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jueves, 14 de enero de 2016

Viaje a Diyarbakir: en el quinto lugar más sagrado del islam



En el centro de la ciudad antigua de Diyarbakir eleva su minarete una gran mezquita. Los vecinos la llaman Ulu Cami y presumen de que es el quinto lugar más sagrado del Islam, tras las mezquitas de La Meca, Medina, Jerusalem (Al Aqsa) y Damasco (los Omeya). En el patio los fieles salen de rezar con evidente satisfacción, cae la tarde en Diyarbakir y los vecinos, kurdos casi todos, vuelven a casa tras sus oraciones. Miro el templo como lo han mirado miles de personas en los últimos dos mil años porque la mezquita, hoy tan sagrada para los musulmanes, fue antes catedral cristiana y antes incluso, y sin que llegue a averiguar muy bien qué, templo pagano, tal vez romano. Y antes, quién sabe qué más.

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Hace muchos años, cuando esta ciudad se llamaba Amida, y hablo del siglo I D.C. en el centro del casco antiguo se levantaba un templo que ya entonces era muy antiguo. Pero llegaron unos tipos estrafalarios predicando unas ideas nuevas sobre un dios muy poderoso que repartía amor en lugar de castigos y los vecinos de Amida se sintieron atraídos por la nueva buena. Nadie recuerda de dónde venían esos hombres y hasta hoy se especula que pudieron venir de Jerusalem, enviados por San Juan, o tal vez desde Antioquia, enviados por San Pedro, o quién sabe, puede que vinieran de Edessa, hoy Urfa, patria de Abraham y lugar asignado por los primeros cristianos a Santo Tomás.

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La cosa es que esta última opción tiene sus defensores porque la iglesia que se levantó se llamó Santo Tomás y nadie cree que se le haya puesto ese nombre porque sí. Sea como sea, la historia nos devuelve los ecos de una época en la que la antigua Amida era el centro de una región cargada de profetas y visionarios, de apóstoles y enviados de dios: los armenios también tienen aquí una importante iglesia, la de Surp Giragos (una importancia que creció en 2012, cuando en su interior se celebró la primera misa armenia en la región tras el genocidio de 1915) y aseguran que San Bartolomé y Tadeo pasaron por aquí camino a Armenia y que hasta en un año tan temprano como el 325 D.C un obispo local llamado Simón de Amida participó en el primer concilio ecuménico de Nicea, lo que da idea de la importancia de esta población en la cristiandad más remota.

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Un centro cristiano, en todo caso, que desapareció hace ya milenio y medio y que convierte las historias de los antiguos asirios, o griegos, o tal vez armenios (o lo que fueran) en un sueño lejano del que apenas resta nada más que ecos perdidos rebotando en las estrechas calles del casco histórico. Porque la ciudad ya no se llama Amida sino Diyarbakir, los campanarios no son ya tales sino minaretes de mezquitas y de los armenios y asirios apenas queda un puñado escondido en alguna calle remota.

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Hoy la ciudad es turca y conocida por dos asuntos: su muralla, que es la segunda más larga del mundo (pincha aquí), y por los kurdos, que la han convertido en la capital oficiosa (y especialmente combativa) del Kurdistán, ese país que sólo existe, mal que bien, en el norte de Irak (pincha aquí). Por eso las crónicas antiguas muestran una ciudad que hoy parece irreal, extinguida, perdida en la memoria, una ciudad que tuvo más de treinta iglesias cristianas pertenecientes a un montón de ritos distintos, desde los apostólicos armenios a los sirios ortodoxos, desde los católicos sirios a los católicos árabes, de los griegos ortodoxos a los nestorianos, desde los caldeos a los jacobitas: un centro de estudios y discusiones sobre el cristianismo que atraía eruditos y aspirantes de toda Mesopotamia. Hoy, como decía, apenas queda un puñado de ellos que se reúnen frecuentemente todos juntos como para insuflarse algo de ánimo ante la ola de islam que los rodea.

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El caso es que si Amida conoció el cristianismo desde sus primeros días, también conoció el islam desde su inicio. Tanto, que la antigua iglesia de Santo Tomás cayó en manos de los primeros musulmanes en una fecha tan temprana como 639 D.C. quienes la conviertieron en lugar de culto para Allah. Las tribus árabes enfervorizadas por el recién nacido Islam derrotaron a las fuerzas del emperador Heraclio y establecieron una continuación del califato que dirigía en aquel momento el compadre de Mahoma, Abu Bakir, que terminó por dar nombre a la ciudad (Diyar-Bakir, aunque Atatürk era tan turco que le cambió el significado: tierra del cobre, en su idioma.)

