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martes, 8 de abril de 2014

Viaje a Colombia: con los gamines de Bogotá



'Durante años los he seguido, los he cuidado, los he protegido, he dado mi vida por ellos pero ahora pienso que lo mejor es que se mueran todos'. Yo no daba crédito a lo que esa mujer, asistenta social especializada en niños de la calle, me estaba diciendo. Me miró con una lágrima resbalándole por la mejilla y concluyó su explicación, 'los he visto crecer, malvivir, venir magullados, violados y destrozados y al final la mayoría muere antes de cumplir los dieciocho años, dígame usted si no es mejor que se mueran chiquitos y no pasen por tanta miseria'. Era la primavera de 1997 y yo vivía en la capital de Colombia. Las anécdotas con niños de la calle, aquí llamados 'gamines', del francés gamin, eran abundantes, diarias, hirientes.

Por ejemplo, una noche, cerca de la temida calle del Cartucho, una de las más peligrosas de Bogotá. Es el año 1997, insisto, porque el barrio del Cartucho hace mucho que no existe, afortunadamente. Durante la noche cientos de gamines, y desechables, término muy gráfico con el que los colombianos denominan a los indigentes, dormían por las calles al calor de un neumático ardiendo, del pegamento o del basuko, un crack de mala calidad, y la plaza de España, que abría la avenida de Caracas hacia el barrio, se llena de cuerpos torpes que buscan sitio para dormir. En la puerta de un bar un niño de siete años pide limosna. 'Me llamo Luis', dice el pequeño, 'y vine a Bogotá andando desde Bucaramanga'. Pero Bucaramanga está a quinientos kilómetros, le digo. 'Sí, muy lejos'. Rebusca entre la basura y pide monedas en la calle. ¿Te metes droga?, 'No, no', responde ofendido. Se la meterá, pienso cenizo porque la mayoría acaba enganchado al basuko para superar las frías noches de la ciudad, que está a más de dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar. 'A veces un amigo me deja dormir en el suelo de su casa'. Luis se pierde en la negrura de la noche arrastrando su mantita, la que carga todo indigente de Bogotá, tras explicarme que su papá murió, su mamá se echó novio y perdió entonces su lugar en la casa. Luis se marcha y arrastra los pies mientras deja a un lado el Palacio de Nariño, la casa del presidente de la nación que, cosas de la vida, estaba a tiro de piedra del peor barrio del país, el Cartucho.

gamines por Hachero

Alvarito tiene un pantalón al menos diez tallas más grandes de la que le corresponde. Y encima se ha meado. Tendrá cuatro o cinco años y se me acerca para pedirme una moneda. Estoy sentado en una escalera, la de la iglesia de Lourdes, en el barrio de Chapinero. No tengo, mijito, le digo al joven pedigüeño pero se me sienta al lado, se acurruca, cierra los ojos y se tapa los oídos porque uno de sus amigotes se está riendo de su creciente mancha de pipí. Alvarito apoya su cabeza en mi pierna y se duerme. Incluso ronca.



Salgo de un bar en el complejo Pasteur, en el centro de la ciudad, son más de las dos de la mañana y busco un taxi. Se me acerca un gamín, su ropa enorme y el cráneo rapado. 'Una moneíta, se'or', dice con el acento de la calle, el acento 'ñero, como se dicen ellos. Antes de darle nada me fijo en su cabeza: está abierta, tiene sangre reseca, incluso asoman burbujas rojas que resultan ser sesos. Pero criatura, le digo, qué te ha pasado. 'Un policía me golpeó cuando estaba dormido en un escalón', asegura, me mira desafiante y se pierde en la negra noche. A su lado, una niña con rizos castaños y llena de mugre me mira muy fijamente. 'Lléveme a su casa', me dice, 'no quiero estar más tiempo en la calle'.

gamines por Hachero

Las experiencias con gamines me resultaban traumáticas porque traumático es que miles de niños duerman solos, reunidos en pandillas, galladas les dicen, escondidos en túneles y alcantarillas, vendiendo sus cuerpos y consumiendo sus pulmones, un disparate que evoca al Señor de las Moscas pero con la crueldad de que la isla está llena de mayores que pasan de largo ante los dramas infantiles. Los niños robaban en las tiendas, pedían monedas, en los semáforos calibraban la presión de los neumáticos con un palo o directamente amenazaban a los conductores con piedras de grandes dimensiones que se estamparían en las lunas delanteras si no caía una moneda. Eran libres, pero en el peor de los sentidos: eran libres de hacer lo que quisieran con sólo una amenaza: la de sus vidas.

