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lunes, 26 de marzo de 2012

viaje a México: pasión por las calaveras




Mi antepasado Francisco de Salazar Hachero fue el comendador general de Nuevo México en 1634 pero se vio involucrado en un turbio crimen, el del gobernador Rosas, y el 21 de julio de 1643 perdió en la ciudad mexicana de Santa Fe la cabeza del modo más literal. Dicen las crónicas que Francisco era tan devoto y pío que esperó paciente la caída de la hoja mortal rezando el rosario y que cuando el frío acero separó en dos parte su ser, la cabeza rodó mientras seguía entonando la monótona oración. También dice la historia que sus verdugos intentaron decapitarlo usando su propia daga pero no lo conseguían porque, seamos francos, cortar una cabeza nunca ha sido una tarea fácil, así que tuvo que ser el propio reo el que gritara: ¡por el amor de Dios, afilen bien ese cuchillo y acaben con mi sufrimiento!'. Francisco de Salazar Hachero. Mi antepasado perdió la cabeza y se unió, tal vez sin sospecharlo, a la tormentosa relación de los antiguos mexica con esta extremidad, la cabeza, la testa, la chola, la calabaza, la molondra, el tiesto, el casco, la mollera. Diego de Ribera, el celebérrimo muralista mexicano, conocía bien esa costumbre de sus paisanos por las cabezas cercenadas, una macabra afición que se remonta a la noche de los tiempos y que evoca sangrientos sacrificios, horribles matanzas y cuerpos desmembrados.



En la casa de Frida Khalo, la sufrida esposa del muralista Ribera, también encontramos esqueletitos adornando las azules paredes...


¡Qué gusta una cabeza y un esqueleto en México! Una afición que frivoliza algo tan lúgubre como la muerte, la coloca en igualdad de condiciones, parecen decirle a la Parca: no me asustas, Doña Final, y por eso me visto como tú, te represento en las esquinas, te adoro y me río de ti. En nahuatl, la lengua de los mexica, decapitar se dice así: quechcotona y también tiene otro significado, tal vez más usual: recoger una espiga con la mano. Dice Sergio González Rodríguez, en su estupendo 'El hombre sin cabeza', editado por Anagrama, ( El hombre sin cabeza) que los mexicanos tienen tres iconos vinculados con la decapitación: los tzomplantli, la empalizadas aztecas que sostenían cráneos de víctimas sacrificadas a los dioses con cuchillos de obsidiana; también la cabeza mutilada del clérigo Miguel Hidalgo, uno de los impulsores de la independencia de la antigua colonia española y cuyo despojo fue puesto dentro de una jaula por los soldados españoles como ejemplo para los rebeldes. Y por último: Pancho Villa, el bandolero y revolucionario, un mito universal que también perdió la cabeza porque, años después de enterrado, alguien fue, se la cortó y se la llevó y a día de hoy todavía no ha vuelto a su lugar original...

El museo nacional de antropología ya deja evidencias de lo que les gustaba a los mexica un cráneo...
...y en algunos también demuestran lo guasones que podían llegar a ser...
Eso de cortar cabezas parece un costumbre ancestral entre los mexicanos pero pecaríamos de injustos si no miráramos más allá. Desde que Herodes Antipa ordenó la decapitación de San Juan, el Bautista, encontramos que el degüello es un recurrente en nuestras pesadillas históricas. Dicen que las primeras muestras, en forma de túmulos levantados exclusivamente con cabezas, las hallamos en Turquía, y a partir de ahí aparece regularmente en todas las civilizaciones. A San Juan le siguió San Pedro y más tarde Santiago el Mayor, perdieron la cabeza las mujeres de Enrique VIII, entre las cuales la famosa Ana Bolena, y no contento con ello también ordenó separar el tronco de la privilegiada testa de Tomás Moro, el autor de Utopía,  e incluso de John Fisher, el obispo que le negó encabezar, paradójicamente, la iglesia anglicana. Y sin salir de Inglaterra, por aquello de que tanto fardan de civilización moderna, María Estuardo también pereció del mismo modo, por orden de Isabel I, y por supuesto Carlos I, todo un rey, y casi que la familia al completo de Ana Bolena. En Francia también encontramos un largo muestrario de cabezas cercenadas: Luis XVI, María Antonieta, Antoine Lavoisier o, nuevo guiño de la historia, el promotor de todas estas muertes, el mismísimo Robespierre, tan amante él de las guillotinas.



