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martes, 29 de julio de 2014

Viaje al mar del sur de China: las Spratlys son de Filipinas, y de China, y de Taiwan, y de Malaisia, y de Vietnam, y de Brunei...


Allá en el horizonte se esconden las doscientas islas de la discordia. Los vietnamitas las conocen como las islas de las 'Arenas Largas' (truong Sa), los chinos les dicen 'El archipiélago de las Arenas del Sur' (Naansha Qundao) y los filipinos 'Islas de la Libertad', o Kalayaan en tagalo. Los tres países consideran suyas unas islas que en algunos casos ni siquiera sobresalen de las aguas más que unos centímetros (en marea baja). Por si fuera poco, el extraño país de Brunei dice que algunas de esas islas son suyas, como el arrecife Louisa, Malaisia dice que el archipiélago se llama Kepulauan Spratley y lo reclama como suyo, Taiwan afea a los demás tanta ambición y dice que son los auténticos dueños de las Nansha Qundao (como chinos que son utilizan el mismo nombre que Pekín). Desde la isla de Palawan no acierto ni siquiera a intuirlas, a pesar de que la marea baja obliga al mar a retroceder cientos de metros (no exagero: cientos de metros). Pero ahí deben de estar, en el mar del sur de China, islas codiciadas por seis países y un motivo de fricción que puede acabar en un conflicto cuando menos se espere.


mar de China por Hachero

 Un extraño mar del que sobresalen islotes que desaparecen y florecen tallos verdes[/caption]



Entre las Filipinas y Vietnam sobresalen levemente del mar las islas Spratlys, el botín deseado por todos los vecinos del Mar del Sur de China (Cortesía de: http://www.dailymail.co.uk/news/article-2088414/Dispute-oil-rich-islands-South-China-Sea-escalate-state-state-conflict-U-S-admiral-warns.html)

Mi primo Joel, que es filipino, se indigna con la polémica: 'mira el mapa, están al lado de las Filipinas, está claro que son nuestras', se indigna con gesto adusto y regusto patriótico, '¿qué quieren esos chinos?'. Pues esos chinos, y aquellos vietnamitas, y aquellos malaisios, y hasta los taiwaneses y como se llamen los de Brunei quieren lo que quieren todos: petróleo, gas y pesca. Mucho petróleo, mucho más gas y aún más pesca: dicen los expertos que en esas aguas puede habitar una décima parte de la pesca de todo el planeta. Frunzo el ceño y miro el agua incrédulo cuando un alevín de pez espada se asoma para mirarme a su vez.

mar de China por Hachero


Para ponerlo sobre el papel: Brunei reclama el arrecife del sur del archipiélago, las Filipinas ocho islas del conjunto y parte del mar de China, un reclamo este último (el del mar de China) que choca frontalmente con las peticiones de los gobiernos de China, Vietnam y Taiwan. Un mar que para Pekín es de 'interés estratégico' y unas islas que, en honor a la verdad, están entre las Filipinas y Vietnam. El periodista y estratega norteamericano Robert D Kaplan encuentra similitudes entre el Caribe y este mar de China, no tanto en su estética (que también) sino en el papel que le permite jugar a una gran potencia. En el caso del Caribe fueron los Estados Unidos quienes lo conquistaron a finales del siglo XIX (a costa de España) y les dio impulso para lanzarse a la conquista del resto del planeta. Si a Washington le importó realmente poco eso de la soberanía nacional y plantó su bandera en Puerto Rico y en otras muchas islas, lo que vino a ser como poner una piscina en su patio trasero... Los chinos, que también leen historia (sobre todo porque tienen más que nadie) tienen ambiciones:sospechen mal y acertarán: eso de la cercanía en un mapa les importa un soberano pimiento. Se trata de geoestrategia, de liderazgo y de recursos energéticos.

mar de China por Hachero


Y para corroborar el enorme lío y que la fuerza tiene voz y voto en este conflicto internacional, basten estos datos: China ha ocupado por la fuerza ocho arrecifes del conjunto (que suman entre todos menos de una hectárea), Malaisia ha ocupado tres arrecifes y un banco de arena (además de construir una isla artificial), Filipinas tiene ocupadas siete islas, dos arrecifes y un islote, Taiwan posee una isla (la mayor del archipiélago, Itu Aba) y un arrecife, y por último Vietnam ha ocupado siete islas, quince arrecifes y tres bancos de arena. La mayor parte de esas ocupaciones son cayos o islotes sin mucha importancia, sobre todo porque casi todos sólo son visibles cuando baja la marea. El lugar es tan extraño que ni siquiera se sabe el número exacto de islas y los mapas compiten en mostrar puntos que bailan de un plano a otro.

