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miércoles, 15 de enero de 2014

Viaje a la República Rifeña del Polen: Abdelkrim no hubiera tolerado la pipa de kiffy de mi amigo Mohammed



Mohammed no deja de sorprenderme: 'queremos la independencia de Marruecos para unirnos a España'. Tenía conocimiento del movimiento independentista de los rifeños, al norte de Marruecos, de la represión con la que el ya fallecido Hassan II impidió cualquier movimiento rebelde, sabía también que los rifeños son bereberes, o más bien tamazigh, y no árabes y también conocía que el citado Hassan apenas pisó el norte de su país porque no se fiaba de esos súbditos tan levantiscos. Pero lo que me confiesa Mohammed suena tan surrealista como lejano: 'queremos la independencia de Marruecos para unirnos a España'. Era otra España, la verdad, la España de antes de la crisis, y Mohammed, que alquilaba unas casitas muy cucas en Asillah, al borde del mar, sentía escalofríos cuando escuchaba mencionar al rey alauita. 'Viviremos del turismo, de la agricultura y, sobre todo, del hachís', decía alegremente y pensé entonces que tal vez pudieran formar una república independiente, algo así como la República Rifeña del Polen. Pensé también que muchos de mis conocidos acudirían en tropel al consulado de tan singular país para pedir la nacionalidad mientras quemaban sus pasaportes españoles en una no menos singular hoguera. República Rifeña del Polen del Rif, con capital en Chawen, o en Ketama, en Alhucemas, o tal vez en Asillah, o, siendo ya algo más serios, en Tánger. Sin embargo, con esa bandera, la del polen, me temo que no llegarían muy lejos en su búsqueda de una independencia, ni siquiera de una autonomía.

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Indagando en la historia resulta que la cosa viene de lejos y que ya se jaleaba a Franco en los cincuenta y se agitaban banderas rojigualdas con el águila en su centro como provocación a los marroquíes de Rabat. Y, efectivamente, la región había sido un país independiente, un estado efímero y fugaz, como de juguete, desde 1921 hasta 1926, cuando el jefe bereber Abdelkrim instauró una república que se mantuvo mal que bien en permanente lucha contra los españoles y los franceses, dueños del protectorado en el que habían convertido, y dividido, el hoy reino alauita de Marruecos. Abdelkrim fue el responsable del conocido como 'Desastre de Anual' y de que la presencia española en el norte de Marruecos quedara reducida a Melilla, Ceuta, Larache y Tetuán. La República del Rif duró sólo cinco años, hasta que el general Miguel Primo de Rivera desembarcó en Alhucemas y la disolvió enérgicamente y con especial saña por el recuerdo de los veinte mil españoles que murieron en Anual a manos de las guerrillas del líder rifeño, un líder que, curiosamente, había sido funcionario español. Abdelkrim huyó de la venganza hispana y se echó en manos de los franceses para terminar recluido en la isla Reunión y, años después, exiliado en Egipto, donde rechazó la propuesta del rey Mohammed V para regresar a su país y encabezar la renovación. O volvía para un Rif independiente o no volvía, dijo a sus allegados, y no volvió: en 1963 murió en El Cairo Abd-El-Krim Mohammed Ibn Abd Al-Karim Al-Khattabi, Mulay Mohend para sus compatriotas y Abdelkrim para la historia. Un héroe para los rifeños, un ejemplo guerrillero para los revolucionarios de medio mundo y un extremista radical según la visión que hoy tenemos del Islam.

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Abd-El-Krim

Abdelkrim implantó la sharía, o la ley islámica, que castigaba con quince días más de servicio en el frente a los hombres que no rezaran las obligatorias cinco veces, impuso la pena de muerte por sodomía y prohibió, oh, sorpresa, fumar kif a su gente. La leyenda de Abdelkrim viene de su genio militar, que admiró a tanta gente que el propio Che Guevara se acercó a verlo a su exilio de El Cairo para hacerse esta foto con él (es la única que queda porque el Majzen se encargó de hacerlas desaparecer), más que de su genio organizativo: el efímero país tuvo una gran repercusión porque había conseguido derrotar por primera vez en África a una potencia europea y se la comparó incluso a la Turquía de Atatürk. Pero no dejaba de ser un intento de República Islámica, más cercana a la idealizada por el FIS o el GIA en Argelia que a la propia aspiración alauita de Rabat.



