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miércoles, 13 de enero de 2016

Viaje a Israel: revivir al mar Muerto para que siga muerto


Intento hundirme pero no hay modo: el agua me expulsa de su fondo. La superficie aparece moteada de voluminosos cuerpos que experimentan la misma sensación: son peregrinas rusas que aprovechan un alto en el pío camino de Jerusalem para sentirse gráciles plumas que nadie puede hundir. El mar Muerto es un reclamo turístico para sus dos orillas, la de Israel y la de Jordania, y añade un elemento distinto al turismo religioso o al interés geopolítico de la región. Pero el mar Muerto tiene un problema que nadie sabe exactamente cómo resolver: se está secando y eso crea una de esas paradojas que tanto me gustan: el mar Muerto se muere y los países limítrofes quieren revivirlo para que siga estando muerto.

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El problema radica en la crónica carencia de agua de la región. Israel, Jordania y hasta Siria toman agua de los afluentes que vierten sus corrientes en este mar tan salado, desde el río Jordán a otros menos conocidos, una carrera contrarreloj y contra la evaporación que comenzó un siglo atrás y que amenaza de muerte al mar Muerto. Una pena porque no sólo está muerto y salado y lleno de rusas que chapotean agobiadas en un elemento que las supera: también es el punto más bajo del planeta tierra, 400 metros bajo el nivel del mar, lo que convierte la concentración de sal en sus aguas, (diez veces más alta que en el océano, 340 gramos de sal por litro de agua) en una broma macabra para los sedientos y en una oportunidad para los empresarios que levantan balnearios y spas en sus orillas.

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Una broma que nadie quiere que desaparezca porque se iría parte de nuestra historia, desde Cleopatra fascinada por las curiosas aguas a Ludwig Burckhardt arrastrándose vestido de beduino para descubrir la cercana ciudad de Petra. Por eso Israel y Jordania abrirán un canal entre el mar Rojo y el mar Muerto, un canal que abastecerá de agua potable a las ciudad de Aqaba, en Jordania, y a la de Eilat, en Israel, un proyecto de 900 millones de dólares. La conducción principal transcurrirá por territorio jordano y transportará agua salada del mar Rojo mientras que el agua potable vendrá de territorio israelí situado más al norte. El problema radica en mantener un equilibrio entre el aporte de agua y la salinidad del singular mar. El canal tendrá 180 kilómetros y transportará unos 50 millones de metros cúbicos para desalar que irán a los grifos del sur de Israel, otros 30 millones de metros cúbicos para Jordania y un plus de agua dulce proveniente del lago Tiberíades para los grifos del norte de Jordania. Unas cantidades bíblicas pero que no acaban ahí porque las bombas seguirán enviando unos cien millones de metros cúbicos de agua residual proveniente de las desaladoras al mar Muerto, una cantidad que parece mucha pero que sólo incrementará el nivel de este mar tan salado en unos 10 centímetros al año, un combate desigual porque el ritmo de secado es de cien centímetros anuales, una cantidad que asombraría a los vecinos de un siglo atrás que verían cómo la orilla ha descendido 25 metros después de perder un tercio de su masa de agua.

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El proyecto no deja de generar polémica y la Asociación Amigos de la Tierra, de Israel, se opone a esta idea porque ve en peligro de morir, paradójicamente, al mar Muerto, que moriría dos veces al recibir aguas nuevas que puedan traer bacterias y algas ajenas a este extraño ecosistema con mucho de sistema y muy poco de eco. Sin la ayuda del canal, el mar Muerto desaparecerá en unos cincuenta años. Con el canal, tal vez tarde unos años más pero tal vez muera convertido en un mar distinto del mar actual. Lo que sí parece cierto es que el mar Muerto está condenado a muerte y eso preocupa a los que tratan de mantenerlo vivo para que siga ofreciendo su peculiar muerte a sus visitantes...

martes, 13 de octubre de 2015

Viaje a Turquía: Halfeti, la ciudad a medio sumergir


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En algún lugar de ese fondo oscuro del lago caminó el rey asirio Shalmaneser II, desfilaron las tropas bizantinas y se deslomaron los mamelucos arrastrando piedras para rendir la fortaleza de Rumkale. Desde ahí abajo lanzan burbujas los atónitos muertos de los últimos tres mil años, presas de dos exóticos cementerios que sólo pueden visitarse con bombonas de buceo y aletas. Si algún espíritu quedó atrapado en esos caminos tan frecuentados en la Antigüedad ahora observará estupefacto que no hay más que agua donde antes cimbreaban las copas de los árboles y que en la superficie resuenan atronadoras las últimas tendencias de la canción ligera turca.

