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jueves, 12 de diciembre de 2013

Viaje a Abjasia: en el Parlamento destruido de Sujumi



Aún resuenan por las paredes los ecos de los pasos de los orondos miembros del Soviet abjasio saliendo en tromba de los ascensores, aunque éstos, los ascensores, yazcan despanzurrados en sus huecos, sus cables mirando la negrura vertical en una muda súplica, o tal vez en un recuerdo de sus años felices. Las oficinas están abiertas, arrancadas puertas y marcos, y crujen los pasillos al paso del visitante, las baldosas levantadas en una orgía de papeles, excrementos y escombros, un silencio sólo roto por el parsimonioso deambular de alguna vaca lechera…

parlamento de Abjasia


La escalera de servicio amenaza ruina, su hermosa balaustrada salpicada por ráfagas de metralla, y sólo después de vencer los primeros miedos puede el visitante subirlas mientras evita pensar que todo puede derrumbarse en cualquier momento. De las ventanas de lo que una vez fueron oficinas de altos techos, con sillería en altorrelieve, escapan ramas de plantas exóticas, angustiadas por la falta de ministros y secretarios de estado y de administrativos pelotas y del traqueteo de las máquinas de escribir. O tal vez por la falta de luz: pero no de agua porque las tuberías sobresalen de los techos resquebrajados goteando impenitentes desde hace más de veinte años.

parlamento de Abjasia

En un rincón se acumulan kilos de desechos, hay botellas de plástico y de cristal, veo algunas de refrescos y de agua pero muchas de vodka, hay jeringuillas, papeles quemados, suciedad, charcos de agua oscura. Fuera, en los espléndidos jardines, pastan despreocupadas unas vacas rollizas evocando a aquellos orondos soviets, y en el amplísimo aparcamiento pensado para grandes celebraciones, un taxista escucha música y dos adolescentes ensayan un baile. A las puertas del gran edificio, el pedestal que soportaba la estatua de Lenin descansa hoy de aquel esfuerzo, liberado por los vecinos de un país que ni existía entonces ni existe hoy. Aunque en aquel momento tenía, al menos, un parlamento de quince plantas, construido con piedra georgiana, un tocho de estilo soviético levantado en los años 60 y que albergó, entre otros, la sede del comité del Oblast, una de las divisiones administrativas de la URSS, el comité del Komsomol, las juventudes comunistas, y al propio partido comunista de Sujumi.

parlamento de Abjasia

Difícilmente podían suponer aquellos jovenzuelos comunistas que años después un terrible baño de sangre mancharía esas escaleras en las que posaban despreocupados. Por ejemplo, la sangre de Guram Gabiskiria, el último alcalde georgiano de Sujumi, ejecutado a los pies de la escalinata junto a sus hombres de confianza por los rebeldes abjasios, pincha aquí. Aunque creo que tal vez la basura esparcida por doquier les llamaría más la atención…

parlamento de Abjasia
Desde el interior del parlamento de Abjasia se observa aún el pedestal sobre el que se erigía la estatua de Lenin, aunque Vladimir fue derribado por una masa enfurecida a principios de los años 90
parlamento de Abjasia

En 2008, el entonces alcalde de Sujumi, Alias Labakhua, propuso derribarlo y reemplazarlo por un edificio más acorde a los nuevos tiempos, porque el esqueleto que domina los cielos de la ciudad sigue exactamente igual que en 1993, cuando se hizo aún más alto con las largas columnas de humo que se elevaban al cielo no ya de Sujumi sino de toda Abjasia y hasta de la vecina Mingrelia (LINK). No parece la imagen más adecuada para un país que nadie reconoce eso de tener un parlamento quemado, con las escaleras colgando, la fachada chamuscada y cientos de botellas y jeringuillas rodando por las oficinas. Allí hay agujeros de bala, más allá un armario de archivos con la cerradura reventada, hojas danzantes provenientes de la antigua biblioteca, pintura descascarillada en los muretes, FUCK GEORGIA pintado en rojo en la pared.

