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lunes, 19 de mayo de 2014

Viaje a Gagauzia: los turcos procedentes de Bulgaria en la ex república soviética de Moldavia

Llanuras amarillas salpicadas de montículos grises sobrevolados por ruidosas bandadas de cuervos. Y nada más. Me dirijo a Comrat, capital de la Gagauzia, extraños nombres que parecen sacados de un cuento medieval, de castillos en escarpados precipicios y princesas de rubias trenzas. Nada más lejos de la realidad. A no ser que las princesas y los príncipes hayan desarrollado plumas negras y píen desesperados por estos extensos campos. De no ser por la hilera de árboles que contornea la carretera, y algún viñedo despistado allá a lo lejos, parecería que me adentro en la Nada, así, con mayúsculas. Un destartalado cartel me anuncia que no he errado el camino: Gagauziya, Komrat Dolayi. Hace tanto frío que apenas puedo empuñar la cámara de fotos porque se me hielan los dedos de las manos. El chaquetón que tanto calor me da en el sur de España parece ridículo en este erial. Acelero para llegar cuanto antes a la capital de tan desconocido país: Gagauzia.

Gagauzia por Hachero

Claro que no es un país realmente, por mucho que sus vecinos se consideren así. La Gagauzia es uno de esos charcos que dejó atrás la retirada de todo un océano: el imperio otomano. De hecho, la misma palabra, Gagauzia, proviene del turco Gok-oguz, que significa 'Cielo de los Oghuz', una tribu turca selyúcida que ocupó las extensa llanuras del este de Europa hace siglos. Un nombre que es, además, una declaración de intenciones porque los vecinos de la Gagauzia se consideran turcos y anhelan el día en el que la gran Turquía volverá con ímpetu a recuperar las tierras que pertenecieron al imperio Otomano y aunque estén ahora encuadrados en el territorio de Moldavia, una antigua república socialista soviética, ellos miran más a Estambul y a sus primos tártaros de Crimea que a la capital de este país de opereta que es Chisinau. De hecho antes que mirar a Chisinau prefieren mirar a Moscú con cierta nostalgia de los tiempos de la Unión Soviética.
Gagauzia por Hachero
Cartel del panturquismo a la entrada de Comrat, la capital de la Gagauzia

Porque los gagauzios son étnicamente turcos pero provienen de Bulgaria y en lugar de musulmanes son fervientes cristianos ortodoxos desde que los rusos les permitieron, allá por el siglo XVIII, asentarse en estas desabridas tierras (de las que echaron, por cierto, a los Nogai, otro pueblo turco que se mezcló con los mongoles y terminó por instalarse en la república rusa del Daguestán, en pleno Cáucaso). Todo un lío que gente como yo, proveniente de un país más o menos uniforme en eso de las razas, no acaba de comprender muy bien. El caso es que los gagauzios dicen provenir de los seguidores del Sultan Izzeddin Keykavus II, un potentado de la Anatolia que se instaló en la región en el siglo XIII después de haber peregrinado por los Balcanes. Las guerras rusas del siglo XVIII terminaron por desplazarlos a estos campos surcados por cuervos con la obligación, eso sí, de convertirse en masa al cristianismo ortodoxo. Y así fue. Pocos pueblos cristianos he visto cumplir tan a rajatabla sus obligaciones rituales, las abuelas se persignan como atacadas por ejércitos de chinches, los sacerdotes ortodoxos parecen bailar mientras murmuran sus oraciones, en las iglesias se acumulan comidas y regalos de lo más peregrino. ¡Y pensar que son turcos!

Gagauzia por Hachero

Gagauzia por Hachero

Gagauzia por Hachero
Turcos, sí, pero turcos búlgaros. Así se consideran, dicen, y así quieren que se les reconozca. Soñadores, dicen, de la Gran Turquía, y para reafirmarlo un gran cartel me recibe a la entrada de Comrat: un cartel que colorea los territorios de la región habitados por turcos, desde la propia Turquía a Azerbaiyan o Turkmenistan (y podía seguir más allá con los uzbekos, kazajos, yakutos o incluso los uigures de la China). Comrat no es precisamente bonito. Las calles me parecen anchísimas, el tráfico es casi inexistente, los campesinos llevan tanta ropa que me quedo hipnotizado con la acumulación de capas textiles y el único restaurante que encuentro está bajo tierra y sólo se accede bajando una pronunciada escalera. Es la capital pero parece una aldea perdida de provincias y me asombra aún más que consideren viable todo un país con menos habitantes que Jerez de la Frontera y sin muchos más recursos que unos cuervos y algunas vides.

Gagauzia por Hachero
Así es Comrat, la capital de Gagauzia

Y sin embargo, ya fue independiente una vez. En 1906 un grupo de campesinos asaltó el edificio del poder y declaró una independencia que sólo les duró seis días (la República de Comrat), un espejismo porque los gagauzios siempre han estado dentro de otro país: hasta 1917 pertenecieron al imperio ruso, desde entonces y hasta 1944 fueron rumanos, y de ahí hasta 1991 fueron parte de la URSS para terminar ahora como parte de Moldavia. Yo no acabo de verlos ni como turcos ni como rusos aunque si debo inclinarme por alguno lo haría por estos últimos. En este blog puedes ver cómo es la vida en este curioso lugar: http://dispatchgagauzia.wordpress.com

Gagauzia por Hachero

Gagauzia por Hachero
Tras la caída de la URSS los vecinos de Comrat se declararon nuevamente como república autónoma en el verano de 1990 pero el recién constituido gobierno de Moldavia anuló la declaración por inconstitucional y los gagauzios se vieron, otra vez, con un palmo de narices. Los gagauzios apoyaron el golpe de estado de 1991 en Moscú  y volvieron a declarar la independencia, que dio pie además al Transniester a declarar la suya, pero entonces el gobierno de Moldavia, que entonces era una República Socialista Soviética, cortó los lazos con Moscú y los gagauzios se echaron atrás. Después de unos años de tira y afloja, el gobierno de Chisinau reconoció la autonomía de Gagauzia el 23 de diciembre de 1994, una fecha que aquí se celebra como el día de la Independencia. El parlamento de Chisinau acordó entonces que en el caso de que Moldavia decidiera unirse a otro país (Rumanía en concreto porque las poblaciones son las mismas) los estados federales de la nación, Gagauzia por ejemplo, podrían independizarse o unirse a quien quisieran.

