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martes, 16 de octubre de 2012

Viaje a Mingrelia: Laurentis Pavlovich Beria, el genocida rastrero




Laurentius Beria alcanzó un grado tan unánime de odio y repulsa que al morir la Enciclopedia Soviética pidió a sus lectores que recortaran con unas tijeritas la página de su biografía y la tiraran a la basura. La siguiente edición vio ampliada la entrada del estrecho de Bering, para que la magna obra no perdiera volumen. Beria fue un monstruo en vida, un ser abyecto y rastrero, pelota y lisonjero, un ser detestable e hipócrita, un asesino en serie, un asesino de masas y un genocida en toda regla. Pero Laurentius Beria fue algo más: la esperanza fallida de la antigua URSS, el hombre que tuvo en su mano el cambio de rumbo que hubiera cambiado el destino del planeta tierra en la segunda mitad del siglo XX. Una paradoja, en suma, porque, como dijo Charles Bohlen, el embajador de los Estados Unidos en Moscú en ese momento, la muerte de Beria no causará pena a nadie: lo que sí causa lástima es que lo mataran sus compinches, y no sus víctimas. Lo cuenta Amy Knight en su estupendo trabajo: Beria, el primer lugarteniente de Stalin, una obra imprescindible para conocer a este siniestro personaje.

El centro de Sujumi, la capital de Abjasia, es un remanso de paz desde la última guerra entre rusos y georgianos: por aquí corrió el joven Laurentii antes de dedicarse al mal

Laurentius Beria nació en los alrededores de Sujumi, la bella capital del díscolo estado independentista de Abjasia, pero sus orígenes no eran abjasios sino mingrelios, que lejos de ser una enfermedad infecciosa es una región perteneciente a Georgia e identificada con las Cólchidas de la leyenda de Jasón y su vellocinio del oro. Bañada por las costas subtropicales del Mar Negro, Mingrelia tiene en Zugdidi su capital, una palabra mingreliana que significa Gran Colina, una villa somnolienta y alterada tan sólo por los rumores de guerra que puedan venir de la cercana Abjasia. Zugdidi, sin embargo, ha atravesado épocas de bonanza y acelere, la última con el controvertido Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de Georgia tras la independencia de la moribunda Unión Soviética, el hombre que fue aplastado por el carisma de un inútil de tomo y lomo como fue Edvard Shevernadze que, pese a no tener tras de sí más que maneras de mafioso y corrupción generalizada, consiguió el apoyo de todo occidente porque lo consideraban responsable, junto a Gorbachev, de la caída de la URSS. Gamsajurdia convirtió Zugdidi, la ciudad de sus antepasados, en su gran feudo y su bastión frente a las tropas golpistas del segundo de Mijail, el ministro de exteriores que, con su flema tranquilota, se ganó una fama para nada merecida.

Palacio de los Dadiani, en el jardín botánico de Zugdidi

Zugdidi es una agradable ciudad, a pesar del primer impacto, o precisamente gracias a ese primer contacto que lo distancia de otras ciudades, como Gori, la cuna de Stalin, o Kutaisi, verdaderos monumentos al mal gusto arquitectónico y casi que climático. Zugdidi tiene una amplia avenida surcada por árboles, una proliferación creciente de cafés internet, hay pequeñas multitudes de estudiantes que pasean por sus calles y hasta el caótico mercadillo que rodea al mercado central tiene su interés. Además, el puente que atraviesa un río tristón y un tanto guarrete es el punto crucial para tomar el taxi que lleve al viajero a la frontera de juguete que separa Georgia de Abjasia, el cúmulo de autobuses en parada término y el enclave donde encontrar alguno de los cochambrosos hoteles de la ciudad. A pocos metros se encuentra el jardín botánico, construido en los alrededores del palacio de los Dadiani, una extensión de cuarenta hectáreas en cuyo centro se levanta el palacio de David Dadiani, la última estirpe principesca de Mingrelia, cuyo hijo, Nicolás, se vio obligado a abdicar ante el empuje del imperio ruso, tan encaprichado siempre con las regiones caucásicas. Aparte de algunas reliquias de la virgen María, siempre tan dudosas, y de una máscara mortuoria de Napeoleón, traída desde la lejana Francia por la hija mayor de David, la alocada Salomé, que contrajo nupcias con el sobrino del mismísimo Napoleón III, Charles Louis Napoleon Achille Murat, la ciudad puede ser un tanto aburridora sin consumir grandes cantidades del vino local. Cuidado a la hora de aceptar la invitación de esos alegres grupitos de jóvenes ebrios: puede convertirse en una trampa alcohólica imposible de escapar. En el gran jardín botánico puede uno evocar al simpático Achille Murat, el marido de Salomé Dadiani, encorvado trabajando el campo ante la sonrisa incrédula de los sirvientes mingrelianos, siervos tan acostumbrados a ser siervos que miraban estupefactos a un señor de sangre real deslomándose con ellos sin llegar a creerlo. Sobre los Dadiani.

