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sábado, 12 de abril de 2014

Viaje a Iquitos: en el Pasaje Paquito venden los secretos de la selva del Amazonas

¿Se siente deprimido porque es incapaz de dejar a su mujer satisfecha? Pruebe 'Levántate Lázaro' y su hembra gozará de noches inolvidables. ¿Es su marido el que se aburre en las artes amatorias? Beba 'Rompe Calzón' y sacará la tigresa que lleva dentro. El muestrario del Pasaje Paquitos es tan grande como turbador y podemos elevarlo a las alturas del santoral psicotrópico, afrodisíaco y naturista. Durante algo más de cien metros los puestecillos se suceden y arremolinan en un callejón estrecho que provoca estupor al forastero, mientras se esfuerza por comprender qué se esconde tras la miríada de extraños nombres de los compuestos a la venta. La humedad de la selva, el calor sofocante, la súbita lluvia y la desorientación tropical hacen el resto.
Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero
De entre todos, el rey es el conocido como 'Siete Raíces', un preparado a base de cortezas de cascarilla, chuchuasha, huacapurana, tahuari, murare, icoja, fierro caspi, cumaceba, clavo huasca, murcuhuasca, bolaquiro, jengibre y miel de abeja, una bebida estimulante que vale para todo, desde evitar los resfriados a estimular la irrigación sanguínea de los cuerpos cavernosos del pene, pasando por su concentración energética o la ayuda impagable al rejuvenecimiento de las células. Si ha sido capaz de leer el párrafo de un tirón, sin deletrear alguno de esos nombres con extrañeza, mi más sincera enhorabuena. Pero no cante aún victoria: los remedios de la selva son infinitos.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero

Tenemos el Levántate Pájaro Muerto, a base de Siete Raíces, aguardiente de caña y Para-Para (bebida elaborada a su vez con motelo sanango, chuchuasha, fierro caspi, chicosa, genitales de achuni y genitales de lagarto negro, aguardiente y miel de abeja), un compuesto al que se añade chachachasca, clavo y el pene molido de un roedor llamado achuni. Pueden imaginar por qué Levántate y qué es el Pájaro Muerto.

Pasaje Paquito por Hachero

El Rompe Calzón, por su parte, excita el útero, calienta a la hembra y sitúa su cerebro en un mundo de lascivia contumaz debido a su elaboración a base de Siete Raíces, miel de abeja, chuchuhuasi, polen y aguardiente de caña.

Pasaje Paquito por Hachero

Para los menos escrupulosos tenemos el 'Párate hasta el fin de siglo', a base de pico de pájaro carpintero, tortuga motelo, chicosa, fierro, los socorridos genitales del achuni y los del lagarto negro, una mezcla de veintiuna raíces a base de cortezas de chuchuasha, huacapurana, tahuari, cumaceba, camu camu, murare, isula, aguardiente y la inevitable miel de abeja.
Pasaje Paquito por Hachero

Los problemas sexuales no tienen excusa en la selva del Amazonas: 'Siete Veces sin Sacarla' (S.V.S.S.) es otro conocido brebaje que se obtiene al dejar macerar una mezcla de las cortezas de chuchuhuasi, huacapurana, tahuari, murare, icoja, fierro caspi, cumaceba, clavo huasca, azúcar huayo, ajo sacha, chirisanango, ipururo, ceima caspi, uña de gato, chicosa, cocobolo, huashaquiro, macerado en aguardiente y miel de abeja. Los hombres se guiñan los ojos y se propinan cómplices codazos mientras hablan de las maravillas del 'Siete Veces...'.

