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viernes, 30 de octubre de 2015

Viaje al Kurdistán iraquí: la ciudad de Erbil tiene más de 44 siglos de historia (II)


En el muro de la citadela un vendedor de artesanías reúne en su escaparate lo más granado de la historia de Erbil. Los primeros cristianos, héroes kurdos, príncipes mahometanos, califas, mogoles y mongoles, una presión social que tiene mucho de tectónica y que une y separa pueblos a los que luego separará para volver a unir. Los kurdos se dicen descendientes de aquellos medos que destruyeron Nínive y la poblaron como dueños absolutos hasta el siglo X para recibir luego, por supuesto, a los árabes que en su expansión del islam la absorbieron al califato de los Omeyas, en primer lugar, y más tarde por abasíes, selyúcidas y hasta el propio Tamerlán, que la destruyó a finales del siglo XIV. La citadela que hoy veo y por la que camino es un fuerte levantado por el imperio otomano pero me lo imagino formando parte del entramado fangoso del subsuelo en unos siglos para que futuros viajeros paseen por un castillo construido sobre esta cima que ahora yo piso.

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Poco que ver con la aldea que fue apenas un par de décadas antes. Capital del Kurdistán iraquí desde 1992, Erbil alberga el parlamento popular, llamada la Asamblea Nacional del Kurdistán Iraquí, y un gabinete integrado por los partidos mayoritarios, el PDK y el UPK, amén de otros partidos menores. Rebeldes por naturaleza y poco amigos de los sometimientos, nada raro después de tantos siglos soportando invasiones, los habitantes de la región se las tuvieron tiesas con Sadam Hussein. Los kurdos de Irak sufrieron una represión muy distinta de los kurdos de Turquía, los más numerosos: a diferencia de éstos, a los de Irak se les permitía el uso público de su lengua y hasta podían tener periódicos. Para cualquier kurdo iraquí el nombre de Mustafá Barzani es lo más parecido al padre de la nación: luchó contra los británicos cuando se apoderaron de la región tras la caída del imperio otomano, luchó contra el rey Faisal I de Irak, a quien los ingleses regalaron su polvoriento reino, Barzani fundó el KDP, el Partido Democrático del Kurdistán, conformó la milicia kurda, los hoy famosos peshmergas, que regularmente luchaban contra el gobierno de Bagdad.

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Barzani está en todas partes...

Su nombre hay que confrontarlo con el de Yalal Talabani, su opositor y más joven, cultivado y con ideas izquierdistas. Ambos lucharon contra el ejército de Sadam a ratos y cuando llegaban a un acuerdo con Bagdad se enzarzaban entonces entre ellos por el control de la región. Barzani siempre soñó con la independencia y acudió con cierta regularidad a los EEUU para que les echara una mano, un tema que en Washington veían con exótica curiosidad. La inestable situación costó cientos de miles de vidas y millones de desplazados, escenas tan trágicas como el bombardeo con armas químicas de la ciudad de Halabya y aledañas y la inesperada explosión vital del Kurdistán iraquí como símbolo de seguridad y estabilidad.

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La guerra de 1991 entre el régimen de Sadam Hussein y los Estados Unidos les dio una oportunidad: la zona de exclusión aérea, que prohibía a los iraquíes sobrevolar más al norte del paralelo 36, permitió labrar un futuro distinto, aunque lo que realmente hicieron fue una guerra de psicópatas entre las dos facciones, el PUK, una guerrilla organizada por el hijo de Barzani y apoyada por Irán y Siria, y el KDP de Talabani, apoyada por Bagdad. El caso es que en 1998 los Estados Unidos, que ya planificaban un Irak post Sadam y sabían de las enormes reservas petrolíferas de estos levantiscos vecinos de Erbil, impusieron una tregua y ayudaron a los guerrilleros del PUK a aplastar una guerrilla islamista que surgió en las montañas: Ansar al Islam, un grupo inquietantemente parecido a Al Qaeda y al Estado Islámico en sus planteamientos y en sus métodos, unos locos barbudos fanáticos del Islam ...pero de etnia kurda.

