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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Viaje a la frontera turco-siria: V de Kobane


En la cola del reparto de alimentos de la Media Cruz Roja, o en las escaleras a medio acabar de un edificio sin terminar, en el interior de una mezquita, en las calles, en tiendas, en comercios cerrados, en jardines y en los campos de refugiados. Los vecinos de Kobane refugiados en la ciudad turca de Suruc sacaban la mejor de sus sonrisas y ponían dos dedos en forma de uve. V de Kobane. V de resistencia, de no podrán con nosotros. V de Victoria.

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¿O será V de paz? ¿De basta ya? El uso de los dos dedos en forma de V se popularizó en la Segunda Guerra Mundial y desde entonces no hay poderoso o mindundi que no lo haya usado. Un gesto tan natural que sale sin pensarlo, sin pretenderlo, un gesto de dignidad o de cabezonería pero un gesto que se ha convertido en universal.

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Durante la guerra de los Cien Años los franceses juraron cortar los dedos corazón e índice de todos los arqueros británicos que capturaran en la batalla de Agincourt para que nunca más pudieran disparar sus flechas. Los ingleses, sin embargo, salieron victoriosos y se dedicaron a enseñar esos dedos tan odiados en Francia, unos dedos que, además, formaban una V, la V de victoria. Eso, al menos, dice la leyenda (pincha aquí), según unos escritos de Jean de Wavrin contenidos en la Biblioteca Nacional de Francia en los que se hablaba de que 'cortarían tres dedos de la mano derecha a todos los arqueros hechos prisioneros para que no murieran más hombres ni caballos' (sic).

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Pero un historiador inglés le dio la vuelta a la tortilla porque vio que los tres dedos exigidos por los franceses excedían en uno a los ofrecidos por los ingleses y en ese mismo artículo recuerda ese gesto en la mano del rollizo Winston Churchill repetido hasta la saciedad. Sir Winston no desaprovechaba la ocasión para hacer el símbolo de la V y se popularizó como el de la Victoria.

RICHARD NIXON FAREWELL
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Sea suyo, sea de los arqueros, sea un símbolo esotérico o sea lo que sea, los dos dedos en forma de V ya son una propiedad del planeta entero y aunque todo parece indicar que tiene cierto origen anglosajón, no hay persona en este mundo que no lo use como propio. El Washington Post enumera esta serie de personajes y momentos curiosos, comenzando por la la BBC, donde se menciona a un tal coronel Britton instando a usar el símbolo como gesto de resistencia en los territorios ocupados de Francia frente a los invasores nazis. La V es la inicial de la española Victoria pero también de la inglesa Victory y de la francesa Victoire y de la holandesa Vrijheid, que significa libertad. Los afroamericanos en los tiempos de Luther King usaban la doble V como reclamo de igualdad. Truman, Eisenhower o Nixon también usaron este gesto, este último de un modo especialmente ridículo que ha pasado a la historia. Por no hablar de Lech Walesa, en su épica lucha contra la Unión Soviética, la inefable Margaret Thatcher tras derrotar a los argentinos en la guerra por las Malvinas, o Yaser Arafat al modo Churchill: repetidamente, siempre que tenía ocasión, casi como modo de reafirmarse.

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'Kobane será nuestro Stalingrado', decían, y dicen, los kurdos, y supongo que lo dicen, y lo decían, desde el punto de vista soviético, del de los vencedores, los de la V. Los combates se producen en cada calle, en cada casa, en cada estancia, y la sensación que flota en el ambiente es que el vencedor, el de la V, se llevará también la victoria final de la guerra, como ocurrió en Rusia. Claro que ni Kobane es Stalingrado ni el número de muertos de la segunda es comparable a los que ya han caído en la primera. Los kurdos sueñan con poner la primera piedra de un estado independiente, un Kurdistán que englobe a los kurdos de Siria con los del sur de Turquía y los ya independientes de facto del norte de Irak. Al menos esos. Los kurdos de Irán tendrán que esperar porque su inclusión en ese hipotético país es algo menos que una quimera (de momento).

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Pero mientras eso ocurre, los vecinos de Kobane que han ocupado cualquier hueco de Suruc, desde campos de refugiados en mitad de sembrados a edificios a medio construir o mezquitas atestadas, levantan sus dedos índice y corazón y posan ante las cámaras. Victoria, paz, tesón. No importa. Y tampoco importa que el gesto venga de los arqueros británicos, de Winston Churchill o de John Lennon. Estamos aquí, parecen decir, no han podido borrarnos del mapa. Y eso siempre es una victoria. Con Uve.

