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miércoles, 14 de mayo de 2014

Viaje a Polonia: Elblag, la ciudad que renació de sus cenizas



El centro histórico de Elblag es lo más parecido a un decorado de película. Paseo por sus calles como el que visita un museo: todo está limpio, impoluto, las calles ordenadas, los edificios como recién salidos de una enorme caja de regalos, incluso lo antiguo tiene pinta de nuevo, me extraña que el campanario no esté dentro de una gran vitrina. La sensación es parecida a la que siente el recién llegado en la parte nueva de Beirut, en el Líbano, una reconstrucción minuciosa, multimillonaria, unos acabados perfectos y un orden milimétrico. Pero apenas pasea nadie por la acera, tras los visillos sólo vislumbro un gato, la perfección de las líneas rectas, el color de las fachadas, todo se empeña en indicarme que transito por una burbuja irreal que habrá pronto de desvanecerse en una bruma burlona. Pero no hay nada burlón en una ciudad que desapareció por completo en el marasmo de la Segunda Guerra Mundial.

Elblag tras la II Guerra Mundial

Porque cada adoquín que piso, cada acera que camino y cada esquina que doblo forman parte de un esfuerzo titánico que alcanza su cima en los edificios. Hace veinte años esto era un erial. Hace cincuenta, un montón de escombros. Y hace un siglo, una ciudad alemana. Pero lo que fue una Prusia llena de vecinos alemanes hoy es una ciudad teatral llena de polacos que ha costado sangre, sudor y lágrimas. Porque la ciudad vieja quedó tan destruida tras la Segunda Guerra Mundial que el gobierno decidió reconstruir la ciudad de Gdansk con los escombros de Elblag, que se pensaban irrecuperables (lo mismo sucedió en Malbork, cuyos escombros se destinaron a la reconstrucción de Varsovia).


Elblag por Hachero

De la ciudad no quedó apenas nada debido a que fue un centro nazi que con un horroroso campo de exterminio cercano, el de Stutthof, (pincha aquí para conocer este campo). Cuando los soviéticos se aproximaron en 1945 los habitantes de la ciudad, alemanes en su mayoría, la abandonaron dejando detrás prácticamente todo, hasta sus objetos personales, que fueron saqueados por los rusos, quemados los edificios  y posteriormente dinamitados como última venganza. Elblag resultó algo más que dañada: más bien destruida, y sus habitantes vagaban entre las ruinas con la mirada perdida y el odio eviscerando sus entrañas. Porque la conferencia de Postdam otorgó esta ciudad destruida y prusiana a los polacos, que prohibieron incluso que se establecieran alemanes, pero el esfuerzo que tenían por delante era enorme.

Elblag antes de la II G.M

Elblag por Hachero

La reconstrucción no fue fácil después de la guerra porque apenas había obreros y se priorizó la recuperación de las grandes ciudades. Así que hubo que esperar hasta los años 1990, justo tras el colapso de la URSS, en un clima que no invitaba a nada porque la ciudad se despertaba de una dependencia crónica de empresas estatales ineficaces, muy poco consumo y muchas deudas de crédito, una ciudad que tenía tasas de desempleo superiores al 32%.

Elblag antes de la II G.M

Elblag por Hachero

Tras la guerra, ningún alemán consiguió permiso para volver a sus casas y comenzó entonces un proceso de polanización hasta que hoy el 98% de los vecinos son étnicamente polacos. En los años noventa se impulsó un proceso de reconstrucción de sus lugares históricos que arroja un resultado al tiempo espectacular y desconcertante. A partir del año 2000 la reconstrucción se hizo emulando la arquitectura anterior al desastre de la guerra, intentando levantar los mismos edificios en los mismos emplazamientos, incluso empleando ladrillos provenientes del desastre y trozos de las antiguas murallas. Se realizó un intenso programa arqueológico y otro de emulación por ordenador para dibujar la ciudad tal y como era: aunque los edificios quedaron destruidos, aún eran reconocibles los patios traseros y las letrinas de las casas, lo que sirvió como punto de arranque. Ho</span><span style="font-size: 13px;">y vuelven a vivir en la ciudad alrededor de quinientos teutones que han vuelto a las tierras de sus ancestros y Elblag revive como un ave fénix.