parlamento de Abjasia


Los vecinos se acercan sigilosos y tiran por las ventanas muebles que ya no les sirven, incluso bolsas de basura, y por las noches los jovenzuelos más locos se acercan para trepar por su interior, el sueño de todo adolescente que se precie. A pocas manzanas, un BMW último modelo derrapa en una de las avenidas principales, trata de doblar por una calle con escaso tino y acaba estampado en una farola. De su interior salen cuatro muchachos, rapados y con cara de Esmirnoff: el conductor mira compungido el coche, totalmente reventado, y se lía a patadas con lo que queda, una actitud loable pero que expulsa de inmediato a los curiosos que nos hemos acercado al accidente.

parlamento de Abjasia
Yo mismo ante el deteriorado parlamento de Abjasia

 Sujumi sigue en ruinas y las del parlamento son las más estentóreas pero no las únicas, aquí puedes ver la riqueza arquitectónica de esta bonita ciudad.

Y aquí un reconocimiento de esas ruinas y el interés que tiene también Georgia en recuperar las que un día pertenecieron a georgianos.


Aquí puedes ver fotos de los terribles días del asalto al parlamento, pincha aquí.

parlamento de Abjasia

‘El 14 de agosto (de 1992) me encontraba en el parlamento de Sujumi’, contó el diputado Natela Akaba a Human Rights Watch, ‘cuando a las 11.00 A.M nos comunican que un gran frente de tanques había entrado en Abjasia a través de la región de Ochamchira. No podíamos creerlo porque teníamos una buena relación con Shevernadze y habíamos llegado a un principio de acuerdo para liberar a los rehenes con una fuerza conjunta de georgianos y abjasios. Pero me asomé a la ventana del edificio y, ¡ya estaba disparando! Vi helicópteros y entonces supe que la cosa iba en serio. Todos los diputados corrieron para ponerse a salvo porque parecía claro que seríamos los primeros objetivos, aunque la ciudad estuvo ocupada en media hora…’

parlamento de Abjasia
Hasta las palmeras murieron acribilladas por ráfagas de metralleta en la toma del parlamento de Sujumi...

El relato de Akaba supone el principio del fin para este mastodóntico edificio. Todo comenzó meses atrás, cuando los diputados abjasios se impusieron en una serie de votaciones para perfilar su independencia de un país, Georgia, que acababa de independizarse a su vez de la URSS. Desde diciembre de 1990 los abjasios venían fantaseando con su nación y los georgianos que vivían en Abjasia, que eran incluso más que los mismos abjasios, se opusieron con rotundidad. A principios de 1992, los secesionistas incluso recuperaron la constitución de los años veinte, cuando fueron independientes por unos meses, para excluir su inclusión en el nuevo país, Georgia, a su vez en plena efervescencia nacionalista.

parlamento de Abjasia

parlamento de Abjasia

Al problema independentista de Abjasia se unió la extrema precariedad de Georgia, con dos líderes enfrentados y reclamando el gobierno del país, por un lado Edvard Shevernadze, el antiguo ministro de exteriores soviético, y por otro el poeta Gamsajurdia, el primer presidente de la Georgia postsoviética, ambos con ciertos tintes mafiosillos que presagiaban un conflicto más antes que después, sobre todo porque sus partidarios se enfrentan a lo largo y ancho de todo el país y los de Gamsajurdia hasta secuestran al comité de DD.HH de Georgia en Abjasia. Y fue antes. Con el aviso de independencia, la Guardia Nacional georgiana, y los paramilitares Mkhedrioni del Gran Macarra del Cáucaso, Ioseliani, cruzan el río Inguri y se lían a tiros con todo el que pillan. En este punto retomamos el relato del diputado Akaba: los rebeldes vienen con todo y el parlamento es su objetivo, más que nada porque el presidente del nuevo país, Vladislav Ardzinba, se encuentra dentro. Ardzinba no era cualquiera sino el ideólogo de la limpieza étnica de su remedo de país: no quería georgianos en el ejército, ni en el parlamento, tampoco en los equipos deportivos nacionales y casi ni en las calles. Las bombas georgianas, por supuesto, no tardaron en buscarlo con tal ahínco que Ardzinba salió corriendo al interior de Abjasia para hacerse fuerte con 1.500 hombres en la pequeña población de Gudauta. Aquí puedes ver algo mas del controvertido Ardzinba. A sus espaldas, el parlamento de Sujumi comenzó a adoptar la forma y el color que tienen hoy.