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Hoy el Kurdistán iraquí tiene unas relaciones tan buenas con Turquía que hasta exporta petróleo a través de un oleducto construido al norte del país y Masud Barzani, el hijo de aquel legendario guerrillero, hoy no sólo es presidente sino que fue el primer mandatario kurdo en viajar a Diyarbakir, la capital del Kurdistán turco, un guiño al mundo de que los kurdos no renuncian a su gran ideal, el del Kurdistán como país, sin tener que añadirle Kurdistán Iraquí, o Turco, o Sirio, o Iraní. Un hecho curioso porque los turcos han bombardeado las montañas al norte de Erbil repetidas veces en busca de los guerrilleros del PKK, los kurdos turcos, que usaban la región para esconderse y coger fuerzas para seguir atacando a los militares de Estambul. Los kurdos de Turquía, sobre todo, observan con evidente envidia el devenir de esta región a la que nunca faltan desdichas: hoy es el Estado Islámico el que amenaza la tranquilidad y la inversión de miles de millones de dólares para convertir Erbil en una suerte de Emirato del golfo. Y algo han conseguido porque tiene las tasas de pobreza más bajas de Irak, el mayor índice de seguridad y hasta la ONU reconoce esta ficción nacional con el título de 'entidad federativa'. Una entidad federativa que cuenta con su propia bandera, 'Alaya rengin', roja, blanca y verde y con un sol como presidente.

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Este es el paisaje habitual de Erbil: grúas y apartamentos de lujo

Wael me pasea por el barrio de los ricos. Y no es cualquier cosa porque todos los barrios nuevos tienen aspecto de estar habitados por ricos. Esplendorosa destaca the White House, una réplica exacta de la Casa Blanca de Washington. 'Esa es más interesante', me indica Wael ante un enorme y deslumbrante chalet, 'porque el dueño la levantó hasta tres veces pero no terminaba de gustarle y ordenó demolerla otras tantas veces hasta que ahora parece que está satisfecho...'. Como contrapunto, y al atardecer, el centro de Erbil parece detenido en el tiempo. Los abuelos se sientan al fresco de las fuentes, con la citadela al fondo, visten orgullosos sus trajes tradicionales con esos pantalones bombachos que deben ser un sueño de los herniados, manosean sus rosarios, rezan mientras fuman sus arguiles, toman té y las mujeres, con riguroso velo, pasean rodeadas de nubes de niños.

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Pero en los barrios la cosa es distinta. Los cuatro por cuatro, siempre nuevos e impolutos, cruzan las avenidas recién asfaltadas, las grúas forman parte del paisaje inmobiliario, de un coche de alta gama baja una escultural muchacha en minifalda pero con hiyab, a mis espaldas un grupo de chicas ríe estrepitosamente mientras sorbe la boquilla de la pipa de agua. En los centros comerciales no falta mercadería. 'Todo es petróleo', me dice Wael, 'y mientras siga así no tenemos miedo del Estado Islámico'. 'Le daré un ejemplo', me dice, 'los directivos de Exxon tienen alquiladas dos plantas de un hotel de lujo y pagan más de medio millón de dólares al mes: ¿cómo van a permitir que los yihadistas les fastidien el negocio?

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En el verano de 2014 un escalofrío recorrió la ciudad: los barbudos del ISIS se acercaban y cundió el pánico, muchos se subieron a los coches con la intención de huir. 'Yo no', dice Wael, 'porque vi que los directivos de Exxon ni siquiera se inmutaban...' A pesar de que la región es más segura que el resto de Irak, y se nota en esos enormes norteamericanos que uno encuentra a veces comprando fruslerías por el centro, los atentados no son imposibles y aventurarse fuera de la ciudad es poco menos que un suicidio si no se va bien acompañado. De hecho las ciudades del país a veces resultan casi inalcanzables, dependiendo de cómo evolucione la guerra contra los yihadistas. Duhok, Halabja y Solimania son las otras cabezas de gobernación que cuesta visitar por el temor a un secuestro. La carretera a Bagdad sufre de esporádicos controles del Estado Islámico y en sus cunetas aparecen repetidamente conductores asesinados. La que conduce a Mosul es una vía muerta porque, de momento, Mosul está en manos de los barbudos.