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domingo, 9 de agosto de 2015

Viaje a Irak: Kovan, el boxeador sin ring


Kovan Yalmaz tenía un sueño: convertirse en campeón del mundo de boxeo. Y como se le daba bien eso de liarse a puñetazos entró en un gimnasio, y luego en un equipo, y más tarde lo vio un ojeador, y su carrera fue ascendiendo hasta convertirse en miembro del equipo nacional de Boxeo de Irak. Y Kovan comenzó una carrera fulgurante en el fabuloso mundo del boxeo. Viajaba por todo el país para ofrecer exhibiciones, competir en los torneos nacionales, estaba a punto de dar el salto al extranjero para mostrar al mundo que en Irak la violencia puede tener reglas, que las tortas no tienen por qué salir del ring, que dos púgiles pueden tomar un té después del combate. 'Yo era muy bueno, sabe usted', me dice Kovan con aire ausente, 'era una promesa y los entrenadores me animaban porque veían muchas cualidades en mis aptitudes'. Kovan superó todos los retos que se le presentaron pero el destino es juguetón. Un mal día escuchó que unos tipos venían a su ciudad con malas ideas. Su ciudad es Mosul. 'Sólo tengo mis puños como arma', me cuenta Kovan, 'y no bastan para luchar contra los yihadistas del Da'esh'. Los barbudos del Estado Islámico tomaron Mosul y una gran parte de sus vecinos huyó con lo puesto. Entre ellos, Kovan.

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En la mejilla de Kovan reluce una cicatriz. 'Un golpe que no tiene nada que ver con el boxeo', dice con vergüenza. Sus aptitudes en el ring no valen de nada ante los majaras que cortan cabezas por diversión. 'Ya no puedo entrenar', se lamenta en el campo de Horsham, al norte de Erbil, la capital del autoproclamado estado independiente del Kurdistán iraquí. 'Además', sentencia con un gesto serio, 'ya estoy mayor para volver: tengo veinte años, he perdido mi oportunidad'. Kovan se despide con gesto adusto, deprimido. Tras de sí, un mar de tiendas de campaña con lonas de Acnur. Por delante, la titánica tarea de acarrear agua para las necesidades más básicas. En la memoria los recuerdos de cuando Kovan brincaba en el ring y soñaba con ser el campeón del mundo de boxeo...

lunes, 3 de agosto de 2015

Viaje a Irak: el agua de los refugiados




'Te levantas y ya piensas en el agua: miras a los niños y no sabes cómo lavarlos, ves los cacharros y no sabes cómo limpiarlos, ves la cola en el retrete y no sabes si tendrás paciencia, ves la cola en el grifo y no sabes cuánto tiempo perderás en llenar una garrafa...' Leila Lias me mira con ojos suplicantes y de pronto sonríe: '¿quiere un té?' Son los pequeños gestos que nos hacen más humanos, pienso mientras rechazo el ofrecimiento porque un té es un lujo casi inaccesible como para que se lo ofrezcan a un extranjero lustroso y ahíto de líquidos.
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Leila vive en un centro comercial a medio construir desde que huyó de su Qaraqosh local ante la amenaza de muerte de Da'esh, o Estado Islámico, y tan sólo pudo salvar un anillo.... Ahora su principal preocupación es el agua y, cuando tiene tiempo, pensar en volver a casa...

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Repasando las fotos me doy cuenta de que en los campos de refugiados siempre hay alguien de fondo cargando un cubo, una garrafa, una botella. Que los grifos siempre tienen cola y que el agua absorbe tanto tiempo en el pensamiento como en los esfuerzos por conseguirla.

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¡Qué sencillo nos parece apretar el grifo, o girarlo, y que el líquido caiga abundantemente hacia ninguna parte! ¡Cómo nos damos el lujo de dejarla correr, de alargar el enjuague bucal, la ducha, de llenar la bañera de agua humeante! Estos refugiados tenían casa con grifos, algunos con jardines que regaban alegremente con mangueras fabricadas en China, otros incluso usaban albercas a modo de piscinas, jamás pensaron que el agua se convertiría en un elemento central de unas vidas de miseria en la que los malos recuerdos sólo pueden hacerse un hueco en las mentes cuando por fin hemos conseguido agua. Y no sabe uno qué es peor.

