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jueves, 14 de enero de 2016

Viaje a Diyarbakir: en el quinto lugar más sagrado del islam



En el centro de la ciudad antigua de Diyarbakir eleva su minarete una gran mezquita. Los vecinos la llaman Ulu Cami y presumen de que es el quinto lugar más sagrado del Islam, tras las mezquitas de La Meca, Medina, Jerusalem (Al Aqsa) y Damasco (los Omeya). En el patio los fieles salen de rezar con evidente satisfacción, cae la tarde en Diyarbakir y los vecinos, kurdos casi todos, vuelven a casa tras sus oraciones. Miro el templo como lo han mirado miles de personas en los últimos dos mil años porque la mezquita, hoy tan sagrada para los musulmanes, fue antes catedral cristiana y antes incluso, y sin que llegue a averiguar muy bien qué, templo pagano, tal vez romano. Y antes, quién sabe qué más.

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Hace muchos años, cuando esta ciudad se llamaba Amida, y hablo del siglo I D.C. en el centro del casco antiguo se levantaba un templo que ya entonces era muy antiguo. Pero llegaron unos tipos estrafalarios predicando unas ideas nuevas sobre un dios muy poderoso que repartía amor en lugar de castigos y los vecinos de Amida se sintieron atraídos por la nueva buena. Nadie recuerda de dónde venían esos hombres y hasta hoy se especula que pudieron venir de Jerusalem, enviados por San Juan, o tal vez desde Antioquia, enviados por San Pedro, o quién sabe, puede que vinieran de Edessa, hoy Urfa, patria de Abraham y lugar asignado por los primeros cristianos a Santo Tomás.

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La cosa es que esta última opción tiene sus defensores porque la iglesia que se levantó se llamó Santo Tomás y nadie cree que se le haya puesto ese nombre porque sí. Sea como sea, la historia nos devuelve los ecos de una época en la que la antigua Amida era el centro de una región cargada de profetas y visionarios, de apóstoles y enviados de dios: los armenios también tienen aquí una importante iglesia, la de Surp Giragos (una importancia que creció en 2012, cuando en su interior se celebró la primera misa armenia en la región tras el genocidio de 1915) y aseguran que San Bartolomé y Tadeo pasaron por aquí camino a Armenia y que hasta en un año tan temprano como el 325 D.C un obispo local llamado Simón de Amida participó en el primer concilio ecuménico de Nicea, lo que da idea de la importancia de esta población en la cristiandad más remota.

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Un centro cristiano, en todo caso, que desapareció hace ya milenio y medio y que convierte las historias de los antiguos asirios, o griegos, o tal vez armenios (o lo que fueran) en un sueño lejano del que apenas resta nada más que ecos perdidos rebotando en las estrechas calles del casco histórico. Porque la ciudad ya no se llama Amida sino Diyarbakir, los campanarios no son ya tales sino minaretes de mezquitas y de los armenios y asirios apenas queda un puñado escondido en alguna calle remota.

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Hoy la ciudad es turca y conocida por dos asuntos: su muralla, que es la segunda más larga del mundo (pincha aquí), y por los kurdos, que la han convertido en la capital oficiosa (y especialmente combativa) del Kurdistán, ese país que sólo existe, mal que bien, en el norte de Irak (pincha aquí). Por eso las crónicas antiguas muestran una ciudad que hoy parece irreal, extinguida, perdida en la memoria, una ciudad que tuvo más de treinta iglesias cristianas pertenecientes a un montón de ritos distintos, desde los apostólicos armenios a los sirios ortodoxos, desde los católicos sirios a los católicos árabes, de los griegos ortodoxos a los nestorianos, desde los caldeos a los jacobitas: un centro de estudios y discusiones sobre el cristianismo que atraía eruditos y aspirantes de toda Mesopotamia. Hoy, como decía, apenas queda un puñado de ellos que se reúnen frecuentemente todos juntos como para insuflarse algo de ánimo ante la ola de islam que los rodea.

