.....un poco de historia, algo de geografía, alguna aventura disparatada, aliñado con política, fotografía, una incipiente antropología y una pizca de periodismo...
Corría el año 1954 cuando el diseñador industrial estadounidense Brooks Stevens impartió una conferencia en la ciudad de Mineápolis que tituló, después de rescatar antiguas teorías, 'Obsolescencia programada'. El avispado Brooks acudió a la idea de otro lumbreras del pasado, un tal Bernard London quien propuso en 1932 que el estado obligara a las empresas a programar la muerte de sus productos para animar al consumo y superar la terrible depresión que provocó el crack de 1929. La idea consiste, básicamente, en que el industrial que crea un producto invierta algo más en el diseño con la idea de que el objeto en cuestión, desde unas medias a un vehículo, aguante su funcionamiento sólo un tiempo determinado frente a los productos antiguos, que podían durar más dependiendo de la calidad de los materiales y no de la estrategia del vendedor. Lo que se pensó como una necesidad para animar el consumo y salir de una crisis se convirtió pronto en una oportunidad fabulosa para hacer dinero y obligar a los consumidores a una eterna cadena de comprar para reponer productos que se rompían con el uso por pura estrategia del diseño. El tema no es una novedad y existe un documental muy revelador en el que se habla de esta 'obsolescencia programada' que puedes ver aquí:
En la década de los años 50 la idea de Brooks, que no era otra que 'inculcar en el comprador la necesidad de tener algo nuevo y algo mejor antes de que realmente lo necesite', se extendió como la pólvora y los grandes productores lo aclamaron como el maná que animaría a la economía norteamericana y mundial. Claro que, mientras esta explosión animaba a los industriales a investigar cómo hacer para que sus objetos se partieran cuando menos lo esperara el cliente, o que la cabeza del cliente se planteara cambiarlo cuando aún no había necesidad, en un remoto rincón del Caribe llegó un señor con largas barbas y echó a patadas al dictador del lugar, un tal Fulgencio Batista, que era, además de amo, lacayo de la mafia norteamericana. Y la obsolescencia programada se desprogramó en Cuba porque los productos que allí quedaron atrapados aún no habían sido programados por los 'obsolescencios' del país vecino.
Y así, según un cálculo que hizo Reuters, por las carreteras de Cuba circulan a diario una cifra que oscila entre los 50.000 y los 60.000 vehículos que aquí llamaríamos 'clásicos' y allí, sin embargo, siguen siendo de uso diario cincuenta años después de la irrupción de los barbudos. En los últimos años el gobierno de los Castro ha suavizado la norma que prohibe la compra y venta de vehículos que no sean de los años 40 y 50, los últimos en los que la economía de la isla estuvo en el mercado internacional. En abril de 2009 el gobierno permitió a los compradores adquirir vehículos internacionales, por ejemplo, el Daewoo Matiz con el que crucé la isla y que parecía una nave extraterrestre comparado con los dinosaurios que dejaba atrás en la autopista central, que ellos llaman la Troncal. La importación les duró poco porque el cubano, acostumbrado al trapicheo, comenzó a comerciar con los vehículos clásicos para cambiarlos por nuevos y se llegaron a pagar fortunas por estos coches (hasta 40.000 dólares en una isla de gente sin dinero), aunque las necesidades de los cubanos hacen que el gobierno recule una y otra vez dando entrada a nuevos vehículos y hasta permitiendo la fabricación de coches en la isla (algo impensable antes). Los chinos han tomado la delantera y pronto los coches serán todos amarillos (risas). De momento el mercado de coches con cincuenta años en Cuba ha dado el salto a internet y en esta página pueden ver el ajetreo que existe ahora en la isla vendiendo y comprando coches, ya sean enteros o por piezas, ya sean de hace sesenta años o nuevos de ayer: vendiendo carros cubanos
