotas desde España. Como contrapunto parece saberlo todo de su hogar de adopción. Por ejemplo: no confía en ver el final del conflicto que azota Mindanao y que va más allá de los terroristas de Abu Sayyaf, que al fin y al cabo son los últimos en llegar. El conflicto que enfrenta al gobierno de Manila, cristiano, con los terratenientes y señores de la guerra del sur, musulmanes, nos retrotrae al pasado histórico en el que las tropas españolas batallaban sin cesar con los moros del sur por cuestiones religiosas. El conflicto ha costado ya más de doscientas mil vidas desde mediados de los años setenta, cuando los musulmanes exigieron con las armas un estado propio. A base de muertos, atentados, estados de excepción y negociaciones, el inicial Frente Moro de Liberación Nacional pasó a convertirse en el Frente Moro de Liberación Islámica, del que se escindieron los traviesos orates de Abu Sayyaf, pero aquellos con una intención política que hacía posible las negociaciones para lograr acuerdos (que no llegan nunca, por cierto). Con Abu Sayyaf es diferente porque no quieren nada coherente.

padre Max por Hachero
Con el padre Max en su colegio de Zamboanga
El último proceso de paz se desarrolla ahora, un proyecto de autonomía islámica, que comenzó llamándose ARMM (Autonomous Region in Muslim Mindanao) y que ha pasado a ser conocido como Bangsamoro, un plan que espera que 2016 sea el último año de guerra. El padre Max tuerce el gesto y asegura con pena: ‘el final de la violencia no la verán mis ojos’. Y acto seguido desgrana el cúmulo de particularismos del ARMM y del proyecto Bangsamoro: la región estaría formada por tierras musulmanas, como Basilan (pero no su capital, Isabela), Maguindanao, Sulu, Tawi Tawi y Lanao del Sur. Enclaves tan liosos que, por ejemplo, la capital de la ansiada autonomía mora sería Cotabato aunque es una ciudad que está fuera de su jurisdicción porque la que debía ser capital, Zamboanga, es cristiana y se niega a pertenecer a un estado musulmán. ‘Un lío’, concluye el padre Max, que repite a modo de mantra que los acuerdos están adoptados  pero ‘el demonio está en los detalles’. Hay que hacerle caso porque este leonés no ha tenido un percance en los años que lleva allí, y eso que se nota a la legua que no es de estas tierras: alto, blanco y de pobladas cejas, el padre Max recorre en una frase mil idiomas, pasa del castellano con acento leonés al inglés con acento filipino, y de éste al chabacano con acento nativo, una suerte de castellano antiguo mezclado con frases y palabras en idiomas locales, principalmente el tagalo.

Zamboanga por Hachero

Pero cuando menciona a los amigos caídos, el padre Max parece fijar mejor sus recuerdos en castellano. Así, por ejemplo, recuerda emocionado al padre Gallardo, el filipino Rhoel Gallardo, secuestrado, torturado y finalmente asesinado en el año 2000, o a su compañero Bernardo Blanco, también español y claretiano como él, quien resiste también en Zamboanga con una actividad frenética en una lucha permanente por la paz y el recuerdo de las semanas que estuvo secuestrado por Abu Sayyaf. ‘Los secuestran y luego los liberan aunque al pobre padre Gallardo lo trataron realmente mal’, dice el padre Max con una emoción contenida. Pero se repone pronto y piensa en el Vaticano: ‘cuántos mártires han dado estas tierras que ni siquiera han llegado a oídos de Roma’, dice pensativo. Y no deja de tener su razón porque los primeros españoles llegaron a Zamboanga en 1635 pero la primera mezquita de las Filipinas data de 1380 y el mismísimo Magallanes falleció no lejos de aquí aseteado por los hombres de un cacique musulmán, el célebre Lapu-Lapu con el que todo filipino bromea cuando se encuentra un español. ‘¡Cuántas santos se han perdido porque los papeles no llegaron jamás al Vaticano!’, vuelve a lamentarse el padre Max, cansado tal vez de una burocracia tan enredosa que convierte a la española en eficiente y moderna. ‘Fíjese cuántos mártires van a beatificar ahora en Tarragona’, comenta, ‘más de quinientos, y los de aquí permanecen en una especie de limbo, dieron sus vidas y nadie los recuerda...’. Un lugar propicio para el martirio porque si no te matan los de Abu Sayyaf te puede matar cualquiera cuando caminas por la calle.

