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miércoles, 30 de octubre de 2013

Viaje al Peloponeso: la ciudad hundida de Pavlopetri


isla Elafonisos

Cuatro mil años atrás, un terrible seísmo empujó las aguas del Mediterráneo sobre la ciudad portuaria de Pavlopetri, anegó sus calles, inundó sus campos, arrastró los puestos del mercado y las telas y los telares y las barquitas de los pescadores y enterró bajo las finas arenas de la costa de Laconia el barullo de una urbe. O tal vez no. Tal vez las aguas fueron llegando lentamente, subiendo de a poquito, dando tiempo a sus habitantes a resignarse incluso en su búsqueda de una nueva ubicación. O puede que tampoco sucediera así y que no sepamos nunca lo que ocurrió.

isla Elafonisos

Lo único cierto es que a pocos metros de la isla griega de Elafonisos, en pleno Peloponeso, se encuentra sumergida a cuatro metros de profundidad la que se considera mayor ciudad hundida de la Antigüedad. Se llama Pavlopetri y de ella apenas sabemos más que eso, que está hundida cerca de una isla del Peloponeso y que la BBC ha realizado una minuciosa recreación por ordenador de lo que debió de ser la ciudad y que puedes ver  en este documental:

http://www.youtube.com/watch?v=0p-AM28FSjM

La ciudad de Pavlopetri puede tener alrededor de cinco mil años, se sospecha, y es la única en la que se puede recrear sin lugar a dudas su distribución gracias a que las arenas han conservado perfectamente el diseño que lucía en su esplendor. El geólogo marino Nicholas Flemming, del Instituto de Oceanografía de Southampton, en Inglaterra, fue su descubridor en 1967, un hallazgo casual que luego completó con un puñado de estudiantes de la escuela británica de Atenas, con los que midió las treinta mil millas cuadradas del sitio y levantó su mapa. El resultado fue desconcertante: justo al sur de la costa sureste de Laconia, en el extremo occidental de la bahía de Vatika, frente a la isla de Elafonisos, había una ciudad debajo del agua.

isla Elafonisos

Un año después, en 1969, un equipo de la Universidad de Cambridge pasó seis semanas levantando el mapa de una ciudad que cubría un área de trescientos metros por ciento cincuenta, el equivalente a ocho campos de fútbol. En el mapa constaban quince edificios (que no era más que los cimientos de antiguas habitaciones), patios, calles, dos cámaras mortuorias y otras treinta y siete tumbas. Las ruinas continuaban por el fondo marino y subían la pendiente hasta alcanzar la isla de Elafonisos, donde aún eran visibles algunos restos. Lo que en principio se reconoció como una ciudad del Micenoico dio paso a otros restos más antiguos que la situaban en la Edad del Bronce.

isla Elafonisos

En 2007, casi cuarenta años después del descubrimiento, el investigador Chrysanthi Gallou, de la Universidad de Nottingham, volvió a Pavlopetri para estudiar los orígenes de la Laconia. Y lo hizo acompañado del descubridor de la ciudad del fondo del mar, Nicholas Flemming, para descubrir ahora que en ese tiempo algunos de los restos habían sido dañados por los fuerabordas, las anclas de los yatecitos y los submarinistas amantes del expolio. Puestos en contacto con el ministerio heleno de cultura, iniciaron rápidamente las tareas para evitar la desaparición de este misterioso lugar. Comenzaba así el proyecto Pavlopetri, que terminará, si todo va según lo previsto, en 2014, cinco años de estudios que pretenden definir la historia y el desarrollo de esta ciudad: un modo de conocer mejor nuestro pasado y promover una campaña internacional para que se conozca esta ciudad y evite su desaparición a manos de saqueadores y desaprensivos. Pincha aquí para conocer el proyecto.

isla Elafonisos

isla Elafonisos

Se especula que la ciudad podría haber tenido 50.000 habitantes y que, salvando la distancia temporal, no se diferenciaría demasiado de nuestras sociedades actuales porque no se basaban en una monarquía jactanciosa ni estaban sometidos a sacerdotes poseedores tacaños de la verdad eterna sino que dedicaban su vida al comercio y la navegación. Los estudios más completos indican que fue un gran puerto y un importante centro textil por la cantidad de pesos de telares que se han encontrado.

