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domingo, 16 de agosto de 2015

Viaje a Turquía: con los refugiados sirios de la asediada Kobani


En el interior de la mezquita Mohammed se levanta muy serio y posa con sus nietos. No podemos hablar porque no nos entendemos pero abraza fuerte a sus criaturas, me da a entender que hay historias innombrables de muerte en sus lágrimas y me abraza también. Luego me despide y vuelve a sentarse en una colchoneta, ensimismado y serio, mientras los pequeños no juegan sino que se colocan serios también a su lado. Sus caras no son las de niños: parecen criaturas atormentadas, en permanente espanto, incluso el bebé tiene cara de haber visto demasiadas cosas malas.

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Sobre el mil veces pisado jardín una madre da puñados de arroz a su hija, a sus espaldas un sinfín de gentes vienen y van en una búsqueda incesante de recipientes para el arroz con garbanzos. ¿Cómo obligar a esos niños que nunca quieren comer a que se traguen una comida de rancho? ¿Cómo hacerles divertidos unos granos de arroz pasados, unos garbanzos duros, una sopa aguada? ¿Quién convence al niño que espera tristón apoyado en un muro que lo que tiene a sus pies es un manjar incomparable, que si no come enfermará de anemia, que necesita esos alimentos para saltar y brincar y actuar como un niño?

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A las puertas de la mezquita una larga cola de refugiados espera su ración diaria de comida. Llevan envases medio rotos, improvisadas tarteras, bolsas con asas y sin asas, cacharros abollados, bolsos de tela. Cualquier cosa vale para la sopa y el puñado de arroz que la Media Luna Roja de Turquía reparte pacientemente cada día en distintos puntos de Suruc. Una tarea titánica porque los combates de Kobane, que enfrentan a sus vecinos kurdos con yihadistas de Estado Islámico, pero también con fuerzas leales a Al Assad, combatientes de los herederos de Al Qaeda, Al Nusra, los opositores del Ejército Libre de Siria y mercenarios de todo pelaje han causado la estampida de casi doscientas mil personas al otro lado de la frontera.

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Dice la Agencia de Gestión de Desastres  Emergencias de Turquía que en sólo dos meses han llegado a la comarca de Suruc 192.417 desplazados, a los que diariamente proporcionan 70.000 raciones de alimento. La mayoría de desplazados está en campos de refugiados como el que saluda al visitante en la entrada de la ciudad pero muchos más están desperdigados por ahí, durmiendo en mezquitas, en colegios, en edificios a medio construir, en locales comerciales cedidos por sus propietarios y, mientras el clima lo permitió, incluso en parques y jardines, aunque ahora el frío lo impide.

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Las cifras de la Agencia son de proporciones bíblicas: 27.850 personas cruzaron la frontera heridas y necesitaron pasar por el hospital de Suruc, se ha vacunado a más de 60.000 niños y los turcos han enviado casi mil vehículos cargados con ayuda humanitaria al otro lado de la frontera, el de la guerra. Una guerra que no acaba y que desespera ya a los más pacientes que pensaron que la huida sería temporal. Los refugiados de la cola me saludan, me tocan y un abuelo me besa emocionado. 'No islam, no islam', me dice enojado cuando le pregunto por los yihadistas y un muchacho me saca del error: 'reniega del islam', me dice, 'no quiere decir que eso que hacen los yihadistas esté mal o que no se corresponda al islam: es que directamente reniega de la religión'.

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Desde el fondo de una serrería saluda un muchacho: 'Kobani, Kobani', dice mientras levanta los dedos de la victoria. Pero el combate de Kobani se acerca a los cien días y no hay quien pueda hacer un cálculo de vencedor y vencido. Incluso los norteamericanos han bombardeado la zona, han venido pershmergas desde el norte de Irak, los mercenarios se cuelan por la porosa frontera turca y los vecinos de la destrozada ciudad se sientan en montículos frente a la frontera para observar las no tan lejanas columnas de humo que salen de lo que fue su ciudad. Una ciudad que nació gracias a un proyecto de ferrocarril entre Berlín y Bagdad: ver aquí. Los vecinos de Suruc y los de Kobane están separados por una frontera y una guerra pero llevan la misma sangre: son kurdos y la nacionalidad sólo está en el pasaporte. 'Las familias están partidas por la frontera', me dice un muchacho que regenta un café internet, 'llámeme John', dice risueño, 'así que muchos de los vecinos de Kobani viven ahora en los apartamentos de sus primos y los que no tienen a nadie encuentran rápido solidaridad: yo mismo, cuando cierro, meto a varios desplazados para que duerman en mi local...'

