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domingo, 9 de febrero de 2014

Viaje al Mundo de los Hacheros: con los Hacheros de Filipinas

Tan inquietante como un cartel borroso en la negrura de la noche del que sobresale, en mitad de una maraña de palabras en un idioma extraño, un nombre conocido: el mío. Porque, siendo francos: Hachero no es un apellido usual, puede que signifique algo en otro idioma pero resulta dudoso, parece que alguien se llame así, pero estoy lejos de mi casa, a once mil kilómetros, es casi imposible que algún primo mío se haya desplazado hasta aquí para montar un negocio inmobiliario. Pero ahí está: un cartel borroso en mitad de la noche con un nombre reconocible: el mío.

doña Herminia por Hachero
Doña Herminia Hachero
Durante décadas doña Herminia apuntó en un cuaderno fechas, datos, parentescos y relaciones. Envió cartas por todas las Filipinas, se desplazó para entrevistar a interlocutores relevantes, escrutar sus respuestas y desenmarañar una madeja mil veces liada. Su objetivo declarado: que las generaciones futuras conozcan sus raíces y se sepan parte de un linaje. Herminia sabía lo que se hacía: durante muchos años fue la supervisora general del sector educativo en la isla de Palawan, era toda una especialista en investigación y este plan, su plan vital, debía de resultar el nexo que uniría a todo un clan. El clan de los Hachero. El resultado no deja de resultar desconcertante: una larga lista de nombres y apellidos de la isla filipina de Palawan, relacionados con primos y parientes de otras islas, nombres ajenos, lejanos, entremezclados con apellidos típicamente asiáticos y con otros clásicos del castellano.

Hacheros por Hachero

Hacheros por Hachero
El señor Macolor Hachero me enseña el facsímil de la obra de su tía Herminia
Hachero por Hachero
Hachero por Hachero

Acudo a conocer a doña Herminia después de recorrer 11.000 kilómetros porque tengo algo que contarle: yo también soy Hachero pero no soy filipino. Doña Herminia me recibe en su humilde hogar en Puerto Princesa. Tiene casi noventa años y aunque conserva perfil en el facebook no parece ya tan interesada en una obsesión que le consumió años. Me saluda atenta y sonriente, aunque un tanto confusa, se sienta en una silla y me pide que me eche a un lado: le tapo la televisión. En la pantalla unos delfines saltan alegres en una piscina. La edad no pasa en vano y doña Herminia dejó de interesarse por el extraño apellido Hachero hace ya tiempo, me dice su sobrina. Ahora prefiere ver documentales de animales mientras, de cuando en cuando, lanza una mirada curiosa a ese extranjero que dice llevar su apellido.

Hachero por Hachero
Yo mismo con doña Herminia y su sobrino, Joel, en Puerto Princesa, Filipinas
Me llamo José Luis Sánchez Hachero y decidí viajar a la otra parte del mundo tras encontrar una página en el facebook dedicada al clan de los Hachero. ‘¿Cómo?’, pensé entonces, ‘¿el clan de los Hachero?’. Debía de haber un error: los Hachero procedemos de Cartaya, al sur de la provincia de Huelva, en España, un apellido minoritario y casi de culto, todos los que llevamos semejante patronímico estamos relacionados de un modo u otro, no es posible que exista un Clan de los Hachero que se exprese en inglés, sus integrantes tengan rasgos asiáticos y aseguren que el apellido es típico de las Filipinas. Y como no es posible pero al tiempo sí lo era, decidí hacerles una visita.

