jueves, 12 de abril de 2012

Pedro Ordóñez de Ceballos: Elcano con sotana




Si Pedro Ordóñez de Ceballos no se hubiera agachado a recoger el ramillete de flores que una dama sevillana dejó caer desde su balcón no se hubiera convertido en uno de los viajeros más incansables que ha dado Andalucía. Pero lo hizo, se agachó galantemente, a sus diecisiete primaveras, y hasta puede que mirara con ojos de mancebo poderoso a las alturas sin hacer caso a su tío, que meneaba la cabeza a su lado mientras murmuraba sus temores. Pedro debió de haber guardado las formas porque el marido de la descuidada dama tomó el gesto como una afrenta insoportable y ordenó matarlo. Así que el jovenzuelo huyó como alma que llevaba el diablo y tanto gusto le cogió a eso de correr que se pasó treinta y siete años poseído por el espíritu de un dios olímpico. Pedro olvidó pronto su ciudad de origen, Jaén, donde apenas pasó la primera década de su vida, y enfiló proa a una huida hacia adelante que, según cálculos que realizó años después, le llevó a recorrer cuatro veces el perímetro del planeta.

            El jiennense iba para jesuita pero entre sus estudios y su posterior ordenación se dedicó a la piratería y a la guerra con notable éxito. Como abrebocas a lo que habría de ser su vida, el joven Pedro vaga por Europa, llega a tierras nórdicas, entra en Rusia, conoce al papa Gregorio XIII en el Vaticano, se lanza a los lugares santos de Jerusalén tras vagabundear por Grecia y Turquía, y de paso da un garbeo por el norte de África. En sus recuerdos destaca el encuentro en Malta con una viuda sevillana que un buen día decidió vengarse del mundo y se convirtió en pirata, como él, surcando el Mediterráneo con su navaja al cinto. Pedro, visto ya todo lo que podía verse, regresa a Sevilla y se embarca rumbo a América, no sabemos muy bien si con intenciones predicadoras o corsarias aunque sí que llegó al continente con el grado de capitán.

            Viajar con el jiennense debía de ser un seguro de emociones fuertes porque el barco en el que navega se hunde al llegar a las Bermudas y permanece náufrago casi dos meses, hasta que roba unas canoas indígenas y consigue llegar a La Habana. En un inciso que se concede para regresar a España aprovecha para conocer el África negra, desde Cabo Verde hasta el Congo, aunque se ordenará sacerdote en Bogotá, la capital de Colombia. Su vida la dedicaría a propagar la buena nueva cristiana desde Argentina hasta México, con largas etapas en el interior de la Amazonía, y eso durante treinta años de mareantes idas y venidas. Curtido ya su espíritu y saciadas sus ansias viajeras cualquiera optaría por volver a casa pero Pedro es sacerdote y siente en el cogote la presión de evangelizar como antes sintió el aliento de aquel marido sevillano. Así que se embarca rumbo ahora a las tierras de la especiería y para no desentonar con el resto de su vida el barco en el que viaja tarda tres meses en cruzar el Pacífico.

El pobre Pedro ve reducida su dieta a dos plátanos, una tacita de maíz y un trozo de yuca y tiene tanta hambre sin saciar que llega a comerse hasta el cuero de los asientos. Llegado ya a la China, Pedro describe la costumbre de vendar los pies de las niñas para que no les crezcan y hasta tiene cuerda para convertir al cristianismo a la princesa de la Conchinchina, que cae enamorada de semejante tipo inquieto. Claro que además de inquieto, el ya maduro Pedro es religioso y debía de haber pasado página de aquellas costumbres de perseguir mujeres porque rechaza a la hermana del rey y le decretan expulsión y confiscación de todos sus bienes. Pedro regresa a América después de conocer India, Japón, China y Camboya y no lo hace por el camino más sencillo sino por el estrecho de Magallanes. Treinta y siete años después de su primera partida, Ordóñez regresa a Jaén y cae en un sopor enfermizo del que ya no se recuperó, acumuladas enfermedades tropicales, cicatrices físicas y psicológicas. Tuvo tiempo, eso sí, de escribir su desventura, ‘El viaje por el mundo’, editada en 1614, donde novela su disparatada vida, y de servir de excusa para al menos cinco escritores de la Edad de Oro de las letras españolas, que vieron en el jiennense al perfecto personaje de relatos inverosímiles. A la historia pasó para siempre como ‘Elcano con sotana’ aunque superó al vasco en muchas millas. De todos modos hay que creer sus testimonios a pies juntillas porque no existen otras fuentes sobre sus experiencias y hay quien sospecha que infló su atribulada vida. Para los crédulos quedan las vivencias de un ‘clérigo inquieto’, como él mismo se calificaba, que convirtió al cristianismo a países enteros y encontró mujeres velludas que eran engendros de oso y humano.