Elblag por Hachero

Pero la reconstrucción de la ciudad comenzó antes de la década de los noventa, tanto como en los años sesenta y con una imaginación que vio grandes posibilidades en los edificios destruidos. Arriba puedes ver el antiguo altar de la iglesia de la Virgen María, una loca idea de un artista local, Gerard Kwiatkowski, quien en 1961 convenció a las autoridades de que esa ruina a medio caer podía llegar a ser un gran taller para artistas y una moderna galería de arte. El proyecto cayó en campo abonado y hoy es una desconcertante, y hermosa, sala de exposiciones, enorme, solemne y cargada de posibilidades, en la que aún pueden sentirse los ecos de los monjes dominicos de siete siglos atrás. Se llama galería EL, un nombre no menos desconcertante que proviene de la misma ciudad Elblag.

Elblag por Hachero

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Elblag por Hachero

La Iglesia de la Virgen María comenzó a construirse  en 1246 por la orden de los dominicos en su intento de cristianizar las regiones del Báltico. Una capilla que pronto adquirió entidad al añadirle un presbiterio, una sacristía y dos pequeñas salas anexas que volvieron a quedarse pequeñas y que obligó a posteriores ampliaciones hasta que consiguió un aspecto de satisfecha devoción y ese extraño perfil que se dibuja contra el cielo estrellado de Elblag.

Elblag por Hachero
Elblag por Hachero

No debía de estar Nuestro Señor Todopoderoso del todo contento con semejante obra porque en 1504 salió ardiendo y destruyó su interior, para la desesperación de los píos constructores que, no obstante, no interpretaron las llamas como yo y volvieron a reconstruir el sagrado lugar. Se añadieron nuevas naves, se aumentaron ciertos niveles y adoptó algo más parecido al aspecto amenazante que hoy se recorta bajo el límpido pero tenebroso cielo nocturno del norte de Polonia. Los dominicos, que tanto habían trabajado en esta azarosa iglesia, sufrieron un nuevo revés, que fue terrible sólo para dos monjes: los dos últimos dominicos de Elblag. Los luteranos se hicieron con el poder religioso y los católicos se fueron a hacer puñetas...

Elblag por Hachero

Dominicos y luteranos fliparían hoy con lo que fue su templo, inmutables sus altos muros pero desacralizado el interior para con propósitos para nada píos.

Elblag por Hachero

Elblag por Hachero

Elblag por Hachero

El edificio superó pues fuegos y llamas, construcciones y reconstrucciones, cambios de rumbo ideológico y obras de toda suerte pero en 1945 el empuje de las bombas de la Segunda Guerra Mundial lo mandó todo al traste: las tumbas maneristas, los epitafios centenarios, los raros muebles acumulados durante siglos y los pasos de órdenes olvidadas. La derrota de los nazis supuso un alivio para la población mas no para el edificio que pasó a manos de la Desidia y el abandono dejó en pie tan sólo el presbiterio, la sacristía y el claustro (eso sí, con su tejadito). Hoy Elblag sale de su larga noche, sus calles tienen la forma y buscan ahora el espíritu. Curioso que haya sido la iglesia de la Virgen María donde el pasado y el presente se hayan conjugado con más acierto. Tal vez sea obra del espíritu mismo...

Elblag por Hachero

viernes, 28 de marzo de 2014

Viaje al Báltico: los últimos de Hel (tragedia en dos actos)



La tumba de los defensores polacos de Hel sigue frecuentada por los bisnietos de los heroicos defensores de la península que tuvo el extraño privilegio de contemplar dos veces la misma tragedia. Porque Hel no deja de ser un pueblecito de pescadores al final de una larga lengua de tierra que se interna en el mar Báltico y que se asemeja así a una suerte de isla sin serlo. Durante el verano miles de turistas arrastran sus autocaravanas, disfrutan de sus hotelitos y balnearios, persiguen a los miles de cisnes que nada despreocupados a pocos metros de la orilla, inundan campings y pensiones, abarrotan las playas y bailan frenéticos al son del último éxito de este país de discotequeros ochenteros. Pero en Hel ocurrieron dos tragedias paralelas y desconcertantemente parecidas. Y todo gracias a su especial configuración geográfica. Hel es una isla sin serlo, un fin de trayecto, una estación término, la punta de una protuberancia que no llega a ser exactamente península ni tómbolo. Más bien callejón sin salida, primero para el ejército polaco en la invasión de los nazis, finalmente para los nazis en el contraataque del ejército Rojo.