Pasaje Paquito por Hachero

Los vendedores del Pasaje Paquito parecen obsesionados con la virilidad. Paquito, el señor al que debe el nombre la calle, a buen seguro se frotaría los ojos al ver su caluroso callejón invadido por chamanes de pega y amantes de los herbolarios pululando en amor y compaña. La historia, más allá de las murmuraciones, asegura que fueron las señoras María de Marreros y María de Yap las que comenzaron el negocio y que, visto el éxito, se les fueron uniendo todo tipo de aficionados y profesionales. Hoy son legión y las autoridades lanzan regularmente mensajes a los extranjeros para que tengan cuidado con lo que compran, porque alguna que otra vez les venden productos en mal estado, y para que extremen la vigilancia porque cada vez hay más carteristas. En honor a la verdad yo no he tenido nunca problemas en mis visitas al célebre Pasaje, ni en un aspecto ni en el otro, pero hay que tomar en cuenta estas advertencias.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero
 Pasaje Paquito por Hachero

El Pasaje Paquito ofrece hoy alrededor de 134 plantas diferentes, de las aproximadamente 500 plantas medicinales que utilizan los vecinos de Iquitos. A decir verdad, y según la Dirección Regional de Agricultura de Iquitos tan sólo 19 tienen verdadero valor comercial. De hecho la fama del Pasaje Paquito es tan grande que hay siete empresas que comenzaron aquí pero ahora comercializan los recursos a nivel nacional e internacional. El grueso de las plantas proviene de bosques naturales, y apenas se cultiva intencionadamente, aunque alguna sí que ha alcanzado ya semejante estatus. Sesenta y dos especies se venden en estado fresco, veintisiete se comercializan en cortezas, veintidós más en raíces, diecinueve variedades se presentan en forma de licor, doce en polvos o harinas y el resto en resinas, frutos, semillas, aceites y flores. El tema no deja de tener su interés porque en la región se estiman entre 60.000 y 90.000 especies vegetales, de las que tan sólo algo menos de 3.000 se han catalogado para la farmacopea y sólo 500 se usan en la ciudad de Iquitos. Tan sólo la 'Sangre de Grado' se cultiva en superficies que sin ser grandes tampoco son pequeñas, pero supone una excepción a un negocio que no deja de ser rentable a muy poca escala y sólo con según qué especies..

Pasaje Paquito por Hachero

Pasaje Paquito por Hachero
Oculta tras los puestecillos, una droguería al uso parece acorralada y en segundo plano...
¿Su interés es otro porque se considera ya más que apto para las lides del amor? No se preocupe, tenemos botellitas con ayahuasca, el limpiador amazónico que produce además bonitas imágenes de la selva y sus animales, y el no menos inquietante cactus de San Pedro, que confiere alma a las cosas inanimadas y espíritu al reino vegetal para que usted, ser curioso donde los haya, puede conversar con aquel tronco milenario o interconecte su cerebro con el la masa colectiva de aquella bandada de murciélagos. De la ayahuasca ya he hablado AQUÍ pero no del San Pedro, o sampedrito para los iniciados que le muestran adoración, un singular cactus que crece a una altura mínima de mil metros (no en esta zona, pues) pero que proporciona unas lúcidas visiones gracias a su concentración de mescalina que propicia la psicoexploración y que pueda usted tener, por ejemplo, una animada conversación con un arbusto o con el mismísimo sol.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero


¿Se encuentra usted mal? Llévese 'Sangre de Grado' para las úlceras y los tumores, 'Jergon Sacha' para una atribulada lista de enfermedades, desde el SIDA a la diabetes, o 'Uña de gato' para purificar la sangre y fortalecer el sistema inmunológico. Arquímedes es un médico con esta página web que no deja de loar a la Uña de gato como la medicina definitiva. Una liana explotada sobre todo por los indígenas de la etnia shipibo, mis primeros maestros en la ayahuasca, que descubrieron el enorme, y desconcertante, arco de posibilidades de esta soga amazónica. No sólo potencia y regulariza el sistema inmunológico, evitando infecciones dañinas, sino que aumenta las defensas antivirales, antibacterianas y antitumorales, evita la metástasis en los casos de cáncer y revigoriza la eternamente ansiada virilidad. Un producto de herbolario tan crucial que la OMS la cataloga como el sucesor de la quinina, en importancia, porque aumenta la inmunidad hasta en un 50%.