parlamento de Abjasia

Las tropas georgianas penetraron calle por calle pero apenas había civiles desarmados que eran abatidos sin miramientos. El 18 de agosto, en pleno alto el fuego, los georgianos tomaron el parlamento y lo destrozaron a su antojo, tal y como habían hecho con los edificios cercanos. El gobierno abjasio, entre tanto, recibe ayuda incluso de los guerrilleros del Cáucaso norte, como Shamil, el checheno que se haría famoso años después por sus espectaculares atentados. El edificio del parlamento comenzó a mascar su tragedia, la del propio país, sus paredes cuarteadas, acribilladas y ahumadas, la bandera de Georgia ondeando sobre las primeras ruinas. El gobierno de Abjasia estaba en cuadro, asediado en Gudauta y sin apenas medios cuando apareció el actor más importante de la región: Rusia, quienes consiguen en septiembre de 1992 un alto el fuego y la retirada de los georgianos de un país que ya dominaban casi por completo.

parlamento de Abjasia

Recuperó entonces el péndulo el terreno perdido y los insurgentes abjasios se dieron a la venganza, aunque en sus excesos fastidiaron, sobre todo, a sus propios vecinos. Las escenas de pillaje permanecen aún en las retinas de los que las vivieron y muchos a día de hoy se preguntan todavía quién les disparó, quién les robó, quiénes fueron los violadores, si georgianos o abjasios, y quién la víctima, georgianos contra georgianos y contra abjasios, y abjasios que martirizaban a georgianos y, por supuesto, abjasios. El más ilustre de los perjudicados resultó el propio Edvard Shevarnadze, que estaba en Sujumi para tratar de poner orden cuando los abjasios volvieron a entrar en la ciudad a sangre y fuego. Dicen los reportes que estaba en el edificio agónico del Parlamento cuando tuvo que salir corriendo para huir a bordo de un buque ruso... Días después le seguirían los pasos alrededor de trescientos mil georgianos que todavía esperan en Georgia el día en el que puedan volver. Para terminar de enredar la historia, el otro presidente georgiano, Dviad Gamsajurdia, asediado por las tropas de Shevarnadze, y creyéndose perdido, se suicidó de un disparo a principios de 1994.

parlamento de Abjasia

parlamento de Abjasia

Aquí tienes el reporte de Naciones Unidas sobre los hechos de aquella terrible guerra que causó decenas de miles de muertos y cientos de miles de desplazados y que nos deja la insólita imagen de un edificio oficial, todo un Parlamento, así, como pasto de vacas y refugio de borrachuzos.

parlamento de Abjasia

viernes, 22 de febrero de 2013

Viaje a Georgia: la Tbilisi del gaditano Juan Van Halen (y II)





Dice Van Halen que Tbilisi está atravesada por el río Kur, que corre entre rocas escarpadas, y que 'la moderna ciudad se extiende sobre las alturas de la derecha de este río, siguiendo a la antigua, edificada en forma de anfiteatro a la falda de una colina donde se eleva un antiguo castillo'. Ya en aquella época la policía trataba de derribar las casas viejas para igualarlas a las modernas, y pienso en una vecina del casco histórico desesperada porque su casa se cae a trozos que me llama en italiano para que cuente en España lo que está viviendo... Decía Van Halen que la mayor parte de las casas no tenían más cimientos que la roca viva, sobre la que estaban edificadas. Unas rocas que el gobierno ruso aprovechó cuando derribaron la fortaleza de la ciudad pero de la que dejaron los calabozos con los reos dentro: Juan Van Halen sufrió al encontrar alojados a lo que le pareció más bien anacoretas que presos, tan abandonados le parecieron.


