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jueves, 10 de abril de 2014

Juan Manuel Durán, el jerezano que descubrió América desde el aire (o el vuelo del Plus Ultra)




El 22 de enero de 1926 el teniente de navío Juan Manuel Durán González sacó de su equipaje una caja de dulces y la ofreció a los tripulantes de su cabina. Todo un detalle que arrancó sonrisas de un equipo tenso hasta el límite que se enfrentaba al segundo descubrimiento de América. Con los carrillos masticando azúcar y rodeados de cientos de barquichuelas el capitán de la expedición, que era el hermano anarquista de Franco, se sintió algo más aliviado de la presión que le acongojaba el cerebro. La desembocadura del río Odiel hervía de pequeñas embarcaciones que arropaban en su despedida al Plus Ultra. Como cuatrocientos años atrás, una nueva nave partía del puerto de Palos de la Frontera para descubrir un continente. La diferencia era abismal porque el continente ya estaba descubierto, la nave volaba y en lugar de mares lucharían contra nubes. Pero el reto era parejo porque nadie antes había logrado cruzar el Atlántico por el cielo.

El viaje se hizo en un hidroavión capitaneado por Ramón Franco, acompañado por el capitán Ruíz, el mecánico Pablo Rada y con la supervisión de Juan Manuel Durán González, un jerezano que representaba a la Marina pero que no emularía a Rodrigo de Triana: la etapa más comprometida la haría a bordo de un buque de seguimiento. La hazaña se había convertido en una obsesión para los norteamericanos y en una carrera contrarreloj para las naciones europeas. Los tabloides ofrecían recompensas a los pilotos que consiguieran abrir la ruta, los italianos preparaban un vuelo, los portugueses ya habían fracasado, en Inglaterra todos daban por supuesto que serían ellos los primeros en cruzar el Atlántico por el aire.
Monumento a la tripulación del Plus Ultra en La Rábida, Palos de la Frontera, Huelva
Los tripulantes acudieron al monasterio de la Rábida, como hizo Colón siglos atrás, y Huelva lo vivió como otro descubrimiento: la víspera del despegue cientos de onubenses acamparon en los alrededores de la Rábida. Juan Manuel observa la algarabía con pesar porque su periplo tiene fecha de caducidad: al llegar a Porto Praia, en Cabo Verde, el jerezano desembarca y navega hasta Pernambuco porque la aeronave excedía en cuatrocientos kilos su peso recomendable. El crucero pasó al norte de Brasil, a dos mil kilómetros del continente africano, lo que batía todos los records de navegación aérea del momento. Las multitudes llenaban carreteras, calles y muelles y eran tantos los curiosos que las primeras filas caían al mar en oleadas. El siguiente punto fue Pernambuco, donde nuevamente embarcó Juan Manuel, y de ahí a Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. Recorrieron 10.270 kilómetros en 59 horas y 39 minutos. Sufrieron la rotura de una hélice, que repararon sin aterrizar, y utilizaron por vez primera un radiogonómetro, un novedoso entonces rastreador de señales de radio.


Juan Manuel Durán nació en Jerez en 1899 y tuvo una vida corta pero intensa. Formado en la primera promoción de pilotos navales, Durán ya tenía experiencia en los aires gracias a su participación en los sucesos de Alhucemas a bordo de la escuadrilla Macchi M-24, en una de las primeras intervenciones en una guerra desde el aire. A los veintiséis años, poco después de su hazaña y convertido ya en profesor de la escuela Naval de Barcelona, falleció en una lamentable demostración de mala suerte: su hidroavión chocaba con otra aeronave en pleno vuelo, precisamente en una época en la que apenas había ingenios volantes. El jerezano fue rescatado con vida del mar pero murió poco después a bordo del buque Alsedo, precisamente el que acompañó al Plus Ultra durante la parte más dura de su trayecto. Sólo sobrevivió a su gesta cinco meses.




Referencias

El vuelo del Plus Ultra, conferencia del Coronel de Aviación José Gomá Orduña en Palma de Mallorca, 1951, seminarios de formación de la F.E.T. y de las J.O.N.S. de Baleareas, editado por la Universidad Internacional de Andalucía.

