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domingo, 8 de junio de 2014

Viaje a Ecuador: los indígenas de Otavalo tienen prohibido cortarse las trenzas



Los indígenas de San Luis de Otavalo son tan de estampa que el ayuntamiento de la ciudad prohíbe a los peluqueros cortar las trenzas de los menores de edad sin el consentimiento de sus padres. No es broma, pincha aquí para ver la noticia<. Dicen las crónicas que los jóvenes indígenas del siglo XXI preferían peinados modernos, imitando quién sabe si a Cristiano Ronaldo o a Justin Bieber, que los viejos del lugar temblaban al imaginar a un quichua punki, o hippy, o rasta, o tal vez rocker. No es un tema baladí, debieron de pensar las mentes pensantes de la ciudad, porque el 60% de los vecinos son indígenas de postal, indígenas que salieron en trompa de su valle ancestral para desaparramarse por medio mundo, una catarata de indígenas que uno puede asombrarse de que haya tantos en el Retiro de Madrid como en la ile de France sin que su número parezca descender en su hogar ancestral. El pelo es sagrado en la cosmogonía de los otavalos, el nombre de los indígenas del que deriva el nombre de esta ciudad al norte de Ecuador, muy cerca ya de Colombia.

Otavalo por Hachero

Pasear por sus calles y plazas es lo más parecido a zambullirse en un documental de la National Geographic (o de la BBC), los otavalos están por todas partes, serpenteando coloridamente por sus calles coloniales, entre restos del mercado y columnas desconchadas. Porque si algo caracteriza a este pueblo, eso es su vestimenta. Ellas lucen una enorme cantidad de collares dorados, llamados Gualcas, unas sartas que deben de ser amarillas porque el maíz y la riqueza tienen este color, una colorida muestra identitaria que se enrosca por sus cuellos hasta formar una sensación de agobio parecida a los de las mujeres jirafa de Tailandia.

Otavalo por Hachero

Pero, y por si no fueran las cuentas lo suficientemente llamativas, las indígenas además visten apuestas sus camisas bordadas, siempre blancas y con final en los tobillos, una manta de algodón enorme que da dos vueltas al cuerpo, con los bordes atractivamente bordados con hilos multicolores y que ellas llaman Anaco Blanco para distinguirlo del Anaco Negro, que superponen al anterior y que adornan con historiografías de árboles, pachamama y mares, vestimentas ya excesivas pero que no conforman ni la mitad porque le sigue lo que llaman Mama Chumbi, una gran faja a fin de cuentas que les da seguridad y fuerza y sobre la que se superpone la Chumbi, que puede medir hasta tres metros y que necesita otras seis o siete vueltas sobre la Mama Chumbi para que el cuerpo recupere cierta forma femenina.

Otavalo por Hachero

Otavalo por Hachero


Y ni aún así habremos terminado. La Fachalina es el paño, bien blanco bien negro, que va sobre la camisa y que se sostiene con prendedores de cobre o plata, y no olvidemos la Huma Watarina, una prenda de lana de color negro con franjas blancas que representa la dualidad de la cosmovisión andina y que lo mismo sirve para enfrentar la noche al día que el hombre a la mujer, amén de mitigar el gran frío de estas tierras montañosas porque, desvelémoslo, no deja de ser una gran manta. Y si las gualcas son imprescindibles, no olvidemos las Orejeras, que pueden constar lo mismo de una moneda de plata que de un crucifijo, y que no los veremos de diario porque, plata al fin y al cabo, se reserva para las fiestas. La cinta para el cabello y el sombrero, que impusieron los conquistadores españoles, coronan la vestimenta de unas mujeres que deben de acabar exhaustas con tanta capa textil.

Otavalo por Hachero


Los hombres tienen costumbres algo menos churriguerescas en sus modas, y las camisas, pantalones, alpargatas y ponchos son suficientes para encarar la calle sin miedos pero volvemos a la trenza, siempre la trenza, que en los otavalos tiene tanta importancia como para involucrar a los peluqueros. Antiguamente el otavalo dejaba crecer el pelo por delante y por detrás de la cabeza atándose un hilo para que no les nublara la vista, un hermoso concepto de la greña que se cambió por el más prosaico de la trenza a la espalda. Los otavalos, que en el fondo son unos guasones, llegan a asegurar que la trenza es 'un sexto sentido que permite una comunicación más fluida con el medio ambiente...'. 'Sin trenza uno se queda sin brújula', comentan en esta noticia. Para conocer mejor a los otavalos, pincha aquí.