De las aguas termales que dan nombre a la ciudad, Van Halen dice que el agua brota hirviendo a través de las rocas con efectos muy eficaces para los reumatismos y cierta clase de heridas, grutas que solo reciben luz por una lumbrera estrecha abierta en la cúspide de la bóveda de ladrillos, al estilo árabe. Antes los encargados eran tártaros y no sé si el abuelo que me propina una severa paliza con una indefensa desnudez es tártaro o no. 'Apenas han pasado un par de minutos aquel hércules coge de la mano al neófito, lo saca y lo tiende a lo largo boca arriba en una tarima de madera, del largo y ancho necesario para el cuerpo, y comienza una operación curiosa. Con efecto, estruja el cuerpo dándole vueltas como si manejase una esponja y frotando fuertemente sus coyunturas: cuando principia la transpiración y parece el cuerpo más flexible, lo vuelve a hacer entrar en el agua...'



De las georgianas dice que son hermosas según las provincias, y que cuanto más al Cáucaso, mayor es la belleza de sus moradoras... Mingrelianas, circasianas y chechenas se llevan el galardón máximo del cañailla... Claro que también observa que son muy raras las mujeres públicas, y que el adulterio tampoco se estila demasiado, aunque los padres están dispuestos a vender a sus hijas por cualquier cantidad de dinero. Y si no las venden, las casan por conveniencia y los novios no llegan a verse hasta el final de la boda, cuando los padrinos levantan el velo de la novia y, dice Van Halen, superada la primera sorpresa, 'se abrazan los novios y empiezan las pasiones donde acaba la etiqueta..'

En la Georgia de 1819 habitaban el país, según Van Halen, 420.000 cristianos y 320.000 musulmanes, el comercio estaba en manos de los armenios ('tan inclinados a la avaricia y a los cálculos mercantiles, que se dejarían matar por no perder una onza de algodón...'). De los tártaros dice que su corpulencia es notable, tienen ojos negros, tez color cobre y semblante ceñudo, 'generalmente son valientes sin fanfarronada, laboriosos y hospitalarios, apasionados por la guerra, a la par que inútiles para combatir en regla...'. Sobre los georgianos, que son muy válidos para las guerras en Asia, morenos y de ojos negros, aire presuntuoso y fiero, capaces de grandes sacrificios pero una vez resentidos: falsos y taimados.


De los circasianos dice que son capaces de cambiar a 'los muchachos de tierna edad y sobre todo a las mujeres' a los turcos a cambio de armas para luchar contra los rusos. De los circasianos dice también que cuando llegaban a edad avanzada, 'eligen el rincón más oscuro y retirado de la casa, donde aguardan meses a la muerte con la más estoica tranquilidad', mientras los familiares se reparten sus posesiones.


De los chechenos el gaditano admira también su ferocidad contra el poder extranjero y las deudas de sangre con las que solucionan sus cuitas. 'No hay ejemplo de haber visto desarmado nunca a ningún tchetchenski: mueren o se dan la muerte, jamás, ni aún para dormir, se desprenden de su horrible y ancho puñal...'. Un arma terrible que, según Van Halen, empozoñan con veneno que mata enemigos hasta que lo vuelven contra sí mismos para evitar caer en manos hostiles.

Iglesia de la Virgen María Mtekhi

En este contexto, el zar Alejandro nombró enviado especial a Aleksei Yermolov, el legendario general que sirvió de inspiración a Pushkin, con una doble misión: pacificar la región y enfriar el conflicto con los persas. Yermolov era muy conocido por sus campañas contra Napoleón y también por sus batallas contra los montañeses de Chechenia pero la condecoración que recibió del mismo Sha (la orden del Sol de Persia) le hizo ver que tenía un portento en el ejército. Yermolov acosó a los chechenos hasta arrinconarlos y tiene entre sus haberes la fundación de Grozni, la hoy capital de Chechenia, en el enclave de un enorme bosque que protegía a los montañeses de los ataques rusos. Eso sí, no quedó ni uno sólo de aquellos altísimo árboles que eran la enseña de la región. Yermolov logró una victoria contundente contra los chechenos en Andrewski, la capital del montañoso país (Grozni es obra rusa), donde los veinte mil habitantes que la poblaban quedaron reducidos a un centenar de ancianos refugiados en la mezquita.


