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martes, 21 de enero de 2014

Viaje a Haití: la pesadilla del mar Caribe (III) Toussaints L'Ouverture




Cuando estalló la revuelta de Haití, en 1791, Toussaints Louverture vivía tranquilo bajo la protección de unos amos buenos. Le habían permitido aprender a leer y escribir y tanta maña se dio el esclavo que tenía entre sus lecturas favoritas los Comentarios de Julio César y hasta aprendió latín. Además estudiaba naturalismo y era buen jinete así que cuando la rebelión comenzó a agotarse por falta de un líder no le fue difícil hacerse con el liderazgo. Con una destacable mano izquierda inició el libertador caribeño una larga serie de negociaciones con británicos, españoles y franceses que terminó como el rosario de la aurora para todos, pero con la independencia para los haitianos.

Francia tenía desplegados más de diez mil soldados en Haití cuando los monárquicos atacaron al gobierno revolucionario de París. Las tropas regresaron a Francia y los esclavos aprovecharon el dominó para atacar al gobierno colonial. Las tropas de Toussaints se hicieron con las fortalezas galas del norte del país y se ilusionaron con la creación de un gobierno independiente. Los colonos blancos no tenían el mismo entusiasmo y se las arreglaron para pactar una nueva era con los británicos. En 1794 los ingleses enviaron un ejército a la colonia francesa para hacerse con el poder, pero no contaron con el empeño de los esclavos en armas: no tenían comida ni balas pero eran capaces de comer hierba y de tirar piedras. No tenían zapatos pero caminaron sobre los vidrios con los que sembraron los británicos los campos para dificultar su avance. Así, poco a poco y con la determinación del que se sabe perdido, los esclavos derrotaron a los británicos y a todo el que se les puso delante.

Toussaints buscó entonces el apoyo de los españoles, que controlaban casi dos tercios de la isla, la República Dominicana. Creyó así tener garantizado el respaldo de una potencia importante y fuerte en materia militar. Además, británicos y españoles tenían una alianza con la que habían superado siglos de rivalidad en el Caribe y Toussaints esperaba acabar con los años de luchas mortales. Pero entonces vivió una pesadilla: traición tras traición, las tres potencias se las arreglaron para terminar si no con el sueño de la independencia sí al menos con la imagen de su líder. Primero fueron los británicos quienes anularon su primera abolición de la esclavitud para reimponerla en las colonias de las Antillas. Luego fueron los españoles, de quienes concluyó que no les guiaba precisamente su amor a la libertad sino su rivalidad con los franceses.

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Angustiado por tanta trama a su alrededor, el general haitiano se echó a los brazos de Washington y hasta les permitió que redactaran la constitución del estado en gestación. Fue el antiguo secretario del tesoro, Alexander Hamilton, quien escribió un texto que serviría de base a la carta magna del futuro país. Entre otros conceptos, el borrador esbozaba que el gobierno de la colonia debía de ser militar, que el mando lo ocuparía un gobernador vitalicio y que todos los hombres en edad de merecer debían ingresar en el ejército. Unas ideas poco ajustadas al moderno concepto de progreso pero que se alternaban con otras más innovadoras, como los juicios con jurado para casos no penales. A ello se añadió que los beneficios de las grandes plantaciones de azúcar comenzaron a repartirse entre todos y que quedaron prohibidos los castigos corporales. Un pacto entre los terratenientes blancos, cuya presencia era indispensable para que el territorio siguiera produciendo como antes, y entre la masa negra, que anhelaba pasar a formar parte del mundo libre.

Durante los primeros años de autogobierno se construyeron ciudades enteras, carreteras, escuelas, puentes y hospitales, pero aún debía de llegar la triple traición que derrumbara la imagen y el trabajo de Toussaints. El presidente Jefferson, recién reelegido en Washington, olió negocio en las guerras que Napoleón gestaba en Europa. París logró a cambio de armas la neutralidad de los Estados Unidos en su pretensión de reconquistar la colonia rebelde y también la de Londres, porque al fin y al cabo, dijo el tirano francés, ‘todos somos blancos’. Jefferson incluso pensó en desterrar a la población negra que molestaba en su país, en una premonición de lo que harían más tarde en Liberia y Sierra Leona. Napoleón envió al general Leclec acompañado de su hermana, Pauline Bonaparte, para restablecer la esclavitud en sus colonias del Caribe y recuperar a la perla rebelde. Toussaints aceptó negociar la paz a bordo de un barco francés y en cuanto puso un pie en cubierta los franceses lo arrestaron y deportaron a Francia. Humillado, fue enviado a una prisión en Besançon, a los pies de los Alpes, donde falleció en 1803 víctima de una neumonía. Los retratos del general traicionado nos dejan la impresión de un floripondio tropical, un hombre de rostro calmo y de pelo ensortijado que parece aprisionado bajo un uniforme repleto de chorreras y condecoraciones.