<strong>El vuelo del Plus Ultra, José Warleta Castillo, Instituto de historia y cultura del ejército del aire, www.ejercitodelaire.mde.es




domingo, 9 de febrero de 2014

Viaje al Mundo de los Hacheros: con los Hacheros de Filipinas

Tan inquietante como un cartel borroso en la negrura de la noche del que sobresale, en mitad de una maraña de palabras en un idioma extraño, un nombre conocido: el mío. Porque, siendo francos: Hachero no es un apellido usual, puede que signifique algo en otro idioma pero resulta dudoso, parece que alguien se llame así, pero estoy lejos de mi casa, a once mil kilómetros, es casi imposible que algún primo mío se haya desplazado hasta aquí para montar un negocio inmobiliario. Pero ahí está: un cartel borroso en mitad de la noche con un nombre reconocible: el mío.

doña Herminia por Hachero
Doña Herminia Hachero
Durante décadas doña Herminia apuntó en un cuaderno fechas, datos, parentescos y relaciones. Envió cartas por todas las Filipinas, se desplazó para entrevistar a interlocutores relevantes, escrutar sus respuestas y desenmarañar una madeja mil veces liada. Su objetivo declarado: que las generaciones futuras conozcan sus raíces y se sepan parte de un linaje. Herminia sabía lo que se hacía: durante muchos años fue la supervisora general del sector educativo en la isla de Palawan, era toda una especialista en investigación y este plan, su plan vital, debía de resultar el nexo que uniría a todo un clan. El clan de los Hachero. El resultado no deja de resultar desconcertante: una larga lista de nombres y apellidos de la isla filipina de Palawan, relacionados con primos y parientes de otras islas, nombres ajenos, lejanos, entremezclados con apellidos típicamente asiáticos y con otros clásicos del castellano.

Hacheros por Hachero

Hacheros por Hachero
El señor Macolor Hachero me enseña el facsímil de la obra de su tía Herminia
Hachero por Hachero
Hachero por Hachero

Acudo a conocer a doña Herminia después de recorrer 11.000 kilómetros porque tengo algo que contarle: yo también soy Hachero pero no soy filipino. Doña Herminia me recibe en su humilde hogar en Puerto Princesa. Tiene casi noventa años y aunque conserva perfil en el facebook no parece ya tan interesada en una obsesión que le consumió años. Me saluda atenta y sonriente, aunque un tanto confusa, se sienta en una silla y me pide que me eche a un lado: le tapo la televisión. En la pantalla unos delfines saltan alegres en una piscina. La edad no pasa en vano y doña Herminia dejó de interesarse por el extraño apellido Hachero hace ya tiempo, me dice su sobrina. Ahora prefiere ver documentales de animales mientras, de cuando en cuando, lanza una mirada curiosa a ese extranjero que dice llevar su apellido.

Hachero por Hachero
Yo mismo con doña Herminia y su sobrino, Joel, en Puerto Princesa, Filipinas
Me llamo José Luis Sánchez Hachero y decidí viajar a la otra parte del mundo tras encontrar una página en el facebook dedicada al clan de los Hachero. ‘¿Cómo?’, pensé entonces, ‘¿el clan de los Hachero?’. Debía de haber un error: los Hachero procedemos de Cartaya, al sur de la provincia de Huelva, en España, un apellido minoritario y casi de culto, todos los que llevamos semejante patronímico estamos relacionados de un modo u otro, no es posible que exista un Clan de los Hachero que se exprese en inglés, sus integrantes tengan rasgos asiáticos y aseguren que el apellido es típico de las Filipinas. Y como no es posible pero al tiempo sí lo era, decidí hacerles una visita.

Hachero por Hachero
En casa de Antonietta Hachero, en Zamboanga, a mi lado Arnold Hachero
Arnold me mira desconfiado: ¿quién es este?, parece decir con la mirada. Me observa silencioso, apenas suelta palabra. Creo que está flipando. Ha esperado pacientemente a las puertas del aeropuerto de Zamboanga, en la isla de Mindanao, al sur de las Filipinas, a que un extranjero venido de la otra parte del mundo desembarque para que le llame ‘primo’. El extranjero tiene la piel pálida, es rubio y tiene los ojos verdes. Arnold tiene la piel tostada, es moreno y de ojos negros. Uno es español: el otro, filipino. Arnold nació en la isla de Mindanao. El otro, que soy yo, en Huelva. Pero ambos tenemos una afinidad en el apellido: somos Hachero. Y según la web www.apellidosdeespaña.com, pulsa aquí para verlo, es uno de esos apellidos raros porque tan sólo hay censados 134 personas como paterno y otros 153 como materno.