Gagauzia por Hachero

Gagauzia por Hachero

Gagauzia por Hachero

Por una calle de Comrat avanza un cortejo fúnebre. El occiso está en un ataúd subido sobre la caja descubierta de un camión. Puedo verle la nariz y parte de la papada. La multitud avanza parsimoniosa a través del frío glacial que azota la ciudad. Sigo a la comitiva y entro una iglesia un tanto kitch donde aguardan tres sacerdotes ortodoxos. Cuelgo la cámara con respeto pero uno de los popes me anima a hacer fotos. Tímidamente tiro la primera pero compruebo que no existo para los presentes y pronto me embalo. A nadie parece importarle que un extranjero haga fotos en un funeral. Colocan el féretro a los pies del altar y alguien coloca una botella de una bebida de cola presidiendo el rito. Una señora clava, literalmente, una larga y fina vela entre los dedos del difunto, un difunto que apenas cabe en la caja, rodeado de todo tipo de flores, objetos que no acabo de discernir, velas y cojincitos. A mi alrededor se repiten, como sacudidas, las persignaciones, las cruces ortodoxas, el recargado barroco de las iglesias cristianas del este.

Gagauzia por Hachero

Porque, como decía, los gagauzios son turcos pero desde que abrazaron la ortodoxia de los santos Cirilo y Metodio parecen más cristianos que nadie. En otra iglesia se reúnen decenas de abuelas, traen comida, llenan una gran mesa con lo que parece un banquete, de sus miradas se desprende necesidad y vidas tan largas como duras, pero ahí están, hincadas de rodillas, inclinándose como orates, tumbadas en el suelo mientras la imaginería religiosa parece observarlas vigilante desde todos los puntos del templo. El idioma, recuerden: el turco, tiene una interesante variación de la lengua madre: las palabras religiosas de los ritos cristianos rusos ocupan el lugar que en Turquía tienen las palabras religiosas del árabe, así que olviden eso del Allah u Akbar o el clásico Inshallah mirando al cielo...

Gagauzia por Hachero

El siguiente hito de la historia de la Gagauzia ocurrió el 2 d octubre de 2014, cuando celebraron un referéndum que Chisinau, la capital de Moldavia, calificó de ilegal pero que dejó claro que a los gagauzios les tira más Rusia que la Unión Europea y que en el caso de que Moldavia pretenda unirse a la Europa de los veinticinco ellos se independizarían para seguir manteniendo los lazos con Moscú. Paseo por un cementerio a las afueras de Comrat y descubro tumbas soviéticas, tumbas en cirílico, tumbas que esconden a un atleta olímpico, con su antorcha grabada y todo, tumbas y más tumbas.

Gagauzia por Hachero

Gagauzia por Hachero

Nada nuevo porque se aferran a los acuerdos de 1994 para exigir su capacidad de elección aunque en Chisinau lo ven diferente porque nadie ha solicitado unirse a ninguna parte. Un referéndum del que no se sabe mucho más que su coincidencia con disturbios en Ucrania precisamente por algo similar pero que parece haber partido de un grupo de oligarcas gagauzios de origen ruso: http://euobserver.com/opinion/123000. No puedo terminar de imaginar este lugar como país independiente, pero no sería el primero en Moldavia (este minúsculo país ya alberga otro, la república del Transniéster) ni en la zona (Abjasia, Osetia del Sur y el Nagorno Karabagh son otros, algo más al sur, en el Cáucaso). Curiosamente todos ellos han contado con presencia, o ayuda, de Moscú para erigirse como estados independientes, a pesar de que apenas nadie los reconoce (al Nagorno sólo lo reconoce Armenia, a Abjasia Venezuela, Nicaragua y Rusia, y al Transniester y Osetia del Sur nadie se atreve a darles ni los buenos días, ni Rusia, a pesar de que de facto con los rusos los que los controlan). Por supuesto obvia decir que entre ellos, todos se reconocen...

Gagauzia por Hachero


Vuelvo a Chisinau por la carretera nacional que une este intento de país con el otro que lo ha logrado. Una bandada de cuervos surge como por ensalmo tras de unas instalaciones industriales que parecen haber sido abandonadas siglos atrás. ¿Serán los mismos cuervos que me recibieron? En todo caso Moldavia es un excelente lugar para probar vinos tintos, Pino Noir sobre todo, y me concentro en la botella que me aguarda en Chisinau. Espero que al regresar no estén los dos perros congelados que murieron a las puertas de mi edificio de apartamentos y que pasan los días allí como un monumento al frío sin que nadie los retire. Pero no, ahí siguen, y para que la escena no disminuya el surrealismo, un zíngaro hace bailar a un oso que lleva encadenado por el hocico... Moldavia no deja de ser otro mundo, a pesar de estar tan cerca...