La república del Rif, o Tagduda n Arif, en tamazigh, estuvo encabezada por un emir, el propio Abdelkrim, tenía un consejo de notables y una constitución con 40 artículos, un vicepresidente (que casualmente era el hermano de Abdelkrim) que creó el Bando del Estado del Rif, a cuyo frente colocó a un economista inglés, anuló las tradicionales deudas de sangre, apostó fuerte por la educación islámica y se decidió incluso construir las primeras cárceles que tuvo el norte de Marruecos.

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La República Rifeña del Polen, pues, no hubiera sido posible con el guerrero Abdelkrim y parece que se encuentra más en la imaginación de Mohammed, o su pipa de kif, que en una reivindicación política. La última demostración de los independentistas rifeños pudimos verla en las revueltas de la primavera árabe, a mediados de 2012, cuando las poblaciones del norte del Rif se enfrentaron a la policía marroquí y hasta se atrevieron a sacar algunas banderas independentistas del Rif, sobre todo en los alrededores de Alhucemas, ver aquí. Las revueltas desde el fin de aquella efímera república de Abdelkrim han sido recurrentes y cíclicas, con algunos episodios durante la guerra civil de España y, sobre todo, en los años 1956 y 1958, cuando la temperatura subió de nivel hasta terminar en un sangriento encontronazo con el ejército del recién independizado Marruecos.

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Los rifeños creyeron tener su oportunidad para recuperar su breve estado pero las potencias coloniales, Francia y España, apostaron por reagrupar todos los territorios en manos de Mohammed V. Ahí aparecen los antecedentes de mi amigo Mohammed porque en 1958 aparecieron carteles por todo Tetuán dando vivas a Franco (y otros a Nasser), algunos incluso sacaron banderas españolas (con el águila y todo), los discursos nacionalistas se multiplicaban por toda la región gracias a la radio y en un arrebato popular una turbamulta mata a los soldados marroquíes que estaban acuartelados en Imzouren, cerca de Alhucemas. La venganza marroquí fue terrible: treinta mil hombres desembarcaron en Alhucemas y Tánger, la aviación alauita bombardeó las montañas con fósforo y napalm, y la revuelta terminó aplastada y el Majzen señoreando unas montañas que odiaba sin disimulo.

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Desde entonces, y primero por Mohammed V y más tarde por Hassan II, la región cayó en el olvido, el abandono y de no ser por los enormes cultivos de marihuana, el Rif sería el equivalente mediterráneo del desastre somalí o de Biafra porque las todopoderosas y muy rencorosas fuerzas del Majzen, y sobre todo la mala baba de Hassan II, las habían condenado a muerte. Al llegar Hassan al poder  ordenó que cayera la ignorancia y el olvido sobre esas montañas tan levantiscas, hizo desaparecer todo lo relativo a los tamazigh, ordenó la desaparición continua de personajes públicos sospechosos de simpatizar con el independentismo, y las montañas se jalonaron con tumbas de ejecuciones extrajudiciales y asesinatos políticos. Son los años de plomo . Con Mohammed VI la situación parece haber cambiado aunque los rifeños no terminan de fiarse del hijo del que los condenó al ostracismo, sobre todo porque no hace demasiado tiempo declaró fuera de la ley al principal partido político bereber, el Partido Democrático Amazigue Marroquí, el PDAM. Mohammed, pero el rifeño, no el monarca, sigue soñando con su república del Polen, con unirse a España y tal vez su tío conserve una bandera española con el águila en el centro y una foto de Franco. Pero me temo que la República Rifeña del Polen no existió jamás más allá de su imaginación: Abdelkrim también lo hubiera ejecutado: del bolsillo derecho de su raída chaqueta asoma una pipa de kif...

