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domingo, 27 de julio de 2014

Viaje a Erevan: la capital de los armenios

yerevan por hachero

En el centro del Cáucaso sur existe un país que tiene mucho de la irreductible aldea de Asterix y Obelix. Se llama Armenia y, como alguien me dijo en la capital de la vecina Georgia, parece levantarse sobre una roca. La entrada en el país desde el norte resulta, a ojos de un profano, un tanto desapacible porque la frase martillea el cerebro y deforma la realidad hasta convertirla en más real de lo que es. 'Es cierto', me decía, 'esto es una roca'. La carretera, que ya en Georgia dejaba mucho que desear, se convierte en Armenia en una vía que en mi país no sería más que una carretera secundaria, aunque en mi país tenemos de todo y no nos ha servido para mucho más que una ruina nacional de órdago. A diestra y siniestra de la vía se abren llanuras rocosas apenas cubiertas por un débil manto de yerba rala, llanuras breves que pronto se levantan en roca furiosa y gris que se eleva al cielo buscando huir de una geografía atormentada por la capa tectónica conocida como Euroasiática. De hecho, las montañas del Cáucaso son el resultado del empuje de la placa árabe contra la euroasiática, un juego de dominó que nos lleva hasta el mismísimo Himalaya y la placa india, de donde parten las tensiones que jalonan todo oriente medio de formaciones rocosas de bella factura y movimientos sísmicos que levantan montañas como las que veo, y que se pierden en el enorme macizo del Cáucaso.

yerevan por hachero

Admiro con una mueca de disgusto esos picos pelados de roca viva, intensa y gris, yo, que soy de mar, y fuerzo la vista para observar la vida de las pocas familias que parecen habitar las únicas zonas habitables: las riberas de las corrientes, a las faldas de las montañas, protegidos de un clima desabrido por pequeños bosquecillos que parecen soportar estoicos la grandeza de las rocas. Y mientras pienso en cómo la placa tectónica árabe empuja a la euroasiática en su movimiento de dominó desde la lejana India observo a mis compañeros de viaje. Un tipejo fuma alegremente sin importarle la cara de intenso sufrimiento de una anciana con el rostro enmarcado en un pañuelo, una muchacha sostiene su teléfono móvil en alto mientras una horrible música discotequera resuena en el ambiente, el conductor parece enloquecido por estas curvas tan cerradas.

yerevan por hachero

Y ahí afuera, Astérix y Obélix adquieren forma de cristianos antiguos, cristianos remotos, los primeros cristianos, y los imagino llamándose Asterishian y Obelikian, resistiendo contra los invasores rusos desde el norte, contra los turcos del imperio otomano desde el sur, contra los persas desde el este, mirando en el horizonte la imponente montaña de las Montañas, el monte Ararat, y siendo, ellos también, presa del movimiento tectónico social, el que empuja al ser humano a las grandes epopeyas, ahora mongoles que irrumpen en el corredor de la Anatolia, luego rusos empujados por los delirios de grandeza de sus Pedros y Nicolases, combatidos por los vecinos zoroástricos que antes adoraban el fuego y que ahora son algo así como turcos chiítas, y qué decir de los chiítas mayoritarios, los persas de la inmediata Irán... Si eso no es presión tectónica, pero tectónica social, que venga Dios y lo vea...

yerevan por hachero

yerevan por hachero

Entro en Erevan por la ruta del norte y los primeros barrios tumban mi curiosidad por los suelos. Bloques funcionales de la arquitectura estalinista soviética, muy degradados por el paso del tiempo, me reciben grises y tristones, una sucesión de calles oscuras y tiznadas como de hollín, barrios realmente feos que ondulan sobre la atormentada geografía armenia y que no pueden evitar la agorera frase: 'Armenia está construida sobre una roca...'. Una mansión con gusto a narcotraficante iletrado se enseñorea de aquella colina, unos niños juegan con unos jerseys que me parecen fuera de moda (yo, que vivo en el punto más remoto de las modas), incluso los vehículos son antiguos y parecen pruebas arqueológicas de la mecánica humana. La estación de autobuses tampoco ofrece una imagen mejor. Un abuelo me mira compasivo y trata de animarme: 'allí está el monte Ararat', comenta orgulloso, pero en el horizonte no se ve nada, tan sólo una neblina gris oscura que contrasta con la neblina gris clara que colorea el cielo. 'Bueno, hoy no, tal vez mañana...'. Al borde del colapso tomo un taxi pero el precio me resulta elevadísimo incluso para Londres: ¿está seguro?, le digo al taxista, que me ofrece otro precio, diez veces inferior. Agotado por las siete horas de viaje hacinado en una furgoneta accedo por pura desesperación y le pago un precio que ya se ajusta a mi visión de la realidad (aunque sigo pensando que el taxista ha hecho la semana conmigo).

yerevan por hachero

No sé qué esperaba de Erevan, y de Armenia en general, aunque sí que lo que veo no se acerca a mis expectativas. El primer país cristiano, me decía, la nación que cautivó a mi excompañero de empresa, José Antonio Gurriarán, autor de varios libros sobre el país y víctima de una bomba que le dejó secuelas en las piernas para toda la vida y una persona muy comprometida con Armenia, mira su blog aquí), el país de nombres que suenan hoy míticos, como Ter Petrosian o Monte Melkonian y los guerrilleros de la terrible guerra del Nagorno Karabagh, la nación que sufrió un horripilante genocidio a manos de los turcos a principios del siglo XX. Había leído mucho sobre Armenia, demasiado tal vez, y ahora la realidad se imponía a mis pies: la entrada en Erevan es descorazonadora. Pero mi opinión cambiaría en unas horas.