gamín por Hachero

Dice la Procuraduría general de Colombia que 150.000 niños al año no son registrados y que al menos medio millón desconocen quiénes son sus padres. También dice la Procuraduría que cada año 30.000 niños son forzados sexualmente y que unos dos millones de menores, de entre 7 y 17 años, trabajan en el sector informal, que es lo mismo que decir que trabajan en negro. Según la UNICEF dos millones de niños sufren maltrato y de ellos el maltrato es severo en al menos la mitad de las víctimas. La UNICEF también se moja en la prostitución infantil y asegura que son 30.000 los niños involucrados en el tráfico sexual. Por si fuera poco, la mitad de la población desplazada en Colombia son niños y niñas, al menos un millón cien mil, y el 10% son víctimas de las minas antipersonales. La procuraduría de la Nación vuelve a la carga y asegura que 750.000 niños abandonan los estudios cada año por hambre física. En los grupos armados regulares se estima que luchan entre 6.000 y 7.000 menores de entre 15 y 17 años.

recicladores por hachero

Sin embargo, la funcionaria pesimista que me lloró en el ayuntamiento de Bogotá se equivocaba. Hoy los gamines siguen pululando pero su número ha descendido. Dice Patricia González, de la Fundación Niños de los Andes que el término gamín se ha sustituido por 'Niño en situación de calle', lo que indica que la concienciación ha crecido en la sociedad, pero que siguen existiendo. 'Los niños que hacen malabares en las esquinas tienen mejores ropas que los andrajos que hacían visible a los niños abandonados de otros años y ya no deambulan solos por las esquinas'. Sin embargo, siguen desnutridos, ahora acompañados de hermanos y padres, con pocas posibilidades de acceder a la escuela y a la sanidad, el gamín sigue ahí, escondido tras otro aspecto menos terrible pero igualmente desamparado y en estado de necesidad. Muchas son las cosas que han cambiado de la Bogotá de la década de los noventa, la de Pablo Escobar y las grandes batallas entre el ELN y las FARC contra el ejército. Por ejemplo, el barrio del Cartucho, probablemente la más degradante manera de vivir de un ser humano, tampoco existe y en su lugar se levanta una gran plaza, la del Milenio. Los enganchados, narcos, asesinos, gamines, recicladores y desechables no han desaparecido sino que se les ha desplazado algunas cuadras más al sur. Pero su número ha descendido: el de gamines, me refiero, proyectos como la Fundación Niños de los Andes, y los servicios sociales municipales, han logrado disminuir unas cifras de oprobio.

La figura del gamín era tan típica que se les sacaban fotos en la plaza Bolívar de Bogitá, eran parte natural de los jardines, de las aceras, de los portales, estaban por todas partes atormentando con su sola presencia a las almas sensibles y adormilando en general a toda la sociedad que terminó por verlos como parte clásica del paisaje. Tanto que una vez me encontraba en el Cartucho hablando con el loco Calderon, que se había hecho con el poder de la calle y se presentaba como el jefe del barrio cuando un terrible olor nos inundó las narices: un gamín se le había cagado en los zapatos mientras charlabamos: ninguno lo habíamos visto venir. Poco despues el loco Calderon</a> caía muerto de un balazo a manos de un indigente del barrio, espero que no fuera el pobre gamín, que se llevo un buen par de patadas... Una amiga que trabajaba de asistenta social en el Cartucho contaba historias terribles sobre el barrio pero de todas me sigue impactando la del indigente que llevaba siete años sin darse un baño: lo llevó a un albergue, le dio de cenar, le cambió la ropa sucia por ropa nueva y le dio un baño relajante. Al día siguiente el indigente amaneció muerto ... de hipotermia ....

gamines por Hachero

Acababa ya el año 1973 cuando Jaime Jaramillo presenció una escena que habría de cambiarlo para siempre: una niña de la calle, los célebres gamines, corrió desde la acera a recoger una caja recién caída de un camión. Una caja de colores, con una muñeca en la portada. La pequeña no llegó a su destino porque la atropelló un vehículo. Jaime, muy afectado, se acercó a la caja y comprobó la dimensión del drama. La caja estaba vacía.

El cadáver de la pequeña debió de rondar la mente de Jaime Jaramillo durante días, semanas, puede que hasta hoy mismo, y el eco mudo de aquella sonrisa truncada se convirtió en una obra de colosales dimensiones. Jaime Jaramillo hoy es Papá Jaime, ha escrito libros de autoayuda, de meditación, libros que son bestsellers y lo complementa con conferencias por medio mundo. Jaime Jaramillo es hoy toda una institución en Colombia y uno de los responsables de que los gamines trascendieran la dimensión pesimista del 'no hay futuro', del 'son parte del escenario habitual', de la vileza que nos acompaña a todos en el día a día. Su obra se llama Fundación Niños de los Andes y puedes ver sus proyectos y acciones en esta página: Fundación Niños de los Andes

Bogotá por Hachero

Los gamines son la consecuencia más denigrante de un conflicto bélico que se enreda en miles de recovecos. Niños y niñas desplazadas por la violencia, niños que acaban vagando en las grandes ciudades sin padres ni madres, o bien niños que llegan a las ciudades en compañía de madres viudas que poco después han encontrado pareja nueva y los ponen de patitas en la calle, niños y niñas que comienzan un recreo que es el sueño de todo niño y de toda niña, pero que termina por convertirse en pesadilla. Un recreo para toda la vida.