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No duró mucho la victoria gala. Un año después de la muerte de Toussaints, el general Jean Jacques Dessalines, con otros héroes del partenón haitiano, como Petionville o Henri Cristophe, vencía a las tropas francesas matando a más de 60.000 hombres. Proclamaba por fin la independencia de la colonia denominándola con un nombre nuevo, Haití, ‘tierra de las montañas’ en el original lenguaje arawak. Y para que no quedase duda de que los haitianos estaban hasta el gorro de traiciones y del juego de los blancos, el general en jefe emitía este comunicado:

Víctimas durante catorce años de nuestra credulidad y nuestra indulgencia, vencidos, no por ejércitos franceses sino por la triste elocuencia de las proclamas de sus agentes; ¿cuándo dejaremos de respirar su mismo aire? ¿Qué tenemos de común con ese pueblo verdugo? Su crueldad comparada con nuestra patente moderación; su color con el nuestro; la extensión de los mares que nos separan, nuestro clima vengador, nos dicen suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que no lo serán jamás, y que si encuentran asilo entre nosotros, seguirán siendo los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras divisiones.

Ciudadanos indígenas, hombres, mujeres, niños, pasead la mirada sobre todas las partes de esta isla; buscad en ella vosotros a vuestras esposas, vosotras a vuestros maridos, vosotras a vuestros hermanos, vosotros a vuestras hermanas, ¿qué digo?, ¡buscad allí a vuestros niños, vuestros niños de pecho! ¿En qué se han transformado?... Me estremezco al decirlo... En presa de esos cuervos. En lugar de estas víctimas dignas de atención, vuestro ojo consternado no percibe más que a sus asesinos, más que a los tigres todavía ahítos de sangre, y vuestra culpable lentitud para vengarlos. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes?; pensad que habéis querido que vuestros restos reposaran junto a los de vuestros padres, en el momento en que abatisteis la tiranía; ¿bajaréis a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.

Y vosotros, hombres invalorables, generales intrépidos que, insensibles a las propias desgracias, habéis resucitado la libertad prodigándole toda vuestra sangre, sabed que nada habéis hecho si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero justo, de la venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso de haber recobrado su libertad, y celoso de mantenerla…

Que tiemblen al abordar los franceses nuestras costas, si no por el recuerdo de las crueldades que en ellas han ejercido, al menos por nuestra terrible resolución, que tomaremos, de condenar a muerte a quien, nacido francés, ose hollar con su planta sacrílega el territorio de la libertad.

Jean Jacques Dessalines, pomposo él también, leyó este manifiesto de independencia en la plaza de armas de Gonaives refiriéndose a sus ciudadanos como indígenas. Y para dar por inaugurado el nuevo país, se coronó emperador al estilo napoleónico y sus huestes se afanaron en vengar a sus víctimas degollando cuervos.

Francia no degolló más negros en la isla pero sí al joven estado, que nació con una herida de la que nunca se recuperó. Presionado por las potencias coloniales de la época, Haití se comprometió a pagar a sus antiguos amos una indemnización de 150 millones de francos de oro que sólo saldó del todo en 1938. Los intereses y los bancos norteamericanos moldearon a la antigua Saint Domingue como los brujos moldean las figuritas del vudú, y luego le clavaron una aguja en el corazón.

Decían las las noticias (era el año 2004) que ha desaparecido la isla de La Tortuga, los rumores aseguran que la ciudad de Gonaives está destrozada, los cadáveres se cuentan por millares. Y es el momento de anunciar al pueblo que el salvador está aquí. Es el momento de olvidar a los antiguos dictadores, de relegar al olvido a los Duvalier y sus Tonton Macoutes, al marcial Cedras, a los partidarios de Aristide. Georges mantiene reuniones con otros conspiradores, todos de tez más clara que oscura, reliquias coloniales de un mundo en franco retroceso, como su sobrino, que regenta una granja y una plantación en las montañas, o su amigo Fred, dueño de una emisora de radio que transmite desde el norte del país, o su prima, traductora, dice ella, de la ONU en Nueva York. La diplomacia en Haití se mueve entre bastidores, al más puro estilo bananero, intercalando golpes de estado con democracias populistas lideradas por próceres mesiánicos.