Bibliografía:
Mujeres piratas, Germán Vázquez Chamorro, Algaba Ediciones, 2004, Madrid
       Historia y Viaje del Mundo, Pedro Ordóñez de Ceballos, Madrid 1691



 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 10 de abril de 2012

Viaje a Marruecos: un millón de firmas para cambiar el código penal





Amina Filal tenía 16 años cuando un tipo la siguió, la violó y la envió a casa llorando. Sus padres, avergonzados, acudieron a la ley, la ley marroquí, una ley que parece hecha por un dios menor y enfurecido. La solución para estos casos es simple, pensó el legislador: que la víctima contraiga matrimonio con su verdugo y todo queda en casa: ella evita la vergüenza y él evita la cárcel. Los padres de Amina hablaron con el violador de su hija y todos se convencieron para que fuera, además de su agresor, su marido. La joven Amina se vio atrapada en un absurdo código penal, una absurda vida, unos padres absurdos y un marido violador. Dicen las crónicas que, una vez debidamente casados, el marido de Amina la siguió maltratando y hasta su suegra tenía la mano tonta. Amina imaginó una larga, una larguísima vida recibiendo bofetones y tratada como una perra. Y sin solución porque, recordemos, no podía acudir a sus padres porque fueron ellos quienes la obligaron a casarse con un violador, no podía acudir a su marido porque es EL violador, ni a su suegra, que también le zurraba, y por supuesto no podía acudir a la ley porque su situación se debía a la solución que algún legislador había ideado en su delirio. Dos años duró el infierno de Amina, dos años de tortas y de preguntas sin respuestas, hasta que decidió ingerir una cantidad rotunda de matarratas. Amina murió, la prensa internacional dio alas al suceso, en cada rincón del planeta hubo alguien que se indignó. Pero la ley sigue vigente, concretamente el artículo 475 del código penal marroquí. En esta iniciativa, el grupo Avaaz pretende conseguir un millón de firmas para que los legisladores marroquíes sientan la vergüenza ajena que todos sentimos y cambien una norma basada en la sharia que no tiene sentido en una comunidad de seres racionales.

Este es el texto que Avaaz enviará al gobierno marroquí arropado por el mayor número de firmas posibles y abajo está el enlace para que puedas contribuir con tu firma. Porque sólo es eso: tu firma.

Desde 2006, el gobierno ha estado prometiendo la aprobación de una ley para detener la violencia contra las mujeres, pero aún no lo ha hecho. Como ciudadanos globales comprometidos, les hacemos un llamamiento para que apoyen a las mujeres marroquíes derogando inmediatamente el Artículo 475 del Código Penal, y aprobando una legislación integral dirigida a detener la violencia de género.








© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 4 de abril de 2012

Viaje a Huelva: el blanco desierto de los fosfoyesos


Imagen de las balsas de fosfoyesos desde Googleearth: su superficie es casi la de la ciudad de Huelva



