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miércoles, 10 de febrero de 2016

Viaje a Mardin: kurdos, libros infantiles y una larga historia (I)

En Cizre los niños kurdos pasan más tiempo lanzando cocktailes molotov que leyendo libros como los que me da Osmán


En una enorme mansión del centro de la ciudad de Mardin, Osman Baran quiere enseñarme algo: un libro infantil. Es más: muchos libros infantiles. Se empeña en que me los lleve a España y se los enseñe a todo el mundo. Gracias, le digo, pero me incomoda pensar en llevar esa enorme colección de libros infantiles en la mochila. 'Por libros como estos ha muerto gente en el Kurdistán', me dice serio y entonces bajo los ojos y los hojeo. Me parecen inocentes dibujos infantiles, están subtitulados y los libros además pueden leerse en dos direcciones.

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'Están escritos en turco y en kurdo y eso siempre ha sido un acto revolucionario', me dice Osman a través de mi amigo Yan, un arquitecto de Estambul que traduce al español. ¿Revolucionario un libro infantil? Miro circunspecto a Yan, con sus enormes pantalones bombachos, miro ceñudo a Osman, con su enorme bigote y su cara de oso grandote.

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Pues sí. Los libros infantiles pueden ser revolucionarios y prácticamente cualquier cosa podía alcanzar esa categoría. Por ejemplo, en 2006 el alcalde de la cercana ciudad de Diyarbakir, Abdullah Demirbas, del partido Paz y Democracia, inauguró una estatua dedicada a la lucha contra el maltrato infantil y la fiscalía lo llevó a juicio porque pensó que era una clara alusión un niño kurdo de 12 años muerto por la policía turca durante una protesta. Las acusaciones de la fiscalía turca durante la primera década del siglo XXI alcanzaron ribetes de surrealismo por juicios como estos:

- Imprimir anuncios en turco y kurdo para concienciar sobre la lucha de los Derechos Humanos

- Traducir el sistema libre de software Ubuntu al kurdo

- Publicar libros para niños en kurdo y turco

- Publicar libros en lengua kurda sobre cómo mejorar la salud en zonas rurales

- Publicar un libro con nombres kurdos para bebés

- Repartir felicitaciones con la palabra kurda del nuevo año kurdo: Newroz

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Hoy cosa ha cambiado levemente pero Osman recuerda orgulloso que fue su padre, Aziz, uno de los luchadores locales de la causa kurda. 'Mi padre levantó el primer cine de la ciudad, el primer festival de teatro, impulsó la publicación de libros escritos en turco y kurdo', comenta apasionado este antiEdipo completamente rendido a su papi. 'Llévese los libros', me insiste, y sin saber muy bien por qué aparezco en mi hotel con una colección completa de libros infantiles escritos en kurdo. Y con ellos me llevo la historia de los Baran, que el bueno de Osman se empeña en que escriba minuciosamente, desde 1927, cuando su abuelo, Aziz, fue expulsado de la ciudad tras la rebelión de Sheikh Said, que pretendía resucitar ese Califato que ahora levanta el Estado Islámico algo más al sur. 'La historia de mi padre es la historia de los kurdos en el siglo XX', dice, 'primero el genocidio cristiano, luego las revueltas por la identidad religiosa, más tarde la desaparición de la conciencia de etnia, luego los devaneos con los partidos comunistas y ahora la lucha por la integración'.

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Las calles de Mardin son color miel y repletas de enormes mansiones que por la noche resultan tétricas y oscuras pero encantadoras

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El propio Sheikh Said murió ahorcado en 1925 indignado con un Ataturk que no quería más etnias que la turca en Turquía ni más religión que el Laicismo. Una afrenta que atormentaba a muchos kurdos piadosos, que no habían dudado en asesinar a cientos de miles de cristianos a las órdenes de los tres Pachás, culpables para siempre del genocidio de armenios y asirios como muestra de su lealtad al imperio otomano, un genocidio que ha pasado a la memoria kurda como Seifo, 'el año de la espada'. Claro que aquellos tiempos ya quedaron atrás y los tres Pachás y el mismo imperio otomano eran el recuerdo de una grandeza que ya no se vería más: era la hora de recuperar su identidad, pensaron antes de caer borrados por el enérgico Ataturk.