yerevan por hachero

Erevan resulta ser una ciudad vibrante, con avenidas salpicadas con comercios de alto standing, parques, muchos parques y estatuas, muchas más estatuas, una ciudad con pinta de recién sacada del paquete en según qué partes y con reminiscencias a arquitectura soviética en según qué otras. Mi objetivo principal estaba en una colina con nombre imposible para un latino, Tsitsernakabert, donde se ubica el museo del genocidio, un sitio estremecedor atravesado su ambiente invernal por una no menos estremecedora aria, pero Erevan ofrece mucho más. En mente mis objetivos pasaban por visitar el terrible Museo del Genocidio (aquí está la entrada en mi blog) en memoria de los cientos de miles de asesinados a manos de turcos y kurdos y conseguir un visado para el Nagorno Karabagh pero además disfrutaría, pensaba yo, de una ciudad que presumía, desde España, pintoresca y acogedora. También es cierto que no soy un buen turista y siempre acabo donde no debo: por eso si pincháis aquí os saldrá un blog con datos de los sitios más turísticos, por si queréis acercaros.


O este otro, de un colombiano viajero y muy minucioso en sus descripciones: http://blogdebanderas.com/2014/03/04/yerevan-armenia-la-capital-del-primer-pais-cristiano-del-mundo/

yerevan por hachero

Curiosamente su principal símbolo es inalcanzable. El monte Ararat, que me señalara en vano aquel abuelo a mi llegada, es casi que el mito sobre el que se cimenta la patria armenia, el lugar en el que Noé fondeó su famosa Arca cuando las aguas del diluvio universal comenzaron a descender. Hay quien dice, y esto lo saco del wikipedia, que en las primeras crónicas cristianas se aseguraba que Noé dijo 'Yerevats', que es algo así como '¡¡apareció!!', refiriéndose a la tierra. Un mito como el que cimenta otras civilizaciones, aspiraciones casi que utópicas y que aspiran a conseguir territorios que están lejos y al tiempo cerca. Porque el monte Ararat está en territorio turco, aunque los días claros parezca que flote sobre la ciudad de Erevan. Y decir aquí turco es desenterrar un montón de malos recuerdos y una historia de dos países que se han desarrollado de espaldas, a pesar de que les separa sólo una línea en los mapas. Otra teoría asegura que Erevan proviene de un rey llamado Yervand IV ('El último') y que sería su legendario fundador, aunque los historiadores más serios aseguran que proviene de un castillo levantado por otro rey armenio, Argisthi I, allá por el siglo VIII, y que llamó Erebuni por el esfuerzo que le costó levantarlo (Erebuni significa Fortaleza de la Sangre). Por Erevan pasaron los persas aqueménidas, los medos y los escintios pero no fue hasta el año 301 que Erevan, y los armenios en general, llegaron a su momento cumbre: la iglesia de San Pedro y San Pablo, construida en el siglo quinto, fue el escenario de la declaración de Armenia como primer país cristiano del mundo, gracias a un tipo con un nombre simpático: San Gregorio El Iluminador, santo patrón de los armenios. No busquen la iglesia porque no existe ya: en 1931, en plena efervescencia soviética, las autoridades de la ciudad ordenaron demolerla para construir una sala de cine.

yerevan por Hachero

yerevan por hachero

Sea como fuere, los armenios llevan con orgullo ese dato, el de primer país cristiano del planeta, nada menos que ochenta años antes que el imperio romano. Un espejismo, en todo caso, que duró apenas un siglo porque en el 428 el territorio cayó en manos de los turcos sasánidas para pasar luego a manos árabes, bizantinas y selyúcidas, mongoles y hasta rusas, aunque siempre intentando mantener esa fe cristiana que es bandera y orgullo. El genocidio de principios del siglo XX, y sus previos de finales del XIX, no borraron a estos Asterix y Obelix del Cáucaso sino que los lanzaron a medio mundo, de manera que, como dije en el post dedicado al museo del genocidio, hay armenios en Moscú y en Marsella, en Nueva York y en Buenos Aires, en Alemania y en Estambul, al estilo del éxodo judío.

yerevan por hachero


La ciudad es armenia desde su fundación, pues, pero sería absurdo decir que siempre ha permanecido homogénea. Desde el balcón de mi ventana veo sobresalir una cúpula azul de entre la masa de edificios grises y sin apenas encanto. Es la conocida como Mezquita Azul, un templo que usaba la población azerí antes de la sovietización y que como consecuencia de la guerra del Nagorno Karabagh se quedó sin apenas fieles. Sin embargo, ahí está, testigo mudo de que Erevan es armenia pero también fue un kanato, tres siglos atrás, y en el siglo XIX los viajeros la describían como ciudad musulmana perteneciente al imperio otomano. Después del terrible genocidio de 1915, decenas de miles de armenios llegaron a la ciudad desde la Anatolia y más tarde otras decenas de miles desde Siria, Irak, Líbano y los Balcanes, también huyendo pero ya no de los Jóvenes Turcos sino de la descomposición del imperio otomano y de la segunda guerra mundial. Triste destino el de huir siempre de la violencia. La cosa es que hoy Erevan es armenia casi que al cien por cien y que algo tuvo que ver también la política del Kremlin de financiar el metro a las poblaciones con más de un millón de habitantes...