Hachero por Hachero
En casa de Antonietta Hachero, en Zamboanga, a mi lado Arnold Hachero
Arnold me mira desconfiado: ¿quién es este?, parece decir con la mirada. Me observa silencioso, apenas suelta palabra. Creo que está flipando. Ha esperado pacientemente a las puertas del aeropuerto de Zamboanga, en la isla de Mindanao, al sur de las Filipinas, a que un extranjero venido de la otra parte del mundo desembarque para que le llame ‘primo’. El extranjero tiene la piel pálida, es rubio y tiene los ojos verdes. Arnold tiene la piel tostada, es moreno y de ojos negros. Uno es español: el otro, filipino. Arnold nació en la isla de Mindanao. El otro, que soy yo, en Huelva. Pero ambos tenemos una afinidad en el apellido: somos Hachero. Y según la web www.apellidosdeespaña.com, pulsa aquí para verlo, es uno de esos apellidos raros porque tan sólo hay censados 134 personas como paterno y otros 153 como materno.

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
Marie Fay Hachero, en el municipio de Pavia, Ilo Ilo, muestra su identificación

Pero Arnold no es el único ‘primo’ que encuentro. Los Hachero se han multiplicado prolíficamente, siguiendo el mandato bíblico, puedo encontrarlos en la capital de las Filipinas, en Manila, pero también en Mindanao, en Ilo Ilo, capital de las Bisayas, en la isla de Palawan y en la de Coron. Pero no sólo ahí: en Hong Kong residen varias filipinas, que también han colonizado Corea del Sur, Singapur, Líbano, Italia, Reino Unido y hasta los Estados Unidos. Un amplio contingente proveniente en su totalidad de las Filipinas, que exporta trabajadores muy estimados por los empresarios de medio mundo, trabajadores relacionados sobre todo con el servicio doméstico y la marinería pero también sanitarios y personal cualificado. Los Hacheros filipinos se han expandido por medio mundo mientras que los supuestamente originales, los españoles, tenemos una marcada tendencia al inmovilismo patrio. Al menos los de la actualidad.

Hachero por Hachero

Porque hasta llegar a las Filipinas, los Hachero habían hecho escala, como poco, en México. Según los legajos del Archivo de Indias, Juan Martín Hachero, un vecino de Cartaya, pasó en 1608 a la Nueva España, que era entonces el nombre de México, se supone que con el ánimo de colonizar, y, años después, en 1634, un tal Francisco Salazar Hachero, que debía ser pariente de aquel Juan Martín, ostentaba el título de Procurador General de Nuevo México y Regidor de Santa Fe. El tal Francisco Salazar Hachero, como ya conté en este otro post, estuvo envuelto de algún modo en el asesinato nada menos que del gobernador, un corrupto abusica llamado Luis de Rosas, y su caso pasó a la historia porque en 1643 fue decapitado siguiendo la sentencia judicial que lo encontró culpable. Y debía de ser Hachero, sin duda alguna, porque, siguen las crónicas, los matarifes no podían cortarle el cuello debidamente y él mismo solicitó que afilasen bien el cuchillo, ‘¡por el amor de Dios, sáquenme de esta miseria!’, exclamó, y cuando su cabeza rodó calle abajo dicen que el tal Hachero, que rezaba el rosario durante su horrorosa ejecución, estaba tan metido en sus oraciones que la testa, ya sin cuerpo, siguió entonando el sonsonete religioso.

Aquí explican más ampliamente el drama del capitán Salazar Hachero

Y aquí los abusos del gobernador Rosas, que originaron la muerte del capitán Salazar Hachero.

Hachero por Hachero

Es de pensar que con su decapitación no se acabó el apellido Hachero porque en algún momento que a todos se nos escapa algún descendiente de Juan Martín Hachero y de Francisco Salazar Hachero aparecieron en las Filipinas. Nada raro porque, de hecho, la ruta comercial que cruzaba el Pacífico se inauguró en 1565 y unía Acapulco y Puerto Vallarta con Manila, fue conocida con el nombre genérico del ‘Galeón de Manila’ y cubría el trayecto al menos dos veces por año. Además la línea comercial Acapulco Manila se mantuvo hasta 1815 y se convirtió en una de las más largas de la historia (dos siglos y medio), hasta que la guerra de la independencia de México la mandó al traste. Con una actividad tan febril, y Juan y el decapitado Francisco danzando por Nueva España, no es de extrañar que algún descendiente del que no ha quedado rastro se embarcara hacia tierras más occidentales.