                                              Gamines, por Eduardo Galeano

Tienen la calle por casa. Son gatos en el salto y en el manotazo, gorriones en el vuelo, gallitos en la pelea. Vagan en bandadas, en galladas; duermen en racimos, pegados por la helada al amanecer. Comen lo que roban o las sobras que mendigan o la basura que encuentran; apagan el hambre y el miedo aspirando gasolina o pegamento. Tienen dientes grises y caras quemadas por el frío.

Arturo Dueñas, de la gallada de la calle Veintidós, se va de su banda. Está harto de dar el culo y recibir palizas por ser el más pequeño, el chinche, el chichigua; y decide que más vale largarse solo.

Una noche de éstas, noche como cualquier otra, Arturo se desliza bajo una mesa de restorán, manotea una pata de pollo y alzándola como estandarte huye por las callejuelas. Cuando encuentra algún oscuro recoveco, se sienta a cenar. Un perrito lo mira y se relame. Varias veces Arturo lo echa y el perrito vuelve. Se miran: son igualitos los dos, hijos de nadie, apaleados, puro hueso y mugre. Arturo se resigna y convida.

Desde entonces andan juntos, patialegres, compartiendo el peligro y el botín y las pulgas. Arturo, que nunca habló con nadie, cuenta sus cosas. El perrito duerme acurrucado a sus pies.

Y una maldita tarde los policías atrapan a Arturo robando buñuelos, lo arrastran a la Estación Quinta y allí le pegan tremenda pateadura. Al tiempo Arturo vuelve a la calle, todo maltrecho. El perrito no aparece. Arturo corre y recorre, busca y rebusca, y no aparece. Mucho lo llama y nada. Nadie en el mundo está tan solo como este niño de siete años que está solo en las calles de la ciudad de Bogotá, ronco de tanto gritar.


Memoria del Fuego III. El Siglo del Viento

martes, 4 de febrero de 2014

Viaje esotérico: con los adivinos de de Wong Tai Sin, en Hong Kong (y alguno más en Bogotá)


A las puertas del templo taoísta de Wong Tai Sin, en Hong Kong, los adivinadores ocupan pequeños despachos iluminados por una molesta luz fluorescente. Escojo uno al azar y me toca en suerte, nunca mejor dicho, una vidente entrada en años y en kilos. Parece disfrutar de su aburrimiento cuando la sobresalta mi entrada en un local tan impersonal que la puedo imaginar rellenando formularios para seguros de defunciones. Me pide sentarme y acto seguido me atrapa la mano con cara de iluminada. La palpa, la observa, sigue las líneas con un dedo índice que me resulta especialmente puntiagudo, me mira atenta, aprieta la palma y concluye: 'usted tiene buena fortuna'. Para tan acertado análisis no necesito vidente, pienso mientras sitúa su dos manos sobre la mía y me dice: 'blanda, eso es que usted tiene dinero'. Me parece algo simple la relación y me digo que tal vez deba hacer algo más de ejercicio antes de que otra pitonisa me llame gordo en mis narices.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

