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viernes, 31 de enero de 2014

Viaje a Filipinas: en la iglesia de Miag-ao, patrimonio de la Humanidad y construida sin arquitectos


Desde que Magallanes pusiera un pie en las Filipinas el desencuentro entre los cristianos y los musulmanes ha sido tan evidente que los combates entre el Frente Moro y el ejército filipino tienen un nosequé a dejá vu. Ambos mundos, el islámico y el cristiano, se empujan mutuamente, los musulmanes desde el sur, sembrando de mezquitas el perfil de las ciudades, los cristianos desde el norte, multiplicando campanarios y cruces. No hay que soñar mucho para imaginar la vida de aquellos religiosos católicos (y romanos, apostillan siempre en Filipinas) de siglos atrás sudando la gota gorda bajo un sol tropical que convierte en particulares infiernillos sotanas y casullas, y con un ojo puesto en la exhuberante vegetación por si aparecían los temidos moros reclamando su lugar. En la tropical isla de Panay, a pocos kilómetros de su capital, Ilo Ilo, en las conocidas como islas Bisayas, se levanta uno de los ejemplos más gráficos de un pasado totalmente desconocido en España. Y eso que hablo de un ejemplo construido por españoles durante el mandato de la corona española y de frailes que sufrieron los tormentos que hoy ocupan portadas cuando los cometen los orates de Abu Sayyaf.

miag ao hachero
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Concretamente hablo de la iglesia de Santo Tomás de Villanueva, uno de los cuatro templos filipinos que la Unesco ha reconocido como patrimonio de la Humanidad, todas construidas por religiosos españoles de esos que en la península ibérica nos suenan a chino filipino. Fray Francisco Máximo González es uno de ellos, un agustino que debía de soñar tanto con el paraíso celestial como con los moros y que decidió edificar una mezcla de ambos: su iglesia, se dijo, será inexpugnable. Corría el año 1786, la conquista de las islas que el explorador malagueño Rui López de Villalobos, en un acto un tanto pelota, denominó Filipinas en honor de su querido monarca, Felipe II, aún arrojaba tantas expectativas como frailes y soldados muertos, y el pobre fray Francisco quiso levantar muros entre su feligresía, cada vez más abundante, y sus detractores, cada día más sádicos. Así que ni corto ni perezoso se marcó una fantasía arquitectónica que quita el hipo incluso a los que no somos aficionados al noble pero insulso arte de visitar templos. Un lugar que desconcierta aún más cuando comprobamos que el tal fraile Francisco, y los frailes que lo sucedieron, en el extraño puente marítimo de la época entre Acapulco y Manila, no tenían mucha idea de arquitectura y sí de la fe con la que enfrentarse a los temidos moros. De hecho se limitaron a idear este templo fortaleza y a supervisar las tareas de los artesanos locales, que fueron quienes realmente levantaron la iglesia.

miag ao hachero

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El lugar se llama Miag Ao, un nombre que más que a tagalo en España suena a chino, y aparte de la iglesia apenas tiene otro aliciente. Cuando mi prima Maria Fe, filipina y tagala ella, se empeña en enseñarme el dichoso templo suspiro y me imagino procesionando entre figuritas divinas y santos locales con nombres que mezclan el fervor castellano con el exotismo tropical. ¡¡ Pero no !! Al primer vistazo ya se adivina que la iglesia guarda algo, tal vez un secreto, tal vez muchos, puede que ecos en eterno rebote de batallas tras batallas. La portada, con motivos que harían palidecer a nuestra curia, está flanqueada por dos campanarios que recuerdan más bien a las torres de algún castillo leonés. Sus muros son tan gruesos que uno puede imaginar el impacto futil de grandes bolas de cañón mientras dentro el cura reparte hostias y bendiciones sin inmutarse. Dicen que guardan pasadizos secretos y que nunca sabremos todos sus secretos porque la mezcla de castillo medieval, iglesia barroca y estilo plateresco local ha tenido que ser remodelado varios veces por culpa de terremotos e incendios.  Incluso parece ser que esta iglesia no es la original sino que hubo otras dos previas construidas en alguna otra parte que no termino de averiguar, la primera de ellas en 1731, y que esta, la última, y más ferrea presumo, comenzó su andadura en 1787. Pero no importa, el templo se levanta magnífico bajo el aplastante sol tropical, sus muros que son contrafuertes y sus ventanales que parecen escapados de alguna película del conde de Montecristo. Se terminó en 1797, es decir, más de medio siglo después de su primer intento, y cuando estarían ya habituados a defender la fe a gorrazos.