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Por si fuera poco, la hasta hace poco casi que aldea polvorienta con cuarenta y tres siglos de historia es solidaria y tiene repartidos por su perímetro urbano más de cuarenta mil refugiados desplazados por los yihadistas. Al norte de la ciudad, en un suburbio cristiano y floreciente llamado Ainkawa, se han concentrado los cristianos alrededor de la iglesia de Saint Joseph. Más allá están los sunitas, y los yazidíes, los chabaquíes, hay chiítas que han venido del sur, en algún lugar están los zoroástricos. Para ser una sola ciudad, su variedad étnica y religiosa es asombrosa. Además tienen campos de refugiados, o edificios a medio construir, que cumplen la misma función, pero los desplazados son libres de pasear por la ciudad. En el mercado me encuentro a un sunita de Mosul al que entrevisté en su tienda. Del campo de Horsham sale una extensa familia para 'pasear'. Los cristianos parecen intercambiables y aparecen en varios puntos de la ciudad saludando como tal cosa. Los carteles indicativos de la autopista también añaden una tentación de interés suicida: por aquí se va a Bagdad.

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Los espíritus acumulados de cuarenta y tres siglos de historia observan las evoluciones de los hombrecillos desde lo alto de la citadela. Los temores que nos causa Al Baghdadhi, los orates de Al Nusrah o los bombardeos aliados no les asombran en absoluto. ¡Cómo asombrar a unas piedras que han visto pasar a Ciro el Grande, a Darío el Persa, Alejando el Magno o Gengis Khan! ¡Cómo asombrar a una gente cuyos abuelos lucharon contra el Gran Tamerlán, los Omeya o las tropas de Sadam Hussein! Abandono Erbil con una sorpresa: los controles son mucho más exhaustivos para salir que para entrar y el aeropuerto tiene una terminal de mentirijilla, tan sólo para chequear a los viajeros. Pero me voy con un buen sabor de boca, el de un país de opereta que aspira a convertirse en una nación de verdad y que sienten haber dado ya el primer paso. El mayor pueblo sin nación del planeta ya ha metido la cabeza. Ahora sólo falta que la comunidad internacional supere las divisiones interesadas que los británicos y franceses trazaron tras la caída del imperio otomano y que los kurdos de Turquía, Siria e Irán se les unan en un nuevo país. Una tarea titánica y poco menos que imposible a día de hoy. Hasta que se visita Erbil y uno duda. Tal vez el Kurdistán sea algo más que una ficción.

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miércoles, 21 de octubre de 2015

Viaje a Irak: las tres sillas de Ziad, el policía de Qaraqosh


A las puertas de un contenedor, frente a una fila de ropa goteante que tardará en secarse porque las corrientes de aire son frías y malsanas, me observan tres sillas. Yo también las observo. ¿Quién las ha pintado? ¿Y por qué? ¿Y qué significan esos dibujos? 'Son las sillas de la familia de Ziad, el policía', comenta un abuelo que deambula errático y meditabundo. 'Lo pone ahí: ¿ve? Po-li-cía', dice con cierta guasa el abuelo. Pues es cierto: po-lic. Y a mi lado un gigantón lo confirma: 'son mis sillas'.

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Ziad Khalid es un gigantón con una sonrisa tan triste como su mirada. Tras su bigote unos ojos inquietos no pierden detalle de su alrededor y me miran con mirada triste. A su lado está su esposa, Afaf Nafa, con una mirada no menos triste y con unos ojos también acuosos. 'Soy oficial de la policía', me dice Ziad mientras toma entre sus brazos con una llamativa delicadeza a su sobrino, 'y le voy a contar qué me ocurrió'. Su mujer no puede más y se va con un deje dramático a su improvisado hogar, un contenedor situado en el interior de un edificio a medio construir en Ankawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí. 'Hacíamos guardia en un control de carretera a las afueras de Qaraqosh junto a los peshmergas cuando nos avisaron de que venían los del Da'esh (el Estado Islámico)'. Serían las dos y media de la madrugada cuando los kurdos recibieron una llamada de teléfono: abandonen el lugar. 'Ni siquiera pidieron apoyo en forma de fuego aéreo o algo así: a las tres de la mañana los yihadistas habían conquistado el check point...'.