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El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán entró en Polonia como Perico por su casa y coronó su invasión de Polonia en pocos días. Sin embargo, al norte del país, en el interior del mar Báltico, resistía una débil lengua de arena que había pertenecido a los alemanes durante casi tres siglos: la península de Hel. Mientras todo el país se derrumbaba como un complicado laberinto de fichas de dominó, los 3.000 soldados de la Unidad Fortificada de Hel resistieron como la casi isla que eran en una nación que ya estaba de rodillas. El 2 de octubre de 1939, cuando ya Polonia no existía sino como conquista alemana, el batallón de Hel se rindió, exhausto y malhumorado. Los últimos de Polonia resistieron como pudieron, parapetados al final de este extraño corredor: hundieron un destructor alemán, hicieron caer una cincuentena de aviones nazis, los buques anclados a sus orillas contribuyeron con sus marineros a la defensa de la exigua ciudad, los polacos demostraron un valor inexplicable lanzando, de cuando en cuando, contraataques que desconcertaban a los nazis, tan seguros de su victoria. La alternativa a la muerte en la lucha no resultó mucho más alentador: a pocos kilómetros se abrió el primer campo de exterminio nazi fuera de Alemania.

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El mayor grado de paroxismo se alcanzó el 25 de septiembre cuando los polacos colocaron unas potentísimas bombas procedentes de torpedos que destruyeron la lengua de arena en sí misma y dejó el extremo oriental de la península convertida, ahora sí, en isla. Hoy no se nota la cicatriz y sí que, sin embargo, el descabellado acto no fue más que un reflejo de la desesperación porque apenas una semana después, el 1 de octubre, el contralmirante, angustiado por la falta de víveres y de refuerzos en un país que ya no existía sino como una gran máquina de picar carne, capituló y los alemanes se apoderaron del último rincón de Polonia que no estaba aún en sus manos.

Hel por Hachero
La entrada a Hel no deja de tener un algo tétrico en otoño...
La historia no dejaría de tener su interés exclusivamente para los estudiosos de la II Guerra Mundial, que son muchos, de no ser porque, apenas seis años después fueron los soldados del ejército nazi los que capitularon cuando la Alemania nazi era un recuerdo cercano. El 10 de mayo de 1945, días después de la capitulación del Reich, los soldados alemanes, alrededor de 30.000 más otro tanto en civiles que huían de los rusos, seguían parapetados en este remoto rincón del Báltico, asediados por el Ejército Rojo, sin más pasillo que recorrer, sin víveres ni vituallas, con su Fürher ya cadáver y el otrora imperio nazi desaparecido, nunca mejor dicho, en combate.

Hel por Hachero
Hel por Hachero
Hel por Hachero
Hel por Hachero

Los monumentos que recuerdan a los héroes de Hel están por todas partes, eso sí. Aquí se conmemora la rendición de Hel, el dos de octubre, allí el momento en el que decayeron las fuerzas, un día antes, a las afueras del pueblo los nostálgicos aún visitan la tumba de los caídos en el 39, más allá un museo al aire libre recrea las trincheras y rescata algunos proyectiles de la época...

Hel por Hachero

Hel por Hachero

Hel por Hachero

Hoy Hel tiene su ojos en otra cosa: el turismo, una industria de lo más estacionaria porque en otoño e invierno el clima no es que sea frío: es que duele, y las decenas de hoteles y restaurantes que jalonan la desolada calle principal están vacíos o en semipenumbra. En el puerto los pescadores sacan cubos de arenques y en el mar, con el frío que hace, cientos de cisnes despliegan sus alas en una extraña imagen.Hel por Hachero

