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sábado, 12 de abril de 2014

Viaje a Iquitos: en el Pasaje Paquito venden los secretos de la selva del Amazonas

¿Se siente deprimido porque es incapaz de dejar a su mujer satisfecha? Pruebe 'Levántate Lázaro' y su hembra gozará de noches inolvidables. ¿Es su marido el que se aburre en las artes amatorias? Beba 'Rompe Calzón' y sacará la tigresa que lleva dentro. El muestrario del Pasaje Paquitos es tan grande como turbador y podemos elevarlo a las alturas del santoral psicotrópico, afrodisíaco y naturista. Durante algo más de cien metros los puestecillos se suceden y arremolinan en un callejón estrecho que provoca estupor al forastero, mientras se esfuerza por comprender qué se esconde tras la miríada de extraños nombres de los compuestos a la venta. La humedad de la selva, el calor sofocante, la súbita lluvia y la desorientación tropical hacen el resto.
Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero
De entre todos, el rey es el conocido como 'Siete Raíces', un preparado a base de cortezas de cascarilla, chuchuasha, huacapurana, tahuari, murare, icoja, fierro caspi, cumaceba, clavo huasca, murcuhuasca, bolaquiro, jengibre y miel de abeja, una bebida estimulante que vale para todo, desde evitar los resfriados a estimular la irrigación sanguínea de los cuerpos cavernosos del pene, pasando por su concentración energética o la ayuda impagable al rejuvenecimiento de las células. Si ha sido capaz de leer el párrafo de un tirón, sin deletrear alguno de esos nombres con extrañeza, mi más sincera enhorabuena. Pero no cante aún victoria: los remedios de la selva son infinitos.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero

Tenemos el Levántate Pájaro Muerto, a base de Siete Raíces, aguardiente de caña y Para-Para (bebida elaborada a su vez con motelo sanango, chuchuasha, fierro caspi, chicosa, genitales de achuni y genitales de lagarto negro, aguardiente y miel de abeja), un compuesto al que se añade chachachasca, clavo y el pene molido de un roedor llamado achuni. Pueden imaginar por qué Levántate y qué es el Pájaro Muerto.

Pasaje Paquito por Hachero

El Rompe Calzón, por su parte, excita el útero, calienta a la hembra y sitúa su cerebro en un mundo de lascivia contumaz debido a su elaboración a base de Siete Raíces, miel de abeja, chuchuhuasi, polen y aguardiente de caña.

Pasaje Paquito por Hachero

Para los menos escrupulosos tenemos el 'Párate hasta el fin de siglo', a base de pico de pájaro carpintero, tortuga motelo, chicosa, fierro, los socorridos genitales del achuni y los del lagarto negro, una mezcla de veintiuna raíces a base de cortezas de chuchuasha, huacapurana, tahuari, cumaceba, camu camu, murare, isula, aguardiente y la inevitable miel de abeja.
Pasaje Paquito por Hachero

Los problemas sexuales no tienen excusa en la selva del Amazonas: 'Siete Veces sin Sacarla' (S.V.S.S.) es otro conocido brebaje que se obtiene al dejar macerar una mezcla de las cortezas de chuchuhuasi, huacapurana, tahuari, murare, icoja, fierro caspi, cumaceba, clavo huasca, azúcar huayo, ajo sacha, chirisanango, ipururo, ceima caspi, uña de gato, chicosa, cocobolo, huashaquiro, macerado en aguardiente y miel de abeja. Los hombres se guiñan los ojos y se propinan cómplices codazos mientras hablan de las maravillas del 'Siete Veces...'.

Pasaje Paquito por Hachero

Los vendedores del Pasaje Paquito parecen obsesionados con la virilidad. Paquito, el señor al que debe el nombre la calle, a buen seguro se frotaría los ojos al ver su caluroso callejón invadido por chamanes de pega y amantes de los herbolarios pululando en amor y compaña. La historia, más allá de las murmuraciones, asegura que fueron las señoras María de Marreros y María de Yap las que comenzaron el negocio y que, visto el éxito, se les fueron uniendo todo tipo de aficionados y profesionales. Hoy son legión y las autoridades lanzan regularmente mensajes a los extranjeros para que tengan cuidado con lo que compran, porque alguna que otra vez les venden productos en mal estado, y para que extremen la vigilancia porque cada vez hay más carteristas. En honor a la verdad yo no he tenido nunca problemas en mis visitas al célebre Pasaje, ni en un aspecto ni en el otro, pero hay que tomar en cuenta estas advertencias.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero
 Pasaje Paquito por Hachero

El Pasaje Paquito ofrece hoy alrededor de 134 plantas diferentes, de las aproximadamente 500 plantas medicinales que utilizan los vecinos de Iquitos. A decir verdad, y según la Dirección Regional de Agricultura de Iquitos tan sólo 19 tienen verdadero valor comercial. De hecho la fama del Pasaje Paquito es tan grande que hay siete empresas que comenzaron aquí pero ahora comercializan los recursos a nivel nacional e internacional. El grueso de las plantas proviene de bosques naturales, y apenas se cultiva intencionadamente, aunque alguna sí que ha alcanzado ya semejante estatus. Sesenta y dos especies se venden en estado fresco, veintisiete se comercializan en cortezas, veintidós más en raíces, diecinueve variedades se presentan en forma de licor, doce en polvos o harinas y el resto en resinas, frutos, semillas, aceites y flores. El tema no deja de tener su interés porque en la región se estiman entre 60.000 y 90.000 especies vegetales, de las que tan sólo algo menos de 3.000 se han catalogado para la farmacopea y sólo 500 se usan en la ciudad de Iquitos. Tan sólo la 'Sangre de Grado' se cultiva en superficies que sin ser grandes tampoco son pequeñas, pero supone una excepción a un negocio que no deja de ser rentable a muy poca escala y sólo con según qué especies..

