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lunes, 3 de agosto de 2015

Viaje a Irak: el agua de los refugiados




'Te levantas y ya piensas en el agua: miras a los niños y no sabes cómo lavarlos, ves los cacharros y no sabes cómo limpiarlos, ves la cola en el retrete y no sabes si tendrás paciencia, ves la cola en el grifo y no sabes cuánto tiempo perderás en llenar una garrafa...' Leila Lias me mira con ojos suplicantes y de pronto sonríe: '¿quiere un té?' Son los pequeños gestos que nos hacen más humanos, pienso mientras rechazo el ofrecimiento porque un té es un lujo casi inaccesible como para que se lo ofrezcan a un extranjero lustroso y ahíto de líquidos.
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Leila vive en un centro comercial a medio construir desde que huyó de su Qaraqosh local ante la amenaza de muerte de Da'esh, o Estado Islámico, y tan sólo pudo salvar un anillo.... Ahora su principal preocupación es el agua y, cuando tiene tiempo, pensar en volver a casa...

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Repasando las fotos me doy cuenta de que en los campos de refugiados siempre hay alguien de fondo cargando un cubo, una garrafa, una botella. Que los grifos siempre tienen cola y que el agua absorbe tanto tiempo en el pensamiento como en los esfuerzos por conseguirla.

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¡Qué sencillo nos parece apretar el grifo, o girarlo, y que el líquido caiga abundantemente hacia ninguna parte! ¡Cómo nos damos el lujo de dejarla correr, de alargar el enjuague bucal, la ducha, de llenar la bañera de agua humeante! Estos refugiados tenían casa con grifos, algunos con jardines que regaban alegremente con mangueras fabricadas en China, otros incluso usaban albercas a modo de piscinas, jamás pensaron que el agua se convertiría en un elemento central de unas vidas de miseria en la que los malos recuerdos sólo pueden hacerse un hueco en las mentes cuando por fin hemos conseguido agua. Y no sabe uno qué es peor.

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Cada día 52 millones de personas se levantan con una obsesión: agua. Necesitan agua para beber, para lavarse, para limpiar los cacharros, las ropas, para cocinar, para enjuagarse, para refrescarse, para peinarse. Para vivir. El problema del agua afecta a muchos más millones de personas en este planeta pero esos cincuenta y dos millones tienen un común denominador: alguien les robó sus grifos. En Irak, por ejemplo, los yihadistas de Da'esh les arrebataron las casas, con sus grifos dentro, y ahora se las ven y se las desean para conseguir una garrafa y luego para llenar esa garrafa de un agua limpia que no les cree problemas. Los niños corren, se manchan, las madres se desesperan, las ollas humean, la ropa se acumula en los barreños, y todos tienen una misma necesidad: agua. Para el té, para la colada, para el guiso, para el calor. Casualmente, o no, los países que registran un mayor número de refugiados son Sudán del Sur, Siria, República Centroafricana, Congo, Colombia e Irak, precisamente países donde se suda mucho porque hace bastante calor.

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Sólo en Irak tres millones de personas han sido obligadas a abandonar sus casas, y de ellas un millón doscientas mil personas han huido de sus hogares en 2014, de las que trescientas mil han terminado aquí, en el Kurdistán iraquí, zona segura, tan segura que ha acogido, además, a otros doscientos mil sirios que huían de la guerra en el vecino país. Desde agosto Naciones Unidas tiene decretado en Irak su nivel máximo de emergencia, el tres, por un problema que ha desplazado dentro del país a casi dos millones de personas. ACNUR entrega lo básico: colchonetas, garrafas, mantas, lonas de plástico. Nada excepcional, aunque todo indispensable para unas personas que lo han perdido todo. Y, sobre todo, una ayuda para esos países, los kurdos iraquíes, los turcos o los jordanos, que se esfuerzan en hacer hueco a una gente que lo ha perdido todo.

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La falta de donaciones y de dinero público obliga a la ONU, sin embargo, suspender los vales del Programa Mundial de Alimentos y a poner en serio riesgo a esta gente. Un riesgo que comienza ahora en la frontera porque los países receptores se verán obligados a aportar lo que los países ricos no aportan, por lo que no es difícil imaginar que los controles de acceso se endurecerán y los civiles no podrán ni tan siquiera huir del infierno. No es por hacer un juego de palabras pero les cierran el grifo. Y eso, en esta situación, puede resultar mortal. Asfixiante.

