viernes, 4 de mayo de 2012

Viaje a Bulgaria: Rila, el último reducto de la cristiandad en el imperio turco



Ivan Rilski, o Juan de Rila para nosotros, era un noble búlgaro del siglo X que sufrió un arrebato místico y decidió abandonar la vida mundanal y refugiarse en lo más profundo del bosque. Juan, o Iván, se internó en las montañas balcánicas de su región, que hoy llevan su nombre: Rila, y fijó su residencia en una cueva. El tal Iván debía de ser todo un personaje porque vació el tronco de un árbol y lo convirtió en su lecho, una cama austera y rígida que además le habría de servir de refugio contra las bestias y alimañas del bosque porque, recordemos, el intrépido Iván había elegido como hogar las profundidades de un bosque balcánico del siglo X.  



A pesar de vivir en la mayor de las soledades, el asceta conoció a un pastor que sufría enormes dolores en la espalda y armado tan sólo con su biblia y murmurando oraciones consiguió lo imposible. Lo curó. Poco después sanó a un orate que corría desnudo por las montañas y su fama de santo se corrió por la región. Tanto, que las montañas hoy se llaman Rila, y tanto que en el lugar donde el antiguo noble estableció su hogar sus admiradores levantaron primero una humilde capilla, luego una pequeña iglesia, finalmente un complejo de edificios bellamente decorados que se mantiene hasta hoy. Era una época dorada para los cristianos, todos unidos bajo el manto de la fe, de una única fe, antes incluso de que ortodoxos, protestantes, calvinistas, católicos y demás creencias se acusaran unas a otras de herejes y enemigas. 



El inquieto Iván, para nosotros Juan, debió de morir por el 946 y su cadáver sufrió, años después, un viaje postmortem que lo llevó incluso a Hungría, donde siguió granjeándose fama de milagrero. Pero de entre todos los milagros que el noble monje realizó, el mayor de todos fue el de mantener unida a la cristiandad en el mismísimo corazón del imperio otomano.





Hoy es el segundo templo en importancia del mundo ortodoxo, tras el paradigmático monte Athos de Grecia, un conjunto religioso que tiene a sus espaldas algo más que la historia de Juan de Rila. A finales del siglo XIV el pujante imperio otomano invadió las tierras que hoy conforman Bulgaria, en ese entonces un campo de batalla para los terratenientes locales, conocidos como boyardos, nómadas tártaros, nobles venecianos, genoveses, húngaros y serbios. El sinfín de batallas terminó de un sopetón con el golpe de autoridad turco: fuera cristianos de estos montes. Los otomanos seguirían su loca estampida hacia el norte pero habían encontrado en las montañas búlgaras un puesto avanzado donde descansar sus tropas en busca del imperio germánico. 




En 1396, los turcos ganan las batalla de Nicópolis y se hacen con toda la región. Los cristianos serán ahora ciudadanos de segunda, y hasta de tercera, los nobles huyeron y los campesinos acabaron esclavizados, la cultura búlgara, tan próxima a sus vecinos bizantinos, terminó aislada y su religión acorralada y casi que olvidada. Los búlgaros aguantaron el ímpetu turco durante casi cinco siglos porque hasta 1878, merced al tratado de Stefano y gracias a los rusos, que aplastaron a los otomanos, la región no volvió a ondear la bandera de la cristiandad.




Cinco siglos durante los que Rila, y el espíritu de Juan, o Iván Rilski, fueron el último refugio de la cultura ortodoxa, el último hálito del espíritu búlgaro y el motor de la resistencia contra el invasor. Hoy, el monasterio, la iglesia, el complejo religioso, ofrece al visitante la tranquilidad de sus doce monjes que intentan en vano huir del mundanal ruido, las coloridas pinturas del pintor decimonónico Zahari Zograph o las truchas que sirven en un típico restaurante situado a espaldas del conjunto. El último rincón de la cristiandad en los Balcanes.

El monasterio incluso tiene un hotel con restaurante para vivir como un monje pero con televisión por satélite
La carretera que sube a Rila está plagada de señales de tráfico que parecen avisar de posibles apariciones...








© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 2 de mayo de 2012

Viaje a la República Dominicana: un Libertador de Vejer de la Frontera







El 1 de enero de 1804, los ejércitos desastrados y victoriosos, a partes iguales, del Haití cimarrón habían vencido a sus amos franceses, a los invasores británicos y hasta a sus propios miedos de esclavos. Y envalentonados como estaban tras tanta victoria y destrucción, decidieron que el mundo viviría un rebobinado total y que donde reinaban los blancos gobernarían ahora los negros. En apenas un mes, Toussaints Louverture, el líder de los esclavos haitianos levantados en armas contra sus amos franceses, salta la frontera y expulsa a las fuerzas españolas que mantenían la colonia de Santo Domingo. Los rebeldes, confinados en el extremo occidental de La Española, han roto sus cadenas, han parido un puñado de líderes que siembran de muerte los campos haitianos y se empeñan en extender su revolución a toda la isla. Derrotados los galos, sus crueles patronos, los africanos son ahora libres y tienen sed de venganza y entonces, aterrorizados sus vecinos, invaden la colonia española soñando una isla sin esclavitud y mandada por negros. En Santo Domingo, Juan José Duarte, un comerciante procedente de Vejer de la Frontera, en la costa de Cádiz, decide entonces que ese no es el escenario más adecuado para educar a sus hijos y huye rumbo a Mayagüez, en Puerto Rico. Tres años después, cuando la invasión haitiana se ha revelado como un fracaso, Juan José regresa para dedicarse a aprovisionar los barcos que frecuentan el puerto dominicano. Y debió de hacer fortuna con las naves y con el único taller de ferretería que la ciudad tenía en ese momento porque sus hijos tuvieron una cuidada educación que fue más allá de los colegios: don Juan José les inculcaba ideas de independencia, amor por la libertad. Y les educaba dando ejemplos.