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El abuelo de Osman, Aziz, diluyó su espíritu kurdo en un mar de aculturación en el que cualquier etnia distinta de la turca no existía por decreto. Los kurdos fueron denominados entonces 'turcos de las montañas', y el esplendor pasado, (los kurdos se consideran descendientes de los Medos), se diluyó igualmente, a pesar de suponer un tercio de la población del país. Aziz encontró esposa en Diyarbakir y regresó a su ciudad natal cuando la revuelta se calmó para probar suerte en el transporte porque los seres humanos, pensaba, siempre necesitan comer y beber, dormir en una cama, vestirse e ir a otros lugares. Todo lo demás es accesorio, irá y vendrá, pero lo básico siempre será lo más seguro. Por eso, y una vez hicieron dinero con el transporte, acondicionaron la gran casa familiar como hotel. Era el año 1952 y todo funcionó hasta la muerte del patriarca, quien dejó como heredero al joven Aziz, el padre de Osman, con sólo 17 años, un joven que decidió estudiar economía para afianzar el pequeño imperio familiar.

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Y así, el joven heredero que rezaba cinco veces y cuyo padre había luchado por imponer la sharía descubre de pronto el marxismo y cae fascinado por las teorías del alemán. Tanto que en 1974 el hasta entonces rentable hotel cayó fulminado por las deudas. Y Aziz, obsesionado por las injusticias sociales, se presentó a las elecciones como kurdo marxista en una época de militares anticomunistas y de kurdos que no sabían que eran kurdos. Y encima perdió por sólo 125 votos. Aziz vuelve a intentarlo nuevamente en 1978, continúa Osmán, ahora en coalición con un amigo que admira a Mao Zedong, ¡¡un maoísta kurdo en las desérticas llanuras de la Anatolia turca!!. Así, de coalición en coalición, Aziz llega al Partido Turco Socialista del Proletariado, uno más de las decenas de partidos comunistas que jalonaba la Turquía de los años 70, y logra, ya en 1980, un tercio de todos los votos de su ciudad: Mardin. Pero el gafe acompañaba al ya político Aziz y el 12 de septiembre de 1980 el ejército irrumpe en la escena política con un golpe de estado marcado por una premisa: todos turcos, todos hermanos. Así pues, sobran las etnias diferentes, sobran llamadas religiosas a instaurar la sharía, sobran las guerrillas revolucionarias y étnicas (como el PKK de Abdullah Ocalan). Y el Aziz político, marxista, socialista y maoísta huye porque es sospechoso doble, por kurdo y por rojo, y huye hasta la (para mí) exótica Iskenderum, en la actual Irak, y tan asfixiado está el hombre que desempolva su espíritu empresarial cubierto durante años por gruesas capas de marxismo y triunfa con un negocio de avituallamiento de barcos.

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Con el tiempo, y los militares lejos del poder (aunque no tanto), Aziz vuelve a casa, ya algo menos marxista pero siempre un izquierdista convencido y vuelve a deambular de partido en partido hasta que, en 1998, consigue el cargo de gobernador y hasta un puesto como parlamentario en Ankara (aunque el sistema electoral turco del momento invalida a los vencedores si el partido no logra un mínimo del 10% de la votación total). Sus últimos años los pasa en un quiero y no puedo, expulsado de la política por la nomenklatura y no por los votantes. Aziz se da a la bebida, a internet y a los cigarros que su madre le liaba compulsivamente. Ahora, ciego y casi paralizado, Aziz ofrece consejo a los kurdos que quieren escucharlo, les recuerda cómo sus compañeros terminaron muertos o en prisión y que la burocracia y la represión terminaron por minar su alma. Pero no la del pueblo kurdo, me dice su hijo, Osmán, mientras une en un hato todos los libros infantiles. No hay escapatoria: tendré que llevarme el lote entero, pero el rato y la historia han merecido la pena...

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domingo, 4 de noviembre de 2012

Viaje a la Anatolia: la primera misa armenia en noventa y siete años

Durante los ultimos noventa y siete años la campana de la iglesia de Surp Diyarbakir Gragos no ha sonado ni una vez. Hasta el 4 de noviembre de 2012, cuando un emocionado religioso tiro con fuerza de su cuerda para que su repicar inundara el casco antiguo de Diayarbakir. Frente al religioso, ancianos procedentes de media Europa, algunos de Rusia, una señora decia venir de Suecia, muchos de Estambul y, por supuesto, las cinco familias abiertamente declaradas armenias de la ciudad. Y prensa, incluso internacional que no era yo, que mas bien pasaba por alli. A las puertas del templo restaurado policias de paisano delatados por escandalosos pinganillos y estridentes walki talkies, familias kurdas que no querian perderse el acontecimiento, cristianos de la cercana iglesia caldea de rito sirio. En el patio de la iglesia, ambiente de la boda del Padrino, niños emperifollados corriendo mientras los ancianos hablan de sus cosas sentados en sillas de plastico blancas a la sombra de un frondoso limonero. Pero, con ser pintoresca la imagen, lo mejor esta dentro, en el templo, donde un atribulado grupo de ancianas contiene las lagrimas a duras penas. Y yo con ellas. La misa es como todas las misas armenias, ya saben: los religiosos congregados ante el altar, ahora suben unas escaleras, ahora echan una cortina, la vuelven a abrir, vuelta a bajar las escaleras y nuevamente congregados ante al altar ante el fervor de los feligreses.