Tan injusto como negarle el agua a un sediento.

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jueves, 23 de julio de 2015

Viaje a Irak: el wifi de Emat y su amigo el bombero


Emat vive en una tienda de campaña del campo de refugiados de Horsham, al norte de Irak, una tienda tapizada de alfombras y sin apenas más mobiliario que un colchón y un par de maletas recogidas en un rincón. Pero Emat tiene un portátil, un router por satélite y un smartphone. 'Hay que estar informado de todo', sonríe pícaro, 'y así aprovecho para buscar trabajo porque nunca se sabe...'. Emat abandonó Mosul cuando se hizo evidente que los yihadistas del Estado Islámico, 'dígales mejor Da'esh' (algo para ser pisado, en árabe), se habían instalado con intención de quedarse mucho tiempo. 'Discuto con ellos', me dice, 'por internet, discuto con ellos por internet', y entiendo entonces que Emat los reta por chats y se tiran los trastos a la cabeza. A su lado está su íntimo amigo, un amigo sin nombre y sin rostro, aunque sí tiene profesión: es bombero. 'He sido bombero durante veintitrés años', me dice, 'he ayudado a mucha gente, a musulmanes, a cristianos, a yazidíes, pero ahora todo eso no vale de nada, y además no puedo ayudar a los que se quedaron', se lamenta, 'pero no quiero decirle mi nombre ni que me haga una foto porque le tengo tanto miedo a Facebook o twitter como a los de Da'esh: ellos ven internet, pueden localizarte e ir a por ti, están siempre pendientes y yo les tengo mucho miedo'. Amet no parece temerles y se conecta a internet con su inmaculado router blanco, que contrasta con el pedregal en el que se levanta el campamento. 'Si los encuentro...'

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Emat tiene motivos para odiarlos: los yihadistas del Da'esh le han trocado una vida cómoda por una miserable existencia. 'En Mosul yo era funcionario del estado iraquí, tenía una casa grande, de doscientos cincuenta metros cuadrados, con un gran salón, jardín, un buen coche, buenos muebles', recuerda nostálgico, 'pero cuando el Da'esh se aproximó a Mosul el ejército recibió la orden de abandonar la ciudad y cuatro horas antes de que entraran los yihadistas ya no había ni un solo soldado'. Los barbudos, recuerda el anónimo bombero, pronto se multiplicaron y comenzaron a imponer sus normas. 'Las mujeres no son nada, los cigarrillos están prohibidos y si te cogen fumando te arriesgas a una paliza, la música no está permitida, las cinco oraciones del día son obligatorias y si te pillan por la calle te arriesgas a una paliza, o a algo peor, e imagine usted una gran ciudad que tenga que cerrar comercios y oficinas cinco veces al día...', 'son como los talibanes', le interrumpe Emat, 'sólo cambia el nombre...'. Emat y su amigo el bombero son árabes sunitas y a pesar de la escasez de agua pronto aparecen teteras con té hirviendo. 'Cuando nos levantamos aquel día los vimos ya patrullando por las calles y esperamos una semana a ver si cambiaba la situación pero todo seguía igual'. Entonces huyeron de la ciudad: 'al principio pensamos que la huida sería temporal porque Mosul es una gran ciudad y uno no puede imaginarse que el ejército permitirá ese escarnio mucho tiempo', pero el tiempo pasa y comienzan a perder la esperanza. 'El problema', dice Emat, es que el Kurdistán iraquí es seguro y todos queremos venir aquí: si dejaran las puertas abiertas vendría todo Irak'. Como ellos. 'Pasé cinco días durmiendo en el suelo ante un check point de los peshmergas kurdos porque no querían que entráramos: al final se apiadaron y nos dejaron pasar'. El bombero se indigna. 'Yo ganaba 1300 dólares, tenía una buena posición, y mi trabajo era ayudar, pero vestido de uniforme y considerándome agente... me dio miedo de que me ejecutaran y yo también huí...' Le pregunto a Emat por su casa. 'Ahora viven yihadistas dentro, me lo han dicho algunos vecinos que siguen en la zona...'