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Una mezquita que desde el principio tuvo su interés porque hoy acoge cuatro escuelas distintas del islam, una mezquita en la caben cinco mil fieles y que hoy se enseñorea del centro de la ciudad desde su captura. Claro que la sombra de aquel minarete del 639 no es la misma que hoy porque en el año 1091 D.C. la comarca sufrió un terremoto que generó a su vez un incendio que calcinó un edificio que era una suma de templos y hubo que levantarlo otra vez. Atrás dejó la primera mezquita, la última iglesia y los misteriosos templos de la Antigüedad y, sobre todo, el ambiente de buen rollo que parece hubo durante los primeros años porque los invasores aceptaron a los cristianos en el interior del templo (que era suyo, por cierto) hasta el 770 D.C., unos años que debieron de ser llamativos al rezar todos en su interior, es de pensar que con cierto orden y concierto.

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El caso es que miro las columnas y tienen pinta como de griegas, miro los relieves y me parecen asirios, miro el conjunto y tiene algo de romano. Las inscripciones tienen aire a ejercicio caligráfico, la piedra negra basáltica refrenda la robustez de la construcción y el interior me recuerda a la mezquita de los Omeya en Damasco. Ya no queda ni el recuerdo de aquella iglesia de Santo Tomás más allá de las conversaciones de los asirios de la ciudad: 'era nuestra iglesia', me dice ceñudo el párroco de la iglesia de la Virgen María, también en Diyarbakir, como recordando, quién sabe, una vida pasada en la que él también peregrinó por los desiertos de la Anatolia buscando almas a las que convertir. La mezquita actual fue parte del imperio Selyúcida pero su pórtico oriental, por ejemplo, parece otra cosa y hay quien dice que pudo ser un teatro romano. Las columnas y los capiteles, desde luego, tienen poco de islámico y tan sólo las piadosas musulmanas sentadas a sus pies me recuerdan que estoy en tierra de Dar el Islam. Hay partes que pueden proceder de edificios bizantinos. El interior de la mezquita, eso sí, ha cambiado porque antes parecía que dentro existía un auténtico bosque de columnas que hoy ha dado paso a un espacio abierto y tan desierto en su interior como las extensas planicies que rodean la ciudad.

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En todo caso, un lugar sagrado con mucha más historia de la que se ve a simple vista. Salgo de la mezquita y un nutrido grupo de muchachos corre calle abajo mientras a lo lejos un furgón policial grita algo en turco. Es una bofetada de realidad: Amida no existe, la iglesia de Santo Tomás tampoco, estoy en Diyarbakir, territorio kurdo, territorio combativo, territorio del islam. Y la Ulu Cami, me recuerda un joven a mi lado, es su quinto lugar más sagrado...

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domingo, 12 de enero de 2014

Viaje al Kurdistán: Diyarbakir tiene la segunda muralla más larga del mundo




La muralla de Diyarbakir es tan antigua que nadie sabe quién plantó sus primeros cimientos y es tan larga que sólo la supera en longitud la más famosa de todas las murallas: la de China.


En los manuales de viajes se acude al emperador romano Constantino, allá por el siglo IV, como origen de este curioso manto de piedras negras, piedras de basalto que provienen de alguna erupción de un volcán extinguido en los alrededores, un volcán que se conoce con el nombre de Karacadag, ‘el de las piedras negruzcas’. Sin embargo, parece que los enviados del emperador romano aprovecharon una estructura anterior, tan antigua que ni en aquella época había quien recordara sus constructores, tan perdido en el tiempo que hoy sólo podemos elucubrar con una civilización desconocida de hace más de cinco mil años y de nombre un tanto risible: los hurritas, pincha aquí para saber más de ellos. Un pueblo del que se desconoce casi todo y del que sólo nos han llegado algunas referencias a través de los documentos hititas, de la antigua Babilonia, de los que fueron contemporáneos, que los llamaba Surabitas, y por la Biblia, que los denomina con el feo nombre de ‘Hórreos’. En todo caso, unos desconocidos que nos han dejado dos hitos para nada despreciables: la estructura primigenia de la segunda muralla más larga del mundo y la canción más antigua que se conoce, que nació probablemente para ser interpretada con acompañamiento de lira.
Fuera como fuera, subo las escaleras de uno de sus tramos con cierto temor, por lo estrecho, y con cierta aprensión, porque en el interior de sus almenas medio derruidas se mueven sombras sospechosas. Fuera del recinto se abre la ciudad de Diyarbakir, la capital sin declarar de los kurdos, la ciudad donde el PKK reina entre las sombras, el centro de las protestas étnicas y escenario de multitud de crímenes de estado y de atentados terroristas. Las calles bulliciosas, el sempiterno claxon de los coches, las carreras de los niños de vuelta ya del colegio, los gritos de un mercado. Dentro de la ciudad antigua la cosa no mejora mucho pero en según qué rincones los intrincados callejones evitan que los gritos no lleguen más que a través del eco. Dicen que los alrededores de la muralla son peligrosos, que atracan a los turistas incautos (¡y quién mejor que yo para simbolizar al clásico turista panoli!) y que hay que extremar precauciones cuando se acerquen los típicos enjambres de niños. Sin embargo, encaramado en lo alto de la muralla todo se antoja lejano: los cláxons, los gritos, los niños.

