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martes, 15 de mayo de 2012

Viaje al Príncipe de Asturias: se vende portaaviones











A mediados de junio de 1715 el capitán Pedro Despoix se dirige a la isla de Mallorca para terminar la guerra de Sucesión y cambiar el nombre de su capital, ciutat de Mallorca, por el más castizo de Palma. El capitán comandaba la fragata Príncipe de Asturias, la primera nave española que portaba ese nombre y que cargaba cuarenta y cuatro cañones. En abril de 1719 la fragata zarpa de Cádiz con el alias de Infante, destino La Habana y Veracruz, en Cuba y México, respectivamente, y una mala nueva: España ha entrado en guerra nuevamente con Francia y Gran Bretaña. Una noticia recurrente que no debió de sorprender al virrey de México, preocupado por sus propias revueltas, y al gobernador de La Habana, acostumbrado a lidiar con los piratas de su Graciosa Majestad. Tras los movidos inicios del Príncipe de Asturias vendrían, a lo largo de los años, cuatro navíos, dos fragatas más y una corbeta con el mismo nombre. Uno de aquellos navíos incluso luchó en la batalla de Trafalgar, capitaneado por el legendario brigadier Gravina. La mayoría de ellos, de los Príncipe de Asturias, fue construido en Galicia y, cosas de la historia, desechos en La Habana. A excepción de la primera fragata, la del capitán Despoix, que después de varios viajes a América, portador de malas nuevas, fue hundido en El Puerto de Santamaría para habilitar sus muelles.


Desde este primero, armado en Pasajes en 1714, hasta el último, el portaaviones construido en El Ferrol en 1982, nueve Príncipes han navegado por los mares del planeta, al principio representando a la más poderosa marina del mundo, más tarde atestiguando cómo un imperio se desmoronaba, hoy día presa de recortes y reformas que lo dejan arrinconado cuando aún le resta un lustro de vida. Pesan más los treinta y cinco millones de euros que precisa su mantenimiento anual y el 25% menos de presupuesto que la Armada tiene desde 2008…

































El 22 de mayo de 1982 la marina española pudo fardar de flota europea y presentó con el boato preciso su nueva joya de los mares: el Príncipe de Asturias (R11), una presentación que ya llegaba tarde porque debió de presentarse un año antes, una presentación que, por cierto, tampoco sirvió de mucho porque el moderno buque no entró en servicio hasta el 30 de mayo de 1988, seis años después, y por poco tiempo porque poco después regresó a los astilleros para reacondicionarse. A bordo terminó su formación Felipe de Borbón como alférez de la Armada y, aparte de algunas maniobras y conmemoraciones, el imponente buque no ha servido para mucho más. Estuvo en la Southern Guard en el golfo pérsico y cubrió algunas operaciones en la guerra de Kuwait, en 1991. Posteriormente se unió a las acciones de la UNPROFOR en el Adriático para proteger a los cascos azules, y en Cádiz todavía se le recuerda por una ofrenda floral con motivo del segundo centenario de la batalla de Trafalgar, frente a las costas gaditanas. Se planteó su participación en el bloqueo a Gadaffi en la guerra de Libia pero un problema con el software del radar tridimensional lo hizo inútil para la zona de exclusión aérea así que pasó de puntillas por su última oportunidad bélica.


En su grupo aéreo tienen cabida hasta veintinueve aeronaves, diecisiete en el hangar y doce en cubierta, tiene 196 metros de eslora y algo más de veinticuatro de manga, un calado de 9,4 metros y 17200 toneladas, lo que hizo de él el mayor buque de la Armada hasta la entrada en servicio del Juan Carlos I, un buque de asalto anfibio que salió de los astilleros gallegos de Navantia en 2008.


En la historia de la compraventa de grandes aeronaves, la subasta a la que se enfrentará el que fue emblema de la flota española no es la primera ni será la última. El ministerio de defensa de los Estados Unidos de América ha sacado a subasta su portaaviones Ark Royal R07, un buque que perteneció a la Marina Real Británica. Si tiene interés en colocarlo sobre el televisor, tiene hasta las diez horas de la mañana del 13 de junio para pujar por él en www.edisposals.com, algo así como el eBay de los militares. Hace poco tiempo, la marina británica consiguió vender el portaaviones Invincible a una chaterrería turca, y no hablamos de cualquier buque sino de uno de los emblemas en la guerra de las Malvinas e insignia de la flota inglesa tras la jubilación del HMS Hermes, vendido a otra chatarrería, en aquella ocasión india.