Otavalo por Hachero

Otavalo por Hachero

La ciudad avanza imperturbable hacia su quinto milenio, que no es poco, desde que el infame Sebastián Moyano la fundara allá por el año 1534, dos años después de que este conquistador andaluz sufriera su punto más bajo: mató un burro de un golpetazo, que ya es decir, y huyó a las tierras descubiertas poco antes para terminar su vida convertido en un monstruo que lo mismo demostraba un genio militar derrotando a los ejércitos incas que una crueldad sin límites con los pueblos conquistados. El actual asentamiento se levanta sobre el enclave que el sanguinario vencedor de Atahualpa eligió, como ya hizo con Cali, Pasto, Popayán o Guayaquil en su loca búsqueda de Eldorado. El núcleo de Otavalo creció rápidamente porque estos indígenas, no sólo otavalos sino también poritacos, guancas, guamaraconas y kayambis, eran muy prolíficos y hacendosos elaborando artesanías y cultivando sus tierras así que pronto fueron captados por la corona de España.

Otavalo por Hachero

Sin embargo los indígenas con los que me cruzo deben de ser el resultado de la selección de las especies porque, y dicen las crónicas, en los últimos quinientos años han sufrido de todo: primero los invadieron los incas, que dejaron muy diezmada su población. Más tarde Belalcázar y sus colegas, que no se andaban con sutilezas, dejaron a los núcleos de indígenas medio acabados. Finalmente llegaron los invasores invisibles: la viruela, el sarampión. Por si fuera poco, Belalcázar se llevó a más de cuatro mil vecinos para su loca búsqueda de Eldorado, la mayoría de los cuales no volvió a poner un pie en sus frías tierras. Y aún así, las comunidades de Otavalo siguieron produciendo tal cantidad de bienes que su nombre era sinónimo de riqueza y de impuestos. Tanto que el propio Simón Bolívar, en su gesta liberadora, pasó por sus tierras en 1829 y le concedió el título de ciudad, en lugar de la simple villa que era entonces (y que me atrevo a decir sigue siendo hoy).

Otavalo por Hachero

El mercado de las artesanías está hoy gris y frío. Las grandes mantas bordadas con paisajes imposibles tiemblan sacudidas por las ráfagas de viento. El día grande es el sábado, como pasa en todas partes, pero cualquier mañana basta para hacerse una idea de la cantidad de manufacturas que comercia la región. Alfombras, ponchos, pantalones de mil colores, sombreros, verdura que parece brotar de las esquinas, helados, collares, mangos, chancho asado, pieles recién curtidas. Un universo de color tan firmemente arraigado a sus ancestrales costumbres que me asombro de no encontrar un puestecillo dedicado a la seña de identidad por excelencia. La trenza.

Otavalo por Hachero

miércoles, 23 de enero de 2013

Viaje a Cali: la ciudad de la rumba y de los hermanos Orejuela



El árbol de la colina de San Antonio desparrama sus raíces cuesta abajo: raíces intrincadas y enmarañadas que se anudan, se tropiezan, se molestan y acompañan, recorren nervudas la pendiente hasta desembocar en una placita donde algunos niños corren y un joven lanza malabares al aire con escaso tino. El árbol, tal pareciera, es Cali, Santiago de Cali, hermoso y exuberante, aunque tétrico y amenazador, un soberbio ejemplar que, no obstante, lanza zancadillas hacia todas partes y contra todos. El tronco original tiene la lúgubre figura del andaluz Sebastián Moyano, el fundador de la ciudad, y de su copa penden lianas que no son más que los cuerpos de los indios asesinados por sus perros mastines. Las raíces serpentean estorbándose, aquella perfila el rostro de un Orejuela, esas dos se funden en un tórrido baile de salsa en Juanchito, hay una que parece un gamín maltratado, las hay que evocan espesas nubes del dulzón humo del basuko en plata.


Cerca, muy cerca, en la loma de la Cruz, se da cita lo más heterogéneo de Santiago de Cali. Vienen estudiantes y estudiantas a ronear y acariciarse mientras se dicen cariñosas palabras al oído, y amantes sin habitación para manosearse con la ropa puesta, vienen jóvenes contestatarios con guitarras y con flautas, y artesanos que elaboran bonitos collares y pulseras y muñequitos de corteza de madera.