Palacio de Salomé Dadiani


Los mingrelios, además de parir seres tan abyectos como Beria o tan controvertidos como los Gamsajurdia (el padre de Zviad era un conocidísimo escritor local), almacenan en su ADN colectivo incógnitas tan remotas como su propia lengua, el mingreliano, una lengua que también se la conoce como Iveria, y que resulta tan  cercana al georgiano que usa su enrevesado alfabeto en los textos escritos aunque se diferencia como el portugués del castellano.


Zugdidi con sus vendedores informales de chucherías

Laurentius Beria era mingrelio, y mingrelio de los malos, de los retorcidos y crueles. Dicen que se hizo hombre en Bakú, la actual capital de Azerbaiyan, donde intentó estudiar pero terminó ejerciendo como revolucionario chekista, dicen que su habilidad con los instrumentos de tortura era tan legendaria que no había opositor que permaneciera mudo, aunque los que no hablaban durante las torturas no volverían a hacerlo jamás. Su irrupción en las huestes bolcheviques fue tan categórica que pronto comenzó a escalar puestos en la nomenclatura, y no sólo gracias a sus macabras habilidades con las tiernas carnes de los prisioneros sino, y sobre todo, a su destreza en el arte del medrar y el de la traición. El joven Laurentius, con aspecto de empollón repelente, guardaba en su interior una fuerza de la naturaleza, pero en malo, una Malignidad que le aupó al cargo de jefe de la policía secreta de Azerbaiyan, la temida cheka, con sólo 23 añitos. ¡Qué miedo debía de dar ese enano cabezón! Lisonjero y pelota, Beria se agarró con todas sus fuerzas a su mentor, Sergo Ordzhonikidze, hasta tal punto que bautizó a su hijo con su nombre, Sergo, y que Beria lo siguió en todos los ascensos: como comisario de industria, como parte del Politburó en Moscú, como obstáculo que se interpuso en su camino y acabó desacreditado y muerto por culpa de su otrora pelota, el tal Beria. Como este revolucionario de complicado nombre, Sergo Ordzhonikidze, los cadáveres que dejó Beria a lo largo de su existencia fueron muchos. ¡Qué decir de Nestor Lakoba, jefe del comité soviético en Sujumi, la ciudad de Beria, amigo personal de Laurentius, quien no dudó en invitarlo a Tbilisi al teatro para envenenarlo con algún tóxico extremadamente venenoso porque se disgustó con sus políticas en Abjasia.

Los mingrelios son gente amable y acogedora, no todos son como Beria
Beria disfrutaba haciendo el mal, gozaba poniendo en compromisos a sus inferiores y se mostraba extremadamente servicial con sus superiores. Y con el que más, por supuesto, con Iosif Dzhugashvili, el hombre de hierro más conocido como Stalin. Si a Lakoba lo mató con veneno todavía tuvo tiempo para torturar a su mujer, la primera dama de Abjasia, y encarcelar a su hijo, Raouf, que miraba incrédulo al que consideraba su tío, aquel que le llenaba de regalos su habitación en sus frecuentes visitas. Beria fue tan cruel que lo encarceló en un campo de trabajo para niños y cuando el joven Raouf le pidió un año después que lo dejara estudiar Beria ordenó trasladarlo a Tbilisi, la capital de Gerogia, y ejecutarlo.