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Porque lo que fue un cruce de caminos y una acumulación de civilizaciones es ahora una presa del grandioso proyecto Gap, del que ya he hablado aquí, un proyecto que medio sumergió al pizpireto pueblo de Halfeti, con sus bonitas mansiones de piedra labrada y sus calles empinadas tapizadas en parte por cáscaras de granadas despanzurradas, una ciudad que se desparrama por una ladera hasta perderse en la negritud de las aguas y que pierde la calma los fines de semana y fiestas de guardar con domingueros vocingleros. La agresividad guerrera de los tiempos pasados se despierta en cada comerciante cuando atisba un visitante, le empuja sin miramientos, le grita complicadas frases en turco y pretende cebarlo con kebabs y ayran (yogurt de leche de oveja muy ácido con agua y sal) antes de que lo haga el restaurante vecino. A los lados de las pasarelas reposan trozos de columnas milenarias, saqueadas sabe Dios si de un templo aún por catalogar, de un palacio escondido, de una mansión submarina.

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Llegué a Halfeti desde la muy noble ciudad de Gaziantep, a un par de horas, y cometí el error que deben de cometer todos los visitantes que no dominan el turco: me presenté muy ufano en Halfeti pretendiendo ver el lago. ¿Qué lago?, me preguntó un señor tocado con kafiya. ¿Esto no es Halfeti?, le pregunté a su vez. 'Sí, claro, Halfeti, pero aquí no hay ningún lago'. Y entonces, con estudiada ocurrencia cae en la cuenta, 'ah, claro, Halfeti'. Porque resulta que hay dos Halfetis, la antigua ciudad que se remonta como poco al siglo V Antes de Cristo y una nueva Halfeti, donde reside la población de la antigua Halfeti, o al menos las doscientos y pico familias que aceptaron una casa nueva por una casa milenaria.

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La nueva Halfeti tal vez ofrezca algo de interés a los arqueólogos del futuro aunque, y muy a mi pesar, debo decir que me pareció gris y funcional, seca y sin gracia. Desde que en el año 1999 se inaugurara la presa de Birecik los vecinos de la antigua ciudad de los asirios han ganado en comodidad pero perdido memoria. Los lugareños lo celebran porque pueden ganarse la vida con alguien más que algún despistado amante de Indiana Jones y ofrecen, a gritos como decía, sus pescados y kebabs con malas artes incluso, pero con la seguridad de que su otrora meca de la arqueología es ahora, además, meca del submarinismo de agua dulce, del trekking y de los efectos paisajísticos del mencionado proyecto GAP.

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Alrededor de doscientas mil personas visitan ahora anualmente este apacible lugar, 'la ciudad lenta' le dicen sus pocos habitantes mientras los visitantes deambulan ahítos de té y kebabs por las empinadas cuestas de las calles que evitaron las aguas y se enseñorean de una colina con vistas a un pequeño mar. Desde el balcón de una hermosa pero no menos ruinosa mansión me pregunto qué sentirían sus antiguos habitantes si les diera por resucitar y vieran que donde antes había un valle ahora flotan naos surgidas como de un pliegue espacio tiempo. Ahí abajo la gran mezquita de Halfeti, levantada en 1844 por el arquitecto armenio Adir, siente las olas del lago azotar su patio principal, sus rocas labradas la erosión de las aguas, su minbar el ajetreo de parejas de novios que se adentran en el edificio para robarse un beso.

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La comarca es un yacimiento en sí mismo y si las mansiones de Halfeti no satisfacen a los turistas siempre les queda el consuelo de las miles de cavernas con vistas al lago, muchas de ellas aún por examinar por ojos expertos, el castillo griego de Rumkale, puerta de los castillos de la Anatolia, monasterios, miles de tumbas de piedra, pueblos fantasmas, todo al exclusivo alcance de larguísimas caminatas o a bordo de uno de esos barquitos.

