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miércoles, 10 de febrero de 2016

Viaje a Mardin: kurdos, libros infantiles y una larga historia (I)

En Cizre los niños kurdos pasan más tiempo lanzando cocktailes molotov que leyendo libros como los que me da Osmán


En una enorme mansión del centro de la ciudad de Mardin, Osman Baran quiere enseñarme algo: un libro infantil. Es más: muchos libros infantiles. Se empeña en que me los lleve a España y se los enseñe a todo el mundo. Gracias, le digo, pero me incomoda pensar en llevar esa enorme colección de libros infantiles en la mochila. 'Por libros como estos ha muerto gente en el Kurdistán', me dice serio y entonces bajo los ojos y los hojeo. Me parecen inocentes dibujos infantiles, están subtitulados y los libros además pueden leerse en dos direcciones.

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'Están escritos en turco y en kurdo y eso siempre ha sido un acto revolucionario', me dice Osman a través de mi amigo Yan, un arquitecto de Estambul que traduce al español. ¿Revolucionario un libro infantil? Miro circunspecto a Yan, con sus enormes pantalones bombachos, miro ceñudo a Osman, con su enorme bigote y su cara de oso grandote.

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Pues sí. Los libros infantiles pueden ser revolucionarios y prácticamente cualquier cosa podía alcanzar esa categoría. Por ejemplo, en 2006 el alcalde de la cercana ciudad de Diyarbakir, Abdullah Demirbas, del partido Paz y Democracia, inauguró una estatua dedicada a la lucha contra el maltrato infantil y la fiscalía lo llevó a juicio porque pensó que era una clara alusión un niño kurdo de 12 años muerto por la policía turca durante una protesta. Las acusaciones de la fiscalía turca durante la primera década del siglo XXI alcanzaron ribetes de surrealismo por juicios como estos:

- Imprimir anuncios en turco y kurdo para concienciar sobre la lucha de los Derechos Humanos

- Traducir el sistema libre de software Ubuntu al kurdo

- Publicar libros para niños en kurdo y turco

- Publicar libros en lengua kurda sobre cómo mejorar la salud en zonas rurales

- Publicar un libro con nombres kurdos para bebés

- Repartir felicitaciones con la palabra kurda del nuevo año kurdo: Newroz

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Hoy cosa ha cambiado levemente pero Osman recuerda orgulloso que fue su padre, Aziz, uno de los luchadores locales de la causa kurda. 'Mi padre levantó el primer cine de la ciudad, el primer festival de teatro, impulsó la publicación de libros escritos en turco y kurdo', comenta apasionado este antiEdipo completamente rendido a su papi. 'Llévese los libros', me insiste, y sin saber muy bien por qué aparezco en mi hotel con una colección completa de libros infantiles escritos en kurdo. Y con ellos me llevo la historia de los Baran, que el bueno de Osman se empeña en que escriba minuciosamente, desde 1927, cuando su abuelo, Aziz, fue expulsado de la ciudad tras la rebelión de Sheikh Said, que pretendía resucitar ese Califato que ahora levanta el Estado Islámico algo más al sur. 'La historia de mi padre es la historia de los kurdos en el siglo XX', dice, 'primero el genocidio cristiano, luego las revueltas por la identidad religiosa, más tarde la desaparición de la conciencia de etnia, luego los devaneos con los partidos comunistas y ahora la lucha por la integración'.

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Las calles de Mardin son color miel y repletas de enormes mansiones que por la noche resultan tétricas y oscuras pero encantadoras

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El propio Sheikh Said murió ahorcado en 1925 indignado con un Ataturk que no quería más etnias que la turca en Turquía ni más religión que el Laicismo. Una afrenta que atormentaba a muchos kurdos piadosos, que no habían dudado en asesinar a cientos de miles de cristianos a las órdenes de los tres Pachás, culpables para siempre del genocidio de armenios y asirios como muestra de su lealtad al imperio otomano, un genocidio que ha pasado a la memoria kurda como Seifo, 'el año de la espada'. Claro que aquellos tiempos ya quedaron atrás y los tres Pachás y el mismo imperio otomano eran el recuerdo de una grandeza que ya no se vería más: era la hora de recuperar su identidad, pensaron antes de caer borrados por el enérgico Ataturk.

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El abuelo de Osman, Aziz, diluyó su espíritu kurdo en un mar de aculturación en el que cualquier etnia distinta de la turca no existía por decreto. Los kurdos fueron denominados entonces 'turcos de las montañas', y el esplendor pasado, (los kurdos se consideran descendientes de los Medos), se diluyó igualmente, a pesar de suponer un tercio de la población del país. Aziz encontró esposa en Diyarbakir y regresó a su ciudad natal cuando la revuelta se calmó para probar suerte en el transporte porque los seres humanos, pensaba, siempre necesitan comer y beber, dormir en una cama, vestirse e ir a otros lugares. Todo lo demás es accesorio, irá y vendrá, pero lo básico siempre será lo más seguro. Por eso, y una vez hicieron dinero con el transporte, acondicionaron la gran casa familiar como hotel. Era el año 1952 y todo funcionó hasta la muerte del patriarca, quien dejó como heredero al joven Aziz, el padre de Osman, con sólo 17 años, un joven que decidió estudiar economía para afianzar el pequeño imperio familiar.

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Y así, el joven heredero que rezaba cinco veces y cuyo padre había luchado por imponer la sharía descubre de pronto el marxismo y cae fascinado por las teorías del alemán. Tanto que en 1974 el hasta entonces rentable hotel cayó fulminado por las deudas. Y Aziz, obsesionado por las injusticias sociales, se presentó a las elecciones como kurdo marxista en una época de militares anticomunistas y de kurdos que no sabían que eran kurdos. Y encima perdió por sólo 125 votos. Aziz vuelve a intentarlo nuevamente en 1978, continúa Osmán, ahora en coalición con un amigo que admira a Mao Zedong, ¡¡un maoísta kurdo en las desérticas llanuras de la Anatolia turca!!. Así, de coalición en coalición, Aziz llega al Partido Turco Socialista del Proletariado, uno más de las decenas de partidos comunistas que jalonaba la Turquía de los años 70, y logra, ya en 1980, un tercio de todos los votos de su ciudad: Mardin. Pero el gafe acompañaba al ya político Aziz y el 12 de septiembre de 1980 el ejército irrumpe en la escena política con un golpe de estado marcado por una premisa: todos turcos, todos hermanos. Así pues, sobran las etnias diferentes, sobran llamadas religiosas a instaurar la sharía, sobran las guerrillas revolucionarias y étnicas (como el PKK de Abdullah Ocalan). Y el Aziz político, marxista, socialista y maoísta huye porque es sospechoso doble, por kurdo y por rojo, y huye hasta la (para mí) exótica Iskenderum, en la actual Irak, y tan asfixiado está el hombre que desempolva su espíritu empresarial cubierto durante años por gruesas capas de marxismo y triunfa con un negocio de avituallamiento de barcos.