No fueron las únicas víctimas de la sinrazón del mingrelio loco. Beria acabó con los mencheviques en el Cáucaso y su venganza dejó, sólo en Tbilisi y alrededores, más de cinco mil muertes, una minucia comparada con lo que tenía que venir. Mientras pelotaba a sus mentores y eliminaba a los iguales que consideraba más aventajados, el loco Laurentius ejercía de amante esposo y gran padre: tanto que su hijo Sergo escribió un libro, Beria,mi padre, en el que no se explica la mala fama que se granjeó su progenitor, y su esposa, Nina, incluso concedió una entrevista antes de morir, en 1990 a los 86 años, reivindicando la figura de su añorado maridito. Y eso que Sergo no era un iletrado sino un tipo muy culto que terminó casándose con la nieta Máximo Gorki. Nadie les hablaría de la costumbre del mingrelio de secuestrar jovencitas por las noches de Moscú para violarlas sádicamente en su palacete soviético. Su pasión por las violaciones eran míticas en la capital del imperio soviético y dicen que el personal diplomático internacional flipaba viendo las grandes limusinas recorriendo la ciudad en busca de carnaza para el remedo del profesor Franz de Copenhagen, el del TBO. En una anécdota con maldita sea la gracia, el cruel Beria pasea en una barquichuela frente a las costas de Sujumi junto a un alto miembro del ejecutivo soviético cuando divisan a una bella nadadora del equipo olímpico nacional entrenando. Beria, galante y amenazador, la iza a bordo, se insinúa y arroja al asombrado soviet al mar para poder gozar de su premio a solas: dicen que los guardaespaldas debieron de darse prisa para salvar al pobre mando, que no sabía nadar, mientras el salido Laurentius violaba a sus anchas a la atleta. Alguna de ella le dejó un recado: el violador compulsivo ( y repulsivo) arrastró la sífilis para el resto de su vida.

Laurentius Beria y su esposa, Nino

Beria, con toda su inmundicia, era, sin embargo, un brillante organizador. Organizó la policía secreta, organizó la Lubianka, organizó las grandes purgas, organizó la cúpula de los soviets y hasta la primera bomba atómica que tuvo Moscú. Stalin, el hombre de hierro, el georgiano pobre y miserable que se alzó hasta el trono del poder más omnímodo del planeta, jugó en su tablero de poderes con las fidelidades de sus esbirros, Beria al frente, destruyendo a unos mientras elevaba a otros, que serían nuevamente destruidos para elevar a otros. Sin embargo, una vez que Laurentius alcanzó su lugar en el parnaso rojo, no hubo quien lo desalojara: leía las intenciones de Stalin como nadie, tal vez anticipándose a los pensamientos de su paisano por proceder de parecido contexto, le exacerbaba las paranoias, el congénito miedo a la traición que tenía el de Gori, y tanta confianza obtuvo que fue Beria el que acudió al entierro de la madre de Stalin en lugar de su jefazo, todo un insulto para las costumbres georgianas que decía mucho de lo que pensaba el Padrecito de sus compatriotas. El dictador confió tanto en él que le dejó casi que al frente de los nazis y el mingrelio se dedicó, más que a luchar contra los alemanes, a purgar al mismísimo ejército soviético, al que dejó en cuadro. Su mano se pasó de frenada cuando pretendió arrestar al general Zhukov, el victorioso, el héroe aclamado por sus victorias decisivas ante los hombres de Hitler, y el ejército, ajeno a los tejemanejes de los políticos, le echó el ojo: ya me las pagarás.

Mingrelias en Zugdidi

Punto y aparte merecen las purgas soviéticas en las que intervino Beria. Tras la derrota nazi, Stalin, ya en plena locura, quiso venganza, y no sólo en la sangre de los enemigos y en las tiernas y blancas carnes de las alemanas hermanas y madres y esposas e hijas de los soldados nazis. Su cólera llegó a sus propios vecinos, y quién mejor que un sádico como Beria para ejecutarlo: todos los ciudadanos soviéticos que habían vivido bajo la ocupación alemana fueron declarados sospechosos. 68.938 karachis del norte del Cáucaso fueron trasladados al Asia Central. Con ellos, 93.139 kalmicos, 500.000 chechenos e ingusetios, 337.103 balkarios, 180.000 tártaros de Crimea, y 33.000 búlgaros, armenios y griegos instalados también en la misma península. Un mini holocausto que dejó un reguero de decenas de miles de muertos a bordo de los trenes con rumbo a los desiertos kazajos. Su mal rollo era tan evidente que en la conferencia de Teherán Winston Churchill aconsejó a sus hombres que no intimaran con él porque nada bueno podía salir de semejante monstruo.
Beria con Svetlana, la hija de Stalin, y el Padrecito al fondo (Svetlana parece un tanto aterrorizada)