A las órdenes de Yermolov, y bajo la mirada del zar Alejandro, Van Halen sirve de ejemplo a los oficiales de cómo modernizar un ejército, la aspiración suprema del enérgico Alejandro. De Yermolov, Van Halen deja una descripción de amigote de juergas: 'de estatura elevada, de formas hercúleas y muy bien proporcionadas, constitución vigorosa y actitud marcial; sus facciones, sin ser duras, eran muy marcadas; su fisonomía rebosaba dignidad y energía, y sus miradas penetrantes y vivas, al fijarse en cualquiera, anunciaban un alma sin remordimientos y el genio de un hombre superior'.


Después de la campaña en el Daguestán, Juanito Van Halen recibe unas cartas en las que le hacen saber que el rey le perdonaba su insurrección, le sobreseía los procedimientos y sus amigos le conminaban a volver para reincorporarse a la oposición que encabezaba otro militar, Riego. Impaciente por regresar y dejar atrás una región tan extraña como llena de emboscadas, Van Halen solicita al zar su reincorporación a los ejércitos españoles, una petición que apoya su amigo Yermolov, aunque el soberano ruso, nada amigo de las revueltas antimonárquicas, lo tomó casi que como una afrenta. El zar olvidó que le había concedido la orden de San Jorge, máxima condecoración del imperio por valor en el combate, y la de San Vladimiro, que convertía al de San Fernando en noble ruso, se le olvidaron sus campañas en el Daguestán, en Chechenia y en el Nagorno Karabagh, y ordenó su expulsión de los ejércitos rusos y que se le deportara hasta la frontera con el imperio austríaco. Van Halen abandonó Tbilisi dejando lágrimas en los ojos de su amigo Yermolov y cabizbajos a sus camaradas para ser trasladado a la frontera de la Galitzia austríaca.
 
Y dejó también, por supuesto, la primera descripción de esa extraña parte del mundo, el Cáucaso, la Iberia de los antiguos griegos, en su libro 'Dos años en Rusia'.






© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

Viaje a Georgia: la Tbilisi del gaditano Juan Van Halen (I)


El casco histórico de Tbilisi desde el río Kurá


Corría el año de 1818 cuando Juan Van Halen llegó a Tbilisi para reforzar la conquista del Cáucaso. Nada extraordinario de no ser porque Juan Van Halen era un cañaílla nacido en San Fernando, en Cádiz, y que fue, posiblemente, el primer español dejarnos una descripción de las costumbres del Cáucaso. Cuando Van Halen llegó a Tbilisi aún quedaban circasianos en Circasia, vivían armenios en Azerbaiyan y las montañas del Daguestán eran un quebradero de cabeza para el ejército ruso. Van Halen llamaba tchetchenskis a los chechenos y tuvo entre sus cometidos su exterminio, disfrazada de pacificación, en las guerras que cantaron Lermontov y Pushkin. De Van Halen, Juanito en la Isla de León, ya he hablado aquí: Van Halen en los Mundos de Hachero, pero de sus pasos en el Cáucaso apenas y pocas aventuras más apasionantes pudieron vivirse en aquellos días que la conquista de la frontera exterior rusa, el equivalente de la norteamericana del Far West. Van Halen recorría las llanuras georgianas preguntándose cómo podrían los rusos afianzar la conquista de un territorio en el que aún veía las sombras de Ciro, de Alejandro o de Mitridates.
Tbilisi y el río Kurá
El gaditano había llegado a San Petesburgo huyendo de la cólera de Fernando VII y los suyos, a los que se enfrentó por sus convicciones liberales. Y fue pisar Rusia y entrar a formar parte del ejército del zar gracias a ciertas amistades que lo presentaron como un portento en el arte militar. Y el zar Alejandro, que deseaba modernizar su anticuado ejército, lo envió al Cáucaso, en aquel entonces la frontera sur de todas las Rusias. Van Halen recorre un larguísimo camino hasta cruzar las inmediaciones de la montaña más alta de Europa, el Ebrus, viaja por Cahetia, Kartalinia o Imeretia, 'pobladas de georgianos de la comunión griega, de muchos armenios y un corto número de católicos..'. Una región difícil, montañas habitadas por toda suerte de peligros, 'madriguera de numerosas bandas', inclinados tanto al pillaje y la sed de venganza como al respeto a las leyes de la hospitalidad.