yerevan por hachero

 Desde mi hotel se ve sobresalir la cúpula de la mezquita azul

yerevan por hachero

Mi hotel está a las espaldas de la plaza de la República, el centro de la ciudad, con sus ministerios, su enorme espacio público y una fuente que cambia de luces con cada nota musical que rasga el principio de la noche armenia. Las calles están llenas, los cafés rebosan gente y las avenidas del centro de la ciudad no parecen del Cáucaso sino que tienen un nosequé  ibérico, con sus tiendas de ropa de moda, sus pizzerías y restaurantes, tanta gente por las calles. Charles Aznavour, el cantautor francés, tiene su propia plaza, semicircular y que se completa con su casa museo, allá arriba en una montaña, porque Aznavour era armenio, como tantos exiliados que triunfaron en el extranjero. Pero, aparte de ese gran espacio que uno imagina repleto de masas enfurecidas gritando lo mismo vivas a Lenin que derribando sus estatuas, el sitio me parece desabrido y hasta desagradable, parece que los vecinos apenas pasen por aquí si no es estrictamente necesario, o que seas un alto dirigente que se aloja en el Marriot, o tal vez que seas un ministro o vengas a tirarle un zapato. Sigo con mis pesquisas en busca de la embajada del Nagorno Karabagh pero nadie parece saber dónde está y la página web de internet me envía a una dirección que no existe...

yerevan por hachero

yerevan por hachero

yerevan por hachero

Y eso que pasear por Erevan resulta muy agradable y aquella primera sensación se evapora: de hecho parece que mis recuerdos sean de una ciudad distinta. Encuentro un gran parque frondoso y primaveral y veo novios escondidos tras unos matorrales, parecen jugar al escondite, la novia es toda una beldad y me mira alegre, me sonríe, hace un gesto extraño con los morritos y comienzo a ponerme nervioso hasta que localizo a un fotógrafo justo a mis espaldas: aún así le hago una foto yo también. Pronto me aburriré de hacerles fotos: hay bodas por doquier... ¡¡Pero hay fotógrafos!! Alguno sabrá, pienso, dónde está la esquiva embajada de Stepanakert. Pregunto y sus caras se transmutan en poema armenio: ni idea...

yerevan por hachero


El tiempo es agradable, aún no ha llegado la temporada de nieves que sumerge a la ciudad en un manto blanco y resbaladizo así que los vecinos se entretienen al aire libre aprovechando las últimas semanas de sol.

yerevan por hachero

yerevan por hachero

Sus parques, sus jardines, la multitud de estatuas que recuerdan que esta es una ciudad de músicos y de artistas. Arno Babajanian continúa tocando estruendoso y ensimismado su enorme piano bajo la tenue luz de un farol mientras su enorme nariz apunta directamente al cielo (y sospecho que incluso ensarta a la luna), Alexander Spandiaryan parece pensar una aria mientras que la de Aram Khachaturian soporta estoico las protestas que cada día toman la explanada de la plaza de la ópera, verdadero centro de reuniones y mítines de la ciudad.

yerevan por hachero

Yerevan por Hachero

Vistas desde La Cascada

yerevan por hachero

Mención aparte merece la Cascada, una obra de un arquitecto llamado Alexander Tamanian, que también diseñó la Ópera, y de las que no sé muy bien qué pensar. Justo donde acaba la zona llana de la ciudad, Tamamian aprovechó la colina para construir una escalera de 118 metros escoltada por todo tipo de esculturas, desde conejos a señoras gordas al estilo de Botero. La escalera debía de ser todo un símbolo para los erevaníes pero resultaba extraña ahí tan sola así que un millonario norteamericano, pero de origen armenio, Gerard Cafesian, se lanzó a horadar la colina para acompañar la escalera con un museo construido a varios niveles. Tampoco sé qué pensar de la Ópera, un edificio circular y tocho, gris y que me trasmite tristeza y pesar, no me pregunten por qué: serán los grupos de jubilados con aspecto de no llegar a fin de mes que merodean por los jardines, o tal vez una protesta que de repente llena la explanada de lugareños con el puño en alto, o puede que me recuerde a esos barrios deprimentes de las ciudades soviéticas. El caso es que miro el edificio de la ópera y no termina de gustarme... Paro a un taxi y le ruego que me lleve a la embajada del Nagorno Karabagh, esté donde esté. 'Ni idea', me dice, y le muestro entonces la dirección que viene en internet. La examina y termina siguiendo mis pasos por la ciudad: aquí ya estuve, le digo, y ahí también, en ese cibercafé ya pregunté, le grito, y en aquella librería también... 'Tal vez haya que comenzar de nuevo y pensar que la ciudad ha crecido con nombres que a veces se repiten', me guiña un ojo el taxista mientras mete cuarta en un estrecho callejón.

yerevan por hachero


yerevan por hachero

Por fin consigo encontrar la embajada del Nagorno Karabagh (el taxista me agradece que se la haya enseñado, me dice, porque no tenía ni idea de que existiese) y los lentísimos funcionarios me preguntan si me pegan un estrepitoso visado en el pasaporte o me lo dan suelto. 'Péguelo', le dije confiado y la chica, tras echarme una mirada compasiva, me lo pega con cierta saña. 'Muchas gracias', dice, 'ahora no podrá entrar nunca en Azerbaiyan...' Eso es cierto, si las autoridades del país vecino encuentran ese visado puede encarcelarte sin contemplaciones. Sin embargo, y a pesar de todo, entré en Azerbaiyan, aunque con cierto truco porque sólo pisé la parte ocupada por el ejército armenio, en la devastada ciudad de Agdam, pincha aquí para verlo. Hasta Stepanakert, capital del Nagorno, me quedaban larguísimas horas sentado en un taburete en el interior de una furgoneta atestada de personal que circulaba por una nueva versión de aquel 'país levantado sobre una roca'. Erevan tiene otro aire cuando se conoce. De hecho, volvería otra vez. De hecho, volveré otra vez...