Elevado a las alturas de la inhumanidad, Beria podría llenar un planeta con sus muertos. Y como premio, Stalin le concede el trabajo más peliagudo de la URSS: contrarrestar ese terrible arma que los norteamericanos han probado con éxito en Japón: la bomba atómica. Beria pone a trabajar a una cohorte de científicos de la mejor condición, los machaca con sus propuestas (Beria es ingeniero pero no tiene ni idea de energía atómica), los presiona hasta dejarlos exhaustos y enfermos, encierra en su Abjasia natal a un grupo de prisioneros alemanes involucrados en una supuesta bomba atómica alemana en ciernes, los revienta hasta que en agosto de 1949, en Semipalatinsk, explota la RDS, la primera bomba soviética. Beria es un manojo de nervios, está a punto del colapso, quiere quedar bien ante Stalin y balbucea nervioso pensando que la explosión ha fallado: cuando comprueba que todo ha ido bien, llama inmediatamente a su amo para comunicarle la buena nueva pero el Padrecito, ocupado en no se sabe qué, le cuelga indiferente, lo que lo abate aún más. Beria, el pelota, Beria, el sádico, Beria, el asesino, es también, ahora, el jefe del proyecto de la bomba atómica. Su rostro ondea a la diestra del Padrecito en cualquier reunión de entidad, su apellido da nombre a calles y plazas (¿qué diría al ver que en su plaza de Tbilisi, la plaza Beria, desemboca ahora la avenida de George W. Bush y que ahora es la plaza de la Libertad?). La fortuna de Beria estaba tan adscrita a la de su máximo mentor, Stalin, que a la muerte de éste el jefe de la policía política, el padre de la KGB en su primera forma, la NKVD, el torturador, el genocida, el padre del proyecto atómico, caería en desgracia a una velocidad pocas veces vista.



Y comienza entonces la paradoja, la muerte injusta, la desaparición del que podría haber adelantado el fin del estalinismo en casi medio siglo (porque Kruschev, a pesar de sus denuncias y parafernalias, no hizo sino seguir el modelo de su predecesor, eso sí, sin purgas masivas). Beria le sigue el juego a Stalin con su paranoia: sí, amado líder, hay un complot de los médicos que quieren matarlo, los doctores están al servicio de las potencias extranjeras, hay que eliminarlos, claro. Sí, amado líder, los judíos están pensando en derribar el comunismo para instaurar el más feroz capitalismo, habría que eliminarlos. Tan sólo la muerte de Iosif permite que la profesión de médico siga adelante, y con ellos los judíos, porque Stalin preparaba un nuevo pogromo, un nuevo Holocausto hebreo, como si no hubieran tenido bastante con los del orate nazi. Pero, como decía, la paradoja comienza ahora, a la muerte de Stalin, de ese despiadado asesino que fue tan llorado en su lecho de muerte por el propio Beria como vomitado e insultado una vez que su cuerpo estuvo frío.


Laurentius Pavlovich Beria comenzó entonces, sintiéndose el hombre fuerte de la URSS, su particular desestalinización: ordenó políticas liberales en la Alemania ocupada, pretendió devolver a Ucrania algo que se parecía más al trotskismo que al estalinismo, dio voz a las nacionalidades incluidas en el pueblo soviético pero sometidas al yugo eslavo del ruso ruso. Entre sus planes estaba la normalización con las potencias extranjeras (sobre todo con los EEUU), la liberación de los presos políticos de las cárceles y hasta la prohibición de la tortura. Pero también quiso reducir el papel del partido comunista en la vida normal dando entrada a técnicos, y eso fue demasiado: con un georgiano loco hemos tenido bastante, debió de pensar su amigo Krushev, que involucró a toda la cúpula soviética para destruir al maldito enano cabezón. En el juego entraron todos, desde Malenkov a Molotov, pasando por Kaganovich y los posteriores presidentes soviéticos, Brezniev y Andropov. Y, por supuesto, Zhukov, el brillante militar, el responsable de la derrota nazi, el hombre que los georgianos, rojos de envidia por sus logros, quisieron arrestar y eliminar para siempre. Porque Stalin, y su lugarteniente con él, actuaban movidos por la codicia, pero también por la envidia y no soportaban que nadie les hiciera sombra. Beria fue juzgado a finales de diciembre de 1953 y, paradoja tras paradoja, el hombre que tantos cargos inventó para traicionar a sus amigos y para aplastar a sus enemigos, fue ejecutado condenado por traición a la patria, por liberalizar el comunismo y por venderse a las potencias extranjeras. Según el comandante Moskalenko, encargado de la ejecución, Beria murió de rodillas, llorando y suplicando por su vida, una forma rastrera de morir para un asesino tan demencial.