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Visto el archipiélago desde el aire con el google earth se aprecian construcciones levantadas sobre algunas de las remotas islas
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Dice Kaplan en su último libro, 'Asia's Cauldron', que la aspiración de China a esta cadena de islas viene de lejos y que desde el siglo XV al XIX las dinastías Ming y Qing las incluyen en sus planos. Sin embargo, y con un mapa en la mano, los chinos parecen los menos indicados para reclamar nada. Pero la geopolítica y los intereses de una superpotencia en expansión como la china tienen otros razonamientos y aquí impera la fuerza. De hecho los chinos tienen un modo muy peculiar de reclamar las islas: la línea de la lengua de vaca, le dicen,  un mapa que el Kuomintang chino elaboró a mediados de siglo para justificar sus reclamaciones. En el plano, la línea zigzaguea por el mar del sur de China para, casualmente, acaparar todas sus aspiraciones y darles una consistencia de legalidad en una reclamación un tanto errática que, vista sobre el mapa, adopta esa forma: la de una lengua de vaca. Claro que la consistencia es débil, más allá de la fuerza militar de Pekín, y recuerda a la que Kaplan mencionaba antes, la del Caribe, donde no hubo ni siquiera este burdo intento. Los chinos parecen decir: es nuestro y sanseacabó. Los demás protestan, con poca esperanza de conseguir nada más que una mirada de desprecio, y acuden a la armada norteamericana para que les eche un capote y equilibre fuerzas. Pero cada día que pasa los chinos tienen un mayor potencia económico y pronto llegará el día en el que Pekín ocupe tranquilamente las islas sin que nadie le tosa. Todos los aspirantes tendrán que mirar desde el horizonte, rezar para que la superpotencia económica no les hunda sus economías y recordar cuando sus pescadores se paseaban por unas playas que nunca han dejado de ser un paraíso en la tierra (y un infierno cuando soplan esos tifones huracanados y el mar se levanta en maremotos desbocados).

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Kaplan no es el único en intuir tambores de guerra en la zona: Susan George, en su Informe Lugano, considera más que posible un enfrentamiento entre China y Taiwan, por un lado, y con Vietnam y Filipinas, por otra parte, a resultas de estas islas y Miguel García Reyes alude a fuentes rusas para cifrar entre 15.000 y 30.000 millones de barriles de petróleo el yacimiento que esconde el lecho de las Spratlys (ver su libro 'Estados Unidos, petróleo y geopolítica'). La literatura es abundante y coincidente en la posibilidad de la guerra y, al tiempo y paradójicamente, en su imposibilidad dada la gran superioridad de China en todos los sentidos. Mientras, los habitantes de Palawan, la tierra firme más cercana a las Spratlys, sobreviven como pueden, ahora un tifón, ahora un terremoto, más tarde el olvido del gobierno. Sus playas son paradisíacas, los turistas tienen para elegir El Nido, al norte de la isla, o el río subterráneo navegable más largo del mundo, además de naturaleza desatada y pesca y anacardos a espuertas, pero sometidos, por tanto, al capricho del turismo internacional, que aquí se ve como un maná y al tiempo como una maldición. Mi prima Carmen me regala, así de pronto, dos kilos de anacardos. 'Le vendrán bien para el viaje hasta España', me dice tan fresca que le beso la mano en agradecimiento. Si fallan los turistas, falla la economía de la isla y falla todo...

mar de China por Hachero

Los vietnamitas, volviendo al tema de las Spratlys, dicen que las islas son suyas con algo más de razón que los chinos porque están justo enfrente de sus costas y, además, los franceses las ocuparon durante la colonia de Indochina, por lo que, razonan en Vietnam, es la demostración más palpable de que la isla es nuestra. Para liar la cosa resulta que existen unos escritos del siglo XVII, de la dinastía Nguyen, que las mencionan como propias y se quejan de la falta de agua fresca en esos peñascos repartidos por el mar. Las islas, vistas desde el cielo con el googlemaps, ofrecen bellas estampas de atolones con tonalidades marinas de azules imposibles y sensación de aislamiento absoluto. En algunos casos pueden verse islas donde han construido pistas de aeropuerto tan grandes que duplican la misma longitud del islote, y en otros casos no puede verse absolutamente nada porque la zona está sombreada y se presume que habrá algún tipo de despliegue militar. El petróleo y el gas tienen su importancia pero dicen los expertos que aquí puede encontrarse una décima parte de la pesca de todo el planeta. Tanta es la tensión que los pesqueros chinos navegan acompañados de patrulleras chinas y que no hay semana en la que se produzca alguna fricción que haga temer lo peor a los geoestrategas del sudeste asiático. A ras de suelo no se adivinan esas tensiones y sí un mar de aguas transparentes con extrañas medusas que dormitan en el fondo con la cabeza hundida en la arena...

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Algunos islotes han sufrido remodelaciones que los han dejado irreconocibles, como esta isla filipina Kalaayan, mientras que otras, como la de abajo, aparece sombreada en los mapas, no vaya a verse qué hacen y quiénes...
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Pero si lo que reclaman los vietnamitas parece más coherente que las razones chinas, los filipinos lo rompen con un rápido vistazo al mapa: las islas están a tiro de piedra de Palawan, la isla de mis primos perdidos, el motivo de mi visita a las Filipinas y a Palawan. Claro que también son los más débiles de todos los vecinos, con un gobierno errático y perdido en corruptelas y luchas intestinas contra rebeldes musulmanes y terroristas islámicos radicales, como los que me contó el padre Max en Zamboanga (pincha aquí). Los filipinos tienen verdadera necesidad de acceder a los recursos energéticos y pesqueros de las Spratley pero no parece que sean los que se lleven el gato al agua. Los filipinos, como dije antes, llaman a las islas Kalayaan, que significa Tierra de la Libertad, o Freedomland, despreciando ese nombre tan lioso de Spratly, en homenaje a su supuesto descubridor, un tal Richard Spratley, capitán de un ballenero, y prefieren el nombre que les dio un millonario filipino, Tomás Cloma, que tomó posesión oficialmente en 1956. De hecho las Spratlys están tan cerca de Palawan que los habitantes de las exiguas islas van a Puerto Princesa para avituallarse y hasta el alcalde de Pagasa, uno de esos islotes, vive allí porque los tifones y las olas le impiden residir permanentemente en su hogar. Entre los filipinos la impresión es de que les han robado en sus propias narices y que no pueden hacer nada por evitarlo. Es más: tienen miedo de que les invadan Palawan y están convencidos de que, antes o después, ocurrirá. No tranquiliza saber que incluso los matones de Abu Sayyaf han sido capaces de atacar hoteles en esta estupenda isla y de trasladar a los rehenes al archipiélago de las Jolo y las islas Sulu, que no están precisamente cerca...