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Con el tiempo, y los militares lejos del poder (aunque no tanto), Aziz vuelve a casa, ya algo menos marxista pero siempre un izquierdista convencido y vuelve a deambular de partido en partido hasta que, en 1998, consigue el cargo de gobernador y hasta un puesto como parlamentario en Ankara (aunque el sistema electoral turco del momento invalida a los vencedores si el partido no logra un mínimo del 10% de la votación total). Sus últimos años los pasa en un quiero y no puedo, expulsado de la política por la nomenklatura y no por los votantes. Aziz se da a la bebida, a internet y a los cigarros que su madre le liaba compulsivamente. Ahora, ciego y casi paralizado, Aziz ofrece consejo a los kurdos que quieren escucharlo, les recuerda cómo sus compañeros terminaron muertos o en prisión y que la burocracia y la represión terminaron por minar su alma. Pero no la del pueblo kurdo, me dice su hijo, Osmán, mientras une en un hato todos los libros infantiles. No hay escapatoria: tendré que llevarme el lote entero, pero el rato y la historia han merecido la pena...

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miércoles, 10 de junio de 2015

Viaje a Irak: las últimas cruces de Nínive


Ya no hay cruces en Nínive. Las pocas que permanecen en pie están en Erbil, en Ankawa, en Dohuk, algunas están hechas con palos, otras con gomillas, las hay que sólo son dos dedos cruzados y están también las que enseñorean las iglesias que tuvieron la suerte de erigirse en territorio seguro. No importa dónde se hayan refugiado los cristianos, siempre hay cruces: a las puertas del centro comercial a medio construir de Ankawa, donde se refugian muchos cientos de desplazados, te recibe una cruz que oscila con las corrientes, los refugiados mismos hacen el símbolo de la cruz, una virgen por aquí, un rosario por allá. El cristianismo de la región no tiene nada que ver con el que conozco, con el que he crecido, con el que he compartido toda mi vida: aquí la cruz es un orgullo. Tal vez por eso los barbudos yihadistas del Estado Islámico las han destruido todas, sistemáticamente, con rabia y odio, los cristianos han desaparecido del norte de Irak, donde esta religión pervive desde el siglo I, y la comunidad internacional escucha con oídos sordos una palabra que da miedo: genocidio. Curiosa palabra: genocidio, acabar con un gen, con un pueblo, una religión, incluso acabar con una idea política.

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En Europa, a ciertos temas, se suele reaccionar tarde y mal: se reaccionó con ira al genocidio rwandés cuando ya casi no había tutsis para matar. Se reaccionó con curiosidad al genocidio de Timor Oriental cuando apenas había timorenses que asesinar. Se reacciona con desconocimiento al genocidio del pueblo armenio a manos de los otomanos a principios del siglo XX, o al 'Porraimos', el genocidio gitano a manos de los nazis, se reacciona con indiferencia al genocidio indígena de Guatemala, al de los pueblos caucásicos, como los chechenos, a manos de Stalin, nadie recuerda los circasianos muertos a manos de los rusos, y qué decir de los genocidios antiguos, los de los caribes, los taínos, los arawak... Resulta cuanto menos curioso que el drama palestino sea capaz de generar tanta solidaridad, merecida sin duda alguna y producto de unos genios de la comunicación internacional, pero da cierto pesar que el resto apenas alcance el mínimo necesario para generar, al menos, indignación en las masas. Los cristianos mueren por miles en el norte de Irak y de Siria pero esta tragedia no provoca reacción alguna (más allá del Vaticano y de comunidades religiosas). Incluso he recibido algún mensaje de anónimos lectores del blog que me conminan a dedicarme a 'algo más productivo' que defender 'a esta gente'. Pero 'esta gente' tiene un peso muy importante en la historia, son los primeros cristianos, hablan siríaco, o arameo, la lengua que se hablaba en la zona hace dos mil años, sus tradiciones son milenarias y si desfilaran por alguna avenida española el público los tomaría por 'moros' porque su aspecto físico no varía demasiado del resto de pueblos de la región. Sin embargo, su drama no encuentra eco. Y mucho menos lo que sufren: genocidio.

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Pasqale Warda fue ministra en Irak y asegura rotunda que 'los cristianos sufren un genocidio en Irak'. Lo dice también el profesor Raad Salam, doctor en filología árabe y en estudios islámicos: 'lo que sufren los cristianos de Irak es un genocidio'. El Vaticano avisa: 'hay que detener el genocidio de cristianos y de otras minorías que tiene lugar en Siria e Irak'. Por primera vez en la historia no hay cristianos en Mosul: están en Erbil, en Ainkawa, en Dohuk, en territorio kurdo, protegidos por los pershmergas y por las fuerzas internacionales. Hay cristianos tumbados en los arcenes, en los jardines, ocupando patios de iglesias, edificios abandonados, centros comerciales a medio construir, deambulando por las calles, hay cristianos desesperados porque les han arrebatado todo, hasta la posibilidad de huir con familiares a otros países, un drama que se acrecienta cuando te aseguran que tienen dobles y hasta triples nacionalidades, que cuentan con visados para entrar en Europa, cartas verdes para huir a los Estados Unidos, permisos y salvoconductos que quedaron atrás, en sus casas y hogares, dejados precipitadamente porque se trataba de recoger unos papeles o salvar la vida. La palabra genocidio comienza a imponerse en los medios de todo el mundo, desde USA Today a Le Monde, una palabra que se emplea con miedo, con cuentagotas, pero que no deja de esconder un holocausto de proporciones gigantescas, un genocidio que va más allá de los cristianos y que afecta también a los yazidíes y a los chabakíes, un genocidio lento y atroz, silencioso e ignorado, una catástrofe sin apenas publicidad ni público interesado. Un genocidio perfecto: el sueño de cualquier genocida. Un genocidio silencioso.