Pasaje Paquito por Hachero
Pasaje Paquito por Hachero

¿No sabe lo que tiene pero algo le ronda el organismo? ¡¡Tómese una infusión de guayaba, con ocho cucharaditas de azúcar y una más de sal: mano de santo. ¿Es acaso un caso de parasitosis intestinal? Acuda al ojé, un árbol amazónico que crece junto a los ríos y que produce un látex blanquecino muy eficaz, o eso dicen, contra los parásitos de la bebida, pero también contra el dolor de muelas, la picadura de hormiga, la mordedura de serpiente y como estimulante de la memoria. ¿Acaso sufre de cólico estomacal, hemorroides, pulmonía o gastritis? Tome la hoja del paico, un planta medicinal y aromática que se ofrece en infusión y que tiene, por añadidura, la virtud de eliminar las pulgas si se usa machacada en polvo...
Pasaje Paquito por Hachero

Si tienes curiosidad por descubrir algo más de las plantas que se mencionan en el artículo, aquí tienes una guía de las plantas medicinales de la Amazonía peruana para ir al Pasaje Paquito pertrechado de sabiduría y conocimiento.

Pasaje Paquito por Hachero

viernes, 25 de octubre de 2013

Viaje a Colombia: en los túneles del Guaviare



Bienvenidos a un mundo subterráneo, pero por encima de la tierra, perdido, aunque hallado a medias, un dédalo de callejuelas esculpidas por la Naturaleza en dura pugna con nuestros arquitectos, una suerte de laberinto sin más habitantes que los murciélagos pero con tantas historias resonando en sus paredes que el eco parece tétrico, acompañado de voces que ya no están. Los Túneles del Guaviare, a medio camino entre la Amazonía y la Orinoquía, ofrecen, además, una estupenda oportunidad de gastar el zoom de la cámara disparando fotografías.


A veinte minutos en coche de San José del Guaviare se encuentra el sueño de todo subversivo: una ciudad natural, con túneles perfectos, escondida en la maleza y abastecida por riachuelos. La montaña está horadada de forma natural y los túneles tienen incluso respiraderos por los que observar el exterior. El sueño de cualquier subversivo, insisto, porque, me cuenta Yolver, mi guía en la región, el lugar, que los locales conocen como Los Túneles, sirvió, años atrás, de refugio para los guerrilleros de las FARC, que ahora resisten en otras zonas de la región. El avance del ejército los ha empujado aún más a la selva, donde descubrirán otros tesoros que el resto de civiles tardaremos años en conquistar, como le ocurre a esta extraña acumulación de túneles naturales, o como le ocurre también a esta desconocida colección de pinturas rupestres en decadente estado (pincha aquí)


Claro que si nos remontamos aún más atrás, los túneles fueron el hogar de una etnia muy castigada y reducida a la miseria, los guayaberos, (pincha aquí) de los que ya hablé en este blog, y que anticiparon en muchos años las urbanizaciones modernas con robustos techos y servicios a la mano, como agua corriente o patios traseros. De pronto el aire se mueve, suena algo como un látigo: murciélagos, los únicos que habitan los túneles ininterrumpidamente, sin importarles si los humanos que deambulan por los pasadizos son guayaberos armados con cerbatanas o guerrilleros que afinan su puntería con berettas italianas.


En los túneles entra la suficiente luz como para no tener que encender linternas durante el día, las paredes ofrecen amables estanterías y hasta los respiraderos parecen tener alféizar, quien sabe si para decorar con macetas o tal vez para descansar el Ak 47 entre defensa y ataque. En los pasillos naturales crecen árboles solitarios, cuelgan lianas que hacen las veces de ascensor para los más habilidosos, la serranía de La Lindosa, que así se llama el lugar, desafía las leyes de la gravedad y de la física para ofrecernos una urbanización troglodita en toda regla. Difuminado ya el recuerdo de los subversivos, Los Túneles recibe ahora otras visitas: las de los excursionistas de San José, alguna pareja amorosa, algún niñato que abandonó su lata de refresco.