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Los taiwaneses también aspiran a pillar cacho. De momento tienen 140 hombres, según asegura Kaplan, en Itu Aba, la mayor de las Spratlys, y como buenos chinos que son, pero isleños, utilizan los mismos argumentos que sus acérrimos enemigos de Pekín. Las islas son nuestras y se acabó, y las razones se solapan con las de los chinos porque, no olvidemos, son los mismos chinos que los del continente, aunque en una isla desde que Mao Zedong expulsó a Chan Kai Shek a lo que hoy es Taiwan.

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La aspiración malaisia es más reciente y hay que remontarse a 1979 cuando Kuala Lumpur pareció caer en que perdía el paso si no reclamaba algo de este embrollo. Y qué decir de Brunei, que reclama como suyas dos arrecifes que están más cerca de Vietnam que de sus remotas costas. Pareciera como que el que no llora no mama en esta región. Y mientras mis primos le hincan el diente a un gran cangrejo que aquí llaman algo así como 'Cucracho', asisto atónito al vaciado de la marea.

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La marea baja en Palawan y parece que el agua huya de los humanos. Intento llegar a la orilla pero está tan lejos que me canso de andar y me siento en un charco a observar cómo los lugareños revuelven la arena en busca de mariscos. Sacan esponjas, cangrejitos, pequeños crustáceos y pienso entonces cómo en ese justo instante alguien en la gaditana playa de la Caleta hace exactamente eso mismo. Pero la marea aquí baja una barbaridad, si trasladara la proporción a Cádiz creo que podría andar desde el castillo de Santa Catalina hasta la mismísima base de Rota sin mojarme los pies. No me extraña entonces que haya tantos islotes que sólo asoman con marea baja. La marea baja aquí es realmente baja... Joel me observa divertido y recuerda que algunos de los islotes en disputa no son otra cosa que producto de la marea baja.

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Por si fuera poco el nivel de tensión que generan esas islas dispersas, las Spratly tienen una historia añadida que les confiere un puntito de marihuanero pasado de rosca. En 1914 un británico llamado James George Meads tomó posesión de algunas islitas, se nombró a sí mismo rey James I y estableció el que llamó Reino de la Humanidad, un reino efímero que desapareció durante la segunda guerra mundial, cuando los japoneses ejecutaron a la guardia real y pusieron a la fuga al heredero, el supuesto rey Franklin I. En 1959 un alemán oriental, Christopher Schneider, fundó la República de Morac Songreti Meads, un reino rival del de la Humanidad, aunque un tifón se lo llevó por delante y murió a principios de los setenta. (Aquí puedes encontrar información sobre la rivalidad de estos dos reinos) . Un lugar apto para orates de la otra parte del mundo que sufran accesos monárquicos y autoritarios de islote. Abandono Palawan sin poder pisar ninguno de los islotes, hacen falta muchos días para embarcarse en un pesquero o varios permisos para sobrevolarlos y no tengo más tiempo. La próxima vez será...

mar de China por Hachero

domingo, 9 de febrero de 2014

Viaje al Mundo de los Hacheros: con los Hacheros de Filipinas

Tan inquietante como un cartel borroso en la negrura de la noche del que sobresale, en mitad de una maraña de palabras en un idioma extraño, un nombre conocido: el mío. Porque, siendo francos: Hachero no es un apellido usual, puede que signifique algo en otro idioma pero resulta dudoso, parece que alguien se llame así, pero estoy lejos de mi casa, a once mil kilómetros, es casi imposible que algún primo mío se haya desplazado hasta aquí para montar un negocio inmobiliario. Pero ahí está: un cartel borroso en mitad de la noche con un nombre reconocible: el mío.

doña Herminia por Hachero
Doña Herminia Hachero
Durante décadas doña Herminia apuntó en un cuaderno fechas, datos, parentescos y relaciones. Envió cartas por todas las Filipinas, se desplazó para entrevistar a interlocutores relevantes, escrutar sus respuestas y desenmarañar una madeja mil veces liada. Su objetivo declarado: que las generaciones futuras conozcan sus raíces y se sepan parte de un linaje. Herminia sabía lo que se hacía: durante muchos años fue la supervisora general del sector educativo en la isla de Palawan, era toda una especialista en investigación y este plan, su plan vital, debía de resultar el nexo que uniría a todo un clan. El clan de los Hachero. El resultado no deja de resultar desconcertante: una larga lista de nombres y apellidos de la isla filipina de Palawan, relacionados con primos y parientes de otras islas, nombres ajenos, lejanos, entremezclados con apellidos típicamente asiáticos y con otros clásicos del castellano.