Las viviendas de los mingrelios en Abjasia están destruidas y los mingrelios malviven exiliados detrás de la frontera con Georgia, vigilados por los soldados rusos, añorando sus propiedades abandonadas

Burdas mentiras que acabaron con un mentiroso que arrastró consigo a cientos, tal vez miles, de georgianos que ocupaban todo tipo de cargos en la Unión Soviética amparados por las fulgurantes carreras de los dos georgianos más universales y, al tiempo, más deleznables, Stalin y Beria. El poder se contrabalanceó y de Georgia pasamos a Ucrania: Nikita Krushev se convirtió, inesperadamente, en el nuevo hombre fuerte de la URSS. Georgia se hundió en una sombra que aún conserva hoy y Abjasia y Mingrelia, las regiones de Beria, viven inmersas en la pobreza, con los mingrelios exiliados a pocos kilómetros de sus casas, destruidas tras la última guerra (curiosamente contra los rusos), sus huertas abandonadas y sus tejados desfondados, recordando los tiempos en los que el más ruin de sus vecinos tomó los mandos de la mayor potencia del mundo.




 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com






















viernes, 11 de noviembre de 2011

Viaje a Gori, la cuna de Stalin

A finales de 1936, Yekaterina Zdhugashvili recibió la visita de su hijo, Iosif, un raro evento porque el pequeño Soso, como le llamaban en su infancia, no tenía mucho tiempo para la familia. La anciana Yekaterina vivía en Tbilisi, la capital de Georgia, en una miserable habitación con un catre negro en un enorme palacio. El pequeño Iosif venía acompañado de guardias y ayudantes y la anciana le miraba sin comprender. Ella preguntó: ‘Iosif, ¿qué eres exactamente?’. ‘Secretario del comité central del partido comunista’, le respondió Soso, pero su madre le miró nuevamente sin comprender. ‘Mamá’, le dijo comprensivo, ‘¿recuerdas a nuestro zar?, pues bueno, soy algo parecido a un zar’. La madre asintió y siguieron hablando de otras cosas. Cuando se despidieron, ya en la puerta, Yekaterina le dijo: ‘de todos modos, es una lástima que no te hicieses cura…’

¡¡Quién más sino su madre podría decirle a Stalin que prefería verlo de cura que de jefe supremo de los comunistas de todo el mundo!! Aquí lo tienen de adolescente, con cara de mal tipo, flanqueado por sus padres, la piadosa Yekaterina, su esforzado padre zapatero...



Siempre me ha fascinado la figura de Stalin por la fuerza que desprende un personaje capaz de generar tanto terror y, al tiempo, sumisión. En la historia encontramos muy pocas figuras capaces de unir sentimientos tan dispares. Calígula, por ejemplo, un psicópata con el mayor poder de su tiempo en sus manos, aunque con una diferencia crucial: los romanos se aburrieron del emperador y lo mataron. Stalin murió víctima del pánico que despertaba entre sus aterrorizados vasallos: ningún soldado se atrevió a abrir sin permiso la puerta tras la que agonizaba. Cuenta Zhores Medveded en su libro ‘El Stalin desconocido’, que la guardia personal de Stalin esperaba ansiosa junto a la puerta una orden para comenzar la actividad diaria pero las horas pasaban y no escuchaban movimiento alguno en la alcoba. Así pasaron todo el día y a las diez de la noche los ayudantes daban ya muestras de desesperación. Los soldados se acusaban unos a otros de cobardes por no golpear la puerta, los ayudantes estaban al límite de sus fuerzas, de la habitación no salía un sonido y ya eran las diez y media. Por fin, Lozgachev, uno de sus empleados, se decidió. El atrevimiento hizo sudar a sus compañeros más que la estampa que hallaron en su interior: Stalin yacía en el suelo, el cuerpo frío y paralizado, víctima de un derrame cerebral. El dictador llevaba más de doce horas sufriendo un colapso y aún pasaron otras tres antes de que llegara un médico. Stalin ardería pronto en los infiernos...



Resulta cuando menos extraña esta muerte, y muy discutida por historiadores y estudiosos del fenómeno soviético. Aunque no por dudosa está menos aceptada y, de no ser cierta, debería de serlo para que uno de los mayores dictadores de la historia tenga, él también, su paradoja. Otra versión, que encaja igualmente en una muerte paradójica, sería la de que fue envenenado por su lugarteniente, el infame Laurentius Beria, georgiano como él y responsable de ejecutar gran parte de las purgas. Lo importante es que Stalin murió y lo hizo agonizando durante larguísimas horas, una pequeña muestra del sufrimiento que desparramó por medio mundo.



