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lunes, 3 de agosto de 2015

Viaje a Irak: el agua de los refugiados




'Te levantas y ya piensas en el agua: miras a los niños y no sabes cómo lavarlos, ves los cacharros y no sabes cómo limpiarlos, ves la cola en el retrete y no sabes si tendrás paciencia, ves la cola en el grifo y no sabes cuánto tiempo perderás en llenar una garrafa...' Leila Lias me mira con ojos suplicantes y de pronto sonríe: '¿quiere un té?' Son los pequeños gestos que nos hacen más humanos, pienso mientras rechazo el ofrecimiento porque un té es un lujo casi inaccesible como para que se lo ofrezcan a un extranjero lustroso y ahíto de líquidos.
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Leila vive en un centro comercial a medio construir desde que huyó de su Qaraqosh local ante la amenaza de muerte de Da'esh, o Estado Islámico, y tan sólo pudo salvar un anillo.... Ahora su principal preocupación es el agua y, cuando tiene tiempo, pensar en volver a casa...

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Repasando las fotos me doy cuenta de que en los campos de refugiados siempre hay alguien de fondo cargando un cubo, una garrafa, una botella. Que los grifos siempre tienen cola y que el agua absorbe tanto tiempo en el pensamiento como en los esfuerzos por conseguirla.

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¡Qué sencillo nos parece apretar el grifo, o girarlo, y que el líquido caiga abundantemente hacia ninguna parte! ¡Cómo nos damos el lujo de dejarla correr, de alargar el enjuague bucal, la ducha, de llenar la bañera de agua humeante! Estos refugiados tenían casa con grifos, algunos con jardines que regaban alegremente con mangueras fabricadas en China, otros incluso usaban albercas a modo de piscinas, jamás pensaron que el agua se convertiría en un elemento central de unas vidas de miseria en la que los malos recuerdos sólo pueden hacerse un hueco en las mentes cuando por fin hemos conseguido agua. Y no sabe uno qué es peor.

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Cada día 52 millones de personas se levantan con una obsesión: agua. Necesitan agua para beber, para lavarse, para limpiar los cacharros, las ropas, para cocinar, para enjuagarse, para refrescarse, para peinarse. Para vivir. El problema del agua afecta a muchos más millones de personas en este planeta pero esos cincuenta y dos millones tienen un común denominador: alguien les robó sus grifos. En Irak, por ejemplo, los yihadistas de Da'esh les arrebataron las casas, con sus grifos dentro, y ahora se las ven y se las desean para conseguir una garrafa y luego para llenar esa garrafa de un agua limpia que no les cree problemas. Los niños corren, se manchan, las madres se desesperan, las ollas humean, la ropa se acumula en los barreños, y todos tienen una misma necesidad: agua. Para el té, para la colada, para el guiso, para el calor. Casualmente, o no, los países que registran un mayor número de refugiados son Sudán del Sur, Siria, República Centroafricana, Congo, Colombia e Irak, precisamente países donde se suda mucho porque hace bastante calor.

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Sólo en Irak tres millones de personas han sido obligadas a abandonar sus casas, y de ellas un millón doscientas mil personas han huido de sus hogares en 2014, de las que trescientas mil han terminado aquí, en el Kurdistán iraquí, zona segura, tan segura que ha acogido, además, a otros doscientos mil sirios que huían de la guerra en el vecino país. Desde agosto Naciones Unidas tiene decretado en Irak su nivel máximo de emergencia, el tres, por un problema que ha desplazado dentro del país a casi dos millones de personas. ACNUR entrega lo básico: colchonetas, garrafas, mantas, lonas de plástico. Nada excepcional, aunque todo indispensable para unas personas que lo han perdido todo. Y, sobre todo, una ayuda para esos países, los kurdos iraquíes, los turcos o los jordanos, que se esfuerzan en hacer hueco a una gente que lo ha perdido todo.

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La falta de donaciones y de dinero público obliga a la ONU, sin embargo, suspender los vales del Programa Mundial de Alimentos y a poner en serio riesgo a esta gente. Un riesgo que comienza ahora en la frontera porque los países receptores se verán obligados a aportar lo que los países ricos no aportan, por lo que no es difícil imaginar que los controles de acceso se endurecerán y los civiles no podrán ni tan siquiera huir del infierno. No es por hacer un juego de palabras pero les cierran el grifo. Y eso, en esta situación, puede resultar mortal. Asfixiante.

Tan injusto como negarle el agua a un sediento.