miag ao hachero

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Y cuando decía que el motivo de la portada haría palidecer a nuestra curia actual, no lo digo por sembrar una duda: ya me dirán qué pinta si no el bueno de san Cristóbal ataviado de indígena agarrando cocos de un frondoso palmeral para su querido Cristo, encaramado en la espalda del santo mientras señala con su dedito el fruto deseado. Los motivos locales en las representaciones arquitectónicas del cristianismo en lugares remotos siempre tiene un puntito que mueve a la dulzura condescendiente pero que nos plantea dudas como la de qué pensará un devoto siríaco, un maronita o un armenio, iglesias anteriores al catolicismo, cuando se enfrente al sombrerito de la virgen del Rocío o el barroquismo suicida de la Macarena. ¿Verá un disparate del tamaño del cocotero bajo el que se esfuerza san Cristóbal en esta extraña iglesia fortaleza con motivos tropicales?

miag ao hachero
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El cristo de ojos azules y melena rubiasca que ilustraba mi catecismo, ¿es el reflejo de este cristo de ojos achinados que ansía el agua de coco que su discípulo, aún por nacer, por cierto, le dará en una brevedad que se le debe de antojar eterna? La cerveza local, que para más inri se llama San Miguel, me lleva a imaginar el fin de fiesta al estilo de Canaa, lo que no deja de tener su interés si consideramos que el vino aquí, mas que de coco, es de arroz.

miag ao hachero

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La Unesco se decidió a convertirla en patrimonio de todos en 1993, junto a otras tres iglesias españolas de los tiempos de la colonia, aunque de todas me quedo con esta por este punto a templo de Mowgli, o tal vez de Apocalysis Now, un espacio que dentro recuerda más a una nave industrial que a un templo, olvidada la planta de cruz latina y todas esas virguerías de pijos que se podían permitir sus colegas de Europa, sin más asedios que los de sus propios hermanos de fe. Dentro el espacio es largo y corrido y busco desesperado un motivo ornamental que justifique mi entrada en tan sacro lugar. Pero no, no lo hay, las ventanas ofrecen alguna sombra curiosa, los túneles misteriosos, si los hubiera, estarán sellados, o hundidos, o tal vez disimulados y silenciados por el cura párroco (hoy es su día libre, para mi decepción). Su resistencia a los incendios es asombrosa: ardió durante la guerra contra los españoles, en 1898, en 1910 sufrió otro incendio, y otro más durante la ocupación japonesa, y por si fuera poco en 1948 se medio derrumbó por un fortísimo terremoto y todo para terminar siendo patrimonio de la humanidad gracias sobre todo al empeño que puso Imelda Marcos, la de la fabulosa colección de zapatos, en sus tiempos en el Vaticano. Y eso sin hablar de tifones y olvidando los raids destructivos de los moros.

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miércoles, 30 de octubre de 2013

Viaje a la Guajira: los Palabreros que imparten la justicia del pueblo Wayuu




Don Eduardo fuma parsimonioso un cigarro habano mientras apoya en su bastón el peso del cuerpo: 'sí, yo soy Palabrero'. El balanceo de la hamaca sólo contribuye a hacer de su explicación un motivo más para la extrañeza: 'sí, yo soluciono cualquier disputa con la Palabra'. Su mirada desprende la autoridad de quien está acostumbrado a imponer su opinión en momentos complicados: 'sí, no hay nada que no pueda arreglarse con unos chivos'. ¿Con unos chivos? Eduardo es el Palabrero de Nazareth, la remota capital de la Alta Guajira, y lleva con orgullo su cargo incluso cuando camina a solas por los desérticos alrededores de su casa. Don Eduardo recuerda las veces que medió en conflictos y evitó males mayores con la sola arma de la persuasión. Es un wayuú, la etnia mayoritaria de Colombia, y como tal tiene derecho legal a impartir justicia sin acudir a las leyes de su país: le basta con las de su pueblo, las de los wayuus. Y su peculiar sistema jurídico se basa en la Palabra, la Persuasión y en aceptar el veredicto de sus mayores, sus jueces de toda la vida.

wayuus La Guajira

Sus atribuciones incluso alcanzan a los no wayuus, los arijunas, y su palabra es tan importante que no sólo es ley entre sus vecinos: los gobiernos de Colombia y Venezuela, de donde son indistintamente todos los wayuus, le reconocen peso legal y hasta la UNESCO reconoció en 2010 la importancia de esta figura etnojurídica otorgándole el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Para ello una comisión de Putchipuüs, que es el nombre que se dan ellos mismos, viajó hasta Kenia para recibir un título que les llena de orgullo y que les da dimensión universal. Porque, sobre todo, un Palabrero es un enviado de paz, con mayúsculas, de Paz, además de un juez cuya palabra es ley. Ya había sido elegido años antes como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional de Colombia, donde reside la mayor parte de esta etnia, la wayuu, que vive esparcida por un gran desierto, sin apenas más medios que su ingenio para sobrevivir en unas circunstancias que pueden ser muy duras.