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El caso es que si Amida conoció el cristianismo desde sus primeros días, también conoció el islam desde su inicio. Tanto, que la antigua iglesia de Santo Tomás cayó en manos de los primeros musulmanes en una fecha tan temprana como 639 D.C. quienes la conviertieron en lugar de culto para Allah. Las tribus árabes enfervorizadas por el recién nacido Islam derrotaron a las fuerzas del emperador Heraclio y establecieron una continuación del califato que dirigía en aquel momento el compadre de Mahoma, Abu Bakir, que terminó por dar nombre a la ciudad (Diyar-Bakir, aunque Atatürk era tan turco que le cambió el significado: tierra del cobre, en su idioma.)

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Una mezquita que desde el principio tuvo su interés porque hoy acoge cuatro escuelas distintas del islam, una mezquita en la caben cinco mil fieles y que hoy se enseñorea del centro de la ciudad desde su captura. Claro que la sombra de aquel minarete del 639 no es la misma que hoy porque en el año 1091 D.C. la comarca sufrió un terremoto que generó a su vez un incendio que calcinó un edificio que era una suma de templos y hubo que levantarlo otra vez. Atrás dejó la primera mezquita, la última iglesia y los misteriosos templos de la Antigüedad y, sobre todo, el ambiente de buen rollo que parece hubo durante los primeros años porque los invasores aceptaron a los cristianos en el interior del templo (que era suyo, por cierto) hasta el 770 D.C., unos años que debieron de ser llamativos al rezar todos en su interior, es de pensar que con cierto orden y concierto.

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El caso es que miro las columnas y tienen pinta como de griegas, miro los relieves y me parecen asirios, miro el conjunto y tiene algo de romano. Las inscripciones tienen aire a ejercicio caligráfico, la piedra negra basáltica refrenda la robustez de la construcción y el interior me recuerda a la mezquita de los Omeya en Damasco. Ya no queda ni el recuerdo de aquella iglesia de Santo Tomás más allá de las conversaciones de los asirios de la ciudad: 'era nuestra iglesia', me dice ceñudo el párroco de la iglesia de la Virgen María, también en Diyarbakir, como recordando, quién sabe, una vida pasada en la que él también peregrinó por los desiertos de la Anatolia buscando almas a las que convertir. La mezquita actual fue parte del imperio Selyúcida pero su pórtico oriental, por ejemplo, parece otra cosa y hay quien dice que pudo ser un teatro romano. Las columnas y los capiteles, desde luego, tienen poco de islámico y tan sólo las piadosas musulmanas sentadas a sus pies me recuerdan que estoy en tierra de Dar el Islam. Hay partes que pueden proceder de edificios bizantinos. El interior de la mezquita, eso sí, ha cambiado porque antes parecía que dentro existía un auténtico bosque de columnas que hoy ha dado paso a un espacio abierto y tan desierto en su interior como las extensas planicies que rodean la ciudad.

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En todo caso, un lugar sagrado con mucha más historia de la que se ve a simple vista. Salgo de la mezquita y un nutrido grupo de muchachos corre calle abajo mientras a lo lejos un furgón policial grita algo en turco. Es una bofetada de realidad: Amida no existe, la iglesia de Santo Tomás tampoco, estoy en Diyarbakir, territorio kurdo, territorio combativo, territorio del islam. Y la Ulu Cami, me recuerda un joven a mi lado, es su quinto lugar más sagrado...

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viernes, 30 de octubre de 2015

Viaje al Kurdistán iraquí: la ciudad de Erbil tiene más de 44 siglos de historia (II)


En el muro de la citadela un vendedor de artesanías reúne en su escaparate lo más granado de la historia de Erbil. Los primeros cristianos, héroes kurdos, príncipes mahometanos, califas, mogoles y mongoles, una presión social que tiene mucho de tectónica y que une y separa pueblos a los que luego separará para volver a unir. Los kurdos se dicen descendientes de aquellos medos que destruyeron Nínive y la poblaron como dueños absolutos hasta el siglo X para recibir luego, por supuesto, a los árabes que en su expansión del islam la absorbieron al califato de los Omeyas, en primer lugar, y más tarde por abasíes, selyúcidas y hasta el propio Tamerlán, que la destruyó a finales del siglo XIV. La citadela que hoy veo y por la que camino es un fuerte levantado por el imperio otomano pero me lo imagino formando parte del entramado fangoso del subsuelo en unos siglos para que futuros viajeros paseen por un castillo construido sobre esta cima que ahora yo piso.