El alfabeto georgiano y el cirílico conviven en las calles

Y Juan Van Halen llega a Tbilisi, la perla del Cáucaso, una ciudad que sorprende aún hoy, que parece hundida en un hálito de neblina perezosa. No lo hizo por la avenida George W. Bush, que comunica el aeropuerto con el centro, como lo hice yo, sino que entró por la antigua carretera de las termas, porque, al fin y al cabo, Tbilisi es una ciudad surgida al lado de unos baños termales, bañada por el río Kurá, un nombre que proviene de Kurosh, que a su vez es la pronunciación persa del rey Ciro El Grande y que pasó a Kurá en georgiano gracias a que Mtkvari, que se asemeja a Kurá, significa El Lento y que el río es así, corre parsimonioso. La actual Tbilisi está a unos kilómetros de Mshet, que fue la capital georgiana durante veinte siglos, hasta que uno de los zares descubrió los baños termales en un bosque repleto de caza y trasladó la capitalidad a su particular edén.


Y en Tbilisi Van Halen encuentra un pueblo belicoso, agarrado a su cristiandad como oposición al islamismo que le había dominado durante décadas: hasta que les liberaron los rusos. Cuenta la historia que en 1795 Agá Mehmet, un persa conocido como El Tirano, entró en la ciudad sin apenas oposición, degollando y esclavizando a partes iguales. El Tirano había perdido sus testículos a los doce años, castrado por el sha de Persia para servir como eunuco, pero con el tiempo llegó al poder cargado de rencor y de sed de venganza. Entre sus lindezas dicen que abría el vientre de sus víctimas, les ponía los intestinos de collar y los arrojaba a las fieras. En 1795, como decía, Mehmet entra en Tiflis como Pedro por su casa. El zar Heraclio de Georgia, sinceramente acojonado, promete pagarle tributos regularmente, ante lo que El Tirano vuelve a Teherán, satisfecho de su viajecito, pero Heraclio, y su hijo George, acudieron a los rusos para que los protegieran. A partir de entonces, su mayor enemigo fue el Ruso, dicho así, en mayúsculas, un ejército con el que coqueteó en mil batallas sin emprender ninguna de entidad hasta que Mehmet fue asesinado por uno de sus oficiales.


En este contexto, Van Halen llega a Tbilisi, en aquel entonces un reducto de paz y refugio de las pocas familias europeas que habitaban la región, una ciudad que le pareció a Van Halen una segunda San Petersburgo que, no obstante, tenía algo de malsano porque le dejó una fiebre permanente durante los dieciocho meses que estuvo en la zona. El gaditano decía que Tiflis se le parecía a los campos de Castilla cuando están cubiertos de nieve y que las torres le recordaban los teatros comunales donde se representaban las obras de Cervantes. En los monumentos islámicos veía reminiscencias de la Alhambra o de la mezquita de Córdoba y el vino de Kahetia le recordaba en gusto, color y efectos 'al que fabricamos los españoles en la Mancha, especialmente al de Valdepeñas...'. Van Halen bebió en las copas georgianas, que son cuernos de toro pulidos y guarnecidos con oro o plata, cuernos tramposos que hay que tener siempre en la mano y que impiden literalmente dejar de beber jamás bajo la amenaza de mostrarse descortés con los anfitriones.


El comercio de la región estaba concentrado en Tbilisi, en sus zocos y caravanserais repletos de mercaderías de Asia y del interior de Georgia. La Tbilisi de Van Halen tenía un tráfico rodado de lo más entretenido: camellos, búfalos y caballos cruzando continuamente la ciudad, un desfile de mercachifles persas, turcos, leshguines, armenios, tártaros y griegos, telas de Cachemira, ducados de oro de Holanda, pipas persas y vinos georgianos. Tbilisi estaba repleta de fábricas: las había de gorros de borrego de astrakan, dagas damasquinas y puñales de Korazan. Los montañeses del Cáucaso también acudían, llevando miel, cera, pieles, paños, cueros o hierros. Poco tiempo atrás, en estos mismos mercados, se vendían georgianas, mujeres jóvenes que se cambiaban por un buen sable damasquino o por caballos árabes, pero los rusos arrinconaron esta costumbre...