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martes, 5 de marzo de 2013

Viaje a Haití: la pesadilla del mar Caribe (I)



El presidente de los Estados Unidos Thomas Jefferson tuvo el privilegio de definir lo que era, e iba a ser, el país más desgraciado del mundo: Haití. 'Confinar la peste en esta isla'. Jefferson no era cualquiera: fue el tercer presidente de los Estados Unidos, uno de los padres fundadores del país y el principal autor de la declaración de independencia norteamericana. Fue, además, uno de los clarividentes líderes que predijo el imperio que habría de alcanzar su patria y, además, su nombre en los EE.UU se asocia a luchador por la democracia y propagador incansable de los ideales republicanos. Para mí es el autor de esa sencilla frase: 'confinar la peste en esta isla'.

Thomas Jefferson dijo esa premonitoria frase con una idea muy clara de lo que significaba 'la peste' y de dónde se encontraba 'esta isla'. La peste era negra, como la bubónica, pero se movía y tenía manos y brazos y dientes y pelo ensortijado y caminaba y comía y hasta cagaba. La peste era negra porque así eran los esclavos que poblaban sus campos de algodón y las ciudades del sur del país. Y negros eran los guerreros que luchaban por su libertad unas millas al sur de su patria, la que, según Jefferson, iba a convertirse en Imperio.


En 1804, el líder rebelde Jean Jacques Dessaline arrancó a la bandera francesa el color blanco y creó la primera república negra del mundo. En su lugar quedaron los otros dos tonos de la tricolor gala, el rojo y el azul, a los que reclinó para que no tuvieran que estar de pie. Para que no quedara duda de su aversión al blanco, Dessaline ordenó eliminar a todos los franceses que permanecían en la isla, en una nueva versión del genocidio que protagonizaron siglos atrás los españoles al eliminar a taínos y arawaks, los originales pobladores de la Española. Doscientos años después, el rojo y el azul más que tumbados están tirados por los suelos y el blanco no ha vuelto a la bandera ni a la isla.

Reparto de ayuda humanitaria en Gonaives

Nació Haití gracias al tesón de los cimarrones, esclavos rebelados en armas contra sus señores, y a las ideas de la Revolución Francesa. Una revolución que rezumaba incoherencia porque en tanto en sus fronteras continentales se afanaban en propagar las ideas revolucionarias, en sus territorios de ultramar era otra historia bien distinta. Mientras en Francia se luchaba y moría por la Libertad, Igualdad y Fraternidad, en una rentable colonia del Caribe miles de esclavos africanos se deslomaban bajo un sol de impresión. Influenciados por las noticias de la revolución, que llegaban con cuentagotas a sus oídos, y por la participación de cientos de haitianos en la guerra de la Independencia de los Estados Unidos, el futuro de la colonia, que por aquel entonces era conocida como Saint Domingue, se volvía cada vez más negro.


Tan negro como el nombre del único paso fronterizo del sur del país que comunica Haití con la República Dominicana: Malpaso. Conforme me acerco a la frontera el paisaje presagia un descenso a los infiernos tropicales. Los montes pierden exuberancia y un halo a tragedia flota en el ambiente. La población negra aumenta y observa a todo el que pasa con unas miradas que zozobran entre la guasa y la desesperación. Desde las ventanillas del autobús se ven aún los estragos de la penúltima jugarreta de la naturaleza: el desbordamiento del dominicano río Solié. Inundó los suburbios de Jimani, la última ciudad de entidad antes de la frontera, arrancó grandes piedras de las montañas y las depositó en mitad del pueblo, y sobre todo se llevó por delante la vida de más de cien personas. De ahí a la frontera había unos minutos, y el nombre de Malpaso parecía una decisión sabia y meditada. Y el paso no sólo era malo sino que además apenas era un paso. Una frontera con candado, cerrada a cal y canto con una verja oxidada que sólo se abría a ciertas horas, y que escondía un puesto destartalado y decadente con varios guardias también destartalados y decaídos. Ensayé mi triste francés con la esperanza de recordar los antiguos estudios para caer embobado ante la primera trampa haitiana: el francés no es francés, como el paisaje africano no es un paisaje africano ni la frondosidad del bosque esconde un bosque. Aunque suene a francés, el haitiano habla creole, un sucedáneo de lengua que sólo resulta comprensible cuando se lee escrito en una pared. Tampoco es África, aunque la vista engañe. Y los bosques no son más que fachadas que esconden uno de los mayores desastres ecológicos del planeta.