Hacheros por Hachero

Hacheros por Hachero
El señor Macolor Hachero me enseña el facsímil de la obra de su tía Herminia
Hachero por Hachero
Hachero por Hachero

Acudo a conocer a doña Herminia después de recorrer 11.000 kilómetros porque tengo algo que contarle: yo también soy Hachero pero no soy filipino. Doña Herminia me recibe en su humilde hogar en Puerto Princesa. Tiene casi noventa años y aunque conserva perfil en el facebook no parece ya tan interesada en una obsesión que le consumió años. Me saluda atenta y sonriente, aunque un tanto confusa, se sienta en una silla y me pide que me eche a un lado: le tapo la televisión. En la pantalla unos delfines saltan alegres en una piscina. La edad no pasa en vano y doña Herminia dejó de interesarse por el extraño apellido Hachero hace ya tiempo, me dice su sobrina. Ahora prefiere ver documentales de animales mientras, de cuando en cuando, lanza una mirada curiosa a ese extranjero que dice llevar su apellido.

Hachero por Hachero
Yo mismo con doña Herminia y su sobrino, Joel, en Puerto Princesa, Filipinas
Me llamo José Luis Sánchez Hachero y decidí viajar a la otra parte del mundo tras encontrar una página en el facebook dedicada al clan de los Hachero. ‘¿Cómo?’, pensé entonces, ‘¿el clan de los Hachero?’. Debía de haber un error: los Hachero procedemos de Cartaya, al sur de la provincia de Huelva, en España, un apellido minoritario y casi de culto, todos los que llevamos semejante patronímico estamos relacionados de un modo u otro, no es posible que exista un Clan de los Hachero que se exprese en inglés, sus integrantes tengan rasgos asiáticos y aseguren que el apellido es típico de las Filipinas. Y como no es posible pero al tiempo sí lo era, decidí hacerles una visita.

Hachero por Hachero
En casa de Antonietta Hachero, en Zamboanga, a mi lado Arnold Hachero
Arnold me mira desconfiado: ¿quién es este?, parece decir con la mirada. Me observa silencioso, apenas suelta palabra. Creo que está flipando. Ha esperado pacientemente a las puertas del aeropuerto de Zamboanga, en la isla de Mindanao, al sur de las Filipinas, a que un extranjero venido de la otra parte del mundo desembarque para que le llame ‘primo’. El extranjero tiene la piel pálida, es rubio y tiene los ojos verdes. Arnold tiene la piel tostada, es moreno y de ojos negros. Uno es español: el otro, filipino. Arnold nació en la isla de Mindanao. El otro, que soy yo, en Huelva. Pero ambos tenemos una afinidad en el apellido: somos Hachero. Y según la web www.apellidosdeespaña.com, pulsa aquí para verlo, es uno de esos apellidos raros porque tan sólo hay censados 134 personas como paterno y otros 153 como materno.

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
Marie Fay Hachero, en el municipio de Pavia, Ilo Ilo, muestra su identificación

Pero Arnold no es el único ‘primo’ que encuentro. Los Hachero se han multiplicado prolíficamente, siguiendo el mandato bíblico, puedo encontrarlos en la capital de las Filipinas, en Manila, pero también en Mindanao, en Ilo Ilo, capital de las Bisayas, en la isla de Palawan y en la de Coron. Pero no sólo ahí: en Hong Kong residen varias filipinas, que también han colonizado Corea del Sur, Singapur, Líbano, Italia, Reino Unido y hasta los Estados Unidos. Un amplio contingente proveniente en su totalidad de las Filipinas, que exporta trabajadores muy estimados por los empresarios de medio mundo, trabajadores relacionados sobre todo con el servicio doméstico y la marinería pero también sanitarios y personal cualificado. Los Hacheros filipinos se han expandido por medio mundo mientras que los supuestamente originales, los españoles, tenemos una marcada tendencia al inmovilismo patrio. Al menos los de la actualidad.

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Porque hasta llegar a las Filipinas, los Hachero habían hecho escala, como poco, en México. Según los legajos del Archivo de Indias, Juan Martín Hachero, un vecino de Cartaya, pasó en 1608 a la Nueva España, que era entonces el nombre de México, se supone que con el ánimo de colonizar, y, años después, en 1634, un tal Francisco Salazar Hachero, que debía ser pariente de aquel Juan Martín, ostentaba el título de Procurador General de Nuevo México y Regidor de Santa Fe. El tal Francisco Salazar Hachero, como ya conté en este otro post, estuvo envuelto de algún modo en el asesinato nada menos que del gobernador, un corrupto abusica llamado Luis de Rosas, y su caso pasó a la historia porque en 1643 fue decapitado siguiendo la sentencia judicial que lo encontró culpable. Y debía de ser Hachero, sin duda alguna, porque, siguen las crónicas, los matarifes no podían cortarle el cuello debidamente y él mismo solicitó que afilasen bien el cuchillo, ‘¡por el amor de Dios, sáquenme de esta miseria!’, exclamó, y cuando su cabeza rodó calle abajo dicen que el tal Hachero, que rezaba el rosario durante su horrorosa ejecución, estaba tan metido en sus oraciones que la testa, ya sin cuerpo, siguió entonando el sonsonete religioso.