Hay niños que se prostituyen al mejor postor y parejas unidas por un sólo sexo, parejas que son dos ellas o bien dos ellos, hay árboles, árboles muy frondosos, y carteles que anuncian a rotulador la llegada inminente del Redentor y también carteles más elaborados que recuerdan a los caleños la importancia de no mostrarse obsceno en público y de alejar a la sagrada institución de la infancia de la pornografía y de otras conductas impropias (aunque luego las muchachitas recién salidas del colegio reciban un caudal de proposiciones indecentes...)


También hay abuelas que pasean como hacían en los tiempos de Rojas Pinilla, el único general golpista de la historia del país, y algún turista descolocado porque, siendo franco, Cali es interesante e intensa, pero turística, lo que se dice turística, no: apenas hay nada que ver más allá del hermoso barrio colonial de San Antonio, allá arriba, y de su intensa vida lúdica, allá abajo. Su centro está tan deteriorado que hay que tener mil ojos para no meterte en la calle equivocada y junto a los barrios más comerciales se abren los que aquí conocen como ollas y que no son más que calles chungas, o muy chungas, llenas del aroma dulzón del basuko, que es como le dicen aquí al crack. 'Tenga cuidado con las motos', es el sempiterno consejo, 'no se detenga mucho tiempo en las esquinas', 'cuídese y tenga mil ojos...'





Cali tiene un brillo mate, el recuerdo de un brillo intenso que se le fue con el tiempo y del que apenas queda rastro en la avenida Sexta, donde las muchachas con poca ropa y los muchachos con mucha testosterona se contonean en la más loca acumulación de bares y discotecas de la ciudad, por no hablar de Juanchito, a las afueras de Cali, donde los bares de la mejor salsa colombiana se tropiezan con los de rancheras tan del gusto de los narcos de medio pelo que aparecen rodeados de chicas espectaculares y de matones de menos de medio pelo que vacilan de revólveres como prolongación de sus propios penes (o vergas, qué carajo, no seamos ahora melindrosos). Juanchito es una institución en Colombia de tal magnitud que incluso el grupo Niche le dedicó esta canción a la Meca de la Rumba con Mayúsculas, porque Cali es salsa y decir salsa es hablar de Cali.



'En Cali se dio un fenómeno que no tuvo lugar en Medellín', me dice un amigo, 'y es que el narco lo impregnó todo, y cuando digo todo quiero decir eso, todo, y el dinero de la cocaína se esparció por la ciudad, compró supermercados y restaurantes, compró villas de lujo y apartamentos, peluquerías, negocios de licor y tugurios de mala muerte, compró políticos y policías y también compró a las chicas y a los chicos'. Con tanta inversión, Cali creció en los ochenta y en los noventa como espuma en la pista central de la mejor discoteca de Juanchito, pero con la caída del cártel Cali se fue por el sumidero de las ciudades que se quedaron a medias. Los elegantes barrios del centro languidecen tristones, surcados por grupos de muchachos ebrios en busca de diversión en los garitos de la avenida Sexta pero también por grupos de transexuales que ofrecen sus servicios bajo las arboladas avenidas, a las puertas de los comercios de veinticuatro horas, de la chifa de aquel chino y del devenir de los días. Allí una peluquería cerrada, aquel apartamento oscuro, ese otro en venta, esa manzana sin luz. Aún es posible comer el mejor chinchulín de Colombia en un restaurante argentino, todavía puede usted bailar en un sitio de moda, pero Cali languidece asfixiado, víctima de su propia burbuja, la del narco, la burbuja que en España conocemos tan bien del que se siente rico mientras salta a una piscina que no tiene agua.