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Cada día 52 millones de personas se levantan con una obsesión: agua. Necesitan agua para beber, para lavarse, para limpiar los cacharros, las ropas, para cocinar, para enjuagarse, para refrescarse, para peinarse. Para vivir. El problema del agua afecta a muchos más millones de personas en este planeta pero esos cincuenta y dos millones tienen un común denominador: alguien les robó sus grifos. En Irak, por ejemplo, los yihadistas de Da'esh les arrebataron las casas, con sus grifos dentro, y ahora se las ven y se las desean para conseguir una garrafa y luego para llenar esa garrafa de un agua limpia que no les cree problemas. Los niños corren, se manchan, las madres se desesperan, las ollas humean, la ropa se acumula en los barreños, y todos tienen una misma necesidad: agua. Para el té, para la colada, para el guiso, para el calor. Casualmente, o no, los países que registran un mayor número de refugiados son Sudán del Sur, Siria, República Centroafricana, Congo, Colombia e Irak, precisamente países donde se suda mucho porque hace bastante calor.

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Sólo en Irak tres millones de personas han sido obligadas a abandonar sus casas, y de ellas un millón doscientas mil personas han huido de sus hogares en 2014, de las que trescientas mil han terminado aquí, en el Kurdistán iraquí, zona segura, tan segura que ha acogido, además, a otros doscientos mil sirios que huían de la guerra en el vecino país. Desde agosto Naciones Unidas tiene decretado en Irak su nivel máximo de emergencia, el tres, por un problema que ha desplazado dentro del país a casi dos millones de personas. ACNUR entrega lo básico: colchonetas, garrafas, mantas, lonas de plástico. Nada excepcional, aunque todo indispensable para unas personas que lo han perdido todo. Y, sobre todo, una ayuda para esos países, los kurdos iraquíes, los turcos o los jordanos, que se esfuerzan en hacer hueco a una gente que lo ha perdido todo.

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La falta de donaciones y de dinero público obliga a la ONU, sin embargo, suspender los vales del Programa Mundial de Alimentos y a poner en serio riesgo a esta gente. Un riesgo que comienza ahora en la frontera porque los países receptores se verán obligados a aportar lo que los países ricos no aportan, por lo que no es difícil imaginar que los controles de acceso se endurecerán y los civiles no podrán ni tan siquiera huir del infierno. No es por hacer un juego de palabras pero les cierran el grifo. Y eso, en esta situación, puede resultar mortal. Asfixiante.

Tan injusto como negarle el agua a un sediento.

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lunes, 1 de junio de 2015

Viaje a Irak: con los chabakíes expulsados por el Estado Islámico


'En la ciudad huele a muerto', me dice Eptisan, 'he hablado por teléfono con algunos vecinos que no pudieron huir del Da'esh y nos dicen que mi calle huele a muerto porque los yihadistas no recogen los cadáveres'. No resulta fácil conocer a un chabakí, sobre todo porque viven repartidos entre Mosul y un puñado de aldeas al norte de Irak, en las montañas de Sinjar, en la remota región de Nínive, que me trae recuerdos de las clases de historia, de Babilonia y de Mesopotamia. Por eso cuando mi amigo Wael me los señala, 'mira, chabaquíes', los observo como el que ha ido al museo. Sus historias son tan tremendas como las de todos los que han huido de esta absurda guerra, y la frase de Eptisan, 'mi calle huele a muerto' lo atestigua, pero a los relatos increíbles se une, en mi caso, el aliciente de contemplar cara a cara a gente de un pueblo del que sólo he leído referencias lejanas.

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No se sabe muy bien cuántos individuos compone esta misteriosa minoría y las cifras bailan entre los sesenta mil y los doscientos cincuenta mil. En todo caso, su hogar está muy delimitado a un puñado de sesenta aldeas al norte de Irak, aldeas con nombres como Ali Rash, Khazna, Yangidja y Tallara, aldeas que hoy están en manos de los despiadados yihadistas del Estado Islámico, ISIS, de donde han expulsado a decenas de miles. 'Los vimos venir desde lejos', me cuenta Nur Hisian, una hermosa adolescente de doce años, 'y nos subimos a la segunda planta de nuestra casa, mamá estaba aterrorizada porque los pershmergas habían huido y no había nadie para detener su avance...'