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Poco que ver con la aldea que fue apenas un par de décadas antes. Capital del Kurdistán iraquí desde 1992, Erbil alberga el parlamento popular, llamada la Asamblea Nacional del Kurdistán Iraquí, y un gabinete integrado por los partidos mayoritarios, el PDK y el UPK, amén de otros partidos menores. Rebeldes por naturaleza y poco amigos de los sometimientos, nada raro después de tantos siglos soportando invasiones, los habitantes de la región se las tuvieron tiesas con Sadam Hussein. Los kurdos de Irak sufrieron una represión muy distinta de los kurdos de Turquía, los más numerosos: a diferencia de éstos, a los de Irak se les permitía el uso público de su lengua y hasta podían tener periódicos. Para cualquier kurdo iraquí el nombre de Mustafá Barzani es lo más parecido al padre de la nación: luchó contra los británicos cuando se apoderaron de la región tras la caída del imperio otomano, luchó contra el rey Faisal I de Irak, a quien los ingleses regalaron su polvoriento reino, Barzani fundó el KDP, el Partido Democrático del Kurdistán, conformó la milicia kurda, los hoy famosos peshmergas, que regularmente luchaban contra el gobierno de Bagdad.

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Barzani está en todas partes...

Su nombre hay que confrontarlo con el de Yalal Talabani, su opositor y más joven, cultivado y con ideas izquierdistas. Ambos lucharon contra el ejército de Sadam a ratos y cuando llegaban a un acuerdo con Bagdad se enzarzaban entonces entre ellos por el control de la región. Barzani siempre soñó con la independencia y acudió con cierta regularidad a los EEUU para que les echara una mano, un tema que en Washington veían con exótica curiosidad. La inestable situación costó cientos de miles de vidas y millones de desplazados, escenas tan trágicas como el bombardeo con armas químicas de la ciudad de Halabya y aledañas y la inesperada explosión vital del Kurdistán iraquí como símbolo de seguridad y estabilidad.

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La guerra de 1991 entre el régimen de Sadam Hussein y los Estados Unidos les dio una oportunidad: la zona de exclusión aérea, que prohibía a los iraquíes sobrevolar más al norte del paralelo 36, permitió labrar un futuro distinto, aunque lo que realmente hicieron fue una guerra de psicópatas entre las dos facciones, el PUK, una guerrilla organizada por el hijo de Barzani y apoyada por Irán y Siria, y el KDP de Talabani, apoyada por Bagdad. El caso es que en 1998 los Estados Unidos, que ya planificaban un Irak post Sadam y sabían de las enormes reservas petrolíferas de estos levantiscos vecinos de Erbil, impusieron una tregua y ayudaron a los guerrilleros del PUK a aplastar una guerrilla islamista que surgió en las montañas: Ansar al Islam, un grupo inquietantemente parecido a Al Qaeda y al Estado Islámico en sus planteamientos y en sus métodos, unos locos barbudos fanáticos del Islam ...pero de etnia kurda.

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Hoy el Kurdistán iraquí tiene unas relaciones tan buenas con Turquía que hasta exporta petróleo a través de un oleducto construido al norte del país y Masud Barzani, el hijo de aquel legendario guerrillero, hoy no sólo es presidente sino que fue el primer mandatario kurdo en viajar a Diyarbakir, la capital del Kurdistán turco, un guiño al mundo de que los kurdos no renuncian a su gran ideal, el del Kurdistán como país, sin tener que añadirle Kurdistán Iraquí, o Turco, o Sirio, o Iraní. Un hecho curioso porque los turcos han bombardeado las montañas al norte de Erbil repetidas veces en busca de los guerrilleros del PKK, los kurdos turcos, que usaban la región para esconderse y coger fuerzas para seguir atacando a los militares de Estambul. Los kurdos de Turquía, sobre todo, observan con evidente envidia el devenir de esta región a la que nunca faltan desdichas: hoy es el Estado Islámico el que amenaza la tranquilidad y la inversión de miles de millones de dólares para convertir Erbil en una suerte de Emirato del golfo. Y algo han conseguido porque tiene las tasas de pobreza más bajas de Irak, el mayor índice de seguridad y hasta la ONU reconoce esta ficción nacional con el título de 'entidad federativa'. Una entidad federativa que cuenta con su propia bandera, 'Alaya rengin', roja, blanca y verde y con un sol como presidente.