Mirando los vehículos uno se queda petrificado porque en España no existen estos maravillosos carcamales ni en los museos. Por ahí pasa un Chevrolet del 51 (que es en sí una frase de película), se cruza con Pontiac de impresión y más allá aparca un Austin inglés junto a un Mercury Turnpike del 57. Del Chevrolet dicen que ha durado tanto porque los soviéticos inventaron un motor muy parecido y les cambiaban las piezas. ¿Y los otros? 'La mécanica, papito', me dice un taxista, 'aquí se repone todo y si no lo encontramos, nos lo inventamos'. ¿En qué lugar deja esto al tal Brooks y su obsesión por el consumo eterno? En Cuba no consumen porque no pueden, claro, supongo que si les inundaran las tiendas y mercados de productos que se rompen a los cuatro días los adquirirían como nosotros: el problema es que no pueden, se han quedado atrapados en el tiempo inmediatamente anterior a la Obsolescencia Programada y tienen el privilegio de convivir con productos que, con un poco de apaño, duran lo que decían nuestras abuelas: 'toda la vida'. Un privilegio dudoso, por otra parte, que tal vez les quite más que les da. Pero un privilegio, al fin y al cabo, ese de gastar un litro de combustible por cada nueve kilómetros y tener un coche de museo que resiste a base de ingenio y de parecer un Frankestein. En la página de compraventa de coches cubanos un tipo vende una camioneta Buick del 56 con mecánica rusa de Gaz 53, llantas de Suzuki, butacas de Audi, frenos de disco de Mitsubishi y reproductor de discos Pioneer: vendo Buick del 56.
En los últimos años los españoles se han lanzado a la parte más degradante de la Obsolescencia Programada: la que incide en la necesidad de adquirir un producto antes de que haga falta. En mi entorno el cambio de vehículo era moneda corriente y los coches no duraban más de tres o cuatro años. Un tiempo que, imagino, hará empalidecer a un cubano, bien sea por indignación o por envidia, ahí no entro. La Dirección General de Tráfico, tal vez alienados por el tal Brooks, avisaba recientemente de su preocupación porque el parque automovilístico español tiene, de media, siete años, una situación que califica de grave porque pone en riesgo la seguridad en nuestras carreteras. Por cada vehículo nuevo en España se venden 2,3 usados y la industria del sector pone el grito en el cielo. Pero la crisis es la crisis, piensan los conductores, y si la necesidad de cambiar una Obsolescencia por otra no se corresponde con el dinero que tengo en la cuenta, a seguir con el coche viejo, que anda a pesar de Brooks y de que la casa matriz planifique el número de veces que una ventanilla puede subir y bajar antes de romperse. Supongo que muchos conservarán sus coches durante muchos años más y que en 2025, cuando dicen que el país volverá a la senda del crecimiento imperial e ilimitado, los turistas mirarán asombrados nuestros Opel Corsa del 99 tuneados con Toyotas del mercado negro marroquí...
El 1 de abril de 1941 un gran número de civiles decidió abandonar sus hogares en el norte de Rumanía ante el avance de las tropas rusas que habían ocupado sus tierras incorporándolas a la Unión Soviética. La masa de aldeanos abandonó sus casas en Patrautii-de-Sus, en Patrautii-de-Jos (que son como Villanueva de Arriba y Villanueva de Abajo), abandonaron Cucpa, Corcesti y Suceveni, portaban banderas blancas y cruces, muchas cruces, una postrera reivindicación del espíritu religioso que insuflaba aliento a la desesperada huida. La masa humana creció conforme se acercaba a la nueva frontera, vigilada por el Ejército Rojo: entre dos mil y tres mil personas, burros que tiraban carromatos de madera, niños que lloraban porque les dolían los pies, abuelas tocadas con sus pañuelos negros, hombres rudos, de campo, campesinos sin más conocimientos que los que da la tierra, que ya son.