'Su fortuna aumentará muchísimo antes de diez años', masculla mientras sus ojos recorren mi erizada piel, 'y para entonces usted ya trabajará solo, sin jefes, será todo para usted'. La fortuna parece su único argumento cuando me espeta con toda franqueza: 'sólo hay un problema'. La miro expectante mientras desgrana un supuesto dolor abdominal que me tortura, y del que no conozco eco alguno, y una evidente contractura en la espalda que supongo se me dibuja en el rostro. 'Su dinero no durará mucho si continúa dejando que su mujer lo gaste a manos llenas'. Dudo entre soltar una sonora carcajada o indagar algo más en este interesante detalle. Opto por lo segundo. 'Si su no pone freno a su mujer, se quedará sin dinero, amigo', me responde enarcando las cejas y en un inglés con un pitido lejano que no alcanzo a reconocer. Se me ocurre que es mi mujer respondiendo a la adivinadora y que me pitan los oídos pero descarto semejante memez. La vidente termina augurándome una larga vida, placentera en el amor y feliz con mis criaturas, pero el aspecto económico ha dominado toda la sesión.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Decía el gran Tiziano Terzani que el arte de la adivinación está teñido indisolublemente de las inquietudes culturales del vidente.  Terzani era un italiano que dejó su trabajo como ejecutivo de la Olivetti para dedicarse al periodismo con mayúsculas, que cambió Italia por Bangkok y que dedicó el resto de su vida a perseguir la verdad y el amor. Terzani fue, además, el oponente ético de una de las más grandes periodistas italianas, Oriana Fallaci, dedicada en los últimos años de su vida a difundir un mensaje lleno de rabia y de ira, un mensaje de odio al 'Otro', de muros levantados y dedos amenazadores. Pero si menciono a Terzani es por otro motivo: por su libro 'Un adivino me dijo' un divertido relato de cómo una anécdota se convirtió en un apasionante viaje por los adivinadores de toda Asia. Supuestamente tras recibir la advertencia de un nigromante, 'no vueles durante un año porque el avión se caerá', Terzani decide emprender un extraño viaje por todo Asia pero... por tierra. En un continente con unas distancias tan enormes, la ocurrencia de Terzani no podía ser compatible con un trabajo, el de periodista, que necesita la inmediatez como arma. Ni corto ni perezoso, Terzani habló con sus publicaciones y les dijo: durante un año no me llamen, sólo viajaré por tierra. Por si fuera poco, el helicóptero de su sustituto se estrelló en Vietnam y dejó al hombre maltrecho y medio roto. Terzani decidió investigar entonces qué se esconde tras el arte de la adivinación y viajó para ello a los centros mágicos de media Asia.
Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Dejo la aventura del italiano para el que quiera leerla pero me quedo con su observación más relevante: todas las sesiones que tuvo estuvieron tamizadas por la cultura del vidente. De los chinos, en concreto, concluía que tenían cierta obsesión por el bienestar económico y que la mayoría de los clientes pretendían saber cómo les iría la economía en el futuro. En otros lugares prima lo espiritual, el amor, la familia, el sexo. Pero para los chinos todo esto resulta secundario. Si te va bien en lo económico, el resto irá bien por narices. Imagino entonces a una larga fila de chinos satisfechos porque la vidente, mi vidente, les ha advertido de la larga mano de sus mujeres y de lo corta que resulta cualquier alegría monetaria.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero


























Fuera, los visitantes del templo lanzan al suelo unos palitos numerados. Están de rodillas sobre algo que me parecen reposapies mullidos, permanecen con la espalda recta y derecha, tienen los ojos cerrados, meditan con un cubilete en las manos. De pronto lo agitan fuerte y con un complicado ejercicio de manos lanzan al suelo uno solo de los palillos, que son nada menos que cien.


Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Hace falta cierta habilidad porque si caen dos habrá que repetir: el destino es solo uno, y no doble ni trino, y así habrá sido durante los milenios que tiene ya este arte adivinatorio. Son los palillos de la suerte, conocidos también como kau cim, unos palitos parecidos a los del arroz pero con uno de los bordes coloreado de rojo y con un pequeño número. Dicen que primero hay que hacer la pregunta mentalmente al cielo, luego se toma el cubilete y se agita el vaso hasta que caiga uno. Ese palillo tiene un número, como decía, que se corresponde a un poema ya predeterminado en un libro que puede adquirirse en casi que cualquier parte, aunque deberá ser interpretado por el adivinador de turno o, algo menos frecuente, por el mismo interesado.
Templo de Wong Tai Sin por Hachero
Templo de Wong Tai Sin por Hachero

La necesidad de conocer lo oculto me depara sorpresas como la lectura del rostro y no puedo dejar de asombrarme con aquella señora sentada en una silla frente a otra vidente que le soba sin pudor las narices, las arrugas de los ojos, las comisuras de los labios. En Colombia conviví algún tiempo con Albertuco, un ser extraordinario que controlaba el mundo desde su silla de ruedas con el único dedo que una polio temprana le había dejado útil. Alberto también leía las cartas, y las manos, y los rostros, y lo que le echaran, pero su apetito iba más lejos y leía tanto los posos del café como los círculos concéntricos del agua: en ocasiones se le acumulaban los clientes porque, supongo, la necesidad de encontrar respuestas es más fuerte que esa alarmita que nos avisa de que estamos traspasando la línea roja de la vergüenza.
chamanes bogotá Hachero
chamanes en Bogotá
Precisamente en Bogotá, en Colombia, me acerqué una vez al templo del Indio Amazónico, un monumento kitsch en el que se mezclan figuritas de gordos budas con imágenes de José Gregorio Hernández (el santo venezolano) y el Divino Niño, todo aderezado con pieles de animales de la selva, botellas de misterioso contenido, pósters dedicados a la quiromancia, al tarot, cruces de todo tipo (desde la andrasa egipcia a la latina de toda la vida), herraduras de la suerte y cristos iluminados. En un pequeño habitáculo me recibió la india amazónica que atendía en el momento. De india tenía bien poco y su acento me recordó más bien al paisa de la región de Antioquia. Me echó las cartas con desgana, me dijo que se veía de lejos que yo conocía mundo y que intuía un viaje cercano. Me habló de la suerte en el amor mientras me guiñaba un ojo y anunció con cierto bombo que las chicas me perseguirían por los siglos de los siglos. Hizo un rápido recorrido por una salud que me definía como achacosa pero fuerte en su raíz y pasó por encima del tema dinero para volver a zambullirse en la suerte de un conquistador que arrasaba en garitos de moda. No dejó atrás la suerte, la suerte de la de verdad, la suerte en el juego, la suerte en amores, la suerte en una vida que me va a sonreír. Acto seguido alzó la mano y habló como el del chiste: 'son diez mil'. En el extraño templo del Indio Amazónico se abre un auditorio en el que el mismísimo Indio Amazónico imparte conferencias, 'aunque no sé cuándo volverá porque ahorita mismo está en los Estados Unidos, concretamente en su templo de New York', me indica mi tarotista mientras cuenta los billetes.