Aquí explican más ampliamente el drama del capitán Salazar Hachero

Y aquí los abusos del gobernador Rosas, que originaron la muerte del capitán Salazar Hachero.

Hachero por Hachero

Es de pensar que con su decapitación no se acabó el apellido Hachero porque en algún momento que a todos se nos escapa algún descendiente de Juan Martín Hachero y de Francisco Salazar Hachero aparecieron en las Filipinas. Nada raro porque, de hecho, la ruta comercial que cruzaba el Pacífico se inauguró en 1565 y unía Acapulco y Puerto Vallarta con Manila, fue conocida con el nombre genérico del ‘Galeón de Manila’ y cubría el trayecto al menos dos veces por año. Además la línea comercial Acapulco Manila se mantuvo hasta 1815 y se convirtió en una de las más largas de la historia (dos siglos y medio), hasta que la guerra de la independencia de México la mandó al traste. Con una actividad tan febril, y Juan y el decapitado Francisco danzando por Nueva España, no es de extrañar que algún descendiente del que no ha quedado rastro se embarcara hacia tierras más occidentales.

Hachero por Hachero
Los hermanos Aaron y Arnold Hachero en Zamboanga, Mindanao
Por eso Arnold me mira inquieto. Vive en Zamboanga, al sur de la isla de Mindanao, una ciudad conocida como ‘Capital latina del sudeste asiático’, donde los españoles levantaron un gran fuerte para luchar contra los musulmanes y donde todavía hablan una extraña variedad del castellano: el chabacano. Y me mira de arriba abajo: ¿cómo puede ser este hombre mi primo? Y eso digo yo: ¿cómo Arnold puede ser mi primo? Pero es Hachero, de eso no cabe duda, y como muestra de hospitalidad me regala una camiseta deportiva con un enorme HACHERO 50 a sus espaldas. Su hermano Aaron, un botánico que trabaja para el gobierno, me recibe en su despacho con la boca abierta, me observa con una sonrisa nerviosa y, horas después, me buscará acompañado de su hija adolescente, que me mira como el que asiste a una aparición mariana. Creo que no tienen muy claro eso del parentesco pero la situación les parece divertida y da pábulo a vaciar varias cervezas San Miguel (cuyo origen es filipino, por cierto, fundada en 1890 en Manila...)

Hachero por Hachero
Con Shirley, Florwena y Gina Hachero en Hong Kong
Hachero por Hachero

El viaje a las Filipinas había comenzado unos días atrás en China, cuando Shirley, Florwena y Gina me dieron cita en la isla central de Hong Kong, aprovechando que el domingo es el día libre de las 150.000 filipinas que trabajan en la ciudad. Todas ellas Hachero, por supuesto. Nos miramos, nos volvimos a mirar, nos examinamos cuidadosamente intentando encontrar algo que nos uniera más allá de ese apellido tan raro que ellos consideraban filipino y yo español. '¿Seguro que el apellido es de España?', me pregunta Shirley en el Peak, el punto más alto de Hong Kong. Pues sí, le respondo, y según Vicente de Cadenas, que es toda una referencia en esto de la genealogía, se trata de un apellido proveniente de Ávila, con un escudo de blasón un tanto simplón, un hacha de oro encabada de sable y puesta en palo. Claro que incluso eso es dudoso porque en Ávila, curiosidades de la vida, no hay ni un solo Hachero que yo haya podido encontrar...

Hachero por Hachero
Lannie y Fe Hachero en Pavía
Hachero por Hachero
Este señor se llama Pedro Hachero
Aurora Hachero Badillo, la hermana de Arnold y Aaron, vive en Edimburgo, en Escocia, donde trabaja en el sector sanitario, y me telefonea casi a diario los días previos a mi viaje. Quiere que todo esté atado y bien atado para que pueda conocer al mayor número de Hacheros. Ha telefoneado a sus hermanos de Mindanao, a sus primos de Ilo Ilo, a sus parientes de Palawan. Aurora guarda un facsímil del trabajo de su prima Herminia y también alucina con esto de tener primos en España. El blasón de Vicente de Cadenas y la supuesta hidalguía de los Hacheros de la Edad del Oro importan poco aquí. Porque, y como de súbito, resulta que los Hacheros son hidalgos desde hace tiempo, nada relevante porque los hidalgos son nobles sin título, 'hijo de algo', que indicaba que venía de una familia de posibles aunque venidos a menos. Según un expediente de la villa de Cartaya de 1793 “…Y en la clase de tales hijos dalgo notorios he encontrado a don Diego Martín de Hachero, a don Bernardo Martín de Hachero y a don Domingo Martín de Hachero…”

Hachero por Hachero
Rustum Hachero en las Bisayas
Un disgusto, imagino, para aquellos aspirantes a nobles de medio pelo eso de mezclar la sangre con tanta etnia indígena como tuvieron que encontrar en sus viajes por medio mundo (literalmente). El caso es que ya a Filipinas pudieron llegar mezclados, y los Hacheros filipinos se remontan a una tal Margarita como causante de parte de esta explosión tropical de tan reducido apellido. Los Hacheros actuales de las Filipinas llevan nombres tan peregrinos como Ceferina, Pamfila, Apolonia, Socorro o Cristiana, reminiscencias de los tiempos de la colonia, nombres castellanos antiguos que apenas se usan ya en nuestro suelo pero que, no obstante, siguen teniendo vigencia a tantos miles de kilómetros. Aurora menciona también a la tal Margarita, una mestiza proveniente de la Nueva España, aunque en ningún documento se prueba que la tal Margarita portara con ella nada más que un montón de bodas y casamientos...