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miércoles, 10 de junio de 2015

Viaje a Irak: las últimas cruces de Nínive


Ya no hay cruces en Nínive. Las pocas que permanecen en pie están en Erbil, en Ankawa, en Dohuk, algunas están hechas con palos, otras con gomillas, las hay que sólo son dos dedos cruzados y están también las que enseñorean las iglesias que tuvieron la suerte de erigirse en territorio seguro. No importa dónde se hayan refugiado los cristianos, siempre hay cruces: a las puertas del centro comercial a medio construir de Ankawa, donde se refugian muchos cientos de desplazados, te recibe una cruz que oscila con las corrientes, los refugiados mismos hacen el símbolo de la cruz, una virgen por aquí, un rosario por allá. El cristianismo de la región no tiene nada que ver con el que conozco, con el que he crecido, con el que he compartido toda mi vida: aquí la cruz es un orgullo. Tal vez por eso los barbudos yihadistas del Estado Islámico las han destruido todas, sistemáticamente, con rabia y odio, los cristianos han desaparecido del norte de Irak, donde esta religión pervive desde el siglo I, y la comunidad internacional escucha con oídos sordos una palabra que da miedo: genocidio. Curiosa palabra: genocidio, acabar con un gen, con un pueblo, una religión, incluso acabar con una idea política.

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En Europa, a ciertos temas, se suele reaccionar tarde y mal: se reaccionó con ira al genocidio rwandés cuando ya casi no había tutsis para matar. Se reaccionó con curiosidad al genocidio de Timor Oriental cuando apenas había timorenses que asesinar. Se reacciona con desconocimiento al genocidio del pueblo armenio a manos de los otomanos a principios del siglo XX, o al 'Porraimos', el genocidio gitano a manos de los nazis, se reacciona con indiferencia al genocidio indígena de Guatemala, al de los pueblos caucásicos, como los chechenos, a manos de Stalin, nadie recuerda los circasianos muertos a manos de los rusos, y qué decir de los genocidios antiguos, los de los caribes, los taínos, los arawak... Resulta cuanto menos curioso que el drama palestino sea capaz de generar tanta solidaridad, merecida sin duda alguna y producto de unos genios de la comunicación internacional, pero da cierto pesar que el resto apenas alcance el mínimo necesario para generar, al menos, indignación en las masas. Los cristianos mueren por miles en el norte de Irak y de Siria pero esta tragedia no provoca reacción alguna (más allá del Vaticano y de comunidades religiosas). Incluso he recibido algún mensaje de anónimos lectores del blog que me conminan a dedicarme a 'algo más productivo' que defender 'a esta gente'. Pero 'esta gente' tiene un peso muy importante en la historia, son los primeros cristianos, hablan siríaco, o arameo, la lengua que se hablaba en la zona hace dos mil años, sus tradiciones son milenarias y si desfilaran por alguna avenida española el público los tomaría por 'moros' porque su aspecto físico no varía demasiado del resto de pueblos de la región. Sin embargo, su drama no encuentra eco. Y mucho menos lo que sufren: genocidio.

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Pasqale Warda fue ministra en Irak y asegura rotunda que 'los cristianos sufren un genocidio en Irak'. Lo dice también el profesor Raad Salam, doctor en filología árabe y en estudios islámicos: 'lo que sufren los cristianos de Irak es un genocidio'. El Vaticano avisa: 'hay que detener el genocidio de cristianos y de otras minorías que tiene lugar en Siria e Irak'. Por primera vez en la historia no hay cristianos en Mosul: están en Erbil, en Ainkawa, en Dohuk, en territorio kurdo, protegidos por los pershmergas y por las fuerzas internacionales. Hay cristianos tumbados en los arcenes, en los jardines, ocupando patios de iglesias, edificios abandonados, centros comerciales a medio construir, deambulando por las calles, hay cristianos desesperados porque les han arrebatado todo, hasta la posibilidad de huir con familiares a otros países, un drama que se acrecienta cuando te aseguran que tienen dobles y hasta triples nacionalidades, que cuentan con visados para entrar en Europa, cartas verdes para huir a los Estados Unidos, permisos y salvoconductos que quedaron atrás, en sus casas y hogares, dejados precipitadamente porque se trataba de recoger unos papeles o salvar la vida. La palabra genocidio comienza a imponerse en los medios de todo el mundo, desde USA Today a Le Monde, una palabra que se emplea con miedo, con cuentagotas, pero que no deja de esconder un holocausto de proporciones gigantescas, un genocidio que va más allá de los cristianos y que afecta también a los yazidíes y a los chabakíes, un genocidio lento y atroz, silencioso e ignorado, una catástrofe sin apenas publicidad ni público interesado. Un genocidio perfecto: el sueño de cualquier genocida. Un genocidio silencioso.