isla Elafonisos

La ciudad tuvo una importante actividad portuaria durante dos mil años, veinte siglos nada menos durante los que nacieron las civilizaciones occidentales. Hoy siguen intactas sus tumbas de piedra, los cimientos de los templos, aunque erosionados y expoliados, sus habitantes ya no comercian sino que tienen branquias y aletean parsimoniosos por lo que una vez fue suelo seco. Sus herederos, quién sabe, tal vez sean los pescadores del pequeño pueblo de Elafonisos, tan atareados en preparar tzatziki y colocar gambas y pulpos a la parrilla para dar de comer a los turistas que almuerzan en mesas en la misma orilla del mar, chapoteando sin saberlo en la tumba de una de las ciudades más desconocidas y fascinantes de las islas griegas: la ciudad sumergida de Pavlopetri.

isla Elafonisos




lunes, 9 de enero de 2012

Viaje a Grecia: la venganza de Priapo


Dionisio era un dios muy aficionado al vino y a las juergas, amante de las mujeres bellas y de los muchachos de piel fina, de la locura ritual y del éxtasis. Hijo de Zeus, quien lo originó de su propio muslo, el pícaro Dionisio lideraba una pandilla de indeseables entre los que se contaban centauros, sátiros y silenos, prendas todos dispuestos siempre a llevar la fiesta al summum y a los asistentes a la mayor de las francachelas. En los frontales de templos desaparecidos, en el fabuloso museo arqueológico de Atenas, vemos a los faunos con sus velludas patas de carnero y a los seguidores de Dionisio, embriagados y desnudos, alegres en compañía de jóvenes imberbes, uno puede imaginarlos allá, arriba, en el Olimpo, como réplica del Partenón, libando de flor en flor, pizpiretas chicharras encantadas de haberse conocido, ácidas con las hormigas, cáusticas con la vida misma.


Dionisio cautivó tanto a los griegos que su mito creció y viajó por el Mediterráneo como una hoja llevada por los vientos. Al llegar al sur de Italia, las comunidades helenas parecían tan felices con sus ritos dionisíacos que los nativos quedaron encantados y crearon un dios a su imagen y semejanza y le llamaron Baco y vieron que era bueno porque ponía las narices rojas, y probablemente los culos también, y lanzaron sus coronas de laureles por los aires soñando con aquel Olimpo latinizado en el que el día de mañana no existía y en el que todo era placer. Pero Dionisio, alocado como era, les dejó un regalo envenenado, una semilla en el vientre de la exuberante Afrodita, la deseada por todos, la madre de un hijo común, los padres de Príapo, el del miembro siempre enhiesto, el incansable recolector que garantizaba espléndidas cosechas y que el ciclo de la vida continuara para siempre y jamás.




Podría seguir extendiendo el mito de Dionisio, y el de Baco, hacia la región más occidental de ese Mediterráneo tan dado a francachelas y mitos, a bacanales y copas de vino, pero me detendré en Grecia con un dicho latino que afirma que 'Post Festum, Pestum (et post coitum, tedium)'. Lucas Papademus, que tiene poco de Dionisio y tal vez algo de Príapo, suplica a sus socios europeos una quita de su deuda de, al menos, el 50%, lo que dejaría su obligación de pago en un 120% del producto interior bruto, PIB, o sea, que en el hipotético caso de que todos sus acreedores perdonaran la mitad de lo que los griegos les adeudan aún deberían trabajar un año y casi tres meses, sin gastar en nada más, para pagar el legendario pufo que tantas noticias ha generado estos años. Una solución de la que se habla insistentemente desde hace años y que, conforme se acerca inexorablemente, plantea una pregunta. ¿Está todo el pescado vendido en Grecia?



Lo que sí podemos asegurar es que algo huele mal en Grecia, algo huele a podrido, a fétido, y no son solo las bombas lacrimógenas que los antidisturbios helenos lanzan casi que a todas horas en la mundialmente conocida Plaza Syntagma, y con las que me recibieron, cargado yo con mi mochila, ansioso por encontrar, a las seis de la mañana, una tela con la que evitar que mis mucosas huyeran desordenadas. 



Llegué a Atenas en mitad de una de las frecuentes huelgas generales con las que los sindicatos afean el hundimiento económico a su clase política. Los griegos se han separado tanto de sus mandatarios que, en palabras de un hostelero ateniense, es mejor que no vayan a los restaurantes porque 'los desprestigian'. En los informativos de la televisión aparecen escenas de señores trajeados que corren perseguidos por turbamultas que les arrojan huevos y harina, las escaleras que conducen al Parlamento están decoradas con horcas y bombas lacrimógenas, con carteles revolucionarios, con los indignados griegos sentados en los jardines y policías que deambulan por doquier con sus porras preparadas, nadie sabe si para descargar su odio al manifestante o su indignación con los que les mandan.