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En lugar de eso, prefiero caminar por el puente colgante, donde se señala bien claro el protagonismo del proyecto GAP, el sueño de Atatürk, un puente que deberían cambiarle el nombre, 'Puente de los Selfies' le quedaría mejor. Y pienso entonces en que tal vez existirá otro puente similar en la cercana Hasankeyf, un Halfeti aún sin sumergir y donde ha anidado la polémica porque al tiempo es mucho más que Halfeti: allí serán doce mil los años que sumergirá el polémico proyecto y la contestación, nacional e internacional, ha sido mucho mayor. Allí también paseé por una ciudad nueva, impoluta, como sin abrir del paquete, donde residirá la población de la antigua ciudad, muchos de cuyos vecinos deseaban perder de vista tanta piedra antigua y estrenar apartamento...

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Lo que fue el Éufrates es ahora un lago de profundas aguas bajo el que en días claros pueden verse calles que conducen hacia ninguna parte, huertos congelados en un eterno suspiro acuoso, dice una vecina que en según qué zonas aún pueden adivinarse los tejados de algunas casas. Sobre las laderas de la Halfeti de aguas arriba transitan grupos de jóvenes, huéspedes de alguno de los innumerables hotelitos, casas rurales, hostales, un pueblo dedicado a vender tranquilidad y el aroma a leña de chimenea reafirma el sentir: este es un pueblo para venir en pareja, enamorado, o con un grupo de amigotes, a hacer el cafre. Para los primeros la tierra ofrece algo único: rosas negras, las únicas que nacen en el planeta, una rara variedad genética del rosal de toda la vida que aquí brota de abril a mayo debido al microclima de la comarca y, quién sabe, tal vez decididas a olvidar el rojo que ha manchado el valle desde épocas inmemoriales.

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Trescientos millones de dólares costó la presa de Birecik que ha dejado a la antigua Halfeti convertida en la exótica Halfeti. Un dinero que supongo recupera cada poco porque los locales se afanan en construir hoteles en las colinas y en remodelar las antiguas mansiones como hostales con encanto. Una señora me pide una foto. 'Nunca antes había visto un español', me dice la buena señora, 'espere que llamo a mi nieta'. Es una de las doscientas ocho familias que decidió quedarse en el pueblo. Otras dieciséis familias se asentaron en los alrededores y el resto prefirió la dudosa modernidad de la nueva Halfeti. Yo también me hubiera quedado. Entre cavernas, caravanserais, castillos, monasterios y una mezquita medio sumergida.

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lunes, 3 de agosto de 2015

Viaje a Irak: el agua de los refugiados




'Te levantas y ya piensas en el agua: miras a los niños y no sabes cómo lavarlos, ves los cacharros y no sabes cómo limpiarlos, ves la cola en el retrete y no sabes si tendrás paciencia, ves la cola en el grifo y no sabes cuánto tiempo perderás en llenar una garrafa...' Leila Lias me mira con ojos suplicantes y de pronto sonríe: '¿quiere un té?' Son los pequeños gestos que nos hacen más humanos, pienso mientras rechazo el ofrecimiento porque un té es un lujo casi inaccesible como para que se lo ofrezcan a un extranjero lustroso y ahíto de líquidos.
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Leila vive en un centro comercial a medio construir desde que huyó de su Qaraqosh local ante la amenaza de muerte de Da'esh, o Estado Islámico, y tan sólo pudo salvar un anillo.... Ahora su principal preocupación es el agua y, cuando tiene tiempo, pensar en volver a casa...

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Repasando las fotos me doy cuenta de que en los campos de refugiados siempre hay alguien de fondo cargando un cubo, una garrafa, una botella. Que los grifos siempre tienen cola y que el agua absorbe tanto tiempo en el pensamiento como en los esfuerzos por conseguirla.

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¡Qué sencillo nos parece apretar el grifo, o girarlo, y que el líquido caiga abundantemente hacia ninguna parte! ¡Cómo nos damos el lujo de dejarla correr, de alargar el enjuague bucal, la ducha, de llenar la bañera de agua humeante! Estos refugiados tenían casa con grifos, algunos con jardines que regaban alegremente con mangueras fabricadas en China, otros incluso usaban albercas a modo de piscinas, jamás pensaron que el agua se convertiría en un elemento central de unas vidas de miseria en la que los malos recuerdos sólo pueden hacerse un hueco en las mentes cuando por fin hemos conseguido agua. Y no sabe uno qué es peor.