Desde que el primer hurrita, si es que fueron ellos los primeros, levantó el primer tramo de esta muralla han pasado al menos doce civilizaciones distintas que han dejado su impronta en sus impresionantes muros en forma de inscripciones, de altorrelieves, de sutiles diferencias arquitectónicas. Aquello parece uno de aquellos leones hititas que nos mostraban en las clases de historia del arte, y lo de más allá recuerda a la intrincada palabrería árabe del interior de la mezquita de Córdoba. Lo único cierto es que el interior de la ciudad antigua parece un hervidero de casas arremolinadas, de entre las que sobresalen los minaretes de las mezquitas, entre ellas la Ulu Camii, la que fue iglesia de Santo Tomás, según me aseguró el padre José, uno de los últimos sacerdotes del rito siríaco, que tiene su iglesia ahí abajo, en esa maraña de callecillas.

Los hombres del emperador Constantino debieron pensar que aprovechando aquella débil barrera impedirían la entrada en la ciudad que ellos llamaban Amida de tantos pueblos bárbaros que pululaban por los desiertos de la Anatolia. Pero, si no le sirvió a los hurritas, los romanos tampoco pudieron evitar que les pasaran por encima. Es difícil verlo en según que tramos, sobre todo en los cubiertos de matorrales y basuras, los que se han desmoronado ante la desidia de las autoridades locales, los que parecen el escenario de un ataque perfecto aprovechando las horas oscuras.

En algunos puntos la muralla alcanza los doce metros de altura, en otros los cinco metros de ancho, tiene cinco puertas aún reconocibles y bien conservadas y en según qué torres uno puede hasta mezclarse con una multitud de turcos que toman su té y compran pañuelitos. En la parte más oriental se encuentra la Torre Keci, la torre de las cabras, las bóvedas del techo ejercen una atracción hipnótica en el interior de los muros mientras que fuera las cabras corren alegres por unos arriesgados peñascos ante los que se asoman los paseantes curiosos. Esta parte resulta la más fácil de defender porque da al río, el Tigris, y se asoma a un precipicio que debía de convertir en pesadilla las invasiones de otras épocas. Tan difícil de trotar por esta parte que los locales, siempre tan guasones, le otorgaron ese nombre, el de las cabras, con más estilo, en mayúsculas, la Torre de las Cabras. No es la única torre con estilo. Las de Ulu Beden y la de Yedi Kardes Burcu fueron construidas en 1208, cuando Diyarbakir era parte de un emirato de los Artukidas, otros turcos que dominaron la región antes de que el imperio otomano tomara fuerza. Este viajero describe estupendamente la acumulación de inscripciones y estilos arquitectónicos (en inglés)

Y es que el río Tigris pasa por aquí, como decía, y en la sección más sureña algunos visitantes antiguos describían la belleza de los huertos y del campo fuera de las murallas, aunque hoy sólo hay casuchas y niñatos que juegan a amenazarte como si reprodujeran las escenas de sus mayores, siempre del PKK, contra los policías turcos. Un enano se me acerca con lo que parece una pistola automática y hace ademán de dispararme, aunque afortunadamente es de juguete, ahora otro viene a toda pastilla con un enorme pedrusco con el que abrirme la cabeza: tan sólo mi extraña reacción (lo perseguí con otro pedrusco aún mayor) detuvo a sus amigotes, aunque me fui raudo no fuera a aparecer algún hermano mayor contrariado, o un padre con una pistola de veras.
Sigo mi paseo por la segunda mayor fortificación después de la gran muralla china para descubrir que es una hazaña con cierto truco. De las murallas de Meknes, en Marruecos, por ejemplo, dicen que medían, en sus tiempos, más de cuarenta kilómetros, y las de Roma casi llegaban a los veinte, así que los cinco y medio que miden las de Diyarbakir parecen de juguete a su lado: claro que hoy día las de la Anatolia no tienen cortes en su recorrido mientras que las demás están seccionadas y han perdido tramos enteros. Así que no hay duda: las murallas de Diyarbakir sólo recibe sombra de muy lejos: concretamente de China.

