martes, 19 de junio de 2012

Viaje a Colombia: en los campos de la palma africana




Desde el aire los cultivos de palma Africana son hipnóticos, líneas paralelas trazadas en un fondo verde que se pierden en un fondo también verde, surcadas tan sólo, de cuando en cuando, por alguna carretera secundaria. Los enfoques y desenfoques, tanto del ojo como de la cámara, ayudan a percibirlos como cuadros impresionistas, parecen irreales pero no lo son, son muy reales, hay miles de jóvenes brotes de palmeritas de origen africano, palmeritas que ocupan hoy el espacio que les han robado a la antigua selva, la selva más selva de todas las selvas, la Amazonía, o la Orinoquía, selvas que se diluyen tras las líneas paralelas de dibujos borrosos sobre un tapete también borroso.




A ras de suelo el paisaje también se antoja inquietante, silencioso, sin apenas movimiento de pájaros, palmera tras palmera hasta un horizonte en el que un promontorio parece anunciar también que el cultivo continuará igual hasta el infinito en una horrorosa idea que termine por abarcar el planeta entero.


La carretera que une el departamento del Meta con el del Guaviare ofrece al viajero uno de los más claros ejemplos de monocultivo: en el mapa leo que hay selva pero en la realidad sólo hay palmeras. Hileras de palmeras, palmas pequeñas, medianas, grandes, palmeras que se venden en grandes macetas en comercios a pie de carretera, semillas de palmeras, palmeras, palmas y palmitos. El monocultivo ha empujado a la selva mucho más allá, donde no molesta, o más bien, donde molestan las FARC y los empresarios dedicados a esta siembra no pueden hacer su trabajo. 


El espectáculo es magnético, comparable a los grandes cafetales que se ven desde la carretera de Caldas, o a los que pueden contemplarse en los extensísimos bananales de la region de Esmeraldas, en Ecuador. O, por qué no, una imagen muy parecida a la que ofrece la provincia de Jaén, en España, tan repleta de olivos que uno se pregunta si existió alguna vez otro árbol en esas tierras. Pero sí, debió de haberlos, y del mismo modo en el departamento del Meta existieron otros árboles, recios troncos pertenecientes a selvas primarias, las del Orinoco y las de la Amazonía, árboles anárquicos que crecían en posiciones anárquicas y recorridos anárquicamente por toda especie de animal que deambulara por la zona. Hoy sólo crecen palmeras, palmeritas y palmas. La palma Africana.


La palma Africana es una planta tropical que brota alegre en climas cálidos pero que proviene originalmente del golfo de Guinea. Dicen que llegó a América a través de un viaje de Cristóbal Colón, en el siglo XVI, probablemente al Brasil, y poco más tarde irrumpió en Indonesia para colonizar también el sudeste asiático. La palma Africana agarra bien, es fuerte, puede alcanzar los cuarenta metros de altura y produce un fruto que recuerda a una almendra aceitosa: y en este epíteto, el de aceitoso, se encuentra su poder y su polemica. El aceite de la palma puede comercializarse en su forma líquida pero también como margarina, como crema, puede fabricarse jabón, detergente, cosméticos, velas y hasta lubricantes. Su producción roza el 25% de todos los aceites vegetales del mundo, sólo detrás del aceite de soja, aunque tiene una ventaja mucho mayor: para producir lo mismo que una hectarea de palma Africana se necesitan diez de soja y nueve de girasol. Una cantidad de aceite tan grande y en tan poco espacio que pronto se cayó en que podia sustituir al bien más demandado del planeta: el petroleo, la producción en masa de biodiésel. 



Un negocio redondo y que no tenía mucho misterio porque en Colombia ya crecía alegremente desde la década de los años cuarenta, cuando la United Fruit Company le dedicó una planta en el departamento del Magdalena, un cultivo que incluso fue apoyado por el gobierno en su desesperada búsqueda de un maná que acabara con las emergencias alimentarias que regularmente azotaban el país. El cultivo creció y creció y hoy son más de doscientas mil las hectáreas dedicadas a esta siembra y Colombia el quinto país del planeta con más de dos mil seiscientos millones de toneladas de aceite que producen estos simpáticos arbolitos. 