Pasaje Paquito por Hachero

Pasaje Paquito por Hachero
Oculta tras los puestecillos, una droguería al uso parece acorralada y en segundo plano...
¿Su interés es otro porque se considera ya más que apto para las lides del amor? No se preocupe, tenemos botellitas con ayahuasca, el limpiador amazónico que produce además bonitas imágenes de la selva y sus animales, y el no menos inquietante cactus de San Pedro, que confiere alma a las cosas inanimadas y espíritu al reino vegetal para que usted, ser curioso donde los haya, puede conversar con aquel tronco milenario o interconecte su cerebro con el la masa colectiva de aquella bandada de murciélagos. De la ayahuasca ya he hablado AQUÍ pero no del San Pedro, o sampedrito para los iniciados que le muestran adoración, un singular cactus que crece a una altura mínima de mil metros (no en esta zona, pues) pero que proporciona unas lúcidas visiones gracias a su concentración de mescalina que propicia la psicoexploración y que pueda usted tener, por ejemplo, una animada conversación con un arbusto o con el mismísimo sol.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero


¿Se encuentra usted mal? Llévese 'Sangre de Grado' para las úlceras y los tumores, 'Jergon Sacha' para una atribulada lista de enfermedades, desde el SIDA a la diabetes, o 'Uña de gato' para purificar la sangre y fortalecer el sistema inmunológico. Arquímedes es un médico con esta página web que no deja de loar a la Uña de gato como la medicina definitiva. Una liana explotada sobre todo por los indígenas de la etnia shipibo, mis primeros maestros en la ayahuasca, que descubrieron el enorme, y desconcertante, arco de posibilidades de esta soga amazónica. No sólo potencia y regulariza el sistema inmunológico, evitando infecciones dañinas, sino que aumenta las defensas antivirales, antibacterianas y antitumorales, evita la metástasis en los casos de cáncer y revigoriza la eternamente ansiada virilidad. Un producto de herbolario tan crucial que la OMS la cataloga como el sucesor de la quinina, en importancia, porque aumenta la inmunidad hasta en un 50%.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero

¿No sabe lo que tiene pero algo le ronda el organismo? ¡¡Tómese una infusión de guayaba, con ocho cucharaditas de azúcar y una más de sal: mano de santo. ¿Es acaso un caso de parasitosis intestinal? Acuda al ojé, un árbol amazónico que crece junto a los ríos y que produce un látex blanquecino muy eficaz, o eso dicen, contra los parásitos de la bebida, pero también contra el dolor de muelas, la picadura de hormiga, la mordedura de serpiente y como estimulante de la memoria. ¿Acaso sufre de cólico estomacal, hemorroides, pulmonía o gastritis? Tome la hoja del paico, un planta medicinal y aromática que se ofrece en infusión y que tiene, por añadidura, la virtud de eliminar las pulgas si se usa machacada en polvo...
Pasaje Paquito por Hachero

Si tienes curiosidad por descubrir algo más de las plantas que se mencionan en el artículo, aquí tienes una guía de las plantas medicinales de la Amazonía peruana para ir al Pasaje Paquito pertrechado de sabiduría y conocimiento.

Pasaje Paquito por Hachero

lunes, 23 de diciembre de 2013

Bernabé Cobo, el cura de Jaén que descubrió la quina


Bernabé Cobo llegó a América para trabar amistad con las plantas y tanta miga hizo que descubrió la quina y al morir dejó escrito un libro monumental que tituló Historia del Nuevo Mundo. Cuatro décadas tardó en escribirlo, décadas de largos viajes, minuciosos estudios y observaciones directas que durmieron el sueño de los justos hasta que en 1890 un científico colombiano encontró parte de su gigantesca obra olvidada en una iglesia de Sevilla.

Descubrió entonces que Bernabé ya había estudiado y catalogado muchos de los descubrimientos del celebérrimo Alexander Von Humboldt, y nada menos que en 1653, dos siglos antes que el alemán. Reveló, por ejemplo, que ya había descrito los efectos de la quina aplicada a las fiebres intermitentes: 'En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes, que tienen la corteza como canela, un poco más gruesa, y muy amarga; la cual molida en polvos, se da a los que tienen calenturas, y con sólo este remedio se quitan’

 selva Amazonas

Bernabé nació en Lopera, Jaén, nada más lejano de la frondosidad de la selva amazónica y fascinado como estaba recorrió el continente en una época en la que moverse en distancias cortas era un suplicio. Además lo hizo entrevistándose con jefes indios y curanderos locales en una irreprimible curiosidad por aprender para qué utilizaban las plantas, las hojas, los tallos, sus jugos. Cobos describe en sus libros los pisos de vegetación, detalles climáticos y de temperatura de cada planta, enumera las especies vegetales del reino del Perú y estudia cómo se aclimatan las plantas traídas por los españoles. Bernabé no volvió a pisar su Lopera natal, donde pocos supieron que aquel jovenzuelo que partió con poco más de dieciséis años se había convertido en un clérigo jesuita tan enamorado de las plantas que descubrió uno de los remedios naturales más eficaces de la naturaleza.