Zamboanga por Hachero
Cartel que recuerda los muertos por lo que aquí llaman 'crímenes sin motivo'
‘La culpa es de las drogas’, asegura el padre Max en relación a los ‘crímenes sin motivo’, y yo lo miro circunspecto. ‘La culpa es de las drogas’, me dice más tarde Vincent Paul Elago, concejal de seguridad en Zamboanga y, se supone, conocedor de los entresijos de la ciudad, y entonces dudo de mi primera apreciación. ‘Aquí tenemos una droga muy parecida a la cocaína que se llama shabú y estamos seguros de que estos crímenes están relacionados con su consumo’. El shabú es un excitante muy adictivo que se fuma en ambientes marginales y que provoca un agotamiento psicótico que puede degenerar en violencia sin sentido. El caso es que, por una causa o por otra, Zamboanga se enfrenta, por si no tuviera poco, a una epidemia de crímenes sin motivo. El shabú tiene posibilidades pero Vicent tiene otras conjeturas: ‘supongo que habrá de todo: crímenes pasionales que se cometan entre comunidades interreligiosas, ajustes de cuentas... Esto no deja de ser el trópico e imagine usted a un musulmán que descubre a su mujer con un amante cristiano...’. Un joven profesor del Ateneo, fue el último en caer mientras caminaba por la calle: dos jóvenes en moto le dispararon en la cabeza desde corta distancia y todavía la gente se pregunta por qué.

Zamboanga por Hachero

Zamboanga por HacheroLa última víctima de los crímenes sin motivo es un profesor de la universidad de Zamboanga, Justine, cuyo nombre está en todo el perímetro del centro educativo

El padre Max recuerda entonces las playas de Basilan, su exuberante vegetación, la sonrisa de los niños. ‘Era el paraíso’, repite y yo me digo entonces que quiero conocer esa isla. ‘Ni se le ocurra’, me dice. ‘Quitéselo de la cabeza’, me aconseja el jefe de los bomberos de la ciudad, Dominador Flores. ‘Imposible’, me espeta Vernon Padilla, capitán de los transbordadores que unen Zamboanga con Isabela, la capital de Basilan que lleva el nombre de la reina española Isabel II. Tras una tira y afloja, el capitán Padilla cede: ‘bueno, pero yo iré con usted y sólo podrá pisar el muelle: si Abu Sayyaf descubre que está en la isla habrá lío’. Me monto en el transbordador rodeado de gente que quiere acompañarme: mi primo Arnold, el capitán Padilla, un escolta privado, dos soldados del ejército, curiosos que me miran divertidos y, como colofón, un tifón que se dirige a Manila. Basilan está a poco más de una hora de Zamboanga, llueve torrencialmente y uno de los soldados no deja de observar el horizonte por si aparece una lancha con piratas. Me parece surrealista. Isabela, la capital de Basilan, se me antoja una sucesión de chabolas que no son más que un fiel reflejo de las de la isla de enfrente, Malamavi. En primera línea de costa un sinfín de casitas de madera a modo de palafitos reciben al visitante. Están intercomunicadas por planchas de madera y la pobreza es evidente e insultante. Los troncos de manglares ya extintos dan una idea de la insalubridad de la costa y del material del que están hechos los barrios. De entre los tejados sobresalen medias lunas que anuncian las mezquitas que sirven de eco a los mensajes extremistas de Abu Sayyaf.

Padre Max por Hachero

De la antigua colonia de españoles, suizos, alemanes y norteamericanos que campaban a sus anchas no queda absolutamente nadie. Si acaso algún agente de los servicios especiales norteamericanos que hicieron aquí algo más que la guerra a principios de los años dos mil. Los niños se acercan en piraguas a pedir monedas y uno de los soldados los expulsa sin contemplaciones. ‘Quién sabe que traen’, murmura. Los soldados tienen miedo. Parece que hayamos entrado en un territorio hostil. Los pasajeros bajan con tranquilidad pero a pie de muelle los soldados que me ven se asustan y temen trabajo extra: usted no puede estar aquí, me indica uno con gestos. El capitán Padilla les explica mi presencia pero me encierran en las oficinas portuarias. ‘No se asome a las ventanas, si lo ven está muerto’. Comienzo a pensar que todo es una gran broma que acabará con litros de cerveza pero recuerdo entonces los avisos de las embajadas anglófonas y sospecho que no. Tiro fotografías desde las ventanas pero los soldados me hacen gestos para que me retire. No sé si tienen miedo o pecan de prudencia. ‘A Isabela aún es posible ir pero no más allá, y aún así el riesgo es demasiado grande’. Las palabras del padre Max resuenan otra vez en mi memoria y me resigno: no me dejarán salir. El siguiente transbordador me reclama con su bocina: apenas he pasado una hora en la isla de Basilan cuando nuevamente me devuelven a Zamboanga.