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miércoles, 27 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Lina, una cristiana en un mar de musulmanes


Lina sonríe con amargura y proclama su fe: ‘soy cristiana’, dice, pero lleva hiyab y parece musulmana. ‘Es que nos atraparon los yihadistas de Da’esh (el Estado Islámico) y nos obligaron a convertirnos’. Lina sonríe y posa para la cámara pero la procesión va por dentro. ‘Ahora los cristianos no quieren que convivamos con ellos porque no se fían de nosotros’. Pero eso es injusto, digo, ¿no fue una conversión impuesta por la violencia?. ‘Sí pero no dejan que vivamos con ellos’.

Lina, la cristiana de Mosul, por Hachero 4-imp

De hecho son los únicos cristianos en un campo de refugiados repleto de musulmanes. Los hay de todas las tendencias: sunitas, chiítas, incluso bashkeríes procedentes de las remotas montañas de Sinjar. ‘Pero yo soy cristiana’, insiste Lina mientras mira de reojo la lona de ACNUR que comparte con sus padres: su madre no quiere que hable con nadie, y menos con extranjeros, porque desconfía de todos. Al entrar en el campo de refugiados de Horsham un hombre circunspecto se acercó a abrir la puerta. ¿Son todos musulmanes? 'Todos menos una familia, señor'... ¿Una sola familia cristiana entre casi tres mil refugiados musulmanes? En una esquina del campamento la familia cristiana nos mira con hosquedad. La madre, que lleva la voz cantante, no quiere que se les acerque nadie. El padre está oculto, dentro de la tienda. La hija deambula nerviosa, quiere acercarse y contar su historia pero no se atreve a contradecir a su mami. De pronto, la madre abandona el lugar, parece que va a buscar agua a un pozo, Lina se acerca corriendo: necesita contar su experiencia.

Lina, la cristiana de Mosul, por Hachero 3-imp

‘Cuando llegaron los yihadistas nos atraparon y nos golpearon, me dijeron que no podía llevar pantalones y que debíamos rezar cinco veces al día’. La familia en pleno se convirtió al islam para salvar su vida pero, en cuanto vio una oportunidad, huyó. ‘A las diez de la noche alquilamos un coche y abandonamos Mosul rumbo a Tall Kayf, pero ellos llegaron otra vez y tuvimos que intentar llegar un poco más lejos: a Sumel, pero fue inútil porque llegaron otra vez y entonces conseguimos ponernos a salvo en Duhok’. Cualquiera podría pensar que la pesadilla había acabado pero no: acababa de empezar. Al llegar a Erbil sus hermanos en fe los repudiaron porque habían abandonado el cristianismo. ‘No es justo’, clama Lina con una sonrisa mientras evoca atropelladamente la pesadilla del mes que pasó con los islamistas. 'Estaban siempre disparando, nos pegaban, tuve que dejar de estudiar, estaba en secundaria, ahora tengo 19 años', Lina habla precipitadamente, 'no volveré nunca a Mosul porque tengo miedo, intentaré encontrar a nuestros familiares, que ahora andan por Duhok, y nos quedaremos por aquí, no entiendo por qué no nos aceptan, si me convertí al islam fue por miedo, está muy mal que no nos dejen convivir con los demás cristianos, somos una familia cristiana y estamos rodeados de musulmanes, nos tratan bien pero no soy musulmana...'Su madre nos mira desde lejos. Parece ida y está furiosa. Lina se atusa el cabello bajo el hiyab y se despide nerviosa.

domingo, 12 de enero de 2014

Viaje a Macedonia: con los gitanos de los Balcanes


A las afueras de Kumanovo, en el norte de Macedonia, un muchacho gitano me llama divertido: ven, parece decir. Me lleva por una suerte de laberinto entre paredes endebles y ropa tendida, casuchas que tiene mucho de precario y que parecen levantadas a base de remiendos. Esa tiene una reja por puerta y otra por techo, de aquella sale un gato como alma que lleva el diablo y en aquella ventana una abuela con henna en el pelo me mira mientras mueve su mandíbula. El muchacho no quiere nada en concreto, tan sólo pasear al extranjero por su barrio, sus amigos pronto salen al encuentro, quieren fotos, me tocan, me miran, me escudriñan y yo los miro divertido. Son gitanos, los gitanos de los Balcanes que tanto miedo inspira al común de los mortales cuando se los cruzan en el metro, en una calle oscura, en un descampado. Mustafá sale de una oquedad que él llamaría calle y quiere comprar a mi acompañante. Todos reímos la ocurrencia y hasta veo el cielo abierto: ¿cuánto? Más risas, perros ladrando, un niño llora. Vigilo la bolsa de la cámara, colgada de mi espalda, y me avergüenzo al descubrir que tengo el chip de alerta: son gitanos. Claro que me avergüenzo de avergonzarme porque si no fueran gitanos también estaría con el chip alerta. Es mi cámara y no conozco el sitio. Y entre vergüenza y contravergüenza, entre choque de manos y risas, pienso que estos gitanos, los Rom, son un milagro con patas y probablemente unos portentos genéticos porque, recordemos, no hay gobierno ni pueblo que no los haya perseguido con intenciones de exterminio.
Los gitanos de Macedonia, según Eben Friedman, están entre los más integrados de Europa y aunque el 59% de sus paisanos les demuestran cierta aversión, resulta que el porcentaje de odio que los macedonios dicen sentir por albaneses, judíos o turcos es mucho mayor (triste consuelo, vive Dios). Los gitanos, los Rom, de Macedonia están por todas partes, a pesar de no llegar al 3% de la población, dice el censo que son algo más de 53.000 pero las ONGs responden que no, que al menos son el doble y que entre el 80 y el 90% no encontrarán jamás un trabajo estable. Es decir: lo normal entre el pueblo gitano de los Balcanes.
Son almas libres a las que les gusta deambular, no tener horarios ni los formalismos de los payos, son vagabundos por naturaleza y así consta incluso en los libros de historia. unos libros que aseguran que la palabra ‘gitano’ proviene de ‘egiptiano’, porque en el medievo se pensaba que procedían de Egipto, y pienso entonces en gitanas que se apodaban La Faraona, o aquellos que dicen tener ‘sangre de reyes’ en la palma de la mano. Su origen más probable está en el Rajastan y fue un pastor húngaro llamado Istvan Vali el que descubrió el nexo en el siglo XVIII, cuando pasaba un año en la universidad de Leiden, en Holanda, y conoció a tres indios de Malabar. Istvan recopiló un diccionario con unas palabras y cuando regresó a Hungría descubrió que sus vecinos gitanos las entendían: de hecho muchos gitanos siguen quemando las posesiones de los fallecidos, una costumbre bastante extendida en el Rajastan, y alguna que otra vez han coincidido delegaciones de indios de allí con gitanos de aquí para descubrir que se entienden más bien que mal.
¿Cómo habían llegado pues los gitanos tan lejos? Las teorías siguen enredándose según quién las cuente pero los historiadores parecen ponerse de acuerdo en que en algún momento del siglo X un número importante de vecinos del Rajastan salieron de su región rumbo al oeste. Hay quien dice que fue antes, nada menos que cinco siglos, cuando el sha de Persia Bahran Gur ordenó traer a 12.000 músicos zott, que era como se les conocía, pero que su carácter disoluto, de artistas bohemios, les llevó al estado que les caracteriza incluso hoy, el de vagabundos menesterosos que cantan alegres y duermen en cualquier lugar. El caso es que en el lenguaje de los Rom, que es como les gusta denominarse, se puede hacer un seguimiento de su deambular: en el romaní hay muchas palabras persas pero pocas árabes, hay un número significativo de palabras armenias, hay palabras griegas, como Atzinganoi (que significa gitano, por su parecido con una tribu herética, y de la que supuestamente procede ‘zíngaro’) y finalmente turcas, que ya captaron en los Balcanes porque, recordemos, los gitanos, roms o zíngaros son anteriores a la invasión europea del imperio otomano. ‘Enterradme de pie’, de Isabel Fonseca, relata las peripecias de los gitanos de las leyendas y los más prosaicos de hoy en día en un relato que merece mucho la pena leer: pincha aquí. También es interesante, y mucho más de primera mano, la web de la Unión Romaní.
Pero si hay un aspecto desconocido de la historia del pueblo gitano, es el exterminio masivo que sufrieron a manos de los nazis y que ha quedado oculto tras la magnitud del Holocausto judío. La Organización Internacional para la Migración, el equivalente al Centro Simon Wiesenthal que busca criminales de guerra nazis, busca también a los supervivientes de aquel pogromo para compensarlos y calcula que murieron entre un millón y un millón y medio de gitanos durante toda la locura hitleriana, un número muy fluctuante según la fuente pero que oscila entre los doscientos cincuenta mil para los más conservadores hasta ese millón y medio. Entre los argumentos que utilizan los que calculan una cifra mayor está la de los carteles con los que identificaban a muchos ejecutados: parásitos, vagabundos, partisanos..