Referencias

BERNABÉ COBO PERALTA, por Manuel Alfonso Pérez Galán, párroco de Lopera (Jaén)

La historia natural del padre Bernabé Cobo. Algunas claves para su lectura, Luis Millones-Figueroa, Colby College

lunes, 25 de febrero de 2013

Luis Hernández Pinzón: La guerra del guano


Luis Hernández Pinzón y Álvarez de Vides despuntó en una guerra sucia y de mal aspecto, la guerra del guano, que es como decir la guerra de la mierda. Triste modo de pasar a la historia para alguien que llevaba el apellido de los descubridores, de los que descendía, aunque, a decir verdad, Luis fue un soldado excepcional que ni siquiera chapoteando en aquel campo de batalla fétido y en descomposición permanente mancilló su apellido, el de los descubridores de América, sus antepasados nacidos, como él, en Moguer (o en Palos de Moguer, como se conocía en aquella época).


            
Hernández Pinzón llegó al Perú como comandante general de la escuadra del Pacífico, una flota científica que tenía como supuesto objetivo propagar por las antiguas colonias el aroma del rencor no resuelto de su antigua metrópoli. Lo de científico no era más que una baladronada para atemorizar a los que consideraba enemigos. Y en aquel momento, el Perú era más que un enemigo un hermano alejado al que se le ha cogido una manía espantosa. Desde la independencia del país andino, España estaba indignada. Habían llegado a acuerdos, firmaron paces y entonaron loas a la historia común pero en el trasfondo el encono mordía las esquinas. Además, en el tratado de independencia el Perú se comprometía al pago de unas elevadas indemnizaciones pero dilataba su pago y España se enfadó, ofendida como ya estaba. En estas circunstancias, Madrid envía una escuadra científica formada por naves de guerra a las costas del Pacífico americano: mal rollo. Y al mal rollo se unió la mala suerte. Una pelea en una finca del norte del Perú dejó a un español muerto y varios malheridos. España elevó la indignación hasta un grado de opereta y obvió que en el Perú el asesinato fue denunciado con vehemencia temiendo la reacción del antiguo colono.




España envió un 'Comisario especial y extraordinario de la Reina' para tratar el asunto, una broma macabra que en la antigua colonia no fue bien recibida porque el título se remontaba a los tiempos de la metrópoli. Además, consideraron que se trataba de una intromisión inaceptable en los asuntos internos del país. Madrid elevó el grito al cielo y ordenó al onubense invadir el Perú. Y Hernández Pinzón así lo hizo. Zarpó del puerto de El Callao, a pocos kilómetros de Lima, y se presentó el 10 de abril de 1864 en las islas Chincha, unos islotes repletos de excrementos de aves, y arrió la bandera andina e izó la nacional. Acto de guerra que fue recibido como tal. Los peruanos sólo poseían tres buques de guerra así que el incidente les convenció a invertir a toda prisa en adquirir nuevo material. No sólo eso. La invasión de la isla de la mierda atemorizó a los vecinos de Ecuador, que se apresuraron a fortificar la localidad costera de Guayaquil, por si las moscas. Es más. Aterrorizó a los vecinos del sur, los chilenos, quienes firmaron una alianza con el Perú para defender la independencia de ambos países. La inquietud prendió en el subcontinente y después de Perú, Chile declaró la guerra a España. 


Los disturbios se extendieron por la costa pacífica y pronto estuvieron involucradas Bolivia y Ecuador. Para más inri, la actuación del penúltimo Pinzón provocó no sólo la unión de los países sudamericanos sino que tuvo parte de culpa de la revolución española de 1868, supuso el fin de la flota mercante de Chile y el retraso de varias décadas en la armada de guerra del Perú. Al final, cuarenta y tres españoles murieron en este simulacro de guerra en la que España nunca apostó por una victoria. En 1880 España reconoció la independencia del Perú, que se había producido sesenta años antes, y tres años más tarde restableció relaciones con Chile. En el tintero quedó el proyecto del comisario especial de vender el guano hasta conseguir comprar, con el beneficio obtenido, el hiriente peñón de Gibraltar.


Bibliografía

Las relaciones entre el Perú y Francia, Fabián Novak, Pontificia Universidad católica del Perú, Lima, 2005
El combate de la Concepción, Nicanor Molinare, Centro de estudios guerra del Pacífico, Santiago de Chile, 2009