Introducción. En el invierno de 1998 recibí una invitación de los ecologistas de Huelva para cubrir un extraño evento: la medición de la radioactividad de un vertedero químico a las afueras de la ciudad. Escribrí la noticia para La Voz de Huelva, donde trabajé efímeramente, con un resultado devastador: el director me riñó por publicar semejante cosa, el dueño del tabloide me gritó indignado y me acusó de poner en riesgo la publicidad del periódico (dependiente sobre todo de las industrias químicas acusadas por los ecologistas de poner en riesgo la salud de los onubenses), incluso algún compañero me afeó mi conducta. Intrigado, seguí investigando y preguntando por semejante monstruosidad a pocos metros de uno de los confines de la ciudad, incluida mi casa. Las discusiones se convirtieron en moneda común aquellos días e incluso mi propio padre me recriminó que quisiera 'hundir Huelva'. Porque mi padre, que en paz descanse, también trabajaba para las industrias químicas, así fuera de modo indirecto. Porque, y aquí está la paradoja, la ciudad de Huelva vive precisamente de un foco potencial de muerte. Un ejemplo: sin industrias químicas yo no habría nacido porque nada habría atraído a mi padre de su lejana Torrelavega, en Santander, para establecerse en un rincón de la península muy mono pero sin atractivos laborales. Al final, el reportaje salió publicado en la revista Tiempo, con la que colaboraba en aquella época: era mayo de 1998. Hoy, tantos años después, la cosa no ha cambiado mucho aunque al menos se ha reconocido que existe un problema que solventar. Desde depurar las aguas a enterrar los desechos, algo se mueve en las administraciones y oficinas de ejecutivos, aunque lo único cierto es que el enorme desierto blanco y potencialmente peligroso sigue ahí, a tiro de piedra de Huelva, de sus edificios y de algunos huertos con tomates y pimientos.


El vertedero más peligroso de España (Tiempo, 11 mayo 1998)


Durante meses, los hermanos Francisco y Pepe García han realizado mediciones con un contador geyger a poco más de trescientos metros de su casa. Los resultados al principio les causaron gran extrañeza: las mediciones señalaban un índice anómalo de radioactividad, diez veces superior al máximo permitido por las leyes españolas. ‘Incluso cambiamos de contador porque pensábamos que pudiera ser problema del aparato’, cuenta Francisco, ‘pero el último nos costó más de cien mil pesetas y es un modelo homologado por las autoridades…’. El resultado fue idéntico: unos índices desorbitados de radioactividad.

La causa se encuentra en los vertidos que diversas industrias químicas arrojan en lo que en otro tiempo fueron unas marismas. Hoy el lugar parece un desierto blanco de yeso. Durante más de treinta años, industrias dedicadas a la producción de fosforados a partir del ácido fosfórico han vertido sus residuos químicos en diferentes lugares del entorno de Huelva. Como paso intermedio, en el proceso también se produce ácido sulfúrico a partir de piritas. En la fabricación del ácido fosfórico se obtiene como residuo sulfato cálcico, comúnmente conocido como yeso. Para proceder a su vertido, al yeso se le incorpora agua salada procedente de la ría del Odiel, a los pies de Huelva, con lo que se obtiene una papilla lechosa que es lo que se arroja a las marismas.


Según un informe elaborado por la Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea, este proceso se viene realizando desde 1969 y durante este tiempo calculan que se han depositado cantidades próximas a 60 millones de toneladas de yeso sobre una superficie de 1.200 hectáreas. Francisco cree que las cantidades oscilan alrededor de los 80 millones y, según fuentes de la industria, puede incluso superar los 14 millones de toneladas al año. ‘Vista desde el aire, la superficie de los vertidos supera a la de la misma capital’, comenta asombrado Francisco.


El escándalo asomó en Huelva antes de las pasadas Navidades, cuando se hizo público un informe de la Delegación de Medio Ambiente del ayuntamiento onubense titulado ‘Informe de conclusiones sobre el plan de trabajo para la recuperación ambiental de la ría de Huelva’, ría que está formada por la desembocadura de los ríos Tinto y Odiel, sometidos durante décadas a los vertidos de las industrias instaladas en sus orillas. Ahora, meses después, los ecologistas han medido el lugar para demostrar al público que el informe que tanto se cuestionó puede tener visos de realidad.


El informe admitía que ‘la biomasa y litoral presenta concentraciones muy superiores a las admisibles, con riesgo de incorporarse a toda la cadena alimentaria’. Refiriéndose al tema de las balsas de fosfoyesos, el informe incidía en que ‘el vertido indiscriminado y acumulativo de subproductos de determinadas industrias as la ría introduce en la misma, así como en la atmósfera, contaminación por productos tóxicos y radioactivos superiores a los admisibles’. El nivel radiológico por emisión de uranio, radón 222 y demás componentes radioactivos’, continúan desglosando los expertos, ‘es superior en decenas de veces a la tasa de exhalación emisión para los suelos no contaminados’. Asimismo, afirman que ‘existen errores en el cálculo de fondo radioactivo natural de la ciudad de Huelva indicado en las fuentes oficiales, superando éstas los niveles admisibles’.