Hel por Hachero

La contraofensiva no dejó de tener su interés. En marzo de 1945, el ejército rojo de la Unión Soviética avanzó por el frente de la Pomeramia, desmantelando todo el entramado nazi que se derrumbaba como un castillo de naipes. El 28 de marzo, el Primer Frente Bielorruso del Ejército Rojo tomó Gdynia y Gdansk, con casi veinte mil prisioneros y cuarenta y cinco submarinos alemanes capturados, y el 5 de abril los soviets embotellaron a los alemanes en la trampa donde antes ellos mismos habían embotellado a los polacos.
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Hasta el 10 de mayo de 1945 el ejército ruso no se hizo con este extremo de la dichosa península. Hitler, que había tenido su base no lejos de aquí, llevaba ya diez días muerto, nueve en el caso de Goebbels, y el Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las fuerzas germanas había hecho pública su rendición sin condiciones tres días atrás, el 7 de mayo. Como la rendición se había realizado ante los altos mandos de los ejércitos británico y estadounidense, los rusos se molestaron un pelín y llevaron casi que en volandas a los jefes de la Wehrmacht ante el todopoderoso general Zhukov, comandante en jefe de los ejércitos rojos: la rendición se hizo extensiva a todos los frentes y los disparos comenzaron a silenciarse. Curioso, me digo mientras paseo por este balneario gélido, que en este lugar los alemanes acorralaran a los polacos sintiéndose invencibles y que luego fueron acorralados por los soviéticos mientras se sentían los últimos guarapos del imperio. Los alemanes trasladaron a todos los civiles a esta lengua de tierra, ahí se acumularon los últimos soldados defensores de la cruz gamada, todos huyendo en desbandada de la Gran Venganza Rusa para terminar emparedados entre la sed de justicia y un mar helado y lleno de cisnes… Cuando el último soldado nazi salió de Hel, la Alemania nazi ya no existía y sus víctimas serían ahora sus verdugos...
Hel por Hachero


martes, 25 de marzo de 2014

Viaje a Polonia: el Papa Juan Pablo II como superhéroe nacional polaco

el Papa Juan Pablo II por Hachero


Está por todas partes. Si en vida soñó alguna vez con lograr el don de la ubicuidad o en la Omnipresencia, cosa que dudo, lo consiguió tras su muerte. En pocos sitios puedes encontrar que un superhéroe popular vista la blanca sotana de un Papa pero ahí está, enfrentándose al mal, caracterizado por una andrógina presencia irreal, con melena rojiza al viento y capaz de generar una cascada de sangre con sus sucios colmillos hundidos en el antebrazo del héroe más católico después de Jesucristo. En Polonia Karol Jozef Wojtyla, comúnmente conocido como Juan Pablo II, se asoma desde las paredes del metro, te otea desde la posición dominante que le confieren las miles de estatuas que siembran el país, te observa sonriente en las exposiciones de fotos, de cuadros, en los templos, pareciera que una vez asumida su presencia sientes sus ojos clavados en el cogote y no hay lugar donde puedas esconderte ni siquiera para un pecado venial porque él, o Él, el Papa difunto, el SuperKarol de los lóbregos túneles polacos, está siempre ahí.

el Papa Juan Pablo II por Hachero

Karol Wojtyła no fue solamente Papa: fue todo lo que uno puede pensar que se puede ser. Por ejemplo, está considerado como un importante filósofo personalista, formado en el tomismo, que es la corriente filosófica que toma sus fuentes de Santo Tomás de Aquino, un autor a cuya obra dio una vuelta de tuerca para desarrollar una ética antropológica personalista, según la Enciclopedia filosófica. En sus tiempos mozos, el luego Papa fue un experto jugador de ajedrez, una carrera que quedó truncada con la invasión nazi y la posterior soviética. Trabajó en una cantera, en un laboratorio químico, fue actor a las órdenes de un célebre autor polaco, la Gestapo lo tuvo en búsqueda y captura y finalmente se ordenó cura, donde hizo carrera. Era un tipo brillante, inteligente, y aplicaba sus conocimientos de ajedrecista al mundo, y al espíritu, para enfrentarse a sus rivales en unas larguísimas partidas repletas de movimientos arriesgados. La sotana de cura le quedó pronto pequeña y se enfundó la de Vicario, más tarde la de Obispo, Arzobispo, Cardenal y finalmente Papa.