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miércoles, 16 de enero de 2013

Viaje a Benarés: el curioso mundo de los Sadhus seguidores del dios Shiva



En un ghat de Varanasi, a orillas del Ganges, un baba me saluda efusivo. Un ghat es una escalinata que llega hasta el mismo agua y sobre la que se desarrollan los momentos más surrealistas y extraños que yo haya visto. Este también lo es. El baba tiene una mirada fiera, ligeramente extraviada, sus ojos parecen bailar en las cuencas y sobresalen agresivos entre la maraña de pelos que lo envuelve. Me hace gestos, quiere que me acerque. No está solo: lo acompaña un extraño grupo de gentes que me mira seria. Hay un tipo que parece mulato con unas grandes gafas de sol de espejo: me resulta raro. Hay otro tipo similar al sadhu, su pelo está recogido en un curioso moño que mantiene un peligroso equilibrio sobre el cénit de su cabeza. Los demás llevan los clásicos pijamas hindúes. La escena no deja de tener su interés aunque el ambiente evoca a un piso de yonkis en algún barrio chungo. 



El baba habla inglés, y lo habla fluido y con buen acento. 'Es que yo antes era médico', me dice. Se agacha y le pega una profunda calada a un chilum, una pipa, llena de marihuana. Ahora me explico la mirada extraviada. Luego abre una petaca y le da un amplísimo trago: es whisky, me dice, y su aliento lo corrobora. Los demás ríen y se pasan la petaca. La pipa, en cambio, no se toca, parece decir el baba, y la deja en el suelo, humeante, ante la mirada contrariada de la alegre pandilla, que se arroja al unísono sobre la petaquita de alcohol. El uso de la marihuana entre los sadhus es tan habitual y conocido (y permitido) que incluso hay una variedad que se llama así, 'mandala sadhu', como homenaje a estos personajes: dicen que es una marihuana muy fuerte que permite 'a tu mente volar mientras tu cuerpo permanece en estado de relajación'. 


El baba está mayor, a juzgar por sus barbas blancas, pero me asegura que es capaz de ejecutar unos complicados ejercicios de yoga: hatha yoga, o 'yoga forzado', en sánscrito, un conjunto de posturas corporales que, básicamente para un profano como yo, se corresponde al yoga que uno está acostumbrado a ver, aunque el aire misterioso que emana de los profundísimos ojos del baba me hace esperar acrobacias únicas. Pero no, el baba está mayor, como decía, a juzgar no sólo ya por sus barbas sino también por la deficiente demostración que me regala: o tal vez esté demasiado colocado de yerba y ebrio de whisky...



El baba saca ceniza sagrada, que aquí se llama vibhuti, de un bolso de tela muy a la moda y se frota el cuerpo. La frente, los muslos, las pantorrillas, el vientre. Hace unos gestos que no sé cómo interpretar y comienza su especial sesión. No sé cuántos sadhus hay en Benarés, actualmente Vanarasi, ni mucho menos en la India, pero sí que son muy respetados por su empeño en renunciar a los placeres mundanos para dedicarse a la meditación y a la vida contemplativa. Mola eso de renunciar a los placeres mundanos y ponerse a tono con la petaquita y la pipa, pienso de modo grosero. El baba está sufriendo: la postura del cuervo le sale regular y creo que es más por la edad que por la hierba. Como decía, el número de estos monjes errantes es una incógnita, aunque alguien los ha cifrado en unos cinco millones (hay fuentes que doblan esa cifra). Y Benarés es uno de los mejores lugares para encontrarlos porque aquí todo es Shiva y espiritualidad mística. 



Tal vez preparándose para lo inevitable, los babas, o sadhus, se acercan a las piras funerarias, que en la ciudad de Benarés son legión, para observar a los brahmanes oficiando los ritos: los sadhus ocupan la última etapa de la vida de un hinduísta: primero, los estudios, después deben de ser padres, más tarde peregrinos y, finalmente, sadhus, o babas (así les dicen sus vecinos, que es como llamarlos padre en señal de respeto), que es el paso previo al Nirvana. Los sadhus ancianos se acercan a las orillas de los ríos para morir y antes campan a sus anchas, ciegos y vacilones, preparándose para el momento final.