En Timor Oriental, los paramilitares decapitaban a sus enemigos, y lo mismo hacen los indígenas del centro de la isla de Borneo, como lo hacían los soldados norteamericanos en Vietnam, los jemeres rojos en Camboya o los fundamentalistas sunitas con gente como el pobre Daniel Pearl, periodista estadounidense. Decapitan los niños de la guerra en el golfo de Guinea y los shuar de la Amazonía se divertían en reducir con técnicas ancestrales las testas de sus presas humanas. 






¿Y qué decir de las cabezas que encontraban los conquistadores españoles cuando avanzaban, temerosos y excitados, hacia la gran Tenochtitlan? Hoy México ocupa portadas de periódicos y minutos de informativos con las espantosas imágenes de cabezas metidas en bolsas de supermercado, en cubos, colocadas cuidadosamente sobre el asfalto de alguna carretera principal (omito hablar sobre los cartelitos, las 'narcomantas', con mensajes cínicos y mal escritos). México es hoy una referencia de las cabezas cortadas, como en su momento lo fue la Inglaterra del infame Enrique VIII o la Francia revolucionaria de Robespierre, por no hablar de la España de la Inquisición, y todo gracias a la guerra del narco y al protagonismo de grupos como La Familia o Los Zeta. Sólo en 2008 las peleas entre estos grupos arrojaron una cifra espectacular: ciento setenta decapitados en todo el país. Claro que en Arabia Saudí terminaron ese mismo año con ciento treinta decapitados aunque con una ligera diferencia: estos últimos lo fueron en virtud de la sharía, la ley islámica que viene inspirada directamente por Allah y que castiga así delitos especialmente graves. No sé, eso sí, cual me da más miedo.

concurso de graffiti de temática craneal

Según el periodista mexicano Sergio González Rodríguez en los últimos años han desertado del ejército mexicano más de ciento diez mil militares que han ido a engrosar, en casi su totalidad, los grupos de narcotraficantes. Una cifra monstruosa, incluso para un país con más de cien millones de habitantes y que explica por sí solo que el ejército, el de verdad, o lo que queda de él, sea incapaz de erradicar la guerra de las drogas. Son auténticos expertos en el arte del matar y de ello queda constancia incluso en una película tan tragicómica como El Infierno:


Asegura González Rodríguez que esta última moda de las decapitaciones tiene un origen relacionado con el narcotráfico: Colombia, y que fueron los narcos andinos los que mostraron el camino a los narcos mexicanos. Un camino marcado ya desde lejos, por cierto, porque incluso en una cosa tan trivial (o no, depende) como el juego de la pelota terminaba obligadamente en un sacrificio ritual: según los muros de Chichen Itzá, en el Yucatán, o los del Tajín, en Veracruz, el equipo perdedor elegía a uno de sus jugadores para ofrecer su sangre a la tierra, que lo agradecía con buenas cosechas, y la cabeza al mencionado tzompantli, las afiladas estacas que bordeaban los campos de juegos. Un amor por las cabezas y los esqueletos que se pierde en la noche de los tiempos y que este señor, vecino del Zócalo en el D.F, quiso ratificar mostrándome el altar que tenía en su casa: decenas, qué digo decenas, ¡cientos de calaveras y esqueletos en su hogar! ¡Todo un devoto!



Altar dedicado a la Santa Muerte en el centro de México D.F.