chamanes bogotá por Hachero


[El Indio Amazónico ha amasado una magna fortuna y reparte su tiempo entre fieles repartidos a lo largo de todo el continente, pero tiene especial predilección por los de Los Ángeles y Nueva York. Por si alguien necesita urgentemente sus servicios, el Indio tiene web: http://indioamazonico.com/web/index.php y puede ¡¡echarte las cartas on line!!. En la popular avenida de Caracas el Indio Amazónico levantó el principio de un emporio que evoca a su querida selva, a la que regresa una vez al año desde su hogar neoyorquino para recoger flores y plantas mágicas. El tipo en cuestión se llama Mirachura Chindoy Mutumbajoy y sus virtudes generan tantas dudas en medios de comunicación serios, como el New York Times (que duda entre esoterismo o estafa) a una adoración sin límites por parte de sus admiradores. De hecho es una celebridad de tal calibre que incluso ha patentado una especie de desodorante en spray con el que atraer la buena suerte en el juego. Y, por supuesto, un amplio elenco de posibilidades para retozar con gusto y alegría: Vigorit, para aquellos que flaquean, Super Sex, para los que sueñan con la pasión, o consejos como 'Cuando la potencia sexual quiere aumentar, al indio amazónico debe consultar'. Acudiendo a la observación de Tiziano Terzani, el colombiano, que es un pueblo fogoso, fija más su atención en las relaciones interpersonales (el sexo, así entre nosotros), lo que hace que tanto clientes como profesionales orienten sus peticiones y respuestas a este campo.
Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Curioso, me digo mientras pago a la vidente china que me ha llamado manos gordas en este desconcertante rincón de Hong Kong. Los rascacielos rodean casi por completo al templo, del que se elevan finas nubecillas de humo procedentes de las ruedas de incienso que al tiempo son ofrendas con buen olor. En Hong Kong los rascacielos siguen creciendo como setas tras una lluvia campera pero en los portales de las casas humean ofrendas votivas y los templos de agoreros milenarios están llenos de devotos que buscan respuestas que la bonanza económica no ofrece. Claro que las preguntas y las soluciones pasan, sin poder evitarlo, por esa misma economía.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

lunes, 4 de noviembre de 2013

Viaje a Colombia: en la tumba de Carlos Pizarro, comandante del M-19 y candidato presidencial




A finales de 1973 los colombianos se vieron sorprendidos por una curiosa campaña publicitaria en el principal periódico del país, El Tiempo. Sobre fondo negro y en letras blancas destacaban frases como 'Ya llega M-19', 'Parásitos.. gusanos? espere M-19', 'Decaimiento... falta de memoria espere M-19', 'Falta de energía... inactividad? Espere M-19'. Junto a las palabras, que presagiaban un nuevo producto contra los molestos insectos, aparecían dos triángulos pequeños. El 17 de enero de 1974 apareció el último anuncio: 'Hoy llega M-19'

M19


Ese día, a las cinco de la tarde, un grupo de jóvenes entró en la Quinta de Bolívar, robó la espada del Libertador Simón Bolívar y dejó una nota ilustrada con dos pequeños triángulos: 'Bolívar, tu espada vuelve a la lucha'. Los colombianos comprendieron entonces que la misteriosa publicidad que publicaba El Tiempo era la carta de presentación de una guerrilla subversiva, tal vez la primera de la historia que anunció su advenimiento y la fecha exacta de su primera acción a través de una campaña de prensa. Aquí te explican muy bien aquellos febriles días:  pincha aquí

Carlos Pizarro


El robo de la espada de Bolívar fue, además, una broma de proporciones colosales, una burla al sistema y a los que se consideraban herederos del prócer, pero no fue original. Unos años antes, los tupamaros uruguayos habían robado la bandera de Artigas, el libertador del cono sur, y en 1970 los montoneros argentinos habían intentado robar la espada del general San Martín. Unas acciones atractivas que no dejan de tener su miga, y que crearon escuela: en 1980 el comando Javier Carrera, de la Resistencia Popular de Chile, se hizo con la original bandera nacional chilena sobre la que los padres de la patria hicieron su juramento, y el desconcertante grupo subversivo ecuatoriano Alfaro Vive, Carajo comenzó su deambular con el robo del busto de Eloy Alfaro, revolucionario de principios del siglo XX, y más tarde robó en Guayaquil su espada de un museo.