Lo relevante es que la ultima vez que se pudo ver este enrevesado rito fue noventa y siete años atras porque, desde entonces, la iglesia de Surp Diyarbakir Gragos ha estado prohibida, tras la pertinente destruccion de edificio y comunidad. Y eso que tiene años para contar calamidades: construida en 1376 estuvo en uso hasta 1915, cuando los tres Pasha que dominaban los ultimos tıempos del agonico imperio otomano sentenciaron al pueblo armenio a la extincion. Hasta millon y medio murio a manos de los turcos, y de los kurdos que ahora vienen curiosos, y hasta de los circasianos que venian, a su vez, de ser exterminados por los rusos, millon y medio de muertos y varios mas que optaron por el exilio para salvar el pellejo. De aquellos terribles acontecimientos que puedes ver aqui y que estan recogidos en el museo del genocidio de Erevan, la capital de Armenia, se acuerdan a diario los mas ancianos, condenados a vagar en sus infancias por medio mundo hasta encontrar consuelo en alguna tierra hospitalaria, y desde aquel entonces la iglesia de Surp Gragos ha sido cuartel general en la segunda guerra mundial y almacen de algodon en la posguerra hasta que quedo en su estructura, abandonado y pasto de las cabras, que aqui son legion. Los armeniıos estaban prohibidos y destinados al olvido por aquellas molestas rebeliones de principios de siglo cuando, al estilo de la lucha kurda de hoy, pensaron que podian pescar de las aguas revueltas del fin de un imperio, el otomano.

Ası era la iglesia hace no tanto tiempo
Y ası es ahora que esta restaurada

 Tanta ha sido la ilusion en volver a verla entera que la campana, dicen aqui, viene de Rusia y que la rehabilitacion ha costado dos millones de liras, supongo que turcas, lo que haria un millon de euros mas o menos. Chinos es uno de esos armenios locales, de Diyambakir, un guaperas de ojos verdes y melena rizada con pinta de no haber roto un plato en su vida que despliega su sonrisa con alegria hasta que le pregunto por sus sentimientos: no tengo palabras para describirlo, me dice, han sido tantos años con la identidad borrada que el mismo, que no se considera ya ni cristiano ni musulman, comun denominador de los jovenes modernos, no puede evitar emocionarse. Debe de ser una de las cinco familias que mantienen los ritos en la ciudad, segun Pilit, una rubia de ojos azules que vive apasionada el regreso de los cultos armenios a su ciudad. Porque, hay que decirlo, se trata de la primera vez en noventa y siete años que el gobierno turco permite la rehabilitacion de un templo armenio para su su uso religioso y no como simple museo, como hasta ahora. 
el campanero vive emocionado el momento rodeado de prensa
y el vecindario kurdo se asoma a ver el novedoso sonido
y alguno se atreve a entrar a ver el espectaculo cristiano armenıo...

Porque hace dos años, insisto, esto era un solar frecuentado por cabras y por los miles de niños de la calle que pululan por la ciudad con el armazon de la estructura como unico recuerdo de que aqui hubo una vez un templo y una prospera comunidad armenia que desaparecio masacrada. Aunque no del todo, dice Chinos, extraño nombre este, porque muchos se convirtieron al islam y hoy profesan otra religion. Eso si, no es el caso de su familia, ni el de la rubia Pilit, que han aguantado un temporal de noventa y siete años que ha escampado el cuatro de noviembre de 2012 al tiempo que parece abrirse una nueva relacion de Turquia con Armenia, su gran lunar negro. 


 Los turcos siguen negando el genocidio, algo que ya es delito en Francia, por ejemplo, a la altura del nazi, aunque sera por la cantidad de armenios que encontro refugio entre galos y del que Charles Aznavour es el emblema mas recordado. En su defensa, de los turcos, hay que decir que tambien sufrieron sus masacres y que incluso desde lo mas alto del poder se hizo algun intento por detener las matanzas, aunque lo unico cierto es que los muertos armenios son legion y los exiliado superan con creces a los habitantes del pais que consiguieron tener tras el fin de la Union Sovietica. Hace tres años se celebro ademas el primer partido de futbol entre las selecciones turca y armenia, con sonora victoria turca por cierto, y ahora el gobierno de Ankara abre aun mas la mano con este gesto en la muchas veces milenaria Diyarbakir. Algo es algo, dicen los armenios entre lagrimas. Pero el dedo que intenta tapar el agujero armenio, que nos ha dejado joyas del exilio como Cher, Andre Agassi o Alain Prost, no alcanza a tapar lo que podemos considerar la desintegracion ralentizada del imperio otomano, fijense ustedes, casi un siglo despues de la batalla de Galipolis, porque en esta misma ciudad de Diyarbakir reside el corazon del pueblo kurdo, irredento e irreductible, que sale cada dia a la calle a tirar piedras a la policia y poner bombas a los militares aspirando, dicen, a su propia patria: ellos, que eran de entre los turcos los mas leales y que en Estambul denominan con cierta superioridad y desprecio turcos de las montañas. 