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miércoles, 27 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Lina, una cristiana en un mar de musulmanes


Lina sonríe con amargura y proclama su fe: ‘soy cristiana’, dice, pero lleva hiyab y parece musulmana. ‘Es que nos atraparon los yihadistas de Da’esh (el Estado Islámico) y nos obligaron a convertirnos’. Lina sonríe y posa para la cámara pero la procesión va por dentro. ‘Ahora los cristianos no quieren que convivamos con ellos porque no se fían de nosotros’. Pero eso es injusto, digo, ¿no fue una conversión impuesta por la violencia?. ‘Sí pero no dejan que vivamos con ellos’.

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De hecho son los únicos cristianos en un campo de refugiados repleto de musulmanes. Los hay de todas las tendencias: sunitas, chiítas, incluso bashkeríes procedentes de las remotas montañas de Sinjar. ‘Pero yo soy cristiana’, insiste Lina mientras mira de reojo la lona de ACNUR que comparte con sus padres: su madre no quiere que hable con nadie, y menos con extranjeros, porque desconfía de todos. Al entrar en el campo de refugiados de Horsham un hombre circunspecto se acercó a abrir la puerta. ¿Son todos musulmanes? 'Todos menos una familia, señor'... ¿Una sola familia cristiana entre casi tres mil refugiados musulmanes? En una esquina del campamento la familia cristiana nos mira con hosquedad. La madre, que lleva la voz cantante, no quiere que se les acerque nadie. El padre está oculto, dentro de la tienda. La hija deambula nerviosa, quiere acercarse y contar su historia pero no se atreve a contradecir a su mami. De pronto, la madre abandona el lugar, parece que va a buscar agua a un pozo, Lina se acerca corriendo: necesita contar su experiencia.

Lina, la cristiana de Mosul, por Hachero 3-imp

‘Cuando llegaron los yihadistas nos atraparon y nos golpearon, me dijeron que no podía llevar pantalones y que debíamos rezar cinco veces al día’. La familia en pleno se convirtió al islam para salvar su vida pero, en cuanto vio una oportunidad, huyó. ‘A las diez de la noche alquilamos un coche y abandonamos Mosul rumbo a Tall Kayf, pero ellos llegaron otra vez y tuvimos que intentar llegar un poco más lejos: a Sumel, pero fue inútil porque llegaron otra vez y entonces conseguimos ponernos a salvo en Duhok’. Cualquiera podría pensar que la pesadilla había acabado pero no: acababa de empezar. Al llegar a Erbil sus hermanos en fe los repudiaron porque habían abandonado el cristianismo. ‘No es justo’, clama Lina con una sonrisa mientras evoca atropelladamente la pesadilla del mes que pasó con los islamistas. 'Estaban siempre disparando, nos pegaban, tuve que dejar de estudiar, estaba en secundaria, ahora tengo 19 años', Lina habla precipitadamente, 'no volveré nunca a Mosul porque tengo miedo, intentaré encontrar a nuestros familiares, que ahora andan por Duhok, y nos quedaremos por aquí, no entiendo por qué no nos aceptan, si me convertí al islam fue por miedo, está muy mal que no nos dejen convivir con los demás cristianos, somos una familia cristiana y estamos rodeados de musulmanes, nos tratan bien pero no soy musulmana...'Su madre nos mira desde lejos. Parece ida y está furiosa. Lina se atusa el cabello bajo el hiyab y se despide nerviosa.

domingo, 10 de mayo de 2015

Viaje a Irak: refugiados en la iglesia de St Joseph


'Durante las primeras semanas de la ocupación de Kirkuk los yihadistas no nos hicieron daño, no destruyeron nada ni mataron a nadie pero luego llegaron sus refuerzos y esos sí eran árabes y esos sí se esforzaron en destruirlo todo...'. La destrucción no es sólo física, me asegura Adel. 'Salimos tan rápidamente como pudimos y entonces se hicieron con nuestras casas y con nuestras vidas: entran en nuestros ordenadores y en nuestros programas porque las contraseñas permanecen, hace skype con nuestros parientes en Europa, a algunos los intentan engañar para que viajen a Irak, a otros les dicen que los van a matar, mandan emails con nuestras direcciones, también se hacen pasar por nosotros en el Facebook...'