En Huelva siempre se había presumido que las numerosas industrias perjudicaban de alguna manera la salud de los ciudadanos, pero pocas veces un informe municipal había discrepado tangencialmente de la postura oficial. A pesar de los desmentidos oficiales, el problema de la radioactividad en Huelva es algo más que anecdótico. En 1988, el Consejo de Seguridad Nuclear confirmaba la existencia de un proyecto de la empresa fesa (Fosfórico Español S.A.) para la recuperación del uranio contenido en el ácido fosfórico. De este proyecto llegó incluso a funcionar una planta piloto hasta finales de la décadad de los años setenta, aunque finalmente fue desmantelada. Ante la gravedad de convertir la zona en lugar nuclear, le Gerencia Provincial de Huelva preguntó a FESA sobre los metales radioactivos de los yesos generados por esta empresa. La industria química contestó afirmativamente, aunque realizó un estudio en el que dementía la posibilidad de peligro alguno. Sin embargo, según afirman los ecologistas onubenses, ‘en una cantidad de millones de toneladas de yeso residual es lógico pensar que existan varias toneladas de metales radioactivos’. Un informe del Servicio Andaluz de Salud incidía en este tema y avisaba de que ‘dichos fosfoyesos contienen elementos radioactivos que originariamente se encuentran en la roca de fosfato de la cual se obtiene el ácido fosfórico’.


Por el contrario, la directiva de las industrias acusadas se remonta a un estudio realizado en 1989 por el Consejo de Seguridad Nuclear en el que se concluye que ‘un individuo hipotético adulto expuesto no recibe un compromiso de dosis equivalente efectiva anual superior a 0.38 mSv, dosis que representa un 15,8 por cien del valor medio que recibe un individuo medio de la población mundial por las fuertes radiaciones de origen natural’, del mismo modo que estimaron la ‘incidencia relativa de los efluentes líquidos por ingestión de pescado y marisco’ en una dosis mínima. Igualmente se refieren a un estudio realizado recientemente por la Universidad de Huelva en el que se afirma que no existe ningún peligro para la salud en el citado vertedero y que choca frontalmente con las conclusiones a las que llegan los técnicos del Ayuntamiento. Francisco Cuadras, director de Fertiberia, considera ‘carentes de todo rigor científico’ las mediciones de los ecologistas. Igualmente, el consejero de medio ambiente de la Junta de Andalucía, José Luis Blanco, considera ‘carnavalescas’ las mediciones de radioactividad realizadas por los miembros de la Confederación Ecopacificista Andaluza, para las que se vistieron con monos blancos y mascarillas anticontaminantes, y recordó que la Junta había invertido cerca de 2.000 millones de pesetas para la recuperación de la zona.

Francisco continúa midiendo el suelo del vertedero ajeno a descalificaciones. El contador geyger supera los 5.548 .rem/año cuando el máximo aceptado por la legislación es de 500. ‘Existe un riesgo sanitario brutal para la población que las autoridades ignoran a conciencia, ofreciendo total impunidad a las empresas para que continúen con sus vertidos, afirma el geólogo gaditano Daniel López Manjuán, traído especialmente por los ecologistas para verificar la validez de las pruebas. Según este técnico, el índice de radioactividad puede incidir muy negativamente en la población, provocando distintos tipos de tumores y cánceres relacionados con los huesos y el sistema linfático.