tumba de Carlos Pizarro

Pero, a pesar de que robar la espada de un prócer no era algo rompedor, el propio M19 sí que lo fue: una guerrilla rara, original, un grupo de idealistas alocados que hacían poesía armada y que apelaban al Libertador más que a los marxistas, a los leninistas o a Mao Zedong. Y claro, con estas premisas, el M-19 adquirió pronto un aura de carisma desatado. Por ejemplo: robaban camiones de reparto de leche fresca y lo distribuían entre los más pobres de los barrios más pobres. Por ejemplo: hicieron un túnel para robar más de cuatro mil armas del ejército en sus propias narices. Por ejemplo: un comando secuestró a diecisiete embajadores que celebraban una reunión social en la embajada de la República Dominicana y consiguieron escapar todos con un rescate de tres millones de dólares. Por ejemplo, secuestraron y ejecutaron al líder sindical José Raquel Mercado, por traición confesa a la clase obrera. Acciones espectaculares, aplaudidas sobre todo por los jóvenes izquierdistas de clase media y media alta que no acababan de identificarse con los campesinos de las FARC ni con los procubanos del ELN (y menos aún con los maoístas del EPL). Jaime Bateman, el carismático líder fundador del M19, decía que 'menos marxismo y más pachanga, vallenato y cumbia'. Y con ese argumento, el EME, como le conocen  los colombianos, se convirtió en el icono de las guerrillas enrolladas, la guerrilla donde había que estar.

tumba de Carlos Pizarro

tumba de Carlos Pizarro

El mito comienza el 26 de abril de 1990, cuando un sicario logró colarse en el avión donde viajaba Carlos Pizarro Leóngómez, abandonada ya su vida de guerrillero y entonces candidato a la presidencia del país y uno de los hombres más vigilados del planeta: una miríada de escoltas rodeaba al aspirante cuando, y ya en pleno vuelo, el sicario se acercó a Pizarro y le acribilló con una metralleta. Con Pizarro moría no sólo el candidato sino uno de los más activos subversivos de Colombia, uno de los fundadores del M19, un defensor de la paz en Colombia (paradójicamente, a pesar de su pasado guerrillero), y, por si fuera poco todo esto, nacía una leyenda con ribetes esotéricos. De comandante guerrillero a icono cuasi religioso al que pedir favores y milagros.

tumba de Carlos Pizarro

Su cuerpo reposa en el cementerio central de Bogotá, bajo una aparatosa lápida donde se adivina, tras las flores de sus admiradores, la espada de Simón Bolívar que ayudó a robar en el año setenta y tres. Pizarro, tan revolucionario él, alucinaría hoy día si pudiera comprobar que sus seguidores y devotos de su obra se acercan a su última morada para darle gracias por favores concedidos, por milagritos conseguidos, por aquella intercesión ante no se sabe muy bien quién. La familia Ríos, Jairo Herrera o Marta S., todos tienen en común esa gratitud al Comandante de la guerrilla más carismática de Colombia: la gratitud del que se siente reconfortado por los favores recibidos.

tumba de Carlos Pizarro

Carlos Pizarro era hijo de un almirante de la marina y nieto de un coronel del ejército, sobrino de generales y aspirante, él también, a las glorias militares del país. Desde joven destacó en los estudios, en su caso de derecho en la elitista universidad Javeriana, de Bogotá, y sólo su inquietud política y el desprecio de unas élites despreciables, de las que de algún modo formaba parte, lo llevó a abandonar el plácido destino que le deparaban sus genes para enrolarse en la guerrilla de las FARC. Sin embargo, con los guerrilleros de Marulanda el joven Pizarro sentía cierto hastío: se aburría. Y junto a él se aburrían otros jóvenes. Querían llevar la guerrilla a las ciudades pero el viejo Tirofijo no era urbano sino todo lo contrario, un campesino acostumbrado al campo, un lince en su terreno pero un inútil en las urbes y su lucha pasaba más por defender su territorio que por conseguir el poder de la nación. Así que el joven Pizarro, aburrido de tanto monte, se vuelve a la ciudad, y coincide con un compañero de montes y de aburrimiento, el inquieto y carismático Jaime Bateman, quien en lugar de abandonar lo expulsan de  las FARC por demasiado inquieto... A la chispa de los aburridos inquietos se unió la frustración de los simpatizantes de la izquierda cuando se hizo evidente el fraude electoral de la ANAPO, el germen del actual Polo Democrático Alternativo y partido, para enredar aún más la madeja, del único general golpista de la historia de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla. Un fraude electoral que ocurrió el 19 de abril de 1970, una fecha que recordarán todos los colombianos gracias a la guerrilla. La guerrilla del M-19.