padre Max por Hachero

Llegando a la isla de Basilan por Hachero

Los reportes hablan de ojeadores de Abu Sayyaf en busca de potenciales rehenes, pero también de unas fuerzas armadas, las filipinas, con muchos oficiales corruptos que, al modo checheno, venden a los rebeldes las armas y la munición que luego emplearán contra ellos. Los reportes anónimos hablan de agentes norteamericanos probando nuevas técnicas en el interior de esta isla de los demonios. Los reportes dicen una cosa y dicen otra pero lo único cierto es que en la isla predomina la pobreza y la marginación. Tal vez por eso los terroristas de Abu Sayyaf siguen siendo una amenaza palpable, presente en el ambiente, a pesar de los miles de millones invertidos por Manila y los Estados Unidos en su erradicación. Los han descabezado muchas veces pero, a modo de la legendaria Hidra, parece reponer cada cabeza cortada con dos nuevas.

Basilan por Hachero

‘Esto era el paraíso’, repite el padre Max recordando los tiempos felices, cuando llegó enviado por la Iglesia para mantener una presencia, la católica española, que se remonta a casi cinco siglos. A pesar de todo, Maximino no piensa en volver y repite su aversión al frío. ‘Ya no me acostumbro al frío, pero al calor sí...’ Sonríe cuando le digo que parecen los últimos de Filipinas, él y el padre Blanco. ‘De Filipinas no creo’, dice sonriendo, ‘pero de Mindanao sí que somos los últimos...’. Los últimos de Mindanao.

Reportaje aparecido en Interviú Nº 1952 de 23 de septiembre de 2013

viernes, 14 de febrero de 2014

Viaje a Filipinas: en la isla de Basilan, la cuna de Abu Sayyaf


Cuesta trabajo imaginar cómo el joven Abdurakik cambió las clases católicas del colegio claretiano de Isabela, capital de la remota isla de Basilan, por la lucha armada de la Yihad mundial. Pero así fue y en algún momento de la década de los setenta el joven Abdurakik Abubakar Janjalani sembró la semilla de lo que habría de ser uno de los grupos terroristas más terribles del planeta: Abu Sayyaf. Los paisanos del mayor de los Janjalani sólo pueden explicárselo mediante un clásico Alhamdulillah mientras menean la cabeza pensando en un milagro del Más Allá. Lo único que parece cierto es que Abdurakik cambió las clases de los padres claretianos por la educación islámica de La Meca, allá por 1981 y que en 1984 ya estaba de vuelta en las Filipinas actuando como predicador. Su mensaje era incendiario, en la más dura línea wahabita, 'luchar y morir por la causa del Islam', un mensaje desagradable que aprendió no sólo en Arabia Saudí sino también en las madrasas de Pakistán. De aquel mozuelo curioso que salió de Basilan con ganas de aprender apenas quedaba nada más que un radical enfadado que soñaba con un estado islámico en el que reinara la Sharía.

Basilan por Hachero

Por eso me empeño en ir a Basilan, la pesadilla de los servicios diplomáticos y consulares de Manila, el lugar prohibido donde ningún occidental es bienvenido, una isla paradisíaca de oscuras montañas que se recortan contra el tifón de turno y de manglares malolientes sobre los que se levantan palafitos miserables con niños que piden monedas a gritos. 'Lo secuestrarán', menea la cabeza mi primo Arnold. 'Lo matarán', concluye cenizo Dominador Flores, el jefe de bomberos de Zamboanga, 'y luego le cortarán la cabeza'. 'Conmigo no cuente para semejante locura', me advierte Vernon Padilla, el capitán del transbordador que une Zamboanga con Isabela. En mi imaginación Basilan adquiere una estatura mítica y, al tiempo, tenebrosa. Imagino hordas de enfurecidos islámicos de cimitarra fácil precipitándose en masa hacia mi triste figura mientras gritan versículos del corán. 'Quiero ir', les insisto, 'debe de haber algún modo'.