Es el genocidio gitano, que ellos conocen como Porraimos y que ha quedado en un segundo plano por la fuerza de la Shoah. En los Balcanes prefieren llamarlo Samudaripen y los gitanos rusos le dicen Kali Tras. Palabras, al fin y al cabo, para recordar algo que muchos roms no recuerdan por el poco interés que demuestran por la historia, poesía al fin y al cabo frente a la prosa del comer diario.
Corría el mes de julio de 1926 cuando el gobierno alemán estableció una ley que declaraba ‘la lucha contra los gitanos, los vagabundos y los desocupados’, una norma que prohibía a los gitanos recorrer el país o acampar en banda y que permitía condenar a trabajos forzados a todo gitano que no pudiera demostrar un empleo regular.  En 1933 las autoridades comenzaron a esterilizar a los que caían en sus manos y poco después, cuando llegó el Reich de los nazis, los gitanos siguieron siendo tan ‘sangre extraña’ que en 1936 se abrió una oficina en Munich para luchar contra ‘la plaga gitana’. No fue lo único que abrió Hitler en el 36: en los suburbios de Marzahn, en Berlín, se inauguró el primer campo de concentración para gitanos, conocido como Zigeunerlager. El siguiente se abrió en octubre de 1939 y el tercero en noviembre de 1940, ambos en Austria. Claro que esos eran los campos exclusivos para gente Rom, los campos de concentración al uso también recibían gitanos: concretamente en 1938 se enviaron a mil gitanos alemanes a Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen y Lichtenburg. La oleada siguió con envíos masivos de gitanos a Mauthausen, Ravensbrück, Dachau y Buchenwald. Todos portaban un triángulo negro, en lugar de la famosa estrella amarilla de los judíos, o en su defecto una letra F.
En 1938 se publicó ‘La solución final de la cuestión gitana’, que impulsó Himmler en una circular de diciembre de 1938 con la orden de clasificarlos en tres grupos: los gitanos puros, los medio gitanos y los ‘que se comportan como gitanos’. La represión masiva comenzó a tomar forma. Los primeros SS formaron grupos de paramilitares que buscaban campamentos judíos para entrar por las noches y asesinarlos en grupo. Los ustachis de Croacia encontraron graciosa la ocurrencia y los imitaban en sus tierras, los rumanos los exterminaron por miles y enviaron a muchos miles más a los campos de Trandsniester, donde murieron alrededor de cuarenta mil.

En 1939 se une el destino de los gitanos al de los judíos y comienza el suplicio universal, tan desconocido como horroroso. En enero de 1940 doscientos cincuenta niños de Brno fueron utilizados como conejillos de indias para probar la eficacia del gas letal Ziklon B, que preludiaba las cámaras de gas. A finales de 1941 cinco mil gitanos austríacos fueron asesinados con camiones de gas en Chelmno. En el verano de 1942 los gitanos del ghetto de Varsovia fueron gaseados en Treblinka. El régimen nazi dio orden de acabar con todos los gitanos, judíos y enfermos mentales (en esta última categoría debieron de entrar los comunistas, que también fueron exterminados sin encajar en una categoría clara) En diciembre de 1942, Heinrich Himmler dio la orden de terminar con la solución gitana y deportarlos a Auschwitz. En agosto de 1944 casi tres mil gitanos fueron gaseados y cremados en un solo acto.
Mustafá no consigue comprar a mi acompañante pero me acompaña cortés al final de la calle, no vaya a ser que me pierda. Mustafá, como la mayoría de los gitanos de Europa, desconoce esa historia aunque sus parientes de mayor edad la hayan vivido en primera persona. Resulta curioso pero muchos saben qué fue el Holocausto judío y no tienen ni idea de que su propia raza perdió entre el 70% y el 80% de la población. Al fin y al cabo son gitanos, gente alegre y nómada que no tienen por qué saber. Por saber muchos no sabe que ni siquiera fueron llamados a declarar en los juicios de Nuremberg. ¿Cómo aceptar en un juicio a un gitano en un papel distinto del de siempre: acusado?