Pero, ¿qué ocurrió con aquellas fiestas del dios Dionisio? ¿Es que, acaso, sólo acudían dirigentes, mandatarios, políticos? ¿Es que sólo Ulises escuchó los cantos de las sirenas, sólo el Odiseo supo escapar de ellas (y porque se amarró al palo mayor)? ¿Dónde quedaron aquellos días de vino y rosas, cuando los griegos lanzaban fortunas al aire? ¿Fue sólo culpa de Caramanlis, el líder conservador que contrató a más de 100.000 (cien mil) funcionarios nuevos en apenas cinco años? ¿Fueron las mentiras del ejecutivo al esconder un déficit del 14% tras un apocado 7%? ¿Fueron los ciudadanos los que, vendados sus ojos, disfrutaron de revalorizaciones crecientes, de préstamos incesantes, de hipotecas fáciles y abundantes? En Atenas necesitaban 45 (cuarenta y cinco) jardineros para cuidar la maceta de un hospital: jardinerísimos. El Instituto para la protección del lago Kopais sigue a pleno rendimiento, a pesar de que el lago se secó del todo en la década de los años treinta, 40.000 hijas solteras de funcionarios fallecidos tenían una pensión vitalicia de mil euros y un 25% de los griegos jamás ha pagado un céntimo de impuestos.


En Atenas encontramos el curioso caso de un coche oficial para el que se necesitaban 50 conductores contratados (cincuenta), y por supuesto no podemos olvidar a las casi cinco mil familias que habían 'olvidado' comunicar el fallecimiento de aquel abuelo con fabulosa pensión. En Grecia existían 600 categorías de trabajos especialmente extenuantes, que se beneficiaban, entre otras prebendas, de jubilaciones a los cincuenta años, como los peluqueros, los músicos de viento o los presentadores de televisión. ¡¡Presentadores de televisión como trabajo extenuante!! peluqueros y presentadores. Mientras el crédito fluyó y las cifras mantuvieron el maquillaje, apenas nadie protestaba: era lo normal. Pero cuando el calor apretó y el carmín corrió libre barbilla abajo los griegos vieron que Afrodita no era tal sino su hijo y que los arrumacos que lanzaba escondían a su enorme verga erecta exigiendo carne fresca. Y la carne fresca es, como suele ser, inocente y virginal: la juventud griega, ajena a la bacanal por una cuestión estrictamente generacional (eran tan jóvenes que aún no podían endeudarse) asiste atónita al fin de su país y se concentra ante la Cueva de los Más de Cuarenta Ladrones para pedir cuentas. Y la Cueva está en la plaza Syntagma, aquella que los antidisturbios protegen con sus sueldos de mil euros, sus porras extensibles y sus bombas lacrimógenas.






En el interior de este extraño y cercado Olimpo, los parlamentarios sudan en largas sesiones en las que tienen sólo derecho de asistencia pero ni voz ni voto. Porque los griegos, como sus vecinos los de las banacales y sus primos los devoradores del ladrillo del otro extremo del Mare Nostrum, picaron el anzuelo y se lanzaron a levantar también sus ritos dionisíacos y sus bacanales y sus carnestolendas sin pensar que el mañana llega y que las rubiascas hormigas del norte tenían sus madrigueras repletas del grano que con tanto desdén tiraban las morenas chicharras del sur. Ahora que las chicharras se tiran de los pelos, o de las antenas, recuerdan los tiempos de vino y rosas y asienten graves diciendo contritas, 'no podía durar, era un cuento de hadas, no era real...'






¿Dónde estaban aquellas chicharras cuando el dios Hermes, que controla los mercados, aplicaba la doctrina del shock, que popularizó Noemí Klein en su estupendo libro del mismo nombre (y cuyo documental completo podéis ver aquí: la doctrina del shock: el documental), a otras regiones del planeta? ¿Por qué permanecimos ajenos cuando el dios de los Mercados arrasaba a los tigres asiáticos a finales de los noventa, o cuando desmontó lo poco montado que tenía el África subsahariana, o por qué nos congratulamos de no vivir en un lugar tan poco recomendable como la América Latina de los ochenta? ¿Son peores ahora las agencias de calificación que entonces? ¿O es tan sólo que ahora nos hemos convertido en sus víctimas? Eso parecen preguntarse los indignados griegos, al pie del cañón, sin importar el día de la semana ni la hora del día..