En México el culto a la Niña Blanca, o sea, la Muerte, tiene algo de obsesivo y al tiempo de simpático. La Muerte en sí es un dios, un culto, una iglesia con sus ritos, sus misas y sus santos (ya lo conté en otro post, en una misa de la Santa Muerte: Una misa de la Santa Muerte) pero que convive naturalmente con los cultos cristianos de toda la vida. Aquí vemos a la Parca acechando a Nuestro Señor Jesucristo, y más abajo, escenas de la celebración del día de difuntos en la ciudad de Mixquic, una extraordinaria excusa para dar rienda suelta a esta lúgubre afición: 


La Muerte decora espaldas, es la excusa para disfrazarse y bailar con los amigos, vigila la entrada de las casas




Las calaveras dan forma a exquisitos dulces de nata y chocolate, ilustran camisetas y alegran los días de los escolares que se confunden con sus compañeritos en los días que recuerdan a los que ya no están.

dulces calavéricos muy ricos y nutritivos
La muerte toma también los pectorales con divertidos dibujos


Mi antepasado el capitán Francisco de Salazar Hachero perdió la cabeza en un lugar muy lejano a su tierra natal y no fueron mexica ni mayas ni toltecas sus verdugos sino sus propios paisanos. Una costumbre fea, esa de quitar la cabeza, la de descabezar, degollar o guillotinar. Una costumbre muy humana, por cierto (a no ser que nos equiparemos a las mantis religiosas), destruir al enemigo, crear pánico entre los suyos, quitarle el norte, la guía que conduce sus pensamientos, su vista, su lengua, su oído, su encanto personal. Una costumbre que nos recuerda que debajo de estas carnes sólo hay huesos y que sin lo que los rodea, todos somos mucho más iguales. Tanto que no sabemos quién fue blanco ni quién negro, quién rico ni pobre. Quién malo ni quién bueno.

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com









jueves, 1 de diciembre de 2011

Viaje a Indonesia: en un entierro toraja en la isla de Sulawesi




En el centro de la isla Sulawesi, que nosotros conocemos con el nombre de islas Célebes, en la actual Indonesia, existe un extraño lugar donde los vivos no pierden jamás de vista a los muertos y los muertos observan desconfiados a los vivos. Pareciera que los primeros se hayan puesto incluso al servicio de las tinieblas, al de los finados, porque los acontecimientos los marcan los que ya no están, las fortunas se convierten en ruinas por culpa de los que se fueron y hasta viven mezclados, vivos y muertos, juntos en una misma casa, el difunto momificado y vigilante, el vivo respetuoso y un tanto estresado. Ese lugar se llama Tanatoraja, o ‘tierra de los toraja’, o más aún: tierras altas, una singular etnia animista que fue evangelizada en vano por misioneros holandeses y que hoy se declaran cristianos mientras observan con el rabillo del ojo las evoluciones de su perro pensando en una cena suculenta.


Por ejemplo: la tradición de los toraja manda que los herederos del occiso maten unos bueyes para que acompañen el camino del fallecido en el Más Allá. El señor Hen quiso elevar la apuesta y le prometió a su señora madre que mataría un buey por cada año que hubiera vivido. Los bueyes son caros y una familia ahorra durante años a la espera del entierro de algún ser querido.




‘Mi madre murió con ciento un años’, comenta con una amplia sonrisa, ‘su muerte fue mi ruina’. En Tanatoraja la vida gira alrededor de la muerte y el visitante incauto puede provocar carcajadas entre la audiencia si, como yo, pega un respingo tras tumbarse feliz sobre una montaña de coloridos cojines, cuando le dicen que cada almohadilla contiene los restos de un antepasado ahumado y plegado sobre sus articulaciones.