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A su espalda las sillas tienen un toque exótico, son sillas de comedor, de salón de casa, de estancia familiar, dan sensación de formalidad, de noche especial, de visita de primos lejanos. Pero están sucias y pintarrejeadas en árabe. En un contexto desabrido y deprimente, con abuelos que se acuclillan en las esquinas para rumiar su pena, el suelo de cemento sin pulir, mujeres que cargan bidones de agua y niños que se aburren siempre en medio de corrientes asesinas, las sillas parecen una presencia de otro mundo. 'Es lo único que salvamos', dice furibunda Afaf, que vuelve del interior del contenedor. 'Nos morimos', dice con lágrimas en los ojos, 'mi marido necesita medicinas especiales porque está muy enfermo y aquí no hay nada, mi hijo tiene asma y aquí no hay ni inhaladores y la humedad y el frío son asesinos, nos morimos y no le importa a nadie', vuelve a gritar enfadada y se va. Ziad nos mira con mirada triste y se excusa: 'discúlpela, éramos clase media, teníamos una vida muy normal y nunca hemos pasado por nada parecido, es difícil de explicar lo que se siente, la impotencia, el miedo, estamos hundidos, no tenemos ni pasaportes...' En la planta superior un abuelo barre el suelo mientras nos observa triste él también. El edificio a medio construir y repleto de refugiados cristianos que han huido del Daesh es una esponja que absorbe tristeza.

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'Los de ISIS tiraban desde lejos y una bomba cayó en un edificio cercano a nuestra posición y mató a una mujer y tres niños así que sin el apoyo kurdo y con el aliento de los yihadistas tan cerca, abandonamos la posición nosotros también...' A partir de ahí, la historia de siempre: precipitada recogida de bienes, maletas a toda prisa, llena el coche, las llaves, los niños, dónde has puesto el dinero, demasiado tarde y arranca porque los yihadistas ya están acercándose. ¿Quién en su sano juicio se lleva unas sillas? Formaban parte del todo, claro, las sillas, la mesita, la ropa sin doblar, aquel cuadro que no quiero dejar atrás. De Qaraqosh a Duhok, de Duhok a Erbil. Dos huidas por los pelos en apenas un mes. Y de todo, tan sólo las sillas siguen ahí, observando cómo las observo mientras Ziad derrama unas lágrimas que lucen extrañas en un hombretón de su porte.


lunes, 5 de octubre de 2015

Viaje a Irak: nacer, crecer y vivir en el infierno


Abdel quiere enseñarme un vídeo en su móvil. 'Es fuerte', me avisa mientras pulsa el play. En la pantalla un control de yihadistas del Estado Islámico detiene a tres grandes camiones en la autopista que une Bagdad con el norte de Irak. Un barbudo reúne a los tres camioneros, les interroga sobre religión, cuestiona que sean sunitas y les afea que quieran engañarlo. Los tres hombres tiemblan, enseñan unos documentos al borde de la desintegración, juran ser suníes y no chiítas, responden torpemente a las preguntas. El examen termina y los tres camioneros han suspendido así que los llevan a la cuneta y les disparan en la cabeza. Luego queman los camiones. ¿Estos son los vídeos que se pasa aquí la gente?, le pregunto. Abdel encoge los hombros y sonríe con sonrisa triste. 'También está en el youtube', me contesta.


'Esta es nuestra vida', dice Abdel, 'desde que nací he visto guerra, muertos, desolación'. Abdel lo dice con pesar pero también con cierta naturalidad. Realmente Abdel no se llama Abdel pero no me atrevería a dar su verdadero nombre porque el simple hecho de contar su historia ya pone en riesgo su vida. Los jóvenes de Irak se intercambian vídeos horrorosos, vídeos que harían vomitar a cualquiera, los miran con repulsión y cambian para ver otros. Son vídeos que no llegan a occidente y que ponen los pelos de punta. Pienso en los jóvenes occidentales, intercambiando vídeos porno, vídeos de risas, vídeos de inventos caseros, de ocurrencias. 'Es triste, sí', reconoce Abdel, 'pero son los vídeos que aquí graba la gente por la calle'. En otro vídeo un barbudo del Estado Islámico muestra a una multitud una cabeza recién degollada. Es una cabeza igualmente barbuda, con una gran melena de pelo sucio. El yihadista adoctrina al gentío, golpea el despojo, grita. Pero de pronto, de entre la multitud, sale una mujer: es la madre de la cabeza y le grita al joven indignadísima: 'es mi hijo y es de los vuestros'. El barbudo menea la cabeza con pesar, mira la cabeza y la multitud se disuelve. 'Ahora mire este', me dice mientras cambia de pantalla. Dos hombres vestidos con chilaba tiemblan ante un cúmulo de cuerpos, sobre un gran charco de sangre. 'Estos sí que son sunitas', me explica Abdel, 'pero los enmascarados ahora son chiítas'. A su alrededor un grupo de hombres armados les gritan, les acusan de formar parte del Estado Islámico, les golpean, les dan patadas. Uno de los desgraciados, un anciano, se mantiene firme y serio pero el otro hombre llora. Finalmente descargan sus metralletas y la pirámide de cuerpos inertes se incrementa. Abdel se indigna: 'tan sólo eran civiles...'.