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
Marie Fay Hachero, en el municipio de Pavia, Ilo Ilo, muestra su identificación

Pero Arnold no es el único ‘primo’ que encuentro. Los Hachero se han multiplicado prolíficamente, siguiendo el mandato bíblico, puedo encontrarlos en la capital de las Filipinas, en Manila, pero también en Mindanao, en Ilo Ilo, capital de las Bisayas, en la isla de Palawan y en la de Coron. Pero no sólo ahí: en Hong Kong residen varias filipinas, que también han colonizado Corea del Sur, Singapur, Líbano, Italia, Reino Unido y hasta los Estados Unidos. Un amplio contingente proveniente en su totalidad de las Filipinas, que exporta trabajadores muy estimados por los empresarios de medio mundo, trabajadores relacionados sobre todo con el servicio doméstico y la marinería pero también sanitarios y personal cualificado. Los Hacheros filipinos se han expandido por medio mundo mientras que los supuestamente originales, los españoles, tenemos una marcada tendencia al inmovilismo patrio. Al menos los de la actualidad.

Hachero por Hachero

Porque hasta llegar a las Filipinas, los Hachero habían hecho escala, como poco, en México. Según los legajos del Archivo de Indias, Juan Martín Hachero, un vecino de Cartaya, pasó en 1608 a la Nueva España, que era entonces el nombre de México, se supone que con el ánimo de colonizar, y, años después, en 1634, un tal Francisco Salazar Hachero, que debía ser pariente de aquel Juan Martín, ostentaba el título de Procurador General de Nuevo México y Regidor de Santa Fe. El tal Francisco Salazar Hachero, como ya conté en este otro post, estuvo envuelto de algún modo en el asesinato nada menos que del gobernador, un corrupto abusica llamado Luis de Rosas, y su caso pasó a la historia porque en 1643 fue decapitado siguiendo la sentencia judicial que lo encontró culpable. Y debía de ser Hachero, sin duda alguna, porque, siguen las crónicas, los matarifes no podían cortarle el cuello debidamente y él mismo solicitó que afilasen bien el cuchillo, ‘¡por el amor de Dios, sáquenme de esta miseria!’, exclamó, y cuando su cabeza rodó calle abajo dicen que el tal Hachero, que rezaba el rosario durante su horrorosa ejecución, estaba tan metido en sus oraciones que la testa, ya sin cuerpo, siguió entonando el sonsonete religioso.

Aquí explican más ampliamente el drama del capitán Salazar Hachero

Y aquí los abusos del gobernador Rosas, que originaron la muerte del capitán Salazar Hachero.

Hachero por Hachero

Es de pensar que con su decapitación no se acabó el apellido Hachero porque en algún momento que a todos se nos escapa algún descendiente de Juan Martín Hachero y de Francisco Salazar Hachero aparecieron en las Filipinas. Nada raro porque, de hecho, la ruta comercial que cruzaba el Pacífico se inauguró en 1565 y unía Acapulco y Puerto Vallarta con Manila, fue conocida con el nombre genérico del ‘Galeón de Manila’ y cubría el trayecto al menos dos veces por año. Además la línea comercial Acapulco Manila se mantuvo hasta 1815 y se convirtió en una de las más largas de la historia (dos siglos y medio), hasta que la guerra de la independencia de México la mandó al traste. Con una actividad tan febril, y Juan y el decapitado Francisco danzando por Nueva España, no es de extrañar que algún descendiente del que no ha quedado rastro se embarcara hacia tierras más occidentales.

Hachero por Hachero
Los hermanos Aaron y Arnold Hachero en Zamboanga, Mindanao
Por eso Arnold me mira inquieto. Vive en Zamboanga, al sur de la isla de Mindanao, una ciudad conocida como ‘Capital latina del sudeste asiático’, donde los españoles levantaron un gran fuerte para luchar contra los musulmanes y donde todavía hablan una extraña variedad del castellano: el chabacano. Y me mira de arriba abajo: ¿cómo puede ser este hombre mi primo? Y eso digo yo: ¿cómo Arnold puede ser mi primo? Pero es Hachero, de eso no cabe duda, y como muestra de hospitalidad me regala una camiseta deportiva con un enorme HACHERO 50 a sus espaldas. Su hermano Aaron, un botánico que trabaja para el gobierno, me recibe en su despacho con la boca abierta, me observa con una sonrisa nerviosa y, horas después, me buscará acompañado de su hija adolescente, que me mira como el que asiste a una aparición mariana. Creo que no tienen muy claro eso del parentesco pero la situación les parece divertida y da pábulo a vaciar varias cervezas San Miguel (cuyo origen es filipino, por cierto, fundada en 1890 en Manila...)