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miércoles, 6 de mayo de 2015

Viaje a Oriente Medio: con los vecinos de Kobane


'Kobane será el Stalingrado de los yihadistas'. Lo que al principio me pareció una comparación disparatada lleva camino de convertirse en algo más que una frase ocurrente. La batalla de Kobane, o de Ayn Al-Arab, ciudad en el norte de Siria pegada a la frontera con Turquía, amenaza con convertirse en el remedo sirio de la épica batalla que supuso un punto de inflexión para los ejércitos nazis en su invasión de la Unión Soviética. Pero mientras en la ciudad luchan todas las facciones posibles en la guerra siria, y todas ahora unidas contra el Estado Islámico, desde los pershmergas kurdos pasando por el Ejército Libre Sirio, mercenarios simpatizantes con alguno de los bandos, tropas de Al Assad acechando en la distancia, refuerzos del PKK y vecinos convertidos en guerreros, los civiles han huido al otro lado de la frontera, al lado turco, donde deambulan como almas que lleva el diablo, preguntándose qué ha pasado para que terminen ahí. Claro que tampoco tienen mucho tiempo para preguntas porque desde Turquía puede ver cómo las bombas destrozan su ciudad, sus casas, sus calles y su vida.

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Deambulo yo también con ellos por Suruc, ciudad turca a cuya demarcación perteneció en un pasado Kobane y a la que han acudido en masa desde que los disparatados yihadistas del Estado Islámico atacaron su localidad en agosto de 2014. Las vicisitudes de la historia dejaron a ambas ciudades, Suruc y Kobani, separadas por una franja de terreno que no ha conseguido separar las vidas de muchas familias que ahora tienen pasaportes diferentes. Esos son los que han tenido más suerte y ahora conviven primos lejanos con primos cercanos. Pero el resto no ha tenido la misma fortuna, más allá de la hospitalidad y solidaridad de los vecinos turcos, mayoritariamente kurdos en esta región y solidarizados sin fisuras con sus primos del sur.
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Desde la calle puedo ver las cabecitas de los niños, asomándose a un balcón inexistente de un edificio en obras. La ropa tendida, las mantas tapando las ventanas sin marcos ni cristales, el ladrillo visto. El edificio está a medio construir pero ya vive alguien: 'somos  alrededor de trescientos en todo el bloque', me asegura un muchacho con gestos. Nadie habla nada inteligible. ¿Árabe? ¿Kurmanji? ¡¡Qué dices!! Un muchacho chapurrea algo de inglés y me acompaña un tramo. 'Cuidado', dice, 'los resbalones son frecuentes'. El edificio está sin acabar y las nubes de polvo indican dónde algún niño acaba de despanzurrarse en esas escaleras precarias, sin barandillas y peligrosísimas para tantos renacuajos que se asoman a recibirme. '¡¡Peshmergas, peshmergas!!', me grita muy serio al cruzarse un señor que baja la escalera tocado con kufiyya, el tradicional pañuelo blanco y rojo de la región. Los guerreros kurdos, provenientes del norte de Irak, son la última esperanza de un vecindario, el de Kobane, que tan sólo puede asistir impotente desde el horizonte a la destrucción de su ciudad.

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En 1912 la compañía alemana Koban Railway Company construyó una estación en un lugar desértico para aliviar el largo camino que debía unir el ferrocarril entre Estambul y Bagdad. La estación tuvo más éxito que la línea férrea y los kurdos que poblaban la región, cuan nómadas del desierto, vieron un buen lugar para poner instalar sus sombrajos. Posteriormente fueron los armenios, perseguidos por los turcos, y sobre todo los kurdos, en el gran genocidio de 1915 que acabó con cientos de miles de ellos, los que huyeron de sus poblaciones, situadas más al norte, para establcerse también al margen de los sombrajos y de la estación. La ciudad que comenzó siendo un pedregal con una estación alemana quedó bajo mandato francés tras el desmoronamiento total del imperio otomano y comenzó su existencia con edificios de estilo galo, otros de arquitectura armenia, los kurdos añadieron sus particularidades y el extenso yacimiento histórico, que muestra vestigios de los asirios, añadió más literatura que belleza al asentamiento.