Dos paradojas, pues, unidas en la misma ciudad, la de los armenios que quisieron ser patria y murieron en el intento y el de los kurdos, quien sabe si ultimo acto del drama de la desintegracion ralentizada, como decia, del antiguo imperio otomano. Despues de perder el dominio sobre bulgaros y serbios, griegos y albaneses, iraquies y palestinos y hasta egipcios y magrebies y caucasicos, tal vez se aferren a los kurdos como ultima posesion, como le sucedio a España con Cuba tras una debacle que duro tambıen varios siglos. De momento, con la iglesia de Surp Gorgos, Turquia pone fin a una injusticia de noventa y siete años. Sera porque no hay mal que cien años dure. Aunque ha estado cerca...



 ©Jose Luis Sanchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


















jueves, 9 de febrero de 2012

Fray Bartolomé de las Casas: el Garzón de cinco siglos atrás





El día de Pentecostés de 1514 Bartolomé de las Casas renunció a sus tierras y a sus esclavos en isla de La Española para dedicarse en cuerpo y alma a lavar su conciencia. En sus retinas aún se movían atormentados unos cuerpos que yacían insepultos en el lecho de un río medio seco tiempo atrás, cuando se asomaron curiosos a observar el paso de los estentóreos soldados de la corona española. Los taínos salían de sus aldeas para ver a esos extraños de cabellos brillantes y pelos en el rostro que decían venir en nombre de un dios desconocido. Sorprendieron a los soldados, cansados de la extenuante marcha, mientras afilaban sus espadas en los cantos rodados del lecho rocoso. Al grito de 'probemos el filo con esos indios' se produjo una masacre que el encomendero sevillano no pudo digerir y que marcó el inicio de su misión en este mundo: originar una gran indigestión a la corona española: una indigestión moral.

Necesitó décadas y ni aún así logró el cambio que reclamaba pero con paciencia, tenacidad y una desbordante personalidad, fray Bartolomé de las Casas al menos propagó el mensaje que atormentaba sus días: el exterminio nos aleja del ser humano que decimos ser. Cuando ocurrió su especial 'caída del caballo' llevaba doce años en tierra nueva, siguiendo los pasos de su padre, que llegó como colono, y en ese tiempo había sido minero, de los que rebuscaban pepitas en el fondo de los ríos, más tarde tuvo una encomienda, es decir, una concesión real para que hiciera rentable unas tierras con indígenas a su cargo, sintió explotar la conciencia y regresó a España para ordenarse religioso.

De todas las acusaciones que escuchó el sevillano la que más debió dolerle fue la de crear la leyenda negra de España, aprovechada sobre todo por los enemigos ingleses para justificar sus ataques contra la corona española, pero también la de exagerar los relatos para conseguir fama y autoexaltación. El historiador Ramón Menéndez Pidal lo califica, además, de enfermo mental y Pedro Borges, especialista en historia religiosa, ve en el sevillano a un vanidoso que no piensa tanto en los indios como en sí mismo. Algunos religiosos de su propia orden lo veían como un ególatra incapaz de escuchar a los demás, obsesionado por su imagen y por entender la justicia como una lucha eterna contra los valores establecidos. Los colonos de las Indias lo despreciaban porque defendía a lo que ellos consideraban bestias y temían que el empuje de aquel fraile les arrebatara haciendas y esclavos. Le recordaban sus tiempos de encomendero, aireaban sus tiempos como dueño de esclavos, en las colonias era un traidor.

 Por otro lado están los fríos datos: la población americana descendió de ochenta millones de almas a diez millones en dos siglos, un genocidio, conseguido con espadas y virus, aún por superar. Un ejemplo: los lucayos fueron trasladados desde las islas Bahamas a la península para peregrinar de circo en circo hasta extinguirse como raza.