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

domingo, 23 de diciembre de 2012

Viaje a Colombia: en la Isla de los Micos del narcotraficante Mike Tsalikis




























A una hora de trayecto en canoa sobre las turbias aguas del río Amazonas desde la ciudad de Leticia, la capital de la Amazonía colombiana, se encuentra la que todos conocen como Isla de los Micos. Una isla que, como agudamente indica su nombre, está repleta de micos, de monos, de primates. Los monos pululan alegres por las ramas de los árboles, brincan por las copas y se acercan curiosos a ver a los turistas para hacerse unas fotos con ellos: no sabría decir quién con quién. Los cuidadores emiten chasquidos guturales, ríen alguna gracia y los micos, o los monos, bajan confiados para solaz de los visitantes. Sin embargo, la curiosidad de algunos visitantes va más allá de la puramente zoológica, y la mía lo es. A la entrada de la isla, un gran edificio de madera recibe a las canoas, parece sombrío y decadente, de su interior asoman algunas cabezas, los indios, en alguna parte un cartel indica que estamos ante un hotel. Un hotel sin clientes, sin muebles, sin recepcionista ni botones, un hotel fantasmagórico y con una leyenda que atrae tanto, si no más, que los miles de monos que saltan alegres por el exterior. Dice la leyenda, y dicen las crónicas, que el hotel fue el pionero del ecoturismo en la Amazonía, que esta era una isla sin monos, que los indios son de importación y que el creador de todo esto es un norteamericano de origen griego que terminó en una cárcel estadounidense por narcotraficante.

Entrada en la Isla de los Micos

Su nombre es Mike Tsalikis y su vida deja un regusto extraño en la mente del que se atreve a investigarla. Por un lado, un tipo muy particular, con pinta de héroe griego, capaz de luchar con una anaconda sumergido en un río marrón de tan turbio. Por otro lado, un frío empresario que trocaba en oro todo lo que tocaba y que convirtió en ciudad un pueblucho de mala muerte. Por si fuera poco, Mike Tsalikis hoy es sinónimo de traficante de especies protegidas y capo de la cocaína. Un enigma que inventó el ecoturismo en la Amazonía, convirtió un islote perdido en un gran criadero de primates y reptiles, un tipo sobre el que planean historias apócrifas que lo dejan muy mal o muy bien.

Mike Tsalikis, foto de: http://www.sitenet.com/travelblog/?p=1433

Tsalikis nació en Florida y creció en Tarpon Springs, una ciudad sin mucha historia, hijo de una familia de griegos emigrantes, un chaval avispado que desde muy pequeño sintió una atracción fatal por los bichos más bichos: dicen sus biografías que no era ni un mocoso cuando, enrolado en los boys scouts, disfrutaba levantando piedras para sorprender a las serpientes enroscadas y a los anfibios agazapados. Una atracción fatal, como decía, que encaminó sus pasos siempre al sur, donde abundan las bichas y los bichos, y eso que vivía rodeado de ellos: era vecino de los indios Seminola y su hogar no estaba lejos de esos pantanos donde los caimanes caminan hasta tu jardín para tragarse un pollo entero. Sin embargo, la curiosidad del joven Tsalikis lo llevó primero a México, más tarde a Honduras y a Costa Rica, finalmente a Colombia, donde habría de vivir más de treinta y cinco años. Era una época distinta a la actual y Colombia estaba tan atrasada que sólo pudo llegar a Leticia desde la desembocadura del Amazonas, en Brasil, porque era un villorrio sin pistas para avionetas, sin carreteras, sin espacio en los mapas y con apenas mil habitantes, indígenas casi todos.

Mike Tsalikis es el primero por la izquierda, foto de: http://www.sitenet.com/travelblog/?p=1433



Corría el año 1953 cuando el reptiliano Tsalikis encontró en la región una enorme serpiente que, tras una breve negociación, consiguió vender por 800 dólares, según asegura el profesor Germán Palacios. Una fortuna para la época que le encendió la alarma: estaba en el paraíso, rodeado de los bichos que tanto amaba, un lugar agreste y salvaje lleno de animales susceptibles de enviar a sus conciudadanos, un vergel por explorar y por explotar. Y el listo de Mike se puso las pilas y creó una empresa de exportación de especies salvajes: primero, ocelotes, o tigrillos, luego tarántulas, colibríes y monos que cazaba con los indios del lugar. Pronto tuvo a 600 indígenas cazando para él y su negocio necesitaba un impulso que la joven Leticia no tenía: sobre todo cuando la carretera más cercana estaba a 8.000 kilómetros y el precio de un mono era el equivalente al de unos calzoncillos. Así que el avispado Mike se compró una avioneta, convenció a un par de aerolíneas de las posibilidades del lugar y hasta impulsó la construcción del primer hospital de la región. Mike Tsalikis estaba en la cresta de la ola, Leticia crecía de manera indudable y el embajador norteamericano en Bogotá tuvo que acercarse a ese remoto lugar para admirarse de los logros de su paisano y nombrarlo, por méritos propios, cónsul de los Estados Unidos de Norteamérica en Leticia. The Reader's Digest lo calificó en 1966 'el hombre que revolucionó el Amazonas', el National Geographic filmó una de sus ya famosas luchas con una anaconda y hasta el prestigioso reportero de guerra Michael Herr (famoso por sus crónicas de la guerra del Vietnam) lo describió como 'astuto y duro pero honesto y libre de crueldad'.