También es fácil congelar el gesto cuando, arrodillado ante una humilde mesa para mejor sorber el té hirviente, alguien comenta que la mesa no es tal sino una caja y que dentro duerme su sueño eterno el abuelo, momificado gracias a una inyección de formalina. ‘Antes los ahumábamos hasta que podíamos plegarlos sobre sus articulaciones’, me explica el señor Hen, ‘pero ahora les inyectamos formalina y es mucho más fácil y rápido…’ Los toraja son gente hospitalaria y amable, pero tienen una extraña costumbre funeraria: sus entierros sólo se celebran en verano, principalmente en agosto, para aprovechar la época seca, y sus muertos esperan a que los vivos consigan ahorrar la suma suficiente como para sacrificar los bueyes en su funeral. Cuanto mayor rango social tuvo el fallecido, más bueyes morirán ese día, cercenadas sus gargantas por un machete mellado. Bueyes que esperan su muerte con la singular paciencia de las almas inocentes, aguardando flemáticos su destino en pueblos de mentira, pueblos que no existen, pueblos que desaparecerán con el cuerpo del abuelo.


Llegué a Rantapao tras un largo viaje por paisajes de ensueño. Montañas verdes, húmedas, cielos azules manchados por nubes muy blancas, breves paradas en algunos merenderos de carretera y una curiosa carrera de cucarachitas por el cristal del autobús. Y lo hice desde Ujung Pandang, recomendado por alguien a quien, a su vez, otro alguien me recomendó en el vuelo desde Bali. La cadena de recomendaciones no pudo dar mejor resultado: Franz Toraja sería mi mentor en tierra de los toraja, la región que ocupa la franja central de esta isla con forma de orquídea. Franz hablaba inglés porque era profesor de alemán, decía con rotunda seguridad, y tenía una esposa y un pastor alemán que corría alegre también por la casa. ‘Pronto irá al puchero’, me dijo Franz con esa amplia sonrisa, ‘porque los toraja somos así, si nos dan a elegir entre una vaca, un cerdo o un perro, elegimos el perro’. Más adelante tendría la oportunidad de probar el plato local, tan especiado que podrían haberme colado el cadáver del abuelo del señor Hen porque lo único memorable fue que el picante me abrió el lagrimal y una lluvia irrefrenable cayó sin remedio sobre el plato típico local más demandado.



Los toraja son conocidos mundialmente por dos aspectos de sus vidas. El primero es el curioso ritual funerario que les tiene siempre tan atareados. El segundo es el curioso también modo de construir sus casas, con una extraña forma de Y que, dicen ellos, sirve de recuerdo y homenaje a sus antepasados de la noche oscura de los tiempos, cuando llegaron a la isla a bordo de barcos parecidos. La costumbre de comer perros o murciélagos gigantes no los caracteriza como etnia porque sus vecinos también lo hacen.




‘Este es mi abuelo’, me enseña un cráneo un muchacho que se acaba de encaramar sobre una roca pelada en la que hay una cueva pequeñita. El muchacho vuelve a meter la mano en la grieta oscura y saca un hueso. ‘Es una costilla de mi abuelo’, dice mientras se la coloca en el pecho. La extraña relación de los toraja con sus muertos es digna de admiración, más que de mofa, porque tienen un trato tan obsesivo con los que ya no están que llegué a sentir que tienen ganas de ser ellos, los vivos, los protagonistas para liberarse, por fin, del yugo excesivo de la tradición y convertirse, de una vez, en el centro de tan extraña cosmogonía. Al antropólogo inocente, Nigel Barley, le sorprendió también, en su libro ‘Bailando sobre la tumba’, que un muchacho sacara de un agujero y se lo presentara como su abuelo. ‘¿Cómo sabes que realmente es él?’, le preguntó. ‘Porque lo escribí con bolígrafo, ¿lo ve?’, respondió el muchacho. 