Las piedras de basalto negro caracterizan la muralla pero no son lo único relevante: tiene un intrincado trabajo de ladrillos, una estructura oculta que descubre, en lo poco que se deja descubrir sin que se te caiga encima un mundo de siglos, grandes almacenes, enormes habitaciones, estrechas escaleritas que conducen a las almenas, suntuosos espacios como los de la torre de las Cabras con su público entregado a la puesta del sol.
En cambio, en el extremo opuesto en diagonal, la muralla parece toser, estornudar más bien, los agujeros en su estructura dan cierta pena y uno puede imaginarse a las tribus turcas provenientes del centro de Asia bombardeando con cargas de pólvora los gruesos muros en el siglo XV, derrotando a los Sasánidas y a los Mamelucos, que a su vez desalojaron a los persas, que a su vez habían mandado a hacer puñetas a los romanos. Porque eso es la Anatolia, y casi que cualquier suelo que pise el ser humano: conquista tras conquista e invasión tras invasión, aderezadas con masacres tras masacres y tragedia sobre tragedia. La Anatolia no deja de ser un pasillo que conduce directamente a Europa, flanqueados sus lados por el Caspio, el mar Negro y casi que el Mediterráneo, un corredor inevitablemente frecuentado por todo el que quisiera reinar en algún lugar fresco (que era Europa). Por eso estas murallas han visto tanta sangre que no se sabe ya si aquella gota es hurrita, sasánida, romana o persa. A principios del siglo XX sus puertas volvieron a llenarse de sufrimiento, esta vez con la de los últimos cristianos, apenas visibles ya hoy más allá de esta iglesia armenia o de la anteriormente mencionada del rito siríaco, asesinados en masa a manos de los kurdos en un gran genocidio que volvió a repetirse apenas una década después, cuando fueron los kurdos los que se ahogaron en sangre en una sangrienta revuelta que sofocó firme el vencedor del espíritu turco en la primera guerra mundial, Mustafá Kemal, Atatürk. Aún quedaban más tragedias que vivir: las de los kurdos contra el gobierno de Ankara, las frecuentes revueltas étnicas, las huelgas de hambre de miles de kurdos.
Ahora el futuro se abre esperanzador: el gran proyecto GAP promete puestos de trabajo y agua, Abdullah Ocalan ha pedido un alto el fuego, los guerrilleros del PKK se retiran al norte de Irak y hasta el gobernador de Diyarbakir parece dispuesto, según este diario, a restaurar las estructuras dañadas. No es para menos: doce civilizaciones y miles de años mirando cómo los seres humanos nos peleamos y nos reconciliamos lo merecen…

jueves, 29 de noviembre de 2012

Viaje a la Iglesia Siríaca: con los últimos ortodoxos sirios de la Anatolia turca

El padre José es un sacerdote del rito siríaco o jacobino y me muestra su Biblia escrita en arameo


El padre José me muestra muy ufano su bella iglesia en el casco histórico de Diyarbakir, un templo que lleva el nombre de Meryem Ana Kilisesi, o iglesia de la Virgen María. Un santuario tan antiguo que el padre José me señala un rincón del techo, de donde asoma algo así como un capitel que me parece corintio. 'Es un templo anterior sobre el que está construida la iglesia', me confiesa mientras saca una voluminosa biblia escrita en un galimatías que me muestra con un extraño gesto de complicidad: 'es arameo', dice enarcando las cejas, 'la lengua de Cristo'. 



Porque el padre José pertenece al credo ortodoxo sirio, también conocido como siríaco o jacobita, y es el sacerdote que asiste a las familias cristianas de esta ciudad conocida por ser la capital de los kurdos. Trabajo, lo que se dice trabajo, no parece que tenga mucho: sólo cinco familias siguen el rito siríaco en Diyarbakir y el padre José, con su cara de Ahmadineyad, pasa largas horas en el patio del conjunto religioso comiendo uvas y discutiendo con los feligreses sobre lo divino y lo humano. A su iglesia vienen cristianos armenios, que no son más que otras cinco familias, o algún caldeo que vive en el intramuros de una ciudad que respira islam. 