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Mi interlocutor es un hombre grueso, entrado en años, un cristiano de Kirkuk. 'Mi nombre no tiene importancia y no quiero que usted me haga fotos', comienza el hombre su alocución, 'pero lo que le voy a decir es muy grave'. Lo miro a los ojos, su esposa se acerca pero prudentemente queda en la distancia. 'Nos fuimos de Kirkuk porque los vimos llegar (al Estado Islámico), nadie nos avisó de la que nos se venía encima y Kirkuk no es una ciudad pequeña, tiene casi setecientos mil habitantes...' El hombre, al que llamaré Adel, asegura que 'el ejército abandonó la zona sin luchar' y que los islamistas se hicieron con el arsenal abandonado por los militares. 'Ahora tienen humvees norteamericanos, todo tipo de fusiles, metralletas, morteros y pistolas, y le diré algo más', pone cara de tensión, 'los primeros en llegar no eran más de doscientos hombres y tenían caras europeas, los primeros combatientes en entrar en la ciudad no eran árabes...'. Mi traductor me indica que mire a mi alrededor y veré ojos intensamente azules, como los de Mariem, otra refugiada que aguarda para contarme su historia, que también abundan los ojos verdes, que hay rubios y pelirrojos y que el habitante de la zona no tiene por qué ser siempre moreno. 'Le aseguro que no eran de aquí', protesta Adel, 'nunca vi que los iraquíes tuvieran esas caras ni ese material de guerra, nuestras armas son distintas, más limitadas...'.

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Meriem se aferra a sus sobrinos mientras lamenta la pérdida de una pequeña de tres años capturada por los yihadistas del Estado Islámico

'Salimos corriendo de Qaraqosh, con lo puesto, pero dejamos atrás a una niña, mi sobrina, sólo tiene tres años'. Meriem fija sus hipnóticos ojos azules en la pupila del interlocutor y parece capaz de lanzar la imagen de la penosa huida, las pertenencias en el armario, la comida humeando aún en la cocina, 'el padre de la pequeña, que es mi hermano, enloqueció cuando intentó recuperarla porque los de la bandera negra ya se la habían llevado a Siria y ahora está enfermo de depresión...'. Meriem abraza a su hija, a sus sobrinos, como si conjurara el regreso de los locos de las largas barbas, pero de pronto sonríe y ríe abiertamente y trato de imaginar si yo podría sonreír en su situación: sin nada, refugiada en el jardín de una iglesia porque unos locos yihadistas te lo han arrebatado todo. 'Venden a las mujeres', pone gesto de asco, 'no sé qué más decirle porque ellos quisieron que nos convirtiéramos al Islam o les pagáramos un multa y decidimos huir antes de que se les ocurriera algo más...' Mariem recuerda que en su barrio quedaron 53 cristianos, 'pero no sabemos qué fue de ellos, sólo que los separaron por sexos y les obligaban a rezar o les golpeaban con unos palos muy largos que llevan los del Da'esh (el nombre que reciben en árabe los yihadistas)'. Una señora que observa atenta toda la escena interviene: 'mi primo también se quedó atrás...'.

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Sanem me insiste mucho: 'dígale al rey Juan Carlos que nos ayude'. Le digo que el monarca cambió, que ahora se llama Felipe, y que tampoco tengo cómo acercarme para decirle que los cristianos de Irak están sufriendo una horrible persecución. 'No importa', repite con guasa, 'usted busque el modo y dígaselo...'. Tumbado sobre una colchoneta, Sanem Yusuf Al Martesi recuerda los diez años que trabajó como policía en Qaraqosh, la mayor ciudad cristiana del país, y cómo tuvo que salir corriendo cuando los yihadistas del Estado Islámico envolvieron la localidad y pusieron en fuga a toda la población. 'Hace años éramos tres millones en el país', alude Sanem a los cristianos mientras sus compañeros asienten en la distancia, 'ahora no somos ni trescientos mil, y bajando'. Sanem sonríe al mencionar nuevamente al rey pero localiza el problema: 'somos pocos para organizarnos', comenta en relación a los suyos, 'no cogemos armas, no tenemos milicias propias, como sí tienen los kurdos y los chiítas, y ahora los sunitas con estos locos de la bandera negra, deberíamos organizarnos pero no tenemos gente'. Sin embargo, no es del todo cierto. Como bien demostró Pilar Cebrián en este reportaje, en algunas poblaciones los cristianos se han organizado para hacer frente al ejército de Al Baghdadi. El recepcionista de mi hotel en Erbil, un cristiano de los alrededores de Qaraqosh, también me lo confirma, 'hay pequeños ejércitos de cristianos, aunque somos pocos'. 'Nosotros no tenemos apoyos', se queja Sanem, el policía de Qaraqosh que ahora languidece tumbado en una colchoneta bajo los soportales de la iglesia de St Joseph. 'Nos usan todos pero ni siquiera nos pagan el salario, vienen de todo el mundo para luchar por nuestro petróleo pero nosotros no tenemos ni gas para encender la calefacción: hágame un favor', dice guiñándome un ojo, dígaselo a don Juan Carlos...'