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Este es el paisaje habitual de Erbil: grúas y apartamentos de lujo

Wael me pasea por el barrio de los ricos. Y no es cualquier cosa porque todos los barrios nuevos tienen aspecto de estar habitados por ricos. Esplendorosa destaca the White House, una réplica exacta de la Casa Blanca de Washington. 'Esa es más interesante', me indica Wael ante un enorme y deslumbrante chalet, 'porque el dueño la levantó hasta tres veces pero no terminaba de gustarle y ordenó demolerla otras tantas veces hasta que ahora parece que está satisfecho...'. Como contrapunto, y al atardecer, el centro de Erbil parece detenido en el tiempo. Los abuelos se sientan al fresco de las fuentes, con la citadela al fondo, visten orgullosos sus trajes tradicionales con esos pantalones bombachos que deben ser un sueño de los herniados, manosean sus rosarios, rezan mientras fuman sus arguiles, toman té y las mujeres, con riguroso velo, pasean rodeadas de nubes de niños.

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Pero en los barrios la cosa es distinta. Los cuatro por cuatro, siempre nuevos e impolutos, cruzan las avenidas recién asfaltadas, las grúas forman parte del paisaje inmobiliario, de un coche de alta gama baja una escultural muchacha en minifalda pero con hiyab, a mis espaldas un grupo de chicas ríe estrepitosamente mientras sorbe la boquilla de la pipa de agua. En los centros comerciales no falta mercadería. 'Todo es petróleo', me dice Wael, 'y mientras siga así no tenemos miedo del Estado Islámico'. 'Le daré un ejemplo', me dice, 'los directivos de Exxon tienen alquiladas dos plantas de un hotel de lujo y pagan más de medio millón de dólares al mes: ¿cómo van a permitir que los yihadistas les fastidien el negocio?

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En el verano de 2014 un escalofrío recorrió la ciudad: los barbudos del ISIS se acercaban y cundió el pánico, muchos se subieron a los coches con la intención de huir. 'Yo no', dice Wael, 'porque vi que los directivos de Exxon ni siquiera se inmutaban...' A pesar de que la región es más segura que el resto de Irak, y se nota en esos enormes norteamericanos que uno encuentra a veces comprando fruslerías por el centro, los atentados no son imposibles y aventurarse fuera de la ciudad es poco menos que un suicidio si no se va bien acompañado. De hecho las ciudades del país a veces resultan casi inalcanzables, dependiendo de cómo evolucione la guerra contra los yihadistas. Duhok, Halabja y Solimania son las otras cabezas de gobernación que cuesta visitar por el temor a un secuestro. La carretera a Bagdad sufre de esporádicos controles del Estado Islámico y en sus cunetas aparecen repetidamente conductores asesinados. La que conduce a Mosul es una vía muerta porque, de momento, Mosul está en manos de los barbudos.

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Por si fuera poco, la hasta hace poco casi que aldea polvorienta con cuarenta y tres siglos de historia es solidaria y tiene repartidos por su perímetro urbano más de cuarenta mil refugiados desplazados por los yihadistas. Al norte de la ciudad, en un suburbio cristiano y floreciente llamado Ainkawa, se han concentrado los cristianos alrededor de la iglesia de Saint Joseph. Más allá están los sunitas, y los yazidíes, los chabaquíes, hay chiítas que han venido del sur, en algún lugar están los zoroástricos. Para ser una sola ciudad, su variedad étnica y religiosa es asombrosa. Además tienen campos de refugiados, o edificios a medio construir, que cumplen la misma función, pero los desplazados son libres de pasear por la ciudad. En el mercado me encuentro a un sunita de Mosul al que entrevisté en su tienda. Del campo de Horsham sale una extensa familia para 'pasear'. Los cristianos parecen intercambiables y aparecen en varios puntos de la ciudad saludando como tal cosa. Los carteles indicativos de la autopista también añaden una tentación de interés suicida: por aquí se va a Bagdad.