Millones de toneladas que alcanzaron dimensiones épicas en las mentes de los avispados empresarios colombianos porque el negocio era perfecto: primero se despejaba la zona de molestos guerrilleros, y con ellos, molestos campesinos, y con ellos, y en las zonas más profundas, molestos indígenas. Luego se sembraba coca, o adormidera, y cuando la tierra, exhausta, lloraba sangre verde, se dividía en grandes fincas para el ganado y para la palma africana, esta última subvencionada además por el estado. El ganado creció como por ensalmo y pronto Colombia se convirtió en el cuarto productor de América Latina. Y los cultivos de palma también crecieron, incentivados en muchos casos por las autoridades, y además, decían los empresarios, hacemos un favor porque exterminamos a esos molestos guerrilleros que hablan todavía de marxismo y otras majaderías.

Los crímenes asociados al cultivo de la palma Africana comenzaron hace muchos años: en 1995, en el pequeño municipio de San Alberto, en el Magdalena Medio, tres trabajadores fueron asesinados a tiros por miembros de la policía nacional. A partir de ahí, el goteo es incesante y los desplazamientos también. La palma se convirtió en símbolo del movimiento paramilitar, del control del territorio y de los cultivos sustitutivos de la hoja de coca. Por la palma han muerto indígenas y campesinos, guerrilleros y líderes sindicales, por la palma han matado los paramilitares y policías nacionales, y hasta militares bajo sueldo de los terratenientes, soldados que, en el colmo de la desfachatez, patrullan las grandes fincas como si fueran guardias de seguridad privados.


La Unión de Cultivadores de Palma de Aceite en el Urabá (Urapalma S.A.) es una sociedad anónima con sede en Barranquilla y dedicada a la producción agrícola en unidades no especializadas, según reza su ficha en el directorio de empresas de Colombia. Una empresa que cultiva palma africana para la obtención de aceite, un producto que podrá ser utilizado en máquinas con motor de explosión, lo que habitualmente se conoce como biodiésel. Porque el objetivo de Urapalma es, precisamente, ese: producir biodiesel en grandes cantidades. Un sustitutivo de los combustibles fósiles porque, hace unos años, se pensaba que el imperio de las gasolinas estaban abocados a un abrupto final, casi que inmediato: tanto que a los empresarios colombianos les entró una loca prisa por acaparar terrenos para sembrar la famosa palmera. 




Pronto surgieron las primeras denuncias: los empresarios, en su afán por conseguir tierras en un país que por cierto las tiene por montones, expulsaban a los campesinos de sus aldeas, a los indígenas de sus reservas, desbrozaban selva primaria, secundaria y hasta cuaternaria si fuera preciso, la sed de tierras para sembrar palma Africana alcanzó el paroxismo de las burbujas avariciosas: curiosamente coincidió en el tiempo con la burbuja inmobiliaria que volvió igualmente avariciosos a los vecinos de todos los pueblos españoles: mientras unos sembraban ladrillos, sus parientes del otro lado del Atlántico sembraban palmeras. Claro que estos últimos desplazaron a un número sin determinar de personas que terminaron engrosando las listas de refugiados en un país que lidera el rankin mundial de refugiados.






El 5 de febrero de 2008, el sindicato de trabajadores de la industria de alimentos Sinaltrainal acusó directamente a Urapalma de apropiación illegal de territorio, destrucción deliberada y masiva del ecosistema por la implementación y expansion del monocultivo de palma aceitera, violación de derechos humanos y vínculos con grupos paramilitares. Comenzaba así una pelea juridical que se reveló paralela a la pelea que se vivía en muchas regiones del país. El sindicato aseguraba que se trataba de un plan trazado muchos años atrás y que se remontaba a operaciones militares realizadas en los años noventa que habían culminado con el despeje de amplias zonas de campesinos para comenzar a principios del 2000 la siembra de la polémica palmera. El escrito de acusación hablaba también de 113 crímenes, 15 desplazamientos forzados, acciones bélicas realizadas por todos los actores del conflicto colombiano. Tirando del hilo salió que tras la firma se encuentran unos viejos conocidos de los colombianos: los hermanos Castaño, los jefes de las sanguinarios grupos paramilitares conocidos como Autodefensas. 