domingo, 4 de noviembre de 2012

Viaje a la Anatolia: la primera misa armenia en noventa y siete años

Durante los ultimos noventa y siete años la campana de la iglesia de Surp Diyarbakir Gragos no ha sonado ni una vez. Hasta el 4 de noviembre de 2012, cuando un emocionado religioso tiro con fuerza de su cuerda para que su repicar inundara el casco antiguo de Diayarbakir. Frente al religioso, ancianos procedentes de media Europa, algunos de Rusia, una señora decia venir de Suecia, muchos de Estambul y, por supuesto, las cinco familias abiertamente declaradas armenias de la ciudad. Y prensa, incluso internacional que no era yo, que mas bien pasaba por alli. A las puertas del templo restaurado policias de paisano delatados por escandalosos pinganillos y estridentes walki talkies, familias kurdas que no querian perderse el acontecimiento, cristianos de la cercana iglesia caldea de rito sirio. En el patio de la iglesia, ambiente de la boda del Padrino, niños emperifollados corriendo mientras los ancianos hablan de sus cosas sentados en sillas de plastico blancas a la sombra de un frondoso limonero. Pero, con ser pintoresca la imagen, lo mejor esta dentro, en el templo, donde un atribulado grupo de ancianas contiene las lagrimas a duras penas. Y yo con ellas. La misa es como todas las misas armenias, ya saben: los religiosos congregados ante el altar, ahora suben unas escaleras, ahora echan una cortina, la vuelven a abrir, vuelta a bajar las escaleras y nuevamente congregados ante al altar ante el fervor de los feligreses.


Lo relevante es que la ultima vez que se pudo ver este enrevesado rito fue noventa y siete años atras porque, desde entonces, la iglesia de Surp Diyarbakir Gragos ha estado prohibida, tras la pertinente destruccion de edificio y comunidad. Y eso que tiene años para contar calamidades: construida en 1376 estuvo en uso hasta 1915, cuando los tres Pasha que dominaban los ultimos tıempos del agonico imperio otomano sentenciaron al pueblo armenio a la extincion. Hasta millon y medio murio a manos de los turcos, y de los kurdos que ahora vienen curiosos, y hasta de los circasianos que venian, a su vez, de ser exterminados por los rusos, millon y medio de muertos y varios mas que optaron por el exilio para salvar el pellejo. De aquellos terribles acontecimientos que puedes ver aqui y que estan recogidos en el museo del genocidio de Erevan, la capital de Armenia, se acuerdan a diario los mas ancianos, condenados a vagar en sus infancias por medio mundo hasta encontrar consuelo en alguna tierra hospitalaria, y desde aquel entonces la iglesia de Surp Gragos ha sido cuartel general en la segunda guerra mundial y almacen de algodon en la posguerra hasta que quedo en su estructura, abandonado y pasto de las cabras, que aqui son legion. Los armeniıos estaban prohibidos y destinados al olvido por aquellas molestas rebeliones de principios de siglo cuando, al estilo de la lucha kurda de hoy, pensaron que podian pescar de las aguas revueltas del fin de un imperio, el otomano.

Ası era la iglesia hace no tanto tiempo
Y ası es ahora que esta restaurada

 Tanta ha sido la ilusion en volver a verla entera que la campana, dicen aqui, viene de Rusia y que la rehabilitacion ha costado dos millones de liras, supongo que turcas, lo que haria un millon de euros mas o menos. Chinos es uno de esos armenios locales, de Diyambakir, un guaperas de ojos verdes y melena rizada con pinta de no haber roto un plato en su vida que despliega su sonrisa con alegria hasta que le pregunto por sus sentimientos: no tengo palabras para describirlo, me dice, han sido tantos años con la identidad borrada que el mismo, que no se considera ya ni cristiano ni musulman, comun denominador de los jovenes modernos, no puede evitar emocionarse. Debe de ser una de las cinco familias que mantienen los ritos en la ciudad, segun Pilit, una rubia de ojos azules que vive apasionada el regreso de los cultos armenios a su ciudad. Porque, hay que decirlo, se trata de la primera vez en noventa y siete años que el gobierno turco permite la rehabilitacion de un templo armenio para su su uso religioso y no como simple museo, como hasta ahora. 
el campanero vive emocionado el momento rodeado de prensa
y el vecindario kurdo se asoma a ver el novedoso sonido
y alguno se atreve a entrar a ver el espectaculo cristiano armenıo...

Porque hace dos años, insisto, esto era un solar frecuentado por cabras y por los miles de niños de la calle que pululan por la ciudad con el armazon de la estructura como unico recuerdo de que aqui hubo una vez un templo y una prospera comunidad armenia que desaparecio masacrada. Aunque no del todo, dice Chinos, extraño nombre este, porque muchos se convirtieron al islam y hoy profesan otra religion. Eso si, no es el caso de su familia, ni el de la rubia Pilit, que han aguantado un temporal de noventa y siete años que ha escampado el cuatro de noviembre de 2012 al tiempo que parece abrirse una nueva relacion de Turquia con Armenia, su gran lunar negro. 


 Los turcos siguen negando el genocidio, algo que ya es delito en Francia, por ejemplo, a la altura del nazi, aunque sera por la cantidad de armenios que encontro refugio entre galos y del que Charles Aznavour es el emblema mas recordado. En su defensa, de los turcos, hay que decir que tambien sufrieron sus masacres y que incluso desde lo mas alto del poder se hizo algun intento por detener las matanzas, aunque lo unico cierto es que los muertos armenios son legion y los exiliado superan con creces a los habitantes del pais que consiguieron tener tras el fin de la Union Sovietica. Hace tres años se celebro ademas el primer partido de futbol entre las selecciones turca y armenia, con sonora victoria turca por cierto, y ahora el gobierno de Ankara abre aun mas la mano con este gesto en la muchas veces milenaria Diyarbakir. Algo es algo, dicen los armenios entre lagrimas. Pero el dedo que intenta tapar el agujero armenio, que nos ha dejado joyas del exilio como Cher, Andre Agassi o Alain Prost, no alcanza a tapar lo que podemos considerar la desintegracion ralentizada del imperio otomano, fijense ustedes, casi un siglo despues de la batalla de Galipolis, porque en esta misma ciudad de Diyarbakir reside el corazon del pueblo kurdo, irredento e irreductible, que sale cada dia a la calle a tirar piedras a la policia y poner bombas a los militares aspirando, dicen, a su propia patria: ellos, que eran de entre los turcos los mas leales y que en Estambul denominan con cierta superioridad y desprecio turcos de las montañas. 