Stalin no nació de acero, como indica su apelativo (Stalin: hombre de acero), sino de carne, y de carne pobre y olvidada, hijo de un zapatero y una piadosa mujer, Yekaterina, que frecuentaba tanto a los popes y las capillas que entre los vecinos corrió incluso el rumor de que el pequeño no era hijo de su padre sino, más bien, de la Iglesia… Iosif Visarianovich Zdhugashvili nació en Gori, Georgia, un lugar que si hoy día tiene pocos atractivos más allá del museo que honra la memoria de su vecino más ilustre (ilustre por decir algo), a finales del siglo XIX debía de ser algo muy cercano al último lugar del mundo. Porque Gori, cuando anochece, apenas tiene luz, las farolas no brillan, el frío de octubre se mete por las rendijas de la ropa , los hoteles permanecen anclados en el tercer quinquenio y encontrar una cafetería donde dejar pasar las primeras horas de la noche es una tarea factible pero tenaz. Las calles encharcadas, embarradas, gélidas, los edificios que son un canto al más feo bloque soviético, la cercanía de la última guerra, en 2008, cuando el ejército georgiano cargó contra la cercana Osetia del Sur, apenas a una veintena de kilómetros de aquí, y perdió con deshonor y vergüenza. Los bombardeos rusos la tomaron con Gori y destrozaron, qué casualidad para la patria de Stalin, tan sólo los apartamentos más humildes. 

la casa de Stalin en Gori


Georgia es el único país del mundo que tiene entre sus fronteras dos avenidas principales dedicadas a dos seres antagónicos. En Tbilisi el recién llegado accede al centro de la ciudad desde el aeropuerto gracias a la Avenida Georges W. Bush. En Gori, la avenida Stalin conduce sin pérdida al enorme edificio que alberga el museo sobre la vida del dictador. Georgia sufre para mantener el extraño equilibrio que le lleva a denunciar la ocupación soviética sin mencionar a su paisano Stalin, Georgia sufre de rusofobia pero recuerda con suspiros los tiempos en los que el de Gori dominaba el mundo. Georgia no sabe muy bien qué hacer con él. Tal vez por eso, a medio camino entre la admiración velada y el interés económico, Gori vive, prácticamente, de su agricultura y de su museo.





A las puertas del museo, madres con niños, turistas rusos y europeos, curiosos georgianos. Y, por supuesto, una estatua de Stalin: la última estatua oficial que queda en el mundo, obra del escultor Mikitidze Shota y los arquitectos Archil y Zacarias Kurdiani, una talla que el gobierno no se decide a retirar por miedo a los vecinos de Gori, que siguen viendo en su antiguo vecino al más genial estadista de todos los tiempos. Como mucho, la retiró de su ubicación original, frente al ayuntamiento, para colocarla aquí, a las puertas de su Ensalzamiento Nacional. 




La recepcionista, nada más verme, decide que soy francés y me busca una guía en esa lengua. También hay guías en inglés y en ruso y parece que trabajan bastante porque la mía, Tania, se acerca al trote, sonriente pero con aspecto cansado. ‘Hola’, dice en un francés claro y simple, ‘voy a mostrarle la vida de nuestro hijo más universal, Iosif Ddhugashvili’. 


El paseo es un curioso deambular por la vida del pequeño Soso, aquí su madre en una foto en blanco y negro que no la deja en muy buen lugar, en esta otra foto podemos verlo con el resto de alumnos del colegio al que asistía, ‘Stalin es el más bajito’, advierte Tania convencida del guiño de la historia con la estatura del dictador.



Tania desgrana la infancia de Stalin mientras me lleva de sala en sala, salas que son salones, de techos altísimos, acristalados, paredes repletas de fotografías, vitrinas con recuerdos del Padrecito. En la fotografía de grupo colegial Stalin no destaca para nada del resto de sus compañeros: bueno, sí, es el más bajito. Un niño bajito hijo de un humilde zapatero. Tania sonríe otra vez. ¡Qué ocurrencias las del destino, Stalin bajito, hijo de un zapatero, estudiando en el seminario! Iosif no terminó los estudios del seminario de Tbilisi, ardiente como tenía la sangre de revoluciones e injusticias pero esos años de su vida dan para mucha conversación.

Un zapatero de Gori, como el padre de Stalin


Tal vez para espantar la imagen de un anónimo pope de provincias con sus barbas negras y espesas, Tania me muestra la foto de un joven y apuesto Iosif. Con su barba descuidada y sus patillas rocieras, el pañuelo al cuello y su flequillo desbocado, ahora cuesta menos imaginarlo en actitudes malvadas. Parece que las palizas de la policía zarista le han endurecido y que las frecuentes deportaciones que ha sufrido a Siberia comienzan a moldear la figura despiadada en la que habría de convertirse años después. Pero Iosif aún es Soso, un apelativo tan normal en Georgia para los mozalbetes que lo encuentro dibujado en paredes, en graffities callejeros, lo escucho en los bares. Pero Iosif ya ha empezado a cambiar y a sus nuevas amistades se presenta como Koba.