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Emat se conecta a internet. 'Los soldados iraquíes se cagan cuando ven a los barbudos', dice sonriente, 'los norteamericanos siempre han jugado con los árabes, no podemos confiar en ellos, pero al menos tienen un ejército potente y pueden hacer algo: pero de los iraquíes, permítame reírme...' El ejército norteamericano es su última esperanza, una esperanza en la que no confían demasiado. 'Si hubieran hecho algo cuando esos barbudos eran pocos', comenta, 'esto no habría crecido tanto pero ahora son miles...' El anónimo bombero ni se acerca al laptop, no vaya a captar su imagen la cámara. 'Me da miedo todo', admite, 'los cristianos al menos tienen familia fuera del país y la esperanza de reunirse alguna vez con ellos, pero nosotros... nosotros no tenemos a nadie'. 'Sí tenemos', le dice Emat. 'Nos queda internet...'

miércoles, 27 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Lina, una cristiana en un mar de musulmanes


Lina sonríe con amargura y proclama su fe: ‘soy cristiana’, dice, pero lleva hiyab y parece musulmana. ‘Es que nos atraparon los yihadistas de Da’esh (el Estado Islámico) y nos obligaron a convertirnos’. Lina sonríe y posa para la cámara pero la procesión va por dentro. ‘Ahora los cristianos no quieren que convivamos con ellos porque no se fían de nosotros’. Pero eso es injusto, digo, ¿no fue una conversión impuesta por la violencia?. ‘Sí pero no dejan que vivamos con ellos’.

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De hecho son los únicos cristianos en un campo de refugiados repleto de musulmanes. Los hay de todas las tendencias: sunitas, chiítas, incluso bashkeríes procedentes de las remotas montañas de Sinjar. ‘Pero yo soy cristiana’, insiste Lina mientras mira de reojo la lona de ACNUR que comparte con sus padres: su madre no quiere que hable con nadie, y menos con extranjeros, porque desconfía de todos. Al entrar en el campo de refugiados de Horsham un hombre circunspecto se acercó a abrir la puerta. ¿Son todos musulmanes? 'Todos menos una familia, señor'... ¿Una sola familia cristiana entre casi tres mil refugiados musulmanes? En una esquina del campamento la familia cristiana nos mira con hosquedad. La madre, que lleva la voz cantante, no quiere que se les acerque nadie. El padre está oculto, dentro de la tienda. La hija deambula nerviosa, quiere acercarse y contar su historia pero no se atreve a contradecir a su mami. De pronto, la madre abandona el lugar, parece que va a buscar agua a un pozo, Lina se acerca corriendo: necesita contar su experiencia.

Lina, la cristiana de Mosul, por Hachero 3-imp

‘Cuando llegaron los yihadistas nos atraparon y nos golpearon, me dijeron que no podía llevar pantalones y que debíamos rezar cinco veces al día’. La familia en pleno se convirtió al islam para salvar su vida pero, en cuanto vio una oportunidad, huyó. ‘A las diez de la noche alquilamos un coche y abandonamos Mosul rumbo a Tall Kayf, pero ellos llegaron otra vez y tuvimos que intentar llegar un poco más lejos: a Sumel, pero fue inútil porque llegaron otra vez y entonces conseguimos ponernos a salvo en Duhok’. Cualquiera podría pensar que la pesadilla había acabado pero no: acababa de empezar. Al llegar a Erbil sus hermanos en fe los repudiaron porque habían abandonado el cristianismo. ‘No es justo’, clama Lina con una sonrisa mientras evoca atropelladamente la pesadilla del mes que pasó con los islamistas. 'Estaban siempre disparando, nos pegaban, tuve que dejar de estudiar, estaba en secundaria, ahora tengo 19 años', Lina habla precipitadamente, 'no volveré nunca a Mosul porque tengo miedo, intentaré encontrar a nuestros familiares, que ahora andan por Duhok, y nos quedaremos por aquí, no entiendo por qué no nos aceptan, si me convertí al islam fue por miedo, está muy mal que no nos dejen convivir con los demás cristianos, somos una familia cristiana y estamos rodeados de musulmanes, nos tratan bien pero no soy musulmana...'Su madre nos mira desde lejos. Parece ida y está furiosa. Lina se atusa el cabello bajo el hiyab y se despide nerviosa.