Pocos meses atrás, el gobierno de Rumanía se había visto obligado a ceder un enorme territorio habitado por casi cuatro millones de personas a los que nadie tuvo a bien preguntar si querían convertirse, de repente, en ciudadanos soviéticos. El pacto Ribbentrop con Molotov cedió una extensa comarca a la Unión Soviética y la región quedó de hecho convertida en parte de Ucrania, a la que sigue perteneciendo hoy. Los campesinos sólo tenían en su mente una idea: cruzar la nueva frontera y volver con los suyos, con los rumanos, dejar atrás toda una vida, sus tierras y sus hogares, y abandonar la pesadilla de un régimen que convertía sus adoradas iglesias en establos y cuadras para caballos. Al principio fueron unos pocos centenares los que se atrevieron a cruzar, uno por aquí, otro despistado por allá, unos pocos juntos que se atrevían a nadar por ese río, otros que saltaban una valla, unos cuantos más que corrían como locos por un campo helado. El goteo crecía y los soviéticos no podían creer que esos campesinos coloradotes que soñaban con popes y vírgenes no desearan vivir bajo su dominio: debían de ser kulaks, pensó alguno cuando el número se calculó, en pocas semanas, en unos siete mil. Al principio se envió a los que trataban de huir de vuelta a sus casas, luego se les declaró traidores a la patria y terminaban en campos de trabajo, pero un buen día los campesinos decidieron pagar cara su piel y guardaban pistolas con las que hacían frente a los guardias. En Fantana Alba, una noche de batalla, los soviéticos mataron a tres rumanos y capturaron a un grupo que fue deportado inmediatamente a Siberia. Sin embargo, el goteo lejos de acabarse se incrementó.
El 1 de abril de 1941, los civiles que antes dije iban en un número indeterminado avanzaron como una ola que lo arrastra todo, caminaban como en romería, lentos, seguros de que nadie podría detenerlos, confiados en su número y en los rumores que aseguraban que nadie los detendría por una orden de Moscú. Pero cuando llegaron a la frontera, los soldados soviéticos, viéndose desobedecidos y desbordados, dispararon a la multitud, primero tímidos, luego con miedo, más tarde desbocados, borrachos de bala y sangre. Nadie supo jamás el número de muertos pero tampoco nadie creyó jamás la cifra de cuarenta y cuatro que dieron los soviets. Los cálculos más timoratos hablan de doscientos muertos tras la primera batida con balas: luego llegaron las torturas, los campesinos atados a caballos y arrastrados hasta la muerte, las ejecuciones sumarias en las tapias de los cementerios, las terribles torturas en los camposantos judíos de la región. En unos meses, más de doce mil rumanos de la Bucovina acabaron sus días en los terribles hielos de los gulags de Siberia.
La iglesia de San Jorge de Voronet, en la Bucovina rumana, tiene la tediosa consideración de ‘La capilla Sixtina del Este’ por los extraordinarios frescos que alguna mano firme pintó en sus muros hace la friolera de seis siglos. A pesar de su turbulenta historia, de la que el suceso de los soviéticos es su penúltimo episodio, la región de Bucovina, hoy al norte de Rumanía y en tiempos región de la pequeña Moldavia, es un lugar único. Tal vez no deba decir a pesar sino debido a. Los frescos de Voronet que permanecen a la intemperie desaparecen como desaparece también la memoria de todos esos desgraciados que fueron muertos en masacres perdidas, en masacres sin nombre, sus apellidos se borran de las tumbas como los frescos de las paredes de un monasterio que pertenece a una cadena de monasterios que son, en su conjunto, Patrimonio de la Humanidad. Los muertos por los soviéticos se unen a los muertos por los turcos y sus ánimas recorren desconsoladas las enormes regiones del centro de Europa para recordar, unos con tumbas de palo y otros con frescos que se borran, que también ellos hollaron este mundo y que no está de más que recordemos a los que nadie recuerda.