La región de San José del Guaviare tiene otras sorpresas, como La Ciudad de Piedra, una desconcertante sucesión de calles y más calles comida por la sabana: calles naturales de suelos rocosos que parecen levantadas por manos humanas pero que no lo son. Si acaso las moldearon los aguas oceánicas en un pasado tan remoto que da vértigo pensar que esto fuera lecho submarino y hoy una serranía en las lindes de la Amazonía. Las rocas adoptan formas caprichosas, surrealistas, los senderos se entremezclan con la maleza, las formaciones geológicas parecen demasiado humanas y entonces te planteas que quién imita a quién. Dice la geología que se trata de 'un complejo migmatítico asociado al magmatismo básico del proterozoico con variaciones desde alaskitas hasta monzonitas, y que también se encuentran sienitas de 480 millones de años de antigüedad, con aspecto granítico y holocristalino'. Es decir, un conjunto de rocas muy diversas que fueron fundidas de manera incompleta por un explosión de magma en los tiempos de Mari Castaña y que ahora se nos antojan esculpidas por un orate ebrio.


Para complicar aún más este galimatías, las rocas sedimentarias corresponden a la formación 'Araracuara', nombre que recibe de la serranía que la rodea, rodeadas de la Sienita Nefelina de San José del Guaviare, un conjunto geológico en el que se han hallado fósiles como trilobites, braquiópodos y graptolites que no hacen sino corroborar aún más que este terreno fue submarino tiempos atrás. Para hacerlo algo más digerible, podríamos decir que la serranía de La Lindosa, y estos túneles con ella, pertenece al Precámbrico, que es el periodo más antiguo de la existencia de la tierra. Buen lugar para asentarse, pintar con hierbajos, refugiarse de las inclemencias del tiempo y de los ataques de los soldados. Quién sabe para qué más. Un remanso de paz, de quietud, de encuentro con la naturaleza y hasta con los ecos que siguen resonando en las paredes.


Luis I de Acre: el emperador de la Amazonía que nació en Cádiz




Luis I nació en San Fernando, Cádiz, pero pasó a la historia como emperador de Acre, un extraño país en plena selva amazónica que languideció hasta que rompió el siglo XX. Si raro es que su historia no tenga el eco que corresponde a los imperios, más raro es aún que Luis sobreviviera a un sinfín de maridos cornudos, desfalcos bancarios, guerras en la jungla e invasiones militares y muriera plácidamente en Madrid, en 1935. Cierto es que Luis I de Acre tuvo más árboles que súbditos y la extraña dicha de llegar al trono dos veces antes de que su obra desapareciera.

Luis Gálvez Rodríguez de Arias nació en San Fernando en el seno de una familia de rancio abolengo, hijo de un ilustre marino, tutelado por un tío que fue ministro de marina y que luchó junto a Prim en la revuelta de 1868: todo parecía encauzarlo a surcar mares guerreando sobre olas. Sin embargo, su momento de gloria estuvo tan alejado del mar como del cielo, en el corazón de la selva del Amazonas, donde instauró un imperio con su cabeza al frente. Brasil y Bolivia se disputaban la extensa superficie de árboles sin otra entrada que los ríos, una región dominada por los caucheros en una época en la que el caucho comenzaba a declinar aunque aún guardaba reminiscencias de los buenos tiempos, cuando en Manaus soñaban con Caruso para cantar en su delirante edificio de la Ópera y en Iquitos construían casas de hierro diseñadas por Gustavo Eiffel.



Gálvez, simpático y vital, deambuló por Argentina y Brasil trabajando de periodista, de espía y de político, hasta que llegó al norte brasileño huyendo de deudas y líos conyugales. Una vez allí, supo ganarse el favor de ciertos caciques con los que disputar una región que debía convertirse en imperio y aglutinar a los terratenientes del caucho para impulsar un país que no tenía ni calles. Lo cuenta Marcio Souza, de manera desenfadada y caricaturesca, en su libro Gálvez, emperador de la Amazonía , un relato hilarante de aquel español que dejó el resplandor de la bahía de Cádiz por una silla imperial que habría de durarle nueve meses. Gálvez, perseguido por sus desfalcos bancarios (escapó de España por meterle mano a una caja) y de sus errores amorosos (huyó de Argentina por matar a un rival de amores en duelo) se dejó llevar por el destino, que quiso construirle un reino con el que tocarle las narices a la nueva potencia emergente, los Estados Unidos, vengarse de la derrota de Cuba y darle graciosamente al mundo un reflejo selvático de la revolución francesa, porque si en algo destacó su delirio fue en leyes de tan progresistas nunca vistas antes y de su especial inquina a los Estados Unidos, a quien llegó a declararles la guerra.Gálvez no se fue por el sumidero de la historia porque su imperio no tenía tuberías, como no tenía calles por las que desfilar un ejército inexistente ni carreteras por las que huir si alguien pensaba en deponerlo. 