Hachero por Hachero
Cleofe Hachero, en Ilo Ilo
Los Hachero de Mindanao son más. Antonietta y su esposo Bienvenido me invitan a una cena familiar en su humilde hogar a las afueras de Zamboanga. En el menú, cucracha, unos espectaculares cangrejos abiertos, adobo, arroz, y toda la familia Hachero. No ha podido venir Aaron Hachero, el botánico, muy ocupado con su trabajo, pero sí está el menor de la familia, Arnel, un simpático bohemio que vive para cuidar a sus cinco hijos y con el que acabo tomando cerveza tras cerveza. Todos nos miramos con admiración, se preguntan qué hace ese tipo ahí, ese Hachero del que nunca sospecharon nada antes, un tipo que además no se les parece en nada. Ninguno parece saber de dónde proviene su apellido y se asombran al imaginar un pequeño pueblo blanco de paredes encaladas donde los vecinos compartan un lejano eco genético. Zamboanga es hoy una ciudad apartada de las Filipinas, sometida a la tensión del conflicto que enfrenta al gobierno de Manila con grupos insurgentes que pretenden la secesión de Mindanao (el Frente Moro Islámico) y con grupos de terroristas que secuestran extranjeros y los pasan a cuchillo (Abu Sayyaf, muy relacionado con Al Qaeda), un lugar con magia en el ambiente y ningún turista en sus espectaculares playas. Un lugar donde los Hachero viven vidas normales, Arnold juega a los bolos los sábados, Aaron rellena formularios sobre plantas, Antonietta vigila la educación de su hija adolescente, Arnel dejó el trabajo para cuidar en exclusiva a sus cinco hijos, Aurora, la emigrada, llama por el skype desde la lejana Escocia...

 Hachero por Hachero

Los primeros encuentros en las Filipinas son tan satisfactorios como desconcertantes. En mi interior no dejo de preguntarme: ‘¿qué hago aquí?’. En Zamboanga estoy casi atrapado, no puedo pasear solo por la ciudad porque el peligro es tan evidente que los terroristas de Abu Sayyaf se dedican ya a secuestrar a sus vecinos musulmanes porque los turistas no se acercan a la región. Al menos, me digo, he conocido a estas cuatro familias Hachero, que habré de unir a los que residen en España, recordemos: en total, 287 personas, lo que nos lleva a ocupar el puesto 20.862 en el ranking de apellidos españoles, con predominio importante en la provincia de Huelva, donde es el 614 más frecuente, con 93 personas censadas con este apellido como paterno y otras 98 como materno, lo que quiere decir que casi el 70%, concretamente el 69,4%, residen en Huelva, y casi afinando algo más podríamos decir que en Cartaya. (20.887 según este listado: http://es.scribd.com/doc/134426152/apellidos-frecuencia).

Hachero por Hachero


Unas cifras ridículas a tenor de lo que me esperaba en mi siguiente escala. A mis paisanos de Huelva, y a los de Cartaya, debo anunciarles una triste noticia. Si en España lideran el número de Hacheros, en el planeta no. Pavía es un municipio de la provincia de Ilo Ilo, en la isla Panay, el centro del archipiélago de las Bisayas. Un hervidero de calles de exuberante vegetación, humildes casas de madera y niños que ocupan las carreteras para jugar a la pelota. A las puertas del aeropuerto me espera Maria Fe con su hermano Rodolfo, ambos Hachero, por supuesto, y ambos encantados de descubrir que alguien al otro lado del mundo lleva ese apellido tan raro. 'Bueno, no tanto', me cuenta, 'por aquí somos cientos'.

Hachero por Hachero

Y así es: situada en una vereda repleta de vegetación en un barrio muy modesto los vecinos se acercan a saludar al extranjero. 'Mira, esta es mi tía Florencia', 'aquella de allí es mi prima Pacita', los niños se multiplican en la oscuridad, ¿todos son Hachero?, pregunto a Maria Fe, '¡¡todos!!'. Los Hachero han alcanzado aquí su máxima expresión, tal vez a la par de la frondosa vegetación y la bochornosa humedad. ‘Todo este terreno’, dice la locuaz Fe, era la vía del tren pero la arrancamos y construimos nuestras casas....’ El hogar de Fe es un hervidero de tíos, primos y hermanos que vienen a saludarme, los planes se multiplican y mi agenda se colapsa ante la cascada de invitaciones, cenas y presentaciones que me deparan los próximos días. El calor es, además, aplastante y el muestrario de mesas repletas de delicatessen locales me causa estupor y varios kilos de más...