lunes, 5 de mayo de 2014

Viaje a Azerbaiyan: en la ciudad abandonada de Agdam (II)


Desde el minarete de la mezquita, Agdam ofrece una visión apocalíptica. A vista de pájaro las calles son más visibles que a ras de suelo pero el grado de devastación es tan grande que parecen más unas ruinas antiguas que unas recientes. Las casas son identificables aún como tales y en un ejercicio de imaginación no muy severo puedo ver a la mujer que se dirige al mercado, a los abuelos sentados fumando narguile, el peluquero de la esquina y los contrabandistas conduciendo alocadamente un coche. Pero una vez desecho el embrujo todo desaparece y la realidad se impone. No hay nada de eso. Las casas sólo ofrecen escombros y vegetación desatada, las carreteras son una sucesión de baches en los que se adivinan cráteres de misiles Grad y otros provocados por las inclemencias del tiempo. Allá lejos las montañas negras del Nagorno Karabagh, el Jardín Negro, y nada más. Calma y silencio donde antes había bullicio y ruido. Ni siquiera resulta fácil evocar los tiempos en los que los mercenarios se enseñorearon de la ciudad para multiplicar sus negocios, su estraperlo de productos iraníes, turcos, rusos.

Agdam por Hachero
Agdam por Hachero

Kemal Ali, un médico que conocía la zona, contó a Thomas de Waal, todo un experto en la zona (y autor de libros imprescindibles para conocer esta región, como Caucasus y Black Garden), que las unidades luchaban según la resaca que tuvieran ese día y que en ocasiones preferían dormir la mona, 'la guerra es un estupendo lugar para los criminales y en aquellos años el ejército de Azerbaiyan estaba al mando de criminales'.. Entre los nombres que quedarán en la historia de la infama caucásica destaca el de Asif Makhamerov, al que decían Freud porque se las daba de intelectual, por no mencionar el de La Mula. En 1991 el Nagorno Karabagh aún era un mosaico de pueblos azeríes y armenios, cuando no vivían todos en la misma población. Pero conforme el odio creció, los vecinos más fuertes expulsaban a los más débiles, o los ejecutaban directamente. En octubre de 1991 los armenios cortaron la carretera con Khojali y masacraron a la población local. Tan sólo Thomas Goltz pudo dar la voz de alarma de que la región acababa de abrir la espita que la llevaba a la guerra, pero apenas encontró eco. En Khojali murieron alrededor de 500 personas y Agdam, muy cerca de esas terribles montañas que quedaron cubiertas de muertos congelados, se supo entonces perdida.

Agdam por Hachero

En pleno caos de la situación, agravado con la dimisión del presidente de Azerbaiyan, Ayaz Mutalibov, el ejército ruso recibe órdenes de abandonar la región pero los vecinos armenios de Stepanakert bloquean las carreteras y les obligan a evacuar vía aérea (y abandonar todos los equipos en tierra). El caos ya era absoluto y la ciudad de Stepanakert termina rodeada por fuerzas azeríes (y chechenos como Shamil Basayev que vinieron a apoyar a sus hermanos en fe) y los armenios se involucran en una guerra que ya es total. La ciudad de Shusha, uno de los clásicos ejemplos de convivencia interétnica y situada sobre una colina, sirve de base para el lanzamiento de misiles sobre Stepanakert, indefensamente levantada sobre una extensa llanura a los pies de la primera. Los ataques no duraron mucho ni sirvieron para mucho más que aterrorizar a los vecinos de la ciudad pero las consecuencias fueron terribles porque los armenios decidieron no dejar piedra sobre piedra.

Agdam por Hachero
Agdam por Hachero

Agdam se llenó primero de refugiados de Xodjali, desplazados que deambulaban por las calles que ahora veo cubiertas de maleza y con hornos y trozos de frigoríficos tirados ante lo que una vez fueron puertas de casas. Goltz estaba en busca de testigos de la masacre de Xodjali cuando cayeron los primeros misiles en la ciudad, un primer ataque que desató una oleada de nuevos refugiados entre los que se contaban antiguos refugiados de la ciudad masacrada. La marea humana estaba salpicada de carros, carretas, coches, caballos y gente en bicicleta huyendo de la destrucción. Más de cincuenta mil personas salieron ese día para evitar la muerte y la ciudad se convirtió en bastión azerí para luchar contra los armenios. Hasta seis grupos distintos de mercenarios, que no eran más que delincuentes, se hicieron fuertes en la ciudad. Cuenta Thomas de Waal que aunque los dos ejércitos tenían serios problemas de organización, las paredes de los mercenarios estaban repletas de posters de chicas desnudas mientras que los armenios, algo más concienciados en lo que se jugaban, trataban de mantener una disciplina militar. A Agdam enviaban desde Bakú a los armenios que aún vivían allí y que secuestraban para sacar dinero, como Lev Vaganovich Ovakov-Leonov (Leoniyan), un artista octogenario con el título de artista nacional en los tiempos soviéticos que fue secuestrado y trasladado a Agdam para un intercambio por el padre de un conocido juez que a su vez había sido también secuestrado por células armenias.