Un atrevimiento eso de Koba que robó a Alexander Kazbegi, un escritor georgiano del siglo XIX que escribió El Patricida y creó, sin saberlo, el alias que habría de elegir décadas más tarde uno de los líderes más sangrientos de la historia. Koba era, en el mundo de ficción, un fuera de la ley con un fuerte sentido del honor que toma severa venganza de la muerte de un amigo asesinando a un gobernador ruso que ha devenido en déspota. Un héroe, un ejemplo para los georgianos de a pie, un georgiano de pro capaz de lo mejor y de lo peor. Como Iosif. Claro que lo mejor de Stalin aún se discute y hay que alejarse mucho de la humanidad para valorarlo como estadista. En todo caso, el de Gori nunca tuvo un ápice del honor que Koba representaba. Tal vez por ello en 1913 lo repudió para adoptar el sobrenombre que le daría la eternidad: el hombre de acero.



Ya se adivina cierto cambio incluso en sus facciones. El muchacho de cierto atractivo que pasaba días enteros recluido en una imprenta ilegal excavada en un pozo a veinticinco metros bajo tierra para expandir el comunismo por todos los rincones de Georgia, el muchacho que aún recuerdan en la estación meteorológica de Tbilisi con retratos y muebles que alguna vez rozaron su carne, ya no es Koba. Sus intenciones se vuelven oscuras con cada detención, con cada paliza en los calabozos, con cada deportación a Siberia. Stalin tiene ya cara de perrito pachón, una sonrisa amplia bajo su holgado mostacho, su flequillo inmaculado y alisado hacia atrás, sus ojos duros y su gesto paternal.

El demonio hecho carne.



Iosif abandonó Georgia para pelear por el sitio que la historia le deparaba. Tani sigue entusiasmada enseñándome recuerdos. ‘Stalin creó Pravda’, sonríe, ‘Stalin organizó el partido comunista en Moscú’, abre muchos lo ojos, ‘Stalin ganó la segunda guerra mundial’, Tania parece cerca del orgasmo histórico, ‘Stalin, Stalin…’. Pero Stalin hizo muchas más cosas que esas: vació a su camarada Vladimir, el revolucionario teórico que soliviantó medio planeta con su verbo incendiario, desgastó a León, su compañero de discusiones al que envió primero a Abjasia a recuperar su salud y persiguió luego hasta México para abrirle el cráneo con un piolet a través de un anarquista catalán, Stalin se hizo con tanto poder que ninguno de sus camaradas estaba seguro jamás. Tanto pánico generaba el secretario del partido que sus compañeros de parlamento tomaban nota de sus gazapos y equivocaciones en los discursos, para repetirles fielmente y que nadie pensara que corregían al querido líder.



Esto sin contar con el destino final de los Romanov, de sus allegados, ni de tantos mencheviques, y mucho menos de la guardia blanca, y de los comunistas que tachó de reaccionarios antes de enviarlos al frío blanco de la nieve ártica. También pasan ante su máscara fúnebre, solemne sobre un cuidado fondo rojo, los cadáveres de los millones de ucranianos muertos de hambre y frío, los cientos de miles de chechenos, de ingusetios, turcos, circasianos o daguestaníes enviados a los desiertos kazajos del Asia Central en trenes sellados que vomitaban carne putrefacta en las estaciones término. Ante su último retrato, encajonado en su ataúd, veo también a los ciudadanos normales denunciados por envidias de vecindario, a los héroes de guerras traicionados en su retiro, a los intelectuales que pensaron más allá del estalinismo, a los trabajadores del gran canal del Mar Blanco, y a los compañeros de Solzenitshin en sus retiros de Vorkutá o Kolimá. Tampoco mencionan la parálisis que sufrió el gran estadista cuando le aseguraron que Hitler enviaba tropas para invadirlo, ni que esa parálisis propició la invasión y muerte de millones de compatriotas, ni que tan sólo la nieve y el más capaz de sus hombres, el mariscal Zhukov, pudieron detener a la Wermarcht antes de tomar Moscú.