Hachero por Hachero
Con Shirley, Florwena y Gina Hachero en Hong Kong
Hachero por Hachero

El viaje a las Filipinas había comenzado unos días atrás en China, cuando Shirley, Florwena y Gina me dieron cita en la isla central de Hong Kong, aprovechando que el domingo es el día libre de las 150.000 filipinas que trabajan en la ciudad. Todas ellas Hachero, por supuesto. Nos miramos, nos volvimos a mirar, nos examinamos cuidadosamente intentando encontrar algo que nos uniera más allá de ese apellido tan raro que ellos consideraban filipino y yo español. '¿Seguro que el apellido es de España?', me pregunta Shirley en el Peak, el punto más alto de Hong Kong. Pues sí, le respondo, y según Vicente de Cadenas, que es toda una referencia en esto de la genealogía, se trata de un apellido proveniente de Ávila, con un escudo de blasón un tanto simplón, un hacha de oro encabada de sable y puesta en palo. Claro que incluso eso es dudoso porque en Ávila, curiosidades de la vida, no hay ni un solo Hachero que yo haya podido encontrar...

Hachero por Hachero
Lannie y Fe Hachero en Pavía
Hachero por Hachero
Este señor se llama Pedro Hachero
Aurora Hachero Badillo, la hermana de Arnold y Aaron, vive en Edimburgo, en Escocia, donde trabaja en el sector sanitario, y me telefonea casi a diario los días previos a mi viaje. Quiere que todo esté atado y bien atado para que pueda conocer al mayor número de Hacheros. Ha telefoneado a sus hermanos de Mindanao, a sus primos de Ilo Ilo, a sus parientes de Palawan. Aurora guarda un facsímil del trabajo de su prima Herminia y también alucina con esto de tener primos en España. El blasón de Vicente de Cadenas y la supuesta hidalguía de los Hacheros de la Edad del Oro importan poco aquí. Porque, y como de súbito, resulta que los Hacheros son hidalgos desde hace tiempo, nada relevante porque los hidalgos son nobles sin título, 'hijo de algo', que indicaba que venía de una familia de posibles aunque venidos a menos. Según un expediente de la villa de Cartaya de 1793 “…Y en la clase de tales hijos dalgo notorios he encontrado a don Diego Martín de Hachero, a don Bernardo Martín de Hachero y a don Domingo Martín de Hachero…”

Hachero por Hachero
Rustum Hachero en las Bisayas
Un disgusto, imagino, para aquellos aspirantes a nobles de medio pelo eso de mezclar la sangre con tanta etnia indígena como tuvieron que encontrar en sus viajes por medio mundo (literalmente). El caso es que ya a Filipinas pudieron llegar mezclados, y los Hacheros filipinos se remontan a una tal Margarita como causante de parte de esta explosión tropical de tan reducido apellido. Los Hacheros actuales de las Filipinas llevan nombres tan peregrinos como Ceferina, Pamfila, Apolonia, Socorro o Cristiana, reminiscencias de los tiempos de la colonia, nombres castellanos antiguos que apenas se usan ya en nuestro suelo pero que, no obstante, siguen teniendo vigencia a tantos miles de kilómetros. Aurora menciona también a la tal Margarita, una mestiza proveniente de la Nueva España, aunque en ningún documento se prueba que la tal Margarita portara con ella nada más que un montón de bodas y casamientos...