Gagauzia por Hachero

La Gagauzia, por si fuera poco, no ocupa un solo territorio sino varios, inconexos entre sí. Son 170.000 habitantes ocupando 1.832 kilómetros cuadrados, con tres ciudades principales (Comrat, Ceadar-Linga y Vulcanesti) y veintisiete aldeas, separadas por bolsas de población moldava de origen búlgaro que alejan Vulcanesti de Ceadar-Linga. Gagauzia tiene una asamblea con un presidente y gobernador, que además tiene silla en el parlamento moldavo. Con ser pocos, los gagauzios se han expandido a lo largo de la historia y hoy podemos encontrarlos fuera de sus ansiadas fronteras: 20.000 viven en Bulgaria y en Grecia, y 32000 más en Ucrania, sin contar otro par de decenas de miles que vive en el resto de Moldavia. Un país de opereta, me digo mientras trato de encontrar algo que responda a mi imaginario de capital de un país. Y eso que tienen su propia bandera, su propia policía, varios periódicos en gagauzio y hasta una universidad.

Gagauzia por Hachero

martes, 25 de marzo de 2014

Viaje a Polonia: el Papa Juan Pablo II como superhéroe nacional polaco

el Papa Juan Pablo II por Hachero


Está por todas partes. Si en vida soñó alguna vez con lograr el don de la ubicuidad o en la Omnipresencia, cosa que dudo, lo consiguió tras su muerte. En pocos sitios puedes encontrar que un superhéroe popular vista la blanca sotana de un Papa pero ahí está, enfrentándose al mal, caracterizado por una andrógina presencia irreal, con melena rojiza al viento y capaz de generar una cascada de sangre con sus sucios colmillos hundidos en el antebrazo del héroe más católico después de Jesucristo. En Polonia Karol Jozef Wojtyla, comúnmente conocido como Juan Pablo II, se asoma desde las paredes del metro, te otea desde la posición dominante que le confieren las miles de estatuas que siembran el país, te observa sonriente en las exposiciones de fotos, de cuadros, en los templos, pareciera que una vez asumida su presencia sientes sus ojos clavados en el cogote y no hay lugar donde puedas esconderte ni siquiera para un pecado venial porque él, o Él, el Papa difunto, el SuperKarol de los lóbregos túneles polacos, está siempre ahí.

el Papa Juan Pablo II por Hachero

Karol Wojtyła no fue solamente Papa: fue todo lo que uno puede pensar que se puede ser. Por ejemplo, está considerado como un importante filósofo personalista, formado en el tomismo, que es la corriente filosófica que toma sus fuentes de Santo Tomás de Aquino, un autor a cuya obra dio una vuelta de tuerca para desarrollar una ética antropológica personalista, según la Enciclopedia filosófica. En sus tiempos mozos, el luego Papa fue un experto jugador de ajedrez, una carrera que quedó truncada con la invasión nazi y la posterior soviética. Trabajó en una cantera, en un laboratorio químico, fue actor a las órdenes de un célebre autor polaco, la Gestapo lo tuvo en búsqueda y captura y finalmente se ordenó cura, donde hizo carrera. Era un tipo brillante, inteligente, y aplicaba sus conocimientos de ajedrecista al mundo, y al espíritu, para enfrentarse a sus rivales en unas larguísimas partidas repletas de movimientos arriesgados. La sotana de cura le quedó pronto pequeña y se enfundó la de Vicario, más tarde la de Obispo, Arzobispo, Cardenal y finalmente Papa.

El Papa Juan Pablo II por Hachero
El Papa a las puertas del puente de madera más largo del Báltico, en la ciudad de Sopot
Un Papa de Polonia, y eso no es cualquier cosa porque el polaco es el nacional de un país sometido a las permanentes humillaciones que le confieren sus poderosos vecinos, ahora lo invadían los alemanes por el oeste, ahora lo invadían los rusos por el este, ahora lo invadían los alemanes más píos con el extravagante nombre de los Caballeros Teutónicos por el oeste, ahora lo invadían los tártaros por el este, ahora los nazis por el oeste, ahora los soviéticos por el este. Un devenir cíclico digno de Heráclito pero que les ha llevado a recibir tantas bofetadas que cualquier victoria, cualquier personaje que elevara el espíritu nacional pasaba directamente a la categoría de Superhéroe, como ya lo son Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido por su nombre inglés, Joseph Conrad, o el pianista Frederick Chopin, cuyos Nocturnos resuenan en cada restaurante de bien….

El Papa Juan Pablo II por Hachero
El Papa en Ostroda

El Papa además conocía el hartazgo que sus paisanos tenían por el régimen soviético y el 2 de junio de 1979 voló desde el Vaticano a Varsovia para inaugurar uno de sus más imborrables improntas: la de besar el suelo del país. En este caso era su país, Polonia, una nación en la que nació pero que no tenía relaciones con el país que ahora dirigía, el Vaticano, una extraña coincidencia que desvelaba lo que era un secreto a voces: el país con un sentimiento más fervientemente católico de Europa apenas se llevaba con lo que no era sino su fuente de inspiración y centro de su querida iglesia. Y todo por esos gerifaltes que dirigían el país siguiendo las premisas que les llegaban de Moscú y enredándose en una corrupta e ineficaz burocracia que limaba las pías almas de los más cristianos de la esfera rusa. ¡¡El acabóse!!, pensaban todos sus paisanos entre vodka y vodka, aunque pocos con el coraje de decirlo en público. En la memoria colectiva aún morían una y otra vez los 80 obreros de los astilleros de Gdansk, asesinados sin contemplaciones por fuerzas antidisturbios en una huelga que llegó a tocar las narices de Moscú. De aquellos heroicos obreros tan sólo uno se atrevía a abrir la boca de cuando en cuando, un señor con grandes bigotes llamado Lech Walesa que comenzó su carrera al Olimpo polaco como un combativo electricista en paro y luego llegó a presidente con Juan Pablo como su inspiración...