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'Papá', preguntó en una ocasión Abdel a su padre intrigado por esos términos que escuchaba en el colegio pero que no lograba identificar, '¿nosotros somos sunitas o chiítas?' Abdel recuerda nítidamente cómo su padre se levantó del asiento, llegó a su lado y le propinó un sonoro bofetón. 'Somos iraquíes', le espetó serio, 'recuerda: somos iraquíes'. Abdel rememora con nostalgia su duda religiosa, el bofetón de su padre y los tiempos de Sadam Hussein. Nacido en Bagdad, en el seno de una familia media, Abdel recuerda de su infancia que con apenas tres años cambiaba de casa frecuentemente porque su padre, que era oficial en el ejército de Sadam Hussein, luchaba contra Irán en los terribles ocho años de aquel conflicto. Abdel lo recuerda como un mundo de juegos, el mundo de la infancia, y cuando coincidimos con los refugiados Abdel se desvive en mimos con los niños. 'Me veo a mí mismo cambiando de sitio permanentemente'. Claro que hay una diferencia: estos son expulsados, Abdel era hijo de un militar. Pero aún así tiene más puntos de coincidencia que yo, que nací en Huelva. 'Mi madre lo llevaba fatal, la recuerdo siempre triste', dice Abdel. Con ese inicio vital, la vida de Abdel, y de los iraquíes en general, fue una cuesta abajo sin frenos. 'En aquella época podías hacer muchas cosas: ir al colegio, o a la universidad, ir al trabajo, cualquier cosa... siempre que no te metieras en política'. Curioso, me digo, porque es lo mismo que me decía mi padre de los tiempos de Franco. 'Se vivía bien, lo único que no podías hacer es meterte en política'. ¿Sadam como Franco?

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Claro que todo es susceptible de comparación. Mejor Sadam que un país incendiado y salpicado de coches bomba. Mejor con Sadam que con barbudos yihadistas que decapitan al primero que pillan por la calle. Mejor con Sadam que sin un gobierno claro, con la anarquía como líder. Mejor con Sadam siempre que no fueras disidente, kurdo, opositor, claro. 'En esa época no había diferencias entre sunitas y chiítias, entre cristianos o yazidíes, ni siquiera sabía que mi familia era sunita'. La guerra Irán Irak, con ser horrible y dejar el país lleno de tumbas, viudas y huérfanos, no fue lo peor. 'Las cosas empeoraron con la guerra del golfo y contra los Estados Unidos', dice Abdel, comenzó el bloqueo 'y durante ocho años nadie vio una pepsi o una coca cola, ni siquiera plátanos: cuando vi el primero ya era un adolescente y flipé...'. Pero las cosas aún podían empeorar y para Abdel el inicio del infierno no fue la guerra contra Irán, la guerra contra los Estados Unidos ni el bloqueo internacional. 'A partir de 2003 todo fue mucho peor'. Trato de imaginar un escenario más dantesco que lo explicado hasta aquí. En vano. 'Irak se convirtió en la anarquía', define Abdel la situación, 'atentados con pistoleros, secuestros, coches bombas, asesinatos selectivos y colectivos, extorsión, todo ello aderezado con frecuentes cortes de electricidad y desempleo'. Sus estudios en la universidad se alargaron porque llegar a clase era todo una odisea. 'Mi padre me regaló un cochecito pero siempre me topaba con disparos, un coche que acababa de explotar, algún muerto... Una vez me di de frente con un tiroteo entre sunitas y chiítas, tuve que esperar a que acabaran de pelear y me tiré al suelo para evitar los tiros, estuve treinta minutos con la cara pegada al asfalto y cuando me levanté estaba rodeado de muertos, pero no sabía quiénes eran ni por qué habían muerto... Llegué tres horas tarde al examen y tuve que volver a hacerlo en verano... y eso que me lo sabía muy bien...' Abdel estudiaba ingeniero de comunicaciones y la carrera fue otra odisea. 'Cuando comenzaba el calor tenía que estudiar a la luz de unas velas en el cuarto de baño, el sitio más fresco, metía en la bañera cubos de hielo y me quedaba horas en soledad, estudiando...'.