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Nur, la chabakí que huyó de Nínive

Los chabakíes, que suelen vivir junto a yazidíes y cristianos, se prepararon para lo peor. Abderrahman tiene once años y recuerda que la mayoría de los yazidíes huyó a las montañas porque los yihadistas 'venían con mucha gente y con sus banderas negras, y estaban como locos buscando yazidíes y chiítas, ellos sí les plantaban cara porque sabían que querían matarlos, pero al final los mataban de todos modos porque se resistían'. Vienen de Kokjali, dice, y asistieron a la destrucción de la mezquita, desde la que un grupo de resistentes plantó cara a los yihadistas. No quedó ninguno de los defensores y los chabaquíes que pudieron, huyeron con lo puesto.

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Nadie sabe a ciencia cierta quiénes son estos chabaquíes. Ellos afirman proceder del norte de Irán y aseguran que sus antepasados eran los soldados del sha Ismail I, un azerí que reunificó Irán y extendió el chiísmo por la región, aunque también se dice que el tal Ismail era un importante poeta sufí en secreto y que por eso esta gente mezcla conceptos chiítas con otros más propios del misticismo sufí. Para terminar de enredar la madeja los iraquíes se dividen entre los que los consideran kurdos persas y los que creen que no son más que turcos de la Anatolia. El caso es que los chabaquíes han sido poco menos que casta inferior durante siglos, considerados los más pobres entre los pobres, hablantes de un extraño idioma que mezcla árabe con turco, persa y kurdo y despreciados por sus vecinos. Aunque los yazidíes han alcanzado algo más de fama por aquello de que en sus ritos parecían adorar al demonio, los chabaquíes tienen también una religión de lo más heterogénea.

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Su interpretación del Corán es más literal que la que trata de imponer la Sharía y aunque esto pueda darles apariencia de musulmanes, sus creencias mezclan islam y cristianismo. Por ejemplo, permiten la confesión pública, como los cristianos, y beben alcohol, lo que les crea serios problemas con sus vecinos y mucho más con los disparatados yihadistas del Estado Islámico, que los ven como herejes. Además, no construyen mezquitas sino unos edificios que llaman Khanqah y que sirven para reuniones espirituales. Por si fuera poco, su libro sagrado no es el Corán ni la Biblia sino el Kitab al Managib, o Libro de los Actos Ejemplares, o Byruk, que para liarlo todo aún más está escrito en lengua turca. Un libro que interpreta un líder al que llaman Baba y al que apoya una cohorte de religiosos que sirven como mediadores con el poder divino. A pesar de este cocktail, los chabaquíes están dentro del islam y se dividen en tres tendencias, dos de ellas chiítas y una última sunita. Siempre han vivido mezclados con yazidíes y cristianos, y tal vez de esa convivencia vengan unas tradiciones que parecen prestadas según el momento.

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Desde su posición, en lo más bajo de la sociedad, los chabakíes han luchado por emerger y sobreponerse a su fatal destino pero sus peculiaridades, el entorno y los reveses de la historia no ayudan mucho. El partido Baas, de Sadam Hussein, quiso arabizarlos y que olvidaran su lengua ellos entonces dijeron que se consideraban más kurdos que árabes pero que no eran ni lo uno ni lo otro, los radicales islámicos siempre los han visto con malos ojos y ahora los orates del Estado Islámico se empeñan en destruir cualquier vestigio de su cultura, sobre todo después de que hayan invadido sesenta aldeas shabak y hayan ejecutado a unos dos mil chabaquíes o expulsado a sus habitantes.