Franz ha localizado un entierro de cierta entidad. ‘Matarán veinticinco bueyes’, dice entusiasmado, ‘y estamos invitados’. Claro que no es muy difícil conseguir que te inviten: tan sólo hay que presentarse en el funeral con algún obsequio para la familia y dejarse llevar por la corriente humana. Los familiares del fallecido están obligados a levantar un poblado tradicional en pequeño, con representaciones de las típicas casas en miniatura, a modo de graderíos sobre los que se distribuyen los asistentes, casas de tan poca calidad que, de cuando en cuando, cae alguna con gran estrépito desparramando a varios desafortunados por los suelos encharcados de sangre de búfalo, una situación azarosa que provoca sonoras carcajadas del respetable mientras los damnificados se levantan con una amplia sonrisa. En ocasiones una mala caída puede incluso originar un nuevo enterramiento en una absurda espiral de sepelios que se retroalimentan…






En el pequeño poblado donde se celebra este funeral se concentra una gran multitud de visitantes. Son parientes, vecinos, conocidos, gente anónima, veo dos turistas con grandes cámaras, hay absolutos desconocidos que vienen de otras islas atraídos por el rumor de un entierro de los que hacen época. Los búfalos esperan pacientes, sujetos por las argollas de sus hocicos a las manos de otros tantos muchachos ansiosos por que empiece la ceremonia. De pronto, cae el primer animal. Un certero machetazo le destroza la yugular, el buey parece caer de pronto que eso es la muerte y que, como diría Alfredo Zitarrosa, la muerte duele, pero qué es doler y qué duele y dónde. Ya es tarde, no obstante, para tanta pregunta porque el animal se desangra irremediablemente, dobla sus patas y cae al suelo para buscar inútilmente el aire que se le escapa. Que huye como huye su vida y su sangre, que mancha el suelo en un pequeño pero creciente océano rojo que lo invade todo. Niños de apenas diez años se acercan con sus cañas de bambú para llenarlas de la sangre roja de puro oxígeno de la bestia agonizante. El segundo buey, que ha visto cómo muere su compañero, rumia despreocupado mientras se acerca su matarife, lo miro con indiferencia, mira el machete con curiosidad, vuelve a rumiar, ve el cadáver de su compañero, escucha los gritos del público y, de pronto, siente en su garganta el filo mellado de un machete como mínimo sucio de la muerte y cae entonces, como cayó su compañero, en que la muerte es eso, sin saberlo, y que su compañero murió como muere él en ese momento. Y aún no ha expirado este segundo búfalo cuando un tercero, igualmente flemático y parsimonioso, se acerca manso a ofrecer su recio cuello a su verdugo. El espectáculo tiene algo de hipnótico, la sangre que tiñe el suelo amarillo albero, los gritos de los visitantes, los ansiosos que no pueden esperar al fin de la masacre para despiezar a los animales muertos y se reparten los cuartos traseros mientras apuran sus cigarrillos con aroma a clavo.







La carne se estruja, fuertemente especiada y acompañada de verduras, en el interior de gruesas cañas de bambú y se ponen luego a calentar sobre el fuego que cuida, irremediablemente, una anciana desdentada. A lo lejos suena un fuerte golpe, se escuchan risotadas, otro graderío acaba de caer con su carga…

Del té y las pastitas que me han ofrecido en los graderíos pasamos al festín carnívoro a ras de suelo. Un grupo de chicas canta una larguísima canción, la carne está sabrosa y a los toraja les encanta que les hagan fotos.










































También resuenan unos chillidos agudos: son cerdos, inmovilizados en unas coloridas jaulas con forma de casas-barco, cerdos gritones, cerdos que tiemblan ante la muerte de sus compañeros, que también van cayendo como los bueyes, cerdos que, a diferencia de aquellos, son conscientes de la masacre y chillan desesperados porque ese gorrinito que aquel señor descuartiza con tanta habilidad era su primo, o al menos su amigo, y el cerdo sabe que pronto le tocará a él. 

Por eso los inmovilizan, estos toraja son así de listos, no quieren que la jornada acabe con una rebelión digna de Orwell aunque los pobres cerdos no dejan de inspirar una profunda lástima... No sabemos qué pensarán de estas matanzas los homenajeados, los muertos, en su mundo aunque sí que están eternamente condenados a caminar bocabajo, hablar al revés y esperando las cosechas perdidas de su pueblo para poder comer porque los toraja creen que el otro mundo es una réplica de este, pero en su contrario.