Los sadhus no son todos iguales: hay variedades. Y de entre todo los tipos de sadhus, me quedo con unos que van completamente desnudos por los caminos, una imagen un tanto extraña porque algunos son abuelos de luengas barbas que caminan como patos: son los Nagas, caminantes desnudos cubiertos tan sólo de cenizas sagradas que acuden puntuales al Kumbhamela, un festival que se celebra una vez cada doce años al que juro acudir algún día (conozco otra que no está mal pero que no es tan colorida: aunque cada año mueren decenas cuando intentan saludar al pene de su dios Shiva). Dicen de ellos que eran guerreros hindúes que, cachas como están y de fiero aspecto, plantaban cara transmutados a los invasores musulmanes de siglos atrás. También son interesantes los Aghoris, que lejos de evitar lo impuro se lanzan de cabeza a todo lo maligno y no es raro verlos con calaveras que usan como platos, o ciegos de cualquier sustancia que encuentren: incluso dicen que algunos son caníbales... 



El baba termina de hacer sus ejercicios, su mirada une desafío y guasa y ahora se agarra a un tridente que estaba apoyado en la pared y que le sitúe en el grupo de los sadhus shivaístas, los adoradores de Shiva, un dios un tanto burlón al que se venera en forma de lingum (que no es sino su pene) y del que se supone llevó una vida alocada al uso de los sadhus: un asceta bailarín y guasón capaz de quemar el universo con su tercer ojo y de untar sus cenizas por su cuerpo. De ahí las miradas tan agresivas y profundas de este hombre: imita a su dios, y de ahí también este festival de cenizas con el que nos regalan los sadhus: celebran que Shiva ha achicharrado a Brahma y a ser posible usan ceniza de crematorio... Muy evocador todo esto. Por último, el tridente representa las tres funciones de este señor destructor: la creación, el mantenimiento y la destrucción. Mi baba se agarra a él mientras me mira amenazante.



Desde un balconcito me saluda mientras eleva una pierna que pretende colocar a la altura de las caderas pero su intento se frustra y abandona aburrido, no sé si de mí o de él mismo. El espectáculo continúa a las orillas del Ganges: cientos de sadhus deambulan ceñudos, en el agua se mezclan devotos que se lavan los dientes con trozos de cadáveres mal quemados en las piras funerarias, en otro ghat una vaca muerta comparte espacio con un peluquero. 


José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

domingo, 16 de diciembre de 2012

Viaje al paraíso del Hachís: la crisis también afecta a los camellos



En la provincia de Cádiz hay una oferta tan grande de hachís que son los camellos (los 'dealers') quienes llaman preocupados a sus clientes. 'Hola, tengo de lo que te gusta, ¿vas a venir por aquí?'. Pero los clientes no van porque el mercado está inundado y porque muchos de ellos, de los clientes, no tienen dinero para comprar 'bellotas'. 'Se dedican a plantar y ya no llaman', se quejan los camellos mientras tiran el precio de sus ofertas: lo que antes costaba cuatro euros el gramo ahora vale tres y no lo hará por mucho tiempo porque ya se corrió la voz de que nosequién, en nosedónde, lo vende a dos y medio. 'Así es imposible competir', se quejan los camellos. Las macetas de la casas más 'verdes' están más floridas que nunca y los 'culeros' han vuelto a Marruecos. Aquí lo cuenta Pedro Espinosa para El País.



Por las calles de Chawen deambula sin rumbo Mustafa. Es un joven veinteañero, de aspecto desenfadado, tiene una arrebatadora sonrisa y llama a todo el mundo Jai (hermano en árabe). 'Hola, jai, ¿quieres algo bueno?'. La escena en Chawen es tan común como las frases: 'burbuja roja', 'lo mío no es caca de la vaca' o 'polen del güeno', aderezado, según la moda al otro lado del estrecho, con giros tipo Chiquito de la Calzada o alusiones futbolísticas. Mustafa te ofrece lo que no tiene porque no es más que un intermediario: 'ya pasé un año en la cárcel y no me van a pillar otra vez con algo encima', comenta mientras conduce al visitante a través de un dédalo de callejuelas blancas y azules. Se acercan dos individuos de sospechoso aspecto, uno de ellos cojo y jorobado: 'lo mío es mejor', dicen, '¿quieres heroína, cocaína, éxtasis?'. Mustafa los ahuyenta con un gesto y el jorobado le lanza una mirada fulminante. Por lo que parece, el paraíso del hachís se diversificó en algún momento y ahora ofrece un catálogo más variado. No es de extrañar si son ciertas las informaciones que señalan que los narcos de la cocaína utilizan las redes del hachís para introducir suproducto desde África.