tumba de Carlos Pizarro

El aura que adquiere la nueva formación le granjea la simpatía de las clases medias, de los jóvenes revolucionarios, de los intelectuales. El actual alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, militó en el EME, el poeta León de Greiff expresó sus simpatías, García Márquez los veía con agrado y el polifacético artista Carlos Duplat fue torturado por involucrarse demasiado con estos 'muchachos'. Las acciones espectaculares y mediáticas se alternan con otros enfrentamientos menos heroicos y más mundanos, atentados al uso y tiroteos a lo Bonnie and Clyde que terminan con el ya menos joven Pizarro en la cárcel. La década de los ochenta descubrieron la madera de líder que guardaba el joven guerrillero. Integró la Coordinadora Simón Bolívar, donde se plantea un frente común de todas las guerrillas para negociar una paz duradera con el gobierno de Colombia, resulta herido en combate, lo torturan en la cárcel, ordena secuestrar al líder del partido conservador y, en septiembre de 1988, convertido en toda una celebridad, anuncia que el M19 deja las armas en el caserío de Santo Domingo, en el departamento del Cauca.

tumba de Carlos Pizarro

Pizarro entonces se dedicará a su eterna aspiración al poder, pero esta vez sin armas. Primero presentando su candidatura a la alcaldía de Bogotá y, casi que al tiempo, a la presidencia del país. Su cabeza, no obstante, tenía precio tras tantos años riéndose del poder y su persecución coincide con la de la Unión Patriótica, un genocidio que puedes ver aquí. Por todo eso se convirtió en uno de los hombres más vigilados de Colombia pero el 26 de abril de 1990 tomó un vuelo a Barranquilla, rodeado de escoltas que no pudieron evitar que un sicario lo ametrallara en pleno vuelo. Con tantos enemigos que se granjeó en vida, y tanta simpatía entre los alternativistas y revolucionarios, cualquier pudo matarlo: lo más probable es que fuera el líder de los paramilitares, de extrema derecha, Carlos Castaño, el que ordenara su muerte. Se habló de Pablo Escobar, del que se llegó a decir que tuvo nexos y que financió la toma del Palacio de Justicia, donde murieron todos los guerrilleros del M19, para hacer desaparecer los archivos comprometedores. Murmuraciones sin más fuente que Carlos Castaño, el sanguinario líder de los paramilitares, un psicópata que estuvo detrás de buena parte de los crímenes de los años noventa. En 2010 la Procuraduría General de la Nación aseguró que fue el propio departamento de seguridad, el DAS, quien lo mató, lo que explicaría cómo un sicario pudo colar una metralleta en el avión de un candidato a la presidencia del gobierno tomado por guardaespaldas.

tumba de Carlos Pizarro

tumba de Carlos Pizarro

En su tumba destacan dos pequeñas placas de mármol: las de María José y Gabriel, venidos desde Cataluña. Su hija y su yerno. Gabriel le agradece a María José, y tal vez sea el deseo concedido más realista y conmovedor. Salvando el de su hija, claro, quien recuerda los abrazos y las caricias del guerrillero que murió aspirando a la presidencia del país y al que dejan como epitafio una bonita frase: 'No nos matarán la alegría, aún sonreiremos...'

tumba de Carlos Pizarro
tumba de Carlos Pizarro

lunes, 14 de enero de 2013

Viaje al País de la Niebla: Sumapaz, el páramo más grande del mundo está en Bogotá



Al sur del municipio de Bogotá, pero sin salir de él, se encuentra Sumapaz, el páramo más grande del mundo. Me asombra que esté en su término municipal, que en Colombia se denomina distrito capital, pero así es y para llegar hay que subirse a un autobús y prepararse para un viaje de más de tres horas. ¡Tres horas en autobús y uno no sale del término municipal! El caso es que el vehículo sube cuestas penosas, se enfrenta a un frío creciente, se detiene ante un control militar en el que los soldados examinan cuidadosamente la documentación de los pasajeros y llega, por fin, al páramo. El páramo más grande del planeta. Dice la biogeografía que un páramo es un ecosistema montano intertropical con predominio de vegetación tipo matorral, y por su parte el diccionario que un páramo es una superficie de terreno llano, de altitud elevada y suelo rocoso y pobre en vegetación. El de Sumapaz es el mayor del mundo porque su extensión es de ciento setenta y ocho mil hectáreas, y si una hectárea es un campo de fútbol podemos decir que caben ciento setenta y ocho mil canchas de balompié a cuatro mil metros de altitud. 




La brusca caída de la noche, que en el trópico es a plomo, confunde las suaves pero inexorables colinas en un festival de nieblas que parecen fundirse con la noche y con la tierra. Es un lugar mágico, frío, distante y, sobre todo, sagrado para los indios muiscas, un lugar donde Bachué, la madre del género humano, se sumergió en la laguna de Iguaque para parir toda una raza, un sitio al que los hombres no deben volver a entrar. Pero entramos y, a juzgar por el control militar, el ajetreo en este lugar de suma paz es considerable.




