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sábado, 20 de octubre de 2012

Viaje a Transilvania: en el castillo de Drácula (que nunca llegó a pisar)




A unos treinta minutos en autobús de la inquietante iglesia negra de Brasov (negra por el hollín que le dejó como recuerdo un incendio ocurrido sabe Dios cuándo) se levanta el castillo de Bran, una construcción muy coqueta con una fama desmerecida: dicen que fue el de Drácula y resulta que, en el mejor de los casos, Drácula, que no existió como vampiro sino como un sádico de tomo y lomo, pasó un par de días en él, y lo hizo encadenado en una mazmorra. Brasov es una ciudad complicada, situada en la Transilvania hoy rumana pero aplastada bajo el peso de su cambiante nacionalidad: Brasov para los rumanos, Brasó para los húngaros, Kronstadt en alemán, Corona para los latinos, Braszow para los polacos y Orasul Stalin (Ciudad Stalin) para los soviéticos. Un núcleo urbano que ha cambiado tantas veces de dueño que no me extraña que mis anfitriones sean húngaros que hablan rumano y tengan pinta de alemanes desteñidos. No dudo de que las pintorescas callecillas adoquinadas tengan su interés, que lo tienen (mi primer caipiroska cayó en esta ciudad), ni que el conjunto arquitectónico merezca un post pero hoy me interesa algo más al centro de esta región, conocida como la Transilvania, de la que Brasov es la capital pero no lo más conocido. 


El centro mundial de la región se encuentra en un húmedo sótano, iluminado tan sólo por un candelabro con tres velas a medio consumir, una estancia que huele a sangre reseca y en el que descansa, bien cerrado, un ataúd en primer plano. Cualquier amante de las películas de terror, de Bela Lugosi y de Francis Ford Coppola, o de la literatura del irlandés Bram Stoker, el autor de una novela titulada Drácula que parece haber tomado vida, debe pasar por ese sótano imaginado, sentir la fría nieve que cae a grandes copos de un cielo gris cetrino e imaginar que la diligencia corre alocada hacia un destino fatal mientras revolotea un murciélago cenizo que, antes o después, succionará su yugular. Sin embargo, la realidad pierde poesía conforme se la conoce y destila prosa en su lugar, prosa que es más bien una parrafada larga y vulgar, una prosa tan desteñida como mis anfitriones de Brasov. Bela Lugosi, el actor con el que mejor se identifica al Drácula de las películas, es lo más cercano a la leyenda de la novela, porque Lugosi nació en Lugoj, en plena Transilvania, cerca de Timisoara y no muy lejos de Brasov, la de los mil nombres. No debió pues costarle mucho esfuerzo ponerse en el pellejo de un vampiro volador que devoraba aortas y señoritas de buen ver con la misma facilidad y pasión. A pesar de tantos datos en contra, me decido a visitar el castillo de Bran, a poco menos de una hora de Brasov, donde se supone que vivió el pretendido conde Drácula. Ya no me importa que se ría de mí la anciana pareja de húngaros rumanizados ni que en los alrededores del castillo el clima sea de nieve y el ambiente de feria barata. Si el castillo se llama Bran y el autor de la novela es un tal Bram, algo en común debe de haber...

El supuesto castillo de Drácula al fondo y varias atracciones para turistas en primer plano
Como muestra de la complicada historia de la región, el castillo de Bran fue construido por la Orden Teutónica, que suena muy a alemán, pero quedó en manos del rey Luis I de Hungría, que lo remodeló para que décadas después se lo apropiaran los turcos del imperio otomano hasta que, ya en el siglo XX, quedara incluido en el territorio rumano gracias a los complicados pactos de la I Guerra Mundial. Para terminar de liar la madeja, el castillo pertenecía a Dominiq Von Habsburg, que era el descendiente directo de la princesa Eliana y de la reina María de Rumanía, a quienes la ciudad de Brasov regaló el castillo, aunque era un descendiente un tanto venido a menos porque vivía exiliado en Nueva York y era ingeniero. El bueno de Dominiq recuperó el castillo en 2006 de manos del gobierno rumano, el mismo que se lo expropió durante los años del comunismo, pero fue recibirlo y estuvo a punto de venderlo a Roman Abramovich, el acaudalado ruso dueño del Chelsea, aunque el negocio no llegó a buen puerto y ahora permanece abierto al público para mayor loa de sus antepasados pero no de la leyenda del tal Drácula. Dominic Von Habsburg, que para mayor enredo está emparentado con los pretendientes al trono carlista de España, había vivido en el castillo de Bran los primeros diez años de su vida pero la revolución comunista le arrebató el imponente edificio y los recuerdos de su infancia. Sin castillo, sin corona, sin primos ibéricos bien situados, el último habitante del castillo draculíneo se marchó a los EE.UU para rehacer su vida.