Dos paradojas, pues, unidas en la misma ciudad, la de los armenios que quisieron ser patria y murieron en el intento y el de los kurdos, quien sabe si ultimo acto del drama de la desintegracion ralentizada, como decia, del antiguo imperio otomano. Despues de perder el dominio sobre bulgaros y serbios, griegos y albaneses, iraquies y palestinos y hasta egipcios y magrebies y caucasicos, tal vez se aferren a los kurdos como ultima posesion, como le sucedio a España con Cuba tras una debacle que duro tambıen varios siglos. De momento, con la iglesia de Surp Gorgos, Turquia pone fin a una injusticia de noventa y siete años. Sera porque no hay mal que cien años dure. Aunque ha estado cerca...



 ©Jose Luis Sanchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


















martes, 16 de octubre de 2012

Viaje a Mingrelia: Laurentis Pavlovich Beria, el genocida rastrero




Laurentius Beria alcanzó un grado tan unánime de odio y repulsa que al morir la Enciclopedia Soviética pidió a sus lectores que recortaran con unas tijeritas la página de su biografía y la tiraran a la basura. La siguiente edición vio ampliada la entrada del estrecho de Bering, para que la magna obra no perdiera volumen. Beria fue un monstruo en vida, un ser abyecto y rastrero, pelota y lisonjero, un ser detestable e hipócrita, un asesino en serie, un asesino de masas y un genocida en toda regla. Pero Laurentius Beria fue algo más: la esperanza fallida de la antigua URSS, el hombre que tuvo en su mano el cambio de rumbo que hubiera cambiado el destino del planeta tierra en la segunda mitad del siglo XX. Una paradoja, en suma, porque, como dijo Charles Bohlen, el embajador de los Estados Unidos en Moscú en ese momento, la muerte de Beria no causará pena a nadie: lo que sí causa lástima es que lo mataran sus compinches, y no sus víctimas. Lo cuenta Amy Knight en su estupendo trabajo: Beria, el primer lugarteniente de Stalin, una obra imprescindible para conocer a este siniestro personaje.

El centro de Sujumi, la capital de Abjasia, es un remanso de paz desde la última guerra entre rusos y georgianos: por aquí corrió el joven Laurentii antes de dedicarse al mal

Laurentius Beria nació en los alrededores de Sujumi, la bella capital del díscolo estado independentista de Abjasia, pero sus orígenes no eran abjasios sino mingrelios, que lejos de ser una enfermedad infecciosa es una región perteneciente a Georgia e identificada con las Cólchidas de la leyenda de Jasón y su vellocinio del oro. Bañada por las costas subtropicales del Mar Negro, Mingrelia tiene en Zugdidi su capital, una palabra mingreliana que significa Gran Colina, una villa somnolienta y alterada tan sólo por los rumores de guerra que puedan venir de la cercana Abjasia. Zugdidi, sin embargo, ha atravesado épocas de bonanza y acelere, la última con el controvertido Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de Georgia tras la independencia de la moribunda Unión Soviética, el hombre que fue aplastado por el carisma de un inútil de tomo y lomo como fue Edvard Shevernadze que, pese a no tener tras de sí más que maneras de mafioso y corrupción generalizada, consiguió el apoyo de todo occidente porque lo consideraban responsable, junto a Gorbachev, de la caída de la URSS. Gamsajurdia convirtió Zugdidi, la ciudad de sus antepasados, en su gran feudo y su bastión frente a las tropas golpistas del segundo de Mijail, el ministro de exteriores que, con su flema tranquilota, se ganó una fama para nada merecida.

Palacio de los Dadiani, en el jardín botánico de Zugdidi

Zugdidi es una agradable ciudad, a pesar del primer impacto, o precisamente gracias a ese primer contacto que lo distancia de otras ciudades, como Gori, la cuna de Stalin, o Kutaisi, verdaderos monumentos al mal gusto arquitectónico y casi que climático. Zugdidi tiene una amplia avenida surcada por árboles, una proliferación creciente de cafés internet, hay pequeñas multitudes de estudiantes que pasean por sus calles y hasta el caótico mercadillo que rodea al mercado central tiene su interés. Además, el puente que atraviesa un río tristón y un tanto guarrete es el punto crucial para tomar el taxi que lleve al viajero a la frontera de juguete que separa Georgia de Abjasia, el cúmulo de autobuses en parada término y el enclave donde encontrar alguno de los cochambrosos hoteles de la ciudad. A pocos metros se encuentra el jardín botánico, construido en los alrededores del palacio de los Dadiani, una extensión de cuarenta hectáreas en cuyo centro se levanta el palacio de David Dadiani, la última estirpe principesca de Mingrelia, cuyo hijo, Nicolás, se vio obligado a abdicar ante el empuje del imperio ruso, tan encaprichado siempre con las regiones caucásicas. Aparte de algunas reliquias de la virgen María, siempre tan dudosas, y de una máscara mortuoria de Napeoleón, traída desde la lejana Francia por la hija mayor de David, la alocada Salomé, que contrajo nupcias con el sobrino del mismísimo Napoleón III, Charles Louis Napoleon Achille Murat, la ciudad puede ser un tanto aburridora sin consumir grandes cantidades del vino local. Cuidado a la hora de aceptar la invitación de esos alegres grupitos de jóvenes ebrios: puede convertirse en una trampa alcohólica imposible de escapar. En el gran jardín botánico puede uno evocar al simpático Achille Murat, el marido de Salomé Dadiani, encorvado trabajando el campo ante la sonrisa incrédula de los sirvientes mingrelianos, siervos tan acostumbrados a ser siervos que miraban estupefactos a un señor de sangre real deslomándose con ellos sin llegar a creerlo. Sobre los Dadiani.

Palacio de Salomé Dadiani


Los mingrelios, además de parir seres tan abyectos como Beria o tan controvertidos como los Gamsajurdia (el padre de Zviad era un conocidísimo escritor local), almacenan en su ADN colectivo incógnitas tan remotas como su propia lengua, el mingreliano, una lengua que también se la conoce como Iveria, y que resulta tan  cercana al georgiano que usa su enrevesado alfabeto en los textos escritos aunque se diferencia como el portugués del castellano.