La región del Acre, que así era como se conocía, no pertenecía ni al Brasil ni a Bolivia, era un cúmulo de cerros y ríos y selvas sin mayor orden ni concierto, sin delimitar y sin lengua fija, aunque el portugués predominaba sobre el español. Los bolivianos tenían destacada una guarnición mal armada y peor vestida, que el ejército de Gálvez, apenas otra guarnición peor armada aunque mejor vestida, y formada por veteranos de la guerra de Cuba, desbarató en pocos minutos. Marioneta en manos de los brasileños o idealista romántico, Gálvez, que actuó más en nombre de los caucheros que en el de la libertad, conoció en Manaus, donde trabajaba como reportero, que los estadounidenses tenían interés en hacerse con aquella zona y actuó como los héroes de las novelas que leyera en su enorme mansión gaditana. En su delirio, se creyó el vengador del desastre del 98 y de buena gana admitió su derrota a favor de Brasil, cualquier cosa antes de que su imperio cayera en manos de los norteamericanos. Los brasileños, como favor, lo recluyeron en la cárcel de Río Branco, de donde huiría para morir en Madrid en 1935.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Viaje a Colombia: en la Isla de los Micos del narcotraficante Mike Tsalikis




























A una hora de trayecto en canoa sobre las turbias aguas del río Amazonas desde la ciudad de Leticia, la capital de la Amazonía colombiana, se encuentra la que todos conocen como Isla de los Micos. Una isla que, como agudamente indica su nombre, está repleta de micos, de monos, de primates. Los monos pululan alegres por las ramas de los árboles, brincan por las copas y se acercan curiosos a ver a los turistas para hacerse unas fotos con ellos: no sabría decir quién con quién. Los cuidadores emiten chasquidos guturales, ríen alguna gracia y los micos, o los monos, bajan confiados para solaz de los visitantes. Sin embargo, la curiosidad de algunos visitantes va más allá de la puramente zoológica, y la mía lo es. A la entrada de la isla, un gran edificio de madera recibe a las canoas, parece sombrío y decadente, de su interior asoman algunas cabezas, los indios, en alguna parte un cartel indica que estamos ante un hotel. Un hotel sin clientes, sin muebles, sin recepcionista ni botones, un hotel fantasmagórico y con una leyenda que atrae tanto, si no más, que los miles de monos que saltan alegres por el exterior. Dice la leyenda, y dicen las crónicas, que el hotel fue el pionero del ecoturismo en la Amazonía, que esta era una isla sin monos, que los indios son de importación y que el creador de todo esto es un norteamericano de origen griego que terminó en una cárcel estadounidense por narcotraficante.

Entrada en la Isla de los Micos

Su nombre es Mike Tsalikis y su vida deja un regusto extraño en la mente del que se atreve a investigarla. Por un lado, un tipo muy particular, con pinta de héroe griego, capaz de luchar con una anaconda sumergido en un río marrón de tan turbio. Por otro lado, un frío empresario que trocaba en oro todo lo que tocaba y que convirtió en ciudad un pueblucho de mala muerte. Por si fuera poco, Mike Tsalikis hoy es sinónimo de traficante de especies protegidas y capo de la cocaína. Un enigma que inventó el ecoturismo en la Amazonía, convirtió un islote perdido en un gran criadero de primates y reptiles, un tipo sobre el que planean historias apócrifas que lo dejan muy mal o muy bien.