En su retiro de Nueva York, el pobre ingeniero pasó décadas tratando de convencer a sus amigotes norteamericanos de que el castillo, su castillo, no fue el hogar de ningún vampiro y que los murciélagos que se colaban por las ventanas de las almenas no chupaban la sangre ni atacaban a las desvalidas vecinas de la localidad. Los vecinos de Bran, por su parte, no están tan convencidos, y aunque lo estén, qué importa, no pueden dejar pasar la oportunidad de tanto turista engatusado con la leyenda: en aquella tienda se venden esqueletos de cartón, allí máscaras de un Drácula de goma, en el ambiente flota un nosequé a feria vampiresca. En el restaurante donde me decido a comer, los dueños celebran con palmas mi nacionalidad, 'España', pronuncian emocionados, 'mi hijo vive en Madrid', masculla la señora mientras me abraza y su marido me acerca unas fotos de un forzudo rapado al uno con aspecto de sicario: 'es portero en una discoteca', me confirman los abuelos mientras me sirven otro licor de ciruela, que aquí llaman tuica.

Los alrededores del castillo de Bran son pintorescos y este vecino consiguió salir en todas mis fotos
Yo mismo a las puertas del castillo, con aspecto vampiresco y mucho frío
Claro que la leyenda hunde su disparatado argumento en un no menos disparatado monarca de una Transilvania que luchaba por salir del medievo. Los súbditos que tuvieron la desdicha de vivir en el reino de la Valaquia durante el siglo XV debían de prestar mucha atención a lo que hacían y decían porque su rey no les pasaba ni una. El monarca se llamaba Vlad y no soportaba a los ladronzuelos, a los mentirosos ni a los adúlteros. Su aspecto era fiero, a pesar de que su estatura le hiciera resultar un tanto tapón: tenía una mirada fulminante, las cejas negras y tupidas, un gran bigote y unos pómulos como de mongol, un cuello grueso de toro y, como remate, una melena larga y rizada. Vlad no sólo era intransigente con la mentira y el robo sino que estallaba en cólera con los súbditos que osaban caer en esos pecadillos: los empalaba. De ahí el sobrenombre con el que aún hoy se le recuerda, Vlad, el Empalador. Porque Vlad, empalaba. Es decir, introducía por el recto de sus víctimas un palo de más de tres metros y lo levantaba para que el desgraciado muriera lentamente, colgado como un chorizo a la brasa mientras la madera se hundía en sus entrañas. Las cifras de sus castigados bailan según los historiadores pero, y en el mejor de los casos, al menos cuarenta mil personas perdieron la vida así, una cifra horrorosa que se multiplica en la versión más exagerada, que asegura que fueron cien mil los empalados.


Con semejante curriculum no es de extrañar que el cruel Vlad, recuerden: el empalador, pasara a la historia, y no sólo la Historia de los historiadores sino a la de las leyendas y cuentos de miedo: Vlad III Draculea, el hijo de Vlad Dracul, miembro de la orden del Dragón. Claro que los aterrorizados súbditos no creían en más dragón que el demonio y el demonio tenía su propio nombre: Dracul. A decir verdad, entre un dragón y el demonio de los antiguos pórticos eclesiásticos no parecía haber mucha diferencia, y si falso era el dragón de San Jorge, no menos falso resultaba el demonio que tentó a San Miguel. Los rumanos del siglo XV, por su parte, no tuvieron duda: Vlad el Dragón era lo mismo que Vlad el Demonio y el hijo de un Vlad demoníaco no podía resultar menos demoníaco, sobre todo después de meterle un palo por el culo a la mayoría de sus vecinos. Un ejemplo de esta pasión anal se dio en un ataque del ejército turco, cuando el enérgico Vlad visitó a los derrotados en lo más parecido a un hospital de campaña de la época: a los heridos en pecho y rostro los felicitó por su valor, a los heridos por la espalda los consideró cobardes y terminaron, ellos también, empalados y decorando, siniestros, los caminos. Vlad debía de tener un mente sádica digna de alguna película de serie B, de esas gores: como si empalar no fuera lo suficientemente entretenido, el rey Dracul se entusiasmaba con otros métodos no menos crueles: amputación de narices, orejas, brazos, manos, vaciado de ojos con ganchos, con cucharas, castración traumática, desollamiento y hasta el desencaje de las mandíbulas.