Agdam por Hachero
Agdam por Hachero

De todos los grupos paramilitares de Agdam sólo conozco el de La Mula, autoproclamados Los Halcones de la Defensa y autoencomendada la salvaguarda del perímetro de la zona del cementerio y la mezquita de los ataques armenios, que estaban apenas a cien metros. Su posición era conocida como Puesto 19 y frente a ellos estaba una facción armenia encabezada por un antiguo compañero de colegio de La Mula. 'Espero matarlo pronto', le decía a Goltz, sin saber que esa dudosa amistad le depararía la detención en Bakú porque ambos falseaban los ataques, anunciaban bajas que no se habían producido para crearse fama y poder dedicarse al contrabando, que era su especialidad, sobre todo el contrabando de cuerpos humanos, que guardaba conservados en hielo. Los Halcones tenían tres tanques y una infinidad de armas procedentes de compras ilegales a soldados rusos, y entre sus hombres, seiscientos, había oscuros contrabandistas, ucranianos, tayikos y rusos. Su odio a los armenios lo expresaba así: 'Los azeríes somos siete millones, casi ocho, mientras que los armenios son dos millones y medio, si cada uno de ellos mata a cien de nosotros aún así les doblamos en número así que sencillamente ellos no pueden ganar'.

Agdam por Hachero

Aunque la fecha oficial del desastre al que asisto desde la altura del minarete de Agdam fue el 23 de julio de 1993, día de la caída, el desastre ya había comenzado un mes antes, en junio,  cuando el ejército armenio lanzó una gran ofensiva aprovechando los líos del gobierno, con un presidente que huyó del palacio presidencial casi que sin cerrar la puerta, y el enfado de uno de los pocos militares capaces de, si no ganar sí al menos plantar cara al enemigo: Surat Huseinov, que se hizo fuerte en la ciudad de Ganja y desafió al estado azerí. En ese estado de indefinición, los refuerzos dejaron de llegar a Agdam: no llegaban soldados de reemplazo, no llegaban armas, ni alimentos, ni nada de nada. Los vecinos se organizaron para la defensa de la ciudad y los grupos de paramilitares rondaban por las calles en estado de sobreexcitación nerviosa. Los misiles seguían cayendo, los cadáveres de los refugiados de otras zonas se pudrían en las calzadas, los casquillos estaban esparcidos por doquier y los vecinos terminaron viéndose como un remedo de los defensores de Stalingrado pero condenados a la derrota porque, concluyeron, no importaban un pimiento a Bakú.

Agdam por Hachero

El día después de la caída de Agdam comenzó el saqueo. Hombres que llenaban camiones iraníes con los pétalos de miles de rosales despanzurrados para el mercado negro del jabón y el perfume persa, vecinos de los pueblos cercanos cargando marcos de puertas y ventanas, camiones cargados de escombros, árboles arrancados de cuajo, muebles, libros, estanterías, cocinas enteras. A los pies de una casa reconozco una estufa antiquísima oxidada y agujereada. El señor que encontré al principio vuelve a cruzar una fantasmagórica calle arrastrando unos misteriosos bultos. Los soldados armenios se despiden en formación y cantan una bucólica canción. El viento mece las ramas de los arbustos que son ahora los habitantes más estables de la ciudad abandonada. El taxista me llama: vámonos, me dice con la mirada, los soldados pueden cambiar de opinión en cualquier momento. Me voy de Agdam, ya he tentado la suerte lo suficiente.

Agdam por Hacheroor-

sábado, 19 de abril de 2014

Viaje a Azerbaiyan: en la ciudad fantasma de Agdam (I)


En el centro de Stepanakert un taxista me hace señas. '¿Le llevo?', parece decir. Pero no sé a dónde ir porque Stepanakert no es una ciudad precisamente bonita. '¿Me llevaría a Agdam?', le pregunto. '¿Agdam?', dice con los ojos muy abiertos y me hace una señal para que suba. Subo raudo porque los locales son reticentes a viajar hasta una ciudad que es sinónimo de tragedia, una tragedia que se alarga al día de hoy y que mantiene una calma tensa entre dos países, o tres, sin consideramos al Nagorno Karabagh otro país más. Porque Agdam se encuentra en Azerbaiyan pero en la zona que el gobierno de Stepanakert, es decir, el del Nagorno Karabagh, (pincha aquí para conocer mi viaje a este extraño país) considera 'de seguridad' y esencial para que el ejército azerí no ataque las posiciones locales. Para mayor enredo, el ejército que patrulla por las desoladas calles de Agdam es el de Armenia, desplegado a lo largo de todo el anillo de seguridad que rodea el perímetro de la frontera que linda con los azeríes. De este modo los armenios dejan la defensa de su propio país, recordemos: Armenia, en manos de los rusos. El taxi arranca con un sonoro rugido y el conductor me mira sonriente desde detrás de un poblado bigote. Hace una imitación de una metralleta mientras un carro conducido por un abuelo zigzaguea para evitarnos y extraigo: usted combatió en Agdam. 'Yes', dice el hombre y su amplia sonrisa se torna amarga y fija entonces su vista en el camino. Para los habitantes de Stepanakert Agdam es una cicatriz, un recuerdo amargo, un mal sueño y la prueba más evidente de su victoria sobre el vecino país.

Agdam por Hachero

El 23 de julio de 1993 vivían en la ciudad de Agdam entre cincuenta y cien mil vecinos (enorme horquilla que nadie termina de fijar con exactitud). Un día después no quedaba absolutamente nadie. Toda la población fue expulsada hacia el este, detrás de la línea de seguridad, desplazados internos, desplazados en su propio país, pero desplazados por soldados externos, soldados de otro país. Desde entonces los vecinos de Agdam deambulan por Azerbaiyan recordando su hogar, mostrando fotos a quien quiera verlas, llorando por sus casas y por sus calles y por sus tiendas y hasta por la mezquita. Muchos no saben que tan sólo la mezquita sigue en pie y que las casas se desmoronaron, las calles se llenaron de maleza que rompía el asfalto de las carreteras, que las tiendas son irreconocibles y que Agdam no sale ya ni en los mapas. Muchos, en cambio, eran demasiado jóvenes para recordar cómo era su ciudad y muchos más, como colofón, ni siquiera han nacido allí, aunque sigan considerándose de la ciudad, así que no pueden saber cómo era aquella urbe. No lo sabrán la mayoría de los hinchas del Qarabag Agdam FK, el equipo de la ciudad, fundado en 1951 y uno de los dos que siempre ha participado en todas las ediciones de la primera división azerí. En 1993 su estadio saltó en pedazos, su entrenador, el héroe nacional Allahverdi Bagirov, murió en los combates y el club se trasladó a la capital del país, Bakú, donde juega manteniendo tan solo el nombre de su ciudad de origen. Una ciudad que ya no existe. Porque a vista de pájaro Agdam es lo más parecido a Hiroshima, a Nagasaki, al sinsentido de la guerra.