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Aprovecho para preguntarles por los yazidíes, otra minoría que huyó de los barbudos sin que a estas alturas tengamos muy claro lo que ocurrió con ellos. 'Los yazidíes huyeron a las montañas pero por el camino les atacaban y ya no sé quiénes, si eran los de ISIS, el ejército de Irak o los EEUU'. Eptisan Ahmed Daoud es una mujer de armas tomar, vive en una impersonal tienda de campaña en una larga hilera de impersonales tiendas de campaña contra las que se recortan, al fondo, altos edificios de apartamentos que indican la prosperidad que vive el Kurdsitán iraquí estos días. Pero Eptisan ve la prosperidad ajena como eso: prosperidad ajena porque no tiene salario ni ningún ingreso, tan sólo cinco niños, alguno muy enfermo, y muchas quejas: 'me piden dinero para medicinas pero no tengo nada', 'apenas hay ONGs que nos presten ayuda', 'sólo he conseguido un paquete de leche en los últimos días'. Y a pesar del drama, sonríe mientras relata hechos espeluznantes: 'no sé si han minado mi casa, tengo miedo y no sé si podré volver algún día, esa gente está loca, matan a cuchillo, decapitan, eso no es islam', el grupo de mujeres chabaquíes se incrementa y forman un corro, desgranan sus miserias, semiocultas tras sus velos, 'llamo por teléfono a los vecinos que se han quedado y están en estado de pánico, dicen que las calles huelen a muerto porque matan a muchos y no los recogen, mi calle está llena de cadáveres', otra mujer la interrumpe: 'mi marido murió por una bomba de ISIS cuando volvía del trabajo...'. Un drama de siglos, el de los chabaquíes, shabak people, que parecen condenados a emular a Sísifo para siempre y jamás, huyendo permanentemente de expulsiones, de asesinatos, de ataques étnicos y religiosos. Me despido con pesar: el de haber conocido a una minoría esquiva, presente tan sólo en el norte de Irak, hundida en el pozo de la tragedia.

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miércoles, 27 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Lina, una cristiana en un mar de musulmanes


Lina sonríe con amargura y proclama su fe: ‘soy cristiana’, dice, pero lleva hiyab y parece musulmana. ‘Es que nos atraparon los yihadistas de Da’esh (el Estado Islámico) y nos obligaron a convertirnos’. Lina sonríe y posa para la cámara pero la procesión va por dentro. ‘Ahora los cristianos no quieren que convivamos con ellos porque no se fían de nosotros’. Pero eso es injusto, digo, ¿no fue una conversión impuesta por la violencia?. ‘Sí pero no dejan que vivamos con ellos’.

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De hecho son los únicos cristianos en un campo de refugiados repleto de musulmanes. Los hay de todas las tendencias: sunitas, chiítas, incluso bashkeríes procedentes de las remotas montañas de Sinjar. ‘Pero yo soy cristiana’, insiste Lina mientras mira de reojo la lona de ACNUR que comparte con sus padres: su madre no quiere que hable con nadie, y menos con extranjeros, porque desconfía de todos. Al entrar en el campo de refugiados de Horsham un hombre circunspecto se acercó a abrir la puerta. ¿Son todos musulmanes? 'Todos menos una familia, señor'... ¿Una sola familia cristiana entre casi tres mil refugiados musulmanes? En una esquina del campamento la familia cristiana nos mira con hosquedad. La madre, que lleva la voz cantante, no quiere que se les acerque nadie. El padre está oculto, dentro de la tienda. La hija deambula nerviosa, quiere acercarse y contar su historia pero no se atreve a contradecir a su mami. De pronto, la madre abandona el lugar, parece que va a buscar agua a un pozo, Lina se acerca corriendo: necesita contar su experiencia.

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‘Cuando llegaron los yihadistas nos atraparon y nos golpearon, me dijeron que no podía llevar pantalones y que debíamos rezar cinco veces al día’. La familia en pleno se convirtió al islam para salvar su vida pero, en cuanto vio una oportunidad, huyó. ‘A las diez de la noche alquilamos un coche y abandonamos Mosul rumbo a Tall Kayf, pero ellos llegaron otra vez y tuvimos que intentar llegar un poco más lejos: a Sumel, pero fue inútil porque llegaron otra vez y entonces conseguimos ponernos a salvo en Duhok’. Cualquiera podría pensar que la pesadilla había acabado pero no: acababa de empezar. Al llegar a Erbil sus hermanos en fe los repudiaron porque habían abandonado el cristianismo. ‘No es justo’, clama Lina con una sonrisa mientras evoca atropelladamente la pesadilla del mes que pasó con los islamistas. 'Estaban siempre disparando, nos pegaban, tuve que dejar de estudiar, estaba en secundaria, ahora tengo 19 años', Lina habla precipitadamente, 'no volveré nunca a Mosul porque tengo miedo, intentaré encontrar a nuestros familiares, que ahora andan por Duhok, y nos quedaremos por aquí, no entiendo por qué no nos aceptan, si me convertí al islam fue por miedo, está muy mal que no nos dejen convivir con los demás cristianos, somos una familia cristiana y estamos rodeados de musulmanes, nos tratan bien pero no soy musulmana...'Su madre nos mira desde lejos. Parece ida y está furiosa. Lina se atusa el cabello bajo el hiyab y se despide nerviosa.