Zugdidi con sus vendedores informales de chucherías

Laurentius Beria era mingrelio, y mingrelio de los malos, de los retorcidos y crueles. Dicen que se hizo hombre en Bakú, la actual capital de Azerbaiyan, donde intentó estudiar pero terminó ejerciendo como revolucionario chekista, dicen que su habilidad con los instrumentos de tortura era tan legendaria que no había opositor que permaneciera mudo, aunque los que no hablaban durante las torturas no volverían a hacerlo jamás. Su irrupción en las huestes bolcheviques fue tan categórica que pronto comenzó a escalar puestos en la nomenclatura, y no sólo gracias a sus macabras habilidades con las tiernas carnes de los prisioneros sino, y sobre todo, a su destreza en el arte del medrar y el de la traición. El joven Laurentius, con aspecto de empollón repelente, guardaba en su interior una fuerza de la naturaleza, pero en malo, una Malignidad que le aupó al cargo de jefe de la policía secreta de Azerbaiyan, la temida cheka, con sólo 23 añitos. ¡Qué miedo debía de dar ese enano cabezón! Lisonjero y pelota, Beria se agarró con todas sus fuerzas a su mentor, Sergo Ordzhonikidze, hasta tal punto que bautizó a su hijo con su nombre, Sergo, y que Beria lo siguió en todos los ascensos: como comisario de industria, como parte del Politburó en Moscú, como obstáculo que se interpuso en su camino y acabó desacreditado y muerto por culpa de su otrora pelota, el tal Beria. Como este revolucionario de complicado nombre, Sergo Ordzhonikidze, los cadáveres que dejó Beria a lo largo de su existencia fueron muchos. ¡Qué decir de Nestor Lakoba, jefe del comité soviético en Sujumi, la ciudad de Beria, amigo personal de Laurentius, quien no dudó en invitarlo a Tbilisi al teatro para envenenarlo con algún tóxico extremadamente venenoso porque se disgustó con sus políticas en Abjasia.

Los mingrelios son gente amable y acogedora, no todos son como Beria
Beria disfrutaba haciendo el mal, gozaba poniendo en compromisos a sus inferiores y se mostraba extremadamente servicial con sus superiores. Y con el que más, por supuesto, con Iosif Dzhugashvili, el hombre de hierro más conocido como Stalin. Si a Lakoba lo mató con veneno todavía tuvo tiempo para torturar a su mujer, la primera dama de Abjasia, y encarcelar a su hijo, Raouf, que miraba incrédulo al que consideraba su tío, aquel que le llenaba de regalos su habitación en sus frecuentes visitas. Beria fue tan cruel que lo encarceló en un campo de trabajo para niños y cuando el joven Raouf le pidió un año después que lo dejara estudiar Beria ordenó trasladarlo a Tbilisi, la capital de Gerogia, y ejecutarlo.


No fueron las únicas víctimas de la sinrazón del mingrelio loco. Beria acabó con los mencheviques en el Cáucaso y su venganza dejó, sólo en Tbilisi y alrededores, más de cinco mil muertes, una minucia comparada con lo que tenía que venir. Mientras pelotaba a sus mentores y eliminaba a los iguales que consideraba más aventajados, el loco Laurentius ejercía de amante esposo y gran padre: tanto que su hijo Sergo escribió un libro, Beria,mi padre, en el que no se explica la mala fama que se granjeó su progenitor, y su esposa, Nina, incluso concedió una entrevista antes de morir, en 1990 a los 86 años, reivindicando la figura de su añorado maridito. Y eso que Sergo no era un iletrado sino un tipo muy culto que terminó casándose con la nieta Máximo Gorki. Nadie les hablaría de la costumbre del mingrelio de secuestrar jovencitas por las noches de Moscú para violarlas sádicamente en su palacete soviético. Su pasión por las violaciones eran míticas en la capital del imperio soviético y dicen que el personal diplomático internacional flipaba viendo las grandes limusinas recorriendo la ciudad en busca de carnaza para el remedo del profesor Franz de Copenhagen, el del TBO. En una anécdota con maldita sea la gracia, el cruel Beria pasea en una barquichuela frente a las costas de Sujumi junto a un alto miembro del ejecutivo soviético cuando divisan a una bella nadadora del equipo olímpico nacional entrenando. Beria, galante y amenazador, la iza a bordo, se insinúa y arroja al asombrado soviet al mar para poder gozar de su premio a solas: dicen que los guardaespaldas debieron de darse prisa para salvar al pobre mando, que no sabía nadar, mientras el salido Laurentius violaba a sus anchas a la atleta. Alguna de ella le dejó un recado: el violador compulsivo ( y repulsivo) arrastró la sífilis para el resto de su vida.

Laurentius Beria y su esposa, Nino

Beria, con toda su inmundicia, era, sin embargo, un brillante organizador. Organizó la policía secreta, organizó la Lubianka, organizó las grandes purgas, organizó la cúpula de los soviets y hasta la primera bomba atómica que tuvo Moscú. Stalin, el hombre de hierro, el georgiano pobre y miserable que se alzó hasta el trono del poder más omnímodo del planeta, jugó en su tablero de poderes con las fidelidades de sus esbirros, Beria al frente, destruyendo a unos mientras elevaba a otros, que serían nuevamente destruidos para elevar a otros. Sin embargo, una vez que Laurentius alcanzó su lugar en el parnaso rojo, no hubo quien lo desalojara: leía las intenciones de Stalin como nadie, tal vez anticipándose a los pensamientos de su paisano por proceder de parecido contexto, le exacerbaba las paranoias, el congénito miedo a la traición que tenía el de Gori, y tanta confianza obtuvo que fue Beria el que acudió al entierro de la madre de Stalin en lugar de su jefazo, todo un insulto para las costumbres georgianas que decía mucho de lo que pensaba el Padrecito de sus compatriotas. El dictador confió tanto en él que le dejó casi que al frente de los nazis y el mingrelio se dedicó, más que a luchar contra los alemanes, a purgar al mismísimo ejército soviético, al que dejó en cuadro. Su mano se pasó de frenada cuando pretendió arrestar al general Zhukov, el victorioso, el héroe aclamado por sus victorias decisivas ante los hombres de Hitler, y el ejército, ajeno a los tejemanejes de los políticos, le echó el ojo: ya me las pagarás.