Viñedos en los balcones de la ciudad de Tbilisi

sábado, 11 de agosto de 2012

Viaje a las dos Iberias: la Iberia del Mediterráneo y la Iberia del Cáucaso




Perdidos en el último rincón de Europa, a las puertas del mundo islámico y último bastión de la Cristiandad, allí donde acaba la tierra para comenzar un mar desconocido y tenebroso, se levanta Iberia. ¿Les suena?

Un extremo de aquel 'mundo conocido' por griegos y romanos en el que moraba un extraño pueblo de lengua dura y difícil que imitaba en sus tendencias a los marineros helénicos que desembarcaban de cuando en cuando en sus tierras. Los griegos encontraron aquel pueblo organizado y capaz de constituir instituciones tan complejas como un reino y una sociedad bien estructurada. Tanto que su reino de fantasía tenía un nombre como de cuento, Sakartvelo, en honor a uno de sus fundadores atávicos, un tal Kartlos, hijo de Targamos, pariente de Noé, y hermano, entre otros, de Caucas, un pastor escita que murió a manos del Titán Cronos y dio nombre a toda una región. Los romanos, que tenían la lengua fina y no querían enredarse con esos chasquidos bárbaros de los pueblos que ensuciaban su imperio, decidieron llamarlos con un modo más sencillo: Iberia, el mismo nombre que usaron los griegos. Y en el año 65 el emperador Nerón ordenó incluirlos como parte del Imperio, a pesar de la belicosa defensa con la que los iberos se empeñaron en mantener viva su independencia. Las huestes de Roma dejaron una huella tan profunda que aquella antigua Iberia siguió por muchos siglos la estela que le señalaron los romanos y se identificaron más con ellos que con los bárbaros que les asediaban desde las orillas del gran mar tenebroso.

Tanto que uno de sus reyes más legendarios, el rey Iberio Mihdrat I, dejó inscrita en una piedra una leyenda que hoy nos parece más una rendición que otra cosa: 'Amigo de los césares' y 'rey ibérico apegado a los romanos'.



La Iberia a la que me refiero está en el Cáucaso, vivió pegada al reino de la Cólquida, el país del vellocino de oro que Jasón y los Argonautas buscaron con tanta pasión, y tiene tan pocas noticias de la otra Iberia como los otros ibéricos de ellos. La confusión de los términos, los ibéricos del fin de occidente y los ibéricos del fin del oriente, ha dado lugar a todo tipo de teorías: las hay descabelladas, las hay fantasiosas, alguna que plantea interrogantes serios y otras que desvarían en indescriptibles rodeos mágicos.

El entuerto es antiguo: en la época griega, Estrabón cree que el parecido de los nombres viene de las minas de oro, ya que existen en ambos extremos del mundo conocido, pero no ve más lazos ni étnicos ni culturales que estos. Si acaso que el reino de la legendaria Cólquida, con su ansiado jardín de las Hespérides, sus columnas de Hércules y su oro a espuertas, pudiera ser el de las costas del Mar Negro pero también el que descubrieron en otro impulso viajero en las costas del sur de España, otro jardín de las Hespérides, otras columnas de Hércules, otras minas de oro, pero estas más castizas: podría ser la desembocadura del río Tinto, en la actual provincia de Huelva (Adolfo Domínguez Monedero, Universidad Autónoma de Madrid). En este mundo de paralelos, las columnas de Hércules pueden ser los peñones del estrecho de Gibraltar pero también las poderosas montañas del Cáucaso, donde Prometeo sufrió el eterno castigo de que un buitre le devorara el hígado durante el día para que se le regenerara cada noche hasta que Hércules, el de las columnas, pasó por allí y acertase a liberarlo.