La iglesia siríaca de la Virgen María en Diyarbakir

La iglesia de la Virgen María es un bello ejemplo de arquitectura cristiana en Oriente Medio, y además me recuerda a otros templos cristianos de la región, en el Líbano, por ejemplo, en Tiro y en Sidon, disimulados en las calles de tal modo que apenas puedes intuir que tras esa pequeña puertecilla exista un gran espacio sagrado y dedicado a lo que sus vecinos consideran un profeta menor. El padre José me enseña el libro en arameo pero no quiere que le saque fotos a la capilla, misterios de la vida, y además de uvas recién lavadas y agua fresca, me pide limosna y me despide con una recomendación: visite la Gran Mezquita, la Ulu Camii, que está en pleno centro, es muy bonita y además, añade con cierta cara de pena, era nuestra iglesia de Santo Tomás hasta que nos la quitaron hace varios siglos... Al salir por los gruesos muros de la iglesia, que parece más un castillo medieval, se acabó la paz: los niños gritan, las calles estrechísimas ofrecen una imagen pintoresca y al tiempo agobiante del mundo islámico y, por si fuera poco, de pronto un muecín alza al cielo su clásica llamada al rezo: Allah U Akbar. Pareciera que dentro de los muros de la iglesia siríaca se haya detenido el tiempo y el espacio. El padre José me despide, parece que sufra porque su antigua iglesia de Santo Tomás sea ahora el quinto lugar sagrado del Islam, pero olvida que su iglesia, la de la Virgen María, era antes un templo con toda la pinta de haber sido helénico.

Iglesia siríaca 

Los siríacos de hoy día no superan los dos millones de seguidores, son una minoría muy minoritaria en el mundo cristiano, y mucho más en Oriente Medio, y tienen su sede central en la castigada Damasco. Los siríacos tienen obispos, como los católicos, pero no hay autoridad jerárquica superior sobre ellos, y además consideran que Jesucristo no era persona sino solamente, y nada menos, que Dios en sí mismo, de modo que rechazan esa dualidad divina humana que les dan otras orientaciones cristianas. Anatema, por supuesto, para sus primos de confesión, herejía para nuestros abuelos, gente rara al fin y al cabo. Pero algo deben de saber estos cristianos que en la península de la Anatolia resisten contra viento y marea hablando la lengua de Cristo desde su formación, nada menos que en el siglo I. 


Feligresas siríacas, o jacobinas, en

Dicen que huyeron de Palestina tras la lapidación de San Esteban y que fueron los primeros en ser llamados cristianos, en la ciudad de Antioquía, que no está lejos de la Anatolia donde me encuentro, una ciudad que tiene también la fama de albergar a la primera comunidad cristiana fuera de Palestina y que tuvo en Simón Pedro a su fundador. Ya saben, aquel de 'sobre ti edificaré mi iglesia...'. Los jacobitas han sufrido tantas persecuciones que me extraña que aún queden esos dos millones. Los bizantinos no veían nada bien eso de que Nuestro Señor Jesucristo fuera sólo Dios y pronto los pusieron contra las cuerdas, aunque los siríacos, o jacobinos (en honor a su legendario obispo Jacobo Baradai, quien provocó el cisma con la iglesia griega ortodoxa) se expandieron a una velocidad tan de vértigo que en la Edad Media tenían ciento tres diócesis, desde Siria hasta Afganistán, habían penetrado en la provincia china de Xingjiang o en el lejano Turquestán. Fueron los mongoles y el sanguinario Gran Tamerlán los que redujeron aquel imperio celestial a poco más que ruinas pero, ya en la actualidad, los ataques a manos de los últimos coletazos del imperio otomano los dejaron tan reducidos que muchos hoy en occidente no han escuchado hablar de ellos jamás. De hecho, el genocidio armenio no fue solamente armenio: los jacobinos sufrieron grandes matanzas de fieles que dejaron esta región desolada y uniformemente islámica. Aún quedan comunidades dispersas, no sólo de ortodoxos sirios sino también de caldeos, de armenios y maronitas, cristianos en tierras del Islam.