Los indios Yaguas reciben al visitante en la Isla de los Micos

En la década de los años sesenta, Tsalikis compró una isla y la llenó de monos. Su proyecto era un reto personal, algo así como un gran criadero de monos y reptiles en una jaula gigante de la que no pudieran escapar, pero una jaula que fuera lo más parecido a la libertad. Una jaula de 450 hectáreas, que es el equivalente a 450 campos de fútbol, llena de monos y de reptiles, de monos que disfrutaban de su isla como Pinocho de la suya, sólo que en lugar de convertidos en burros los monos acababan en zoológicos norteamericanos, o como mascotas en algunos hogares, o, los más desafortunados, como materia de investigación en laboratorios farmacéuticos. Hoy, que ya Tsalikis parece un nombre salido de un cuento, siguen viniendo científicos para investigar a los primates, sobre todo a los monos araña. De hecho, algunos de los ejemplares del grecoamericano ayudaron a los investigadores a descubrir que la muy humana tendencia a poseer colesterol alto o bajo puede ser heredado, y todo gracias al sistema coronario de los monos ardilla, que coinciden asombrosamente con el nuestro. Dicen que en su momento de máximo esplendor la isla de los Micos tuvo 12.000 monos, repartidos en cuatro especies, una jaula de micos y de grillos a tenor de lo que gritan estos ruidosos bichillos. Mike consiguió su sueño en forma de isla jaula que sonaba como una caja registradora.

El hotel de la Isla de los Micos
Los yaguas deambulan por su fantasmagórico interior
Pero, ¿y esos indios que miran cariacontecidos desde las galerías del hotel fantasmagórico? Son yaguas, una etnia que habita sobre todo en la cercana selva del Perú pero que están aquí desde que el listo de Tsalikis se los trajo como atracción turística. Porque, además de aficionado a los monos, Mike fue uno de los primeros en vislumbrar el potencial del ecoturismo, y no de cualquiera sino del ecoturismo en el Amazonas. Tendría un hotel, se dijo, y sería en su isla, se propuso, y los turistas serán recibidos por indios de la selva que les bailarán sus danzas tribales. Así que, ni corto ni perezoso, Tsalikis se trajo a una tribu entera y los puso a hacer, nunca mejor dicho, el indio. Una idea que pudo gustarle mucho pero que no deja de ser una degradación más en la espiral descendente de los indígenas amazónicos. Lo más triste es que la idea caló en la zona y ahora son legión los vivillos que quieren enseñarte a la 'típica tribu amazónica en su hábitat natural' mientras alargan la mano entregando un recibo, a ser posible en dólares. 

La idea de Tsalikis caló en la región y ahora los indios están más que dispuestos a hacer el ídem por unas monedas

Así que los yaguas deambulan por el hotel, sus miradas ceñudas, los niños ya colombianos, dueños de un hotel fantasma y sombrío. De pronto, llueve. Y llueven gotas enormes, gotas como chuzos, los yaguas se resguardan en el salón recepción del gran hotel, oscuro en su amplitud y convertido en un improvisado mercadillo de collares y de anillos y de figuritas talladas en madera. Tsalikis los obligaba a salir vestidos con sus champas tradicionales para recibir a los turistas, ya saben: los que habrían de disfrutar con los bichos de la selva, con los monos, los reptiles, las grandes flores de loto, los indiecitos de la selva. A Tsalikis se le ocurrió esta gran idea a principios de los años setenta, cuando atrajo a varias familias yaguas al asentamiento conocido como Tucuchira y las hacía desfilar en champa, sus rostros maquillados con achiote, un arbusto del que extraen colorante, y dispuestos a posar para la foto: una gente de la que puedes saber algo más aquí. Una historia tan interesante que, a decir de los antropólogos, los yaguas, que ellos ni se llaman así, han moldeado su identidad en base a la publicidad de los operadores turísticos desde la época del inefable Tsalikis.

Yaguas en la Isla de los Micos, un tanto tristones

La verdad es que no veo tantos monos como se supone que debe de haber: unos cinco mil. Muy lejos de aquellos doce mil de antaño, pero suficientes para evocar los buenos tiempos de Tsalikis. Mike, acostumbrado a la aventura, se labró un nombre como cazador intrépido, un aventurero arriesgado y valiente que había sido sargento en el ejército norteamericano y era capaz de luchar sin nada más que sus manos con una boa constrictor sumergido bajo las aguas del Amazonas. En los mentideros se susurraban ciertos excesos, que si las pitones que enviaba a los EE.UU llevaban paquetes de cocaína, que el hotelito de los Micos era escenario de retorcidas depravaciones sexuales con cera ardiente y prostitutas, que iba a dejar los ríos y lagos sin los redonditos peces Disqus con tal de surtir acuarios como el Rainbow Aquarium de Chicago... Chismes, susurros, cuentos, quién sabe, historias tal vez derivadas de la envidia de sus vecinos, ecos distorsionados de la selva, tal vez todas mentiras, tal vez todas verdad...



Aunque Tsalikis negó siempre sus nexos con la cocaína lo cierto es que el polvo blanco le rondó desde la década de los setenta. Debió de notarlo cuando sus mejores guías y sus pilotos desaparecían tragados por la selva, rumbo al Putumayo, rumbo al Perú, rumbo a sueldos de ensueño pagados por empresarios dedicados a una extraña mercancía: el clorhidrato. No sabemos si Tsalikis, convertido ya en una especie de capitán Kurtz o capitán Kurtz (el de Coppola) se dejó llevar por el dinero fácil aunque parece que siempre demostró su asquito por los hippies, por las drogas y hasta por el tabaco. Él, que luchaba con sus puños contra pitones y anacondas y que regentaba en la distancia un zoológico en su Tarpon Springs natal con crías de iguanas, de boas y caimanes que enviaba desde el corazón de la selva. Tsalikis poseía otro hotel en Leticia, el Parador Ticuna, su máquina de hacer dinero parecía infinito hasta que el gobierno colombiano, a mitad de la década de los setenta, se plantó y prohibió el comercio de especies salvajes: un golpe en la línea de flotación del imperio Tsalikis que debió de dedicarse a cultivar la fama del patriarca y a publicitar sus hoteles como nuevo gran recurso.