La Bucovina es una región desgraciada en todo lo relativo a la raza humana pero privilegiada en su naturaleza. 'País de las hayas' significa eso de Bucovina, y es lo que es, una larga alfombra de bosques de hayas y montañas que la convierten hoy en atracción para turistas entusiasmados con el arte bizantino y ortodoxo y amantes de perderse en rincones remotos. Lo curioso es que la efervescencia máxima la alcanzó entre los años 1522 y 1547, veinticinco años en los que los constructores de iglesias trabajaron frenéticos para levantar un conjunto de templos policromados con tal arte y maestría que muchos de ellos hoy son, como antes dije, Patrimonio de la Humanidad. Como los de la iglesia de San Jorge de Voronet, de los que hablaba antes, la capilla sixtina del este y todas esas comparaciones que hacen temer por su integridad porque las comparaciones, no sé por qué extraño motivo, terminan por fastidiarlo todo.
En Voronet los frescos exteriores se borran como se borran los nombres de las tumbas de madera de los muertos a los que nadie recuerda
Unos frescos que, dicen los estudiosos, se realizaban con el mismo espíritu que tenía la Europa Occidental, donde se especializaron en altorrelieves y en esos pórticos recargados de figuras sagradas y antropomórficas destinadas a relatar las historias del libro sagrado a las masas de iletrados que acudían a misa. Una idea que debió de ocurrírsele a Esteban el Grande, un mítico rey moldavo que murió antes de poder llevar a cabo esta locura pero que se distinguió tanto en la lucha contra el invasor turco que entre los suyos cundió la idea de que había que adoctrinar a sus paisanos como fuera. Su hijo, Petru Rares, fue el impulsor de esta paranoia arquitectónica y pictórica en un contexto que no era menos paranoico porque las tropas turcas atacaban a los pobres ortodoxos sin piedad y el tal Petru trataba de mantener alto el espíritu cristiano mientras rendía pleitesía a Suleimán el Magnífico, el nuevo amo de la región. Un contexto similar al de las montañas de Rila, en la cercana Bulgaria, donde se alza majestuoso un colorido monasterio que tiene también una historia muy particular: El monasterio de Rila.
En la Bucovina la idea de los dibujos en los muros alcanza el paroxismo, dentro y fuera de los templos, hay quien los compara con las alfombras persas, con las miniaturas de los códices, y hay también quien piensa que son invencibles porque han soportado, en su mayoría, las invasiones turcas, las austríacas, las rusas, las soviéticas, al tirano de Ceacescu y a la indiferencia de los tiempos del ateísmo. Y ahí siguen, incólumes, orgullosas de sus colores, a pesar de que el tiempo, este sí, hace mella en las capas de pintura que alegre y profusamente utilizaron los artistas de cinco siglos atrás, sobre todo en las paredes más expuestas a los fuertes vientos que azotan la comarca. Según estudios recientes, la técnica era tan sencilla como eficaz: combinaciones armoniosas de un número muy reducido de tonos extraídos de pigmentos minerales. Ocre rojo de las arcillas del óxido de hierro, rojo del óxido de plomo, azul del carbonato de cobre inestable y del Voronet del lapislázuli, verde del carbonato de cobre y amarillo ocre de las arcillas ricas en óxido hidratado de hierro. Los pigmenots se mezclaban con hollín negro del humo del carbón y se mezclaban con huevos, vinagre, miel y hasta láminas o polvo de oro. Aquí explican estas técnicas
El resultado sigue ahí, serio, con cierto aire de tristeza, pero magnífico, tal vez un poco más apagado cada día que pasa, pero firmes, recordando que el soldado soviético no pudo borrarlos ni el invasor otomano destruirlo ni el fuerte viento que azota la región levantarlo en lascas. Y recordando también que su esplendor y su mayor protección lo alcanzaron, paradójicamente, en los tiempos del imperio turco, el de la Sublime Puerta, el imperio otomano. Ahí siguen, erigidas para adoctrinar a los que ya no están y como mudo recuerdo de los que nadie recuerda. Estos son los nombres de sus principales monasterios: Voronet, Sucevita, Moldovita, Arbore y Humor.