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Cada día 52 millones de personas se levantan con una obsesión: agua. Necesitan agua para beber, para lavarse, para limpiar los cacharros, las ropas, para cocinar, para enjuagarse, para refrescarse, para peinarse. Para vivir. El problema del agua afecta a muchos más millones de personas en este planeta pero esos cincuenta y dos millones tienen un común denominador: alguien les robó sus grifos. En Irak, por ejemplo, los yihadistas de Da'esh les arrebataron las casas, con sus grifos dentro, y ahora se las ven y se las desean para conseguir una garrafa y luego para llenar esa garrafa de un agua limpia que no les cree problemas. Los niños corren, se manchan, las madres se desesperan, las ollas humean, la ropa se acumula en los barreños, y todos tienen una misma necesidad: agua. Para el té, para la colada, para el guiso, para el calor. Casualmente, o no, los países que registran un mayor número de refugiados son Sudán del Sur, Siria, República Centroafricana, Congo, Colombia e Irak, precisamente países donde se suda mucho porque hace bastante calor.

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Sólo en Irak tres millones de personas han sido obligadas a abandonar sus casas, y de ellas un millón doscientas mil personas han huido de sus hogares en 2014, de las que trescientas mil han terminado aquí, en el Kurdistán iraquí, zona segura, tan segura que ha acogido, además, a otros doscientos mil sirios que huían de la guerra en el vecino país. Desde agosto Naciones Unidas tiene decretado en Irak su nivel máximo de emergencia, el tres, por un problema que ha desplazado dentro del país a casi dos millones de personas. ACNUR entrega lo básico: colchonetas, garrafas, mantas, lonas de plástico. Nada excepcional, aunque todo indispensable para unas personas que lo han perdido todo. Y, sobre todo, una ayuda para esos países, los kurdos iraquíes, los turcos o los jordanos, que se esfuerzan en hacer hueco a una gente que lo ha perdido todo.

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La falta de donaciones y de dinero público obliga a la ONU, sin embargo, suspender los vales del Programa Mundial de Alimentos y a poner en serio riesgo a esta gente. Un riesgo que comienza ahora en la frontera porque los países receptores se verán obligados a aportar lo que los países ricos no aportan, por lo que no es difícil imaginar que los controles de acceso se endurecerán y los civiles no podrán ni tan siquiera huir del infierno. No es por hacer un juego de palabras pero les cierran el grifo. Y eso, en esta situación, puede resultar mortal. Asfixiante.

Tan injusto como negarle el agua a un sediento.

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jueves, 7 de noviembre de 2013

Viaje al Proyecto del Sudeste de la Anatolia (GAP): el agua de Turquía como fuente de poder



Mustafá Kemal tuvo un sueño en los años treinta: el desierto sería verde, sobre la arena crecerían árboles y los beduinos tendrían tanta agua que el Creciente Fértil no sería una absurda frase con sentido sólo en los libros de historia. Mustafá Kemal, más conocido como Atatürk, o padre de los turcos, no sólo cambió radicalmente el rumbo de los restos del imperio otomano tras su derrota por los aliados en 1918. Atatürk no sólo trasladó la capital de Estambul a Ankara para olvidar cuanto antes al extinto imperio, no sólo cambió el alfabeto del árabe al latino, no sólo revitalizó un país que lo tuvo todo y ya no tenía nada. Mustafá también soñó con un vergel en el desierto y el tiempo le está dando la razón.

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Fue en 1936 cuando creó la Administración para Estudios Eléctricos con el firme objetivo de proponer una política hídrica que aprovechara los recursos hidrológicos que, pensaba, se perdían en vano. Y se perdían porque las corrientes fluyen, como dijo el filósofo, y el preciado agua atravesaba desiertos pedregosos y sedientos para perderse tras las fronteras de Siria y de Irak.