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Desde 2003, las calles arden en Irak. '¡Cuántas veces me han robado el móvil, una vez incluso me dispararon una ráfaga de metralleta porque me resistí y terminé dándoselo porque, ¿vale la pena morir por un simple teléfono?'. Abdel parece haber vivido varias vidas y que todas le hayan causado cicatrices indelebles en lo más profundo de su espíritu pero sin tocar su educación. 'Mis padres me educaron para no hacer daño, para ser amable, servicial, para tener siempre una sonrisa en los labios'. Pero, ¿cómo sonreír en Irak, en esa Irak de 2003? 'En mi pandilla éramos cinco amigos, cinco colegas que siempre estábamos juntos, que jugábamos desde pequeños, que crecimos al tiempo: ahora sólo queda vivo uno que emigró a los Estados Unidos y yo, que estoy aquí'. Aquí es el norte de Irak, en zona segura, zona de kurdos, un territorio que se desarrolla de modo autónomo frente a Bagdad. 'A uno de mis amigos tuve que recogerlo después de un coche bomba: no quedó nada reconocible, sólo trozos'. Y con todo, no fue el único. Otro amigo murió del mismo modo, pero al menos su cuerpo era un cuerpo, y otro más, que falleció por disparos, tuvo también un entierro digno. En la pantalla del televisor el FC Barcelona se esfuerza por ganar a un equipo menor. 'Pues te fastidias', me dice Abdel, un madridista acérrimo. Aprovecha entonces una interrupción del encuentro para mostrarme más fotos en su teléfono móvil: un amigo militar que lucha contra el Estado Islámico en primera línea, el hombre mira a la cámara con gesto serio. 'Parece convencido de que va a morir', me dice Abdel como leyéndome el pensamiento. Luego aparece un hombre enyesado de pies a cabeza, con semblante alegre, está en una cama de hospital, 'es policía, le explotó una bomba de ISIS', me dice Abdel mientras pega una profunda calada a la narguile con doble manzana que humea a su lado.

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'Yo era uno de los encargados de las unidades móviles para hacer enlaces en directo con cadenas de todo el mundo desde Irak'. Trabajo entonces no le faltaba, pienso. 'Soy ingeniero de comunicaciones, era técnico para directos de diversas cadenas, desde la BBC World a Al Jazeera, de la NBC a la CNN', aunque tuvo que dejarlo porque Al Qaeda envió una carta a sus padres: un vecino lo había visto en una unidad móvil y el chisme se propagó por la ciudad hasta que llegó a oídos de los terroristas. Elija usted, le decía la carta, o deja el trabajo o matamos a su familia. Durante tres años vivió escondido, no pudo ni verlos y ahora trabaja en un hotel al norte de Irak, en una zona que se comporta de modo autónomo y que ve a los árabes como el enemigo. Él es el enemigo, el árabe de Bagdad, el hijo de un oficial del ejército de Sadam, los que supuestamente gasearon a los kurdos en Halabja y pueblos de alrededor, el que oprimió al pueblo kurdo durante décadas. Ahora se busca la vida lejos del trasiego de los directos y de las unidades móviles, una vida que pasa a través de sus relatos y de las fotos de su móvil con una irresistible nostalgia, la vida que soñó y que alcanzó y que perdió por culpa de los radicales que han convertido su país en un infierno. Emigra, le digo. '¿Para qué? ¿Para llevar una miserable vida de refugiado en un país occidental?'. Abdel tiene orgullo, tiene memoria, tiene mil imágenes en las retinas y se niega a arrastrarse en una sociedad desconocida que sospecha tiene mucho que ver con lo que le ocurre a los suyos. 'Al fin y al cabo el dinero viene de allí', dice convencido, 'ya sea directamente o a través de los wahabitas...'

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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Viaje a la frontera turco-siria: V de Kobane


En la cola del reparto de alimentos de la Media Cruz Roja, o en las escaleras a medio acabar de un edificio sin terminar, en el interior de una mezquita, en las calles, en tiendas, en comercios cerrados, en jardines y en los campos de refugiados. Los vecinos de Kobane refugiados en la ciudad turca de Suruc sacaban la mejor de sus sonrisas y ponían dos dedos en forma de uve. V de Kobane. V de resistencia, de no podrán con nosotros. V de Victoria.