Grupo de baile wayuu antes de danzar la típica Yonna
En 1933 Henri Charriere, más conocido por el Papillon de su novela y de la película interpretada por Steve McQueen, se escapa de una insalubre prisión en la Guayana francesa y llega a pie hasta la desértica región de la Guajira, en el norte del continente sudamericano. Además de sus múltiples peripecias con leprosos, monjas traidoras y una simpática pareja británica, Papillon conoce a los indígenas de la región, los Wayuus, encuentra el mito del buen salvaje, que tanto soñó Rousseau, y se enamoró de dos hermanas, a las que convirtió en sus esposas. ¡Un sueño para un tipo de los bajos fondos escapado de una de las peores cárceles del planeta, la conocida como Isla del Diablo! ¡Tanto que lo único que llegó a balbucear, recordando los felices tiempos en la Guajira, fue que allí experimentó ‘la forma más pura del amor y la belleza!
No diría yo lo mismo de la Guajira, un secarral inhóspito incluso en época de lluvias, un desierto árido y desapacible, a cuyo corazón llegué encaramado sobre un camión de carga, rodeado de indígenas locales, los wayuus, y en la peor época posible: la de lluvias. El viaje debía llevarnos seis o siete horas, según el conductor, pero dos días después seguíamos allí, en mitad de un desierto convertido en barrizal por las cuatro gotas que caían de cuando en cuando, inmovilizados en un gigantesco charco de lodo, asediado durante la noche por los ronquidos de ranas que parecían búfalos y por las desagradables memorias de los viajeros.
El camión que debía llevarnos en siete horas tardó tres días
‘Una vez entramos en un ranchito porque se nos hizo de noche’, me contó una chica, ‘y en el interior la familia estaba sentada a la mesa, con la cena puesta: ninguno tenía cabeza…’ Durante muchos años, toda esta zona estuvo sometida a la violencia indiscriminada de Jorge 40, el alias de Rodrigo Tovar, uno de los más sanguinarios y crueles paramilitares, comandante del Bloque Norte y hoy encarcelado en los EE.UU acusado de narcotráfico y del asesinato de 600 personas. ¡¡Seiscientas personas!! Los wayuus se estremecen al escuchar este alias, sienten escalofríos, se les oscurecen sus ya oscuras miradas y dejan traslucir un sentimiento inaudito en ellos: lo odian.
Y eso que los wayuus han visto de todo y han sobrevivido a todo. Hace ahora quinientos años, los españoles colonizaron la zona como entrada al continente sudamericano, levantaron una ciudad, a la que llamaron Nuestra Señora de los Remedios, y vivieron acuartelados, sedientos, siempre en busca de agua y asediados por los wayuus, que los acribillaban a flechazos a la mínima oportunidad. En diez años tuvieron que abandonarla, hartos de pasar sed y de las flechas, y fundaron Ríohacha, algo más al oeste. Los wayuus siguieron en la región, y allí siguen hoy, recordando a Rodrigo de Bastidas y a Simón Bolívar y a Francisco de Miranda y a Papillon, visitantes ocasionales dispuestos siempre a escapar del paraíso seco de los wayuus.
Niños wayuus
Conchita Ospina teje un chinchorro
Los wayuus suman hoy alrededor de trescientos mil indígenas, la mitad en Venezuela y la otra mitad en Colombia, súbditos de la patria Wayuu y con la facultad de la doble ciudadanía. ‘No somos ni colombianos ni venezolanos: somos wayuu’, corrobora Conchita Ospina, una de las más reconocidas artesanas de la patria wayuu. ‘Somos la etnia más numerosa de los dos países, de Colombia y de Venezuela, y pasamos la frontera sin problemas porque estamos aquí antes de que esos dos países se constituyeran en el siglo XIX, y somos tan iguales que la sequía que tenemos aquí en Colombia es exactamente la misma que tienen en Venezuela’. Los wayuus viven dispersos, dedicados sobre todo al pastoreo, aislados en chozas que llaman rancherías muy separadas unas de otras, para no confundir los ganados, encerrados en un mundo propio con su propia lengua, el wayunaiki. En los últimos años, los wayuus colombianos han emigrado en masa a los alrededores del lago Maracaibo, atraídos por las buenas condiciones de vida que les ofrece el régimen de Hugo Chávez, y espantados también por las masacres que cometían los hombres de Jorge 40, entre otros. Pero en el lado colombiano está el lugar más sagrado de los wayuus: Jepirra, o Cabo de la Vela, según el bautismo español, el paso obligado para todos los espíritus wayuus, el lugar donde el alma del guajiro comienza su viaje a través del cosmos.