jueves, 21 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Ankawa Mall es un centro comercial y un hogar para los refugiados cristianos


En el lujoso centro comercial de Ainkawa los escaparates de cara ropa brillan por su ausencia y en su lugar cuelgan coladas de harapos que gotean en el suelo sin pulir. En la planta de complementos se suceden los puestos que venden cigarrillos sueltos, chicles, palomitas y chucherías, las galerías comerciales son negros túneles donde se intuyen sombras y cacharros tirados por los suelos. Los gritos de los niños sustituyen la música ambiental y aquella famosa cadena internacional de estética y belleza encuentra dignos sustitutos en los peluqueros locales de Nínive, que aprovechan cualquier rendija en el hormigón para rasurar las barbas de sus clientes. Las grandes firmas de moda, de electrónica y de alimentos no tienen sitio, no tienen hueco, no tienen motivos para reclamar los huecos que les usurparon cuando ni siquiera tenían la intención de instalarse aquí.

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A las puertas del Mall no hay guardias de seguridad, ni arcos detectores de metales, ni siquiera esos molestos aparatos que pitan cuando el dependiente olvida retirar la alarma. En su lugar una abuela estira las piernas sentada en una silla rota mientras una larga cola de desesperados llena garrafas de alguno de los tres grifos de agua potable que abastecen el enorme edificio. Ainkawa Mall es un lugar desabrido, a medio hacer, pero vivo a más no poder, repleto de niños que saltan, de sombras que deambulan por las tinieblas, de mujeres que cargan botellas de agua, un lugar recorrido por peligrosas corrientes de aire que trasladan neumonías en potencia, de galerías en eterna penumbra en las que brillan haces de luz, rayos de linternas, incluso con el deslumbrante sol del mediodía, ojos que te observan, puertas que ocultan dramas impensables.

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'Cuando entraron en Mosul agarré a mi familia y nos fuimos corriendo a Qaraqosh pero el Da'esh (Estado Islámico) llegó también a Qaraqosh y entonces nos vinimos corriendo a Erbil'. Leila Lias me recibe en zapatillas a las puertas de su nuevo hogar, un contenedor en el interior del centro comercial a medio terminar, 'de tanto correr, lo he perdido todo: sólo me queda este anillo' me cuenta enseñando el dedo anular. Al principio, relata, dormían en los jardines de Ainkawa, este pueblo cristiano situado al norte de Erbil, la capital del Kurdistán, 'pero el invierno ya amenazaba y nos trasladaron al edificio'.

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De los doscientos mil cristianos asirios que evacuaron la región de Nínive cuando el Estado Islámico entró a sangre y fuego en el norte de Irak, setenta mil terminaron en esta ciudad. El Ainkawa Mall debía completar el esplendoroso panorama comercial de la población, un próspero enclave cristiano al norte del Kurdistán iraquí, una región que funciona de hecho como un país independiente. La estructura del Mall ya estaba levantada, los garajes terminados, las escaleras mecánicas colocadas, el dueño podía imaginar las tiendas rebosantes de cara mercadería occidental y oriental, al estilo de las decenas de grandes centros comerciales que salpican Erbil y que pretenden emular los grandes emiratos del golfo. Porque, no en vano, el Kurdistán iraquí posee enormes reservas de petróleo, estrenan una sobrada independencia de facto respecto a Bagdad y funcionan como un estado propio que imita a las ricas monarquías del golfo pérsico y que pretende atraer a sus magnates como turistas. Pero entonces ocurrió el desastre, el éxodo de hermanos en la fe, cristianos que huían a tierra de cristianos en un país mayoritariamente musulmán. Buscaban la iglesia de St Joseph pero también el calor de los cristianos. Al principio ocuparon jardines y calles, se hicieron hueco en el patio de la iglesia, en los bordillos, en las aceras. Pero el tiempo transcurría y lo que parecía una huida temporal terminó por imponerse como huida a medio plazo.