Basilan por Hachero

Vernon Padilla se siente aludido, es mi hombre, el único que puede cruzarme al lado oscuro del archipiélago y parece entender que no me importan sus peroratas. 'Bien, le llevaré', me dice, 'pero sólo podrá estar una hora en el puerto', explica mientras mi gesto oscila entre el éxito y el fracaso. 'Si lo ven, lo secuestrarán, si lo secuestran lo matarán, si lo matan sólo devolverán la cabeza', Vernon insiste en pintarme un negro panorama, 'si devuelven sólo la cabeza, ¿de qué le valdrá haber ido?'. Visto así no deja de tener razón, pero confío en mantener mi cabeza sobre mis hombros...

Basilan por Hachero
Basilan por Hachero

El alboroto en el Rottary Club de Zamboanga es grande: el occidental se empeña en ir al lugar más peligroso, como si no tuviera bastante ya con Zamboanga, donde no puede ir solo a ninguna parte porque también aquí soy un objetivo inconfundible y la pandilla de amigotes no me permite salir solo del hotel. Porque Zamboanga es una isla de cristianismo, y cristianismo católico, en un archipiélago de facciones musulmanas en las que destacan dos guerrillas, el Frente Moro de Liberación Nacional y el Frente Moro Islámico de Liberación, más el consabido grupo terrorista islámico radical, Abu Sayyaf, la organización nacida en la isla de Basilan de manos del inquieto Abdurakik Abubakar Janjalani. Después de tantos años, Abu Sayyaf no ha logrado su objetivo, instaurar la Sharía, pero el camino lo ha jalonado de muertos, de atentados y secuestros. Los católicos en Basilan están escondidos, la gran colonia de extranjeros residentes en Isabela y alrededores ha huido hace décadas y hoy la isla sólo es sinónimo de terror.

Basilan por Hachero

De Janjalani se dicen muchas cosas pero pocas se tienen por cierta. Tan sólo que estudió en Arabia Saudí, que introdujo el islamismo radical en el sur de las Filipinas y que murió en 1998 en un enfrentamiento con la policía filipina. De Abdurakik se dice que luchó en Afganistán, donde conoció a Osama Bin Laden, quien le donó seis millones de dólares para que estableciera una organización yihadista como Allah manda, y no esas guerrillas de tres al cuarto que buscan la independencia sin renunciar a la autonomía y que lo mismo pone una bombita en un camino que se sienta con el enemigo para llegar a acuerdos. El Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN) y el Frente Moro Islámico de Liberación (FMIL) no dejaban de ser una fuente de perpetua frustración para los más nerviosos de los musulmanes que recordaban con nostalgia cómo sus antepasados pusieron una pica en el sur del archipiélago y espantaron a los barbudos conquistadores obligándolos a parapetarse tras fortalezas imposibles en el trópico. El FMLN no dejaba de ser, pues, un conjunto de nenazas sin velo al que eclipsar con una organización de verdad, un remedo de aquella que puso pies en polvorosa a un ejército, y no a cualquiera, sino al de la mismísima URSS en los pedregosos desiertos de Afganistán. Janjalani presumía de haber aprendido técnicas de lucha guerrillera, manejo de armas y estrategia islámica de mano de árabes adinerados, argelinos del FIS, barbudos chechenos y pastunes de enroscados turbantes, hablaba árabe con la fluidez del que ha pasado media vida en desiertos musulmanes y, de la mano de Bin Laden, llegó a una conclusión: hay que trasladar el frente yihadista universal al extremo oriente: es más, al más extremo de los extremos orientes. Sin embargo, y a pesar de toda esta legendaria historia, no existe evidencia de que Janjalani haya luchado en Afganistán aunque sí de que estudió en los claretianos de Isabela, la capital de Basilan, y puede que incluso a las órdenes del padre Max Rodríguez, un religioso de León.