Detalle de la colorida jaula del cerdo, que chilla desesperado esperando su turno en el holocausto porcino

























Las cornamentas de los bueyes acaban decorando los frontales de las viviendas toraja




Sin embargo, el cadáver que destaca no es el del cerdo ni el del buey sino el de un acomodado toraja, debidamente embalsamado, aguardando en lo alto de una casa especial. Sus restos acabarán, cuando finalice el funeral, en una cueva, donde reposará unos años hasta que lo cambien a su destino final, la gran gruta de féretros repletos de huesos que caen desde las alturas porque la madera se corrompe con el tiempo. Más folclórico nos resulta el rito funerario de los niños sin destetar: sus cuerpecitos son enterrados en árboles del bosque, en huecos que excavan los troncos, enterrados de pie y separados del mundo por una ténue cortina vegetal, tumbas que se regeneran con el tiempo para dejar al bebé como un todo de madera y bosque.



Al funeral todavía le quedan dos días pero Franz ya ha disfrutado bastante y parece feliz con su barriga llena. En el camino de vuelta encontramos otro funeral, este bastante más austero: sólo han matado un buey y los asistentes, alrededor de una cincuentena, se protegen de una breve llovizna bajo una humilde techumbre. Incluso en Tanatoraja hay clases. El funeral es doble porque aprovechan para sacar los muertos de otros años y cambiarlos de cementerio. Los cadáveres reposan envueltos en telas coloridas, a modo de cojines, tirados en cualquier parte. El anfitrión está encantado de que un extranjero haya acudido a su entierro y decide sacrificar otro buey en mi honor. Mis súplicas para que indulte al animal caen en saco roto y tengo que aguardar a que su carne se cueza para no hacer un feo a esta familia sumamente pobre que me homenajea de este modo tan injusto (para el buey).


Este búfalo se convirtió en mi homenaje y murió en mi honor: descanse en paz




Porque comprar un buey no es tan sencillo. Hay que ahorrar durante muchos meses, en el caso de familias adineradas, años si la familia es pobre, hay que hacer cuentas, renunciar a caprichos, buscar y rebuscar en los mercados para encontrar esa bestia que le venga bien al fallecido, relamerse ante los bueyes albinos porque tienen un plus de calidad para el postrer viaje pero al tiempo son mucho más caros, hay que apretarse el cinturón y pensar que el sacrificio merece la pena porque pronto será uno mismo el que muera y el que reciba tan magnífico regalo celestial.

Tumbas toraja


Y, por supuesto, hay que dejar constancia de nuestro paso por estos mundos de Dios. Cerca de Rantepao hay una curiosa montaña desde la que los muertos miran a los vivos. Y lo hacen con los ojos muy abiertos, tallados a imagen y semejanza de los que ya no están, esculpidas en madera sus caras de vivos para que oteen el horizonte ahora que están muertos. Se llaman Tau Tau y representan a los difuntos: otro gasto más para que el tránsito se cumpla a la perfección. A los pies de la montaña de Londa los escultores se afanan en dar forma y vida a los trozos de madera. 

Los artesanos esculpiendo los Tau Tau que luego adornarán las entradas de las tumbas


Me despido de Tanatoraja pensando que no cuadra muy bien este animismo tan de libro con la religión cristiana como para que todos los toraja que encuentro me digan que son protestantes. Sobre todo en un país como Indonesia, el más poblado del mundo musulmán, con más de doscientos millones de seguidores de Alá. Hasta que me comentan que su cristianismo tiene más de desesperación que de otra cosa y que lo abrazaron después de rechazar hace cien años a los misioneros holandeses para caer en unas cruentas guerras con los musulmanes de la isla de Java que quisieron también convertirlos a su fe. Los toraja, en masa, abrazaron entonces el cristianismo pero de boquilla, listos que son los tíos, porque a la vista está que los espíritus siguen soplando sobre las tupidas selvas de Tanatoraja y que sus feligreses viven como Santa Teresa de Jesús, muriendo porque no mueren. 







© José Luis Sánchez Hachero

sanchezhachero@hotmail.com













































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