jueves, 21 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Ankawa Mall es un centro comercial y un hogar para los refugiados cristianos


En el lujoso centro comercial de Ainkawa los escaparates de cara ropa brillan por su ausencia y en su lugar cuelgan coladas de harapos que gotean en el suelo sin pulir. En la planta de complementos se suceden los puestos que venden cigarrillos sueltos, chicles, palomitas y chucherías, las galerías comerciales son negros túneles donde se intuyen sombras y cacharros tirados por los suelos. Los gritos de los niños sustituyen la música ambiental y aquella famosa cadena internacional de estética y belleza encuentra dignos sustitutos en los peluqueros locales de Nínive, que aprovechan cualquier rendija en el hormigón para rasurar las barbas de sus clientes. Las grandes firmas de moda, de electrónica y de alimentos no tienen sitio, no tienen hueco, no tienen motivos para reclamar los huecos que les usurparon cuando ni siquiera tenían la intención de instalarse aquí.

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A las puertas del Mall no hay guardias de seguridad, ni arcos detectores de metales, ni siquiera esos molestos aparatos que pitan cuando el dependiente olvida retirar la alarma. En su lugar una abuela estira las piernas sentada en una silla rota mientras una larga cola de desesperados llena garrafas de alguno de los tres grifos de agua potable que abastecen el enorme edificio. Ainkawa Mall es un lugar desabrido, a medio hacer, pero vivo a más no poder, repleto de niños que saltan, de sombras que deambulan por las tinieblas, de mujeres que cargan botellas de agua, un lugar recorrido por peligrosas corrientes de aire que trasladan neumonías en potencia, de galerías en eterna penumbra en las que brillan haces de luz, rayos de linternas, incluso con el deslumbrante sol del mediodía, ojos que te observan, puertas que ocultan dramas impensables.

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'Cuando entraron en Mosul agarré a mi familia y nos fuimos corriendo a Qaraqosh pero el Da'esh (Estado Islámico) llegó también a Qaraqosh y entonces nos vinimos corriendo a Erbil'. Leila Lias me recibe en zapatillas a las puertas de su nuevo hogar, un contenedor en el interior del centro comercial a medio terminar, 'de tanto correr, lo he perdido todo: sólo me queda este anillo' me cuenta enseñando el dedo anular. Al principio, relata, dormían en los jardines de Ainkawa, este pueblo cristiano situado al norte de Erbil, la capital del Kurdistán, 'pero el invierno ya amenazaba y nos trasladaron al edificio'.

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De los doscientos mil cristianos asirios que evacuaron la región de Nínive cuando el Estado Islámico entró a sangre y fuego en el norte de Irak, setenta mil terminaron en esta ciudad. El Ainkawa Mall debía completar el esplendoroso panorama comercial de la población, un próspero enclave cristiano al norte del Kurdistán iraquí, una región que funciona de hecho como un país independiente. La estructura del Mall ya estaba levantada, los garajes terminados, las escaleras mecánicas colocadas, el dueño podía imaginar las tiendas rebosantes de cara mercadería occidental y oriental, al estilo de las decenas de grandes centros comerciales que salpican Erbil y que pretenden emular los grandes emiratos del golfo. Porque, no en vano, el Kurdistán iraquí posee enormes reservas de petróleo, estrenan una sobrada independencia de facto respecto a Bagdad y funcionan como un estado propio que imita a las ricas monarquías del golfo pérsico y que pretende atraer a sus magnates como turistas. Pero entonces ocurrió el desastre, el éxodo de hermanos en la fe, cristianos que huían a tierra de cristianos en un país mayoritariamente musulmán. Buscaban la iglesia de St Joseph pero también el calor de los cristianos. Al principio ocuparon jardines y calles, se hicieron hueco en el patio de la iglesia, en los bordillos, en las aceras. Pero el tiempo transcurría y lo que parecía una huida temporal terminó por imponerse como huida a medio plazo.