Agdam por Hachero

El taxi sale de Stepanajert y se detiene un momento ante un tanque colocado sobre una tarima. Señala a Azerbaiyan. El tanque, me refiero. El taxista sonríe plácido, parece feliz de saber que el cañón le protegerá de la prometida venganza azerí. Sonrío con él por puro desconcierto y miro al horizonte por si veo algo: no, no veo nada. Agdam está lejos aún. Concretamente a veinticinco kilómetros, lo suficiente para que no la distinga en el horizonte, pero tan cerca que no puedo imaginar cómo es eso de vivir tan cerca del fin del mundo. Porque los vecinos de Stepanakert consideran Agdam algo parecido al fin del mundo.

Agdam por Hachero

Los veinticinco kilómetros se cubren en apenas media hora pero cada metro de la carretera guarda historias terribles. El 22 de febrero de 1988, por ejemplo, los vecinos de Agdam salieron enfurecidos hacia Stepanakert para cobrarse severa venganza porque la URSS se desmoronaba y temían que el Nagorno Karabagh, región de población mixta pero que los soviéticos habían situado en el interior de Azerbaiyan, quedara en manos de Armenia, que la considera la cuna de sus ancestros. Los armenios, más hábiles en esto de moverse entre bambalinas, tenían ya ganado el favor de los rusos y una Armenia independiente asomaba la cabeza entre el marasmo de los últimos días de la agonizante potencia. Pero aún quedaban muchos flecos que recortar. ¿Qué era un país? ¿Dónde acaban sus límites? ¿Qué es mío y qué es tuyo? Y peor aún, ¿qué pasa con las regiones, las comarcas, las ciudades y los pueblos donde las etnias están mezcladas, juntas, fundidas?

Agdam por Hachero

Los recuerdos de pogromos antiguos, de principios del siglo XX, mezclados con las suspicacias y nuevas persecuciones (de armenios en Bakú, de azeríes en Sushi), y el toque mágico de rumores sin confirmar (la historia de dos hermanas raptadas y violadas por desconocidos encendió varias mechas sin saber si era cierta) aceleró el torbellino de indignaciones. Los vecinos de Agdam, como decía, avanzaron por la carretera que la separa de Stepanakert pero no pudieron pasar del pequeño pueblo de Askeran, donde les esperaba un cordón de policías y vecinos armenios armados con escopetas. En la escaramuza dos azeríes cayeron muertos y el nombre de uno de ellos, Bakhtiar Uliev, pasó a la historia como el de la primera víctima del último conflicto entre Azerbaiyan y Armenia. La noticia de las dos muertes soliviantó a la ciudad de Agdam, que montó en cólera y decidió atacar, espontáneamente, a la de Stepanakert, en una suerte de versión caucásica de Villaconejos de Arriba contra Villaconejos de Abajo.

Agdam por Hachero


La llegada a Agdam es excitante. A ras de tierra sólo veo montículos de piedra, maleza señalando los límites de la carretera y árboles salpicando el paisaje. Esto es Agdam, me dice el taxista. ¿Esto? ¿Esto es una ciudad donde vivían cien mil personas? El lugar parece un polígono español a medio urbanizar, con solares cubiertos de matojos y techos en el suelo, suelos en el subsuelo y el apacible canto de los pajaritos. De pronto, un tipo aparece por la carretera arrastrando un bulto. Parece un indigente pero también un desequilibrado. A la entrada de la ciudad una gran chabola de hojalata y restos de viviendas sirve de referencia con una familia sentada a las puertas que nos saluda al pasar. El taxista hace señales de peligro: bum bum, me avisa. Parece que el terreno está minado y hay que ir con cuidado. 'Mosquee', le digo y él me mira con un gesto adusto y severo, como diciendo que le hablo en armenio o no entiende un pimiento. Por fin hace un gesto y encamina su vehículo por una carretera dudosa, entre matorrales, hacia un lugar que no puedo ver. Sí que se ven tiendas de campaña de camuflaje, una cocina al aire libre con pinta de acuartelamiento, una bandera armenia. María José, una periodista de Cádiz afincada en Tbilisi, Georgia, me avisa de que la entrada en Agdam está prohibida y que pueden lloverme reprimendas de todo tipo. 'A mí me borraron todas las fotos', me advierte y busco ansioso el soldado que habrá de fastidiarme el viaje. En vano.