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El dueño del Mall aún en construcción les ofreció el techo de su edificio, 'aunque después de dos meses creo que Naciones Unidas comenzó a pagarle un pequeño alquiler por las molestias', me comenta Osman, un rollizo vecino de Qaraqosh. Hoy rondan las mil seiscientas personas, han levantado tenderetes donde venden chucherías, hay peluquerías improvisadas, colas ante los baños prefabricados, los niños corren en bandadas. Donde deberían abrirse comercios lujosos se ocultan contenedores en los que se hacinan familias numerosas bajo cúmulos de mantas, cacharros de cocina, zapatos y bolsas de comida, todo proveniente de donaciones. 'No tengo ropa de invierno', se me queja una señora, 'los baños siempre están llenos', protesta otra, '¿cuánto tiempo más debemos estar aquí?', me inquiere una última. No tengo respuesta para ninguna y casi que tampoco tengo más preguntas porque cada uno de ellos es un torrente de historias espeluznantes. A las puertas del centro comercial, o del peculiar campo de refugiados, se me presentan Carlos Alberto y Joseph, dos simpáticos franceses de SOS Cristianos de Oriente, la única ONG privada que presta ayuda a este colectivo. 'Andamos por la región desde semana santa', me dice Joseph en un simpático castellano, 'y nos vamos relevando cada dos o tres semanas porque las historias que cuentan nos acaban pasando factura...'

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Maha Yusif Ayub también huyó de Mosul. 'No tengo ropa de invierno', me repite, 'y llevamos esto muy mal y le diré por qué: somos gente educada, acostumbrada a tener trabajo, dinero, ropa, y ahora aquí no tenemos nada y no sabemos cómo reaccionar porque nunca nos hemos visto así antes y encima no podemos ni demostrar quiénes somos porque no tenemos los pasaportes encima'. Hekemat Al Habish huyó de Qaraqosh y le tiemblan los labios cuando visualiza su drama: 'he perdido a mis cinco hijos', asegura, 'tres hijas y dos muchachos', con la mirada perdida recuerda la huida, 'escuchamos altavoces en los que los yihadistas nos decían que abandonáramos el lugar o que al llegar nos matarían a todos', y mientras habla veo que en sus ojos no me reflejo yo: se reflejan sus cinco hijos perdidos, el miedo a perderlos, el pánico a saberlos en manos de los sanguinarios barbudos, el horror.

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Imagino ahí una tienda de Zara con grandes escaparates mostrando ropa pero no hay más que un abuelo con un rosario y la mirada ausente. En las galerías secundarias la oscuridad es total y tan sólo los haces de luz de las linternas de las mujeres que cuidan sus cosas rompen una negritud absoluta. En el edificio no hay electricidad y al caer la noche los escalofríos dominan los contenedores y los padres se estrujan a sus hijos para darles calor. Un señor me pide ayuda: 'mi hijo recibió un golpe en la cabeza y ahora no recuerda nada, necesita ayuda', me dice mientras me enseña a su pequeño, de ocho años, que tiene un chichón ya cicatrizado y la mirada ausente, un niño extraño que aguarda paciente sentado en una caja que alguien se digne a comprarle una bolsa de patatas.

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Ziad Khalid es un cristiano grandote y de rapado militar. 'Hacíamos guardia junto a los peshmergas en un control de carretera cuando nos atacó el Da'esh', recuerda, 'y se entabló entonces una lucha endiablada hasta las dos de la mañana, cuando el gobierno del Kurdistán nos ordenó retirarnos: en treinta minutos ISIS ocupó nuestra posición y nosotros huimos...' Ziad recuerda que los primeros disparos vinieron desde lejos y que uno cayó sobre una casa y mató a una mujer y tres niños. 'Huimos entonces a Mosul pero fue por poco tiempo porque Da'esh llegó también allí y entonces nos fuimos a Durhok, pero resultó que también amenazaban la región y terminamos en Erbil porque la zona parece más segura'. Durante tres meses durmieron en una tienda de campaña en un jardín pero con la llegada de los primeros fríos los trasladaron al Mall. 'Echo de menos la tienda', dice, 'porque este edificio es insano y tantas corrientes propician las enfermedades pero con el invierno no podemos dormir al aire libre'. Su mujer sale del contenedor y llora sin lágrimas. 'Por favor', suplica, 'ayúdenos'. Mi amigo Wael, que hace las veces de traductor, no puede más y llora, sin lágrimas también. Cómo no llorar. Aunque sea sin lágrimas.

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