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El dueño del Mall aún en construcción les ofreció el techo de su edificio, 'aunque después de dos meses creo que Naciones Unidas comenzó a pagarle un pequeño alquiler por las molestias', me comenta Osman, un rollizo vecino de Qaraqosh. Hoy rondan las mil seiscientas personas, han levantado tenderetes donde venden chucherías, hay peluquerías improvisadas, colas ante los baños prefabricados, los niños corren en bandadas. Donde deberían abrirse comercios lujosos se ocultan contenedores en los que se hacinan familias numerosas bajo cúmulos de mantas, cacharros de cocina, zapatos y bolsas de comida, todo proveniente de donaciones. 'No tengo ropa de invierno', se me queja una señora, 'los baños siempre están llenos', protesta otra, '¿cuánto tiempo más debemos estar aquí?', me inquiere una última. No tengo respuesta para ninguna y casi que tampoco tengo más preguntas porque cada uno de ellos es un torrente de historias espeluznantes. A las puertas del centro comercial, o del peculiar campo de refugiados, se me presentan Carlos Alberto y Joseph, dos simpáticos franceses de SOS Cristianos de Oriente, la única ONG privada que presta ayuda a este colectivo. 'Andamos por la región desde semana santa', me dice Joseph en un simpático castellano, 'y nos vamos relevando cada dos o tres semanas porque las historias que cuentan nos acaban pasando factura...'

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Maha Yusif Ayub también huyó de Mosul. 'No tengo ropa de invierno', me repite, 'y llevamos esto muy mal y le diré por qué: somos gente educada, acostumbrada a tener trabajo, dinero, ropa, y ahora aquí no tenemos nada y no sabemos cómo reaccionar porque nunca nos hemos visto así antes y encima no podemos ni demostrar quiénes somos porque no tenemos los pasaportes encima'. Hekemat Al Habish huyó de Qaraqosh y le tiemblan los labios cuando visualiza su drama: 'he perdido a mis cinco hijos', asegura, 'tres hijas y dos muchachos', con la mirada perdida recuerda la huida, 'escuchamos altavoces en los que los yihadistas nos decían que abandonáramos el lugar o que al llegar nos matarían a todos', y mientras habla veo que en sus ojos no me reflejo yo: se reflejan sus cinco hijos perdidos, el miedo a perderlos, el pánico a saberlos en manos de los sanguinarios barbudos, el horror.

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Imagino ahí una tienda de Zara con grandes escaparates mostrando ropa pero no hay más que un abuelo con un rosario y la mirada ausente. En las galerías secundarias la oscuridad es total y tan sólo los haces de luz de las linternas de las mujeres que cuidan sus cosas rompen una negritud absoluta. En el edificio no hay electricidad y al caer la noche los escalofríos dominan los contenedores y los padres se estrujan a sus hijos para darles calor. Un señor me pide ayuda: 'mi hijo recibió un golpe en la cabeza y ahora no recuerda nada, necesita ayuda', me dice mientras me enseña a su pequeño, de ocho años, que tiene un chichón ya cicatrizado y la mirada ausente, un niño extraño que aguarda paciente sentado en una caja que alguien se digne a comprarle una bolsa de patatas.

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Ziad Khalid es un cristiano grandote y de rapado militar. 'Hacíamos guardia junto a los peshmergas en un control de carretera cuando nos atacó el Da'esh', recuerda, 'y se entabló entonces una lucha endiablada hasta las dos de la mañana, cuando el gobierno del Kurdistán nos ordenó retirarnos: en treinta minutos ISIS ocupó nuestra posición y nosotros huimos...' Ziad recuerda que los primeros disparos vinieron desde lejos y que uno cayó sobre una casa y mató a una mujer y tres niños. 'Huimos entonces a Mosul pero fue por poco tiempo porque Da'esh llegó también allí y entonces nos fuimos a Durhok, pero resultó que también amenazaban la región y terminamos en Erbil porque la zona parece más segura'. Durante tres meses durmieron en una tienda de campaña en un jardín pero con la llegada de los primeros fríos los trasladaron al Mall. 'Echo de menos la tienda', dice, 'porque este edificio es insano y tantas corrientes propician las enfermedades pero con el invierno no podemos dormir al aire libre'. Su mujer sale del contenedor y llora sin lágrimas. 'Por favor', suplica, 'ayúdenos'. Mi amigo Wael, que hace las veces de traductor, no puede más y llora, sin lágrimas también. Cómo no llorar. Aunque sea sin lágrimas.

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