viernes, 15 de junio de 2012

Viaje al interior de la mente: la asombrosa historia de Edgard Cayce, el profeta durmiente


La historia de Edgard Cayce me inquietó durante mi adolescencia. Me parecía inaudito. Hoy me sigue pareciendo increíble pero, al tiempo, me recuerda la facilidad que tenemos hoy para acceder a todos esos datos mediante un golpe de ratón. Edgar Cayce utilizó Google cuando aún no existía Google, cuando no existía internet y hasta el mismísimo teléfono era un invento novedoso y en desarrollo. Edgar era un buscador en sí mismo con una extraña y fascinante facultad. Por eso copio literalmente el texto de Louis Pwales y Jacques Bergier, de su inquietante libro 'El retorno de los brujos' y os dejo su lectura, que siempre me ha parecido de lo más inquietante.








El pequeño Edgard Cayce estaba muy enfermo. El médico rural estaba a la cabecera de su lecho. No había manera de sacar al muchacho de su estado de coma. De pronto, bruscamente, sonó la voz de Edgard, clara y tranquila. Y, sin embargo, dormía. «Le diré lo que tengo. He recibido un golpe en la columna vertebral con una pelota de béisbol. Hay que hacer una cataplasma especial y aplicármela en la base del cuello.» Con la misma voz, el chiquillo dictó la lista de plantas que había que mezclar y preparar. «Deprisa, pues el cerebro está en peligro de ser alcanzado.» Por si acaso, le obedecieron. Por la noche, había cedido la fiebre. Al día siguiente, Edgard se levantó, fresco como una lechuga. No se acordaba de nada. Ignoraba la mayoría de las plantas que había mencionado.

Así comenzaba una de las historias más asombrosas de la medicina. Cayce, campesino de Kentucky, completamente ignorante, poco inclinado a usar su don, y que lamentaba sin cesar de no ser «como todo el mundo», cuidará y curará, en estado de sueño hipnótico, a más de quince mil enfermos, debidamente homologados. Obrero agrícola en la granja de uno de sus tíos, después dependiente de una librería de Hopkinsville y por último dueño de una tiendecita de fotografía donde se propone pasar tranquilamente sus días, hace de taumaturgo contra su voluntad. Su amigo de la infancia, Al Layne, y su novia Gertrudis, unirán sus fuerzas para obligarle. Y no por ambición, sino porque no tiene derecho a guardarse su poder, a negarse a ayudar a los afligidos. Al Layne es un tipo enfermizo, siempre está malo. Se arrastra. Cayce consiente en dormirse: describe los males y dicta los remedios. Cuando se despierta exclama: «Esto no es posible; no conozco la mitad de las palabras que has anotado. ¡No tomes esas drogas, es peligroso! No comprendo nada. ¡Todo esto es cosa de magia!» Se niega a volver a ver a Al y se encierra en su gabinete de fotografía. Ocho días más tarde, Al llama a su puerta: jamás se ha encontrado tan bien. La pequeña ciudad se conmueve; todos quieren consultarle. «No voy a ponerme a curar a la gente porque hablo en sueños.» Acaba por aceptar, con la condición de no ver a los pacientes, por miedo de que, al conocerlos, su juicio se vea influido; con la condición de que algún médico asista a las sesiones; con la condición de no cobrar un céntimo y no recibir siquiera el menor regalo. Los diagnósticos y las prescripciones formulados en estado hipnótico son de una precisión y sutileza tales, que los médicos están convencidos de que se trata de un colega disfrazado de curandero. Limita sus sesiones a dos por día. No es que tema la fatiga, pues sale de sus sueños muy descansado. Es que quiere seguir siendo fotógrafo. No trata en absoluto de adquirir conocimientos médicos. No lee nada, continúa siendo el hijo de unos campesinos, provisto de un vago certificado de estudios. Y se rebela contra su extraña facultad. Pero, en cuanto decide dejar de emplearla, se queda afónico. 