En el caso de la marina española, la Armada se quedará sin portaaviones cuando algún avispado comprador adquiera el R11 Príncipe de Asturias. Defensa quiere desprenderse de él antes de que se convierta en chatarra y no sirva ni de arrecife costero pero encontrar un comprador es una tarea titánica hoy día. Según publican diferentes medios, los sucesivos retrasos presupuestarios a la hora de renovar sus sistemas de combate, de navegación interior y de navegación lo han dejado tan obsoleto que ahora resulta absurdo gastarse los 35 millones de euros que necesita para su actualización. Tras el verano, dicen las fuentes, el portaaviones no volverá a zarpar de la base de Rota, en Cádiz, desde donde se le buscará nuevo dueño. Adiós, portaaviones, y con él, además, dos fragatas, de la clase Santa María, aunque se incorpora una nueva, la Cristóbal Colón, mucho más moderna y efectiva.


El 28 de julio de 1588, aturdido y anonadado por las noticias que llegaban del canal de la Mancha y de su Armada Invencible, Felipe II meneó la cabeza con pesar y acertó a decir: ‘no mandé a mis naves a luchar contra los elementos’. No sabemos si Juan Carlos I habrá meneado su cabeza pero sí que podría repetir la legendaria frase. Sólo que debería cambiar los elementos. Y colocar la palabra ‘crisis’.



Bibliografía Príncipe de Asturias:

http://www.todoavante.es/index.php/Pr%C3%ADncipe_de_Asturias_(1714)
http://www.armada.mde.es/ArmadaPortal/page/Portal/ArmadaEspannola/buques_superficie/01_portaaviones-principe-de-asturias







 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




lunes, 9 de enero de 2012

Viaje a Grecia: la venganza de Priapo


Dionisio era un dios muy aficionado al vino y a las juergas, amante de las mujeres bellas y de los muchachos de piel fina, de la locura ritual y del éxtasis. Hijo de Zeus, quien lo originó de su propio muslo, el pícaro Dionisio lideraba una pandilla de indeseables entre los que se contaban centauros, sátiros y silenos, prendas todos dispuestos siempre a llevar la fiesta al summum y a los asistentes a la mayor de las francachelas. En los frontales de templos desaparecidos, en el fabuloso museo arqueológico de Atenas, vemos a los faunos con sus velludas patas de carnero y a los seguidores de Dionisio, embriagados y desnudos, alegres en compañía de jóvenes imberbes, uno puede imaginarlos allá, arriba, en el Olimpo, como réplica del Partenón, libando de flor en flor, pizpiretas chicharras encantadas de haberse conocido, ácidas con las hormigas, cáusticas con la vida misma.


Dionisio cautivó tanto a los griegos que su mito creció y viajó por el Mediterráneo como una hoja llevada por los vientos. Al llegar al sur de Italia, las comunidades helenas parecían tan felices con sus ritos dionisíacos que los nativos quedaron encantados y crearon un dios a su imagen y semejanza y le llamaron Baco y vieron que era bueno porque ponía las narices rojas, y probablemente los culos también, y lanzaron sus coronas de laureles por los aires soñando con aquel Olimpo latinizado en el que el día de mañana no existía y en el que todo era placer. Pero Dionisio, alocado como era, les dejó un regalo envenenado, una semilla en el vientre de la exuberante Afrodita, la deseada por todos, la madre de un hijo común, los padres de Príapo, el del miembro siempre enhiesto, el incansable recolector que garantizaba espléndidas cosechas y que el ciclo de la vida continuara para siempre y jamás.