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¿O será V de paz? ¿De basta ya? El uso de los dos dedos en forma de V se popularizó en la Segunda Guerra Mundial y desde entonces no hay poderoso o mindundi que no lo haya usado. Un gesto tan natural que sale sin pensarlo, sin pretenderlo, un gesto de dignidad o de cabezonería pero un gesto que se ha convertido en universal.

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Durante la guerra de los Cien Años los franceses juraron cortar los dedos corazón e índice de todos los arqueros británicos que capturaran en la batalla de Agincourt para que nunca más pudieran disparar sus flechas. Los ingleses, sin embargo, salieron victoriosos y se dedicaron a enseñar esos dedos tan odiados en Francia, unos dedos que, además, formaban una V, la V de victoria. Eso, al menos, dice la leyenda (pincha aquí), según unos escritos de Jean de Wavrin contenidos en la Biblioteca Nacional de Francia en los que se hablaba de que 'cortarían tres dedos de la mano derecha a todos los arqueros hechos prisioneros para que no murieran más hombres ni caballos' (sic).

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Pero un historiador inglés le dio la vuelta a la tortilla porque vio que los tres dedos exigidos por los franceses excedían en uno a los ofrecidos por los ingleses y en ese mismo artículo recuerda ese gesto en la mano del rollizo Winston Churchill repetido hasta la saciedad. Sir Winston no desaprovechaba la ocasión para hacer el símbolo de la V y se popularizó como el de la Victoria.

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Sea suyo, sea de los arqueros, sea un símbolo esotérico o sea lo que sea, los dos dedos en forma de V ya son una propiedad del planeta entero y aunque todo parece indicar que tiene cierto origen anglosajón, no hay persona en este mundo que no lo use como propio. El Washington Post enumera esta serie de personajes y momentos curiosos, comenzando por la la BBC, donde se menciona a un tal coronel Britton instando a usar el símbolo como gesto de resistencia en los territorios ocupados de Francia frente a los invasores nazis. La V es la inicial de la española Victoria pero también de la inglesa Victory y de la francesa Victoire y de la holandesa Vrijheid, que significa libertad. Los afroamericanos en los tiempos de Luther King usaban la doble V como reclamo de igualdad. Truman, Eisenhower o Nixon también usaron este gesto, este último de un modo especialmente ridículo que ha pasado a la historia. Por no hablar de Lech Walesa, en su épica lucha contra la Unión Soviética, la inefable Margaret Thatcher tras derrotar a los argentinos en la guerra por las Malvinas, o Yaser Arafat al modo Churchill: repetidamente, siempre que tenía ocasión, casi como modo de reafirmarse.

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'Kobane será nuestro Stalingrado', decían, y dicen, los kurdos, y supongo que lo dicen, y lo decían, desde el punto de vista soviético, del de los vencedores, los de la V. Los combates se producen en cada calle, en cada casa, en cada estancia, y la sensación que flota en el ambiente es que el vencedor, el de la V, se llevará también la victoria final de la guerra, como ocurrió en Rusia. Claro que ni Kobane es Stalingrado ni el número de muertos de la segunda es comparable a los que ya han caído en la primera. Los kurdos sueñan con poner la primera piedra de un estado independiente, un Kurdistán que englobe a los kurdos de Siria con los del sur de Turquía y los ya independientes de facto del norte de Irak. Al menos esos. Los kurdos de Irán tendrán que esperar porque su inclusión en ese hipotético país es algo menos que una quimera (de momento).

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Pero mientras eso ocurre, los vecinos de Kobane que han ocupado cualquier hueco de Suruc, desde campos de refugiados en mitad de sembrados a edificios a medio construir o mezquitas atestadas, levantan sus dedos índice y corazón y posan ante las cámaras. Victoria, paz, tesón. No importa. Y tampoco importa que el gesto venga de los arqueros británicos, de Winston Churchill o de John Lennon. Estamos aquí, parecen decir, no han podido borrarnos del mapa. Y eso siempre es una victoria. Con Uve.