Hachero por Hachero
Los hermanos Aaron y Arnold Hachero en Zamboanga, Mindanao
Por eso Arnold me mira inquieto. Vive en Zamboanga, al sur de la isla de Mindanao, una ciudad conocida como ‘Capital latina del sudeste asiático’, donde los españoles levantaron un gran fuerte para luchar contra los musulmanes y donde todavía hablan una extraña variedad del castellano: el chabacano. Y me mira de arriba abajo: ¿cómo puede ser este hombre mi primo? Y eso digo yo: ¿cómo Arnold puede ser mi primo? Pero es Hachero, de eso no cabe duda, y como muestra de hospitalidad me regala una camiseta deportiva con un enorme HACHERO 50 a sus espaldas. Su hermano Aaron, un botánico que trabaja para el gobierno, me recibe en su despacho con la boca abierta, me observa con una sonrisa nerviosa y, horas después, me buscará acompañado de su hija adolescente, que me mira como el que asiste a una aparición mariana. Creo que no tienen muy claro eso del parentesco pero la situación les parece divertida y da pábulo a vaciar varias cervezas San Miguel (cuyo origen es filipino, por cierto, fundada en 1890 en Manila...)

Hachero por Hachero
Con Shirley, Florwena y Gina Hachero en Hong Kong
Hachero por Hachero

El viaje a las Filipinas había comenzado unos días atrás en China, cuando Shirley, Florwena y Gina me dieron cita en la isla central de Hong Kong, aprovechando que el domingo es el día libre de las 150.000 filipinas que trabajan en la ciudad. Todas ellas Hachero, por supuesto. Nos miramos, nos volvimos a mirar, nos examinamos cuidadosamente intentando encontrar algo que nos uniera más allá de ese apellido tan raro que ellos consideraban filipino y yo español. '¿Seguro que el apellido es de España?', me pregunta Shirley en el Peak, el punto más alto de Hong Kong. Pues sí, le respondo, y según Vicente de Cadenas, que es toda una referencia en esto de la genealogía, se trata de un apellido proveniente de Ávila, con un escudo de blasón un tanto simplón, un hacha de oro encabada de sable y puesta en palo. Claro que incluso eso es dudoso porque en Ávila, curiosidades de la vida, no hay ni un solo Hachero que yo haya podido encontrar...

Hachero por Hachero
Lannie y Fe Hachero en Pavía
Hachero por Hachero
Este señor se llama Pedro Hachero
Aurora Hachero Badillo, la hermana de Arnold y Aaron, vive en Edimburgo, en Escocia, donde trabaja en el sector sanitario, y me telefonea casi a diario los días previos a mi viaje. Quiere que todo esté atado y bien atado para que pueda conocer al mayor número de Hacheros. Ha telefoneado a sus hermanos de Mindanao, a sus primos de Ilo Ilo, a sus parientes de Palawan. Aurora guarda un facsímil del trabajo de su prima Herminia y también alucina con esto de tener primos en España. El blasón de Vicente de Cadenas y la supuesta hidalguía de los Hacheros de la Edad del Oro importan poco aquí. Porque, y como de súbito, resulta que los Hacheros son hidalgos desde hace tiempo, nada relevante porque los hidalgos son nobles sin título, 'hijo de algo', que indicaba que venía de una familia de posibles aunque venidos a menos. Según un expediente de la villa de Cartaya de 1793 “…Y en la clase de tales hijos dalgo notorios he encontrado a don Diego Martín de Hachero, a don Bernardo Martín de Hachero y a don Domingo Martín de Hachero…”