Mike Tsalikis, foto de: http://www.sitenet.com/travelblog/?p=1433

Tsalikis nació en Florida y creció en Tarpon Springs, una ciudad sin mucha historia, hijo de una familia de griegos emigrantes, un chaval avispado que desde muy pequeño sintió una atracción fatal por los bichos más bichos: dicen sus biografías que no era ni un mocoso cuando, enrolado en los boys scouts, disfrutaba levantando piedras para sorprender a las serpientes enroscadas y a los anfibios agazapados. Una atracción fatal, como decía, que encaminó sus pasos siempre al sur, donde abundan las bichas y los bichos, y eso que vivía rodeado de ellos: era vecino de los indios Seminola y su hogar no estaba lejos de esos pantanos donde los caimanes caminan hasta tu jardín para tragarse un pollo entero. Sin embargo, la curiosidad del joven Tsalikis lo llevó primero a México, más tarde a Honduras y a Costa Rica, finalmente a Colombia, donde habría de vivir más de treinta y cinco años. Era una época distinta a la actual y Colombia estaba tan atrasada que sólo pudo llegar a Leticia desde la desembocadura del Amazonas, en Brasil, porque era un villorrio sin pistas para avionetas, sin carreteras, sin espacio en los mapas y con apenas mil habitantes, indígenas casi todos.

Mike Tsalikis es el primero por la izquierda, foto de: http://www.sitenet.com/travelblog/?p=1433



Corría el año 1953 cuando el reptiliano Tsalikis encontró en la región una enorme serpiente que, tras una breve negociación, consiguió vender por 800 dólares, según asegura el profesor Germán Palacios. Una fortuna para la época que le encendió la alarma: estaba en el paraíso, rodeado de los bichos que tanto amaba, un lugar agreste y salvaje lleno de animales susceptibles de enviar a sus conciudadanos, un vergel por explorar y por explotar. Y el listo de Mike se puso las pilas y creó una empresa de exportación de especies salvajes: primero, ocelotes, o tigrillos, luego tarántulas, colibríes y monos que cazaba con los indios del lugar. Pronto tuvo a 600 indígenas cazando para él y su negocio necesitaba un impulso que la joven Leticia no tenía: sobre todo cuando la carretera más cercana estaba a 8.000 kilómetros y el precio de un mono era el equivalente al de unos calzoncillos. Así que el avispado Mike se compró una avioneta, convenció a un par de aerolíneas de las posibilidades del lugar y hasta impulsó la construcción del primer hospital de la región. Mike Tsalikis estaba en la cresta de la ola, Leticia crecía de manera indudable y el embajador norteamericano en Bogotá tuvo que acercarse a ese remoto lugar para admirarse de los logros de su paisano y nombrarlo, por méritos propios, cónsul de los Estados Unidos de Norteamérica en Leticia. The Reader's Digest lo calificó en 1966 'el hombre que revolucionó el Amazonas', el National Geographic filmó una de sus ya famosas luchas con una anaconda y hasta el prestigioso reportero de guerra Michael Herr (famoso por sus crónicas de la guerra del Vietnam) lo describió como 'astuto y duro pero honesto y libre de crueldad'.

Los indios Yaguas reciben al visitante en la Isla de los Micos

En la década de los años sesenta, Tsalikis compró una isla y la llenó de monos. Su proyecto era un reto personal, algo así como un gran criadero de monos y reptiles en una jaula gigante de la que no pudieran escapar, pero una jaula que fuera lo más parecido a la libertad. Una jaula de 450 hectáreas, que es el equivalente a 450 campos de fútbol, llena de monos y de reptiles, de monos que disfrutaban de su isla como Pinocho de la suya, sólo que en lugar de convertidos en burros los monos acababan en zoológicos norteamericanos, o como mascotas en algunos hogares, o, los más desafortunados, como materia de investigación en laboratorios farmacéuticos. Hoy, que ya Tsalikis parece un nombre salido de un cuento, siguen viniendo científicos para investigar a los primates, sobre todo a los monos araña. De hecho, algunos de los ejemplares del grecoamericano ayudaron a los investigadores a descubrir que la muy humana tendencia a poseer colesterol alto o bajo puede ser heredado, y todo gracias al sistema coronario de los monos ardilla, que coinciden asombrosamente con el nuestro. Dicen que en su momento de máximo esplendor la isla de los Micos tuvo 12.000 monos, repartidos en cuatro especies, una jaula de micos y de grillos a tenor de lo que gritan estos ruidosos bichillos. Mike consiguió su sueño en forma de isla jaula que sonaba como una caja registradora.