Llueve en Haití
Cuenta Jared Diamond en su libro 'Natural experiments of history' que la desgracia de Haití tiene muchas explicaciones y que ninguna excluye a las demás: Haití es el país que se levanta en la parte occidental de la isla de la Española, una nación separada de la República Dominicana por una cadena montañosa que, precisamente, es la primera responsable de la decadencia haitiana: impide el acceso de vientos favorable y de lluvias mesuradas de manera que tan sólo las tormentas tropicales y los huracanes son capaces de suministrarle agua, y lo hace en proporciones bíblicas. Por si fuera poco, la mayoría de los ríos que corren por la isla de La Española, corren hacia el lado dominicano... Durante los años de la colonia francesa, Haití, que es una palabra taína que significa país de las montañas, fue la parte más rica del imperio francés, la colonia de las colonias, un lugar mágico donde crecía la caña de azúcar como por arte de ensalmo y los colonos se hacían ricos en poco tiempo. Unas plantaciones que arrancaron de la capa vegetal la gran manta arborícola que la caracterizaba para sembrar productos más rentables. Cultivos para los que, por cierto, era necesaria mano de obra. Así pues, a la zona de la isla de la Española menos agraciada por los vientos y las lluvias se unió un cultivo intensivo que deforestó gran parte de la comarca a manos de mano de obra esclava que los franceses trajeron de sus colonias. Dicen las crónicas que la entonces conocida como colonia de Saint Domingue tenía 500.000 esclavos negros traídos de África mientras que su país vecino, la República Dominicana, apenas tenía 15.000, y asegura Jared Diamond que el motivo de este desnivel se encuentra en las expectativas de España y de Francia. España invirtió sus caudales en otras colonias más rentables y explosivas, la del Perú y la mexicana de la Nueva España, sobre todo, mientras que Francia no tenía otra colonia más beneficiosa que la que hoy conocemos como Haití.




Así que tenemos una región poco favorecida por las lluvias y los vientos, donde los colonos arrancan los árboles para sembradíos intensivos y llena de esclavos que viven en un estado miserable mientras que a sus dueños y señores se les llena la boca hablando de revolución, de igualdad y de fraternidad: y de libertad. Cuando Jean Jacques Dessaline desenterró el hacha de guerra los esclavos respondieron raudos y veloces: matemos al blanco. Y cuando mataron hasta el último blanco se dieron cuenta de varias cosas más: no sabían hablar más lengua que la que habían inventado ellos, el creole, una extraña mezcla de lenguas africanas que suena a francés, sin serlo. Y que los blancos no querían saber de ellos por lo peligroso del ejemplo: una república de esclavos sublevados, el segundo país en conseguir la independencia en el continente americano. Y Thomas Jefferson, el gran defensor de la democracia y de las ideas republicanas, el prohombre y padrecito fundador, soltó entonces su perla: 'confinar la peste en esta isla'. Un proyecto encantador y solidario que pretendía trasladar en masa a los negros de su país a ese sitio de negros apestosos que estaban acostumbrados a vivir de cualquier manera. El proyecto no cuajó sino hasta años más tarde, cuando los negros de su país (y no todos, para mayor desilusión del espíritu de Jefferson), fueron trasladados a Liberia y Sierra Leona, en el golfo de Guinea africano, un experimento que aún hoy sigue provocando problemas en la zona.