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Los espíritus acumulados de cuarenta y tres siglos de historia observan las evoluciones de los hombrecillos desde lo alto de la citadela. Los temores que nos causa Al Baghdadhi, los orates de Al Nusrah o los bombardeos aliados no les asombran en absoluto. ¡Cómo asombrar a unas piedras que han visto pasar a Ciro el Grande, a Darío el Persa, Alejando el Magno o Gengis Khan! ¡Cómo asombrar a una gente cuyos abuelos lucharon contra el Gran Tamerlán, los Omeya o las tropas de Sadam Hussein! Abandono Erbil con una sorpresa: los controles son mucho más exhaustivos para salir que para entrar y el aeropuerto tiene una terminal de mentirijilla, tan sólo para chequear a los viajeros. Pero me voy con un buen sabor de boca, el de un país de opereta que aspira a convertirse en una nación de verdad y que sienten haber dado ya el primer paso. El mayor pueblo sin nación del planeta ya ha metido la cabeza. Ahora sólo falta que la comunidad internacional supere las divisiones interesadas que los británicos y franceses trazaron tras la caída del imperio otomano y que los kurdos de Turquía, Siria e Irán se les unan en un nuevo país. Una tarea titánica y poco menos que imposible a día de hoy. Hasta que se visita Erbil y uno duda. Tal vez el Kurdistán sea algo más que una ficción.

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jueves, 21 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Ankawa Mall es un centro comercial y un hogar para los refugiados cristianos


En el lujoso centro comercial de Ainkawa los escaparates de cara ropa brillan por su ausencia y en su lugar cuelgan coladas de harapos que gotean en el suelo sin pulir. En la planta de complementos se suceden los puestos que venden cigarrillos sueltos, chicles, palomitas y chucherías, las galerías comerciales son negros túneles donde se intuyen sombras y cacharros tirados por los suelos. Los gritos de los niños sustituyen la música ambiental y aquella famosa cadena internacional de estética y belleza encuentra dignos sustitutos en los peluqueros locales de Nínive, que aprovechan cualquier rendija en el hormigón para rasurar las barbas de sus clientes. Las grandes firmas de moda, de electrónica y de alimentos no tienen sitio, no tienen hueco, no tienen motivos para reclamar los huecos que les usurparon cuando ni siquiera tenían la intención de instalarse aquí.

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A las puertas del Mall no hay guardias de seguridad, ni arcos detectores de metales, ni siquiera esos molestos aparatos que pitan cuando el dependiente olvida retirar la alarma. En su lugar una abuela estira las piernas sentada en una silla rota mientras una larga cola de desesperados llena garrafas de alguno de los tres grifos de agua potable que abastecen el enorme edificio. Ainkawa Mall es un lugar desabrido, a medio hacer, pero vivo a más no poder, repleto de niños que saltan, de sombras que deambulan por las tinieblas, de mujeres que cargan botellas de agua, un lugar recorrido por peligrosas corrientes de aire que trasladan neumonías en potencia, de galerías en eterna penumbra en las que brillan haces de luz, rayos de linternas, incluso con el deslumbrante sol del mediodía, ojos que te observan, puertas que ocultan dramas impensables.

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'Cuando entraron en Mosul agarré a mi familia y nos fuimos corriendo a Qaraqosh pero el Da'esh (Estado Islámico) llegó también a Qaraqosh y entonces nos vinimos corriendo a Erbil'. Leila Lias me recibe en zapatillas a las puertas de su nuevo hogar, un contenedor en el interior del centro comercial a medio terminar, 'de tanto correr, lo he perdido todo: sólo me queda este anillo' me cuenta enseñando el dedo anular. Al principio, relata, dormían en los jardines de Ainkawa, este pueblo cristiano situado al norte de Erbil, la capital del Kurdistán, 'pero el invierno ya amenazaba y nos trasladaron al edificio'.