El hotel de la Isla de los Micos
Los yaguas deambulan por su fantasmagórico interior
Pero, ¿y esos indios que miran cariacontecidos desde las galerías del hotel fantasmagórico? Son yaguas, una etnia que habita sobre todo en la cercana selva del Perú pero que están aquí desde que el listo de Tsalikis se los trajo como atracción turística. Porque, además de aficionado a los monos, Mike fue uno de los primeros en vislumbrar el potencial del ecoturismo, y no de cualquiera sino del ecoturismo en el Amazonas. Tendría un hotel, se dijo, y sería en su isla, se propuso, y los turistas serán recibidos por indios de la selva que les bailarán sus danzas tribales. Así que, ni corto ni perezoso, Tsalikis se trajo a una tribu entera y los puso a hacer, nunca mejor dicho, el indio. Una idea que pudo gustarle mucho pero que no deja de ser una degradación más en la espiral descendente de los indígenas amazónicos. Lo más triste es que la idea caló en la zona y ahora son legión los vivillos que quieren enseñarte a la 'típica tribu amazónica en su hábitat natural' mientras alargan la mano entregando un recibo, a ser posible en dólares. 

La idea de Tsalikis caló en la región y ahora los indios están más que dispuestos a hacer el ídem por unas monedas

Así que los yaguas deambulan por el hotel, sus miradas ceñudas, los niños ya colombianos, dueños de un hotel fantasma y sombrío. De pronto, llueve. Y llueven gotas enormes, gotas como chuzos, los yaguas se resguardan en el salón recepción del gran hotel, oscuro en su amplitud y convertido en un improvisado mercadillo de collares y de anillos y de figuritas talladas en madera. Tsalikis los obligaba a salir vestidos con sus champas tradicionales para recibir a los turistas, ya saben: los que habrían de disfrutar con los bichos de la selva, con los monos, los reptiles, las grandes flores de loto, los indiecitos de la selva. A Tsalikis se le ocurrió esta gran idea a principios de los años setenta, cuando atrajo a varias familias yaguas al asentamiento conocido como Tucuchira y las hacía desfilar en champa, sus rostros maquillados con achiote, un arbusto del que extraen colorante, y dispuestos a posar para la foto: una gente de la que puedes saber algo más aquí. Una historia tan interesante que, a decir de los antropólogos, los yaguas, que ellos ni se llaman así, han moldeado su identidad en base a la publicidad de los operadores turísticos desde la época del inefable Tsalikis.

Yaguas en la Isla de los Micos, un tanto tristones

La verdad es que no veo tantos monos como se supone que debe de haber: unos cinco mil. Muy lejos de aquellos doce mil de antaño, pero suficientes para evocar los buenos tiempos de Tsalikis. Mike, acostumbrado a la aventura, se labró un nombre como cazador intrépido, un aventurero arriesgado y valiente que había sido sargento en el ejército norteamericano y era capaz de luchar sin nada más que sus manos con una boa constrictor sumergido bajo las aguas del Amazonas. En los mentideros se susurraban ciertos excesos, que si las pitones que enviaba a los EE.UU llevaban paquetes de cocaína, que el hotelito de los Micos era escenario de retorcidas depravaciones sexuales con cera ardiente y prostitutas, que iba a dejar los ríos y lagos sin los redonditos peces Disqus con tal de surtir acuarios como el Rainbow Aquarium de Chicago... Chismes, susurros, cuentos, quién sabe, historias tal vez derivadas de la envidia de sus vecinos, ecos distorsionados de la selva, tal vez todas mentiras, tal vez todas verdad...