A mediadios de 2010, Carlos Daniel Merlano Rodríguez, asesor jurídico de Urapalma, aceptó los cargos que se le imputaban: concierto para delinquir, desplazamiento forzado e invasion de áreas de especial importancia ecológica, y Merlano además reconoció que la empresa fue creada en exclusiva para desarrollar un proyecto de Vicente Castaño, el hermanísimo de Carlos, de Carlos Castaño, uno de los mayores asesinos de la historia reciente. Para el que no conozca a Carlos Castaño, su biografía está en wikipedia: vida y obra de Carlos Castaño, pero como presentación diré que fue hombre muy cercano al narco Pablo Escobar hasta que terminaron enfrentados y ayudó a su muerte, que luego formó las Autodefensas Unidas de Colombia, la más sangrienta pesadilla paramilitar del país, que fue reconocido él también como importante narco y que estuvo detrás de los asesinatos de tres candidatos presidenciales. Su hermano, Vicente, Vicente Castaño, también fue un conocido paramilitar, narcotraficante y comandante de las Águilas Negras (un grupo de limpieza social), y llegó a recibir casi tres millones de dólares del Fondo para el Financiamiento del Sector Agropecuario por sus cultivos de palma africana, aunque no podrán pedirle cuentas porque murió en un oscuro episodio y su cuerpo nunca pudo ser recuperado. Curiosamente como su hermano, Carlos, y como su hermano Fidel, todos muertos en oscuros enfrentamientos y todos con cadaveres irrecuperables para contrastar sus óbitos…




En mayo de 2009, la fiscalía general de Colombia convocó una audiencia pública para decidir el futuro de Coproagrosur, una cooperativa de cultivo de palma de aceite del norte del país que resultó ser propiedad de un violento y asesino jefe de otros grupos paramilitares cuyo nombre aún aterroriza a los colombianos de bien: Macaco, el seudónimo de Carlos Mario Jiménez, autor confeso de la muerte de 4.000 civiles. Cuatro mil civiles.



El fundador del Foro Social Mundial, el sacerdote François Houtart estima que el cultivo de plantas productoras de biodiéseles desplazará en todo el mundo a más de sesenta millones de campesinos y dejará inhóspitas grandes extensiones de tierras que hoy son selvas. Dice, por ejemplo, 'he caminado kilómetros en las plantaciones del Chocó, en Colombia, y no he visto un ave, ni una mariposa, ni un pez en los ríos, a causa del uso de grandes cantidades de productos químicos como fertilizantes y plaguicidas' (monocultivos por François Houtart). Y eso es lo que se siente en estos grandes palmerales, la vida que brota a raudales en las selvas ha sido sustituida no sólo por grandes palmerales, o cafetales, o bananales, u olivares: se ha llevado el ruido, el movimiento, el sabor. Ya no hay campesinos, ni bichos: sólo paz, silencio. 

El silencio de un camposanto.


Para más información sobre la palma africana puedes pinchar aquí:  historia de la palma africana en Colombia


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

viernes, 15 de junio de 2012

Viaje al interior de la mente: la asombrosa historia de Edgard Cayce, el profeta durmiente


La historia de Edgard Cayce me inquietó durante mi adolescencia. Me parecía inaudito. Hoy me sigue pareciendo increíble pero, al tiempo, me recuerda la facilidad que tenemos hoy para acceder a todos esos datos mediante un golpe de ratón. Edgar Cayce utilizó Google cuando aún no existía Google, cuando no existía internet y hasta el mismísimo teléfono era un invento novedoso y en desarrollo. Edgar era un buscador en sí mismo con una extraña y fascinante facultad. Por eso copio literalmente el texto de Louis Pwales y Jacques Bergier, de su inquietante libro 'El retorno de los brujos' y os dejo su lectura, que siempre me ha parecido de lo más inquietante.








El pequeño Edgard Cayce estaba muy enfermo. El médico rural estaba a la cabecera de su lecho. No había manera de sacar al muchacho de su estado de coma. De pronto, bruscamente, sonó la voz de Edgard, clara y tranquila. Y, sin embargo, dormía. «Le diré lo que tengo. He recibido un golpe en la columna vertebral con una pelota de béisbol. Hay que hacer una cataplasma especial y aplicármela en la base del cuello.» Con la misma voz, el chiquillo dictó la lista de plantas que había que mezclar y preparar. «Deprisa, pues el cerebro está en peligro de ser alcanzado.» Por si acaso, le obedecieron. Por la noche, había cedido la fiebre. Al día siguiente, Edgard se levantó, fresco como una lechuga. No se acordaba de nada. Ignoraba la mayoría de las plantas que había mencionado.