Un informe de la Delegación Provincial en Huelva del Servicio Andaluz de Salud vuelve a mencionar los elementos contaminantes que son arrojados al entorno de la ciudad. Entre los datos que extrajo este estudio, allá por el 89, destacan hechos tan sorprendentes como que la mortalidad general estandarizada es en Huelva más alta que la media nacional. ‘Son datos antiguos, pero no tenemos otros más recientes’, afirman los ecologistas. Además, los datos del Consejo de Seguridad Nuclear a los que se remontan las industrias son del mismo periodo’. Todas las provincias destacan en algún hecho negativo pero, según este informe, la mortalidad específica, sobre todo por tumores en varones, supera con creces la media nacional. Una muestra: la tasa de leucemia se sitúa en España en el 5,27, mientras que en Huelva alcanza el 6,74; los tumores malignos de traquea, bronquios y pulmones alcanzan el índice de 49,69 cuando en el resto del territorio es del 36,93; los tumores de cavidad bucal y faringe alcanzan en Huelva el 6,02 mientras que la media nacional es de 4,52; en tumores de laringe, Huelva ostenta un 14,80 frente al 8,79 nacional. Sería largo desglosar el rosario de récords mórbidos. El mismo informe reconoce que no pudo efectuar mediciones de radioactividad, pero sí que posee trece estaciones para la vigilancia de la contaminación atmosférica y señala que durante los años 87 y 88 se produjeron 36 situaciones ‘no admisibles’ y trescientas ocasiones en las que ‘se superaron los valores guía’. Sin embargo, también reconoce que no pueden asegurar que los datos de morbilidad y mortalidad sean provocados por la contaminación ‘por falta de un sistema de captación extraordinario de datos’.


Las industrias se remiten al informe del Consejo de Seguridad Nacional, en el que se afirma que el peligro de radioactividad es nulo, pero las distintas fuerzas políticas de Huelva ya se han unido para pedir un nuevo estudio que despeje de una vez por todas las dudas y desde el Ayuntamiento parecen haberse dado ya los primeros pasos. ‘Nos tachan continuamente de payasos por algo tan lógico como exigir un entorno limpio en el que no peligre nuestra salud’, comenta Francisco. Bajo sus pies, un desierto polvoriento de yeso blanco; a sus espaldas se levanta la ciudad y a cien metros un cuidado huerto repleto de tomates…






 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com















lunes, 2 de abril de 2012

Viaje a Eurovegas: de Antonio Armijo a Sheldon Adelson



En 1827 el explorador español Antonio Armijo llegó a un espléndido valle que contrastaba con el desierto que lo rodeaba y, exultante, bautizó a la zona con el alegre nombre de Las Vegas. Armijo había alcanzado la remota región siguiendo los pasos de antiguas expediciones y de los indígenas Paiute, una etnia que vivía en la edad de piedra y que hablaba una variación del antiguo nauatl de los mexica. Armijo disfrutó de los manantiales que salpicaban de verdor a una zona tan árida, encontró cobijo bajo las frondosas copas de los árboles y plantó su bandera para incorporar los nuevos terrenos al recién creado estado de México. Apenas dos décadas después los estadounidenses arrebataron la zona a los mexicanos, la incorporaron a sus barras y estrellas y en 1900 el antiguo vergel quedó convertido en un proyecto de ciudad en mitad del desierto. Los paiutes pasaron de vivir una sencilla vida recogiendo bellotas y piñas y cazando ardillas y ciervos a verse rodeados por evangelistas, buscadores de oro, colonos y empresarios que arrancaron la polvorienta región de las garras mexicanas para integrarla primero en Utah, el reino de los mormones, y luego en el estado de Nevada. Aquel desierto tan desagradable que agotó a Armijo resultó ser todo un partidito: tenía oro en abundancia, plata hasta cansarte, montañas nevadas que le dan nombre al estado, el cañón del Colorado a tiro de piedra y una extensión deshabitada tan grande que el gobierno norteamericano decidió probar sus bombas atómicas y abrir una inquietante base, ‘Área 51’, que genera, a partes iguales, conspiranoicos y películas de extraterrestres terrenales. Y, por supuesto, el mayor casino del mundo: la ciudad de Las Vegas.