Tania no recuerda estas minucias y vuelve al Stalin mozo y guaperas, al mapa que recoge sus idas y venidas de Siberia a Moscú, sus abrazos con mitos del comunismo: aquí con Molotov, en esta con Kamenev, en aquella besa a Krushev… Y en esta otra, desgrana Tania, con Mao Zedong, allá con Churchill, en esta con el ministro plenipotenciario de la Gran Bretaña, sir Anthoy Eden, más allá con el mismísimo Roosevelt, este es Zhukov, el victorioso general en la guerra contra Hitler.


vecinos del Gori actual

Stalin como estadista, como santón ortodoxo, como historia viva, como ídolo erótico de Tania y de los vecinos de Gori. Y de fuera de Gori porque en Batumi, ciudad de mayoría turca a orillas del mar Negro, aún se levanta la casa que Stalin ocupó en sus inicios revolucionarios, guardados con fervor sus pertenencias, un tanto descuidada la casa, eso sí, y a merced de gallos y gallinas que picotean con desinterés a los pies del busto del Secretario del comité central del partido comunista de la URSS.


Casa de Stalin en Batumi, Georgia


Tania continúa su peregrinar por entre las pertenencias, la foto de Life como hombre del año de 1943, ‘la única que pudieron tomarle lo suficientemente cerca como para notarse claramente la viruela que le afectó de niño…’. ¿Y las purgas, los gulags, las matanzas?, le pregunto a la entusiasta defensora de Stalin. ‘Por supuesto’, baja los ojos horrorizada, ‘venga, acompáñeme’. Bajamos una escalera flanqueada por estatuas del inefable georgiano hasta llegar a una habitación a ras de suelo, como disimulada: es la habitación del 37, año de apogeo de las purgas que medio vaciaron al partido comunista, al ejército y al país. Dentro, en un ambiente frío, una celda de aspecto desagradable, paredes con ladrillo visto y manchas de humedad, ropa colgada, alguna foto mohosa de presos. La tristeza invade el lugar, y tan sólo dos referencias notables: Yezhov y Laurentius Beria, los brazos ejecutores de las purgas soviéticas que costaron millones de vida.

¡Stalin no tomó parte en este desagradable asunto!

¡Cómo podría, por otra parte, un estadista de su talla que era el más bajito de su promoción y aspirante a cura!

¡Si uno sale pensando que Stalin comenzó incluso la desestalinización!



Fuera, en el jardín, el museo continúa. Está su tren, blanco y verde, su vagón blindado con el que viajaba por la estepa rusa, con el que llegaba a Europa y se internaba en el interior de la Gran Rusia. Aquí su bañera, me enseña una cansada ya Tania, los suelos forrados de elegante madera, ese es el inodoro de Stalin, y aquella su ducha, la visita adquiere ribetes escatológicos y temo que guarden, congelada, alguna deyección del estadista. El vagón se acaba pronto, su sillón, su mesa de reuniones, su cama, su cocina. Tania se despide con prisa y una sonrisa, satisfecha de enseñar a un turista un breve recorrido por la vida del más genial de los estadistas de la historia universal, el único que logró convertir a la atrasada y medieval Rusia en la gran potencia mundial, capaz de poner al primer hombre en el espacio o de conquistar medio planeta.

 



Una figura que algunos insultan por un quítame allá esos muertos. Cuarenta millones, según algunos cálculos.

A los pies del museo descansa, arrancada de cuajo de su barrio original, la casa del pequeño Soso. Una casa que es sólo una habitación, y una habitación pequeña. Una estancia limpia y aseada, una diminuta porción de las grandes dachas que el dictador mantuvo luego diseminadas por toda la geografía soviética. Una habitación donde apenas caben tres personas, él y sus padres. 



El barrio desapareció pero los soviéticos no permitieron que la casa de su amado líder desapareciera y ahora está ahí, como un museo al absurdo, la casa donde nació Stalin. Veinte mil personas ven cada año esta casa, aquellas fotos, aquellos recuerdos personales, la guerrera, sus puros, sus diarios, sus regalos, su lámpara.










En 2008, la guerra entre rusos y georgianos por Osetia del Sur, como decía, tuvo lugar a pocos kilómetros de aquí. En el transcurso de los bombardeos con que el ejército de Moscú castigó a Georgia muchos misiles impactaron en Gori. La mayoría en los apartamentos de vecinos humildes, algunos en instalaciones militares. Uno de ellos cayó cerca de aquí, de la casa de Stalin. Hubiera sido un buen fin de fiesta para el pequeño inmueble: la casita del líder soviético más universal destruida por los rusos en un enfrentamiento con sus compatriotas…


La casa de Stalin, arrancada de cuajo de su barrio en Gori


Referencias: 

- 'El Stalin desconocido', Zhores A. Medvedev y Roy Medvedez, Editorial Memoria Crítica
- 'The Caucasus', Thomas de Waal, Oxford Uninversity Press
- 'La corte del zar rojo', Simón Sebag Montefiore, Memoria Crítica

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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