El abandonado hotel de la Isla de los Micos en su interior

Pero el turismo era algo tan estacionario e imprevisible que pronto estuvo en bancarrota. A finales de la década tuvo que enviar a su familia, al menos seis niños y su segunda esposa, a Florida, y comenzó a pensar en una salida honrosa: estaba tremendamente bien relacionado, tenía una empresa de exportaciones y sufría una acuciante falta de liquidez. Alguien le ofreció ganar un millón de dólares a la semana: un millón de dólares en los setenta era mucho dinero. Tsalikis había probado de todo, carga de mercancías en grandes barcos, carne envasada rumbo a Europa, dicen que hasta confidente de la DEA (la agencia antidroga de los Estados Unidos). El primer aviso lo recibió cuando uno de sus aviones llegó a Bogotá con diez kilos de cocaína: sólo salió de la prisión cuando el piloto reconoció que eran suyos. Pero su descenso a los infiernos no tardaría en llegar: una noche, viendo la televisión en su casa de Leticia, vio con cierto susto que lo habían metido en una cárcel brasileña, en Manaos. Pero no podía ser porque él estaba en Leticia.



Corría el año 1988 cuando la oficina de la DEA en Bogotá recibió una carta anónima procedente de Cali, recordemos: en esa época la casa del poderoso Cártel de Cali, denunciando las actividades de Tsalikis: el barco Amazon Sky llevaría a bordo troncos de madera de cedro en cuyo interior habría cocaína. Sometieron al cónsul honorario a un seguimiento que terminó demostrando que sí, que los troncos iban rellenos, aunque Tsalikis nunca admitió que la carga fuera suya y se preguntó colérico que dónde estaba el dinero de toda una carrera dedicada al narco si sus cuentas estaban en rojo. Una vida fascinante, en todo caso, la de Tsalikis de la que puedes leer (en inglés) un poco más aquí: el diario de Tampa Bay.


Aunque la historia no ha acabado aún y tal vez los indios del hotel de la Isla de los Micos puedan recuperar la chispa de antaño porque el tal Mike se pasea ahora por la Florida con una pulsera GPS y la expectativa de recuperar la libertad que perdió hace tres décadas. Alguien le preguntó hace poco por sus planes. ¿Mis planes? ¡Volver a Leticia, qué más! En Leticia su nombre genera dudas: por un lado, el del narco que engañó a todos. Por otro, el del empresario visionario que desarrolló con su energía toda la región y que podría volver a hacerlo. Lo cierto es que la zona necesita recuperar el turismo porque la selva vuelve a sus fueros, las inundaciones se llevan por delante las pocas infraestructuras que quedan en pie y si hay alguien capaz de hacerlo es Tsalikis. Claro que el Tsalikis de los sesenta y que del de hoy nadie sabe apenas nada. Los indios miran ceñudos a la cámara, acostumbrados a sentirse piezas de un zoo humano, se retiran silenciosos por los corredores del hotel. La lluvia cae con estrépito y fuera suena el agudo grito de un mono. Uno de los miles de monos de Mike Tsalikis, el amante de las bestias salvajes que traficaba con ellas. Y quién sabe si con algo más.



José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com


martes, 18 de septiembre de 2012

Viaje a la Amazonía: de Yurimaguas a Iquitos por el río Huallaga



A Yurimaguas se la conoce como 'la perla del Huallaga' pero el lustre está oxidado bajo la espesa capa de humedad selvática. A orillas del río, precisamente el Huallaga, venden pescados mujeres indígenas que entremezclan sus etnias, las hay tarapotinas, las hay lameñas, moyobambinas y, mis favoritas, chachapoyanas, que son las procedentes de la región de Chachapoyas. Sin embargo, con ser mucho el esfuerzo que hago para decir Chachapoyas sin soltar una carcajada (que me perdonen mis amigos peruanos), mayor es el esfuerzo que debo hacer para no caer en la demencia temprana (o ya no tanto) cada vez que recuerdo el delirante viaje que es necesario hacer para llegar a la ciudad de Iquitos, la mayor de la selva amazónica, desde esta remota ciudad amazónica. Porque llegar a Iquitos no es posible por tierra, a no ser que atravieses cientos de kilómetros de selva espesa a través: Iquitos, con su más de medio millón de almas, no tiene carreteras que la comuniquen con el mundo exterior y depende, para su oxigenación social, de las corrientes fluviales o del aire abierto de los cielos.


Llegué a Yurimaguas procedente de Tarapoto, otra ciudad amazónica que aúna con increíble habilidad el denso devenir cansino de los calurosos enclaves tropicales con el frenético sentido de la fiesta latina (eso sí, cuando cae el sol). La carretera terminaba en Yurimaguas y para seguir más allá es preciso recurrir al río. En este caso el Huallaga, tributario del Marañón, que a su vez engorda al río de los ríos, el Amazonas. Las mansas aguas que corrían parsimoniosas junto a las indígenas chachapoyas y sus amigas acabarían algún día en la desembocadura del Amazonas, más de siete mil kilómetros río abajo.



