miércoles, 2 de mayo de 2012

Viaje a la República Dominicana: un Libertador de Vejer de la Frontera







El 1 de enero de 1804, los ejércitos desastrados y victoriosos, a partes iguales, del Haití cimarrón habían vencido a sus amos franceses, a los invasores británicos y hasta a sus propios miedos de esclavos. Y envalentonados como estaban tras tanta victoria y destrucción, decidieron que el mundo viviría un rebobinado total y que donde reinaban los blancos gobernarían ahora los negros. En apenas un mes, Toussaints Louverture, el líder de los esclavos haitianos levantados en armas contra sus amos franceses, salta la frontera y expulsa a las fuerzas españolas que mantenían la colonia de Santo Domingo. Los rebeldes, confinados en el extremo occidental de La Española, han roto sus cadenas, han parido un puñado de líderes que siembran de muerte los campos haitianos y se empeñan en extender su revolución a toda la isla. Derrotados los galos, sus crueles patronos, los africanos son ahora libres y tienen sed de venganza y entonces, aterrorizados sus vecinos, invaden la colonia española soñando una isla sin esclavitud y mandada por negros. En Santo Domingo, Juan José Duarte, un comerciante procedente de Vejer de la Frontera, en la costa de Cádiz, decide entonces que ese no es el escenario más adecuado para educar a sus hijos y huye rumbo a Mayagüez, en Puerto Rico. Tres años después, cuando la invasión haitiana se ha revelado como un fracaso, Juan José regresa para dedicarse a aprovisionar los barcos que frecuentan el puerto dominicano. Y debió de hacer fortuna con las naves y con el único taller de ferretería que la ciudad tenía en ese momento porque sus hijos tuvieron una cuidada educación que fue más allá de los colegios: don Juan José les inculcaba ideas de independencia, amor por la libertad. Y les educaba dando ejemplos.

Busto de Juan Pablo Duarte en la Alameda Apodaca de Cádiz
Primer ejemplo: en 1822, un ejército de haitianos entra nuevamente en Santo Domingo y obliga a los vecinos a firmar un documento de adhesión al proyecto del Estado Independiente del Haití Español. Juan José es el único comerciante que se niega. Segundo ejemplo: un año más tarde, en esa época convulsa de invasiones casi anuales, el de Vejer vuelve a negarse a rendir pleitesía a Charles Herard, el jefe militar y presidente de Haití. Tercer ejemplo: veinte años más tarde, en una nueva visita de Herard, ciertos oficiales haitianos intentaron obligarlo a colocar en su balcón una bandera de la Gran Colombia, a la que en teoría pertenecía ahora Santo Domingo, pero el enérgico Juan José volvió a negarse y levantó murmullos entre los vecinos y promesas de venganza entre los invasores. 



De entre sus hijos, Juan Pablo observa a su padre, sus arrebatos libertarios, su alocada independencia y su rechazo a imposiciones. Entre sus clases de piano, guitarra y flauta, su iniciático viaje a Europa y sus devaneos conspiradores en forma de sociedades secretas, como La Trinitaria, primero, y La Filantrópica después, Juan Pablo reproduce de modo inteligente y efectivo el espíritu de su padre, el emigrante gaditano. Un año después de morir de tuberculosis don Juan José, en 1843, su hijo Juan Pablo Duarte lograba la independencia de la República Dominicana y su nombre reverenciado hasta hoy como Padre de la Patria. Un Padre de la Patria caribeño con sangre de Vejer de la Frontera.


Bibliografía
Juan José Duarte, Vejer de la Frontera, Cádiz, 15 septiembre 1768, Santo Domingo, 25 noviembre 1843
Duarte y la independencia, F. Franco/ R. Casa, Ediciones Intec, Santo Domingo, 1976



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


sábado, 28 de abril de 2012

Viaje a las raíces de nuestro periodismo: Juan José Lerena, un gaditano en Nueva York