Hoy Jepirra, o el Cabo de la Vela, ofrece un espectáculo desolador, sus aguas caribeñas erizadas por la brisa, los fondos marinos espectaculares, las chozas de los indígenas esperando que los pocos turistas que se aventuran hasta la región, principalmente mochileros, llenen sus chinchorros (coloridas hamacas que tejen ellos mismos). ‘Cuando el wayuu muere’, continúa Conchita, vecina de la ciudad, ‘viene aquí, muera donde muera, y su alma deambula hasta llegar a Jepirre, donde tomará fuerza para su posterior y último viaje’. El paraíso Wayuu no deja de ser curioso: un lugar calcado a la tierra, donde el wayuu seguirá teniendo la misma vida que aquí abajo, ‘el que es rico, seguirá siendo rico, y el que no, pues igual, pero siempre habrá agua, no se conoce la sequía y nunca le faltará de nada…’. Un paraíso acuoso, con el agua saliendo por las orejas, la felicidad en forma de saciedad, de enguachinados eternos. Un paraíso compuesto por manantiales y chinchorros y hamacas y bolsos y todas las hermosas artesanías que con tanto estilo tejen y tejen las mujeres wayuus a todas horas. Incluso en los colegios, y en los internados, las clases de artesanía alternan con las de geografía o matemáticas. La artesanía como conocimiento elemental.
A la sombra de la choza de Conchita, que también es artesana, no acabo de sentir la paz que encontró Papillon. Claro que tampoco encuentro a las dos hermanas que le hicieron perder la cabeza ni provengo de una insalubre prisión en la Guayana. Aunque sí hay paz y bienestar. Arriba, en el monte donde se suponen deambulan las almas de los muertos, sí hay brisa, un viento feroz que despeja frentes y en la que se adivinan voces espectrales, producto del mismo viento rozando las piedras. Los muertos pasan a mi lado, chocan contra mis piernas, pero no los veo, y tampoco los creo. Los wayuus sí los creen, hablan con ellos en sueños y cualquiera te sorprende con historias de contactos que harían las delicias de cualquier médium castizo. ‘Mis ancestros me salvaron de la muerte’, me diría un señor en Nazareth, ‘los paramilitares vinieron a matarme pero huí con mis padres de madrugada porque soñé lo que pasaría’. Las frases son sinceras, realmente creen que han hablado con sus difuntos, y tal vez sea cierto y este escepticismo mío no sea sino el clásico descreimiento occidental.
Dos perspectivas de Japirre, o el Cabo de la Vela
Llegar a Nazareth ha sido una prueba de fondo y de paciencia. Además, no hay hoteles. Los vecinos te invitan a colgar una hamaca en cualquier patio y a dormir cuando se pone el sol y levantarte cuando se les apetece a las gallinas. En Nazareth se encuentra el hospital, el único hospital de la región, dirigido por Ramiro, un carismático médico paisa, de Medellín, que lleva treinta años en territorio wayuu. ‘Cuando llegué venía un paciente cada dos días porque no se fiaban de nosotros’, asegura detrás de su larga barba blanca, ‘ellos tienen su propia medicina, administrada por los Piachi, sus curanderos tradicionales, pero con el tiempo, y con mucha paciencia, vieron que sí éramos capaces de mejorarles en algunas enfermedades, hemos conseguido que retroceda el sarampión, la polio, la hipertensión, aunque, eso sí, hay enfermedades que no sabemos cómo tratar y son sus propios curanderos los que consiguen resultados espectaculares que nosotros no podemos ni entender’.