Juan Pablo II y Lech Walesa

Tras la visita de Juan Pablo II, los reivindicativos obreros de Gdansk, y su bigotudo líder al frente, volvieron a las huelgas, a la épica de la lucha obrera, a las multitudes solidarias que tomaban heladas plazas bajo la nieve. Se sentían impulsados por ese Karol que ahora vivía en el Vaticano y así lo dijo Walesa a la prensa que quiso escucharlo: 'un enviado del cielo, un papa polaco', dijo, un Papa que 'fortaleció en nosotros la esperanza'. Así que el antiguo ajedrecista diseñó un golpe que retumbara por toda la sociedad polaca y por el imperio de hielo que Moscú había trenzado cuan Penélope con escarcha. Su visita a Polonia comenzó a resquebrajar ese hielo mientras que, al tiempo, su personalidad adoptó un halo de superhéroe que volaba con su capa blanca para solucionar los más complicados entuertos. Si le disparaba un turco, el enemigo tradicional del cristianismo en la Europa Oriental, el Papa polaco cicatrizaba su herida en un santiamén, si la naturaleza le ponía un obstáculo en forma de molesto Parkinson el Papa polaco multiplicaba sus viajes por todo el mundo y lo mismo aparecía en Colombia, o en las Filipinas, lo mismo besaba el suelo aliado de los católicos españoles que el menos afín de Israel o el tradicionalmente hostil de Cuba. Con cada uno de sus 104 viajes el mito creció, sobre todo entre sus paisanos, que lo veían ya como la solución a las estrecheces que vivían y, sobre todo, un repulsivo a la crisis identitaria de un país estrujado entre dos gigantes.

El Papa Juan Pablo II por Hachero
Estatua de Juan Pablo II en Elblag

Hoy su aldea natal es un lugar de peregrinación (sobre todo de peregrinos españoles como estos) y su imagen está por doquier. El Papa reparte bendiciones en una estatua de bronce, el Papa saluda a una oculta multitud desde el fondo de un lienzo, el Papa sonríe plácidamente en un altorrelieve, el Papa te vigila en las alturas, el Papa te inspira como líder nacional, espiritual, como un enviado de Dios, como el último reducto del espíritu polaco. El Papa Juan Pablo sigue ahí, mirándote, y tú, que paseas por las calles de Polonia, no sabes muy bien qué pensar ni si el Papa te observará también en la intimidad de tu alcoba.

Juan Pablo II por Hachero
Juan Pablo II en Gdansk

miércoles, 12 de marzo de 2014

Viaje a la Guarida del Lobo: Wolfschanze, los bunkers de Hitler en la espesura de los bosques polacos (II)

El bunker de Hitler
Adolf Hitler llegó al complejo de Wolfschanze el 24 de junio de 1941, tres días después de la invasión de la Unión Soviética, y convirtió este espectral bosque de piedras y altos árboles en un ajetreado teatro bélico. El excelente trabajo de la OT había creado el cuartel general en un lugar invisible desde el aire, disimulado entre los árboles, mimetizado con el suelo y las ramas, envuelto en redes que cambiaban según la época del año para asemejarse al color de las hojas. El complejo tenía dos campos de aviación, centrales eléctricas, una estación de ferrocarril, sistemas para drenar el agua e instalaciones para purificar el aire del interior de los bunkers, tenía un centro de telecomunicaciones, un complicado sistema de calefacción y más de dos mil personas trabajando como hormigas.

Oficina ayudantes y ejército personal Hitler en Wolfschanze, por Hachero
Oficina de los ayudantes y el ejército personal de Hitler
Los garajes de Wolfschanze, por Hachero
Los garajes del sistema de bunkers
chimenea en Wolfschanze, por Hachero

Estaban los oficiales pero también los soldados, los escoltas, había conductores, mecanógrafos, ingenieros, peluqueros, sastres, mecánicos. Una ciudad que en la mente de los nazis estaría ocupada alrededor de un año porque la victoria en el frente ruso no podía retrasarse. El entorno es hermoso, como dije, pero nada agradable: rodeado de pantanos, en verano infestado de mosquitos y con un calor que impedía respirar, en invierno era húmedo y gélido, nevaba abundantemente, parecía el infierno congelado.

La Guarida del Lobo vista desde la ventana del bunker de Bormann, por Hachero
En el bunker de Bormann
Toda la literatura sobre el lugar insiste machacona en los mosquitos. Zumbidos, picores, auténticas nubes. Unos mosquitos que yo no veo porque es otoño y los molestos bichos estarán preparándose para los rollizos turistas veraniegos. Pienso en que debieron, y deben, de ser una auténtica pesadilla porque incluso la secretaria personal de Hitler, Tradul Junge, los recuerda nítidamente en su célebre libro 'Hasta el último momento' incidiendo en qu el propio Fürher dejó de sacar a pasear a su perrito: "En las praderas pantanosas vivían enjambres de mosquitos que nos amargaban la vida. Los centinelas tuvieron que ponerse mosquiteras delante de la cara y lo mismo se hizo en las ventanas. Hitler odiaba ese tiempo, a Blondi le sacaba a pasear el sargento Tornow, jefe de perros, mientras él se quedaba en el fresco de las habitaciones de hormigón'.

Bunker de Hitler en Wolfschanze, por Hachero

bunker de hitler en Wolfschanze, por Hachero

Bunker de Hitler en Wolfschanze, por Hachero
Casa del té de Hitler
Como si el espíritu de Blondi hubiera ladrado desde el Más Allá un perrito asoma su hocico de un bunker y mueve el rabo mientras me mira alegre. Será mi única compañía en esta fría mañana otoñal, la reencarnación de Blondi y yo. Y un corazón tallado en un árbol. Judl también recuerda que los oficiales querían vivir en las barracas pero dormir en los bunkeres, donde podrían conciliar el sueño sin temer que les cayera encima el Ejército Rojo. 'Speer se construyó una urbanización entera, Göring el palacio más puro', 'a Morell (el médico de Hitler) se le permitió incluso un cuarto de baño...' De la vida diaria de estas ruinas sólo podemos imaginar a través de las palabras de esta secretaria panoli que murió en 2002. 'La instalacion apenas se podia reconocer. En vez de los bunkeres pequeños y bajos, unos pesados colosos de hormigon y hierro sobresalían por encima de los árboles. Desde arriba no se veía nada. En los tejados planos se había plantado hierba, del hormigón salían árboles naturales y artificiales: visto desde un avión el bosque no se interrumpía nunca. En el nuevo bunker, las habitaciones eran mas pequeñas y el mobiliario se reducía a lo imprescindible'.