Así comenzaba una de las historias más asombrosas de la medicina. Cayce, campesino de Kentucky, completamente ignorante, poco inclinado a usar su don, y que lamentaba sin cesar de no ser «como todo el mundo», cuidará y curará, en estado de sueño hipnótico, a más de quince mil enfermos, debidamente homologados. Obrero agrícola en la granja de uno de sus tíos, después dependiente de una librería de Hopkinsville y por último dueño de una tiendecita de fotografía donde se propone pasar tranquilamente sus días, hace de taumaturgo contra su voluntad. Su amigo de la infancia, Al Layne, y su novia Gertrudis, unirán sus fuerzas para obligarle. Y no por ambición, sino porque no tiene derecho a guardarse su poder, a negarse a ayudar a los afligidos. Al Layne es un tipo enfermizo, siempre está malo. Se arrastra. Cayce consiente en dormirse: describe los males y dicta los remedios. Cuando se despierta exclama: «Esto no es posible; no conozco la mitad de las palabras que has anotado. ¡No tomes esas drogas, es peligroso! No comprendo nada. ¡Todo esto es cosa de magia!» Se niega a volver a ver a Al y se encierra en su gabinete de fotografía. Ocho días más tarde, Al llama a su puerta: jamás se ha encontrado tan bien. La pequeña ciudad se conmueve; todos quieren consultarle. «No voy a ponerme a curar a la gente porque hablo en sueños.» Acaba por aceptar, con la condición de no ver a los pacientes, por miedo de que, al conocerlos, su juicio se vea influido; con la condición de que algún médico asista a las sesiones; con la condición de no cobrar un céntimo y no recibir siquiera el menor regalo. Los diagnósticos y las prescripciones formulados en estado hipnótico son de una precisión y sutileza tales, que los médicos están convencidos de que se trata de un colega disfrazado de curandero. Limita sus sesiones a dos por día. No es que tema la fatiga, pues sale de sus sueños muy descansado. Es que quiere seguir siendo fotógrafo. No trata en absoluto de adquirir conocimientos médicos. No lee nada, continúa siendo el hijo de unos campesinos, provisto de un vago certificado de estudios. Y se rebela contra su extraña facultad. Pero, en cuanto decide dejar de emplearla, se queda afónico. 

Un magnate de los ferrocarriles americanos, James Andrews, acude a consultarle. Le prescribe, en estado de hipnosis, una serie de drogas y, entre ellas, cierta agua de orvale. No hay manera de encontrar este remedio. Andrews hace publicar anuncios en las revistas médicas, sin resultado. En el curso de otra sesión, Cayce dicta la composición de aquel agua, extremadamente complicada. Después, Andrews recibe una respuesta de un joven médico parisiense; el padre de este francés, que también era médico, había elaborado el agua de orvale, pero había dejado de explotarla hacía cincuenta años. La composición era idéntica a la «soñada» por el modesto fotógrafo.

El secretario local del Sindicato de Médicos se apasiona por el caso Cayce. Convoca un comité de tres miembros, que asiste a todas las sesiones, estupefacto. El Sindicato General Americano reconoce las facultades de Cayce y le autoriza oficialmente a realizar «consultas psíquicas». Cayce se ha casado. Tiene un hijo de ocho años, Hugh Lynn. El niño, jugando con unas cerillas, provoca la explosión de un depósito de magnesio. Los medicos pronostican la ceguera total en plazo breve y recomiendan la ablación de un ojo. Aterrorizado, Cayce se sume en uno de sus sueños. En estado hipnótico, se pronuncia contra la ablación y prescribe quince días de aplicación de compresas de ácido tánico. Según los especialistas es una locura. Y Cayce, presa de los mayores tormentos, apenas se atreve a desoír sus consejos. Al cabo de quince días, Hugh Lynn está curado. Un día, después de una consulta, sigue dormido y dicta, una tras otra, cuatro recetas muy precisas. No se sabe a quién pueden referirse, y es que han sido formuladas por anticipado para los cuatro próximos enfermos.