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domingo, 16 de agosto de 2015

Viaje a Turquía: con los refugiados sirios de la asediada Kobani


En el interior de la mezquita Mohammed se levanta muy serio y posa con sus nietos. No podemos hablar porque no nos entendemos pero abraza fuerte a sus criaturas, me da a entender que hay historias innombrables de muerte en sus lágrimas y me abraza también. Luego me despide y vuelve a sentarse en una colchoneta, ensimismado y serio, mientras los pequeños no juegan sino que se colocan serios también a su lado. Sus caras no son las de niños: parecen criaturas atormentadas, en permanente espanto, incluso el bebé tiene cara de haber visto demasiadas cosas malas.

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Sobre el mil veces pisado jardín una madre da puñados de arroz a su hija, a sus espaldas un sinfín de gentes vienen y van en una búsqueda incesante de recipientes para el arroz con garbanzos. ¿Cómo obligar a esos niños que nunca quieren comer a que se traguen una comida de rancho? ¿Cómo hacerles divertidos unos granos de arroz pasados, unos garbanzos duros, una sopa aguada? ¿Quién convence al niño que espera tristón apoyado en un muro que lo que tiene a sus pies es un manjar incomparable, que si no come enfermará de anemia, que necesita esos alimentos para saltar y brincar y actuar como un niño?

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A las puertas de la mezquita una larga cola de refugiados espera su ración diaria de comida. Llevan envases medio rotos, improvisadas tarteras, bolsas con asas y sin asas, cacharros abollados, bolsos de tela. Cualquier cosa vale para la sopa y el puñado de arroz que la Media Luna Roja de Turquía reparte pacientemente cada día en distintos puntos de Suruc. Una tarea titánica porque los combates de Kobane, que enfrentan a sus vecinos kurdos con yihadistas de Estado Islámico, pero también con fuerzas leales a Al Assad, combatientes de los herederos de Al Qaeda, Al Nusra, los opositores del Ejército Libre de Siria y mercenarios de todo pelaje han causado la estampida de casi doscientas mil personas al otro lado de la frontera.

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Dice la Agencia de Gestión de Desastres  Emergencias de Turquía que en sólo dos meses han llegado a la comarca de Suruc 192.417 desplazados, a los que diariamente proporcionan 70.000 raciones de alimento. La mayoría de desplazados está en campos de refugiados como el que saluda al visitante en la entrada de la ciudad pero muchos más están desperdigados por ahí, durmiendo en mezquitas, en colegios, en edificios a medio construir, en locales comerciales cedidos por sus propietarios y, mientras el clima lo permitió, incluso en parques y jardines, aunque ahora el frío lo impide.

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Las cifras de la Agencia son de proporciones bíblicas: 27.850 personas cruzaron la frontera heridas y necesitaron pasar por el hospital de Suruc, se ha vacunado a más de 60.000 niños y los turcos han enviado casi mil vehículos cargados con ayuda humanitaria al otro lado de la frontera, el de la guerra. Una guerra que no acaba y que desespera ya a los más pacientes que pensaron que la huida sería temporal. Los refugiados de la cola me saludan, me tocan y un abuelo me besa emocionado. 'No islam, no islam', me dice enojado cuando le pregunto por los yihadistas y un muchacho me saca del error: 'reniega del islam', me dice, 'no quiere decir que eso que hacen los yihadistas esté mal o que no se corresponda al islam: es que directamente reniega de la religión'.

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Desde el fondo de una serrería saluda un muchacho: 'Kobani, Kobani', dice mientras levanta los dedos de la victoria. Pero el combate de Kobani se acerca a los cien días y no hay quien pueda hacer un cálculo de vencedor y vencido. Incluso los norteamericanos han bombardeado la zona, han venido pershmergas desde el norte de Irak, los mercenarios se cuelan por la porosa frontera turca y los vecinos de la destrozada ciudad se sientan en montículos frente a la frontera para observar las no tan lejanas columnas de humo que salen de lo que fue su ciudad. Una ciudad que nació gracias a un proyecto de ferrocarril entre Berlín y Bagdad: ver aquí. Los vecinos de Suruc y los de Kobane están separados por una frontera y una guerra pero llevan la misma sangre: son kurdos y la nacionalidad sólo está en el pasaporte. 'Las familias están partidas por la frontera', me dice un muchacho que regenta un café internet, 'llámeme John', dice risueño, 'así que muchos de los vecinos de Kobani viven ahora en los apartamentos de sus primos y los que no tienen a nadie encuentran rápido solidaridad: yo mismo, cuando cierro, meto a varios desplazados para que duerman en mi local...'

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