En el hospital de Nazareth
Ramiro ha levantado el hospital con sus propias manos y conoce tan bien a los wayuus que ha entendido que para que rompan su suspicacia sólo se puede hacer a través de médicos wayuus. Los indígenas consideran a la enfermedad como algo sobrenatural, enviado por fuerzas superiores, y el piachi, además de manejar hierbas y plantas locales, se comunican con los espíritus. Por eso es tan importante que los médicos sean bilingües. ‘Para ellos no es lo mismo contarle sus males a un civilizado, como nos llaman a los occidentales, que a uno de ellos’. El acuerdo es tan grande que el hospital tiene un patio trasero donde los wayuus provenientes del interior duermen en hamacas y reciben a los piachis: no están acostumbrados a las camas, no terminan de fiarse de la medicina ‘civilizada’. El cambio es grande: ahora se acercan hasta cien pacientes al día aunque muchas veces los piachis, en palabras de Ramiro, consiguen mejores resultados en según qué enfermedades. En una hamaca se recupera un paciente wayuu, sus pies colgando, las zapatillas hechas con goma de neumático usado, a la sombra, una sonrisa le cruza la cara.
Gasolinera Wayuu en La Uribia
En un mercado wayuu
Los sueños, soñamos con los familares muertos, nos hablan de cómo será aquello, visitan sus sepulcros, se comunican con ellos, entre ellos el Palabrero, el Juez wayuu, que es el que lleva la palabra, el intermediario que pone fin a los conflictos, que evita guerras y peleas, no se levanta hasta que se llegue a un acuerdo, y su labor acaba con un pago, generalmente en chivos. Colombia y Venezuela no intervienen en los problemas legales de los wayuus, ellos administran su propia justicia gracias a un sistema legal propio basado en la figura del Palabrero. El Palabrero acude a los lugares donde se plantea un conflicto, media entre las familias, discute, apacigua ánimos y , finalmente, da su veredicto, que es de obligado cumplimiento. La sentencia otorga la razón a una de las partes y obliga a la otra, generalmente, al pago de un número de chivos y a cumplir la pena. Ricardo Enrique Suárez es Palabrero, un palabrero ya anciano y con décadas de impartir justicia a sus espaldas. Gente como él han mantenido vivo un sistema que aceptan los gobiernos de Colombia y de Venezuela sin cortapisas. Una justicia distinta a la de los Arijunas, los ‘civilizados’, que es un modelo en dos países con unos sistemas de justicia más que deficientes.
Los sueños sirven como anuncios para evitar que el tren los atropelle
El pueblo Wayuu es un matriarcado en el que el distintivo de raza viene dado por la sangre materna. La raza se transmite matrilinealmente y todo se hereda por vía materna. ‘Yo no heredo las propiedades de mi padre’, me cuenta Conchita Ospina en su refugio del Cabo de la Vela, ‘sino lo de mi madre y lo de mi tío, el hermano de mi madre: lo de mi papá lo heredarán mis sobrinos y yo daré mi apellido’. El cambio de mentalidad hay que asumirlo: los hijos de dos hermanas no pueden casarse porque sería incesto: son primos pero wayuus con la misma sangre. En cambio, los hijos de dos hermanos sí pueden casarse: son primos pero no son wayuus.
Internado indígena de Nazareth
Conocí a los wayuus una tarde de hace ya demasiados años en el barrio de la Candelaria, en el centro de Bogotá. Interpretaban una danza ancestral, la Yonna, un extraño baile en el que las chicas, vestidas con las mantas tan clásicas en las wayuus, perseguían a un chico con pasos que intentaban parecerse a los que darían animales salvajes. Con ese baile los despido, con el colorido baile de la Yonna, con el pueblo que sueña con sus espíritus y que espera un paraíso lleno de agua.