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La vida sigue en la iglesia de St Joseph, en Ainkawa, al norte de Irak: los refugiados cristianos secan la ropa al sol, sobre el enlosado de su cuidado jardín una señora reza a la virgen María, bajo los soportales languidecen los hombres fumando cigarrillo tras cigarrillo mientras los niños corretean al sol. Frente a la iglesia, un centro comercial a medio construir también alberga a varios cientos de refugiados cristianos de las llanuras de Nínive, en poder ahora de los orates del Estado Islámico. 'El obispo ha salido', me dice un vigilante, pero no importa. Cualquiera que se detiene ante mí tiene historias espeluznantes. Historias de un genocidio.

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miércoles, 12 de febrero de 2014

Viaje al Líbano: el Inmaculado corazón de la virgen María del barrio cristiano de Tiro


El Inmaculado corazón de la virgen María conforma una suerte de guía gráfica para el visitante que se interna por el barrio cristiano de Tiro, al sur del Líbano: una guía de tal envergadura que uno no puede perderse porque Dios, o en este caso la Virgen, le acompaña siempre. De manera literal. A veces despintado, otras deshilachado, en ocasiones maltratado por el tiempo. Puedes verlo en esa antigua puerta de madera, en aquella pared desconchada, junto a la entrada de una casa.

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La Virgen está ahí y en su pecho refulge con fuerza el Inmaculado corazón de la virgen María, para mayor gloria de unos vecinos que cada vez son menos y parecen hasta acorralados en un barrio que a su vez parece acorralado también al norte de una pequeña península que sobresale como un molesto grano en la cartografía del sur del Líbano. Un grano que, por cierto, dicen que unió al continente el gran Alejandro Magno en su lucha contra los tirios a base de tirar al mar piedras de la ciudad vieja para sitiar la antigua villa fenicia y forzar su rendición.

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Los cristianos de Tiro son, efectivamente, cada vez menos, dos mil según las estadísticas, y bajando, pero ahí están, ni mucho menos acorralados, parecen resistir regentando hoteles, restaurantes y tiendas, observando ceñudos la llegada de los barquitos para aprovisionar sus cocinas, los carteles de la Virgen María señalando sus calles, sus puertas y su zona. Su barrio se llama Haret el Masihiyeh y está separado por una calle del resto de la ciudad, musulmana en su totalidad, y del primer barrio islámico, el Haret el Jalaji', en la misma península. Del barrio cristiano dicen que es la mejor zona de la ciudad para vivir, construida a pie mismo del mar, con una densidad de población que hace posible esos paseítos melancólicos sin que te traten de vender una alfombra o te choques de bruces con un burro cargado de tiestos.

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En Tiro hay tres sedes episcopales: el culto ortodoxo griego, el melquita y el maronita, estos últimos los mayoritarios, y casi todos son pescadores. Por eso el Inmaculado corazón de la virgen María luce orgulloso en su hornacina, pintado en la talla de la virgen, o aparece por doquier, en esos despintados carteles que parecen avisar: somos cristianos desde que San Pablo pasó por aquí camino de Jerusalem. Me parece admirable la fe de una comunidad rodeada por vecinos que pueden llegar a ser muy hostiles, los chiítas de Hezbollah, con sus banderas amarillas a pocos metros de la entrada en el barrio y que incluso venden combativo merchandasing en el zoco a las espaldas del enclave cristiano y tiene un extraordinario y kitch museo a pocos kilómetros de la ciudad: puedes verlo aquí, el museo de Mleeta.

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Sin embargo la armonía reina entre las dos comunidades, incluso me comentan que consideran más enemigos a los israelíes que a los chiítas, y es que las guerras con el vecino del sur han dejado huellas que se ven y muchas más que ni se intuyen. Claro que los palestinos tampoco tienen muy buen cartel desde que usaran la población como base militar contra las fuerzas de ocupación judías y ahora languidecen en campos de refugiados como este en los que se mezclan dramas nuevos con dramas romanos y fenicios.