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De los doscientos mil cristianos asirios que evacuaron la región de Nínive cuando el Estado Islámico entró a sangre y fuego en el norte de Irak, setenta mil terminaron en esta ciudad. El Ainkawa Mall debía completar el esplendoroso panorama comercial de la población, un próspero enclave cristiano al norte del Kurdistán iraquí, una región que funciona de hecho como un país independiente. La estructura del Mall ya estaba levantada, los garajes terminados, las escaleras mecánicas colocadas, el dueño podía imaginar las tiendas rebosantes de cara mercadería occidental y oriental, al estilo de las decenas de grandes centros comerciales que salpican Erbil y que pretenden emular los grandes emiratos del golfo. Porque, no en vano, el Kurdistán iraquí posee enormes reservas de petróleo, estrenan una sobrada independencia de facto respecto a Bagdad y funcionan como un estado propio que imita a las ricas monarquías del golfo pérsico y que pretende atraer a sus magnates como turistas. Pero entonces ocurrió el desastre, el éxodo de hermanos en la fe, cristianos que huían a tierra de cristianos en un país mayoritariamente musulmán. Buscaban la iglesia de St Joseph pero también el calor de los cristianos. Al principio ocuparon jardines y calles, se hicieron hueco en el patio de la iglesia, en los bordillos, en las aceras. Pero el tiempo transcurría y lo que parecía una huida temporal terminó por imponerse como huida a medio plazo.

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El dueño del Mall aún en construcción les ofreció el techo de su edificio, 'aunque después de dos meses creo que Naciones Unidas comenzó a pagarle un pequeño alquiler por las molestias', me comenta Osman, un rollizo vecino de Qaraqosh. Hoy rondan las mil seiscientas personas, han levantado tenderetes donde venden chucherías, hay peluquerías improvisadas, colas ante los baños prefabricados, los niños corren en bandadas. Donde deberían abrirse comercios lujosos se ocultan contenedores en los que se hacinan familias numerosas bajo cúmulos de mantas, cacharros de cocina, zapatos y bolsas de comida, todo proveniente de donaciones. 'No tengo ropa de invierno', se me queja una señora, 'los baños siempre están llenos', protesta otra, '¿cuánto tiempo más debemos estar aquí?', me inquiere una última. No tengo respuesta para ninguna y casi que tampoco tengo más preguntas porque cada uno de ellos es un torrente de historias espeluznantes. A las puertas del centro comercial, o del peculiar campo de refugiados, se me presentan Carlos Alberto y Joseph, dos simpáticos franceses de SOS Cristianos de Oriente, la única ONG privada que presta ayuda a este colectivo. 'Andamos por la región desde semana santa', me dice Joseph en un simpático castellano, 'y nos vamos relevando cada dos o tres semanas porque las historias que cuentan nos acaban pasando factura...'

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Maha Yusif Ayub también huyó de Mosul. 'No tengo ropa de invierno', me repite, 'y llevamos esto muy mal y le diré por qué: somos gente educada, acostumbrada a tener trabajo, dinero, ropa, y ahora aquí no tenemos nada y no sabemos cómo reaccionar porque nunca nos hemos visto así antes y encima no podemos ni demostrar quiénes somos porque no tenemos los pasaportes encima'. Hekemat Al Habish huyó de Qaraqosh y le tiemblan los labios cuando visualiza su drama: 'he perdido a mis cinco hijos', asegura, 'tres hijas y dos muchachos', con la mirada perdida recuerda la huida, 'escuchamos altavoces en los que los yihadistas nos decían que abandonáramos el lugar o que al llegar nos matarían a todos', y mientras habla veo que en sus ojos no me reflejo yo: se reflejan sus cinco hijos perdidos, el miedo a perderlos, el pánico a saberlos en manos de los sanguinarios barbudos, el horror.

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Imagino ahí una tienda de Zara con grandes escaparates mostrando ropa pero no hay más que un abuelo con un rosario y la mirada ausente. En las galerías secundarias la oscuridad es total y tan sólo los haces de luz de las linternas de las mujeres que cuidan sus cosas rompen una negritud absoluta. En el edificio no hay electricidad y al caer la noche los escalofríos dominan los contenedores y los padres se estrujan a sus hijos para darles calor. Un señor me pide ayuda: 'mi hijo recibió un golpe en la cabeza y ahora no recuerda nada, necesita ayuda', me dice mientras me enseña a su pequeño, de ocho años, que tiene un chichón ya cicatrizado y la mirada ausente, un niño extraño que aguarda paciente sentado en una caja que alguien se digne a comprarle una bolsa de patatas.