Bunker de Göring en Wolfschanze, por Hachero
bunker de Goring
Bunker de Göring en Wolschanze, por Hachero

La casa de Göring en Wolfschanze, por Hachero

Las habitaciones hoy parecen mayores de lo que le parecían a la señora Judl y en el bunker de Alfred Jodl, el consejero estratégico de Hitler, manos amigas han dejado sucesivas pintadas en recuerdo de los nazis: neonazis de Poznan, neonazis polacos, un sinsentido más, pienso, después del genocidio que consumaron los alemanes precisamente en Polonia.

Bunker de Alfred Jodl en Wolfschanze, por Hachero
El bunker de Alfred Jodl, el oficial asistente de Wilhlm Keitel, a su vez asistente de Hitler
Bunker de Alfred Jodl en Wolfschanze, por Hachero

Bunker de Alfred Jodl en Wolfschanze, por Hachero
Botellas de vodka y pintadas neonazis de Poznan
Más allá de lo lúgubre que resulta a día de hoy este conjunto de ruinas, y de la fascinanción que despierta su similitud con esas ruinas mayas o jemeres devoradas también por la naturaleza, sorprende que en su momento de máximo apogeo los moradores lo vieran casi que como yo lo veo hoy. 'Hitler sentía predilección por las estancias amplias y a mí me sorprendía a veces que pudiera soportar su pequeño bunker con un techo bajo y unas ventanas minúsculas'.

Casa del té junto al bunker deHitler en Wolfschanze, por Hachero

"Cambié mi alojamiento en el tren especial por una cabina en el bunker, pero mi nueva residencia no me gustaba. Yo necesito la luz y el aire, y no soportaba la atmosfera del bunker. Durante el día vivía en una habitación de ventanas pequeñas, pero dormía en una inhóspita cabina sin ventanas. El aire entraba mediante una helice de ventilación en el techo, al cerrarla se tenía la sensacion de ahogo, al abrirla el aire entraba silbando y uno parecia estar en un avión"...

Bunker de Hitler en Wolfschanze, por Hachero

Dice Paul Preston en su libro Franco que Agustín Muñoz Grandes, el falangista que fue director general de seguridad en la II República y primer ministro secretario general del Movimiento, se instaló en el bunker de invitados durante el verano de 1942. Muñoz Grandes se había granjeado una exquisita fama de organizador militar en el norte de Marruecos y tenía carreta para hablar durante horas contra Serrano Suñer, que no sólo fue repetidas veces ministro de Franco sino también su cuñado, además del mando de la División Azul. Según Muñoz Grandes el fascismo español necesitaba una reforma profunda y él se ofrecía para instaurar en España un nazismo de corte alemán, una idea que dejaría a Franco a un lado y que entusiasmaba al propio Führer. Muñoz Grandes y el Führer se cayeron bien mutuamente.

Agustín Muñoz Grandes en Wolfschanze
Agustín Muñoz Grandes en Wolfschanze saludando a Hitler

El español se sentía 'confortado' por la mirada de Hitler  y el líder nazi no disimulaba su afecto por el falangista que había brillado en la invasión de la Unión Soviética. Tanta química tuvieron en este lúgubre bosque que la División 250 fue trasladada a un nuevo frente, a pesar de sus muchas lagunas, y Muñoz Grandes volvió al frente 'imbuido de un vigor nuevo'. Ladra el perrito que arrastra el espíritu de Blondi y salgo del embrujo que me causa el espectro del falangista conspirando junto al mismísimo Hitler contra Franco en este sombrío rincón de la antigua Prusia.

El bunker de invitados de Wolfschanze, por Hachero
Aquí se alojó Muñoz Grandes durante su estancia en Wolfschanze

martes, 16 de octubre de 2012

Viaje a Mingrelia: Laurentis Pavlovich Beria, el genocida rastrero




Laurentius Beria alcanzó un grado tan unánime de odio y repulsa que al morir la Enciclopedia Soviética pidió a sus lectores que recortaran con unas tijeritas la página de su biografía y la tiraran a la basura. La siguiente edición vio ampliada la entrada del estrecho de Bering, para que la magna obra no perdiera volumen. Beria fue un monstruo en vida, un ser abyecto y rastrero, pelota y lisonjero, un ser detestable e hipócrita, un asesino en serie, un asesino de masas y un genocida en toda regla. Pero Laurentius Beria fue algo más: la esperanza fallida de la antigua URSS, el hombre que tuvo en su mano el cambio de rumbo que hubiera cambiado el destino del planeta tierra en la segunda mitad del siglo XX. Una paradoja, en suma, porque, como dijo Charles Bohlen, el embajador de los Estados Unidos en Moscú en ese momento, la muerte de Beria no causará pena a nadie: lo que sí causa lástima es que lo mataran sus compinches, y no sus víctimas. Lo cuenta Amy Knight en su estupendo trabajo: Beria, el primer lugarteniente de Stalin, una obra imprescindible para conocer a este siniestro personaje.