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A Tiro la han destruido los macedonios de Alejandro, los turcos selyúcidas, la han ocupado los cruzados, formó parte del Patriarcado Latino de Jerusalem y del imperio bizantino, estuvo en manos de los mamelucos y, en los tiempos modernos, sufrió lo indecible en la guerra del Líbano, cuando la ocupación judía, y más tarde cuando la guerra entre Hezbollah e Israel de 2006 vivió bombardeos de gran intensidad.

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Los cristianos resisten contra viento y marea, oteando el horizonte, por si hace buena mar, de espaldas a un mundo en el que los musulmanes se multiplican como setas y la línea de tierra se puebla de mezquitas. Aunque tampoco tan de espaldas porque en las rocosas playas del barrio cristiano las musulmanas más atrevidas, pero enormemente recatadas, acuden en grupitos para mojar sus palmitos envueltos en mil y un ropajes.

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Según cuenta San Mateo, visitaba Jesús la región de Tiro y Sidón cuando una mujer cananea le llamó a gritos: 'Señor, hijo de David, ¡ten misericordia!, mi hija está atormentada por un demonio', pero Jesús no le respondió palabra. Los discípulos intentaron ablandarle pero el Hijo de Dios no tenía mucho interés por lo que, a todas luces, no era más que una gentil. 'No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel'. La mujer se desgañitaba pensando en su hija, consumida por diablos feroces, 'socórreme', le decía la buena señora y Él le respondió con cierta mala baba: 'no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros'. Entonces ella se rebajó cuanto pudo, 'sí, Señor, pero aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos'. Cristo, claramente complacido, le dijo entonces: '¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres', y su hija fue sanada desde aquella hora.

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San Marcos también cuenta la historia y da alguna pista más para desvelar este extraño incidente. La mujer era griega, sirofenicia de origen, cananea podemos concluir, descendiente de Canaan, gentil por tanto, o pagana más bien, y la enigmática frase de que 'no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros' venía a identificar a los paganos, es decir: los gentiles, o es decir otra vez: la señora cananea que pedía lastimosamente por su hija, con los perros, que eran, y son, moralmente impuros para los judíos. Una comparación que no le deja especialmente bien y una situación un tanto apurada de defender incluso entonces.

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Muchos siglos han pasado de aquella visita de Nuestro Señor Jesucristo a la región de Tiro y poco reconocería de aquel poblacho lleno de gentiles. Para empezar, le extrañaría ese nombre, Tiro, porque entonces los judíos la conocían como Tzor, muy parecido al nombre con la que se la conoce hoy, Sour, que es el nombre árabe y la identidad de la inmensa mayoría de su población. Y, a decir verdad, más parecido al que le dieron los fenicios: Sur, los arkadios: Surru, y los turcos: Sur. Tan sólo los romanos y los griegos la han conocido como Tiro y así nos ha llegado a nosotros.

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Una tierra fundada tres mil años antes de que Jesucristo le sacara los demonios a aquella desdichada muchacha y cuyos marineros surcaron todo el Mediterráneo para fundar ciudades como la mía, Cádiz, Gadir, en la que no sólo dejaron el nombre sino también esa costumbre de pescar a todas horas y en cualquier lugar que tenga un par de dedos de agua...

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Los antiguos pescadores fenicios se han transmutado hoy en pescadores cristianos y un altar en el puerto con la sempiterna Virgen María y su Sagrado Corazón así lo atestigua. Sin embargo, el Masihiyeh no deja de estar rodeado de musulmanes, y no de cualquiera sino de algunos de los que inspiran más terror a sus hermanos de fe en occidente.

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Los simpatizantes de Hezbollah están por doquier, sus banderas amarillas ondean orgullosas a pocos metros de la entrada del barrio, pareciera que una terrible amenaza se cierna sobre estas gentes. Una amenaza que no es sino otra de las muchas amenazas con que el paso de los siglos ha convertido a esta comunidad en lo que es: los flemáticos cristianos de la antigua ciudad de Tiro.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Viaje a la Iglesia Siríaca: con los últimos ortodoxos sirios de la Anatolia turca

El padre José es un sacerdote del rito siríaco o jacobino y me muestra su Biblia escrita en arameo


El padre José me muestra muy ufano su bella iglesia en el casco histórico de Diyarbakir, un templo que lleva el nombre de Meryem Ana Kilisesi, o iglesia de la Virgen María. Un santuario tan antiguo que el padre José me señala un rincón del techo, de donde asoma algo así como un capitel que me parece corintio. 'Es un templo anterior sobre el que está construida la iglesia', me confiesa mientras saca una voluminosa biblia escrita en un galimatías que me muestra con un extraño gesto de complicidad: 'es arameo', dice enarcando las cejas, 'la lengua de Cristo'. 