Un magnate de los ferrocarriles americanos, James Andrews, acude a consultarle. Le prescribe, en estado de hipnosis, una serie de drogas y, entre ellas, cierta agua de orvale. No hay manera de encontrar este remedio. Andrews hace publicar anuncios en las revistas médicas, sin resultado. En el curso de otra sesión, Cayce dicta la composición de aquel agua, extremadamente complicada. Después, Andrews recibe una respuesta de un joven médico parisiense; el padre de este francés, que también era médico, había elaborado el agua de orvale, pero había dejado de explotarla hacía cincuenta años. La composición era idéntica a la «soñada» por el modesto fotógrafo.

El secretario local del Sindicato de Médicos se apasiona por el caso Cayce. Convoca un comité de tres miembros, que asiste a todas las sesiones, estupefacto. El Sindicato General Americano reconoce las facultades de Cayce y le autoriza oficialmente a realizar «consultas psíquicas». Cayce se ha casado. Tiene un hijo de ocho años, Hugh Lynn. El niño, jugando con unas cerillas, provoca la explosión de un depósito de magnesio. Los medicos pronostican la ceguera total en plazo breve y recomiendan la ablación de un ojo. Aterrorizado, Cayce se sume en uno de sus sueños. En estado hipnótico, se pronuncia contra la ablación y prescribe quince días de aplicación de compresas de ácido tánico. Según los especialistas es una locura. Y Cayce, presa de los mayores tormentos, apenas se atreve a desoír sus consejos. Al cabo de quince días, Hugh Lynn está curado. Un día, después de una consulta, sigue dormido y dicta, una tras otra, cuatro recetas muy precisas. No se sabe a quién pueden referirse, y es que han sido formuladas por anticipado para los cuatro próximos enfermos.

En el curso de una sesión, prescribe un medicamento al que llama «Codirón» y da la dirección de un laboratorio de Chicago. Llaman por teléfono. «¿Cómo pueden haber oído hablar del "Codirón"? Todavía no ha sido puesto a la venta. Precisamente acabamos de realizar la fórmula y de ponerle el nombre.» Cayce, aquejado de una enfermedad incurable que sólo él conoce, muere el día y a la hora que había anunciado: «El cinco por la noche, estaré definitivamente curado.» Curado del mal de ser «algo distinto».

Interrogado durante su sueño sobre su manera de proceder, había declarado (sin acordarse de nada al despertar, como de costumbre) que se hallaba en condiciones de ponerse en contacto con cualquier cerebro humano viviente y de utilizar las informaciones contenidas en aquel o en aquellos cerebros para dar el diagnóstico y el tratamiento de los casos que se le presentaban. Era tal vez una inteligencia diferente la que entonces se animaba en Cayce, y que utilizaba todos los conocimientos de la Humanidad, como se utiliza una biblioteca, pero casi instantáneamente, o al menos a la velocidad de la luz o de la electromagnética. Pero nada nos permite explicar el caso de Edgard Cayce, de esta manera o de otra. Lo único que se sabe cierto es que un fotógrafo de pueblo, sin curiosidad ni cultura, podía ponerse, a voluntad, en un estado en que su espíritu funcionaba como el de un médico genial, o mejor, como todos los espíritus de todos los médicos juntos.

Pawels y Bergier, El retorno de los brujos

jueves, 14 de junio de 2012

Viaje a Senegal: Gorée, la isla de los esclavos



Durante cuatro siglos, millones de negros, entre doce y veinte, salieron por una pequeña puerta de una casa de esclavos que no llevaba a ninguna parte más allá de una pasarela que acababa en la bodega de un barco. En 1807, los británicos prohibieron el comercio de esclavos y la isla de Goreé, tres kilómetros frente a la capital de Senegal, Dakar, perdió su principal fuente de riqueza: la pobreza de los demás, y volvió a ser lo que había sido antes: un idílico lugar de formidables vistas, pájaros cantores y delfines que adornaban la línea del horizonte. Claro que era imposible que recuperara su tranquilidad porque, recordemos, doce, o veinte, millones de seres humanos, depende de la fuente, embarcaron por esta isla hacia un viaje que no tenía más fin que la muerte, doce, o veinte, millones de almas peregrinan por los rincones de este islote gritando inaudibles los horrores de la desesperación, doce, o veinte, millones de ánimas chillan noche y día entre la floresta, sus voces resuenan por la casa de contratación, rebotan en la sala de engorde, se precipitan por los abismos de los acantilados, se ahogan en los riscos submarinos y yacen inanes en las arenas de la playa que recibe al visitante. Doce, o veinte, millones de tragedias, de seres sin libertad y de pesadillas de vigilia.