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
Mi prima Lanie me relata sus años en Egipto, al servicio de un poderoso amigo de Hosni Mubarak, mi prima Vivian se escapa de su trabajo en una biblioteca para acompañarme buscando iglesias raras, mi primo Rodolfo abandona todas sus obligaciones para hacerme de chófer, Fe muestra orgullosa el aula donde imparte clases y me presenta a decenas de pequeños que llevan, no menos orgullosos, el apellido de marras. El resultado es desconcertante. A la voz de ‘Hacheros, please’, las pequeñas sillas rayan el suelo, cuerpos menudos atraviesan sonrientes las aulas, me agarran la mano y se la llevan a la frente en señal de respeto. En Pavia, Ilo Ilo, los Hacheros son cientos y debo despedirme de ellos con lágrimas en los ojos, casi escapando abrumado por tanta hospitalidad. Los encontré en fiestas de adolescentes que tocaban la guitarra, conocí a Jaime Hachero, quien a sus noventa y seis años aún arregla los desperfectos de la casa, compartí chistes con Pedro Hachero, que porta una estupenda mata de pelo a sus setenta y cinco años, incluso canté una canción junto a Rustum, quien trabaja como personal en el aeropuerto de Ilo Ilo.

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
En Pavía los Hachero salen de las clases para saludarme
Palawan será mi último destino. Mi interés en Herminia resulta evidente: es la integradora del apellido en las Filipinas, la que ha realizado el mayor esfuerzo en mantener unido el clan. Proveniente de Coron, una paradisíaca isla al norte de Palawan, Herminia, como dije al principio, no tiene ya interés en estas cosas tan mundanas. Por eso será Joel quien me acompañe en el deambular por Puerto Princesa, un deambular que me llevará al río subterráneo navegable más largo del mundo y al parque más kitch que haya visto nunca.

Hachero por Hachero
Mi primo Joel en el parque Baker's Hill

El viaje llega a su fin y aún me deparará alguna sorpresa. Mi prima Bea, Olivia Hachero en realidad, me mostrará las artes del karaoke y sus primas, todas Hachero de cierta edad, me demostrarán lo rocambolesco del viaje genético. ‘Hello, I am Carmen Hachero’, me dice una señora a la que identifico más cerca de los aborígenes australianos que a los mismísimos filipinos (no habré de decir de Huelva). Todo un shock porque aquel rostro austral no refleja para nada el de mi señora madre, que, cosas del destino, se llama exactamente igual. Carmen me despedirá en el aeropuerto de Puerto Princesa con dos grandes bolsas de anacardos, el fruto local. ‘Para su familia’, me dice mientras imagino la escena al revés, la Carmen Hachero de Cartaya despidiendo a una prima filipina mientras le entrega una cajita de fresas y un jamón de Jabugo...

Hachero por Hachero

martes, 4 de febrero de 2014

Viaje a Palawan: las pinturas de Don Schloat y mi primo Asuero Hachero, héroe de la guerra con el Japón



Cuando Don Schloats consiguió huir de la prisión que lo tenía consumido y convertido en apenas algo más que un saco de huesos animado por un pellejo milagrosamente vivo no podía sospechar que convertiría en obsesión el momento más trágico de su vida. Tampoco podía sospechar que pintaría convulso fuego y llamas, rememorando en una espiral sin fin el día que marcó el fin de sus compañeros, un fin que pudo ser el suyo, un fin de dolor, de mucho dolor, y de indignidad. Un fin que dejó atrás pero que le acompañó durante el resto de la vida.

Palawan por Hachero
Mi primo Asuan Hachero, en la segunda fila, a la mitad, en el memorial de los héroes de la Segunda Guerra Mundial en las Filipinas

Corría la década de los años cuarenta y Don era uno de los cientos de presos norteamericanos que el ejército japonés retenía, y torturaba, en el campo conocido como 10-A, en la remota isla filipina de Palawan mientras el imperio del sol naciente se expandía a sangre y fuego por toda la fachada asiática del Pacífico. Tampoco podía sospechar en aquel momento el bueno de Don que su nombre quedaría grabado, heroico y admirado, junto a un pretendido pariente lejano de este que les escribe, perdido en la historia y en la memoria, un tipo filipino y que murió de edad avanzada y hace poco además, un tal Asuero Hachero, un Hachero pero un Hachero filipino, miembro de la sección de Inteligencia que permitió la derrota nipona y el regreso triunfal de las tropas norteamericanas al teatro del sudeste asiático. Su hija, Carmen, me comenta en Puerto Princesa que está muy orgullosa de su padre porque fue un héroe de guerra que ayudó tanto a las tropas filipinas, escasas y mal paradas, como a las de los Estados Unidos. Desgraciadamente Carmen no sabe mucho más y la historia de Asuero parece haberse ido a la tumba con él.

Palawan por Hachero

Mientras los norteamericanos calibraban la repercusión de la bomba atómica y dónde debería caer para que el vil Hiro Hito detuviera el avance de unas tropas que dejaba en juego de niños el de los nazis, el pobre Don notaba cómo la carne de su cuerpo permitía el paso de la luz, cómo las costillas querían salir de su pecho y cómo su vida era pasto de la llama eterna de la miseria que habrá de consumirnos a todos. Y junto a su desgracia, la de decenas de compañeros de cautiverio, sodados gringos todos ellos, recluidos en unos inmundos barracones en los que la indigencia les consumía alma y pensamientos. Tan sólo recibían un tazón de arroz y una batata cocida al día, y eso si trabajaban porque los renqueantes veían reducidas sus raciones en un treinta por ciento. Los robos de comida se castigaban colgando a los cacos de los cocoteros y atizándoles con grandes palos. Los prisioneros enfermos de malaria, de pelagra, de beriberi, sufrían terribles úlceras y encima recibían palos de envergadura que les provocaban nuevas úlceras y heridas sangrantes. Los prisioneros debían acondicionar un enorme terreno como pista de aterrizajes y en cualquier momento podían trasladarlos a Manila, donde reinaban los japos. Don, en un arrebato, intentó huir y fue capturado por los japoneses quienes, en lugar de ejecutarlo, decidieron enviarlo preso a la capital. Atrás dejó a unos compañeros a los que no vio más. En el museo dedicado a recordar aquellos hechos, todo rezuma tragedia. La encargada muestra la fotos con un puchero, su labio interior tiembla, parece que la tristeza de aquellos días sea parte de su vida diaria.