Porque el padre José pertenece al credo ortodoxo sirio, también conocido como siríaco o jacobita, y es el sacerdote que asiste a las familias cristianas de esta ciudad conocida por ser la capital de los kurdos. Trabajo, lo que se dice trabajo, no parece que tenga mucho: sólo cinco familias siguen el rito siríaco en Diyarbakir y el padre José, con su cara de Ahmadineyad, pasa largas horas en el patio del conjunto religioso comiendo uvas y discutiendo con los feligreses sobre lo divino y lo humano. A su iglesia vienen cristianos armenios, que no son más que otras cinco familias, o algún caldeo que vive en el intramuros de una ciudad que respira islam. 

La iglesia siríaca de la Virgen María en Diyarbakir

La iglesia de la Virgen María es un bello ejemplo de arquitectura cristiana en Oriente Medio, y además me recuerda a otros templos cristianos de la región, en el Líbano, por ejemplo, en Tiro y en Sidon, disimulados en las calles de tal modo que apenas puedes intuir que tras esa pequeña puertecilla exista un gran espacio sagrado y dedicado a lo que sus vecinos consideran un profeta menor. El padre José me enseña el libro en arameo pero no quiere que le saque fotos a la capilla, misterios de la vida, y además de uvas recién lavadas y agua fresca, me pide limosna y me despide con una recomendación: visite la Gran Mezquita, la Ulu Camii, que está en pleno centro, es muy bonita y además, añade con cierta cara de pena, era nuestra iglesia de Santo Tomás hasta que nos la quitaron hace varios siglos... Al salir por los gruesos muros de la iglesia, que parece más un castillo medieval, se acabó la paz: los niños gritan, las calles estrechísimas ofrecen una imagen pintoresca y al tiempo agobiante del mundo islámico y, por si fuera poco, de pronto un muecín alza al cielo su clásica llamada al rezo: Allah U Akbar. Pareciera que dentro de los muros de la iglesia siríaca se haya detenido el tiempo y el espacio. El padre José me despide, parece que sufra porque su antigua iglesia de Santo Tomás sea ahora el quinto lugar sagrado del Islam, pero olvida que su iglesia, la de la Virgen María, era antes un templo con toda la pinta de haber sido helénico.

Iglesia siríaca 

Los siríacos de hoy día no superan los dos millones de seguidores, son una minoría muy minoritaria en el mundo cristiano, y mucho más en Oriente Medio, y tienen su sede central en la castigada Damasco. Los siríacos tienen obispos, como los católicos, pero no hay autoridad jerárquica superior sobre ellos, y además consideran que Jesucristo no era persona sino solamente, y nada menos, que Dios en sí mismo, de modo que rechazan esa dualidad divina humana que les dan otras orientaciones cristianas. Anatema, por supuesto, para sus primos de confesión, herejía para nuestros abuelos, gente rara al fin y al cabo. Pero algo deben de saber estos cristianos que en la península de la Anatolia resisten contra viento y marea hablando la lengua de Cristo desde su formación, nada menos que en el siglo I. 


Feligresas siríacas, o jacobinas, en

Dicen que huyeron de Palestina tras la lapidación de San Esteban y que fueron los primeros en ser llamados cristianos, en la ciudad de Antioquía, que no está lejos de la Anatolia donde me encuentro, una ciudad que tiene también la fama de albergar a la primera comunidad cristiana fuera de Palestina y que tuvo en Simón Pedro a su fundador. Ya saben, aquel de 'sobre ti edificaré mi iglesia...'. Los jacobitas han sufrido tantas persecuciones que me extraña que aún queden esos dos millones. Los bizantinos no veían nada bien eso de que Nuestro Señor Jesucristo fuera sólo Dios y pronto los pusieron contra las cuerdas, aunque los siríacos, o jacobinos (en honor a su legendario obispo Jacobo Baradai, quien provocó el cisma con la iglesia griega ortodoxa) se expandieron a una velocidad tan de vértigo que en la Edad Media tenían ciento tres diócesis, desde Siria hasta Afganistán, habían penetrado en la provincia china de Xingjiang o en el lejano Turquestán. Fueron los mongoles y el sanguinario Gran Tamerlán los que redujeron aquel imperio celestial a poco más que ruinas pero, ya en la actualidad, los ataques a manos de los últimos coletazos del imperio otomano los dejaron tan reducidos que muchos hoy en occidente no han escuchado hablar de ellos jamás. De hecho, el genocidio armenio no fue solamente armenio: los jacobinos sufrieron grandes matanzas de fieles que dejaron esta región desolada y uniformemente islámica. Aún quedan comunidades dispersas, no sólo de ortodoxos sirios sino también de caldeos, de armenios y maronitas, cristianos en tierras del Islam.