Hachero por Hachero
Rustum Hachero en las Bisayas
Un disgusto, imagino, para aquellos aspirantes a nobles de medio pelo eso de mezclar la sangre con tanta etnia indígena como tuvieron que encontrar en sus viajes por medio mundo (literalmente). El caso es que ya a Filipinas pudieron llegar mezclados, y los Hacheros filipinos se remontan a una tal Margarita como causante de parte de esta explosión tropical de tan reducido apellido. Los Hacheros actuales de las Filipinas llevan nombres tan peregrinos como Ceferina, Pamfila, Apolonia, Socorro o Cristiana, reminiscencias de los tiempos de la colonia, nombres castellanos antiguos que apenas se usan ya en nuestro suelo pero que, no obstante, siguen teniendo vigencia a tantos miles de kilómetros. Aurora menciona también a la tal Margarita, una mestiza proveniente de la Nueva España, aunque en ningún documento se prueba que la tal Margarita portara con ella nada más que un montón de bodas y casamientos...

Hachero por Hachero
Cleofe Hachero, en Ilo Ilo
Los Hachero de Mindanao son más. Antonietta y su esposo Bienvenido me invitan a una cena familiar en su humilde hogar a las afueras de Zamboanga. En el menú, cucracha, unos espectaculares cangrejos abiertos, adobo, arroz, y toda la familia Hachero. No ha podido venir Aaron Hachero, el botánico, muy ocupado con su trabajo, pero sí está el menor de la familia, Arnel, un simpático bohemio que vive para cuidar a sus cinco hijos y con el que acabo tomando cerveza tras cerveza. Todos nos miramos con admiración, se preguntan qué hace ese tipo ahí, ese Hachero del que nunca sospecharon nada antes, un tipo que además no se les parece en nada. Ninguno parece saber de dónde proviene su apellido y se asombran al imaginar un pequeño pueblo blanco de paredes encaladas donde los vecinos compartan un lejano eco genético. Zamboanga es hoy una ciudad apartada de las Filipinas, sometida a la tensión del conflicto que enfrenta al gobierno de Manila con grupos insurgentes que pretenden la secesión de Mindanao (el Frente Moro Islámico) y con grupos de terroristas que secuestran extranjeros y los pasan a cuchillo (Abu Sayyaf, muy relacionado con Al Qaeda), un lugar con magia en el ambiente y ningún turista en sus espectaculares playas. Un lugar donde los Hachero viven vidas normales, Arnold juega a los bolos los sábados, Aaron rellena formularios sobre plantas, Antonietta vigila la educación de su hija adolescente, Arnel dejó el trabajo para cuidar en exclusiva a sus cinco hijos, Aurora, la emigrada, llama por el skype desde la lejana Escocia...

 Hachero por Hachero

Los primeros encuentros en las Filipinas son tan satisfactorios como desconcertantes. En mi interior no dejo de preguntarme: ‘¿qué hago aquí?’. En Zamboanga estoy casi atrapado, no puedo pasear solo por la ciudad porque el peligro es tan evidente que los terroristas de Abu Sayyaf se dedican ya a secuestrar a sus vecinos musulmanes porque los turistas no se acercan a la región. Al menos, me digo, he conocido a estas cuatro familias Hachero, que habré de unir a los que residen en España, recordemos: en total, 287 personas, lo que nos lleva a ocupar el puesto 20.862 en el ranking de apellidos españoles, con predominio importante en la provincia de Huelva, donde es el 614 más frecuente, con 93 personas censadas con este apellido como paterno y otras 98 como materno, lo que quiere decir que casi el 70%, concretamente el 69,4%, residen en Huelva, y casi afinando algo más podríamos decir que en Cartaya. (20.887 según este listado: http://es.scribd.com/doc/134426152/apellidos-frecuencia).