Johannes me enseña esta bonita iglesia ortodoxa siria de Midyat

Los campanarios dominan la ciudad vieja de Midyat al tiempo que crean una extraña inquietud entre los visitantes: juraría haber visto una cruz por ahí arriba, dice uno mientras se siente un tanto minotauro en el laberíntico casco histórico. Por fin: una iglesia. Abro tímidamente la puerta y un sacerdote me recibe circunspecto: no hablo más que arameo, turco y árabe, me dice el hombre, y yo le pongo cara de póker. No se preocupe, me indica, este niño habla alemán: se llama Johannes, un nombre muy cristiano pero con cierto regusto a arcaico. Johannes me enseña el templo, que no es cualquier templo porque Midyat, con su lánguida vida, es la ciudad principal de los arameos. En esta ciudad cayeron asesinados muchos de ellos, como Edward Tanriverdi, el último médico arameo de la ciudad, o el concejal Yakub Mete, víctimas de la intransigencia religiosa y, también, de la mala suerte porque hablamos de una zona de guerra abierta entre el movimiento secesionista kurdo y el gobierno turco. Por si fuera poco, el partido de Dios, Hezbollah, al que no hay que confundir con el Hezbollah libanés (que son chíitas frente al Hezbollah turco, que son sunitas), compuesto por kurdos relacionados con sus primos iraquíes, y que luchaban contra el PKK independentista kurdo al tiempo que enarbolaban la bandera antimarxista, dejaron un buen reguero de jacobitas muertos a su paso por Midyat, lo que contribuyó a acelerar el despoblamiento de cristianos de esta ciudad.


Idris sale de su clase de arameo para mostrarme su iglesia

Entre unos y otros, desde 1980 al menos 18 pueblos han perdido toda su población aramea, muchos emigrados a Alemania, y como prueba de que la emigración no fue un espejismo, nadie habla inglés pero todos los abuelos que me encuentro se me dirigen en perfecto alemán. Mi germánico es tan triste como mi etíope clásico así que nos miramos con mutua curiosidad. Al parecer, muchos emigrados están volviendo, a pesar de que los arameos, como los kurdos, no pueden recibir clases en su idioma porque, recordemos, en Turquía sólo hay un idioma, el turco, y una sola raza, la turca. 


Estas feligresas hablan arameo y alemán
Los arameos hoy no suponen más de 15.000 individuos en Turquía, la mayoría en Estambul, y en esta región, con tanta iglesia que tienen y tanto esplendor que tuvieron, no superan los 2.000, la mayoría ancianos y emigrados que se instalan en los alrededores de Tur Abdin, que significa Montaña de los Esclavos de Dios. Lo triste es que en esta ciudad tan llena de kurdos los siríacos eran mayoría en los años sesenta pero a finales del siglo incluso el obispado tuvo que cerrar sus puertas por falta de titular. Tras siglos de matanzas y persecuciones, la guerra entre el estado turco y los kurdos fue la puntilla para la comunidad jacobina. 

Saliendo de misa...

Hoy quedan los restos de aquella confesión que llegó hasta la China, monasterios con cuatro monjes, iglesias con dos abuelos, párrocos que ofician ritos para cinco familias, cascos históricos de los que sobresalen campanarios con fantasmagóricas cruces a las que parece imposible llegar en las laberínticas medinas islámicas, antes pueblos de armenios, arameos y caldeos. De hecho, al norte de Damasco está Maalula, una ciudad aramea con una sola mezquita contra catorce iglesias. Los cristianos de Oriente Medio luchan por sobrevivir en la región que fue su cuna mientras que, como decía, en occidente los cristianos tienen la sensación de que no hay más rito que el suyo y olvidan a estas comunidades que se esfuerzan en mantener algo más que una fe. Los abuelos de Midyat se levantan amables para despedirme: Auf Wiedersehen. Simpáticos, los últimos representantes de la iglesia que fundó Simón Pedro, el Príncipe de los Apóstoles y la piedra sobre la que Cristo edificó su iglesia. O una de ellas...





 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com










miércoles, 7 de noviembre de 2012

Viaje al Kurdistán: setecientas huelgas de hambre, el PKK y la independencia del Kurdistan


Mustafá sonríe plácido mientras me asegura que el País Vasco y Cataluña son sus ejemplos a seguir. 'Tienen periódicos en su lengua', dice, 'ven la televisión en su idioma, lo estudian en sus universidades y hasta pueden usarlos en los tribunales'. Mustafá es un seguidor del PKK, el ilegalizado partido kurdo de los trabajadores, que mira al infinito mientras fantasea con su Kurdistán libre al estilo de una Cataluña que considera poco menos que el paraíso terrenal. No es tan fácil, le digo, también allí hay aspiraciones, discrepancias, sueños que se antojan lejanos y otros ejemplos a seguir: Escocia, sin ir más lejos, o Québec, si es por irse más lejos aún. El paraíso siempre está en la otra esquina, pienso repantingado a las puertas del comercio de Mustafá junto a la mezquita principal de Diyarbakir, la capital kurda de la Anatolia turca, aunque Mustafá sigue fantanseando, a partes iguales, con el ejemplo catalán y con los goles de Messi.