Así pues, y reflexionando, Haití es un país aislado por una cadena montañosa que le impide el tránsito normal de lluvias y vientos suaves, deforestado por la codicia francesa y por una situación de extrema necesidad de sus habitantes, negros y pobres, que han talado el 99% de los árboles del país para cocinar y alimentarse, árboles que no crecerán más porque nadie les deja crecer, y cuando digo nadie hablo también de las mentadas lluvias torrenciales y vientos huracanados, un país, pues, habitado por antiguos esclavos que mataron a sus dueños y que odian al blanco en general, al que dicen con cara de mala leche 'blanche, blanche', un odio que impide que vengan inversiones extranjeras porque guardan siglos de rencor y porque, si alguien se anima de todos modos, no puede hablar con la mayoría de ellos porque no hablan francés sino algo que se parece al francés pero que sólo hablan ellos en el planeta. Un extraño país en mitad del mar Caribe.


Eso, sin embargo, no es lo que se ve desde las ventanillas del autobús. Se ve África. Según el mapa, la próxima ciudad es Fond Parisien, pero uno no ve París por ninguna parte. Sólo ve África. Y luego viene Croix de Bouquets, pero no veo ramilletes. Sólo veo África aplastada bajo el sol del trópico. Y mercados africanos de familias negras africanas que venden cualquier cosa bajo la sombra de una barraca de uralita. Aunque vengo preparado para encontrarme la región más deprimida del continente americano, a pesar de que ya he viajado por otras Áfricas americanas, la entrada en Haití no me deja indiferente: parecería que el cercano triángulo de las Bermudas haya abducido un terreno del Congo para dejarlo en las inmediaciones de los Estados Unidos.


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com


viernes, 28 de diciembre de 2012

Viaje a Haití: con los negros muertos por Trujillo en el río Masacre


El río Masacre

Durante el verano de 1937 el presidente de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, llegó al máximo de su paciencia: basta de negros en mi país, pensó, ¡que no quede ni uno! Llamó entonces a sus generales y les ordenó que matasen a todos los que encontraran porque ensuciaban su país, que en su delirio presumía blanco. El 28 de septiembre el ejército dominicano, en la ciudad de Bánica, acuchilló a los negros que pudo, tiroteó a otros y aplastó a los que huían con el resultado de 300 haitianos muertos. Fue el inicio de una matanza de proporción bíblica, una masacre de increíble envergadura que siguió a lo largo de la frontera entre los dos países, una frontera de juguete que los haitianos cruzan cuando les viene en gana, y dejó, según los cálculos más conservadores, entre 15.000 y 20.000 muertos. La matanza tuvo muchos nombres pero entre los dominicanos se la recuerda como la masacre del Perejil, porque todo negro que no supiera pronunciar bien esa palabra era declarado haitiano y ejecutado con lo primero que hubiera a mano. La cifra de muertos crece en según qué relatos y hay quien menciona los 30.000 muertos, muchos de ellos en las riberas de un lánguido río que se tiñó, dicen los locales, de rojo de tanta sangre que se vertió en él.


Tanta sangre que el río, dicen, cambió su nombre y hoy se le conoce como 'Río Masacre'. Claro que incluso con una cosa tan obvia es complicado la etimología porque en estas mismas aguas los antiguos colonos españoles degollaban a las vacas para hacer cuero y secar carne. El caso es que si había alguna duda, ya no la hay. Los indígenas conocían a la exigua corriente con el nombre de Dajabon, en honor a un pez llamado así y que abundaba en tiempos pretéritos: hoy el río no lleva sangre, ni apenas agua, y es tan fácil cruzarlo que los haitianos lo hacen por miles dejando en ridículo el ostentoso puente que une a los dos países como frontera oficial. Por las calles de la dominicana Dajabon caminan los haitianos cargados de todo tipo de bultos, entre los que destacan zapatos, zapatos por millares, procedentes, veo en las bolsas, de ayuda humanitaria internacional. ¡Extraña ayuda la de los zapatos que terminan esparcidos por los suelos de un mercadillo dominicano! Da lástima ver lo que queda del primer país negro independiente del planeta, del segundo país en América en lograr su emancipación, tras los EE.UU, el proyecto de una nación de cimarrones, esclavos rebeldes que se sacudieron el yugo del amo francés y dejaron en ridículo a sus militares y al mismísimo Napoleón con su declaración de independencia nada menos que en 1804.