El Papa Juan Pablo II por Hachero
El Papa a las puertas del puente de madera más largo del Báltico, en la ciudad de Sopot
Un Papa de Polonia, y eso no es cualquier cosa porque el polaco es el nacional de un país sometido a las permanentes humillaciones que le confieren sus poderosos vecinos, ahora lo invadían los alemanes por el oeste, ahora lo invadían los rusos por el este, ahora lo invadían los alemanes más píos con el extravagante nombre de los Caballeros Teutónicos por el oeste, ahora lo invadían los tártaros por el este, ahora los nazis por el oeste, ahora los soviéticos por el este. Un devenir cíclico digno de Heráclito pero que les ha llevado a recibir tantas bofetadas que cualquier victoria, cualquier personaje que elevara el espíritu nacional pasaba directamente a la categoría de Superhéroe, como ya lo son Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido por su nombre inglés, Joseph Conrad, o el pianista Frederick Chopin, cuyos Nocturnos resuenan en cada restaurante de bien….

El Papa Juan Pablo II por Hachero
El Papa en Ostroda

El Papa además conocía el hartazgo que sus paisanos tenían por el régimen soviético y el 2 de junio de 1979 voló desde el Vaticano a Varsovia para inaugurar uno de sus más imborrables improntas: la de besar el suelo del país. En este caso era su país, Polonia, una nación en la que nació pero que no tenía relaciones con el país que ahora dirigía, el Vaticano, una extraña coincidencia que desvelaba lo que era un secreto a voces: el país con un sentimiento más fervientemente católico de Europa apenas se llevaba con lo que no era sino su fuente de inspiración y centro de su querida iglesia. Y todo por esos gerifaltes que dirigían el país siguiendo las premisas que les llegaban de Moscú y enredándose en una corrupta e ineficaz burocracia que limaba las pías almas de los más cristianos de la esfera rusa. ¡¡El acabóse!!, pensaban todos sus paisanos entre vodka y vodka, aunque pocos con el coraje de decirlo en público. En la memoria colectiva aún morían una y otra vez los 80 obreros de los astilleros de Gdansk, asesinados sin contemplaciones por fuerzas antidisturbios en una huelga que llegó a tocar las narices de Moscú. De aquellos heroicos obreros tan sólo uno se atrevía a abrir la boca de cuando en cuando, un señor con grandes bigotes llamado Lech Walesa que comenzó su carrera al Olimpo polaco como un combativo electricista en paro y luego llegó a presidente con Juan Pablo como su inspiración...

Juan Pablo II y Lech Walesa

Tras la visita de Juan Pablo II, los reivindicativos obreros de Gdansk, y su bigotudo líder al frente, volvieron a las huelgas, a la épica de la lucha obrera, a las multitudes solidarias que tomaban heladas plazas bajo la nieve. Se sentían impulsados por ese Karol que ahora vivía en el Vaticano y así lo dijo Walesa a la prensa que quiso escucharlo: 'un enviado del cielo, un papa polaco', dijo, un Papa que 'fortaleció en nosotros la esperanza'. Así que el antiguo ajedrecista diseñó un golpe que retumbara por toda la sociedad polaca y por el imperio de hielo que Moscú había trenzado cuan Penélope con escarcha. Su visita a Polonia comenzó a resquebrajar ese hielo mientras que, al tiempo, su personalidad adoptó un halo de superhéroe que volaba con su capa blanca para solucionar los más complicados entuertos. Si le disparaba un turco, el enemigo tradicional del cristianismo en la Europa Oriental, el Papa polaco cicatrizaba su herida en un santiamén, si la naturaleza le ponía un obstáculo en forma de molesto Parkinson el Papa polaco multiplicaba sus viajes por todo el mundo y lo mismo aparecía en Colombia, o en las Filipinas, lo mismo besaba el suelo aliado de los católicos españoles que el menos afín de Israel o el tradicionalmente hostil de Cuba. Con cada uno de sus 104 viajes el mito creció, sobre todo entre sus paisanos, que lo veían ya como la solución a las estrecheces que vivían y, sobre todo, un repulsivo a la crisis identitaria de un país estrujado entre dos gigantes.

El Papa Juan Pablo II por Hachero
Estatua de Juan Pablo II en Elblag

Hoy su aldea natal es un lugar de peregrinación (sobre todo de peregrinos españoles como estos) y su imagen está por doquier. El Papa reparte bendiciones en una estatua de bronce, el Papa saluda a una oculta multitud desde el fondo de un lienzo, el Papa sonríe plácidamente en un altorrelieve, el Papa te vigila en las alturas, el Papa te inspira como líder nacional, espiritual, como un enviado de Dios, como el último reducto del espíritu polaco. El Papa Juan Pablo sigue ahí, mirándote, y tú, que paseas por las calles de Polonia, no sabes muy bien qué pensar ni si el Papa te observará también en la intimidad de tu alcoba.