Hachero por Hachero
Cleofe Hachero, en Ilo Ilo
Los Hachero de Mindanao son más. Antonietta y su esposo Bienvenido me invitan a una cena familiar en su humilde hogar a las afueras de Zamboanga. En el menú, cucracha, unos espectaculares cangrejos abiertos, adobo, arroz, y toda la familia Hachero. No ha podido venir Aaron Hachero, el botánico, muy ocupado con su trabajo, pero sí está el menor de la familia, Arnel, un simpático bohemio que vive para cuidar a sus cinco hijos y con el que acabo tomando cerveza tras cerveza. Todos nos miramos con admiración, se preguntan qué hace ese tipo ahí, ese Hachero del que nunca sospecharon nada antes, un tipo que además no se les parece en nada. Ninguno parece saber de dónde proviene su apellido y se asombran al imaginar un pequeño pueblo blanco de paredes encaladas donde los vecinos compartan un lejano eco genético. Zamboanga es hoy una ciudad apartada de las Filipinas, sometida a la tensión del conflicto que enfrenta al gobierno de Manila con grupos insurgentes que pretenden la secesión de Mindanao (el Frente Moro Islámico) y con grupos de terroristas que secuestran extranjeros y los pasan a cuchillo (Abu Sayyaf, muy relacionado con Al Qaeda), un lugar con magia en el ambiente y ningún turista en sus espectaculares playas. Un lugar donde los Hachero viven vidas normales, Arnold juega a los bolos los sábados, Aaron rellena formularios sobre plantas, Antonietta vigila la educación de su hija adolescente, Arnel dejó el trabajo para cuidar en exclusiva a sus cinco hijos, Aurora, la emigrada, llama por el skype desde la lejana Escocia...

 Hachero por Hachero

Los primeros encuentros en las Filipinas son tan satisfactorios como desconcertantes. En mi interior no dejo de preguntarme: ‘¿qué hago aquí?’. En Zamboanga estoy casi atrapado, no puedo pasear solo por la ciudad porque el peligro es tan evidente que los terroristas de Abu Sayyaf se dedican ya a secuestrar a sus vecinos musulmanes porque los turistas no se acercan a la región. Al menos, me digo, he conocido a estas cuatro familias Hachero, que habré de unir a los que residen en España, recordemos: en total, 287 personas, lo que nos lleva a ocupar el puesto 20.862 en el ranking de apellidos españoles, con predominio importante en la provincia de Huelva, donde es el 614 más frecuente, con 93 personas censadas con este apellido como paterno y otras 98 como materno, lo que quiere decir que casi el 70%, concretamente el 69,4%, residen en Huelva, y casi afinando algo más podríamos decir que en Cartaya. (20.887 según este listado: http://es.scribd.com/doc/134426152/apellidos-frecuencia).

Hachero por Hachero


Unas cifras ridículas a tenor de lo que me esperaba en mi siguiente escala. A mis paisanos de Huelva, y a los de Cartaya, debo anunciarles una triste noticia. Si en España lideran el número de Hacheros, en el planeta no. Pavía es un municipio de la provincia de Ilo Ilo, en la isla Panay, el centro del archipiélago de las Bisayas. Un hervidero de calles de exuberante vegetación, humildes casas de madera y niños que ocupan las carreteras para jugar a la pelota. A las puertas del aeropuerto me espera Maria Fe con su hermano Rodolfo, ambos Hachero, por supuesto, y ambos encantados de descubrir que alguien al otro lado del mundo lleva ese apellido tan raro. 'Bueno, no tanto', me cuenta, 'por aquí somos cientos'.

Hachero por Hachero

Y así es: situada en una vereda repleta de vegetación en un barrio muy modesto los vecinos se acercan a saludar al extranjero. 'Mira, esta es mi tía Florencia', 'aquella de allí es mi prima Pacita', los niños se multiplican en la oscuridad, ¿todos son Hachero?, pregunto a Maria Fe, '¡¡todos!!'. Los Hachero han alcanzado aquí su máxima expresión, tal vez a la par de la frondosa vegetación y la bochornosa humedad. ‘Todo este terreno’, dice la locuaz Fe, era la vía del tren pero la arrancamos y construimos nuestras casas....’ El hogar de Fe es un hervidero de tíos, primos y hermanos que vienen a saludarme, los planes se multiplican y mi agenda se colapsa ante la cascada de invitaciones, cenas y presentaciones que me deparan los próximos días. El calor es, además, aplastante y el muestrario de mesas repletas de delicatessen locales me causa estupor y varios kilos de más...