La Española adquirió a principios del siglo XX un inesperado protagonismo como escala camino del recién inaugurado canal de Panamá. La carrera estratégica se interpuso en el camino de Haití, inmersos a su pesar en un tablero de juego internacional. Norteamericanos, franceses y alemanes pusieron los ojos en la caótica república pero fue Woodrow Wilson el que se adelantó al dar la orden de invadir el país en 1916. El asesinato del presidente local Vilfrun Guillaume Sam y la posterior anarquía en la que cayó el país fue el motivo perfecto para intervenir en nombre de la razón contra el caos: un motivo recurrente y una anarquía repetida hasta hoy mismo en este desgraciado país. Los marines sólo tuvieron una breve resistencia en una mini república surgida en la cercana región de Artibonite. Un estrafalario libertador, Charlemagne Peralte, organizó un gobierno provisional al norte de la isla, pero unos soldados disfrazados de guerrilleros negros lo asesinaron decapitando la rebelión.


Durante los siguientes diecinueve años, la política de Puerto Príncipe se dictaría desde Washington. Y los resultados tiñeron de infraestructuras y sangre el país. Los norteamericanos construyeron carreteras y hospitales, inyectaron dinero en la depauperada economía haitiana y encargaron a sus soldados el cuidado de la nueva finca. Para poner los cimientos del país combatieron duramente el bandidismo que caracterizaba la región y sometieron a los ladrones a trabajos forzados. Pero el castigo generó nuevas rebeliones, y el ostracismo al que se vio relegada nuevamente la gran masa negra caldeó el ambiente. Los norteamericanos tuvieron que enfrentarse a la conocida como ‘Revuelta de los Cacos’, hordas de delincuentes que habían hecho del bandidaje y de los asaltos su forma de vida, y que ahora veían cómo un ejército blanco quería ponerlos en vereda. Cien años después, todavía caminan por las carreteras, huestes harapientas que portan fotografías en blanco y negro de otros tiempos para ellos mejores, fotos rasgadas por el tiempo y por machetes, guardadas en bolsillos deshilachados de guerreras militares. Los tíos del saco, los guardias de Duvalier, los bandidos, y los militares del ejército nacional se confunden hoy hasta resultar los mismos.

Mercadillo haitiano en Dajabon

Los gobiernos títeres que se sucedieron hasta la retirada norteamericana en 1937 sólo dejaron más tensión racial y una conciencia doble: la negritud de la población y su profunda vinculación con África a través de sus tradiciones ancestrales. O mejor dicho, el vudú. Y una pobreza tan extrema que gran parte de la población, empujada por la superpoblación, buscó trabajo y una vida mejor en el terreno que ocupaba la República Dominicana. Los haitianos trasladaron sus problemas a cuestas, y también su mala suerte. La llegada de tanta mano de obra barata provocó conflictos con los dominicanos, que empezaron a perder sus empleos. Subió además el precio de la caña de azúcar y los recuerdos de las invasiones de Boyer y del emperador Faustino del siglo anterior avivaron el racismo. El resultado fue una de las peores matanzas de la historia de la isla, tras la de taínos, en los tiempos de la conquista, y los franceses, en tiempos de la independencia: miles de haitianos fueron asesinados por orden de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano de turno.

Entrando en la República Dominicana desde Haití
Los cadáveres fueron arrojados a un río que cambió su color al rojo sangre y su nombre al de Masacre. Hoy el río corre peligro de desaparecer porque desde sus mismas fuentes lo acuchillan sin piedad: roban su arena, convierten sus orillas en pocilgas y vertederos, taponan tramos kilométricos y el resultado se ve desde el puente ostentoso del que hablaba al principio: el río Masacre, el del color rojo, se puede pasar a pie y casi que sin mojarse los zapatos. Y eso hacen los haitianos, cruzarlo a pie, como hicieron sus antepasados, y casi que por los mismos motivos, hambre y desesperación. Bajo sus pies descalzos aún gritan mudos los espíritus de los que cambiaron el color y el nombre al río. Todavía hoy seguimos sin saber cuantos murieron a manos del sanguinario Trujillo. Todavía hoy siguen los nietos de los muertos cruzando las mismas aguas.