Palawan por Hachero

Espoleados por los continuos vuelos de aviones norteemericanos por las inmediaciones de la isla, dicen las crónicas del estricto museo de Puerto Princesa que los norteamericanos, al más puro estilo hollywdiense, comenzaron a excavar un túnel que desembocara en el cercano mar de la China pero dicen también que los japoneses, excelsos en su refinada crueldad pero retorcidos como ellos solos, descubrieron el plan y les dejaron seguir con él. Y dicen las crónicas también que conforme los rumores de contraataque norteamericano se incrementaban, y crecía la inquietud japonesa, los prisioneros, cada día más escuálidos, renovaron sus pocas energías para terminar el túnel que simbolizaba su esperanza. Y dicen más las crónica: que los soldados de Hiro Hito les hicieron llegar un falso aviso de invasión norteamericana para que los desesperadosy esqueléticos reos precipitaran su huída.

Palawan por Hachero
Los once supervivientes se reunían para charlar sobre sus recuerdos
Y entonces, y sólo entonces, atacaron con lanzallamas y bombas incendiarias a los ilusos prisioneros, que murieron achicharrados en el estrecho túnel en el que habían depositado sus esperanzas. Los que asomaban la cabeza recibían bayonetazos y disparos y el lugar debió parecer pronto el mismísimo infierno. La historia se completa con la victoriosa huida de once de aquellos reos, a merced de las olas del mar, con anécdotas tan extravagantes como la del pobre Rufus Smith, atacado por un tiburón junto a unos manglares, once supervivientes de una terrible historia que se pierde en el marasmo de pequeñas historias que la segunda guerra mundial deparó en estas tierras. Sin haberlo vivido sino en sueños, Don Scholat aún tiene pesadillas con el túnel en llamas, el olor de sus camaradas chamuscados, las costillas pugnando por escapar de su pecho.

Palawan por Hachero
El pobre Rufus huyó a nado del fuego y le mordió un tiburón
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Y lo recuerda con tanta intensidad, sin haberlo vivido, que ha dedicado el resto de su vida a pintar llamas, fuego desbocado, fauces abiertas, horror con olor a chamusquina. Tanto que en la plaza del Cuartel General se levanta, extraña y un tanto kitsch, una estatua que evoca una llamarada, un grito que es una súplica, un acaben con esto por Dios, hagan que la historia, por una vez, no se repita.

Palawan por Hachero

Palawan por Hachero
Los rostros de los ocurrentes y sanguinarios japoneses durante el juicio que afrontaron tras la derrota
Palawan por Hachero

Y, para terminar de esparcir un desagradable olor a quemado, las fotografías en blanco y negro de aquellos terribles días nos regalan los rostros de los oficiales japoneses que planearon la masacre, rostros que miran a la cámara con una mezcla de qué pasa contigo junto a no sé qué me pasó por la cabeza para semejante burrada, rostros de reos que van a ser juzgados en Yokohama por su crueldad y que hoy nos cuesta identificar con esos turistas tan amables y educados que bajan la mirada avergonzados porque te han rozado camino de la Giralda sevillana. Cuesta tanto aceptar aquellas guerras que Don, al regresar a la isla, quedó deslumbrado por una belleza que nunca se detuvo a mirar durante su gris cautiverio.

Palawan por Hachero

En algún momento un Hachero, de nombre Asuero, trabajó con denuedo para que los japoneses volvieran a sus casas con sus santas madres, mientras sus parientes, los de Asuero, los Macolor, primos en la distancia que les separaba en ese momento de la historia, también han quedado inmortalizados, amenazados por los nipones con la muerte en cuanto fueran descubiertos, según asegura Joel, otro Hachero, y Macolor tambiėn, mi guía en Puerto Princesa, serio y circunspecto mientras señala el nombre en el memorial de aquellos días que hoy se levanta en la calurosa capital de la filipina isla de Palawan. Joel no parece darle mucha importancia a aquellos días y como muestra se prueba un casco japonés, original y auténtico, mientras admira de lejos las balas de las ametralladoras aliadas, no vaya a dispararse sin querer una última ráfaga asesina. He llegado tarde para conocer a Asuero, el Hachero que participó en la guerra contra los japoneses desde los servicios de inteligencia. 'Murió hace cinco años', dice taciturna su hija.

Palawan por Hachero


Don Schloat, el pintor de las llamas (en inglés)

http://www.the-two-malcontents.com/2009/12/veteran-won’t-let-philippine-massacre-be-forgotten/

http://www.geocities.com/Heartland/Plains/5850/prisoners.html

http://www.historynet.com/american-prisoners-of-war-massacre-at-palawan.htm

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