Juan Pablo II por Hachero
Juan Pablo II en Gdansk

viernes, 14 de marzo de 2014

Viaje a la Guarida del Lobo: Wolfschanze, los bunkers de Hitler en la espesura de los bosques polacos (...y III)

Lugar del atentado a Hitler
'En Prusia oriental hacia un calor sofocante esa mañana y las ventanas de La Guarida del Lobo se encontraban abiertas. Göring discutía malhumoradamente con el general Friedrich Kless, el jefe del estado mayor de Greim, a varios centenares de metros del búnker de Hitler, los motivos por los que la Luftflotte 6 (la flotilla aérea) no enviase sus escasos He 177 (bombarderos de largo alcance) hasta los Urales para bombardear las plantas energéticas soviéticas. 'Nuestra discusión privada se estaba desarrollando de forma muy acalorada', recuerda Kless, 'cuando de pronto Göring fue alertado por teléfono: acababa de producirse un atentado contra la vida del Führer a unos centenares de metros del lugar donde nos encontrábamos'. El autor de la llamada era el adjunto de Hitler, el coronel von Below. Con voz demudada, les explicó a gritos que acababa de estallar una bomba debajo de la mesa de conferencias del Führer. Este estaba vivo, pero los generales de la Luftwaffe Bodenschatz y Korten habían resultado heridos (este último mortalmente, según se comprobaría luego). Después de acompañar a Hitler hasta la estación más próxima para recibir a Mussolini, a quien no podía tragar, Göring se acercó a examinar la cabaña de conferencias destrozada por la bomba. Se quedó asombrado de que Hitler hubiese podido sobrevivir a una explosión que había partido por la mitad la pesada mesa de roble. 'Hoy estoy más convencido que nunca de que una providencia todopoderosa nos concederá la victoria', declararía al día siguiente ante sus hombres'

biografia de Göring de Irving, Altaya, 2008, Aquí el libro (en inglés)

Barracón del atentado a Hitler, por Hachero

Del lugar donde el general Stauffenberg colocó un maletín con explosivos apenas quedan unos restos de muro tapizados de un musgo verdísimo. Una placa recuerda el momento, alguna fotografía en un panel explica que fue el momento crucial donde pudo cambiar el rumbo de la contienda, en la sucesión de imágenes se ve a Mussolini contemplando los destrozos ante la incrédula mirada de Hitler. Ocurrió el 20 de julio de 1944, cuando los vientos de la guerra soplaban ahora con fuerza desde el este y el propio Führer adivinaba ya un cambio en su suerte. El coronel, y conde, Claus von Stauffenberg intentó el golpe de estado gestado en la célebre Operación Valquiria, un plan que nació en 1938 pero que nadie se atrevió a ejecutar hasta ese momento. La película de Hollywood, Valkiria se basa en ese momento y en este lugar.

bunker de ketiel en Wolfschanze, por Hachero
Los hierros sobresalen de las piedras formando curiosas estalactitas
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El 14 de febrero, en Prusia Oriental, un convoy de vehículos militares con distintivos del Ejército Rojo abandonaba la ruta principal de Rastenburg a Angeburg para tomar una carretera secundaria que desembocaba en un frondoso pinar. Toda la región estaba inmersa en una atmósfera de melancolía.

Hitler en Wolfschanze
Hitler en Wolfschanze
Desde el camino podía verse una alta valla de alambre de espino, así como una alambrada plegable. Los vehículos no tardaron en llegar a una barrera en la que un cartel en alemán rezaba: “Alto: Emplazamiento militar. Prohibida la entrada a la población civil”. Se trataba de la entrada al antiguo cuartel general de Hitler, la Wolfsschanze.