El primer europeo que puso un pie en esta isla fue un portugués llamado Dinis Díaz, en 1444, y su primera tarea fue levantar un puesto militar y un almacén negrero: el destino de la isla estaba ya marcado. A partir de entonces, este paradisíaco entorno fue una constante disputa entre holandeses, británicos, portugueses y franceses, que se disputaron la isla que un Dutch llamó Good Re (Buen Puerto). Junto a Gorée, la ciudad colonial de Saint Louis, ya en la frontera con Mauritania, y más al sur, en el extraño país llamado Gambia, el puerto de James Port, puertos negreros por excelencia, donde se hicieron de oro capitanes aguerridos como Francis Drake, ese pirata tan querido por los británicos, John Hawkins o John Newton. Pero no seamos presuntuosos y no olvidemos a Pedro Blanco, (Vida e infamia de Pedro Blanco), nuestro negrero por excelencia, un malagueño que inspiró a Steven Spielberg para su película Amistad, el nombre de uno de los buques del negrero andaluz. 




Las compañías tenían tanta prisa por enviar carne fresca al continente americano, principalmente Cuba, Estados Unidos y Brasil, que la South Sea Company se comprometió a embarcar casi cinco mil negros al año.


Un hombre observa taciturno la puerta de salida de los esclavos

Por esta isla pasó en 1992 el papa Juan Pablo II, tal vez para limpiar el pecado de su antecesor Nicolás V, que bendijo el negocio en el siglo XV, y también desembarcó George W. Bush para lamentar que allí ‘la vida y la libertad fueran robadas’, y la lista de personajes relevantes sigue creciendo conforme la infamia se conocía en todo el mundo: Bill Clinton, Nelson Mandela, Mitterrand… todos horrorizados y taciturnos ante la magnitud del holocausto que se vivió en este islote. Una tragedia que, por cierto, no ha terminado aunque ya no está institucionalizada como sí lo estaba antes. Dice la ONU que hoy día viven en condiciones de esclavitud alrededor de doscientos cincuenta millones de personas y que la caza de negros costó unos ciento cuarenta millones de vidas arrancadas al continente negro. Cifras y negros que desfilan ante la mirada atónita del que intenta imaginar desde la puerta del no retorno sin que se pueda asumir semejante catástrofe. Una puerta que en su momento admiró el sha de Persia, Mohammed Reza Palhevi, que adquirió una mansión cercana tal vez para olvidar sus miles de crímenes en la legendaria Persia, o el gran magnate de aquel país que existió hasta hace bien poco: Onassis, el griego.

Dakar en la distancia


El sevillano padre Alonso de Sandoval, que dedicó su vida a las negritudes en Cartagena de Indias, Colombia, relataba que los esclavos iban ‘de seis en seis, encadenados por argollas en los cuellos, asquerosos y maltratados, y luego unidos de dos en dos con argollas en los pies; van debajo de la cubierta, con lo que nunca ven el sol o la luna. No se puede estar allí una hora sin grave riesgo de enfermedad. Comen una vez al día una escudilla de maíz o mijo crudo y un pequeño jarro de agua. Reciben mucho palo, mucho azote y malas palabras de la única persona que se atreve a bajar a la bodega, el capataz’.


De aquellos terribles días sólo queda la Casa de los Esclavos, convertida hoy en museo, y los ecos de los gritos de aquellos desgraciados. Las casas, pintadas de rojo, de amarillo albero o directamente en ruinas, apenas dejan adivinar el sufrimiento que se desarrolló en sus puertas. Cuatro de cada diez negros que llegaban a la casa de los esclavos para engordar hasta los sesenta kilos antes de embarcar morían en el trayecto. Muchos se suicidaban de los modos más peregrinos porque, recuerden, estaban encadenados y sin siquiera esa posibilidad: morían dejando de respirar, morían los prófugos lanzándose de las ramas altas de los árboles dejando los cuerpos tiesos y descoyuntándose con el golpe seco, morían de hambre, morían de pena. Y los que no morían por convencimiento, morían en el trayecto de entre seis y doce semanas. Morir para escapar de una vida que es peor que la muerte.