Las Casas vuelve a España y se entrevista con el rey Fernando y con el cardenal Cisneros. Tanta pasión puso en su discurso que le idearon un título ex profeso, ‘Protector de los Indios’ y le otorgan otra encomienda, ésta en el norte de Venezuela, para que organizara un laboratorio indígena. Su experimento no funcionó porque los colonos, cruel zancadilla de la historia, se dedicaron a la trata de esclavos. Además, aprovechando un viaje del fraile a España, los nativos se rebelan y su particular sociedad feliz se va al garete. El sevillano se hace entonces dominico porque son de los pocos que critican el modo en el que se está colonizando el nuevo continente. Su empeño es notable y además de escribir encendidos discursos bucea en el derecho  en busca de fundamentos jurídicos para la abolición de la esclavitud. Frente a las tesis del sevillano se alzaron las de un cordobés de Pozoblanco, Juan Ginés de Sepúlveda, capellán de Carlos I y dominico también, un religioso que sin pisar América se convirtió en el principal defensor del imperio español, en base a sus conocimientos de Aristóteles, y en el más apasionado paladín de la conquista, colonización y evangelización de las nuevas tierras. El argumento era sencillo: las civilizaciones superiores tienen todo el derecho a dominar a las inferiores para sacarlas del salvajismo en el que viven y elevarlas al supremo nivel del evangelio.

El fraile sevillano, agotado de tantos viajes y de tantas discusiones teóricas, aún tiene tiempo para viajar a Guatemala y volver a levantar una nueva versión de su Utopía venezolana, esta vez con más éxito: aprende la lengua local y pacifica a los indígenas a través de versos y cánticos. El fraile sevillano, empeñado en demostrar que el indio es también humano, se entrevista con el emperador Carlos I y le convence de que hay que cambiar el sistema. El rey convoca al Consejo de Indias y, siguiendo los consejos del sevillano, el 20 de noviembre de 1542 promulga las ‘Leyes Nuevas’, por las que abole la esclavitud de los indios. Que se cumplieran o no es otro cantar. Además, el fraile consiguió que al menos dos religiosos estuvieran presentes en cada acción de conquista o colonia. Los avances fueron más sobre el papel que en la realidad así que Bartolomé se decidió a escribir sus recuerdos en lo que sería su obra más conocida, ‘Brevísima relación de la destrucción de las Indias’, donde muestra con toda su crudeza un auténtico genocidio y saqueo. Su combatividad le granjea numerosos enemigos, tanto en tierra nueva como vieja, sobre todo cuando asegura preferir a los indios desnudos y adorando a dioses extraños que sometidos a esclavitud. Las Casas llega incluso, en el colmo de un atrevimiento un tanto naif, a proponer la marcha de los españoles de las tierras descubiertas y esperar a que los reyes indios reclamen a la corona de los Austria para que los colonicen de buen grado.

Al final de su vida recibió el nombramiento de obispo de Cuzco, cargo que rechazó, y de Chiapas, que aceptó por imposición y donde dejó tan buen recuerdo que la capital del departamento se llama aún hoy ‘San Cristóbal de las Casas’. Murió en Madrid, a los 82 años, después de renunciar a su condición de obispo, cansado y abatido porque frente a la moral no luchaban molinos: eran gigantes. 


Bibliografía.

La conquista de América, El problema del otro, Tzvetan Todorov, Siglo Veintiuno Editores
Brevísima Relación de la destrucción de las Indis, Bartolomé de las Casas, Cátedra Letras Hispánicas, 14ª edición, Madrid, 2005.
Quién era Bartolomé de las Casas, Pedro Borges, ediciones RIALP S.A., Madrid, 1990
La controversia entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas. Una revisión. Artículo de Francisco Fernández Buey, Universidad de Barcelona


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 20 de noviembre de 2011

Viaje al Líbano, en las montañas de Mleeta



En las montañas de Mleeta, apenas a veinte kilómetros de la frontera del Líbano con Israel, se levanta el último delirio de Hezbollah. Tanques al revés, soldados de mentira camuflados en la maleza, cañones anudados para que no puedan disparar. Es el ‘Museo de la Resistencia’, un fastuoso recuerdo de los años de la guerra, financiado con dinero iraní, que en su primer mes recibió la visita de casi trescientas mil musulmanes venidos de todo el mundo.


'El Abismo', museo de Mleeta


Por ejemplo, Khalil, que vive en Colombia pero aprovecha sus vacaciones en el Líbano para enseñar a su hija quién es el enemigo. Pasea por la ladera de la montaña que sirvió de base a los guerrilleros de Hezbollah durante los años de la guerra mostrándole las cañones y los fusiles dispuestos como si estuvieran en un museo, tras una cinta y con su correspondiente panel explicativo en árabe y en inglés. ‘Este museo es la prueba de que los musulmanes llegaremos a Tel Aviv’. Khalil sigue los pasos de miles de musulmanes venidos de todos los rincones del mundo, sobre todo del islámico. 