El peculiar Vlad tuvo, no obstante, el firme y menesteroso empeño de acabar con la pobreza. ¿Y qué mejor manera de acabar con la mendicidad que ejecutando a los mendigos? Dice una leyenda que una vez invitó a comer y beber a todos los pobres de una región en una gran casa y cuando los tuvo borrachos y ahítos cerró las puertas y le prendió fuego. Los gitanos fueron también sus víctimas principales, unos individuos que reunían todas sus fobias: mendicantes con fama de ladronzuelos e incapaces de mostrar respeto por un fantoche de su calibre: dicen las crónicas que murieron por miles bajo su mandato.


Vlad no fue solamente un monarca cruel con los suyos. Si era capaz de enhebrar a sus feligreses imaginen lo que podría hacer con sus enemigos. A los turcos, por ejemplo, los sometió al primer ejemplo moderno de guerra biológica: reclutó a los sifilíticos, leprosos, tuberculosos y enfermos de viruela y los envió como refugiados civiles al lado otomano. A unos emisarios del gran Sultán, procedentes de Estambul, que no vieron la necesidad de descubrirse sus turbantes los devolvió con las telas clavadas a los cráneos. ¿Y qué decir del desgraciado Dan, el hombre que intentó derrocarlo? El simpático Vlad le hizo cavar su propia tumba, presenciar su funeral y acabar, cómo no, sentado sobre un palo hasta su muerte. Más anécdotas del sádico Dracul.

vecina del castillo de Bran
Vlad, que comenzó su adolescencia como prisionero de lujo de los turcos cedido por su propio padre como señal de buena voluntad, acabó su vida luchando contra ellos como adalid de la cristiandad contra el maligno mundo islámico y tanta fama se ganó que el propio Ceacescu lo nombró héroe nacional en los años setenta, un nombramiento que provocó un temblor en las miles de tumbas anónimas de sus empalados y descuartizados y asesinados. Vlad, eso sí, no pudo plantar cara demasiado tiempo al poderoso ejército turco y se vio obligado a exiliarse en el cercano reino de Hungría, donde lo metieron en una cárcel durante doce años, tiempo que pasó (dicen las crónicas) ejecutando su principal afición: empalando ratoncillos y pajaritos para no perder presteza. Al salir volvió a luchar contra los turcos pero, tal vez porque ya había asesinado al veinte por ciento de sus súbditos, cayó muerto en una emboscada y su cabeza colgó de una estaca en el centro de Estambul como recuerdo de tan nefasto paso por la humanidad.


A decir verdad, las extravagantes pasiones sádicas de Vlad Tepes son entretenidas de leer y son infinidad los libros que se recrean en sus torturas y en su despreciable existencia, puedes ver algunos aquí: La historia secreta de Satán, Mala gente, Mentes criminales o Drácula, el vampiro de Transilvania.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com












viernes, 13 de julio de 2012

Viaje a Rumanía: en los monasterios de la Bucovina



El 1 de abril de 1941 un gran número de civiles decidió abandonar sus hogares en el norte de Rumanía ante el avance de las tropas rusas que habían ocupado sus tierras incorporándolas a la Unión Soviética. La masa de aldeanos abandonó sus casas en Patrautii-de-Sus, en Patrautii-de-Jos (que son como Villanueva de Arriba y Villanueva de Abajo), abandonaron Cucpa, Corcesti y Suceveni, portaban banderas blancas y cruces, muchas cruces, una postrera reivindicación del espíritu religioso que insuflaba aliento a la desesperada huida. La masa humana creció conforme se acercaba a la nueva frontera, vigilada por el Ejército Rojo: entre dos mil y tres mil personas, burros que tiraban carromatos de madera, niños que lloraban porque les dolían los pies, abuelas tocadas con sus pañuelos negros, hombres rudos, de campo, campesinos sin más conocimientos que los que da la tierra, que ya son.