Podría seguir extendiendo el mito de Dionisio, y el de Baco, hacia la región más occidental de ese Mediterráneo tan dado a francachelas y mitos, a bacanales y copas de vino, pero me detendré en Grecia con un dicho latino que afirma que 'Post Festum, Pestum (et post coitum, tedium)'. Lucas Papademus, que tiene poco de Dionisio y tal vez algo de Príapo, suplica a sus socios europeos una quita de su deuda de, al menos, el 50%, lo que dejaría su obligación de pago en un 120% del producto interior bruto, PIB, o sea, que en el hipotético caso de que todos sus acreedores perdonaran la mitad de lo que los griegos les adeudan aún deberían trabajar un año y casi tres meses, sin gastar en nada más, para pagar el legendario pufo que tantas noticias ha generado estos años. Una solución de la que se habla insistentemente desde hace años y que, conforme se acerca inexorablemente, plantea una pregunta. ¿Está todo el pescado vendido en Grecia?



Lo que sí podemos asegurar es que algo huele mal en Grecia, algo huele a podrido, a fétido, y no son solo las bombas lacrimógenas que los antidisturbios helenos lanzan casi que a todas horas en la mundialmente conocida Plaza Syntagma, y con las que me recibieron, cargado yo con mi mochila, ansioso por encontrar, a las seis de la mañana, una tela con la que evitar que mis mucosas huyeran desordenadas. 



Llegué a Atenas en mitad de una de las frecuentes huelgas generales con las que los sindicatos afean el hundimiento económico a su clase política. Los griegos se han separado tanto de sus mandatarios que, en palabras de un hostelero ateniense, es mejor que no vayan a los restaurantes porque 'los desprestigian'. En los informativos de la televisión aparecen escenas de señores trajeados que corren perseguidos por turbamultas que les arrojan huevos y harina, las escaleras que conducen al Parlamento están decoradas con horcas y bombas lacrimógenas, con carteles revolucionarios, con los indignados griegos sentados en los jardines y policías que deambulan por doquier con sus porras preparadas, nadie sabe si para descargar su odio al manifestante o su indignación con los que les mandan.























Pero, ¿qué ocurrió con aquellas fiestas del dios Dionisio? ¿Es que, acaso, sólo acudían dirigentes, mandatarios, políticos? ¿Es que sólo Ulises escuchó los cantos de las sirenas, sólo el Odiseo supo escapar de ellas (y porque se amarró al palo mayor)? ¿Dónde quedaron aquellos días de vino y rosas, cuando los griegos lanzaban fortunas al aire? ¿Fue sólo culpa de Caramanlis, el líder conservador que contrató a más de 100.000 (cien mil) funcionarios nuevos en apenas cinco años? ¿Fueron las mentiras del ejecutivo al esconder un déficit del 14% tras un apocado 7%? ¿Fueron los ciudadanos los que, vendados sus ojos, disfrutaron de revalorizaciones crecientes, de préstamos incesantes, de hipotecas fáciles y abundantes? En Atenas necesitaban 45 (cuarenta y cinco) jardineros para cuidar la maceta de un hospital: jardinerísimos. El Instituto para la protección del lago Kopais sigue a pleno rendimiento, a pesar de que el lago se secó del todo en la década de los años treinta, 40.000 hijas solteras de funcionarios fallecidos tenían una pensión vitalicia de mil euros y un 25% de los griegos jamás ha pagado un céntimo de impuestos.


En Atenas encontramos el curioso caso de un coche oficial para el que se necesitaban 50 conductores contratados (cincuenta), y por supuesto no podemos olvidar a las casi cinco mil familias que habían 'olvidado' comunicar el fallecimiento de aquel abuelo con fabulosa pensión. En Grecia existían 600 categorías de trabajos especialmente extenuantes, que se beneficiaban, entre otras prebendas, de jubilaciones a los cincuenta años, como los peluqueros, los músicos de viento o los presentadores de televisión. ¡¡Presentadores de televisión como trabajo extenuante!! peluqueros y presentadores. Mientras el crédito fluyó y las cifras mantuvieron el maquillaje, apenas nadie protestaba: era lo normal. Pero cuando el calor apretó y el carmín corrió libre barbilla abajo los griegos vieron que Afrodita no era tal sino su hijo y que los arrumacos que lanzaba escondían a su enorme verga erecta exigiendo carne fresca. Y la carne fresca es, como suele ser, inocente y virginal: la juventud griega, ajena a la bacanal por una cuestión estrictamente generacional (eran tan jóvenes que aún no podían endeudarse) asiste atónita al fin de su país y se concentra ante la Cueva de los Más de Cuarenta Ladrones para pedir cuentas. Y la Cueva está en la plaza Syntagma, aquella que los antidisturbios protegen con sus sueldos de mil euros, sus porras extensibles y sus bombas lacrimógenas.