Johannes me enseña esta bonita iglesia ortodoxa siria de Midyat

Los campanarios dominan la ciudad vieja de Midyat al tiempo que crean una extraña inquietud entre los visitantes: juraría haber visto una cruz por ahí arriba, dice uno mientras se siente un tanto minotauro en el laberíntico casco histórico. Por fin: una iglesia. Abro tímidamente la puerta y un sacerdote me recibe circunspecto: no hablo más que arameo, turco y árabe, me dice el hombre, y yo le pongo cara de póker. No se preocupe, me indica, este niño habla alemán: se llama Johannes, un nombre muy cristiano pero con cierto regusto a arcaico. Johannes me enseña el templo, que no es cualquier templo porque Midyat, con su lánguida vida, es la ciudad principal de los arameos. En esta ciudad cayeron asesinados muchos de ellos, como Edward Tanriverdi, el último médico arameo de la ciudad, o el concejal Yakub Mete, víctimas de la intransigencia religiosa y, también, de la mala suerte porque hablamos de una zona de guerra abierta entre el movimiento secesionista kurdo y el gobierno turco. Por si fuera poco, el partido de Dios, Hezbollah, al que no hay que confundir con el Hezbollah libanés (que son chíitas frente al Hezbollah turco, que son sunitas), compuesto por kurdos relacionados con sus primos iraquíes, y que luchaban contra el PKK independentista kurdo al tiempo que enarbolaban la bandera antimarxista, dejaron un buen reguero de jacobitas muertos a su paso por Midyat, lo que contribuyó a acelerar el despoblamiento de cristianos de esta ciudad.


Idris sale de su clase de arameo para mostrarme su iglesia

Entre unos y otros, desde 1980 al menos 18 pueblos han perdido toda su población aramea, muchos emigrados a Alemania, y como prueba de que la emigración no fue un espejismo, nadie habla inglés pero todos los abuelos que me encuentro se me dirigen en perfecto alemán. Mi germánico es tan triste como mi etíope clásico así que nos miramos con mutua curiosidad. Al parecer, muchos emigrados están volviendo, a pesar de que los arameos, como los kurdos, no pueden recibir clases en su idioma porque, recordemos, en Turquía sólo hay un idioma, el turco, y una sola raza, la turca. 


Estas feligresas hablan arameo y alemán
Los arameos hoy no suponen más de 15.000 individuos en Turquía, la mayoría en Estambul, y en esta región, con tanta iglesia que tienen y tanto esplendor que tuvieron, no superan los 2.000, la mayoría ancianos y emigrados que se instalan en los alrededores de Tur Abdin, que significa Montaña de los Esclavos de Dios. Lo triste es que en esta ciudad tan llena de kurdos los siríacos eran mayoría en los años sesenta pero a finales del siglo incluso el obispado tuvo que cerrar sus puertas por falta de titular. Tras siglos de matanzas y persecuciones, la guerra entre el estado turco y los kurdos fue la puntilla para la comunidad jacobina. 

Saliendo de misa...

Hoy quedan los restos de aquella confesión que llegó hasta la China, monasterios con cuatro monjes, iglesias con dos abuelos, párrocos que ofician ritos para cinco familias, cascos históricos de los que sobresalen campanarios con fantasmagóricas cruces a las que parece imposible llegar en las laberínticas medinas islámicas, antes pueblos de armenios, arameos y caldeos. De hecho, al norte de Damasco está Maalula, una ciudad aramea con una sola mezquita contra catorce iglesias. Los cristianos de Oriente Medio luchan por sobrevivir en la región que fue su cuna mientras que, como decía, en occidente los cristianos tienen la sensación de que no hay más rito que el suyo y olvidan a estas comunidades que se esfuerzan en mantener algo más que una fe. Los abuelos de Midyat se levantan amables para despedirme: Auf Wiedersehen. Simpáticos, los últimos representantes de la iglesia que fundó Simón Pedro, el Príncipe de los Apóstoles y la piedra sobre la que Cristo edificó su iglesia. O una de ellas...





 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com










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