Pocos meses atrás, el gobierno de Rumanía se había visto obligado a ceder un enorme territorio habitado por casi cuatro millones de personas a los que nadie tuvo a bien preguntar si querían convertirse, de repente, en ciudadanos soviéticos. El pacto Ribbentrop con Molotov cedió una extensa comarca a la Unión Soviética y la región quedó de hecho convertida en parte de Ucrania, a la que sigue perteneciendo hoy. Los campesinos sólo tenían en su mente una idea: cruzar la nueva frontera y volver con los suyos, con los rumanos, dejar atrás toda una vida, sus tierras y sus hogares, y abandonar la pesadilla de un régimen que convertía sus adoradas iglesias en establos y cuadras para caballos. Al principio fueron unos pocos centenares los que se atrevieron a cruzar, uno por aquí, otro despistado por allá, unos pocos juntos que se atrevían a nadar por ese río, otros que saltaban una valla, unos cuantos más que corrían como locos por un campo helado. El goteo crecía y los soviéticos no podían creer que esos campesinos coloradotes que soñaban con popes y vírgenes no desearan vivir bajo su dominio: debían de ser kulaks, pensó alguno cuando el número se calculó, en pocas semanas, en unos siete mil. Al principio se envió a los que trataban de huir de vuelta a sus casas, luego se les declaró traidores a la patria y terminaban en campos de trabajo, pero un buen día los campesinos decidieron pagar cara su piel y guardaban pistolas con las que hacían frente a los guardias. En Fantana Alba, una noche de batalla, los soviéticos mataron a tres rumanos y capturaron a un grupo que fue deportado inmediatamente a Siberia. Sin embargo, el goteo lejos de acabarse se incrementó.



El 1 de abril de 1941, los civiles que antes dije iban en un número indeterminado avanzaron como una ola que lo arrastra todo, caminaban como en romería, lentos, seguros de que nadie podría detenerlos, confiados en su número y en los rumores que aseguraban que nadie los detendría por una orden de Moscú. Pero cuando llegaron a la frontera, los soldados soviéticos, viéndose desobedecidos y desbordados, dispararon a la multitud, primero tímidos, luego con miedo, más tarde desbocados, borrachos de bala y sangre. Nadie supo jamás el número de muertos pero tampoco nadie creyó jamás la cifra de cuarenta y cuatro que dieron los soviets. Los cálculos más timoratos hablan de doscientos muertos tras la primera batida con balas: luego llegaron las torturas, los campesinos atados a caballos y arrastrados hasta la muerte, las ejecuciones sumarias en las tapias de los cementerios, las terribles torturas en los camposantos judíos de la región. En unos meses, más de doce mil rumanos de la Bucovina acabaron sus días en los terribles hielos de los gulags de Siberia. 

Como la historia es cíclica, o eso dicen, los vecinos de la región revivían las tensiones que sufrieron un siglo atrás, esa vez bajo el gobierno de la Sublime Puerta, el imperio Otomano, frente a la grandeza imperialista del zar Nicolás, que soñaba con un imperio ortodoxo de tamaño descomunal que englobara bajo una sola bandera, la suya, a todos los países que compartían religión, la cristiana, y no sólo eso: la ortodoxa. Lo cierto es que por una cosa o por otra, los pobres vecinos de la Bucovina, la Besarabia, Vallachia y Moldavia no han gozado de muchos periodos de paz en sus trágicas historias: es lo que tiene estar en un cruce de caminos de imperios y civilizaciones. Al menos nos dejan obras de arte impactantes, consecuencias tal vez de esos periodos convulsos, como el del crimen masivo de la frontera, una masacre que se une a otras masacres olvidadas ya en la memoria colectiva, borradas incluso de las mentes de los hijos de los supervivientes, masacres que no tuvieron su castigo en vida de los asesinos ni en la historia de la región. Es entonces cuando uno suspira profundo y piensa en que tal vez sí sea necesario un cielo y un infierno y toda esa parafernalia mística en la que los buenos son premiados y los malos castigados con el fuego eterno del Nunca Jamás.



La iglesia de San Jorge de Voronet, en la Bucovina rumana, tiene la tediosa consideración de ‘La capilla Sixtina del Este’ por los extraordinarios frescos que alguna mano firme pintó en sus muros hace la friolera de seis siglos. A pesar de su turbulenta historia, de la que el suceso de los soviéticos es su penúltimo episodio, la región de Bucovina, hoy al norte de Rumanía y en tiempos región de la pequeña Moldavia, es un lugar único. Tal vez no deba decir a pesar sino debido a. Los frescos de Voronet que permanecen a la intemperie desaparecen como desaparece también la memoria de todos esos desgraciados que fueron muertos en masacres perdidas, en masacres sin nombre, sus apellidos se borran de las tumbas como los frescos de las paredes de un monasterio que pertenece a una cadena de monasterios que son, en su conjunto, Patrimonio de la Humanidad. Los muertos por los soviéticos se unen a los muertos por los turcos y sus ánimas recorren desconsoladas las enormes regiones del centro de Europa para recordar, unos con tumbas de palo y otros con frescos que se borran, que también ellos hollaron este mundo y que no está de más que recordemos a los que nadie recuerda.