Mustafa no tiene pelos en la lengua: lo mismo te ofrece comprar un ladrillo tamaño peñón de Gibraltar que hacerte de guía turístico por la región. Sentados por fin ante una suerte de mesa camilla mientras un parroquiano intenta venderme un cuarto de kilo de hachís, convenzo a Mustafa para que nos lleve a una plantación. 'Están cerca del pueblo, pero hay que ir en coche'. El parroquiano rebaja sus pretensiones: mejor me compra usted cien gramos. Mustafa asiente, se ofrece a elaborar las bellotas que los culeros se tragan para cruzar las fronteras, incluso se levanta para volver con yogurt y leche, 'es lo mejor para que las bellotas pasen por la garganta', asegura, 'aunque hay quien prefiere zumo'. Mustafa y el parroquiano de aspecto circunspecto y bigotito decimonónico parecen decepcionados conmigo. Incluso me sueltan palabras en euskera y en catalán para crear ambiente de colegas. ¿A dónde voy yo con un cuarto de kilo?, les digo, quiero ver las plantaciones. 'Los españoles vienen y se sientan ahí, me dicen, y se pasan una tarde entera tragando y fumando, tragando y fumando, vienen muchos de Bilbao'. Pero eso era antes: ahora vienen de todos lados, la crisis aprieta y hay que buscarse la vida. Un efecto dominó que está arruinando a los camellos asentados que no han sabido ver la que se les venía encima.

Así son las bellotas que se tragan los culeros para luego expulsarlas al llegar a España


Mustafa se monta en mi coche y me indica: hacia allá. La dirección es la correcta, nos dirigimos hacia la zona de Ketama, el sueño de todo porreta que se precie. En una curva un pueblecito desata las pasiones de Mustafa y aplaude eufórico: 'mira, jai, de arriba de la montaña bajaron piedras muy grandes, como una casa, y lo hicieron sobre el pueblo pero Allah es grande y le gusta la grifa', guiña un ojo cómplice, 'porque ninguna de las casas recibió golpe alguno'. Efectivamente, el pueblecito sigue incólume, entero, mientras piedras enormes parecen diseminadas a conciencia, cerca de las viviendas pero sin tocarlas. A pocos minutos, se abre un mundo aparte. Los campesinos pasan tranquilos en sus mulas, saludan lacios, los cultivos de marihuana llegan al mismo borde de la carretera. En una casa, los vecinos nos saludan cálidos y me enseñan su bodega: tienen marihuana acumulada hasta el techo. Eso sí, nada de fotos, nada de videos. Tengo más suerte con sus vecinos: haga las fotos que quiera, me dice un chaval que me guía a través de una especie de cortijo con lo que parecen antiguos establos repletos de hatos de marihuana. 'Vamos a hacer polen', me dice uno de ellos, 'si le apetece...' En una oscura habitación, los chavales introducen ingentes cantidades de marihuana seca en un plástico muy largo, dentro del que hay una palangana y una camiseta vieja que hace las veces de cedazo. Lo atan con una cuerda y, hala, a apalear. El monótono ritmillo del apaleo es capaz de dormir a las ovejas pero no a mí, que aprovecho para grabarlos en vídeo. Mustafa se une a la batería de marihuana e improvisa un ritmillo que me recuerda a una rumba. 'Cuando viene la época del llueve llueve, entonces recogemos y las colgamos para secarlas'. Me gusta eso de denominar a la época de lluvias la del llueve llueve, tiene algo más de carisma y de sentimiento tribal.