En el interior de este extraño y cercado Olimpo, los parlamentarios sudan en largas sesiones en las que tienen sólo derecho de asistencia pero ni voz ni voto. Porque los griegos, como sus vecinos los de las banacales y sus primos los devoradores del ladrillo del otro extremo del Mare Nostrum, picaron el anzuelo y se lanzaron a levantar también sus ritos dionisíacos y sus bacanales y sus carnestolendas sin pensar que el mañana llega y que las rubiascas hormigas del norte tenían sus madrigueras repletas del grano que con tanto desdén tiraban las morenas chicharras del sur. Ahora que las chicharras se tiran de los pelos, o de las antenas, recuerdan los tiempos de vino y rosas y asienten graves diciendo contritas, 'no podía durar, era un cuento de hadas, no era real...'






¿Dónde estaban aquellas chicharras cuando el dios Hermes, que controla los mercados, aplicaba la doctrina del shock, que popularizó Noemí Klein en su estupendo libro del mismo nombre (y cuyo documental completo podéis ver aquí: la doctrina del shock: el documental), a otras regiones del planeta? ¿Por qué permanecimos ajenos cuando el dios de los Mercados arrasaba a los tigres asiáticos a finales de los noventa, o cuando desmontó lo poco montado que tenía el África subsahariana, o por qué nos congratulamos de no vivir en un lugar tan poco recomendable como la América Latina de los ochenta? ¿Son peores ahora las agencias de calificación que entonces? ¿O es tan sólo que ahora nos hemos convertido en sus víctimas? Eso parecen preguntarse los indignados griegos, al pie del cañón, sin importar el día de la semana ni la hora del día..










¿Qué tiene ahora de turístico Grecia? ¿Sus monumentos, sus playas, sus islas? ¿O tal vez sus indignados, sus corruptos políticos, sus titulares en los diarios de todo el planeta?







¿Qué quedó de aquella extraordinaria civilización que nos dio la democracia, la filosofía, la poesía, la política? ¿Las artes, la arquitectura, la medicina? ¿Sólo queda un país con una deuda tan difícil de digerir que incluso los evzones (guardias helenos del parlamento) serán patrocinados por alguna bebida carbonatada? ¿Qué guarda ahora la tumba del soldado desconocido? ¿Una factura impagada?







De Grecia se dice que puede abandonar la moneda común, el euro, y hasta hay quien lo pide abiertamente, como el gobernador del banco central checo, Miroslav Singer: Grecia y el euro, una solución que agrandaría el problema porque sus deudas seguirían en la moneda común mientras que la nueva divisa, pongamos que fuera el neodracma, sufriría una devaluación muy fuerte que arrastraría tras su estela el poder adquisitivo de sus ciudadanos: ganarían mucho menos y tardarían mucho más en devolver sus deudas. Por si fuera poco, el Fondo Monetario Internacional y la misma UE piden, casi que exigen, al gobierno heleno que reduzca el salario mínimo interprofesional. Una petición que no caerá en saco roto, a pesar de los sindicatos helenos y de sus propios ciudadanos, porque, entre otras razones, Grecia apenas tiene poder decisorio sobre sus propios asuntos.


Deutsche Telekom posee ya el 40% de la empresa nacional helena de telecomunicaciones y no es sino el comienzo: la lotería, el aeropuerto internacional de Atenas, las instalaciones deportivas de Atenas 2004, la gestión de las carreteras, de los puertos del Pireo, las compañías del agua y de la electricidad, la banca estatal, el servicio de correos, los inmuebles estatales... En los foros internacionales resuenan propuestas asombrosas, como aquella que pedía la privatización de algunas de sus diez mil islas, venta de islas griegas, o el plan secreto de Angela Merkel, el Plan Eureka, que incluye una privatización total de todo lo privatizable (como si no lo estuviera ya).