Abú Abdalá, guía de Hezbollah, comenta que al día reciben casi diez mil visitas, lo que convierte al museo de la Resistencia en el más frecuentado del Líbano, aunque los datos son incontrastables. Mientras tanto, las fabulosas ruinas de Tiro se calientan al sol apenas visitadas por algún turista occidental despistado y el fabuloso museo arqueológico de Beirut languidece con un goteo incesante pero insuficiente de visitas. Lo cierto es que el recinto de Mleeta registra un ajetreo continuo, con autobuses repletos que aparcan en una explanada preparada para recibir a miles de turistas. ¿Vienen extranjeros? ‘Claro, sobre todo de Bahrein y Kuwait, pero también de Arabia Saudí, de Omán, de Irán…’. Desde que abrió sus puertas el 25 de mayo de 2010, el Museo de la Resistencia se ha convertido en la última provocación de Hezbollah, una aspiración justa, aseguran, para recordar cómo plantaron cara al ejército más poderoso de la zona. Israel, en cambio, lo califica de parque temático y ya lo llaman, no sin desprecio, ‘Hezbolandia’.








En la antigua ciudad fenicia de Tiro, jalonadas sus carreteras por las banderas amarillas de Hezbollah y salpicadas por frecuentes controles del ejército libanés y por fuerzas de la ONU, no es difícil, sin embargo, encontrar un tour turístico preparado por los chiítas. En Tiro el recuerdo de la guerra es ineludible, las carreteras abolladas por bombardeos no tan lejanos, los tanques de la ONU en cada cruce, el cementerio plagado de tumbas de combatientes libaneses que cayeron en su lucha contra el invasor israelí. 





Tumba de un combatiente libanés muerto en Mleeta: la lápida lleva el distintivo de Hezbollah




Contratamos el viaje en una tienda de discos donde nos hacen hueco en un minibús en el que viajan otros ocho entusiastas del grupo considerado en occidente como terrorista. No es difícil encontrar estos touroperadores: sólo hay que seguir el rastro de banderas amarillas, las de Hezbollah, presentes casi que en cada farola y poste de la luz en el sur del Líbano. En el interior del vehículo flota un ambiente de fervor místico. En un desvencijado radiocasete retumba la voz de Hassan Nasrallah, el fogoso líder del Partido de Dios, parece rapear algo parecido a una canción de hip hop. ‘Mi padre ha hecho el editado con discursos grabados de la radio’, comenta orgulloso mi vecino de asiento, Rachid, un joven de diecisiete años que traduce al líder del Partido de Dios: ‘pronto llegaremos a Israel y los sionistas tendrán que abandonar sus casas de Tel Aviv’. Todos ríen, hay quien mira por la ventanilla recordando los años de la ocupación, quién sabe si batallas pasadas, años de combates y privaciones, convencidos de volver ya a lo que siguen llamando Palestina. Mientras el minibús avanza a duras penas por empinadas cuestas, atravesando ciudades en las que los rostros de los mártires ondean en faroles y árboles, otros vehículos, privados y públicos, se dirigen también al museo de las montañas. La costa queda muy atrás, separada por el valle de la Bekaa, el calor de la playa da paso al frío de las alturas, parece como si nos encaminarámos a una feria...


Tienda de Cds donde comienza nuestro viaje turístico al museo de Hezbollah



Confieso que esperábamos algo sencillo, alguna muestra de material incautado a las tropas israelíes y un breve túnel excavado en la tierra. La llegada me despeja dudas: los chiítas han invertido una fortuna, alrededor de tres millones de dólares, y lo han hecho por todo lo alto. La explanada de aparcamientos es enorme y un sinfín de familias deambula por ella. La entrada es apoteósica, en línea al gusto local: un gran arco de cemento a medio acabar, con andamios y cintas de prohibido el paso, saluda al visitante. A dólar y medio la entrada, Hezbollah desechó la idea de la entrada gratis para que, según ellos mismos, ‘no se convirtiera en una feria’. Y sin embargo, tiene algo de eso: parece un parque temático, con la entrada inmaculada, una avenida que atraviesa edificios nuevos y modernos, cuidadas fuentes y jardines, una tienda de recuerdos, la cafetería, la inevitable sala de oraciones, dispensadores gratuitos de agua fría en cada esquina… 






El museo comienza en lo que denominan ‘El Abismo’, una gran superficie surcada por un sendero que zigzaguea por el talud hasta desembocar a ras de suelo. Y en ese suelo, una extraña sucesión de material bélico: tanques al revés, cañones retorcidos, cientos de cascos israelíes, botas, morteros fundidos con la pared, cohetes Katiusha, misiles iraníes Raad 1...