wayuus La Guajira

El sistema del Palabrero están tan aceptado que hasta el ministro de justicia de Colombia, Juan Carlos Esguerra, llegó a decir que ‘bendita sea la justicia wayuu, los Palabreros que saben en qué consiste administrar justicia, y bendita sea la constitución política que nos permite esta diversidad’, y no se quedó aquí, que hubiera sido ya mucho, sino que fue más allá al decir que ‘si mis profesores hubieran sido Palabreros, me hubieran enseñado a arreglar, a conciliar, a buscar formas de entendimiento y no a pleitear’. Todo un cumplido viniendo de un ministro de justicia que es, además, abogado y hombre acostumbrado a pleitos. Y lo dijo no en cualquier contexto sino mientras inauguraba la primera unidad interinstitucional oficial del departamento de La Guajira, es decir, unos juzgados tan especiales que imparten, desde finales de 2012, dos tipos de justicia, la ordinaria y plasmada en las leyes, y la viviente, la del Palabrero, la de los abuelos como don Eduardo, un derecho recogido incluso en la constitución colombiana, como puedes ver si pinchas aquí.

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Don Eduardo recuerda cuándo intervino en una pelea monumental que enfrentaba a diversos clanes, los hizo sentarse alrededor de un patio y les convenció de que la violencia no lleva a ninguna parte: el tema se zanjó con el intercambio de unas cabras, la moneda habitual entre los wayuus. La ceremonia es, al tiempo, sencilla y complicada. El Palabrero, o Pütchipü’ü, se presenta con su bastón, o waraarat, herramienta fundamental, dice don Eduardo, para imponer su voz sobre el de los rivales si se eleva el griterío. El Palabrero habla y habla, saca sus dotes retóricas, su poder de convicción, las partes se miran con tensión, el Palabrero menciona compensaciones materiales, así, como el que no quiere la cosa, va probando qué incomoda a los querellantes, qué les relaja, el Palabrero es un psicólogo social que, gracias también a muchos años de observación y experiencia, intuye dónde puede encontrar campos comunes que solucionen una discusión que parece irreparable. Ante todo: la Palabra. Antes que nada: evitar que se partan la cabeza con una estaca. Algunas veces la tensión es tan grande que el Palabrero sólo apacigua la cólera contenida y puede incluso sufrir el castigo que su palabrería ha intentado evitar. De hecho, a veces han pagado incluso con la vida una sentencia que no ha gustado a alguna de las partes. Aquí tienes un par de ejemplos:

Ejemplo 1

Ejemplo 2

wayuus La Guajira

Son casos extremos que el Palabrero intenta evitar a toda costa, y no tanto por el miedo a perder la vida sino el prestigio, que es la base de todo Palabrero que se precie y el motivo por el que sus paisanos acudirán a sus servicios.

Dice la tradición Wayuu que el primer Palabrero fue Utta, un pájaro que recibió el mandato del mismísimo Maleiwa, que no es otro que El Más Alto, y un pájaro tal vez por aquello de ‘charla más que una lora mojada’, un paralelismo entre el avecilla que canta libre y la facilidad de un oficio que se aprende a base de escuchar, escuchar y escuchar durante años y décadas hasta alcanzar la maestría suficiente como para enfrentarse al problema. Utta desarrolló en la leyenda un conjunto de normas para evitar que los wayuus se desangraran en discusiones y peleas sangrientas, un mito que puedes leer aquí.

wayuus La Guajira

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El Palabrero, una vez contratado por los querellantes, y sin más justificante que su presencia y su palabra, sin necesidad de actas ni escrituras, se enfrenta al problema que le plantea el Pütchipala, que no es sino el representante de la familia querellante. Y el problema puede ser cualquiera. Una joven que se fugó con el novio, un robo de ganado que degenera en enfrentamiento armado con muertes de por medio, una pelea de borrachos que provoca una reyerta entre dos familias. El Palabrero se reúne con los afectados, los escucha, calibra lo ocurrido y sentencia: usted, que cometió la felonía, pagará dos millones de pesos, setenta cabras y once collares de tuma. Y los litigantes escuchan la sentencia, bajan los ojos y se dan la mano. El problema está resuelto.

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