Los conquistadores españoles llamaron a este lugar el País de la Niebla y el amanecer vuelve a demostrarme por qué. Las nubes están tan en casa que no se van, se aferran a los picos más altos, a las suaves pendientes, a los escarpados riscos, envuelven los valles o se plantan serenas sobre los tejados. Por aquí pasó el botánico gaditano José Celestino Mutis y los naturalistas Alexander Von Humboldt o José Cuatrecasas. Por estas escarpadas montañas y por entre los jirones de nubes pasó la expedición de Nicolás de Federmann, un alemán que se empeñó en encontrar el fabuloso tesoro de Eldorado pero sólo dejó un reguero de cadáveres helados. Los chibchas, que también pululaban por estas regiones, vivían horrorizados el descaro con el que esos barbudos conquistadores se internaban en una zona tan sagrada y prohibida y a buen seguro que sonreían pícaros cuando en lugar de oro sólo encontraban frailejones  en flor y cóndores volando en círculos.

Ropa tendida en la niebla

Y durante el siglo XX Sumapaz ha sido también un corredor de las FARC que comunicaba los grandes campamentos de las regiones del sur con los alrededores de la capital, Bogotá, el refugio seguro para los guerrilleros que escondían entre las tinieblas a sus secuestrados en campamentos móviles, una región de espaldas al gobierno colombiano que proporcionaba seguridad y reclutas a los subversivos. Hoy la zona es segura, me dicen, pero las noticias no son tan tranquilizadoras y de cuando en cuando surgen novedades en forma de enfrentamientos o el asesinato de algún concejal. En el municipio de Dolores encuentran un zulo con armas de la guerrilla, un enfrentamiento deja diez subversivos muertos y al célebre dirigente de las FARC el Negro Antonio capturado, una explosión acaba con la vida de dos soldados de la XIII brigada de la Fuerza de Tarea Sumapaz. La población ha apoyado tradicionalmente a la guerrilla y la impetuosa entrada de las fuerzas armadas regulares provocó tensiones y una violencia añadida que muchos campesinos no perdonan ni olvidan.






Acompaño a un grupo de psicólogos, músicos y trabajadores sociales que desarrollan un curioso proyecto para recuperar la estima de mujeres que han sido golpeadas por la violencia. Su director, Edgar, asegura llevar a cabo un proyecto de psicología de la liberación, una idea que parece enlazar con la teología de la liberación pero sin contar con el Altísimo. 




Y como muestra, el polideportivo de un pequeño pueblecito llamado Nazareth se convierte en su particular laboratorio: los músicos tocan sus instrumentos, Edgar dirige la acción micrófono en mano con sencillas instrucciones y una voz envolvente, un gran grupo de mujeres campesinas camina en círculos, eleva las manos, se abrazan, se besan, lloran a moco tendido mientras recuerdan a sus muertos y a sus vivos, se tocan los rostros, se rozan, miran sin ver porque están en otra dimensión, la de las emociones cristalizadas, de pronto bailan, sonríen, una abuela ríe como loca, es una suerte de catarsis y una respuesta colectiva a un drama colectivo: una señora recuerda cómo perdió a su marido campesino por una crecida y luego a sus dos hijos por un oscuro incidente que no concreta, otra afirma que la violencia no está sólo en la naturaleza o en la política sino de puertas adentro y que su marido le pega, los niños del pueblo han hecho dibujos que cuelgan alegres y coloridos de un panel: cuando me acerco a verlos el contenido sigue siendo colorido pero ya no es tan alegre: un soldado mata a un hombre, hay una leyenda de odio al ejército, los niños dibujan alegres y coloridos los dramas negros y grises que observan a su alrededor.


'Te mataré' .... 'No, por qué'
'Odiamos a los soldados por lo que nos hicieron en nuestro páramo'


El festival se interrumpe y un trío de abuelas muy mayores, envueltas en sus ponchos, toma la palabra. Hay demasiados militares en la región, dice un señora con sombrero, nos humillan a diario, la situación es muy grave, otra la interrumpe, antes se vivía mejor, dice convencida, el auditorio escucha atento. 


A unos kilómetros de Nazareth se encuentra San Juan de Sumapaz, de donde fue alcalde Jaime Garzón, el más irreverente de los comediantes colombianos, el más crítico con el poder y sus excesos, un antiguo subversivo que negoció con guerrilleros y gobierno hasta que se lanzó a la fama del humor y acabó asesinado por ello: en Colombia el poder no parece tener mucho sentido del ridículo. Su muerte sigue envuelta en un halo de oscuridad, al estilo de las nubes que sumergen su querido páramo en una neblina permanente, una neblina que confundió a los españoles y que recibió a los primeros perros que conoció Bogotá, traídos por Federmann para mayor horror de los indios. Una neblina que me despide como me recibió, enroscada en las copas de los árboles, en las cimas de las colinas, en las cabezas de los campesinos, una neblina para que no olvide el visitante que en el páramo más grande del mundo hay mucho que arreglar y mucho que esconder.









José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com



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