Agdam por Hachero

Al fondo se levanta, por fin, las dos torres de la mezquita, el único edificio que permanece en pie en la ciudad. Milagrosamente los armenios decidieron respetar el templo islámico aunque sólo en cuanto a la estructura porque el interior parece una mezcla de basurero y letrina. Apenas quedan trazos del templo que fue, y mucho menos de su imam, Sadiv Sadikov, que administraba todo el complejo religioso de la zona. Apenas a unos pasos se levantaba el cementerio, hogar del peligroso bandido Yakub Katir Mamed, conocido como La Mula, un listillo que organizó una pandilla de seiscientos mercenarios que se arrogaron la defensa de la ciudad cuando el conflicto entre armenios y azeríes parecía ya más que claro. Tampoco queda estatua alguna de Panah Ali Kan, el fundador del kanato del Nagorno Karabagh (una palabra mitad rusa mitad iraní que significa Jardín Negro por la fertilidad de sus tierras) en cuyo mandato se construyó la ciudad, allá por el siglo XVIII, con el nombre de Agdam: la Casa Blanca. Una Casa Blanca que, por cierto, tampoco está ya. Tampoco queda rastro de su estación de trenes, de sus fábricas textiles ni de sus factorías de mantequilla, sus bodegas de vino, su ajetreada vida como centro agrícola. El taxi pisa restos de sabe Dios qué fecha mientras la mezquita aparece magnífica en su miseria. Bajo del coche a los mismos pies del edificio y miro un hueco para colarme cuando aparece una patrulla del ejército armenio.

Agdam por Hachero

Agdam por HacheroAgdam por Hachero

Tiemblo de pies a cabeza porque normalmente los soldados no se andan con contemplaciones y expulsan a los extranjeros de malos modos. Pero, espera, no, ¡se están haciendo fotos! Me hacen señales, me piden que me acerque. ¡Quieren que les haga una foto! Luego me piden que pose con ellos. No es el ejército terrible y duro que esperaba, me digo mientras les pregunto si es seguro subir a los minaretes de la mezquita. '¡Suba, nosotros estamos ya aburridos de hacerlo!'. Así que, después de hacerles fotos y de sostener una de las banderitas de colores que utilizan para señalar los terrenos minados, subo escaleras arriba en un claustrofóbico espacio lleno de polvo y suciedad. El interior de la mezquita está hecha un horror, el mihrab ultrajado, el espacio de rezo ensuciado, las paredes pintarrajeadas. La Mula se hubiera sentido especialmente violento de haber visto este estropicio.

Agdam por Hachero


Mamed, La Mula, era el tallador de las tumbas del cementerio que está aquí atrás y fue uno de los personajes de Azerbaijan Diary, el trepidante libro del periodista norteamericano Thomas Goltz, el único que asistió a todos los capítulos del nacimiento de Azerbaiyan. La verdad es que Agdam siempre tuvo fama de ciudad oscura, llena de contrabandistas y fugitivos de la ley, incluso en los tiempos de la Unión Soviética. En la ciudad se acantonaron bandas de mercenarios que ocuparon el lugar que el ejército de Azerbaiyan, mal armado y peor dirigido, dejó en la defensa de la región. Un sitio desde el que atacar, o defenderse más bien, al ejército armenio, mucho más disciplinado y efectivo. En Agdam el ejército se desintegraba, las unidades funcionaban con independencia de las demás y al frente se erigían delincuentes de fama nacional, gentes que habían pasado muchos años en las cárceles soviéticas. Unidades que lo mismo luchaban contra los armenios que entre ellas y que tan pronto usaban sus fusiles en las refriegas que los vendían para comprar alcohol o tabaco. Desde el punto más alto de la mezquita, y de la ciudad (porque no hay nada más en pie) el paisaje no deja de sobrecoger: la destrucción es total, más que Hiroshima pareciera que estoy en una de esas ciudades comidas por la naturaleza en las selvas del Yucatán...
Agdam por Hachero

jueves, 10 de mayo de 2012

Viaje al Cáucaso: Bakú, Zoroastro, petróleo, Freddy Mercury y Eurovisión




























En el siglo III después de Cristo, los seguidores del profeta Zoroastro recopilaron un extenso libro al que llamaron Avesta y en el que se recogían las directrices de un extraño culto que hablaba a través de himnos, oraciones e instrucciones para rituales atávicos que se perdían en la noche de los tiempos. Decía Zoroastro que el fuego era crucial en la lucha contra el mal y que Ahura Mazda, el Sabio Señor y Creador Omnipotente, destruirá el viejo mundo, cargado de pecados y males, mediante llamaradas y explosiones y ascuas e incendios. Y tanto amor tenía a las lumbres este dios sin rostro que a su propio hijo llamó Atar y sus adoradores, que no sabían cómo representar al padre, lo identificaron de inmediato con el mismo fuego. Y como un guiño del destino, el texto original del Avesta, que fue escrito sobre pieles de vacas, cayó en manos de Alejandro Magno, quien lo debió de mirar contrariado porque ordenó, cruel ironía, quemarlo.

Un tanque armenio de la guerra del Nagorno apunta simbólico a Azerbaiyan

Aunque ni siquiera existe constancia de que el tal Zoroastro existiera de veras, los azeríes, que son los habitantes de Azerbaiyan, lo consideran suyo, fechan su nacimiento en el año 700 antes de Cristo y señalan al horizonte de su capital, Bakú, como la prueba más gráfica de que el culto al fuego nació en sus tierras: o mejor dicho: en sus aguas. Frente a sus costas se levantaban llamaradas, lenguas de fuego, extraños lagos de barro ardiente que los antiguos azeríes usaban como combustible, materia divina para Zoroastro y los suyos, materia ardiente que inflamó la calenturienta mente del más orate de los filósofos, Friedrich Nietzsche, y que nos ha premiado a los contemporáneos con una industria floreciente de petróleos, una guerra sangrienta en el Nagorno Karabagh y una estirpe de empresarios que crearon tanta destrucción como homenajes al bien. Hoy resisten unas pocas decenas de miles de seguidores de esta religión perdidos, sobre todo, en los alrededores de Bombay, en la India, y en la isla de Ormuz, en el golfo Pérsico. Y uno de ellos, nacido en la isla de Zanzíbar, se hizo muy famoso cantando canciones de un rock legendario y marcado acento británico: su nombre, Farrokh Bulsara, más conocido como Freddy Mercury, alma del grupo Queen…