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Las corrientes fluviales eran las de dos de los ríos más famosos del planeta, el Tigris y el Éufrates, ambos con sus fuentes en la Anatolia y sus desembocaduras en el golfo Pérsico, y las pérdidas ocurrían nada más cruzar los bordes fronterizos, donde se convertían en ganancias para otros (para sirios e iraquíes: y lo que es peor, para kurdos rebeldes). La idea que sembró Atatürk creció en las oficinas del imperio venido a menos hasta que en la década de los sesenta la ciudad de Diyarbakir se convirtió en el centro de las primeras explotaciones en serio. No debió de irles nada mal porque el proyecto siguió creciendo como una bola de agua y en la década de los ochenta surgió el conocido como Proyecto del Sudeste de la Anatolia, cuyo acrónimo en turco es, precisamente, GAP. Tan importante resulta que el sureste de la Anatolia lleva ahora ese nombre: región del GAP.

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Y es que los efectos beneficiosos del proyecto ya se dejan notar: es el tercer exportador mundial de pistachos, un fruto seco que crece desaforadamente en los alrededores de la ciudad, y en su provincia, hasta alcanzar la asombrosa cifra de 60.000 millones de toneladas, sólo superada por Irán y los Estados Unidos. El pistacho, y otros productos de las huertas turcas, rebosan los cestitos en el zoco, en el mercado, en los dulces Baklava que venden las numerosas tiendas de la ciudad, miles de turistas turcos visitan cada año la ciudad buscando pistachos y grandes comilonas en selectos restaurantes, el pistacho es la seña de identidad de esta ciudad, incluso con un monumento en forma de pistacho, y por supuesto las aceitunas, productos claramente beneficiados por la expansión de las presas del GAP. Pero esto no es sino una minucia: los cultivos de maíz desbordan los arcenes y en cualquier rincón de la Anatolia te encuentras un abuelo que te vende mazorcas asadas en carritos calentados con carbón…

Gaziantep pistachos

Para el mundo exterior es un hercúleo intento de convertir el desierto en vergel gracias a la represa de los dos ríos, del Tigris y del Éufrates, en 22 pantanos, 19 hidroeléctricas con una capacidad de 7476 megawatios, cientos de kilómetros de canales de irrigación, un macro proyecto a lo largo de más de 75.000 kilómetros cuadrados, con casi dos millones de hectáreas de tierra cultivable, un sueño que tenía un presupuesto inicial de 21.500 millones de euros y que a buen seguro se habrá quedado corto porque debía de haber terminado en 2010 y aún quedan presas por construir (por no nombrar las enmiendas que ha sufrido el proyecto porque se les han unido otras 11 presas junto a las fronteras de Irán e Irak). Los turcos estiman que los dos grandes ríos generan más de 50 billones de metros cúbicos de agua al año, lo que podría generar 27 billones de kilowarios por hora, además de emplear a casi cuatro millones de personas en agricultura y derivados en una región azotada por las sequías, la desertización y sus consecuencias (entre las que se cuenta el PKK). Es decir, el sueño de Atatürk se diversificó con el tiempo, los beduinos no tendrían sólo forraje fresco para sus bestias sino también luz eléctrica y trabajo a paletadas. Y para todo eso es necesario construir más viviendas, y centros de salud, y colegios y centros de distribución de productos agrícolas y hasta piscícolas. Los mercados estarían abastecidos a más no poder, los guerrilleros kurdos dejarían las armas porque Turquía les ofrecía algo más que arena y los belicosos vecinos les respetarían como potencia hídrica. Como plan no está mal y, además, tiene visos de convertirse en realidad.

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La carretera que une Sanliurfa con Gaziantep ofrece una extraña mezcla de paisajes: ahora desierto pedregoso, ahora campos de maíz, ahora piedras desperdigadas, ahora enormes campos de cultivo. De no ser por el escenario allá al fondo, donde las columnas de humo delatan los bombardeos de la guerra de Siria, cualquiera diría que se está construyendo una versión polvorienta del paraíso (que debió de estar por estas regiones, por cierto). La capital de los kurdos, Diyarbakir, parece aumentar de tamaño a ojos vista, la ciudad antigua está cada vez más lejos del perímetro, que crece sin cesar, los bloques de pisos, las grúas, los andamios, las calles levantadas, y todo esto durante kilómetros y kilómetros, me hacen recordar las estampas de mi triste país en los años que todos conocemos ya como 'De la Burbuja'. Y no es la única. Sanliurfa crece a través del desierto, Gaziantep se expande, Mardin se acerca a su propio horizonte. Un Mercedes último modelo adelanta mi desvencijado autobús, y no es el primero que veo. En Mardin conozco a un grupo de ingenieros y arquitectos atraídos por los altos sueldos que se pagan en la región: construyen urbanizaciones enteras, hablan por Iphone y consultan el correo en sus Ipads mientras se dirigen a sus potentes 4x4.