Los camiones transportaban tropas de guardias de la 57a división de fusileros del NKVD 2. Los oficiales que comandaban el convoy vestían uniformes del Ejército Rojo, si bien no debían lealtad alguna a su cadena de mando. En cuanto miembros del servicio de contraespionaje SMERSH, sólo respondían, en teoría, ante Stalin. En ese momento no profesaban un gran aprecio al Ejército Rojo: los vehículos destartalados que les habían proporcionado procedían de unidades que habían tenido la oportunidad de librarse de lo peor de sus equipos. A pesar de que era una práctica frecuente, el SMERSH y el NKVD no parecían agradecerlo.

casa de Göring en Wolfschanze, por Hachero
Esta era la casa de Göring

Su dirigente llevaba puesto el uniforme de general. Se trataba del comisario de Seguridad Estatal del segundo rango, Viktor Semyonovich Abakumov. Laurentius Beria lo había nombrado primer jefe del SMERSH en abril de 1943, poco después de la victoria de Stalingrado. Abakumov seguía de cuando en cuando la costumbre, aprendida de su dirigente, de arrestar a mujeres jóvenes para violarlas, aunque la especialidad de su jefe era la de participar con una porra de goma en las palizas que se propinaban a los prisioneros. A fin de no estropear la alfombra persa de su despacho, “se desplegaba sobre ella una sucia estera salpicada de sangre” antes de introducir al desdichado recluso.

Bunker de invitados, por Hachero

A Abakumov, a pesar de que aún era jefe del SMERSH, lo había enviado Beria “para que tomase las medidas propias de la Cheka que considerara necesarias” tras el avance del tercer frente bielorruso hacia Prusia Oriental. Abakumov se había cerciorado de que el número de hombres que se hallaban directamente a sus órdenes, doce mil, fuese el más elevado de todos los adscritos a cualquier grupo armado de los que invadían Alemania. Incluso era mayor que el de los soldados que se hallaban con los ejércitos del mariscal Zhukov.

Bunker de Bormann en Wolfschanze, por Hachero
Bunker de Bormann
A su alrededor se extendía una capa de nieve húmeda. A juzgar por el informe que presentó a Beria, las tropas del NKVD desmontaron para bloquear la carretera mientras Abakumov y los demás oficiales del SMERSH comenzaban su inspección. Sin duda actuaron con cautela, dado que ya se había informado de la existencia de trampas explosivas alemanas colocadas en la zona de Rastenburg. A la derecha de la barrera situada en la entrada se erigían varios fortines de piedra que contenían minas y material de camuflaje. A la izquierda se hallaban los bloques de barracas en los que se habían alojado los guardias. Los oficiales del SMERSH encontraron hombreras y uniformes del batallón Führerbegleit. El temor que había invadido a Hitler el año anterior de ser capturado durante un ataque sorpresa de paracaidistas rusos lo había llevado a “convertir el batallón de guardias del Führer en una brigada surtida”.

bunker de keitel en Wolfschanze, por Hachero
El bunker de Keitel, el asistente pelota de Hitler
Siguiendo la carretera que se internaba en el bosque, Abakumov pudo ver señales a ambos lados del camino, cuyo contenido tradujo su intérprete: “Prohibido salir de la carretera” y “¡Peligro: minas!”. Apuntó cada detalle con el fin de redactar un informe para Beria, que sabía que acabaría en manos de Stalin: el Jefe tenía un interés obsesivo en todos los pormenores de la vida de Hitler...

Lo que más llama la atención del informe de Abakumov, sin embargo, es el alto grado de ignorancia del que, según pone de relieve, adolecían los soviéticos en relación con aquel lugar. Este hecho resulta en especial sorprendente si se tiene en cuenta el número de generales que habían capturado e interrogado entre la rendición de Stalingrado y los albores de 1945. Al parecer, habían tardado casi dos semanas en encontrar aquel complejo de cuatro kilómetros cuadrados. El camuflaje que lo hacía invisible desde el aire resultaba sin duda impresionante: no había carretera ni callejón que no estuviese cubierto de redes verdes. Toda línea recta se había disimulado con árboles y arbustos artificiales, y las bombillas del exterior eran de color azul oscuro. Incluso los puestos de observación, que llegaban a los treinta y cinco metros de altura, se habían dispuesto de tal manera que pareciesen pinos.

bunker de Ketiel en Wolfschanze, por Hachero
Interior del bunker de Keitel
Cuando se introdujeron en el primer perímetro interior, Abakumov observó las “defensas de hormigón armado, alambre de espino, campos de minas y un buen número de puntos de tiro y barracones para los guardas”. Los búnkeres de la Entrada nº 1 habían sido dinamitados después de que el Führer hubiese dejado el recinto de forma definitiva el 20 de noviembre de 1944; desde entonces habían pasado menos de tres meses. Con todo, Abakumov no tenía idea de por qué habían abandonado el complejo. Llegaron a una segunda cerca de alambre de espino, a la que siguió una tercera. En el interior del recinto central encontraron una serie de búnkeres con postigos blindados unidos a un garaje subterráneo con capacidad para dieciocho coches.