En 1931 el vergel de Las Vegas se sintió sacudido por dos hechos puntuales: el gobierno de los Estados Unidos legalizaba el juego y dos años después el alcohol. No tardó ni una década en dejarse notar el tremendo impacto. En la década de los años cuarenta el conocido empresario Bugsy Siegel levantó el primer hotel dedicado al juego en Las Vegas, el Flamingo. De aquel hotelito al disparate en el que se ha convertido hoy la ciudad sólo hay un motivo: el vicio en todas sus variantes. Claro que Bugsy era algo más que un honrado empresario: era uno de los jefes de la mafia neoyorquina y el dinero que levantó aquel imperio de fichas y tragaperras provenía, en gran parte, de los beneficios acumulados por el contrabando de alcohol y sus socios tenía nombres tan sonoros como Lansky o Lucky Luciano. Las Vegas era ahora una Ciudad del Pecado, Sin City, en sus calles podías cruzarte a Elvis, Frank Sinatra o Marilyn, prostitutas rusas, narcos mexicanos y sospechosos señores de chaqueta de paño italiano. Y, por supuesto, réplicas pastiche de las pirámides egipcias, de la torre Eiffel o establecimientos que compiten por lograr el título del ‘Más alto’ o el ‘Más Grande’ sin importarles que sólo consigan el de ‘Más Hortera’. El declive de Las Vegas se hace patente en los años setenta, cuando otras ciudades como Atlantic City consiguen levantar un remedo del paisaje de casinos y hoteles y también gracias a los avispados indígenas, como los Seminola de la Florida, que han levantado grandes centros dedicados al juego (que facturan cinco veces lo que consiguen todos los casinos de Las Vegas). El último soplo de aire fresco lo recibió de Oscar Goodman, el archiconocido abogado de las familias mafiosas erigido en alcalde y promotor de dudosas iniciativas, como el museo de la Mafia, y sospechoso de estar tras varios pelotazos urbanísticos. La mafia siempre vuelve a Las Vegas, si es que se fue alguna vez, y si se trata de encontrar un nuevo emplazamiento para su imperio, un lugar de pelotazos urbanísticos, prácticas rayando lo ilegal e indígenas desorientados, ¿dónde buscar?.

Las Vegas ha decidido, ahora, expandirse, dejar atrás ese desierto dejado de la mano de Dios para reubicarse en un territorio más agradecido. Y, por supuesto, si hablamos de juego, vicio, casinos, dudosos hombres de negocio e indios con taparrabos de Armani, ¿qué mejor lugar que España? La propuesta deja fuera toda duda: crearemos doscientos mil puestos de trabajo, asegura Shaldon Adelson, el avispado sucesor de Bugsy Siegel, y una ciudad que será referencia del ocio en toda Europa. Un ladrillo más en el proyecto que Europa nos tiene reservado: la Florida del Mediterráneo, un lugar de juegos y luces de neón, un país de meretrices y botones, geriátricos y casinos, playas y ajustes de cuentas. Nuestros políticos baten palmas con las orejas porque, claro, ¿no les parece un cuento de hadas que un tipo baje de su vehículo, sin tener que ajustarse el cinturón de seguridad, y diga que te rebaja el desempleo mientras se fuma un puro habano bajo el cartel de Se Prohibe Fumar del palacio de congresos?. ¡Al cuerno con las normas! Y si el señor Adelson exige un cambio normativo en el estatuto de los trabajadores, un régimen fiscal a medida y que le regalen tierras y vasallos, ¿qué estamos esperando? Todo sea por el proyecto común de una Europa grande y libre. Mientras en Barcelona y en Madrid los políticos se lanzan a unas complicadas danzas de cortejo y apareo con el octogenario Adelson, algunos ciudadanos se organizan en asambleas y plataformas para evitar lo que parece inevitable: la única duda es conocer si habrá mayoría de castellanoparlantes o los croupiers parlarán catalá. Si Antonio Armijo levantara la cabeza no daría crédito al ver convertida su exuberante vega en un casino gigantesco y tal vez huiría a España acosado por la imagen de Bugsy Siegel. Lo que no sabe es que no hay escapatoria y que en su país se toparía de bruces con otra vega aplastada y con otros misioneros mormones plantando tragaperras en algún pedregal. Confiemos en que los indígenas que no quedemos atrapados en la isla sin leyes del señor Adelson tengamos la suficiente iniciativa para derrotar a la foránea ciudad del pecado y levantar, a imagen y semejanza de los seminola de la Florida, un imperio paralelo de juerga y vicio patrio. Con vino tinto, chorizo picante y mus.



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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