'La red'



Abú Abdalá, nuestro guía de Hezbollah, nos explica cada detalle. El museo abrió sus puertas al 25 de mayo, décimo aniversario de la retirada de las tropas israelíes del sur del Líbano, ocupa sesenta mil metros cuadrados, de los que casi cinco mil son construcciones, participaron más de cien arquitectos e ingenieros e incluso en cada proyectil colocado aparentemente sin sentido existe una intención. Un muro con caracteres hebreos simboliza el progresivo encierro que sufren los sionistas en todo el mundo, desgrana Abú Abdalá, ese tanque al revés rodeado de una red alude a la telaraña en la que envolvieron al ejército israelí en la guerra de 2006, aquel cañón retorcido representa a una fuerza de ocupación que no volverá a disparar. En Israel denominan a este lugar Hezbolandia, le decimos al guía. La broma no le hace gracia. ‘Sí, está la guerra, pero hay otras muchas formas de luchar, está la cultura, está internet… para Hezbollah los medios de comunicación son algo muy importante y con este museo queremos que se conozca nuestra causa, sobre todo entre las nuevas generaciones…’





Y sobre todo nuevas generaciones son las que pululan por entre los restos de la guerra. Sí, por este enclave pasaron unos 7.000 guerrilleros durante los años de la ocupación, de los que más de 1.300 perdieron la vida, en cada rincón hay una placa que recuerda a un mártir caído en combate, pero sobre todo hoy es un parque a disposición de los jóvenes. Sobre aquel tanque se encarama un niño vestido de guerrillero que mira curioso dentro del cañón. En aquel mortero se fotografía un grupo de niñas tocadas con hiyab. Un padre salta la cinta protectora con su hijo para enseñarle el manejo de una ametralladora de nido. Hezbollah parece haber encontrado un nuevo filón en su lucha por Palestina.









Desde la última guerra, en 2006, no ha vuelto a salir un misil disparado desde el sur del Líbano: si acaso piedras desde la Puerta de Fátima, construida justo encima de la línea fronteriza y a la que acuden turistas libaneses para descargar su ira contra el vecino judío. El propio Nasrallah, el escurridizo dirigente de Hezbollah, afirmó que de haber sabido la guerra a la que tuvo que hacer frente, se hubiera pensado mejor eso de tirar misiles. Sin embargo, aunque el discurso permanece agresivo, forma parte de un cuidado atrezzo. Israel sospecha que la guerrilla chiíta se está rearmando con material enviado desde Siria pero los dirigentes de Hezbollah se limitan a dejar en suspenso cualquier noticia amenazante y a mostrar cómo sus hombres lucharon con armas que parecen de juguete. 





Su poder en el Líbano es innegable, patrullan, cortan calles y se imponen a los soldados libaneses dejando claro quién manda en el país. En Beirut nos topamos con el entierro de uno de los líderes de la organización chiíta, de Hezbollah, una auténtica marea humana ha tomado las calles, los muchachos del 'Partido de Dios', vestidos de riguroso negro, ocupan las posiciones estratégicas, están sobre un puente, en las terrazas, asomados a los balcones, todo el operativo tiene algo de cutre pero, al mismo tiempo, de extraordinario: demuestran ser una organización con todas las palabras, capaces de poner en jaque al mismísimo ejército de Israel. La marea humana crece y crece hasta que aparece el vehículo con los restos del jeque Mohammed Hussein Fadlallah, uno de los máximos dirigentes de Hezbollah. El coche está a punto de reventar, aplastado por guardaespaldas histéricos que dan voces a diestro y siniestro. Las mujeres se golpean la cabeza, los hombres lloran, de la multitud surgen manos con teléfonos móviles que captan el momento... ¿no está prohibida la imagen en el Islam?... me pregunto sin saber si esto tiene que ver con una demostración religiosa o tiene más de folklore... En medio de la muchedumbre se abre paso un cortejo de personajes importantes: es la plana mayor de Hezbollah, vienen a mostrar su respeto al que ha sido líder espiritual durante 50 años escoltados por agresivos guardaespaldas que les abren paso.




plana mayor de Hezbollah (sin su máximo líder, Nasrallah)


Fadlallah había sobrevivido en su existencia incluso a un coche bomba que asesinó a ochenta personas y a un ataque con misiles israelíes que reventó su casa cuando se encontraba fuera. Entre los suyos se le veía como un líder que insistía en la educación como modo de elevar la dignidad de su pueblo y con una mirada relativamente progresiva con las mujeres. Claro que los judíos recuerdan que este hombre tan liberal negó el Holocausto y fue uno de los máximos oponentes a la existencia del estado de Israel.