Por estas aguas descendió también, casi cinco siglos atrás, la colorida expedición de Pedro de Ursúa, que buscaba el país de la Canela en medio de aquel enorme bosque sin final. En algún punto remoto de este río el sevillano Fernando de Guzmán fue nombrado rey con el ostentoso nombre de Fernando I del Perú y Eldorado y puesto al servicio del ominoso Lope de Aguirre y su ejército de locos sádicos. Por estas aguas se desarrolló la no menos ominosa tragedia de Julio César Arana, el más abominable de los caucheros que diezmó a las poblaciones indígenas para obligarlas a extraer el látex del interior de la selva y que el escritor peruano Mario Vargas Llosa describe en el Sueño del Celta. Y junto a estos horribles seres, el más industrioso Adolfo Morey Arias, un vecino de Tarapoto que inició la navegación entre Iquitos y Yurimaguas con su primera lancha, llamada precisamente Yurimaguas en un arranque muy poco imaginativo, y que llevó su imperio de navegaciones por toda América y hasta el lejano África.


Fondeados a pocos milímetros de la orilla, una flota de barcos promete un viaje tan lento como la corriente. No sé qué queda de aquel Morey pero decenas de braceros se esfuerzan en subir sacos y más sacos de grano, de papas, de maíz, bolsas de contenido indefinido, material de construcción, grandes racimos de bananos, máquinas decimonónicas y, sobre todo, vehículos industriales que, mal que bien y a duras penas, consiguen entrar en la cubierta principal del barco. Los más demandados tienen un nombre: Eduardo. Y cuando digo que tienen un nombre quiero decir exactamente eso: todos se llaman Eduardo. Está el Eduardo I y el Eduardo III, por allí veo el Eduardo IV y supongo que la gran familia marina de los Eduardo se extenderá hasta cubrir cada puerto del río. A primera vista parecen sacados de alguna película de Huckelberry Finn, grandes dinosaurios marinos que se mantienen a flote por algún pacto secreto con Mefistófeles y que prometen noches larguísimas y no menos largas conversaciones. Mientras los braceros continúan con su también largo devenir, trato de encontrar alojamiento en algún camarote: los Eduardos están repletos y no saben cuándo saldrán, 'tal vez hoy pero tal vez mañana'. Sin embargo, encajonado entre el barrizal que hace las veces de muelle y otros dos armatostes de madera, un barco de nombre diferente me hace un hueco: se trata del Mari Carmen, ingrato nombre que trato de olvidar: no sólo no la olvido sino que habré de navegar encaramado en su grupa. El capitán resulta ser el señor Cabanillas, nombre muy ampuloso para semejante cascarón de nuez. Los Eduardo parecen más cómodos pero el barrizal donde habría de pasar la noche son, sin dudarlo, mucho más incómodos, así que alquilo un camarote del Mari Carmen y espero la salida. 'Le aconsejo que compre una hamaca porque el calor en el camarote es insoportable', me aconseja el señor Cabanillas, un capitán de agua dulce con un enorme polo rosáceo y una sonrisa desconcertantemente dulce para su metro y medio de alto, y puede que dos de ancho, una sonrisa que se hará aún más desconcertante cuando saque su terrible genio del interior de su rollizo cuerpo. Una vaca pasa a pocos centímetros del capitán y temo que lo absorba de un lametazo, huele a estiércol en el granero en el que se está convirtiendo el sobrecargado barco, unos gallinazos (o buitres) sobrevuelan tétricos la nave, tal vez presagiando un hundimiento que les ofrezca un opíparo almuerzo mojado.


Tras ahuyentar una nube de mosquitos en la que se entremezclan niños que piden comisión por todo (hasta por pisar el hediondo fango del muelle), y tras más de seis horas de espera, el Mari Carmen se pone en marcha con una lentitud exasperante para alguien que acostumbra a trabajar en una oficina. El tercer piso del buque se va poblando poco a poco de hamacas y de una multitud que comparte pasteles de maíz, botellas de aguardiente y trozos de carne indefinida. La planta baja está inhabilitada para nada más que la sobrecarga: una excavadora caterpillar oscila peligrosamente ante el empuje de otra excavadora de la misma marca: desde el primer piso parecen nadar en un mar de bananos y patatas. Aferrado a una reja azul un perezoso parece tan asombrado como yo. El pobre bicho acepta comida de los viajeros, nos mira con una sonrisa tan dulce como la del capitán Cabanillas, sus zarpas no son aún el arma mortal de sus mayores. Las orillas nos miran pasar con un supuesto desinterés que no es tal porque detrás de la pared verde selva se esconden ojos inquietos: a veces se ve un niño que vuelve a esconderse tras un arbusto, otras veces una gran ave levanta el vuelo, tras aquel bosquecillo se levanta una columna de humo que revela un asentamiento. Al caer la noche, el griterío resulta abrumador y cuando la oscuridad rodea al barco, miles de luciérnagas brillan misteriosas sobre las copas de los árboles invisibles. Más perturbador resulta imaginar al cojo Aguirre degollando en algún punto del camino al gobernador Pedro de Ursúa para levantar un imperio independiente de la corona española o a los hombres de Arana descuartizando niños para obligar a sus padres a recoger una bola mayor de caucho. La selva guarda tantos secretos que muchos resuenan entre la floresta, a salvo de los aguaceros, pidiendo a gritos silenciosos que alguien los recuerde para que al menos no caigan en el olvido. En algún punto de estas orillas, pero mucho más al norte, miles de indígenas perdieron las vidas a latigazos, a balazos, a machetazos por negarse a servir de esclavos para los caucheros que querían vivir una vida parisiense en mitad de la selva. Un ejemplo son los nukak. Otros, en cambio, prefirieron extravagancias menos mortales: el señor Vaca Díez, socio de Fitzcarraldo, el otro gran cauchero de fines del siglo XIX, se hizo traer una casa de fierro diseñada por Gustave Eiffel, la casa de Fierro que aún resiste en pie en pleno centro de Iquitos, y otros caucheros trajeron losetas desde el lejano Portugal para que sus mansiones selváticas tuvieran ese punto de distinción que todo hortera necesita para que su fortuna se sienta y se huela.