Fuera, en el patio, las matas nuevas han brotado en una voluptuosa sinfonía de verdes intensos. Los chavales deciden salir porque dentro será más seguro pero también es más agobiante. 'Con esto', dice Mustafa mientras recoge con una cuchara el resultado del apaleo, 'hacemos paquetes de treinta kilos y los mandamos a España'. No todo, claro, los turistas del hachís se llevan parte, esos culeros que llegan a tragar más de cien bellotas, de diez o quince gramos cada una, aunque el grueso, claro está, va en barcos hacia Cádiz, Málaga, Huelva o el sur de Portugal. Doñana y el río Guadalquivir tienen también un lugar destacado en este tráfico de grifa. O, ya por tierra, en camiones, eso ya depende de la infraestructura de los capos. 'Bacalao de la montaña', estalla de pronto Mustafa, 'mucho mejor que bacalao de Bilbao', y le acerca la llama del mechero al polvillo que acumula en la palma de su mano: 'ahora es arena del desierto', dice, 'pero si lo quemas y...', deja un momento de suspense, 'mira, jai, el polen viene, la goma, amigo, la goma'. 






La goma deja nada menos que veinte mil millones de euros en la región, un dinero muy importante que da empleo a más de setenta mil familias y que produce unas cincuenta y cinco mil toneladas de marihuana con una producción de todo tipo: desde polen a resina, de kiffy al refinado aceite. Dicen que son casi cincuenta mil hectáreas las cultivadas y que Marruecos produce alrededor del 15% de la producción total, seguido a bastante distancia de Albania, Líbano y África del Sur. Sólo que el reinado de Marruecos cayó hace unos años en favor de Afganistán, que desde la guerra ha multiplicado su producción de hachís y de opio en una proporción meteórica y que, tan sólo en hachís, puede producir entre 1.200 y 3.700 toneladas anuales. Sin embargo, Europa se surte principalmente con el hachís marroquí. Sólo el año pasado, se incautaron en toda Europa 1136 toneladas de resina de hachís y 6251 toneladas de marihuana. Los resultados del estudio dejan momentos impagables, como la extrañeza con que acogen, y acogemos, que en horizonte surgen dos mercados productores inesperados: Rusia y Suiza. La hierba parece imponerse en los últimos años, para mayor desesperación de los camellos gaditanos, y ya en 2010 la incautación de marihuana sobrepasó, por primera vez, la de hachís, una extraña variación debida, tal vez, al efecto de la crisis en los bolsillos de los consumidores. Estos son datos del Centro europeo para la monitorización delas drogas y sus adicciones.


En un viejo radiocassette del cortijo de los amigos de Mustafa suena una rumba en castellano: 'dame, dame, dame de eso', dice el alegre estribillo ante las carcajadas de los campesinos. Un abuelo se acerca parsimonioso fumando una larga pipa: una pipa de kiffy, los restos de la marihuana utilizada en la elaboración del polen mezclado con un tabaco local. Los muchachos deciden imitarlo y comienzan a rular cigarros del polen que acaban de apalear. El techo pronto se pierde en una nube de palomas negras y blancas volutas, el aire recargado con un aroma dulzón, el suelo repleto de bolsas de plástico llenas de grandes trozos de polen amarillento. Un negocio de veinte mil millones de euros que tiene en la ruina a los camellos de Cádiz y a los consumidores metidos a improvisados jardineros para no perder el hábito. Ni el dinero.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 4 de marzo de 2012