En el curso de una sesión, prescribe un medicamento al que llama «Codirón» y da la dirección de un laboratorio de Chicago. Llaman por teléfono. «¿Cómo pueden haber oído hablar del "Codirón"? Todavía no ha sido puesto a la venta. Precisamente acabamos de realizar la fórmula y de ponerle el nombre.» Cayce, aquejado de una enfermedad incurable que sólo él conoce, muere el día y a la hora que había anunciado: «El cinco por la noche, estaré definitivamente curado.» Curado del mal de ser «algo distinto».

Interrogado durante su sueño sobre su manera de proceder, había declarado (sin acordarse de nada al despertar, como de costumbre) que se hallaba en condiciones de ponerse en contacto con cualquier cerebro humano viviente y de utilizar las informaciones contenidas en aquel o en aquellos cerebros para dar el diagnóstico y el tratamiento de los casos que se le presentaban. Era tal vez una inteligencia diferente la que entonces se animaba en Cayce, y que utilizaba todos los conocimientos de la Humanidad, como se utiliza una biblioteca, pero casi instantáneamente, o al menos a la velocidad de la luz o de la electromagnética. Pero nada nos permite explicar el caso de Edgard Cayce, de esta manera o de otra. Lo único que se sabe cierto es que un fotógrafo de pueblo, sin curiosidad ni cultura, podía ponerse, a voluntad, en un estado en que su espíritu funcionaba como el de un médico genial, o mejor, como todos los espíritus de todos los médicos juntos.

Pawels y Bergier, El retorno de los brujos

jueves, 14 de junio de 2012

Viaje a Senegal: Gorée, la isla de los esclavos



Durante cuatro siglos, millones de negros, entre doce y veinte, salieron por una pequeña puerta de una casa de esclavos que no llevaba a ninguna parte más allá de una pasarela que acababa en la bodega de un barco. En 1807, los británicos prohibieron el comercio de esclavos y la isla de Goreé, tres kilómetros frente a la capital de Senegal, Dakar, perdió su principal fuente de riqueza: la pobreza de los demás, y volvió a ser lo que había sido antes: un idílico lugar de formidables vistas, pájaros cantores y delfines que adornaban la línea del horizonte. Claro que era imposible que recuperara su tranquilidad porque, recordemos, doce, o veinte, millones de seres humanos, depende de la fuente, embarcaron por esta isla hacia un viaje que no tenía más fin que la muerte, doce, o veinte, millones de almas peregrinan por los rincones de este islote gritando inaudibles los horrores de la desesperación, doce, o veinte, millones de ánimas chillan noche y día entre la floresta, sus voces resuenan por la casa de contratación, rebotan en la sala de engorde, se precipitan por los abismos de los acantilados, se ahogan en los riscos submarinos y yacen inanes en las arenas de la playa que recibe al visitante. Doce, o veinte, millones de tragedias, de seres sin libertad y de pesadillas de vigilia.



El primer europeo que puso un pie en esta isla fue un portugués llamado Dinis Díaz, en 1444, y su primera tarea fue levantar un puesto militar y un almacén negrero: el destino de la isla estaba ya marcado. A partir de entonces, este paradisíaco entorno fue una constante disputa entre holandeses, británicos, portugueses y franceses, que se disputaron la isla que un Dutch llamó Good Re (Buen Puerto). Junto a Gorée, la ciudad colonial de Saint Louis, ya en la frontera con Mauritania, y más al sur, en el extraño país llamado Gambia, el puerto de James Port, puertos negreros por excelencia, donde se hicieron de oro capitanes aguerridos como Francis Drake, ese pirata tan querido por los británicos, John Hawkins o John Newton. Pero no seamos presuntuosos y no olvidemos a Pedro Blanco, (Vida e infamia de Pedro Blanco), nuestro negrero por excelencia, un malagueño que inspiró a Steven Spielberg para su película Amistad, el nombre de uno de los buques del negrero andaluz. 




Las compañías tenían tanta prisa por enviar carne fresca al continente americano, principalmente Cuba, Estados Unidos y Brasil, que la South Sea Company se comprometió a embarcar casi cinco mil negros al año.