La Bucovina es una región desgraciada en todo lo relativo a la raza humana pero privilegiada en su naturaleza. 'País de las hayas' significa eso de Bucovina, y es lo que es, una larga alfombra de bosques de hayas y montañas que la convierten hoy en atracción para turistas entusiasmados con el arte bizantino y ortodoxo y amantes de perderse en rincones remotos. Lo curioso es que la efervescencia máxima la alcanzó entre los años 1522 y 1547, veinticinco años en los que los constructores de iglesias trabajaron frenéticos para levantar un conjunto de templos policromados con tal arte y maestría que muchos de ellos hoy son, como antes dije, Patrimonio de la Humanidad. Como los de la iglesia de San Jorge de Voronet, de los que hablaba antes, la capilla sixtina del este y todas esas comparaciones que hacen temer por su integridad porque las comparaciones, no sé por qué extraño motivo, terminan por fastidiarlo todo.

En Voronet los frescos exteriores se borran como se borran los nombres de las tumbas de madera de los muertos a los que nadie recuerda

Unos frescos que, dicen los estudiosos, se realizaban con el mismo espíritu que tenía la Europa Occidental, donde se especializaron en altorrelieves y en esos pórticos recargados de figuras sagradas y antropomórficas destinadas a relatar las historias del libro sagrado a las masas de iletrados que acudían a misa. Una idea que debió de ocurrírsele a Esteban el Grande, un mítico rey moldavo que murió antes de poder llevar a cabo esta locura pero que se distinguió tanto en la lucha contra el invasor turco que entre los suyos cundió la idea de que había que adoctrinar a sus paisanos como fuera. Su hijo, Petru Rares, fue el impulsor de esta paranoia arquitectónica y pictórica en un contexto que no era menos paranoico porque las tropas turcas atacaban a los pobres ortodoxos sin piedad y el tal Petru trataba de mantener alto el espíritu cristiano mientras rendía pleitesía a Suleimán el Magnífico, el nuevo amo de la región. Un contexto similar al de las montañas de Rila, en la cercana Bulgaria, donde se alza majestuoso un colorido monasterio que tiene también una historia muy particular: El monasterio de Rila.


En la Bucovina la idea de los dibujos en los muros alcanza el paroxismo, dentro y fuera de los templos, hay quien los compara con las alfombras persas, con las miniaturas de los códices, y hay también quien piensa que son invencibles porque han soportado, en su mayoría, las invasiones turcas, las austríacas, las rusas, las soviéticas, al tirano de Ceacescu y a la indiferencia de los tiempos del ateísmo. Y ahí siguen, incólumes, orgullosas de sus colores, a pesar de que el tiempo, este sí, hace mella en las capas de pintura que alegre y profusamente utilizaron los artistas de cinco siglos atrás, sobre todo en las paredes más expuestas a los fuertes vientos que azotan la comarca. Según estudios recientes, la técnica era tan sencilla como eficaz: combinaciones armoniosas de un número muy reducido de tonos extraídos de pigmentos minerales. Ocre rojo de las arcillas del óxido de hierro, rojo del óxido de plomo, azul del carbonato de cobre inestable y del Voronet del lapislázuli, verde del carbonato de cobre y amarillo ocre de las arcillas ricas en óxido hidratado de hierro. Los pigmenots se mezclaban con hollín negro del humo del carbón y se mezclaban con huevos, vinagre, miel y hasta láminas o polvo de oro. Aquí explican estas técnicas



El resultado sigue ahí, serio, con cierto aire de tristeza, pero magnífico, tal vez un poco más apagado cada día que pasa, pero firmes, recordando que el soldado soviético no pudo borrarlos ni el invasor otomano destruirlo ni el fuerte viento que azota la región levantarlo en lascas. Y recordando también que su esplendor y su mayor protección lo alcanzaron, paradójicamente, en los tiempos del imperio turco, el de la Sublime Puerta, el imperio otomano. Ahí siguen, erigidas para adoctrinar a los que ya no están y como mudo recuerdo de los que nadie recuerda. Estos son los nombres de sus principales monasterios: Voronet, Sucevita, Moldovita, Arbore y Humor.





© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

























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