De haberlo conocido en vida me habría costado creer las aventuras que contaba ese hombrecillo que recorría las calles de Nueva York intentando colocar su curso de castellano fácil. Lo llamó ‘Spanish Telegraph’, ‘un nuevo y fácil método para leer en español correctamente en pocos días’, según rezaba su encabezamiento, y auguraba un rápido aprendizaje según una fórmula de su invención. Con una pronunciada calvicie y su bigotito decimonónico, Juan José Lerena y Barry parecía un volcán en erupción que en lugar de lava despedía ideas y las historias más fantásticas que los neoyorquinos habían oído. Y eso que creían haberlo escuchado todo. Juan José, por ejemplo, podía narrar apasionadamente su defensa de la bandera española en el Río de la Plata, en el Perú o el Ecuador, cómo plantó cara al francés en las murallas de su Cádiz natal, o aquel día en el que estuvo a un tris de ahogarse al incendiarse su barco frente a la isla Margarita. Juan José podía recrearse en novelas de aventuras en las que él mismo era el protagonista: por ejemplo, cuando doscientos de sus compañeros murieron de escorbuto regresando de Montevideo, o aquella vez que le atacaron unas gravísimas fiebres en el cerco de Cartagena de Indias, o aquella que estuvo cerca del fin batallando en Chile, o el miedo que pasó fondeado en La Habana... 

Pero de entre todas sus aventuras hubo una que se convirtió en desventura: sus aspavientos guerreros quedaron borrados por la defensa de la constitución de 1812. Así que después de haber arriesgado la vida en medio planeta, Juan José fue expatriado, según explicaba, ‘por no adaptarse mis ideas al sistema despótico’ que regía España. Y en esas andaba cuando pensó que el método de español fácil no le daría el impulso necesario para calmar su nerviosismo congénito. Así que superó sus recuerdos y su amor por las armas y fundó ‘El Redactor’, uno de los primeros periódicos en castellano en los Estados Unidos. Pocas veces debió firmar con su nombre completo, Juan Josef María Antonio Ramón Lucio de Lerena y Barry. El periódico tuvo una vida corta, tan sólo entre 1827 y 1831, y poca materia, cuatro páginas que veían la luz tres veces al mes. Lerena y Barry confiaba a sus lectores novedades sobre el proceso revolucionario de Francia o la independencia de las colonias españolas con artículos de opinión crítica.

Evidentemente, como todos sospechaban, el método de inglés y el pionero periódico no saciaron las ansias del inquieto Juan José, y buscó reconciliarse con el ejército patrio, que tantas glorias le debía, gracias a la invención de un sistema de telegrafía óptica que desarrolló en Cuba y que anticipó en varios años el primer telégrafo español, instalado en Madrid en 1831. Volvió entonces a la península, donde lo nombraron director de la red de telegrafía real hasta que lo acusaron de desviar fondos públicos y cayó en desgracia. Juan José, eso sí, siempre positivo, se las ingenió para comandar una expedición a la Guinea Ecuatorial y convertirla en parte de un imperio en declive. Los últimos años de su vida los pasó entre Cádiz y Chiclana, dos poblaciones a las que se empeñó en unir con un canal navegable que, esta vez sí, le costó la fortuna y casi que la vida.



Bibliografía:
            Juan José Lerena y Berry, Cádiz, 1796, Madrid, 1896
Lerena, ese ignorado pionero de las comunicaciones, Gilles Multigner, Foro Histórico de las Comunicaciones, Colegio Oficial y Asociación Española de ingenieros de telecomunicación, 2008. 


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 24 de abril de 2012

Viaje a Israel: muros y fronteras de un país enchironado


Durante la primavera del año 2004 tuve mi primera experiencia con los cuerpos y fuerzas de seguridad de Israel. Ocurrió en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, en el mostrador de la compañía israelí El Al Israel Airlines cuando me disponía a viajar, junto a mi pareja, a Tel Aviv. Las inmediaciones del mostrador estaban acotadas y vigiladas por varios agentes de paisano y algún policía nacional de España. Éramos los únicos clientes en un gran espacio vacío. Tras el mostrador se perdían dos azafatas solitarias esperando trabajo pero éste aún tardaría en llegar. Dos agentes de paisano nos separaron, a mi pareja y a mí, y nos interrogaron de la manera más agresiva y ofensiva que pueda uno imaginarse. Me tocó en suerte un tipo llamado Boris que comenzó por preguntarme a gritos el motivo de mi visita a Israel. Le pedí educadamente que no me gritara pero el tipejo continuó soltando saliva a voz en grito y en inglés. Mientras, mi pareja sufría el equivalente, interrogada por una agente de paisano. 

Al segundo grito le dije al ominoso Boris que si quería gritarme lo hiciera en mi lengua. El individuo me miró atónito porque no podía entender que no comprendiera el idioma universal y pasó a gritarme en castellano. Entonces le grité yo también en castellano. Fue el acabóse: 'acompáñeme', dijo, y, junto a mi pareja, me llevó a un cuartito donde los gritos aumentaron de intensidad. Procedieron a un registro minucioso de maletas y bolsillos, primando siempre la actitud ofensiva, y finalmente decidieron confiscarme la cámara de video.