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Ziad Khalid es un cristiano grandote y de rapado militar. 'Hacíamos guardia junto a los peshmergas en un control de carretera cuando nos atacó el Da'esh', recuerda, 'y se entabló entonces una lucha endiablada hasta las dos de la mañana, cuando el gobierno del Kurdistán nos ordenó retirarnos: en treinta minutos ISIS ocupó nuestra posición y nosotros huimos...' Ziad recuerda que los primeros disparos vinieron desde lejos y que uno cayó sobre una casa y mató a una mujer y tres niños. 'Huimos entonces a Mosul pero fue por poco tiempo porque Da'esh llegó también allí y entonces nos fuimos a Durhok, pero resultó que también amenazaban la región y terminamos en Erbil porque la zona parece más segura'. Durante tres meses durmieron en una tienda de campaña en un jardín pero con la llegada de los primeros fríos los trasladaron al Mall. 'Echo de menos la tienda', dice, 'porque este edificio es insano y tantas corrientes propician las enfermedades pero con el invierno no podemos dormir al aire libre'. Su mujer sale del contenedor y llora sin lágrimas. 'Por favor', suplica, 'ayúdenos'. Mi amigo Wael, que hace las veces de traductor, no puede más y llora, sin lágrimas también. Cómo no llorar. Aunque sea sin lágrimas.

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domingo, 10 de mayo de 2015

Viaje a Irak: refugiados en la iglesia de St Joseph


'Durante las primeras semanas de la ocupación de Kirkuk los yihadistas no nos hicieron daño, no destruyeron nada ni mataron a nadie pero luego llegaron sus refuerzos y esos sí eran árabes y esos sí se esforzaron en destruirlo todo...'. La destrucción no es sólo física, me asegura Adel. 'Salimos tan rápidamente como pudimos y entonces se hicieron con nuestras casas y con nuestras vidas: entran en nuestros ordenadores y en nuestros programas porque las contraseñas permanecen, hace skype con nuestros parientes en Europa, a algunos los intentan engañar para que viajen a Irak, a otros les dicen que los van a matar, mandan emails con nuestras direcciones, también se hacen pasar por nosotros en el Facebook...'

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Mi interlocutor es un hombre grueso, entrado en años, un cristiano de Kirkuk. 'Mi nombre no tiene importancia y no quiero que usted me haga fotos', comienza el hombre su alocución, 'pero lo que le voy a decir es muy grave'. Lo miro a los ojos, su esposa se acerca pero prudentemente queda en la distancia. 'Nos fuimos de Kirkuk porque los vimos llegar (al Estado Islámico), nadie nos avisó de la que nos se venía encima y Kirkuk no es una ciudad pequeña, tiene casi setecientos mil habitantes...' El hombre, al que llamaré Adel, asegura que 'el ejército abandonó la zona sin luchar' y que los islamistas se hicieron con el arsenal abandonado por los militares. 'Ahora tienen humvees norteamericanos, todo tipo de fusiles, metralletas, morteros y pistolas, y le diré algo más', pone cara de tensión, 'los primeros en llegar no eran más de doscientos hombres y tenían caras europeas, los primeros combatientes en entrar en la ciudad no eran árabes...'. Mi traductor me indica que mire a mi alrededor y veré ojos intensamente azules, como los de Mariem, otra refugiada que aguarda para contarme su historia, que también abundan los ojos verdes, que hay rubios y pelirrojos y que el habitante de la zona no tiene por qué ser siempre moreno. 'Le aseguro que no eran de aquí', protesta Adel, 'nunca vi que los iraquíes tuvieran esas caras ni ese material de guerra, nuestras armas son distintas, más limitadas...'.