Puerto de Batumi, en el mar Negro de Georgia

El fuego de Bakú, como las desventuras que narra el Avesta, se revela pues como una moderna caja de Pandora, capaz de escupir lo peor y lo mejor. Dicen las crónicas que entre 1898 y 1901, Bakú produjo más crudo que los Estados Unidos. Cuentan los antiguos viajeros que los templos zoroástricos rebosaban de gas inflamable procedente de los infiernos del subsuelo y que las arenas del Caspio eran negras, impregnadas de petróleo y holladas por sus adoradores. En 1871 el gobierno ruso permitió a dos extravagantes suecos, llamados Robert y Ludwig, la explotación de semejante y sucia anécdota, y los avispados empresarios trasladaron a finales de esa década la primera carga de crudo a bordo del primer petrolero, que se llamó, precisamente, ‘Zoroastro’. El negocio creció como la espuma porque todo el mundo quería probar aquella fuente de energía que tan sólo valoraban los seguidores de aquel extraño dios y pronto, al norte de Bakú, creció un suburbio que sus vecinos conocieron como La Ciudad Negra: tanto era el espeso humo que provocaban sus doscientas refinerías...

No sería justo obviar el apellido de los hermanos Ludwig y Robert, ni tampoco el nombre de su hermano menor, un tal Alfred. Alfred Nobel. Si Alfred ya era inmensamente rico gracias a uno de sus inventos, llamado Dinamita, y a otros menores, como la gelignita o la balistita, todos poderosos explosivos que revolucionaron la minería y la guerra, sus inversiones en las empresas de sus hermanos le permitieron ganar tantísimo dinero que aún hoy se sigue agasajando a personalidades de todo el mundo con una importante suma de dinero y un premio que lanza al agraciado a la fama eterna.

La población de Bakú se multiplicó por veinte en las décadas siguientes pero la remota situación geográfica de Azerbaiyan le impedía despegar como merecía. Tan difícil era extraer el crudo y exportarlo que sus vecinos georgianos prefirieron importarlo directamente de los Estados Unidos. El Caspio es un mar interior expuesto a frecuentes tormentas, unas aguas difíciles y amenazantes, así que los azeríes tuvieron que repensar su negocio: construirían un oleoducto gigante, el mayor del mundo en ese momento, un oleoducto que uniría Bakú, en el Caspio, con Batumi, en el mar Negro. Con esa idea, el petróleo se acercó a Occidente pero además atrajo, al estilo de aquella caja de Pandora, todos los males posibles. Los alemanes vieron posibilidades en el lejano Cáucaso, los británicos declararon la región como zona de especial prioridad, los bolcheviques hicieron la revolución mirando de reojo su patio trasero y la zona, como dijo aquel, se jodió. Hitler soñaba con los grandes pozos de petróleo del Caspio que su admirado Nietzsche ensalzó hasta el delirio cuando un mal día se decidió a invadir la Unión Soviética y el poderío que demostró luego el malvado Stalin, nacido cerca de Bakú, en Georgia, se basó en gran medida en las llamaradas de los antiguos zoroástricos del Caspio.

Batumi es hoy una ciudad que aspira a Las Vegas, repleta de turistas, casinos y edificios iluminados al caer la noche
Hoy Azerbayan vive peleada con su vecina Armenia tras la horrorosa guerra del Nagorno Karabagh de la década de los noventa y su pretensión de sacar el crudo por tierra oscila entre la negativa a los rusos, unidos por la inestable Daguestán, y la negativa a los armenios, cuya entrada en el Nagorno se antoja imposible por un conflicto enquistado y soportado en parte por el ejército ruso gracias a los diplomáticos de Erevan. Tan sólo Georgia, la tierra de Stalin, permitió la salida de un enorme conjunto de tuberías que serpentea por los límites del Nagorno Karabagh, evita Armenia de manera milagrosa, se interna en Georgia, roza Tbilisi para descender bruscamente luego hacia Turquía, cuya península de Anatolia cruza casi al completo para salir al Mediterráneo en las afueras de Ceyhan. En total 1768 kilómetros, el segundo más largo del mundo, un oleoducto que atraviesa tres fallas en Azerbaiyan, cuatro en Georgia y siete en Turquía, una tubería que roza el conflicto del Nagorno Karabagh, el de Osetia del Sur y el del Kurdistán turco. Un oleoducto que arroja beneficios tan millonarios que permite al corrupto gobierno de Bakú soñar con un futuro bélico en el que su esmirriado ejército pueda imponerse por fin al de Armenia y recuperar una tierra que considera suya. Tanto como los armenios, al fin y al cabo.

Soldados armenios patrullan por Agdam, territorio de Azerbaiyan ocupado por Armenia
El Cáucaso tiene un olor especial: un olor a guerra antigua y a guerra por venir, a guerra entre armenios y azeríes, una guerra que repetirá las masacres de armenios que vivió Bakú a principios de los noventa, o las de azeríes en Shushi a principios del siglo XX, una guerra de llamaradas zoroástricas, de sangre mezclada con keroseno, de altares dedicados a Ahura Mazda, una guerra latente. ‘Pero no será ahora’, me comentó un vecino de Tbilisi, ‘recuerde que Bakú acoge el festival de Eurivisión y no le interesa un conflicto precisamente ahora: luego, ya veremos…’

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com



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