Cali desde la colina de San Antonio

Cali es hoy una víctima más de los hermanos Orejuela, Gilberto y Miguel, 'El ajedrecista' y 'el Señor', nacidos ambos en el municipio de Mariquita, un nombre que mueve a risa a los ibéricos pero que es un pueblecito tan pequeño como histórico desde que muriera aquí el Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador de Bogotá y uno de los conquistadores que dio brillo al mito de Eldorado. Los Orejuela levantaron un imperio basado en la cocaína y le llamaron 'cártel de Cali', un nombre que producía terror y ansiedad y tras el que se encontraba el 80% del polvo blanco que entraba en los Estados Unidos durante las décadas de los setenta y ochenta. Gilberto, conocido como 'el ajedrecista' por su astucia, se presentaba como un hombre de negocios, con ciertos tics violentos, pero de negocios al fin y al cabo. El caso es que la actividad de los dos hermanos convulsionó la región: Fernando Rodríguez, el hijo de Gilberto, vaciló en un periódico mexicano, El Universal, que el América de Cali ganó campeonatos gracias al dinero de la droga que le inyectaba su tío, Miguel, que lo compró en 1979. Nada raro en una época en la que los narcos compraban equipos enteros: Pablo Escobar manejaba al Nacional de Medellín (y hasta los invitaba a jugar con él en su prisión) y Gonzalo Rodríguez Gacha, 'El Mexicano', se hizo con el Millonarios de Bogotá. Por decir, hasta dicen que los Orejuela sobornaron a la selección peruana en el 78 para que Argentina ganara su mundial..


Del cártel de Cali hay que decir que actuaban realmente como un cártel: Gilberto era el jefe de la corporación, su hermano Miguel, José Santacruz y Pacho Herrera los coordinadores de las empresas que formaban parte del holding. De hecho, el agente de la Agencia Antidrogas de los EE.UU, William Mockler, que testificó contra los Orejuela en su juicio, comparó el funcionamiento al de la General Motors: tenían tantas sucursales que sus hombres no se conocían nunca. El cártel de Cali vendía sobre todo en Nueva York y enviaba grandes paquetes de billetes a bancos de Panamá. El movimiento de las grandes cantidades de efectivo se hacían a través de un entramado de empresas que aún hoy siguen aflorando y generando controversias. En su atribulada existencia tuvo que diversificar sus enemistades y luchar contra el propio Pablo Escobar, capo del otro gran cártel, el de Medellín. Los enfrentamientos entre los de Medellín y Cali tuvieron lugar en ambas ciudades pero también en Nueva York, con asesinatos y secuestros. Así, Pablo Escobar ordenó destruir las droguerías 'La Rebaja', una cadena de farmacias que pertenecían a los Orejuela y estos, por no perder paso, financiaron Los Pepes (un acrónimo por Perseguidos Por Pablo Escobar). Los Orejuela tenían de todo: empresas de exportación de café, comercializadoras cárnicas, constructoras, locales para su alquiler, urbanizaciones para su venta, almacenes de alimentos, equipos deportivos y hasta bancos.


Cali nació en 1536, un poco más al norte de donde se encuentra ahora, y la fundó un cordobés de Belalcázar que pasó a la historia con ese nombre, Belalcázar, triste fortuna para sus paisanos porque, además de fundar Cali, Sebastián Moyano, que así se llamaba, nos regaló los crímenes más atroces que levantaron la historia negra de la conquista española. Crímenes sanguinarios y a menudo aderezados con perros mastines que aterrorizaban a los indígenas mientras les arrancaban los pechos a ellas y las narices a ellos. Crímenes que siguen cometiéndose en las calles de Cali, en forma de homofobia galopante que ejecuta a transexuales como modo de diversión (link los mundos), o en las respuestas de las chicas trans con cuchillos y machetes, o en la alta criminalidad que se cobró durante 2012 nada menos que mil ochocientos diecinueve asesinatos (obligando al ejecutivo colombiano a enviar nada menos que mil nuevos policías), o en la penumbra de ciertos garitos nocturnos: me habló en cierta ocasión Andrés Santamaría, el defensor del pueblo de Cali, que su máximo empeño pasaba por erradicar la práctica de algunos garitos de hacer pases de modelo con niños de la calle para ofrecerlos al mejor postor sediento de carne joven y dispuesto a aflojar la cartera para encontrar goce en un cuerpo menudo.




El espíritu de Sebastián Moyano, el vil Belalcázar, aún revolotea por entre los bulevares caleños, nostálgicos de la riqueza del narco, bailongos en la ciudad de la salsa, la capital de las mujeres más bellas (coinciden los colombianos), la villa de la eterna primavera, la del fantasmal árbol que esparce sus raíces a modo de semillas invadiendo no sólo el hermoso barrio de San Antonio, con sus mariposas garcíamarquianas adheridas para siempre a los muros de las villas coloniales, sino en su loca avenida Sexta y en sus barrios populares llenos de palpitante vida multicolor y de tenebrosa y roja muerte.

Una paloma se cruzó en mi camino

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com




























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