Hachero por Hachero


Unas cifras ridículas a tenor de lo que me esperaba en mi siguiente escala. A mis paisanos de Huelva, y a los de Cartaya, debo anunciarles una triste noticia. Si en España lideran el número de Hacheros, en el planeta no. Pavía es un municipio de la provincia de Ilo Ilo, en la isla Panay, el centro del archipiélago de las Bisayas. Un hervidero de calles de exuberante vegetación, humildes casas de madera y niños que ocupan las carreteras para jugar a la pelota. A las puertas del aeropuerto me espera Maria Fe con su hermano Rodolfo, ambos Hachero, por supuesto, y ambos encantados de descubrir que alguien al otro lado del mundo lleva ese apellido tan raro. 'Bueno, no tanto', me cuenta, 'por aquí somos cientos'.

Hachero por Hachero

Y así es: situada en una vereda repleta de vegetación en un barrio muy modesto los vecinos se acercan a saludar al extranjero. 'Mira, esta es mi tía Florencia', 'aquella de allí es mi prima Pacita', los niños se multiplican en la oscuridad, ¿todos son Hachero?, pregunto a Maria Fe, '¡¡todos!!'. Los Hachero han alcanzado aquí su máxima expresión, tal vez a la par de la frondosa vegetación y la bochornosa humedad. ‘Todo este terreno’, dice la locuaz Fe, era la vía del tren pero la arrancamos y construimos nuestras casas....’ El hogar de Fe es un hervidero de tíos, primos y hermanos que vienen a saludarme, los planes se multiplican y mi agenda se colapsa ante la cascada de invitaciones, cenas y presentaciones que me deparan los próximos días. El calor es, además, aplastante y el muestrario de mesas repletas de delicatessen locales me causa estupor y varios kilos de más...

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
Mi prima Lanie me relata sus años en Egipto, al servicio de un poderoso amigo de Hosni Mubarak, mi prima Vivian se escapa de su trabajo en una biblioteca para acompañarme buscando iglesias raras, mi primo Rodolfo abandona todas sus obligaciones para hacerme de chófer, Fe muestra orgullosa el aula donde imparte clases y me presenta a decenas de pequeños que llevan, no menos orgullosos, el apellido de marras. El resultado es desconcertante. A la voz de ‘Hacheros, please’, las pequeñas sillas rayan el suelo, cuerpos menudos atraviesan sonrientes las aulas, me agarran la mano y se la llevan a la frente en señal de respeto. En Pavia, Ilo Ilo, los Hacheros son cientos y debo despedirme de ellos con lágrimas en los ojos, casi escapando abrumado por tanta hospitalidad. Los encontré en fiestas de adolescentes que tocaban la guitarra, conocí a Jaime Hachero, quien a sus noventa y seis años aún arregla los desperfectos de la casa, compartí chistes con Pedro Hachero, que porta una estupenda mata de pelo a sus setenta y cinco años, incluso canté una canción junto a Rustum, quien trabaja como personal en el aeropuerto de Ilo Ilo.

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero
En Pavía los Hachero salen de las clases para saludarme
Palawan será mi último destino. Mi interés en Herminia resulta evidente: es la integradora del apellido en las Filipinas, la que ha realizado el mayor esfuerzo en mantener unido el clan. Proveniente de Coron, una paradisíaca isla al norte de Palawan, Herminia, como dije al principio, no tiene ya interés en estas cosas tan mundanas. Por eso será Joel quien me acompañe en el deambular por Puerto Princesa, un deambular que me llevará al río subterráneo navegable más largo del mundo y al parque más kitch que haya visto nunca.

Hachero por Hachero
Mi primo Joel en el parque Baker's Hill

El viaje llega a su fin y aún me deparará alguna sorpresa. Mi prima Bea, Olivia Hachero en realidad, me mostrará las artes del karaoke y sus primas, todas Hachero de cierta edad, me demostrarán lo rocambolesco del viaje genético. ‘Hello, I am Carmen Hachero’, me dice una señora a la que identifico más cerca de los aborígenes australianos que a los mismísimos filipinos (no habré de decir de Huelva). Todo un shock porque aquel rostro austral no refleja para nada el de mi señora madre, que, cosas del destino, se llama exactamente igual. Carmen me despedirá en el aeropuerto de Puerto Princesa con dos grandes bolsas de anacardos, el fruto local. ‘Para su familia’, me dice mientras imagino la escena al revés, la Carmen Hachero de Cartaya despidiendo a una prima filipina mientras le entrega una cajita de fresas y un jamón de Jabugo...