El centro de Sujumi, la capital de Abjasia, es un remanso de paz desde la última guerra entre rusos y georgianos: por aquí corrió el joven Laurentii antes de dedicarse al mal

Laurentius Beria nació en los alrededores de Sujumi, la bella capital del díscolo estado independentista de Abjasia, pero sus orígenes no eran abjasios sino mingrelios, que lejos de ser una enfermedad infecciosa es una región perteneciente a Georgia e identificada con las Cólchidas de la leyenda de Jasón y su vellocinio del oro. Bañada por las costas subtropicales del Mar Negro, Mingrelia tiene en Zugdidi su capital, una palabra mingreliana que significa Gran Colina, una villa somnolienta y alterada tan sólo por los rumores de guerra que puedan venir de la cercana Abjasia. Zugdidi, sin embargo, ha atravesado épocas de bonanza y acelere, la última con el controvertido Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de Georgia tras la independencia de la moribunda Unión Soviética, el hombre que fue aplastado por el carisma de un inútil de tomo y lomo como fue Edvard Shevernadze que, pese a no tener tras de sí más que maneras de mafioso y corrupción generalizada, consiguió el apoyo de todo occidente porque lo consideraban responsable, junto a Gorbachev, de la caída de la URSS. Gamsajurdia convirtió Zugdidi, la ciudad de sus antepasados, en su gran feudo y su bastión frente a las tropas golpistas del segundo de Mijail, el ministro de exteriores que, con su flema tranquilota, se ganó una fama para nada merecida.

Palacio de los Dadiani, en el jardín botánico de Zugdidi

Zugdidi es una agradable ciudad, a pesar del primer impacto, o precisamente gracias a ese primer contacto que lo distancia de otras ciudades, como Gori, la cuna de Stalin, o Kutaisi, verdaderos monumentos al mal gusto arquitectónico y casi que climático. Zugdidi tiene una amplia avenida surcada por árboles, una proliferación creciente de cafés internet, hay pequeñas multitudes de estudiantes que pasean por sus calles y hasta el caótico mercadillo que rodea al mercado central tiene su interés. Además, el puente que atraviesa un río tristón y un tanto guarrete es el punto crucial para tomar el taxi que lleve al viajero a la frontera de juguete que separa Georgia de Abjasia, el cúmulo de autobuses en parada término y el enclave donde encontrar alguno de los cochambrosos hoteles de la ciudad. A pocos metros se encuentra el jardín botánico, construido en los alrededores del palacio de los Dadiani, una extensión de cuarenta hectáreas en cuyo centro se levanta el palacio de David Dadiani, la última estirpe principesca de Mingrelia, cuyo hijo, Nicolás, se vio obligado a abdicar ante el empuje del imperio ruso, tan encaprichado siempre con las regiones caucásicas. Aparte de algunas reliquias de la virgen María, siempre tan dudosas, y de una máscara mortuoria de Napeoleón, traída desde la lejana Francia por la hija mayor de David, la alocada Salomé, que contrajo nupcias con el sobrino del mismísimo Napoleón III, Charles Louis Napoleon Achille Murat, la ciudad puede ser un tanto aburridora sin consumir grandes cantidades del vino local. Cuidado a la hora de aceptar la invitación de esos alegres grupitos de jóvenes ebrios: puede convertirse en una trampa alcohólica imposible de escapar. En el gran jardín botánico puede uno evocar al simpático Achille Murat, el marido de Salomé Dadiani, encorvado trabajando el campo ante la sonrisa incrédula de los sirvientes mingrelianos, siervos tan acostumbrados a ser siervos que miraban estupefactos a un señor de sangre real deslomándose con ellos sin llegar a creerlo. Sobre los Dadiani.

Palacio de Salomé Dadiani


Los mingrelios, además de parir seres tan abyectos como Beria o tan controvertidos como los Gamsajurdia (el padre de Zviad era un conocidísimo escritor local), almacenan en su ADN colectivo incógnitas tan remotas como su propia lengua, el mingreliano, una lengua que también se la conoce como Iveria, y que resulta tan  cercana al georgiano que usa su enrevesado alfabeto en los textos escritos aunque se diferencia como el portugués del castellano.


Zugdidi con sus vendedores informales de chucherías

Laurentius Beria era mingrelio, y mingrelio de los malos, de los retorcidos y crueles. Dicen que se hizo hombre en Bakú, la actual capital de Azerbaiyan, donde intentó estudiar pero terminó ejerciendo como revolucionario chekista, dicen que su habilidad con los instrumentos de tortura era tan legendaria que no había opositor que permaneciera mudo, aunque los que no hablaban durante las torturas no volverían a hacerlo jamás. Su irrupción en las huestes bolcheviques fue tan categórica que pronto comenzó a escalar puestos en la nomenclatura, y no sólo gracias a sus macabras habilidades con las tiernas carnes de los prisioneros sino, y sobre todo, a su destreza en el arte del medrar y el de la traición. El joven Laurentius, con aspecto de empollón repelente, guardaba en su interior una fuerza de la naturaleza, pero en malo, una Malignidad que le aupó al cargo de jefe de la policía secreta de Azerbaiyan, la temida cheka, con sólo 23 añitos. ¡Qué miedo debía de dar ese enano cabezón! Lisonjero y pelota, Beria se agarró con todas sus fuerzas a su mentor, Sergo Ordzhonikidze, hasta tal punto que bautizó a su hijo con su nombre, Sergo, y que Beria lo siguió en todos los ascensos: como comisario de industria, como parte del Politburó en Moscú, como obstáculo que se interpuso en su camino y acabó desacreditado y muerto por culpa de su otrora pelota, el tal Beria. Como este revolucionario de complicado nombre, Sergo Ordzhonikidze, los cadáveres que dejó Beria a lo largo de su existencia fueron muchos. ¡Qué decir de Nestor Lakoba, jefe del comité soviético en Sujumi, la ciudad de Beria, amigo personal de Laurentius, quien no dudó en invitarlo a Tbilisi al teatro para envenenarlo con algún tóxico extremadamente venenoso porque se disgustó con sus políticas en Abjasia.