Una organización, Hezbollah, que ahora, además, se presentan como empresarios turísticos que manejan hábilmente las emociones de los miles de visitantes de sus enclaves, el principal de ellos: las montañas de Mleeta.








Seguimos el trayecto por Mleeta esquivando a las familias que se arremolinan junto a los tanques haciendo fotos. El circuito desciende por un camino allanado por la ladera de la montaña. ‘Aquí cayó Said Madi, el hijo de Nasrallah’, señala Abú Abdalá, ‘sólo tenía veinte años’. Entre la maleza, maniquíes vestidos de guerrilleros, una motocicleta, un cañón, minas asomando entre el follaje, rocas de cartón piedra bajo las que se escondían los guerrilleros, todo con su panel explicativo en árabe e inglés. ‘Ese es el retrato de Sayyid Abbas Al Musawî, el secretario general de Hizbollah caído en combate en 1992, ahí se sentaba a rezar para pedir la victoria. Dos metralletas, un Corán y un morral de camuflaje rinden culto al primer jefazo del grupo chiíta, y una multitud de niños se agolpa a sus pies como si alcanzaran una meta largo tiempo soñada. Entre el grupito que admira las reliquias, una eslava búlgara, tocada con hiyab. ‘Ya le dije que las visitas son de todo el mundo’, asegura satisfecho Abú Abdalá.








Por fin llegamos a la entrada de la caverna. Escondida entre la maleza, los turistas luchan por entrar en su interior. Un guardia de seguridad mantiene el orden: ‘sólo pueden pasar quince’. Contamos, nos cuentan, y entramos. Una abuela, tocada con velo integral, da palmas al aire, sofocada: ‘es el azúcar’, dice, pero ante la insistencia de que tome asiento ella responde, ‘los muchachos no descansaron por nosotros, yo tengo que seguir por su memoria’. Otra mujer llora bajo su chador mientras contempla los cuartuchos que habitaban los integrantes de Hezbollah. Durante tres años más de mil hombres se dieron el relevo para cavar trescientos cincuenta metros de túnel, de los que apenas nos dejan ver sesenta. Un trabajo gigantesco que extrajo del interior de la montaña mil toneladas de roca y arena. 








La visita desemboca en un mirador desde el que se ve Israel. ‘Israel no, Palestina’, corrige Abú mientras muestra el infinito a los pies de la montaña. Tres niños vestidos de guerrilleros juegan con metralletas de plástico. ‘Me preparo para defender a los niños del Líbano contra el ejército de Israel’, asegura una niña bajo la sonrisa protectora de su madre.








El fervor que muchos traían en el bolsillo aflora fácil tras el breve paseo por el recuerdo de los años de guerras que han dejado al Líbano exhausto y permanentemente asustado. En los rostros de muchos visitantes se dibuja una sombra, una admiración a los que lucharon por ellos aquí, un rencor que ha encontrado alimento en la visita y en la habilidad de Hezbollah. Un rencor, por cierto, que permanece vivo gracias a los miles de minas antipersonas enterradas en el sur del Líbano, a los permanentes cortes de luz, de agua, a los pueblos que el ejército israelí borró del mapa en su huida…



La visita termina en otro museo, éste cubierto, adornado con urnas de cristal y un pozo en el que descansan máscaras antigás, camillas, cananas y maletines de munición. En la pared, un inquietante mapa con las coordenadas de cada ciudad y punto crucial del vecino del sur. ‘Nasrallah contesta así a la amenaza del gobierno sionista de que en cualquier momento pueden volar el aeropuerto de Beirut: si lo hacen, con sólo apretar un botón volarán misiles a cada ciudad de Israel’. No sabemos si considerarlo una bravata o una amenaza en serio. Lo único cierto es que Hezbollah ha encontrado un nuevo modo de lucha: convertir el hastío acumulado durante décadas de los musulmanes de oriente medio en un parque temático para subir el fervor de sus simpatizantes. A las banderas amarillas que se pueden comprar en cualquier tienda se une la venta de camisetas, tazas, bandejas para el té y llaveros con el logotipo de Hezbollah, y hasta viajes emocionales a los tiempos más duros de la guerra. En el minibús de vuelta a Tiro, los turistas viajan en silencio. Miran por la ventanilla, intentan asumir el mensaje de Hezbollah, el rencor masticado y digerido contra el odiado Israel. Perdón, Palestina. Cada día, cerca de diez mil personas vuelven a sus hogares con una sensación parecida. Tel Aviv se enfrenta ahora a un desafío colosal: su peor enemigo convertido en una especie de Mickey Mouse que crea parques temáticos a pocos kilómetros de su frontera y convierte la frustración en la convicción de que nada es imposible.







© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


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