Mientras, casi 700 presos kurdos secundan una huelga de hambre, algunos desde hace cincuenta y siete días, lo que deja a una cincuentena de ellos muy cerca ya de la muerte, y lo hacen por lo que consideran una represión intolarable de su cultura. Piden que el kurdo pueda usarse en las universidades, en los tribunales, que puedan tener periódicos y cadenas de televisión en su lengua, y están dispuestos a morir por ello. Tampoco serían los primeros porque en los últimos treinta años son ya más de cuarenta mil las víctimas mortales que ha dejado este conflicto olvidado e incomprendido en Europa. Me desplazo a Mardin, ciudad de postal con mayoría kurda pero con vecinos cristianos del rito sirio y árabes. Hace cincuenta y siete días un preso kurdo encerrado en la prisión de la ciudad, un tal Faysal Sariyildiz, del partido Paz y Democracia, comenzó la primera huelga de hambre: además de las reivindicaciones clásicas, pedía también que Abdullah Ocalan, el líder del PKK capturado hace años, tenga acceso a un abogado porque lleva ya más de 400 días aislado y sin posibilidad de vuelta atrás. De hecho, el presidente de Turquía, Recep Erdogan, curiosamente casado con una kurda, ha dejado caer la posibilidad de resucitar la pena de muerte para ejecutar al que considera un asesino. Claro que otros lo ven como guerrillero y luchador por la libertad,  por eso el ejemplo de Faysal en la cárcel de Mardin se extendió a 66 cárceles más, hasta alcanzar los casi 700 presos en huelga de hambre. Entre ellos la esposa de mi amigo Kamiran Yildirim, una parlamentaria que no come desde hace catorce días. Yildirim intenta olvidar la lucha durante la noche con unos tragos de rake, el aguardiente local que mezclan con zumo de zanahoria y de rabano (cosas veredes), pero por el día hace activismo y se presenta junto a los estudiantes de la universidad local para leer un manifiesto: más de lo mismo, es decir, nuestras aspiraciones a nuestra propia lengua, nuestra propia cultura y etcétera. Pero la protesta no deja de resultar curiosa: prohibidos como tienen los kurdos manifestarse, se limitan a mantener unos carteles en alto. En Diyarbakir se atrevieron a marchar, cosa que tienen prohibida, y los enfrentamientos con los antidisturbios fueron de impresión y dejaron decenas de heridos y detenidos.

El bueno de Kamiran a las puertas de la universidad de Mardin
La constitución turca prohibe las reclamaciones politicas que se vistan de religiosas y étnicas porque las considera amenazas evidentes hacia la patria turca, la aspiración del gran Atatürk cuya efigie sigue señoreando la Turquía rural ochenta años después de su muerte. El objetivo está claro: hay que modernizar el viejo país, y hay que hacerlo mirando a Europa, ese oscuro objeto de deseo, esa aspiración enfermiza que nos arranque definitivamente de la irracionalidad centroasiática. Y para eso hay que mantener a raya a la peor de las amenazas, la islamista. Pero también las veleidades étnicas que pueden romper lo que aún permanece de aquel extenso imperio otomano: en este caso, la Turquía rural, la olvidada durante decadas, la del sureste de la Anatolia. Por eso durante un siglo se ha denominado a los kurdos 'turcos de las montañas', por eso se les ha prohibido partidos que incidieran en lo étnico y que enarbolaran aspiraciones sospechosas de independentismo. Y por eso, también, surgió el PKK como aspiración de los que no querían esperar indefinidamente algo tan sencillo como la integración y el respeto de raza. Sin embargo, el PKK nace con la mirada puesta en las revoluciones latinoamericanas, en las tropelías maoístas y en el socialismo como modelo de gobierno. O lo que es lo mismo: gasolina roja para el fuego conservador de los turcos de occidente, facilmente asustadizos ante cualquier remedo sovietıco. Durante décadas el PKK se ha mirado en la ETA, en el IRA y hasta en las FARC para sacudirse el yugo turco y el resultado de este encono son los más de cuarenta mil muertos del conflicto.