Los mingrelios son gente amable y acogedora, no todos son como Beria
Beria disfrutaba haciendo el mal, gozaba poniendo en compromisos a sus inferiores y se mostraba extremadamente servicial con sus superiores. Y con el que más, por supuesto, con Iosif Dzhugashvili, el hombre de hierro más conocido como Stalin. Si a Lakoba lo mató con veneno todavía tuvo tiempo para torturar a su mujer, la primera dama de Abjasia, y encarcelar a su hijo, Raouf, que miraba incrédulo al que consideraba su tío, aquel que le llenaba de regalos su habitación en sus frecuentes visitas. Beria fue tan cruel que lo encarceló en un campo de trabajo para niños y cuando el joven Raouf le pidió un año después que lo dejara estudiar Beria ordenó trasladarlo a Tbilisi, la capital de Gerogia, y ejecutarlo.


No fueron las únicas víctimas de la sinrazón del mingrelio loco. Beria acabó con los mencheviques en el Cáucaso y su venganza dejó, sólo en Tbilisi y alrededores, más de cinco mil muertes, una minucia comparada con lo que tenía que venir. Mientras pelotaba a sus mentores y eliminaba a los iguales que consideraba más aventajados, el loco Laurentius ejercía de amante esposo y gran padre: tanto que su hijo Sergo escribió un libro, Beria,mi padre, en el que no se explica la mala fama que se granjeó su progenitor, y su esposa, Nina, incluso concedió una entrevista antes de morir, en 1990 a los 86 años, reivindicando la figura de su añorado maridito. Y eso que Sergo no era un iletrado sino un tipo muy culto que terminó casándose con la nieta Máximo Gorki. Nadie les hablaría de la costumbre del mingrelio de secuestrar jovencitas por las noches de Moscú para violarlas sádicamente en su palacete soviético. Su pasión por las violaciones eran míticas en la capital del imperio soviético y dicen que el personal diplomático internacional flipaba viendo las grandes limusinas recorriendo la ciudad en busca de carnaza para el remedo del profesor Franz de Copenhagen, el del TBO. En una anécdota con maldita sea la gracia, el cruel Beria pasea en una barquichuela frente a las costas de Sujumi junto a un alto miembro del ejecutivo soviético cuando divisan a una bella nadadora del equipo olímpico nacional entrenando. Beria, galante y amenazador, la iza a bordo, se insinúa y arroja al asombrado soviet al mar para poder gozar de su premio a solas: dicen que los guardaespaldas debieron de darse prisa para salvar al pobre mando, que no sabía nadar, mientras el salido Laurentius violaba a sus anchas a la atleta. Alguna de ella le dejó un recado: el violador compulsivo ( y repulsivo) arrastró la sífilis para el resto de su vida.

Laurentius Beria y su esposa, Nino

Beria, con toda su inmundicia, era, sin embargo, un brillante organizador. Organizó la policía secreta, organizó la Lubianka, organizó las grandes purgas, organizó la cúpula de los soviets y hasta la primera bomba atómica que tuvo Moscú. Stalin, el hombre de hierro, el georgiano pobre y miserable que se alzó hasta el trono del poder más omnímodo del planeta, jugó en su tablero de poderes con las fidelidades de sus esbirros, Beria al frente, destruyendo a unos mientras elevaba a otros, que serían nuevamente destruidos para elevar a otros. Sin embargo, una vez que Laurentius alcanzó su lugar en el parnaso rojo, no hubo quien lo desalojara: leía las intenciones de Stalin como nadie, tal vez anticipándose a los pensamientos de su paisano por proceder de parecido contexto, le exacerbaba las paranoias, el congénito miedo a la traición que tenía el de Gori, y tanta confianza obtuvo que fue Beria el que acudió al entierro de la madre de Stalin en lugar de su jefazo, todo un insulto para las costumbres georgianas que decía mucho de lo que pensaba el Padrecito de sus compatriotas. El dictador confió tanto en él que le dejó casi que al frente de los nazis y el mingrelio se dedicó, más que a luchar contra los alemanes, a purgar al mismísimo ejército soviético, al que dejó en cuadro. Su mano se pasó de frenada cuando pretendió arrestar al general Zhukov, el victorioso, el héroe aclamado por sus victorias decisivas ante los hombres de Hitler, y el ejército, ajeno a los tejemanejes de los políticos, le echó el ojo: ya me las pagarás.

Mingrelias en Zugdidi

Punto y aparte merecen las purgas soviéticas en las que intervino Beria. Tras la derrota nazi, Stalin, ya en plena locura, quiso venganza, y no sólo en la sangre de los enemigos y en las tiernas y blancas carnes de las alemanas hermanas y madres y esposas e hijas de los soldados nazis. Su cólera llegó a sus propios vecinos, y quién mejor que un sádico como Beria para ejecutarlo: todos los ciudadanos soviéticos que habían vivido bajo la ocupación alemana fueron declarados sospechosos. 68.938 karachis del norte del Cáucaso fueron trasladados al Asia Central. Con ellos, 93.139 kalmicos, 500.000 chechenos e ingusetios, 337.103 balkarios, 180.000 tártaros de Crimea, y 33.000 búlgaros, armenios y griegos instalados también en la misma península. Un mini holocausto que dejó un reguero de decenas de miles de muertos a bordo de los trenes con rumbo a los desiertos kazajos. Su mal rollo era tan evidente que en la conferencia de Teherán Winston Churchill aconsejó a sus hombres que no intimaran con él porque nada bueno podía salir de semejante monstruo.
Beria con Svetlana, la hija de Stalin, y el Padrecito al fondo (Svetlana parece un tanto aterrorizada)