Hoy la isla es una manta de artistas locales que tapizan los suelos con las coloridas pinturas que encontré años atrás en Puerto Príncipe, en Haití, o en los suburbios de Santo Domingo. Y, por supuesto, las extrañas obras de artes realizadas con desechos de la basura: aquí los restos de un teléfono móvil dan vida a un muñeco con piernas de cucharones, aquí un mando a distancia resucita a un espíritu atormentado de algún yoruba esclavizado siglos atrás, una vieja plancha baila al son de una batidora que revive con cara de cacerola....


Arriba, en las alturas, dominan silenciosos el horizonte los cañones que defendieron décadas atrás la antigua colonia francesa y que sirvieron de decorado para la película Los Cañones de Navarone. 


El interior de los bunkers rezuman humo dulzón y notas de roots


Hoy, aquellos bunkers, huelen a marihuana, a marihuana densa y dulce, acompañada de reggae profundo, de roots y de voces que remedan a la del Nesta, Nesta Marley, rastafaris senegaleses que han montado estudios de grabación donde antes se acumulaba muerte y hoy ofrecen música y mareítos de consideración. Me voy de la isla intentando enfocar, escuchando los gritos de aquellos millones de esclavos que sufrieron lo indecible y que hoy se entremezclan con el rasgueo de los rastafaris en el inolvidable 400 years. ¿Qué mejor lugar que este para escuchar esta canción? God bless ya!!!



©  José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com































lunes, 11 de junio de 2012

Viaje al Líbano: Trípoli, la ciudad ametrallada

Trípoli, la ciudad agujereada

Pierre es un cristiano maronita que regenta un hotel en el casco antiguo de Trípoli. Es un hombre amable, encantador, habla un bonito francés y le gusta charlar con el turista. Su hotel está instalado en un edificio muy antiguo y unos arcos que sobresalen de la pared dan buena fe de ello. Pierre está siempre atento a sus clientes, se arroja literalmente escaleras abajo para buscar el pan si es que eso es lo que requiere, su aspecto es monástico y no cuesta imaginarlo con una tonsura en la coronilla y una casulla de dominico. La dulce amabilidad de Pierre, sin embargo, se transmuta en cólera divina e infinita ira cuando le hago la pregunta equivocada. ¿Qué piensa de los palestinos?. Pierre parece otro, su rostro se inunda en sangre, sus ojos chupan el rubor para mudarse al rojo, Pierre estira los dedos de las manos y concluye con una frase a media voz, tranquila, suave. ‘Los odio’, me dice, ‘si por mí fuera estarían todos muertos’. La frase me taladra el hipotálamo, no cuadra en un ser de apariencia bondadosa, me desconcierta y el pobre Pierre debe de ser consciente de que su aspecto no cuadra con esa ira despertada a destiempo. ‘Han destruido mi casa en cuatro ocasiones, la última vez sólo dejaron las paredes… ¡cuántas veces he tenido que salir corriendo con lo puesto para refugiarme en el valle de Bcharre con mis familiares!’ Pierre recuerda lastimosamente sus huidas, los días de bala y fuego, las bombas, los enfrentamientos intestinos entre los miembros de la OLP con los drusos, con los israelíes, con los sirios, con los maronitas.

En Trípoli no se salvan de la metralla ni las palomas de la paz...
La ciudad da buena cuenta de ello. Las paredes son quesos gruyeres, las fachadas continúan jalonadas con ráfagas de otras épocas que se superponen a ráfagas más recientes y hasta creo ver ráfagas de épocas que aún no han venido. Parece imposible que en esas casas pueda vivir la gente pero sí, lo hacen, de aquel balcón en ruinas sobresale una silla colocada al revés y ondea orgullosa una sábana blanca, de aquella ventana con el marco roto sale un hilillo de música, una mujer se afana por limpiar el cristal de una ventana que pareciera lo único entero en todo el edificio, en aquella de más allá una familia guarda un impecable equilibrio entre escombros y boquetes. Trípoli se me asemeja a una sucesión de agujeros metido en una caja llena de agujeritos.