Eso si, la huelga de hambre ha devuelto al PKK un protagonismo que había perdido en los últimos años, casi desde que su lıder, el ya mencionado Abdullah Ocalan, fuera detenido en 1999 en Nairobi despues de largo tiempo escondido en Siria. Tras su captura fue encerrado en una prision para el solo en el Marmara pero el tipo insiste en su concepcion de la lucha armada y ahora lleva mas de cuatrocientos dias aislado (que aprovechara para seguir escribiendo libros, como solia). Los diez mil presos kurdos del país incluso secundaron una simbólica huelga de hambre de dos días para recordar la situacion del que sigue siendo su presidente y algo se mueve en Ankara porque ya incluso considera reconocer el kurdo en los tribunales. Y piuede ser peor si alguno muere en los próximos días, cosa bastante fácil después de casi sesenta días sin comer. Kamiran está orgulloso de su mujer y su amplia sonrisa lo corrobora.

Aslan es ecamarero en el rehabilitado caravansar de Diyarbakir, convertido ahora en una sucesión de garitos con cachimbas. Levanta entusiasmado sus dos pulgares, y más si tuviera, cuando le pregunto por el PKK. 'De diez familias de esta region, ocho son del PKK', me asegura Mustafá, el del comercio en la mezquita. Pero el PKK no existe, está prohibido, borrado, su solo nombre se pronuncia bajito. Hasta que los simpatizantes convocan protestas porque los activistas pueden morir en prisión. Entonces se agitan nerviosos, corean consignas, colapsan la calle y organizan huelgas que paralizan pueblos enteros, y los antidisturbios, que tienen sus órdenes, los dispersan con cañones de agua, con gas pimienta, con porras y porrazos. Isfan es ingeniera y también kurda y asegura que en todos estos años ha perdido a treinta primos en los enfrentamientos y que a pesar de su iphone y su ipad y su altisimo sueldo su espiritu esta con la lucha porque ahora no se trata de socialismo o de marxismo ni leninismo: se trata de raza y los kurdos se sienten ultrajados historicamente. Treinta primos son muchos primos, incluso para las extensísimas familias de aquí, me digo, y supongo que algo queda. Anque los golpes viene por los dos lados. La televisión turca ha repetido mucho estos días la imagen de un cockatil molotov impactando de lleno en un policía y el PKK, como respondiendo a la evocación, vuela una comisaría y deja un soldado muerto y luego pone un coche bomba cerca de la frontera con Irán y arranca el suspiro a un niño de diez años junto a un reguero de heridos. Vuelan entonces los cazas turcos, en dirección a Iraq, donde se suponen muchas de las bases del PKK, protegidos por sus hermanos de raza de la Unión Patriótica del Kurdistán, que campea por la región de Mosul como previo a lo que algún día será, dicen, su Cataluña, su Escocia o su Québec.

El caravansar de Diyarbakir ofrece una curiosa imagen más allá de lo pintoresco que resulta todo. Alfombras con los rostros de conocidos héroes kurdos se mezclan indectiblemente siempre con la del Che Guevara, un icono rebelde que he visto en todas las aspiraciones guerrilleras de medio mundo y que alcanzó su máximo paroxismo en Timor Oriental, cuando un guerrillero del Falentil me presentó a su hijo con emocionado orgullo: 'lleva el nombre de dos grandes luchadores por la libertad, Bill clinton Che Guevara', me dijo el individuo. Los kurdos no han llegado a tanto pero se han quedado muy cerca, mira esta noticia. Mientras, Víctor Jara surca los aires del caravansar con su pueblo unido jamás será vencido y sus notas chocan con las alfombras kurdas que acolchan las paredes...


Los muchachos de la universidad se dispersan tras su protesta pacífica. No eran ni treinta pero los antidisturbios eran más de cincuenta. La lucha desigual sigue, bombas clandestinas contra cazabombarderos, huelgas de hambre contra prohibiciones constitucionales. Ankara mueve ficha y deja caer, como decía, que permitirá el uso del kurdo en los tribunales, una puerta inaudita hasta ahora que parece empezar a abrirse para que, ya que Messi no jugará en el Galatasaray, sí les acerque al menos un poco más a Cataluña. Aunque entonces una de las estudiantes me mira sin comprender: 'si tienen todo eso, ¿por qué se quejan?' Porque las aspiraciones no se esfuman cuando se consiguen, supongo yo, evolucionan y quieren crecer y tal vez llegará el día en que los kurdos no se miren en el espejo catalán y les toque entonces el escocés.
Kurdos

©Jose Luis Sanchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com














 

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