Dionisio aún no se levanta de la cama: dice que le duele la cabeza, que ve láseres fluorescentes apuntando a sus retinas, que en su cabeza ladra un perro y que no tiene fuerzas para dar conversación pero que, si se esperan un poquito, en seguida se le pasará: eso sí, con una copita. A las puertas del parlamento griego, en la plaza Syntagma, plaza de la Constitución, emigrantes turcos se hacen de oro vendiendo lápices láseres para que los protestones apunten a los antidisturbios, que terminan vestidos de verde fosforito. El perro más famoso del mundo, tras Rin Tin Tin y Milú, se tumba a recibir caricias y caramelos de los atenienses: es Lukanukas y está agotado porque hoy ha perseguido por igual a policías y manifestantes.


La carrera final ya ha empezado. Antes de vender las islas, los griegos venden los buenos días, las buenas tardes, las indicaciones y las sonrisas. Aquí ven que no bromeo: ¿quiere usted saber dónde está ese monumento que patrocina la bebida de burbujas? Pues son tres euros...








Las brumas que atenazan Grecia se extienden como una niebla espesa sobre todo el Mediterráneo. Las fiestas de Dionisio alcanzaron su esplendor en la réplica romana y Berlusconi sintió el dedo amenazador del dios teutón posándose sobre su espalda. La niebla se extendió aún más, cubrió las islas que separaban las bacanales romanas de la península ibérica, entró por el levante español y se introdujo en cada rendija de la meseta y de sus valles y montañas, entró en la tierra de Viriato y hoy parece diluirse por el mar tenebroso. Priapo se relame codicioso: su trabajo no ha hecho más que empezar: cuanto más se acerca al Occidente más cuantioso es su botín y más adormecidas están sus víctimas. Porque aquí, al problema de la mentira, se une la pesada digestión de miles de ladrillos y paredes de perlita. Y aquí, además, los ebrios están convencidos de que la resaca se les pasará con otra borrachera de ladrillos y créditos...



 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com







lunes, 28 de noviembre de 2011

Viaje a la Argentina del corralito




En el verano de 2001 tuve el dudoso privilegio de vivir durante tres semanas el corralito de Argentina. El País publica un artículo en el que hace un periodismo ficción muy interesante donde fantasea con un futuro en el que el euro ha muerto y la peseta, la neopeseta o el europeseta irrumpe en nuestra vida económica. 


No sé si semejante situación puede llegar a producirse, aunque muchos avisan de esta posibilidad desde hace años. De ser cierta, sería un drama. De ser posible, ocurriría algo parecido a lo que yo viví en Argentina durante aquellas tres semanas. Mi amiga Mariana, por ejemplo, guardaba bajo la cama una caja llena de dólares porque no se terminó de fiar de los bancos. Al menos pudo salvar algo. Miles de personas, qué digo miles: cientos de miles asistieron perplejos a una tragedia monetaria en la que sus ahorros se dividían entre cuatro y lo que les quedaba en las cuentas no podían sacarlo sino con cuentagotas. Las colas daban la vuelta a las manzanas, los vivos se levantaban temprano y alquilaban las plazas más cercanas a las puertas, en las calles la algaradas eran generales, la gente cambiaba productos básicos en mercadillos callejeros. Incluso proliferaban las monedas: estaba el patacón, el lecop, el peso... las regiones imprimían otras monedas diferentes, en la televisión las noticias revelaban que en algunas partes del país los niños morían de hambre... parecía que el apocalipsis se desataba poco a poco...


Os dejo un video en el que se recogen algunas experiencias y en el que un locutor de radio andaluz, con décadas viviendo en Argentina, explica su visión de la situación. Muchos puntos son escalofriantemente similares a los que hemos vivido aquí. Otros, definitivamente no. Estamos en una entidad supranacional superior a la soledad argentina, hay voces que aseguran que todo está preparado para que desemboque en una Europa unida en lo fiscal y sometida al imperio del savoir faire alemán, hay quien sigue viendo luz en el horizonte. En Argentina no había luz, todo eran tinieblas. Diez años después, el video sigue teniendo validez y Argentina sigue medio hundida pero con luz en su interior porque no hay mal que cien años dure ni pueblo que lo soporte.









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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