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
Mi prima Lanie me relata sus años en Egipto, al servicio de un poderoso amigo de Hosni Mubarak, mi prima Vivian se escapa de su trabajo en una biblioteca para acompañarme buscando iglesias raras, mi primo Rodolfo abandona todas sus obligaciones para hacerme de chófer, Fe muestra orgullosa el aula donde imparte clases y me presenta a decenas de pequeños que llevan, no menos orgullosos, el apellido de marras. El resultado es desconcertante. A la voz de ‘Hacheros, please’, las pequeñas sillas rayan el suelo, cuerpos menudos atraviesan sonrientes las aulas, me agarran la mano y se la llevan a la frente en señal de respeto. En Pavia, Ilo Ilo, los Hacheros son cientos y debo despedirme de ellos con lágrimas en los ojos, casi escapando abrumado por tanta hospitalidad. Los encontré en fiestas de adolescentes que tocaban la guitarra, conocí a Jaime Hachero, quien a sus noventa y seis años aún arregla los desperfectos de la casa, compartí chistes con Pedro Hachero, que porta una estupenda mata de pelo a sus setenta y cinco años, incluso canté una canción junto a Rustum, quien trabaja como personal en el aeropuerto de Ilo Ilo.

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
En Pavía los Hachero salen de las clases para saludarme
Palawan será mi último destino. Mi interés en Herminia resulta evidente: es la integradora del apellido en las Filipinas, la que ha realizado el mayor esfuerzo en mantener unido el clan. Proveniente de Coron, una paradisíaca isla al norte de Palawan, Herminia, como dije al principio, no tiene ya interés en estas cosas tan mundanas. Por eso será Joel quien me acompañe en el deambular por Puerto Princesa, un deambular que me llevará al río subterráneo navegable más largo del mundo y al parque más kitch que haya visto nunca.

Hachero por Hachero
Mi primo Joel en el parque Baker's Hill

El viaje llega a su fin y aún me deparará alguna sorpresa. Mi prima Bea, Olivia Hachero en realidad, me mostrará las artes del karaoke y sus primas, todas Hachero de cierta edad, me demostrarán lo rocambolesco del viaje genético. ‘Hello, I am Carmen Hachero’, me dice una señora a la que identifico más cerca de los aborígenes australianos que a los mismísimos filipinos (no habré de decir de Huelva). Todo un shock porque aquel rostro austral no refleja para nada el de mi señora madre, que, cosas del destino, se llama exactamente igual. Carmen me despedirá en el aeropuerto de Puerto Princesa con dos grandes bolsas de anacardos, el fruto local. ‘Para su familia’, me dice mientras imagino la escena al revés, la Carmen Hachero de Cartaya despidiendo a una prima filipina mientras le entrega una cajita de fresas y un jamón de Jabugo...

Hachero por Hachero

viernes, 10 de enero de 2014

Viaje a Huelva: en las aparentemente muertas aguas del río Tinto






El río Tinto es tan peculiar que sus aguas no son azules sino rojas y su ecosistema está tan muerto que la NASA lo ha estudiado para encontrar vida (en otros planetas). El río Tinto es tan singular que su contaminación no tiene parangón porque esas aguas tan rojas de ácidas que son fueron contaminadas por la propia naturaleza, con alguna ligera ayuda humana, eso sí, y se trata de una contaminación tan característica que está protegida como bien de interés cultural con categoría de sitio histórico. Contaminación protegida por ley. Con todo eso tenemos una paradoja explosiva: un río de aguas rojas contaminado por la Naturaleza y protegido legalmente precisamente por esa contaminación. Un paseo por sus riberas es similar a un paseo por el planeta Marte, un viaje a la desolación más desconcertante y el tren turístico que rememora los viajes mineros de finales del siglo XIX recorre algunos de los rincones menos accesibles para el paseante aprovechando locomotoras y vagones de la antigua compañía minera.



El río Tinto es un monumento a la historia, con mayúsculas: la Historia, y también al desastre, también con mayúsculas, el Desastre.



A la Historia porque las primeras minas arrancaron en el segundo milenio antes de Cristo, su primeras fundaciones datan del periodo del Bronce final, continuaron en la época del Hierro y fueron los iberos los primeros en explotar comercialmente el potencial de sus pedregosas riberas y traspasaron su descubrimiento a los fenicios, a los romanos, a los árabes, a los castellanos y a los británicos. Por aquí han pasado su cedazo todo tipo de razas y cabellos de todo color, gentes de lo más variada en pos del cobre, del hierro y del manganeso, a veces encontrando plata, otras oro. Viendo algunas minas de la actualidad uno puede imaginarse cómo era la actividad de entonces, como en estas de oro en la selva de Ecuador, Nambija.