Como ocurre con todo Oriente Medio, Trípoli no se asombra de estas cicatrices. Hace milenios florecieron los fenicios en estas tierras, asociadas a otros nombres míticos como Tiro o Sidón, una civilización de marineros sin igual que colonizó el Mediterráneo y dejó su impronta incluso en la ciudad en la que ahora vivo, Cádiz, que ostenta con orgullo su condición de ‘Ciudad más antigua de Europa’. Los fenicios que no se exiliaron en la Tacita de Plata vieron luego llegar al imperio Asirio, y luego al Persa, más tarde a los romanos, a los bizantinos, por estas angostas calles pasaron califas árabes, los mamelucos, el rey cruzado Raimundo le puso un legendario sitio que completaron luego otros francos como Balduino I de Jerusalem, unos cruzados tan cultos y comprensivos que quemaron los cien mil volúmenes de la biblioteca de Dar Em Ilm. Y sólo de pasada nombraré a los genoveses, los mamelucos, el imperio otomano o el protectorado francés. ¿Qué ejército no ha disparado aquí sus armas?
 






Pues con tanto tiro no es de extrañar que los tripolitanos sean capaces de aguantar lo que les echen. En algunas fachadas se nota el esfuerzo por tapar los huecos de los disparos. En otras parece que nadie está dispuesto a emprender la tarea de un Sísifo tocado por la Suerte más Negra. 

En una casa me invita a un refresco Abdel, un soldado que, cuan Aracne tejiendo el lienzo de Velázquez, dispara por el día las balas hermanas de aquellas otras que no le dejan dormir de noche, tantos agujeros tiene su hogar. Trípoli es sunita en un país que roza el delirio religioso, dominado hoy el sur por los chiítas, agazapados en Bcherr los maronitas, convertida Beirut en la pesadilla del Yahvé que despotricaba contra los adoradores del becerro de oro. Y no olvidemos a los alauitas, seguidores del dirigente sirio Assad, que se enfrentan metralleta en mano a los sunitas, que son contrarios.



Los maronitas, como Pierre, están diseminados por la ciudad, rodeados de sunitas con los que no parecen llevarse mal, con las maletas hechas por si a los palestinos les da por volver. Los palestinos, mientras, viven también agazapados, en Nahr el Bared, un campo de refugiados al norte de la ciudad construido exclusivamente para ellos y destruido también exclusivamente para ellos, una ciudad delirante, con edificios a medio derrumbar, techos caídos y carreteras intransitables y llenas de escombros. Son los restos de las últimas luchas, ocurridas en 2007, cuando la guerrilla Fatah Al Islam se enfrentó a las fuerzas libanesas con escasa fortuna. A favor de Pierre hay que decir que las diferentes facciones palestinas, partidarias una de la OLP de Yaser Arafat, otras del Frente Nacional Palestino, tenían la mala costumbre de enfrentarse entre ellas a tiros, a fuego de morteros y hasta a misilazos, unas peleas callejeras en las que involucraban a toda la ciudad porque eran indiscriminadas, y que lo mismo un día te tomaban un edificio desde el que se hacían fuertes que otro día volaban una carretera porque sospechaban que pasaría un cargo contrario. 


Los libaneses acabaron hartos de esta guerra, que tuvo su mayor paroxismo en la década de los ochenta, una guerra que no era la suya, y que para más inri atraía a otros combatientes que tampoco respetaban su tierra, como los israelíes, los sirios o, más recientemente, a Al Qaeda, un despropósito que en la práctica une a maronitas con sunitas: basta de palestinos, parecen decir. Los palestinos, mientras tanto, parecen haber sido tragados por las fuerzas de la Historia, despreciados tanto por sus vecinos de religión como de ciudad, ahogados por el empuje de los chiítas iraníes, hartos de una condena que, esta sí, haría palidecer al mentado Sísifo: sin pasaporte ni país al que regresar sólo pueden luchar porque no hay a dónde huir. Las marcas, pues, siguen presentes en toda la ciudad, Trípoli, la varias veces milenaria, la agujereada, la asediada, Trípoli, tres veces ciudad, mil veces destruida, infinitamente legendaria.






























Bajo una lona, en un barrio destrozado por el fuego de mortero y acribillado por la metralla, un flamante porsche descansa bajo el sol. Su dueño sale de un bloque de viviendas ruinoso, me mira con desconfianza y cierta mala leche: estira la lona. Tal vez piense que quiero robárselo…






© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

































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