Elevado a las alturas de la inhumanidad, Beria podría llenar un planeta con sus muertos. Y como premio, Stalin le concede el trabajo más peliagudo de la URSS: contrarrestar ese terrible arma que los norteamericanos han probado con éxito en Japón: la bomba atómica. Beria pone a trabajar a una cohorte de científicos de la mejor condición, los machaca con sus propuestas (Beria es ingeniero pero no tiene ni idea de energía atómica), los presiona hasta dejarlos exhaustos y enfermos, encierra en su Abjasia natal a un grupo de prisioneros alemanes involucrados en una supuesta bomba atómica alemana en ciernes, los revienta hasta que en agosto de 1949, en Semipalatinsk, explota la RDS, la primera bomba soviética. Beria es un manojo de nervios, está a punto del colapso, quiere quedar bien ante Stalin y balbucea nervioso pensando que la explosión ha fallado: cuando comprueba que todo ha ido bien, llama inmediatamente a su amo para comunicarle la buena nueva pero el Padrecito, ocupado en no se sabe qué, le cuelga indiferente, lo que lo abate aún más. Beria, el pelota, Beria, el sádico, Beria, el asesino, es también, ahora, el jefe del proyecto de la bomba atómica. Su rostro ondea a la diestra del Padrecito en cualquier reunión de entidad, su apellido da nombre a calles y plazas (¿qué diría al ver que en su plaza de Tbilisi, la plaza Beria, desemboca ahora la avenida de George W. Bush y que ahora es la plaza de la Libertad?). La fortuna de Beria estaba tan adscrita a la de su máximo mentor, Stalin, que a la muerte de éste el jefe de la policía política, el padre de la KGB en su primera forma, la NKVD, el torturador, el genocida, el padre del proyecto atómico, caería en desgracia a una velocidad pocas veces vista.



Y comienza entonces la paradoja, la muerte injusta, la desaparición del que podría haber adelantado el fin del estalinismo en casi medio siglo (porque Kruschev, a pesar de sus denuncias y parafernalias, no hizo sino seguir el modelo de su predecesor, eso sí, sin purgas masivas). Beria le sigue el juego a Stalin con su paranoia: sí, amado líder, hay un complot de los médicos que quieren matarlo, los doctores están al servicio de las potencias extranjeras, hay que eliminarlos, claro. Sí, amado líder, los judíos están pensando en derribar el comunismo para instaurar el más feroz capitalismo, habría que eliminarlos. Tan sólo la muerte de Iosif permite que la profesión de médico siga adelante, y con ellos los judíos, porque Stalin preparaba un nuevo pogromo, un nuevo Holocausto hebreo, como si no hubieran tenido bastante con los del orate nazi. Pero, como decía, la paradoja comienza ahora, a la muerte de Stalin, de ese despiadado asesino que fue tan llorado en su lecho de muerte por el propio Beria como vomitado e insultado una vez que su cuerpo estuvo frío.


Laurentius Pavlovich Beria comenzó entonces, sintiéndose el hombre fuerte de la URSS, su particular desestalinización: ordenó políticas liberales en la Alemania ocupada, pretendió devolver a Ucrania algo que se parecía más al trotskismo que al estalinismo, dio voz a las nacionalidades incluidas en el pueblo soviético pero sometidas al yugo eslavo del ruso ruso. Entre sus planes estaba la normalización con las potencias extranjeras (sobre todo con los EEUU), la liberación de los presos políticos de las cárceles y hasta la prohibición de la tortura. Pero también quiso reducir el papel del partido comunista en la vida normal dando entrada a técnicos, y eso fue demasiado: con un georgiano loco hemos tenido bastante, debió de pensar su amigo Krushev, que involucró a toda la cúpula soviética para destruir al maldito enano cabezón. En el juego entraron todos, desde Malenkov a Molotov, pasando por Kaganovich y los posteriores presidentes soviéticos, Brezniev y Andropov. Y, por supuesto, Zhukov, el brillante militar, el responsable de la derrota nazi, el hombre que los georgianos, rojos de envidia por sus logros, quisieron arrestar y eliminar para siempre. Porque Stalin, y su lugarteniente con él, actuaban movidos por la codicia, pero también por la envidia y no soportaban que nadie les hiciera sombra. Beria fue juzgado a finales de diciembre de 1953 y, paradoja tras paradoja, el hombre que tantos cargos inventó para traicionar a sus amigos y para aplastar a sus enemigos, fue ejecutado condenado por traición a la patria, por liberalizar el comunismo y por venderse a las potencias extranjeras. Según el comandante Moskalenko, encargado de la ejecución, Beria murió de rodillas, llorando y suplicando por su vida, una forma rastrera de morir para un asesino tan demencial.


Las viviendas de los mingrelios en Abjasia están destruidas y los mingrelios malviven exiliados detrás de la frontera con Georgia, vigilados por los soldados rusos, añorando sus propiedades abandonadas

Burdas mentiras que acabaron con un mentiroso que arrastró consigo a cientos, tal vez miles, de georgianos que ocupaban todo tipo de cargos en la Unión Soviética amparados por las fulgurantes carreras de los dos georgianos más universales y, al tiempo, más deleznables, Stalin y Beria. El poder se contrabalanceó y de Georgia pasamos a Ucrania: Nikita Krushev se convirtió, inesperadamente, en el nuevo hombre fuerte de la URSS. Georgia se hundió en una sombra que aún conserva hoy y Abjasia y Mingrelia, las regiones de Beria, viven inmersas en la pobreza, con los mingrelios exiliados a pocos kilómetros de sus casas, destruidas tras la última guerra (curiosamente contra los rusos), sus huertas abandonadas y sus tejados desfondados, recordando los tiempos en los que el más ruin de sus vecinos tomó los mandos de la mayor potencia del mundo.




 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com






















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