Casa de Göring en Wolfschanze, por Hachero
Casa de Göring
“Entramos con gran cuidado”, escribió Abakumov. Encontraron una caja de caudales, pero se hallaba vacía. Las habitaciones, según anotó, contaban con “un mobiliario muy sencillo”. (En cierta ocasión se describió el lugar como un cruce de monasterio y campo de concentración). Los oficiales del SMERSH sólo estuvieron seguros de haber encontrado el lugar correcto al descubrir en una puerta un cartel que anunciaba: “Asistente de la Wehrmacht del Führer”. La habitación de Hitler, por su parte, estaba identificada por una fotografía suya con Mussolini.

Abakumov no reveló emoción alguna por el hecho de hallarse por fin en el lugar desde el que el dirigente alemán había dirigido su despiadado ataque contra la Unión Soviética. Por el contrario, parecía mucho más preocupado por las construcciones de hormigón armado y por sus dimensiones. Todo hace pensar que, impresionado, debió de preguntarse si Beria y Stalin no estarían interesados en construir algo semejante. 'Creo', escribió, 'que sería una buena idea hacer que nuestros especialistas inspeccionasen el cuartel general de Hitler y vieran la excelente organización de todos estos búnkeres'. A despecho de su inminente victoria, los dirigentes soviéticos no daban la impresión de sentirse mucho más seguros que su gran enemigo.

Berlín, la caída (1945), de Antony Beevor. Crítica, Barcelona, 2002.

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WOLFSCHANZE por Hachero
La impresión de Abakumov no impidió que también los rusos trataran de destruir el recinto. Si el mariscal de Campo Johann Keitel, al que sus compañeros llamaban 'Lakeitel' (vasallo en alemán) por su extremo peloteo al Führer, ordenó volar todos y cada uno de los bunkers para que no se aprovechara nada, los soviets lo observaron todo con mucho interés pero decidieron que mejor estaría por los suelos, como la mismísima imagen del Führer.

bunker de hitler en wolfschanze, por Hachero
Los muros del bunker de Hitler son tan gruesos que no hay quien los rompa

hotel en los bunkers de Hitler en Wolfschanze, por Hachero
El lugar tiene incluso un hotel en un antiguo búnker
Pero ahí sigue, en pie, imponente en su destrucción, tan disimulado como los ingenieros de la OT la concibieron en sus inicios, un monumento mudo a una civilización extinta y asesina, poderosa y cruel, un remedo de aquellas ruinas mayas, incas o mexica, de los misteriosos pueblos jemeres o birmanos, un canto a la locura más organizada. Durante años los vecinos vinieron a jugar entre los bunkers, dicen que incluso se organizaron partidas de paint ball, hoy incluso es posible dormir en el salón de reuniones, donde se ha levantado un hotel para frikies, pasear entre visitantes que quieren sentir las malas vibraciones, o tal vez huir de tanto baño en los numerosos lagos cercanos, que atraen a decenas de miles de veraneantes cuando el calor hace más agradables estos bosques.

lituana posando en Wolfschanze, por Hachero

Al final de mi visita aparece un nutrido grupo de turistas. Son lituanos y entran en todos los bunkers donde se prohibe la entrada. Una chica se contonea ante el bunker de los telegrafistas mientras su compañero le saca fotos. Cualquiera de ellos dejará una pintada en uno de estos muros, cualquiera de ellos recordará que ama a una persona y tallará otro corazón en un árbol. Porque la vida sigue y las terribles órdenes y los fantasmas de los soldados que deambulan entre el musgo y las hojas caídas del bosque otoñal no son más que recuerdos de un pasado del que algunos dudan, del que otros reniegan, del que todos debemos aprender.

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