Hachero por Hachero

viernes, 31 de enero de 2014

Viaje a Filipinas: en la iglesia de Miag-ao, patrimonio de la Humanidad y construida sin arquitectos


Desde que Magallanes pusiera un pie en las Filipinas el desencuentro entre los cristianos y los musulmanes ha sido tan evidente que los combates entre el Frente Moro y el ejército filipino tienen un nosequé a dejá vu. Ambos mundos, el islámico y el cristiano, se empujan mutuamente, los musulmanes desde el sur, sembrando de mezquitas el perfil de las ciudades, los cristianos desde el norte, multiplicando campanarios y cruces. No hay que soñar mucho para imaginar la vida de aquellos religiosos católicos (y romanos, apostillan siempre en Filipinas) de siglos atrás sudando la gota gorda bajo un sol tropical que convierte en particulares infiernillos sotanas y casullas, y con un ojo puesto en la exhuberante vegetación por si aparecían los temidos moros reclamando su lugar. En la tropical isla de Panay, a pocos kilómetros de su capital, Ilo Ilo, en las conocidas como islas Bisayas, se levanta uno de los ejemplos más gráficos de un pasado totalmente desconocido en España. Y eso que hablo de un ejemplo construido por españoles durante el mandato de la corona española y de frailes que sufrieron los tormentos que hoy ocupan portadas cuando los cometen los orates de Abu Sayyaf.

miag ao hachero
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Concretamente hablo de la iglesia de Santo Tomás de Villanueva, uno de los cuatro templos filipinos que la Unesco ha reconocido como patrimonio de la Humanidad, todas construidas por religiosos españoles de esos que en la península ibérica nos suenan a chino filipino. Fray Francisco Máximo González es uno de ellos, un agustino que debía de soñar tanto con el paraíso celestial como con los moros y que decidió edificar una mezcla de ambos: su iglesia, se dijo, será inexpugnable. Corría el año 1786, la conquista de las islas que el explorador malagueño Rui López de Villalobos, en un acto un tanto pelota, denominó Filipinas en honor de su querido monarca, Felipe II, aún arrojaba tantas expectativas como frailes y soldados muertos, y el pobre fray Francisco quiso levantar muros entre su feligresía, cada vez más abundante, y sus detractores, cada día más sádicos. Así que ni corto ni perezoso se marcó una fantasía arquitectónica que quita el hipo incluso a los que no somos aficionados al noble pero insulso arte de visitar templos. Un lugar que desconcierta aún más cuando comprobamos que el tal fraile Francisco, y los frailes que lo sucedieron, en el extraño puente marítimo de la época entre Acapulco y Manila, no tenían mucha idea de arquitectura y sí de la fe con la que enfrentarse a los temidos moros. De hecho se limitaron a idear este templo fortaleza y a supervisar las tareas de los artesanos locales, que fueron quienes realmente levantaron la iglesia.