¿Qué tiene ahora de turístico Grecia? ¿Sus monumentos, sus playas, sus islas? ¿O tal vez sus indignados, sus corruptos políticos, sus titulares en los diarios de todo el planeta?







¿Qué quedó de aquella extraordinaria civilización que nos dio la democracia, la filosofía, la poesía, la política? ¿Las artes, la arquitectura, la medicina? ¿Sólo queda un país con una deuda tan difícil de digerir que incluso los evzones (guardias helenos del parlamento) serán patrocinados por alguna bebida carbonatada? ¿Qué guarda ahora la tumba del soldado desconocido? ¿Una factura impagada?







De Grecia se dice que puede abandonar la moneda común, el euro, y hasta hay quien lo pide abiertamente, como el gobernador del banco central checo, Miroslav Singer: Grecia y el euro, una solución que agrandaría el problema porque sus deudas seguirían en la moneda común mientras que la nueva divisa, pongamos que fuera el neodracma, sufriría una devaluación muy fuerte que arrastraría tras su estela el poder adquisitivo de sus ciudadanos: ganarían mucho menos y tardarían mucho más en devolver sus deudas. Por si fuera poco, el Fondo Monetario Internacional y la misma UE piden, casi que exigen, al gobierno heleno que reduzca el salario mínimo interprofesional. Una petición que no caerá en saco roto, a pesar de los sindicatos helenos y de sus propios ciudadanos, porque, entre otras razones, Grecia apenas tiene poder decisorio sobre sus propios asuntos.


Deutsche Telekom posee ya el 40% de la empresa nacional helena de telecomunicaciones y no es sino el comienzo: la lotería, el aeropuerto internacional de Atenas, las instalaciones deportivas de Atenas 2004, la gestión de las carreteras, de los puertos del Pireo, las compañías del agua y de la electricidad, la banca estatal, el servicio de correos, los inmuebles estatales... En los foros internacionales resuenan propuestas asombrosas, como aquella que pedía la privatización de algunas de sus diez mil islas, venta de islas griegas, o el plan secreto de Angela Merkel, el Plan Eureka, que incluye una privatización total de todo lo privatizable (como si no lo estuviera ya).






Dionisio aún no se levanta de la cama: dice que le duele la cabeza, que ve láseres fluorescentes apuntando a sus retinas, que en su cabeza ladra un perro y que no tiene fuerzas para dar conversación pero que, si se esperan un poquito, en seguida se le pasará: eso sí, con una copita. A las puertas del parlamento griego, en la plaza Syntagma, plaza de la Constitución, emigrantes turcos se hacen de oro vendiendo lápices láseres para que los protestones apunten a los antidisturbios, que terminan vestidos de verde fosforito. El perro más famoso del mundo, tras Rin Tin Tin y Milú, se tumba a recibir caricias y caramelos de los atenienses: es Lukanukas y está agotado porque hoy ha perseguido por igual a policías y manifestantes.


La carrera final ya ha empezado. Antes de vender las islas, los griegos venden los buenos días, las buenas tardes, las indicaciones y las sonrisas. Aquí ven que no bromeo: ¿quiere usted saber dónde está ese monumento que patrocina la bebida de burbujas? Pues son tres euros...








Las brumas que atenazan Grecia se extienden como una niebla espesa sobre todo el Mediterráneo. Las fiestas de Dionisio alcanzaron su esplendor en la réplica romana y Berlusconi sintió el dedo amenazador del dios teutón posándose sobre su espalda. La niebla se extendió aún más, cubrió las islas que separaban las bacanales romanas de la península ibérica, entró por el levante español y se introdujo en cada rendija de la meseta y de sus valles y montañas, entró en la tierra de Viriato y hoy parece diluirse por el mar tenebroso. Priapo se relame codicioso: su trabajo no ha hecho más que empezar: cuanto más se acerca al Occidente más cuantioso es su botín y más adormecidas están sus víctimas. Porque aquí, al problema de la mentira, se une la pesada digestión de miles de ladrillos y paredes de perlita. Y aquí, además, los ebrios están convencidos de que la resaca se les pasará con otra borrachera de ladrillos y créditos...



 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com







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