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Cuando los yihadistas del Estado Islámico le pusieron cerco, allá por julio de 2014, la población de las localidades cercanas se concentró en Kobane, que con apenas cuarenta mil habitantes multiplicó su número por diez, y cuando los locos de la bandera negra entraron en la ciudad casi doscientas mil personas corrieron en tropel rumbo a Turquía, donde se sumaron al millón y medio de sirios que ya habita el país desde el inicio de la guerra. Ahora deambulan por las calles, ocupan edificios, mezquitas, parques y jardines, reciben alimentos de la media luna roja en largas filas callejeras y confían su suerte a los YPG, unidades de protección ciudadana, algo parecido a paramilitares vecinales, y a las guerrillas que antes luchaban contra Al Assad y ahora contra los barbudos. La llegada de doscientos pershmergas, 'los que se enfrentan a la muerte', provenientes del norte de Irak y armados con material pesado, añade un elemento más de confusión en la batalla. 'Kobane será el Stalingrado de los yihadistas', resuena en mi cabeza la sentencia de un kurdo que desfiguró la frase con un 'si dios quiere'.

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'No quiero escuchar hablar más de dios ni de religión', me dice enfadado un abuelo en plena calle. Me asombra ver a un musulmán renegando de su credo pero las tropelías de esos barbudos que enarbolan la bandera del Islam no deja de resultar contraproducente. Tanto matar por Dios y quemar herejes y brujas en la hoguera nos causó un hondo rechazo a los cristianos. Quién sabe si los musulmanes no deban pasar por un trago parecido para pensar que detrás de dios sólo hay cuatro letras. En un cuarto lleno de polvo, frío y gris, un grupo de hombres me invita a tomar café. Café turco, muy cargado. ¿Y sus casas?, les pregunto. Bum, imita uno el sonido de una bomba, todos ríen la ocurrencia y luego algo parecido a una depresión se instala en el colectivo. ¿Confían en los pershmergas? ¡¡Pershmergas, pershmergas!!, sonríen con franqueza. ¿Y qué piensan de los yihadistas? Rostros serios, duros, miradas torvas, no quieren ni oír hablar de ellos. En una cunita de madera un bebé duerme plácido. La única luz proviene de un pequeño generador que ronca en una esquina. La conversación se estanca en un rosario de sonrisas que deriva inevitablemente en gestos de rabia.

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Osama no puede moverse y pasa los días sentado, recibiendo visitas

En la primera planta reposa Osman, un niño rellenito con un rostro que irradia pena. 'No puede andar', chapurrea en inglés una voz, 'tuvo un accidente'. Al drama del traslado debe unírsele el drama de no poder corretear con los demás niños por el esqueleto del edificio sin acabar porque en el mundo infantil todo sigue siendo un juego. Las cabecitas surgen por decenas, salen tras las mantas que hacen las veces de puertas, saltan por las escaleras, deambulan por un edificio convertido al tiempo en pesadilla y en gran parque de atracciones.

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La vida pasa entre ropa tendida y nubes de polvo, noches heladas y suelos cubiertos de esterillas donadas por Naciones Unidas. Al caer la noche las mantas no bastan para evitar que el frío entre por unas ventanas que no existen mientras allá, apenas a cinco kilómetros, los locos de Alá insisten de manera terrible en conquistar la ciudad de Kobane. Mucho interés estratégico debe tener semejante enclave como para que los yihadistas se enconen y los kurdos hayan conseguido que su eco resuene en todo el mundo. 'Los turcos se la han dado a los árabes', dicen los kurdos, 'como pago por la liberación de varias decenas de diplomáticos que estaban en poder del Estado Islámico'. No creo que lleguen a tanto, pienso, por mucho que quieran fastidiar a los kurdos. Más bien se mezcla la rivalidad de Ankara con Al Assad, por no decir odio, unido a las pocas ganas de que los kurdos de ambos lados de la frontera insistan en su deseo de un gran patria kurda. Quién sabe, los designios del poder siempre son inescrutables. Y sobre todo para esta gente que sólo piensa en cómo demonios estará su casa, si habrá saltado por los aires, si la habrán saqueado, si estará llena de barbudos, de agujeros, de colillas, si se habrán muerto las plantas y los juguetes seguirán en su sitio. Y sobre todo: cuándo pasará este suplicio porque el invierno llega y las mantas, como decía, no son suficientes. 'Diga usted en Europa que tenemos mucho frío', me despide el muchacho que chapurrea inglés.

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