Basilan por Hachero
Basilan por Hachero
Basilan por Hachero
Por fin llego a Basilan en plena tormenta y me encuentro superpoblación en los barrios más pobres

En 1981 residía, eso sí parece cierto, en Arabia Saudí, recibiendo educación en La Meca durante al menos tres años, y en 1984 ya estaba en las Filipinas como predicador, tras un breve paso por Pakistán. Allí dio sus primeros pasos para formar un grupo que compartiera su visión de 'luchar y morir por la causa del Islam'. Más tarde, en un curso que recibió en Libia a finales de los ochenta, coincidió con filipinos que le ayudaron a dar forma a su proyecto, paisanos que renegaban de los Frentes Moros y que tenían un sólido conocimiento de las teorías más radicales del Islam, filipinos que habían estudiado en Egipto, en Arabia Saudí, en Pakistán. El transbordador que une Zamboanga con Isabela es una desvencijada bañera que atormenta a sus pasajeros con un DVD de música repetitivamente disco y en el que se amontonan los bultos. Un par de soldados pasea por la cubierta, un escolta armado me atraviesa con su mirada a través de sus gafas de espejo, los viajeros me miran divertidos unos, hoscos otros. Por si fuera poco, un tifón precipita las entrañas del cielo sobre el ferry y tiñe las nubes de un gris brillante y amenazador. Tras una hora de trayecto entramos en el canal Isabela que nos lleva a (otra vez) Isabela, la capital de Basilan, un villorrio que lleva el nombre de la reina Isabel II de España y que no es más que una extensión de Zamboanga, en cuanto a religión y costumbres. No en vano los primeros occidentales fueron jesuitas que levantaron una misión de madera dedicada a San Ignacio de Loyola.

Basilan por Hachero

Basilan por Hachero

La mezcla de misioneros y soldados españoles debió de arrasar entre las mujeres de los originales habitantes de la región, los Yakan, que sucumbieron en masa a los encantos del cristianismo, de tal suerte que en 1654 ya eran unas mil las familias católicas en la isla. Una región, por otra parte, que sufría lo indecible ante el avance de los musulmanes del sur, a los que por recuerdos ibéricos llamaron también 'Moros', y de los piratas chinos, que tenían su área de influencia en estas islas. Los jesuitas establecieron también aquí, en ausencia de un poder estatal fuerte, sus famosas Reducciones, el modelo que triunfó en Paraguay y el sur del Brasil y que popularizó la película La Misión. El final de las misiones jesuíticas fue, por cierto, el mismo de los de la película porque el poder de los religiosos excedía de lo permisible y las expulsiones se unieron a las sufridas en España, Portugal, Francia o el sur de América. Sin embargo el problema estuvo siempre en manos de los sultanes musulmanes que arrasaban de cuando en cuando la zona. En 1848 se levantó aquí un fuerte que se llamó Fuerte de la Reina Isabela Segunda, al mando del destacamento del fuerte del Pilar de Zamboanga, y de ahí el nombre se extendió a la ciudad por completo. El fuerte tuvo además un hospital flotante en la entrada del canal Isabela, aunque nunca veremos ni siquiera sus sombras porque fueron destruidos por las bombas del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial.

Basilan por Hachero
La cúpula de una mezquita asoma en Malamawi

El caso es que, después de décadas de insurgencia terrorista y de más de un siglo sin presencia española, Isabela desde el mar no es más que un cúmulo de chabolas que chapotean a las orillas de un mar sucio y aceitoso, enfrentado a Malamawi, un suburbio en la isla del otro lado, que parece aún más sucio y deprimente. Al regreso de sus aventuras orientalistas y yihadistas teóricas, Abdujarak Janjalani quiso levantar su imperio de la Sharía. Claro que con el mayor de los Janjalani muerto es difícil situar el inicio de su chaladura con mucho detalle. Janjalani insistió en que Abu Sayyaf nació en 1993 con el nombre de Al Harakatul Islamiyyah (el Grupo Islámico) pero los estudiosos filipinos creen que ya existía antes y que no era más que una facción del FMLN, o un conjunto de facciones, y que Janjalani bautizó así al grupo en honor al nombre que llevó en la guerra de Afganistán (si es que estuvo alguna vez) en honor, a su vez, al profesor islámico Abdul Rasul Sayyaf, el hombre que invitó a Osama Bin Laden a luchar contra los soviéticos. Una mente pensante y perversa que ideó el asesinato de Ahmad Shah Massud, el heroico guerrero tayiko que se distinguió luchando también contra los rusos. Sayyaf ganó fama formando cuadros guerrilleros, o más bien terroristas, para que extendieran el ejemplo afgano más allá de Afganistán: a Bosnia, a Chechenia, a las Filipinas. La inteligencia filipina, según Rommel Banlaoi, un estudioso del tema en el libro The US and the war on terror in the Philippines, cree que Janjalani pudo formar el Comando de Luchadores Muyahidines por la Libertad en 1990 para luchar contra el gobierno filipino y que pronto encontró adeptos en Basilan, Sulu, Tawi-Tawi y Zamboanga. Como el lugar es tan remoto y las noticias tan escasas, aún hay lugar para otra teoría, la de que el germen se llamó Jamaa Tableegh y que tuvo en los años ochenta en Basilan su capítulo cero, pero no de un modo violento sino a base de seminarios, simposios y charlas para propagar el islam.