Busto de Juan Pablo Duarte en la Alameda Apodaca de Cádiz
Primer ejemplo: en 1822, un ejército de haitianos entra nuevamente en Santo Domingo y obliga a los vecinos a firmar un documento de adhesión al proyecto del Estado Independiente del Haití Español. Juan José es el único comerciante que se niega. Segundo ejemplo: un año más tarde, en esa época convulsa de invasiones casi anuales, el de Vejer vuelve a negarse a rendir pleitesía a Charles Herard, el jefe militar y presidente de Haití. Tercer ejemplo: veinte años más tarde, en una nueva visita de Herard, ciertos oficiales haitianos intentaron obligarlo a colocar en su balcón una bandera de la Gran Colombia, a la que en teoría pertenecía ahora Santo Domingo, pero el enérgico Juan José volvió a negarse y levantó murmullos entre los vecinos y promesas de venganza entre los invasores. 



De entre sus hijos, Juan Pablo observa a su padre, sus arrebatos libertarios, su alocada independencia y su rechazo a imposiciones. Entre sus clases de piano, guitarra y flauta, su iniciático viaje a Europa y sus devaneos conspiradores en forma de sociedades secretas, como La Trinitaria, primero, y La Filantrópica después, Juan Pablo reproduce de modo inteligente y efectivo el espíritu de su padre, el emigrante gaditano. Un año después de morir de tuberculosis don Juan José, en 1843, su hijo Juan Pablo Duarte lograba la independencia de la República Dominicana y su nombre reverenciado hasta hoy como Padre de la Patria. Un Padre de la Patria caribeño con sangre de Vejer de la Frontera.


Bibliografía
Juan José Duarte, Vejer de la Frontera, Cádiz, 15 septiembre 1768, Santo Domingo, 25 noviembre 1843
Duarte y la independencia, F. Franco/ R. Casa, Ediciones Intec, Santo Domingo, 1976



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


sábado, 28 de abril de 2012

Viaje a las raíces de nuestro periodismo: Juan José Lerena, un gaditano en Nueva York



De haberlo conocido en vida me habría costado creer las aventuras que contaba ese hombrecillo que recorría las calles de Nueva York intentando colocar su curso de castellano fácil. Lo llamó ‘Spanish Telegraph’, ‘un nuevo y fácil método para leer en español correctamente en pocos días’, según rezaba su encabezamiento, y auguraba un rápido aprendizaje según una fórmula de su invención. Con una pronunciada calvicie y su bigotito decimonónico, Juan José Lerena y Barry parecía un volcán en erupción que en lugar de lava despedía ideas y las historias más fantásticas que los neoyorquinos habían oído. Y eso que creían haberlo escuchado todo. Juan José, por ejemplo, podía narrar apasionadamente su defensa de la bandera española en el Río de la Plata, en el Perú o el Ecuador, cómo plantó cara al francés en las murallas de su Cádiz natal, o aquel día en el que estuvo a un tris de ahogarse al incendiarse su barco frente a la isla Margarita. Juan José podía recrearse en novelas de aventuras en las que él mismo era el protagonista: por ejemplo, cuando doscientos de sus compañeros murieron de escorbuto regresando de Montevideo, o aquella vez que le atacaron unas gravísimas fiebres en el cerco de Cartagena de Indias, o aquella que estuvo cerca del fin batallando en Chile, o el miedo que pasó fondeado en La Habana... 

Pero de entre todas sus aventuras hubo una que se convirtió en desventura: sus aspavientos guerreros quedaron borrados por la defensa de la constitución de 1812. Así que después de haber arriesgado la vida en medio planeta, Juan José fue expatriado, según explicaba, ‘por no adaptarse mis ideas al sistema despótico’ que regía España. Y en esas andaba cuando pensó que el método de español fácil no le daría el impulso necesario para calmar su nerviosismo congénito. Así que superó sus recuerdos y su amor por las armas y fundó ‘El Redactor’, uno de los primeros periódicos en castellano en los Estados Unidos. Pocas veces debió firmar con su nombre completo, Juan Josef María Antonio Ramón Lucio de Lerena y Barry. El periódico tuvo una vida corta, tan sólo entre 1827 y 1831, y poca materia, cuatro páginas que veían la luz tres veces al mes. Lerena y Barry confiaba a sus lectores novedades sobre el proceso revolucionario de Francia o la independencia de las colonias españolas con artículos de opinión crítica.

Evidentemente, como todos sospechaban, el método de inglés y el pionero periódico no saciaron las ansias del inquieto Juan José, y buscó reconciliarse con el ejército patrio, que tantas glorias le debía, gracias a la invención de un sistema de telegrafía óptica que desarrolló en Cuba y que anticipó en varios años el primer telégrafo español, instalado en Madrid en 1831. Volvió entonces a la península, donde lo nombraron director de la red de telegrafía real hasta que lo acusaron de desviar fondos públicos y cayó en desgracia. Juan José, eso sí, siempre positivo, se las ingenió para comandar una expedición a la Guinea Ecuatorial y convertirla en parte de un imperio en declive. Los últimos años de su vida los pasó entre Cádiz y Chiclana, dos poblaciones a las que se empeñó en unir con un canal navegable que, esta vez sí, le costó la fortuna y casi que la vida.



Bibliografía:
            Juan José Lerena y Berry, Cádiz, 1796, Madrid, 1896
Lerena, ese ignorado pionero de las comunicaciones, Gilles Multigner, Foro Histórico de las Comunicaciones, Colegio Oficial y Asociación Española de ingenieros de telecomunicación, 2008. 


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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