Aunque Tsalikis negó siempre sus nexos con la cocaína lo cierto es que el polvo blanco le rondó desde la década de los setenta. Debió de notarlo cuando sus mejores guías y sus pilotos desaparecían tragados por la selva, rumbo al Putumayo, rumbo al Perú, rumbo a sueldos de ensueño pagados por empresarios dedicados a una extraña mercancía: el clorhidrato. No sabemos si Tsalikis, convertido ya en una especie de capitán Kurtz o capitán Kurtz (el de Coppola) se dejó llevar por el dinero fácil aunque parece que siempre demostró su asquito por los hippies, por las drogas y hasta por el tabaco. Él, que luchaba con sus puños contra pitones y anacondas y que regentaba en la distancia un zoológico en su Tarpon Springs natal con crías de iguanas, de boas y caimanes que enviaba desde el corazón de la selva. Tsalikis poseía otro hotel en Leticia, el Parador Ticuna, su máquina de hacer dinero parecía infinito hasta que el gobierno colombiano, a mitad de la década de los setenta, se plantó y prohibió el comercio de especies salvajes: un golpe en la línea de flotación del imperio Tsalikis que debió de dedicarse a cultivar la fama del patriarca y a publicitar sus hoteles como nuevo gran recurso.



El abandonado hotel de la Isla de los Micos en su interior

Pero el turismo era algo tan estacionario e imprevisible que pronto estuvo en bancarrota. A finales de la década tuvo que enviar a su familia, al menos seis niños y su segunda esposa, a Florida, y comenzó a pensar en una salida honrosa: estaba tremendamente bien relacionado, tenía una empresa de exportaciones y sufría una acuciante falta de liquidez. Alguien le ofreció ganar un millón de dólares a la semana: un millón de dólares en los setenta era mucho dinero. Tsalikis había probado de todo, carga de mercancías en grandes barcos, carne envasada rumbo a Europa, dicen que hasta confidente de la DEA (la agencia antidroga de los Estados Unidos). El primer aviso lo recibió cuando uno de sus aviones llegó a Bogotá con diez kilos de cocaína: sólo salió de la prisión cuando el piloto reconoció que eran suyos. Pero su descenso a los infiernos no tardaría en llegar: una noche, viendo la televisión en su casa de Leticia, vio con cierto susto que lo habían metido en una cárcel brasileña, en Manaos. Pero no podía ser porque él estaba en Leticia.



Corría el año 1988 cuando la oficina de la DEA en Bogotá recibió una carta anónima procedente de Cali, recordemos: en esa época la casa del poderoso Cártel de Cali, denunciando las actividades de Tsalikis: el barco Amazon Sky llevaría a bordo troncos de madera de cedro en cuyo interior habría cocaína. Sometieron al cónsul honorario a un seguimiento que terminó demostrando que sí, que los troncos iban rellenos, aunque Tsalikis nunca admitió que la carga fuera suya y se preguntó colérico que dónde estaba el dinero de toda una carrera dedicada al narco si sus cuentas estaban en rojo. Una vida fascinante, en todo caso, la de Tsalikis de la que puedes leer (en inglés) un poco más aquí: el diario de Tampa Bay.


Aunque la historia no ha acabado aún y tal vez los indios del hotel de la Isla de los Micos puedan recuperar la chispa de antaño porque el tal Mike se pasea ahora por la Florida con una pulsera GPS y la expectativa de recuperar la libertad que perdió hace tres décadas. Alguien le preguntó hace poco por sus planes. ¿Mis planes? ¡Volver a Leticia, qué más! En Leticia su nombre genera dudas: por un lado, el del narco que engañó a todos. Por otro, el del empresario visionario que desarrolló con su energía toda la región y que podría volver a hacerlo. Lo cierto es que la zona necesita recuperar el turismo porque la selva vuelve a sus fueros, las inundaciones se llevan por delante las pocas infraestructuras que quedan en pie y si hay alguien capaz de hacerlo es Tsalikis. Claro que el Tsalikis de los sesenta y que del de hoy nadie sabe apenas nada. Los indios miran ceñudos a la cámara, acostumbrados a sentirse piezas de un zoo humano, se retiran silenciosos por los corredores del hotel. La lluvia cae con estrépito y fuera suena el agudo grito de un mono. Uno de los miles de monos de Mike Tsalikis, el amante de las bestias salvajes que traficaba con ellas. Y quién sabe si con algo más.



José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com


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