Basilan por Hachero
Basilan por Hachero

Las 4 verdades de Abu Sayyaf

En 1991, en cualquier caso y conocidos ya como Abu Sayyaf, los seguidores de Janjalani colocaron una bomba en un barco de misioneros cristianos, el M/V Doulos, atracado en el puerto de Zamboanga, y reivindicaron el atentado junto a un doble asesinato ocurrido unos meses atrás, cuando dos evangelistas norteamericanos murieron en un atentado en la ciudad de Zamboanga. Le siguió el misionero italiano Salvatore Carzedda, también asesinado, y la fama de los sanguinarios yihadistas aumentó. Janjalani trató de renombrar su obra, y llamarla AHAI, para buscar financiación de puntos tan lejanos como el Líbano, con los chiítas de Hezbollah, hasta Libia o Pakistán. En esos convulsos años, Janjalani escribió, entre el 93 y el 94, sus 'cuatro verdades básicas' de Abu Sayyaf:

1. ABu Sayyaf no es otra facción en la lucha islámica contra el poder cristiano porque esto va contra las enseñanzas del Islam, sobre todo del Corán, porque lo que queremos es servir de puente y equilibrio entre el FMLN y el FMIL, cuyos papeles y liderazgos no pueden ser ignorados ni usurpados.

2. El objetivo final es el establecimiento de un gobierno islámico puro que conllevará la paz.

3. La consecución de la guerra es una necesidad allí donde exista opresión, injusticia, ambiciones caprichosas y objetivos arbitrarios impuestos a los musulmanes.

4. Creemos pues que la guerra molestará la paz sólo hasta el advenimiento de un verdadero y real objetivo de humanidad: la instauración de la justicia y la rectitud moral bajo la ley del Corán y la sunnah.

Basilan por Hachero

Basilan por Hachero 

Las verdades de Janjalani se plasmaron en acciones muy violentas: el misionero norteamericano Greg Williams fue secuestrado en la isla de Cebu en 1996, torturado sin comida ni agua y obligado a asistir a la decapitación de su compañero de celda. En el año 2000 Abu Sayyaf secuestra un numeroso grupo de estudiantes y profesores de dos colegios de Basilan y ejecutan tras torturarlo al padre Rhoel Gallardo, un religioso claretiano, y otros tres profesores. En el 2000 entraron en Sipadan, Malaysia, y secuestraron a 21 personas que mantuvieron retenidas hasta 2003. El rizo se alcanzó cuando el evangelista Wilde Almeda y sus guerreros de la Cruzada de Jesús Milagroso se presentaron en la isla de Jolo para rezar por los cautivos y fueron, ellos también, secuestrados (tuvieron que entrar los militares para liberarlos). 

En 2001 los orates de Abu Sayyaf cruzaron cientos de millas náuticas para secuestrar a todo un Ressort de la isla de Palawan, desde donde los volvieron a trasladar a Basilan, donde decapitaron a varios rehenes y sólo dejaron a un turista norteamericano con vida. Los terroristas han decapitado a Testigos de Jehová, guías musulmanes, sacerdotes, religiosos, periodistas y empresarios. Han asesinado en Zamboanga, en General Santos, colocado bombas en el aeropuerto internacional de Davao o reventado un ferry repleto de pasajeros (con 118 muertos). Sus acciones suelen ser muy espectaculares, al tiempo que cobardes y contra civiles desarmados, al más puro estilo de la Yemaa Islamaiyah, los autores de la matanza de Bali. En el puerto de Isabela los soldados me miran horrorizados. No sé si les molesta que alguien pueda secuestrarme y dejarlos en ridículo o si la presencia de un occidental pueda resultar trabajo extra. Las nubes de color plomizo nos acribillan con una lluvia fina pero incesante, una lluvia pesada y aburridora que no impide a niños pedigüeños acercarse al transbordador a bordo de pequeñas canoas para pedir monedas. Uno de los soldados los expulsa cuando intentan encaramarse al barco y lo hace metralleta en mano: en Basilan incluso los niños pueden encerrar un peligro mortal.