Un hombre observa taciturno la puerta de salida de los esclavos

Por esta isla pasó en 1992 el papa Juan Pablo II, tal vez para limpiar el pecado de su antecesor Nicolás V, que bendijo el negocio en el siglo XV, y también desembarcó George W. Bush para lamentar que allí ‘la vida y la libertad fueran robadas’, y la lista de personajes relevantes sigue creciendo conforme la infamia se conocía en todo el mundo: Bill Clinton, Nelson Mandela, Mitterrand… todos horrorizados y taciturnos ante la magnitud del holocausto que se vivió en este islote. Una tragedia que, por cierto, no ha terminado aunque ya no está institucionalizada como sí lo estaba antes. Dice la ONU que hoy día viven en condiciones de esclavitud alrededor de doscientos cincuenta millones de personas y que la caza de negros costó unos ciento cuarenta millones de vidas arrancadas al continente negro. Cifras y negros que desfilan ante la mirada atónita del que intenta imaginar desde la puerta del no retorno sin que se pueda asumir semejante catástrofe. Una puerta que en su momento admiró el sha de Persia, Mohammed Reza Palhevi, que adquirió una mansión cercana tal vez para olvidar sus miles de crímenes en la legendaria Persia, o el gran magnate de aquel país que existió hasta hace bien poco: Onassis, el griego.

Dakar en la distancia


El sevillano padre Alonso de Sandoval, que dedicó su vida a las negritudes en Cartagena de Indias, Colombia, relataba que los esclavos iban ‘de seis en seis, encadenados por argollas en los cuellos, asquerosos y maltratados, y luego unidos de dos en dos con argollas en los pies; van debajo de la cubierta, con lo que nunca ven el sol o la luna. No se puede estar allí una hora sin grave riesgo de enfermedad. Comen una vez al día una escudilla de maíz o mijo crudo y un pequeño jarro de agua. Reciben mucho palo, mucho azote y malas palabras de la única persona que se atreve a bajar a la bodega, el capataz’.


De aquellos terribles días sólo queda la Casa de los Esclavos, convertida hoy en museo, y los ecos de los gritos de aquellos desgraciados. Las casas, pintadas de rojo, de amarillo albero o directamente en ruinas, apenas dejan adivinar el sufrimiento que se desarrolló en sus puertas. Cuatro de cada diez negros que llegaban a la casa de los esclavos para engordar hasta los sesenta kilos antes de embarcar morían en el trayecto. Muchos se suicidaban de los modos más peregrinos porque, recuerden, estaban encadenados y sin siquiera esa posibilidad: morían dejando de respirar, morían los prófugos lanzándose de las ramas altas de los árboles dejando los cuerpos tiesos y descoyuntándose con el golpe seco, morían de hambre, morían de pena. Y los que no morían por convencimiento, morían en el trayecto de entre seis y doce semanas. Morir para escapar de una vida que es peor que la muerte.















Hoy la isla es una manta de artistas locales que tapizan los suelos con las coloridas pinturas que encontré años atrás en Puerto Príncipe, en Haití, o en los suburbios de Santo Domingo. Y, por supuesto, las extrañas obras de artes realizadas con desechos de la basura: aquí los restos de un teléfono móvil dan vida a un muñeco con piernas de cucharones, aquí un mando a distancia resucita a un espíritu atormentado de algún yoruba esclavizado siglos atrás, una vieja plancha baila al son de una batidora que revive con cara de cacerola....


Arriba, en las alturas, dominan silenciosos el horizonte los cañones que defendieron décadas atrás la antigua colonia francesa y que sirvieron de decorado para la película Los Cañones de Navarone. 


El interior de los bunkers rezuman humo dulzón y notas de roots


Hoy, aquellos bunkers, huelen a marihuana, a marihuana densa y dulce, acompañada de reggae profundo, de roots y de voces que remedan a la del Nesta, Nesta Marley, rastafaris senegaleses que han montado estudios de grabación donde antes se acumulaba muerte y hoy ofrecen música y mareítos de consideración. Me voy de la isla intentando enfocar, escuchando los gritos de aquellos millones de esclavos que sufrieron lo indecible y que hoy se entremezclan con el rasgueo de los rastafaris en el inolvidable 400 years. ¿Qué mejor lugar que este para escuchar esta canción? God bless ya!!!



©  José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com































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