Los vecinos de Batumi son muy aficionados a levantar estatuas a sus mitos, leyendas y dioses
Más tarde, en el siglo XI, el escritor y monje georgiano conocido como Jorge del Monte Athos, o Georgi Mthatzmindeli aseguraba que los nobles georgianos de su época tenían especial interés en visitar la península ibérica del extremo occidental para conocer a sus hermanos de nombre (de Iberia en Iberia) y hasta nos llamó, a los ibéricos de España, 'los georgianos del oeste'. La mutua extrañeza dura hasta hoy y son muchos los que han usado este galimatías ibérico para levantar sus propias teorías sobre el parentesco de ambos pueblos. Hay quien recuerda que en la península ibérica occidental, la nuestra, se establecieron pueblos procedentes del Cáucaso y ven en la misma denominación una prueba irrefutable sobre la hermandad trans ibérica que une los dos extremos de Europa. Para los georgianos es una demostración evidente de que ellos también son europeos, y los carteles alusivos adornan paredes, ensalzan el espíritu continental como opuesto al barbarismo que se le supone al asiático, el desconocido y cruel que invade con hordas devoradoras como los persas, los mongoles o los turcos (olvidando que los europeos tienen una historia también paralela en lo referente a invasiones y crueldades). En España, por su parte, la cuestión sirve como bandera para demostrar otras incógnitas raciales y lingüísticas, como la del pueblo vasco.

Ibérica del Cáucaso ataviada con boina, lo más parecido a un vasco que encontré en Georgia

En Batumi, el Benidorm georgiano del Mar Negro, Pete, el amable vecino que me da cobijo en una habitación, me lo recuerda con orgullo: el georgiano es muy parecido al euskera, asegura, y cada año se producen intercambios entre universidades de la iberia caucásica y la iberia mediterránea. Así, por ejemplo, la universidad estatal de Ilia, en Tbilisi, editó en 2011 una traducción al georgiano de la Historia de la Literatura Vasca. Por su parte, el académico Xabier Kintana tradujo al euskera 'El caballero de la piel de tigre', un poema medieval considerado en Georgia obra nacional y la llamó Zaldun tigrelarruduna. Por si fuera poco, en 2006 el entonces lehendakari del País Vasco, Juan José Ibarretxe, fue elevado a doctor honoris causa en la universidad Ivane Javakishvili, de Tbilisi, con el objetivo de fortalecer los lazos de unión entre georgianos y vascos. No me extraña, pues, el entusiasmo con el que mi casero en Batumi me sonríe mientras escruta mi rostro: tal vez vea a un primo lejano de la otra Iberia. Pero la teoría que emparenta ambas lenguas no tiene consenso entre los académicos porque las similitudes, que las hay, no son lo suficientemente sólidas como para asegurarlo sin cortapisas. Los que consideran al euskera la lengua íbera por excelencia dejan paso abierto para convertirlas en primas de las del más allá pero si volvemos a las teorías que aseguran que el término Íbero no denomina a un pueblo en concreto sino a una localización geográfica tumba el chiringuito histórico. 

Así son los ibéricos del Cáucaso, si encuentra alguna similitud con los ibéricos occidentales, disfrútela


Unamuno defendió la tesis del 'vascoiberismo' y el padre de la lingüística moderna, Von Humboldt, consideró que el euskera era un íbero avanzado. A finales del siglo XX toma forma la idea de emparentar ambas lenguas, con lo que se emparentarían casi que automáticamente ambos pueblos y se demostraría, de una vez, que los vascos tienen más en común con los caucásicos que con los que ahora, ironías del destino, llevan el nombre de ibéricos con orgullo y con jamón. Sin embargo, como decía, similitudes hay, ciertas palabras son idénticas o muy parecidas, tienen el mismo sistema de declinación, son lenguas ergativas y será por eso que hasta Bilbao está hermanada con Tbilisi...

pescando frente a las montañas del Cáucaso...


A decir verdad, el georgiano no sólo me pareció tan inextricable como el vasco sino que tampoco me sonaba muy parecido al euskera, aunque mi oído no es el mejor para entender idiomas. Claro que lo realmente curioso es que el término Iberia exista en dos lugares distintos y alejados y sirva para que los georgianos reinvindiquen su europeidad mientras los vascos, precisamente, apelen a una prueba más que indica su alteridad respecto a los que los rodean.













© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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