Aquí estoy yo, grabando un camión

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero©hotmail.com
losmundosdehachero©gmail.com







domingo, 20 de mayo de 2012

Viaje a la República Dominicana: El obispo de Ubrique que retó a Trujillo





Fray Leopoldo María de Ubrique
En 1914 llegó a la República Dominicana un fraile que dijo llamarse Fray Leopoldo María de Ubrique. Dejó atrás a su otro yo, el primero, Francisco Panal Ramírez, aunque la historia lo recordará con un sencillo Obispo Panal. Durante sus muchos años en la isla de La Española conoció la pobreza del Caribe, el eco de los taínos en los ojos de los mestizos y la triste suerte de los negros arrancados del continente africano para morir deslomados en las fincas de bananos. Vio también cómo crecía Rafael, un capitán de buena familia que empeñó su juventud en lograr el poder y el resto de su vida en recordárselo a los demás. Fray Leopoldo debió de estremecerse con las matanzas que el dictador ordenó en la frontera con Haití, una orgía de sangre que dio sentido a su escenario, al río Masacre que separa a los dos países. Fray Leopoldo lamentaba los modos de un dictador que veía en la República una finca y en sí mismo a un esclavista de siglos atrás. Y más debía estremecerse cuando Trujillo acudía puntual a comulgar sus sagradas hostias bañadas en la sangre de sus oponentes, en la de sus víctimas y en la de las vaginas de un patriarca en su otoño devorador de vírgenes.

Por eso, el fraile que salió de Ubrique décadas atrás se convirtió en el abanderado de la oposición, más por la piedad que se le supone a un fraile que por la convicción de sus jefes de Roma. Fiel aliado de los poderes más reaccionarios, Trujillo gozó de la amistad de Franco, de los papas en la gran iglesia que es el Vaticano y de la curia local. Hasta que fray Leopoldo, convertido ya en el obispo de la Vega, se permitió hincarlo de rodillas en una misa. Aquí se me arrodillan todos, pidió el ubriqueño, y cuando digo todos, digo todos, así que querido Jefe, arrodíllese. Trujillo, de rodillas, no podía creer que él, el hombre que todo lo domina, y cuando digo todo incluyo al mismo Dios, estaba hincado en el suelo como una de esas beatas que tan buenas nietas les proporcionaban. Y sobre todo para escuchar cómo 'ese españolete hijo de puta', como le llamó a voces, le echaba en cara el respeto a los derechos humanos.


El 25 de enero de 1960, los cinco obispos de la República Dominicana, encabezados por Fray Leopoldo y el norteamericano obispo Reilly, leen una carta pastoral en la que denuncian la tiranía, los presos políticos, las torturas sistemáticas, los crímenes sin número. El Obispo Panal debía esperar que le pasara lo que le pasó. Trujillo duda entre enviarle un escuadrón de matones o expulsarlo del país por su propia seguridad. Encuentra la solución en una mascarada propia del chivo que describe Vargas Llosa. En mitad de una misa irrumpieron varias mujeres medio desnudas pidiéndole explicaciones por los hijos que el religioso les había hecho, sus feligreses se movilizan contra las meretrices, los hombres del general les apalean.


El Obispo Panal con Trujillo (http://www.radioluzvirtual.com/mons_panal_arrodilla_a_trujillo.asp)

Trujillo movilizó toda la maquinaria para extirpar a los molestos granos que le impedían conseguir el único título que faltaba entre sus chorreras: Benefactor de la Iglesia. La radio nacional explicó el cambio de nombre del gaditano: lo persigue la interpol. Las lenguas de los ecos del general sembraron de dudas las esquinas: la casa parroquial es un lupanar de beatas lujuriosas. A partir de ahí, el infierno en vida. Una carga explosiva revienta la furgoneta del religioso, su casa sufre una lluvia de animales muertos, aguas negras, pintadas soeces. El obispo Panal debía recordar con nostalgia la calle de la Palma de su Ubrique natal, donde pasó su infancia admirando la celda del beato Diego José de Cádiz, que tanto fervor le impulsó en sus primeros años. Rafael Leónidas Trujillo, tan ampuloso como su propio nombre, murió asesinado un año después de aquel manifiesto de los obispos. El obispo Panal le sobrevivió nueve años y pudo digerir la ira del dictador al calor de los suyos, que lo vieron ya para siempre como un héroe en la isla.

Bibliografía:
1.       Francisco Panal Rodríguez, Ubrique, Cádiz, 20 septiembre 1893, Santo Domingo, República Dominicana, 1970
Diario Hoy, República Dominicana, entrevista a Monseñor Tomás abreu: http://www.hoy.com.do/areito/2005/2/18/37012/print
Obispo Panal, un hombre comprometido: Ubrique - Concepción de la Vega, 1997, Sevilla : El Adalid Seráfico



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com



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