En el camarote se celebra una frenética y entretenida carrera de cucarachas: decido pues montar mi hamaca en el tercer piso y dormir entre la multitud. El viaje es apacible y tranquilo aunque dicen que últimamente proliferan los ataques piratas. Cuando yo descendí el río no había más peligro que las extensas nubes de mosquitos que podían convertir la mera existencia en una tortura. Pero ahora, y precisamente en los alrededores del lodazal que hace las veces de muelle, se desarrolla la conocida banda 'Piratas de Yurimaguas', una denominación carente de imaginación pero con una legendaria mala leche que deja tras de sí muchachas violadas y pasajeros, sobre todo turistas, desplumados y ultrajados. Un problema añadido para una región, la del Loreto, en el Perú, y para toda la Amazonía en general, en la que el 90% del transporte de carga y de pasajeros se realiza por río. Francisco, un mestizo grandote y sonriente, me habla del otro peligro: 'durante algún tiempo trabajé para los narcos del Ucayali', asegura, 'y eso sí era chévere: dinero, alcohol, mujeres...' Para terminar de liar la madeja, las riberas del Ucayali, algo más al sur, y los alrededores de Yurimaguas han sido escenario de algunos enfrentamientos entre los militares del ejército y los restos del grupo maoísta Sendero Luminoso. Atrás quedan las preocupaciones políticas y narcóticas, por delante tan sólo el lento peregrinar del río.




A las dos de la madrugada, cuando por fin he conciliado el sueño, resuenan notas de guitarra y cohetes. Me levanto apresuradamente y veo que el Mari Carmen ha fondeado a un par de metros de la orilla y que una multitud nos recibe en estado de fiesta febril. Es el municipio de Santa Rita. Los hombres están borrachos, las mujeres serias, los niños aturdidos. 'Llevan esperando más de doce horas que llegue el barco, los hombres no han aguantado más y se han emborrachado', me cuenta otro pasajero. La maquinaria de la cubierta principal, que estaba poniendo en peligro la estabilidad de la embarcación, ha llegado a su destino. Una banda de música desafina notas de una irreconocible melodía mientras mantiene colectiva y solidariamente sobre los hombros al alcalde de la ciudad. Por supuesto, borracho. El hombre sólo acierta a repetir en estado de lamentable ebriedad: 'yo cumplo lo que prometo'. Sí, muy bien, pero ahora hay que descargar unas enormes máquinas en una orilla resbalosa y con un desnivel de casi dos metros. Salto a tierra y la gente me mira como yo los miro a ellos: medio dormido, medio alucinado. El poblado es muy precario, sin carreteras ni apenas iluminación. Las máquinas deberán cambiar la faz de este lugar en mitad de la nada y el pueblo suelta globos de alegría. Pero bajar la maquinaria no es fácil: una cuerda atada al guardabarros de una de las excavadoras tira con todas sus fuerzas desde un cuatro por cuatro salido no se sabe de dónde. Mal que bien la máquina consigue bajar pero queda otra a bordo, la más pesada. De nuevo tensan la cuerda y pienso que si revienta nos cortará por la mitad a los que coja por su camino. Dicho y hecho: la cuerda revienta y suelta un latigazo que se pierde en la multitud. Todos nos miramos, nos tocamos: estamos enteros. Desde cubierta, el capitán Cabanillas, harto ya de la situación, empuja con otros fortachones la máquina, que cae al barrizal, a dos metros de la orilla. 'Corriendo o se quedan', grita mientras salto a bordo y dejo aturdidos a los habitantes de Santa Rita. Tienen trabajo por delante, no creo que sea fácil sacar ese mamotreto del barro, y mucho menos borracho.


Vuelvo al refugio de la maraña de hamacas colgadas en la cubierta del tercer piso. Han puesto una película en un vídeo: 'Jackass', le estúpida cinta norteamericana de suicidas dementes que, sin embargo, no mueren tan fácilmente. El pasaje se revuelve nervioso en sus hamacas. Se envuelven para no ver las desagradables escenas de la película. Pero hacen trampa y puedo ver sus ojillos curiosos asomando entre las costuras desmadejadas de las telas. En el fondo disfrutan de esta idiotez como disfruto yo, entre ramalazos de arrepentimiento culpable. ¿Qué hago viendo Jackass en mitad de la Amazonía? Me vence el sueño. Cuando despierto, ya de mañana, y después de tres días embarcado, el Mari Carmen llega a Iquitos. El corazón del Amazonas.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


















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