Pero también es un monumento al Desastre, que mencionaba antes, porque, de tan contaminado, es un paisaje protegido y las administraciones se esfuerzan en 'mantener las peculiares características de las aguas'. ¿Y cuáles son estas características? Pues unas aguas mineralizadas hasta un nivel de decir basta, con sulfuros de metales pesados procedentes de depósitos hidrotermales compuestos por rocas de pirita y calcopirita, un complicado proceso en el que unas bacterias, llamadas arqueobacterias, oxidan esos minerales transformando los sulfuros en ácido sulfúrico. Como resultado final, se liberan los metales pesados y el río acepta resignado entonces su nombre, Tinto, mientras el ácido sulfúrico convierte las aguas en rojas negruzcas y eleva el PH a un nivel tan ácido que la vida en su interior es tan difícil que sólo sobreviven unos microorganismos que se alimentan exclusivamente de minerales. La acidez es tan alta que en algunos puntos más que agua el líquido es ácido sulfúrico concentrado. He visto otras aguas rojas pero no tienen nada que ver, mirad estas del desierto de Túnez.




A esas extrañas formas de vida se las conocen como 'organismos procariotas y eucariotas', entre estos últimos algunos hongos y algas endémicas del propio río, unos increíbles seres que llamaron la atención de la NASA cuando preparaba su viaje a Marte. No fue la única agencia espacial: la ESA, que es su homóloga europea, también eligió este desolado entorno para organizar una expedición en la que se probaron robots, trajes de astronauta y equipos médicos.


Los científicos que han estudiado el río han coincidido en señalar que la frenética actividad minera a lo largo de miles de años ha ayudado a crear este cauce tan fantasmagórico pero su conclusión va más allá porque están seguros de que sin el hombre las aguas serían, y eran, igual de rojas: básicamente el terreno rezuma minerales y el hombre se ha deslomado por recogerlo, pero sin el hombre el río estaría igual de muerto. O de aparentemente muerto. Porque la acidez de sus aguas no excluye la vida sino que convierte el agua en un sistema cerrado que se nutre de la energía del sol y de los metales que lleva el agua y desarrolla un ecosistema que no precisa oxígeno y que, para terminar de enredar la madeja, puede estar detrás del intenso color rojo de las aguas. Aquí puedes leer un interesante estudio sobre las paradojas del río y el papel que han jugado los nuevos descubrimientos.



Un extraño paisaje, en definitiva, mezcla de pesadilla de explorador de mundos perdidos en una galaxia remota y devastación tras un desastre nuclear. Tan terrorífico resulta este entorno que los tramos alto y medio del río, unos cincuenta y siete kilómetros, han sido declarados Paisaje Protegido por la Ley 4/1989 y hasta la Junta de Andalucía lo declaró Sitio Histórico. Los tonos ocres predominan en sus orillas pelonas de vegetación y sólo a muchos metros de distancia se atreven los árboles y arbustos a crecer, pero lo hacen con miedo, observando en la distancia que el extraño río rojo no le dé por desbordarse y abrasarlos también a ellos.


El río llora sangre desde su mismo nacimiento, en la Sierra del Padre Caro, en la serranía de Nerva, el Tinto brota tinto, tintorro más bien, y parece que barrunte todos sus nombres: Luxia para los iberos, Urium para los romanos, Saquia para los árabes, nombres que eclipsó el Tinto, tan gráfico que sus cien kilómetros, hasta desembocar junto al río Odiel, parecen un homenaje al más popular de los caldos ibéricos.


El río Tinto tiene tanta historia que los iberos fueron sus primeros grandes mineros pero puede que no tan primeros. En la mismísima Biblia se menciona un curioso reino: hacia el siglo X antes de Cristo las naves de Salomón, el rey de Israel, volvían cada tres años cargadas de oro de un lejano y misterioso lugar llamado Tarsis, o lo que es lo mismo: el reino de Tartesos, situado algo más allá de las columnas de Hércules y sito en el Bajo Guadalquivir, un lugar gobernado por el mítico Argantonio y en los Nueve Libros de la Historia el griego Herodoto describe un río llamado Tartessos que rodeaba una ciudad rica en minas y en minerales. La mítica Tartessos sigue hoy desaparecida y hay quien la sitúa en las marismas del parque de Doñana, algo más al sur, e incluso quien la identifica con la descripción que dio Platón de 'una gran isla, más allá de las columnas de Hércules, rica en recursos minerales y fauna animal'. Aquí puedes ver el reportaje de National Geographic sobre el reino de Tartessos