Yo lo llamo de otro modo: me robaron. Un robo que podemos calificar de No Permanente porque en unas semanas me la enviaron a mi domicilio, no sin varios golpes importante que me obligaron a reparar el zoom y el visor.

El griterío, las amenazas y las frases feas, sin llegar a caer en el insulto, volaron en ambas direcciones hasta que llegaron a la conclusión de que no éramos peligrosos terroristas con la mente puesta en volar el avión. En ese momento, su actitud cambió y el ominoso Boris incluso bromeó y pretendió pasar por 'un tío enrollado'. Al salir del cuartito, donde habíamos pasado algo más de dos horas, intenté dirigirme a un guardia civil, ya saben: esos agentes de verde que son la esencia de las fuerzas de seguridad patria y la enseña de España: me dijo que no quería saber nada acerca de un cuartito para interrogatorios para unos cuerpos y fuerzas de seguridad extranjeros en un aeropuerto nacional. Interesado por el tema, a mi vuelta pregunté e indagué tras una ristra de abogados, policías y políticos obteniendo una sola respuesta: esos cuartitos no existen.

En Estocolmo han prohibido recientemente estas prácticas porque las consideran vejatorias y racistas. Antes lo hicieron en Malmoe, también en Suecia, y en Dinamarca: prohibición interrogatorios Israel. Supongo que en España deberán, antes de prohibirlas, reconocerlas.


Aliviado al saber que lo que había vivido no existía, aunque son muchos los que han vivido esa humillante experiencia (incluso voluntarios para los kibbutz treinta años atrás), pude embarcarme a un país de muros y fronteras, de vallas y visados, de puestos fronterizos y check points. Y asistí en directo al levantamiento de aquel muro gris, aunque en su mayor parte más que pared es una alambrada salpicada por un muro de hormigón que alcanza los siete metros de altura, un muro-alambrada que recorrerá alrededor de setecientos kilómetros de los que al menos treinta serán exclusivamente muro de hormigón armado. Un muro que separa pueblos y familias, que expropia huertos y fincas y que permite, por cuarenta y cinco puertas, la entrada de los palestinos con el correspondiente permiso. Una tapia que da bocados con la estética de los lugares que cruza, en principio sobre la Línea Verde (la demarcación obtenida en 1949 tras la guerra árabe israelí de 1948), y que arrebata sin ningún pudor al menos el diez por ciento del territorio de la Cisjordania, porque queda del lado israelí.

El muro serpentea por la Línea Verde y en algunos puntos se adentra hasta veintidós kilómetros en territorio palestino, obligados, dicen los gobernantes de Tel Aviv, por motivos de seguridad: hasta siete asentamientos judíos quedan protegidos por el muro, a pesar de estar dentro de Cisjordania, a pesar de que esos asentamientos, como tantos otros, son ilegales y por tanto un expolio internacional al pueblo palestino.

Los israelíes consideran que el muro fue un acierto porque los atentados terroristas que sufrían han descendido de manera crucial y ahora son un mal recuerdo de aquellos años de Intifada. Y tan satisfechos están con aquella idea que ahora van a hacer otro más: esta vez a lo largo de la ciudad de Metula, en la frontera con el Líbano. Y en lugar de siete metros de altura, tendrá diez, y en lugar de treinta kilómetros de largo tendrá dos. Y en lugar de proteger de supuestos terroristas servirá para contener supuestos militares: antes era Hamas o los Mártires de Al-Aqsa, ahora es el ejército regular libanés (no mencionan a la organización chiíta Hezbollah sino directamente a los soldados libaneses, en algunos puntos tan pegados a los soldados israelíes que pueden distinguir si ese día se han afeitado o no). No es el único, si miran este gráfico (cortesía del diario británico The Guardian) verán que Israel se encierra cada vez más:



Un muro, el de Metuta, dicen en Israel, consensuado con los libaneses. Muros que tal vez los protejan de los disparos pero que los encierrna aún más en espacios más claustrofóbicos: tanto, que tienen que gritarle a los que se les acercan, tanto que tienen que reproducirlos en países que no son los suyos, en salas de aeropuertos, en trincheras políticas, tanto que viven encerrados, confinados, enchironados.



Vecinos del muro que pasa cerca de Bethelem



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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