miag ao hachero

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El lugar se llama Miag Ao, un nombre que más que a tagalo en España suena a chino, y aparte de la iglesia apenas tiene otro aliciente. Cuando mi prima Maria Fe, filipina y tagala ella, se empeña en enseñarme el dichoso templo suspiro y me imagino procesionando entre figuritas divinas y santos locales con nombres que mezclan el fervor castellano con el exotismo tropical. ¡¡ Pero no !! Al primer vistazo ya se adivina que la iglesia guarda algo, tal vez un secreto, tal vez muchos, puede que ecos en eterno rebote de batallas tras batallas. La portada, con motivos que harían palidecer a nuestra curia, está flanqueada por dos campanarios que recuerdan más bien a las torres de algún castillo leonés. Sus muros son tan gruesos que uno puede imaginar el impacto futil de grandes bolas de cañón mientras dentro el cura reparte hostias y bendiciones sin inmutarse. Dicen que guardan pasadizos secretos y que nunca sabremos todos sus secretos porque la mezcla de castillo medieval, iglesia barroca y estilo plateresco local ha tenido que ser remodelado varios veces por culpa de terremotos e incendios.  Incluso parece ser que esta iglesia no es la original sino que hubo otras dos previas construidas en alguna otra parte que no termino de averiguar, la primera de ellas en 1731, y que esta, la última, y más ferrea presumo, comenzó su andadura en 1787. Pero no importa, el templo se levanta magnífico bajo el aplastante sol tropical, sus muros que son contrafuertes y sus ventanales que parecen escapados de alguna película del conde de Montecristo. Se terminó en 1797, es decir, más de medio siglo después de su primer intento, y cuando estarían ya habituados a defender la fe a gorrazos.

miag ao hachero

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Y cuando decía que el motivo de la portada haría palidecer a nuestra curia actual, no lo digo por sembrar una duda: ya me dirán qué pinta si no el bueno de san Cristóbal ataviado de indígena agarrando cocos de un frondoso palmeral para su querido Cristo, encaramado en la espalda del santo mientras señala con su dedito el fruto deseado. Los motivos locales en las representaciones arquitectónicas del cristianismo en lugares remotos siempre tiene un puntito que mueve a la dulzura condescendiente pero que nos plantea dudas como la de qué pensará un devoto siríaco, un maronita o un armenio, iglesias anteriores al catolicismo, cuando se enfrente al sombrerito de la virgen del Rocío o el barroquismo suicida de la Macarena. ¿Verá un disparate del tamaño del cocotero bajo el que se esfuerza san Cristóbal en esta extraña iglesia fortaleza con motivos tropicales?

miag ao hachero
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El cristo de ojos azules y melena rubiasca que ilustraba mi catecismo, ¿es el reflejo de este cristo de ojos achinados que ansía el agua de coco que su discípulo, aún por nacer, por cierto, le dará en una brevedad que se le debe de antojar eterna? La cerveza local, que para más inri se llama San Miguel, me lleva a imaginar el fin de fiesta al estilo de Canaa, lo que no deja de tener su interés si consideramos que el vino aquí, mas que de coco, es de arroz.

miag ao hachero

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La Unesco se decidió a convertirla en patrimonio de todos en 1993, junto a otras tres iglesias españolas de los tiempos de la colonia, aunque de todas me quedo con esta por este punto a templo de Mowgli, o tal vez de Apocalysis Now, un espacio que dentro recuerda más a una nave industrial que a un templo, olvidada la planta de cruz latina y todas esas virguerías de pijos que se podían permitir sus colegas de Europa, sin más asedios que los de sus propios hermanos de fe. Dentro el espacio es largo y corrido y busco desesperado un motivo ornamental que justifique mi entrada en tan sacro lugar. Pero no, no lo hay, las ventanas ofrecen alguna sombra curiosa, los túneles misteriosos, si los hubiera, estarán sellados, o hundidos, o tal vez disimulados y silenciados por el cura párroco (hoy es su día libre, para mi decepción). Su resistencia a los incendios es asombrosa: ardió durante la guerra contra los españoles, en 1898, en 1910 sufrió otro incendio, y otro más durante la ocupación japonesa, y por si fuera poco en 1948 se medio derrumbó por un fortísimo terremoto y todo para terminar siendo patrimonio de la humanidad gracias sobre todo al empeño que puso Imelda Marcos, la de la fabulosa colección de zapatos, en sus tiempos en el Vaticano. Y eso sin hablar de tifones y olvidando los raids destructivos de los moros.

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