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Meriem se aferra a sus sobrinos mientras lamenta la pérdida de una pequeña de tres años capturada por los yihadistas del Estado Islámico

'Salimos corriendo de Qaraqosh, con lo puesto, pero dejamos atrás a una niña, mi sobrina, sólo tiene tres años'. Meriem fija sus hipnóticos ojos azules en la pupila del interlocutor y parece capaz de lanzar la imagen de la penosa huida, las pertenencias en el armario, la comida humeando aún en la cocina, 'el padre de la pequeña, que es mi hermano, enloqueció cuando intentó recuperarla porque los de la bandera negra ya se la habían llevado a Siria y ahora está enfermo de depresión...'. Meriem abraza a su hija, a sus sobrinos, como si conjurara el regreso de los locos de las largas barbas, pero de pronto sonríe y ríe abiertamente y trato de imaginar si yo podría sonreír en su situación: sin nada, refugiada en el jardín de una iglesia porque unos locos yihadistas te lo han arrebatado todo. 'Venden a las mujeres', pone gesto de asco, 'no sé qué más decirle porque ellos quisieron que nos convirtiéramos al Islam o les pagáramos un multa y decidimos huir antes de que se les ocurriera algo más...' Mariem recuerda que en su barrio quedaron 53 cristianos, 'pero no sabemos qué fue de ellos, sólo que los separaron por sexos y les obligaban a rezar o les golpeaban con unos palos muy largos que llevan los del Da'esh (el nombre que reciben en árabe los yihadistas)'. Una señora que observa atenta toda la escena interviene: 'mi primo también se quedó atrás...'.

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Sanem me insiste mucho: 'dígale al rey Juan Carlos que nos ayude'. Le digo que el monarca cambió, que ahora se llama Felipe, y que tampoco tengo cómo acercarme para decirle que los cristianos de Irak están sufriendo una horrible persecución. 'No importa', repite con guasa, 'usted busque el modo y dígaselo...'. Tumbado sobre una colchoneta, Sanem Yusuf Al Martesi recuerda los diez años que trabajó como policía en Qaraqosh, la mayor ciudad cristiana del país, y cómo tuvo que salir corriendo cuando los yihadistas del Estado Islámico envolvieron la localidad y pusieron en fuga a toda la población. 'Hace años éramos tres millones en el país', alude Sanem a los cristianos mientras sus compañeros asienten en la distancia, 'ahora no somos ni trescientos mil, y bajando'. Sanem sonríe al mencionar nuevamente al rey pero localiza el problema: 'somos pocos para organizarnos', comenta en relación a los suyos, 'no cogemos armas, no tenemos milicias propias, como sí tienen los kurdos y los chiítas, y ahora los sunitas con estos locos de la bandera negra, deberíamos organizarnos pero no tenemos gente'. Sin embargo, no es del todo cierto. Como bien demostró Pilar Cebrián en este reportaje, en algunas poblaciones los cristianos se han organizado para hacer frente al ejército de Al Baghdadi. El recepcionista de mi hotel en Erbil, un cristiano de los alrededores de Qaraqosh, también me lo confirma, 'hay pequeños ejércitos de cristianos, aunque somos pocos'. 'Nosotros no tenemos apoyos', se queja Sanem, el policía de Qaraqosh que ahora languidece tumbado en una colchoneta bajo los soportales de la iglesia de St Joseph. 'Nos usan todos pero ni siquiera nos pagan el salario, vienen de todo el mundo para luchar por nuestro petróleo pero nosotros no tenemos ni gas para encender la calefacción: hágame un favor', dice guiñándome un ojo, dígaselo a don Juan Carlos...'

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La vida sigue en la iglesia de St Joseph, en Ainkawa, al norte de Irak: los refugiados cristianos secan la ropa al sol, sobre el enlosado de su cuidado jardín una señora reza a la virgen María, bajo los soportales languidecen los hombres fumando cigarrillo tras cigarrillo mientras los niños corretean al sol. Frente a la iglesia, un centro comercial a medio construir también alberga a varios cientos de refugiados cristianos de las llanuras de Nínive, en poder ahora de los orates del Estado Islámico. 'El obispo ha salido', me dice un vigilante, pero no importa. Cualquiera que se detiene ante mí tiene historias espeluznantes. Historias de un genocidio.

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