Basilan por Hachero

Al fondo del mar de techos de hojalata se levanta la cúpula de una mezquita con su media luna. Un laberinto de cables entrelazados y a medio pelar, y de una clara procedencia: robar energía, amenaza con El Gran Chispazo si la lluvia persiste. Arnold me aconseja entrar en los despachos de la compañía del ferry. Accedo un tanto frustrado porque la lluvia tiene desiertas las calles y tan sólo algunas lanchas cruzan el canal cargadas de mercancías. Ahí fuera, y no hace tanto tiempo, paseaban suizos y alemanes, norteamericanos y hasta españoles, una amplia colonia de expatriados que disfrutaban de este clima tropical y de las bonitas playas de la isla. Ya no queda nadie y todos insisten machaconamente en la misma idea: no salgas que te secuestrarán. 

Sin embargo, y escondidos ahí fuera en algún lugar, y según dicen periodistas locales y hasta vecinos, aún resisten miembros de las fuerzas especiales del ejército norteamericano en una lucha sin fin contra los escurridizos miembros de Abu Sayyaf. Tras la histeria posterior a los atentados en las Torres Gemelas, Bush señaló en rojo dos escenarios para sus intervenciones: Afganistán y el sur de las Filipinas. En 2002 soldados norteamericanos ayudaron a derrotar a los terroristas de Abu Sayyaf en Basilan pero la mayoría de sus líderes consiguieron huir a otras islas, entre ellas la de Mindanao. Dicen que ahora se han instalado en las Jolo, algo más al sur, aunque en Basilan el terror permanece. En enero de 2002 Fuerzas Especiales de los EEUU fueron desplazadas a la zona, con cierto bombo, para entrenar y formar a las tropas filipinas. Según algunos reportes, como el de Natham Gilbert Quimpo, los soldados norteamericanos han entrado en combate a pesar de que la constitución filipina lo impide y que su presencia es casi permanente en el triángulo sur de Filipinas-Malaysia- Indonesia, no sólo para luchar contra Abu Sayyaf sino también contra Yemaah Islamiyah (Congregación Islámica), el grupo terrorista que busca instaurar un califato islámico en la miríada de islas de esta región.

Basilan por Hachero

El conflicto inter religioso ha causado más de 120.000 muertos entre Mindanao, las Jolo y las Sulu, un cacofónico encuentro de islas que ofrecen tanta belleza paradisíaca como terror pirata. Los soldados miran nerviosos la ventana desde la que me asomo para mejor ver el canal y evitar el sonoro chaparrón con que me recibe la isla tropical. Abdurakik murió hace ya muchos años, en 1998, en un enfrentamiento contra los filipinos, y su heredero, su propio hermano menor, Gadaffi Janjalani, también cayó en otro rifirafe en la isla de Jolo en septiembre de 2006. No podré verlos, por tanto, ni a Abu Sulaiman, el heredero de ambos, ni a los extraños mandos que llevan nombres como Comandante Robot o Wahid Sheriff, un grupúsculo muy disminuido del que aterrorizó a todas las Filipinas en la década de los noventa y a principios de los dos mil, una organización que, entre los servicios especiales norteamericanos y el empeño del ejército filipino, oscila ahora entre los doscientos y los quinientos miembros, descabezados, como muchas de sus víctimas, sin un mando fijo y al libre albedrío del cabecilla de cada grupo.

Basilan por Hachero


'No son más que bandidos', me dice el padre Max, un religioso claretiano de León que vivió muchos años en Basilan y ahora languidece en Zamboanga. 'Son bandidos, los conozco porque son mis vecinos', me dice Dodo, un vecino de Isabela que se ha marchado a Mindanao porque está harto de la violencia. Una violencia que si antes tenía una aspiración seudo religiosa, o seudo política, ahora se ha diluido en un océano de contradicciones: 'tan sólo quieren dinero', cantan a coro todos en la región, no más yihad, no más sharía, no más Islam. Sólo dinero. Por eso ahora secuestran musulmanes sin muchos recursos, porque el dinero ha sustituido a Allah en su imaginario. Aún así, siguen siendo peligrosos. Un soldado me hace aspavientos. A su lado, Vernon Padilla, el capitán del transbordador, se agita nervioso. 'Vamos', me dicen ambos, 'tu tiempo ha acabado, ya saben que estás en la isla, hay que marcharse...'

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