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El sudeste de la Anatolia transpira dinero y actividad febril, visité incluso las obras de la nueva ciudad de Hasankeyf, una ciudad entera, y nueva del paquete, construida a toda velocidad para trasladar a toda la población de la antigua Hasankeyf, que quedará sumergida bajo otro pantano en un dramático capítulo del GAP (porque hundirá nada menos que 120 siglos de historia, doce mil años) Los efectos colaterales del GAP no son nada, cree el gobierno turco, con el futuro que le ofrece al país. Aquí puedes ver la página oficial del proyecto GAP y sus pretensiones.

construcción Sanliurfa

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Turquía mira cada vez menos a Europa, la eterna aspiración desde que Atatürk desmanteló los restos del imperio otomano, y comienza a sentirse parte importante de la Geoestrategia, del Heartland y el Rimland de los grandes geógrafos del pasado. Si durante la década de los años noventa las autoridades iraquíes estimaron que los cauces de los ríos Éufrates y Tigris había disminuido nada menos que tres cuartas partes (de 40.000 millones de metros cúbicos a 11.000 en sólo tres años), poca fuerza tendrán ahora en el devastado Irak post Sadam. ¡¡Y qué decir de Siria, donde Al Assad no tiene asegurado el desayuno de mañana!! Turquía tiene las manos libres para seguir con un plan que iba a continuar pese a sus vecinos. Ya lo ha dicho las autoridades turcas: somos conscientes de lo necesitado de agua que están nuestros vecinos pero nosotros no podemos perjudicar nuestro propio sistema hídrico y energético...'. 

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De hecho, la pieza central de todo el entramado es la presa Atatürk, con el nombre del soñador, una presa que ya ha recibido amenazas de atentados terroristas (antes de que Irak y Siria entraran en barrena). Más de dos mil kilómetros cuadrados de tierra fértil de la meseta de Harran se riegan por la simple ley de la gravedad. Se trata de un desequilibrio en la posición que ha ocupado Turquía en el último siglo. Ahora que parece alejarse Europa definitivamente los turcos se dan cuenta de que les da igual porque ante ellos se abre un horizonte inesperado: el de posición predominante en el Asia Central. Aburridos ya de esperar a que Europa les abra unas puertas que les cerraron en el sitio de Viena, en 1529, cuando el imperio otomano alcanzó su cénit, los turcos comienzan a replantearse si su lugar está donde les señaló el soñador Atatürk o tal vez donde reside su espíritu, el asiático, con sus hermanos de raza, los uigures, los turcomanos, los uzbekos, incluso los mongoles y japoneses.

Hasankeyf Tigris

Turquía vuelve a ser consciente de su lugar en el mundo, en el mayor puente natural de la geografía planetaria, la Anatolia, los turcos se preguntan si tal vez no han despreciado demasiado al islam durante décadas y deban girar la cabeza al mundo de Mahoma. Robert Kaplan recoge el dato en su nuevo y fascinante libro, The Revenge of Geography: en 1945 Turquía tenía 20.000 mezquitas, en 1985, 72.000 y hoy son muchas más. Su posición se ha afianzado tanto que incluso Israel, su aliado por años, le ha tenido que pedir perdón por la masacre de la Flotilla de la Libertad, un caso sin precedentes en la diplomacia hebrea. Turquía lucha con otra potencia emergente en el centro de Asia, Irán, y ambos lo hacen por el liderazgo del Islam, uno desde la opción suní, como es Turquía, la otra desde la alternativa del chiísimo, como es Irán. Pero si Irán tiene en su poder unas poderosas redes diplomáticas por toda la región, Turquía parece tener un as guardado bajo la manga: tiene agua, muchísima agua, y más que va a tener, en una región donde cada gota cuenta como un tesoro y que Turquía acapara con la intención de ser el centro hídrico, energético y pieza fundamental para el acceso a las riquezas petroleras y gasísticas del centro de Asia.

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