Y aquí puedes encontrar horarios y entradas para darte un paseo por este extrañísimo lugar: pincha aquí para ir al parque minero


lunes, 25 de febrero de 2013

Luis Hernández Pinzón: La guerra del guano


Luis Hernández Pinzón y Álvarez de Vides despuntó en una guerra sucia y de mal aspecto, la guerra del guano, que es como decir la guerra de la mierda. Triste modo de pasar a la historia para alguien que llevaba el apellido de los descubridores, de los que descendía, aunque, a decir verdad, Luis fue un soldado excepcional que ni siquiera chapoteando en aquel campo de batalla fétido y en descomposición permanente mancilló su apellido, el de los descubridores de América, sus antepasados nacidos, como él, en Moguer (o en Palos de Moguer, como se conocía en aquella época).


            
Hernández Pinzón llegó al Perú como comandante general de la escuadra del Pacífico, una flota científica que tenía como supuesto objetivo propagar por las antiguas colonias el aroma del rencor no resuelto de su antigua metrópoli. Lo de científico no era más que una baladronada para atemorizar a los que consideraba enemigos. Y en aquel momento, el Perú era más que un enemigo un hermano alejado al que se le ha cogido una manía espantosa. Desde la independencia del país andino, España estaba indignada. Habían llegado a acuerdos, firmaron paces y entonaron loas a la historia común pero en el trasfondo el encono mordía las esquinas. Además, en el tratado de independencia el Perú se comprometía al pago de unas elevadas indemnizaciones pero dilataba su pago y España se enfadó, ofendida como ya estaba. En estas circunstancias, Madrid envía una escuadra científica formada por naves de guerra a las costas del Pacífico americano: mal rollo. Y al mal rollo se unió la mala suerte. Una pelea en una finca del norte del Perú dejó a un español muerto y varios malheridos. España elevó la indignación hasta un grado de opereta y obvió que en el Perú el asesinato fue denunciado con vehemencia temiendo la reacción del antiguo colono.




España envió un 'Comisario especial y extraordinario de la Reina' para tratar el asunto, una broma macabra que en la antigua colonia no fue bien recibida porque el título se remontaba a los tiempos de la metrópoli. Además, consideraron que se trataba de una intromisión inaceptable en los asuntos internos del país. Madrid elevó el grito al cielo y ordenó al onubense invadir el Perú. Y Hernández Pinzón así lo hizo. Zarpó del puerto de El Callao, a pocos kilómetros de Lima, y se presentó el 10 de abril de 1864 en las islas Chincha, unos islotes repletos de excrementos de aves, y arrió la bandera andina e izó la nacional. Acto de guerra que fue recibido como tal. Los peruanos sólo poseían tres buques de guerra así que el incidente les convenció a invertir a toda prisa en adquirir nuevo material. No sólo eso. La invasión de la isla de la mierda atemorizó a los vecinos de Ecuador, que se apresuraron a fortificar la localidad costera de Guayaquil, por si las moscas. Es más. Aterrorizó a los vecinos del sur, los chilenos, quienes firmaron una alianza con el Perú para defender la independencia de ambos países. La inquietud prendió en el subcontinente y después de Perú, Chile declaró la guerra a España. 


Los disturbios se extendieron por la costa pacífica y pronto estuvieron involucradas Bolivia y Ecuador. Para más inri, la actuación del penúltimo Pinzón provocó no sólo la unión de los países sudamericanos sino que tuvo parte de culpa de la revolución española de 1868, supuso el fin de la flota mercante de Chile y el retraso de varias décadas en la armada de guerra del Perú. Al final, cuarenta y tres españoles murieron en este simulacro de guerra en la que España nunca apostó por una victoria. En 1880 España reconoció la independencia del Perú, que se había producido sesenta años antes, y tres años más tarde restableció relaciones con Chile. En el tintero quedó el proyecto del comisario especial de vender el guano hasta conseguir comprar, con el beneficio obtenido, el hiriente peñón de Gibraltar.


Bibliografía

Las relaciones entre el Perú y Francia, Fabián Novak, Pontificia Universidad católica del Perú, Lima, 2005
El combate de la Concepción, Nicanor Molinare, Centro de estudios guerra del Pacífico, Santiago de Chile, 2009



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

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