Mingrelias en Zugdidi

Punto y aparte merecen las purgas soviéticas en las que intervino Beria. Tras la derrota nazi, Stalin, ya en plena locura, quiso venganza, y no sólo en la sangre de los enemigos y en las tiernas y blancas carnes de las alemanas hermanas y madres y esposas e hijas de los soldados nazis. Su cólera llegó a sus propios vecinos, y quién mejor que un sádico como Beria para ejecutarlo: todos los ciudadanos soviéticos que habían vivido bajo la ocupación alemana fueron declarados sospechosos. 68.938 karachis del norte del Cáucaso fueron trasladados al Asia Central. Con ellos, 93.139 kalmicos, 500.000 chechenos e ingusetios, 337.103 balkarios, 180.000 tártaros de Crimea, y 33.000 búlgaros, armenios y griegos instalados también en la misma península. Un mini holocausto que dejó un reguero de decenas de miles de muertos a bordo de los trenes con rumbo a los desiertos kazajos. Su mal rollo era tan evidente que en la conferencia de Teherán Winston Churchill aconsejó a sus hombres que no intimaran con él porque nada bueno podía salir de semejante monstruo.
Beria con Svetlana, la hija de Stalin, y el Padrecito al fondo (Svetlana parece un tanto aterrorizada)

Elevado a las alturas de la inhumanidad, Beria podría llenar un planeta con sus muertos. Y como premio, Stalin le concede el trabajo más peliagudo de la URSS: contrarrestar ese terrible arma que los norteamericanos han probado con éxito en Japón: la bomba atómica. Beria pone a trabajar a una cohorte de científicos de la mejor condición, los machaca con sus propuestas (Beria es ingeniero pero no tiene ni idea de energía atómica), los presiona hasta dejarlos exhaustos y enfermos, encierra en su Abjasia natal a un grupo de prisioneros alemanes involucrados en una supuesta bomba atómica alemana en ciernes, los revienta hasta que en agosto de 1949, en Semipalatinsk, explota la RDS, la primera bomba soviética. Beria es un manojo de nervios, está a punto del colapso, quiere quedar bien ante Stalin y balbucea nervioso pensando que la explosión ha fallado: cuando comprueba que todo ha ido bien, llama inmediatamente a su amo para comunicarle la buena nueva pero el Padrecito, ocupado en no se sabe qué, le cuelga indiferente, lo que lo abate aún más. Beria, el pelota, Beria, el sádico, Beria, el asesino, es también, ahora, el jefe del proyecto de la bomba atómica. Su rostro ondea a la diestra del Padrecito en cualquier reunión de entidad, su apellido da nombre a calles y plazas (¿qué diría al ver que en su plaza de Tbilisi, la plaza Beria, desemboca ahora la avenida de George W. Bush y que ahora es la plaza de la Libertad?). La fortuna de Beria estaba tan adscrita a la de su máximo mentor, Stalin, que a la muerte de éste el jefe de la policía política, el padre de la KGB en su primera forma, la NKVD, el torturador, el genocida, el padre del proyecto atómico, caería en desgracia a una velocidad pocas veces vista.



Y comienza entonces la paradoja, la muerte injusta, la desaparición del que podría haber adelantado el fin del estalinismo en casi medio siglo (porque Kruschev, a pesar de sus denuncias y parafernalias, no hizo sino seguir el modelo de su predecesor, eso sí, sin purgas masivas). Beria le sigue el juego a Stalin con su paranoia: sí, amado líder, hay un complot de los médicos que quieren matarlo, los doctores están al servicio de las potencias extranjeras, hay que eliminarlos, claro. Sí, amado líder, los judíos están pensando en derribar el comunismo para instaurar el más feroz capitalismo, habría que eliminarlos. Tan sólo la muerte de Iosif permite que la profesión de médico siga adelante, y con ellos los judíos, porque Stalin preparaba un nuevo pogromo, un nuevo Holocausto hebreo, como si no hubieran tenido bastante con los del orate nazi. Pero, como decía, la paradoja comienza ahora, a la muerte de Stalin, de ese despiadado asesino que fue tan llorado en su lecho de muerte por el propio Beria como vomitado e insultado una vez que su cuerpo estuvo frío.


Laurentius Pavlovich Beria comenzó entonces, sintiéndose el hombre fuerte de la URSS, su particular desestalinización: ordenó políticas liberales en la Alemania ocupada, pretendió devolver a Ucrania algo que se parecía más al trotskismo que al estalinismo, dio voz a las nacionalidades incluidas en el pueblo soviético pero sometidas al yugo eslavo del ruso ruso. Entre sus planes estaba la normalización con las potencias extranjeras (sobre todo con los EEUU), la liberación de los presos políticos de las cárceles y hasta la prohibición de la tortura. Pero también quiso reducir el papel del partido comunista en la vida normal dando entrada a técnicos, y eso fue demasiado: con un georgiano loco hemos tenido bastante, debió de pensar su amigo Krushev, que involucró a toda la cúpula soviética para destruir al maldito enano cabezón. En el juego entraron todos, desde Malenkov a Molotov, pasando por Kaganovich y los posteriores presidentes soviéticos, Brezniev y Andropov. Y, por supuesto, Zhukov, el brillante militar, el responsable de la derrota nazi, el hombre que los georgianos, rojos de envidia por sus logros, quisieron arrestar y eliminar para siempre. Porque Stalin, y su lugarteniente con él, actuaban movidos por la codicia, pero también por la envidia y no soportaban que nadie les hiciera sombra. Beria fue juzgado a finales de diciembre de 1953 y, paradoja tras paradoja, el hombre que tantos cargos inventó para traicionar a sus amigos y para aplastar a sus enemigos, fue ejecutado condenado por traición a la patria, por liberalizar el comunismo y por venderse a las potencias extranjeras. Según el comandante Moskalenko, encargado de la ejecución, Beria murió de rodillas, llorando y suplicando por su vida, una forma rastrera de morir para un asesino tan demencial.


Las viviendas de los mingrelios en Abjasia están destruidas y los mingrelios malviven exiliados detrás de la frontera con Georgia, vigilados por los soldados rusos, añorando sus propiedades abandonadas

Burdas mentiras que acabaron con un mentiroso que arrastró consigo a cientos, tal vez miles, de georgianos que ocupaban todo tipo de cargos en la Unión Soviética amparados por las fulgurantes carreras de los dos georgianos más universales y, al tiempo, más deleznables, Stalin y Beria. El poder se contrabalanceó y de Georgia pasamos a Ucrania: Nikita Krushev se convirtió, inesperadamente, en el nuevo hombre fuerte de la URSS. Georgia se hundió en una sombra que aún conserva hoy y Abjasia y Mingrelia, las regiones de Beria, viven inmersas en la pobreza, con los mingrelios exiliados a pocos kilómetros de sus casas, destruidas tras la última guerra (curiosamente contra los rusos), sus huertas abandonadas y sus tejados desfondados, recordando los tiempos en los que el más ruin de sus vecinos tomó los mandos de la mayor potencia del mundo.




 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com






















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