Viaje a Marruecos: haciendo hachís en las montañas del Rift






Antes de empezar, miren este video que grabé en las montañas del Rift, en Marruecos, hace ya algún tiempo. Y piensen mientras lo ven que hablamos de un negocio de 20.000 millones de euros al año.
Según el centro europeo para el seguimiento de las drogas y sus adicciones, Afganistán se ha convertido en el principal productor del mundo de resina de hachís, superando ampliamente al que tradicionalmente ha detentado las cifras más escandalosas: Marruecos. Ahora Afganistán, tras una guerra devastadora y una ocupación militar de más de una década, produce entre 1.200 y 3.700 toneladas de resina al año, emcdda.europa: el link , una cifra que, sin embargo, no llega sino de modo residual a Europa porque sus consumidores continúan abasteciéndose mayoritariamente en el mercado marroquí. Y esto sin contar con la producción de opio para satisfacer el mercado mundial de heroína: buen balance para una guerra y una ocupación militar. Si pretendían erradicar talibanes, ahora son más y sin pretendían erradicar cultivos, han diversificado la oferta.
El hachís marroquí, por su parte, suele entrar en el mercado europeo a través de la península ibérica para distribuirse por todo el continente gracias a las organizaciones establecidas en Bélgica y Holanda. El cannabis sativa es una especie originaria de las cordilleras del Himalaya, pero no una especie de planta cualquiera sino una fiel compañera del ser humano desde los albores de la Humanidad. Durante milenios ha tenido usos textiles, medicinales y hasta religiosos. Es el cerdo de las plantas: con ella se han hecho vestidos, se han elaborado cuerdas, papel, su aceite ostenta récords de baja graduación en grasas saturadas y hasta se utiliza para combustible biodiésel. Y esto sin mencionar los usos medicinales y rituales. Las estimaciones dicen que se cultiva en 172 países de todo el mundo y la producción de plantas de cannabis sativa, sólo en 2008, se estima entre las 13.300 y las 66.100 toneladas, y de entre 2.200 y 9.900 toneladas de resina de hachís. La producción no sólo crece en todo el mundo sino también en Europa donde los reportes policiales estiman que los cultivos caseros se desarrollan imparables en los veintinueve países aunque con especial atención a Albania, Bulgaria, Moldavia, Montenegro, Serbia y Ucrania, abastecedores de los mercados de los europeos orientales: informe.
Según la organización mundial de aduanas, al menos el 70% de la producción del hachís marroquí se dirige al mercado europeo: para ello permanecen sembradas 100.000 hectáreas que producen un beneficio de unos 20.000 millones de euros anuales. Una cantidad, como poco, interesante. Sobre todo en estos tiempos de recortes, austeridad y cinturones apretados hasta el último agujero. La cuestión no es baladí, sobre todo en unos tiempos en los que hasta los principales dignatarios de Centroamérica encuentran eco a su propuesta de estudiar cómo legalizar una droga tan peligrosa, a priori, como es el clorhidrato de cocaína. Algo se mueve en el entramado internacional de la lucha contra las drogas y no puede ser de otro modo visto el fracaso tan absoluto de su cometido principal: cada vez hay más cantidad, más consumidores y nuevos tipos, por no hablar de las tradicionales que han sufrido importantes cambios genéticos para incrementar sus efectos (la marihuana variedad ‘Creepy’, por ejemplo, posee una cantidad muy superior al 15% de THC cuando lo habitual es no superar el 6% y la nederwiet, la hierba local de Holanda, ha sufrido tantas alteraciones que el gobierno holandés se plantea convertirla en droga dura)
Sobre el componente de la cannabis sativa que provoca esa sonrisa maliciosa y un tanto bobalicona entre sus admiradores, el THC, no me detendré porque mucho se ha hablado y escrito ya. Prefiero centrarme en la polémica de ese pequeño municipio de Tarragona, Rasquera. Su ayuntamiento en pleno decidió hace unos días permitir una plantación de cannabis para satisfacer la demanda de una asociación cannábica de las que tanto proliferan ahora por España agarrándose a los resquicios legales para no terminar en un juzgado: aunque ni así porque las autoridades siguen montando ridículas operaciones antidrogas que se saldan con dos macetas incautadas y un movimiento de agentes que harían palidecer a las antiterroristas. Los vecinos de Rasquera ven un negocio suculento y se preguntan por qué no aprovecharlo. La fiscalía investiga el caso, algunos habitantes creen que el pueblo se llenará de drogadictos peligrosos que asaltarán a los abuelos a plena luz del día y en el País Vasco se preguntan por qué no se les ocurrió antes a ellos.
Según el centro de seguimiento de las drogas y sus adicciones, el precio de un gramo de resina de hachís varía entre los 3 euros y los 19, un estudio realizado en 2009 en 18 países, un precio que se mantiene estable con las excepciones de Letonia, Hungría y Polonia, donde la abundancia hace que no deje de bajar. En todo caso, un negocio redondo, con una demanda estable y fiel que necesita una infraestructura nimia y que ofrece trabajo, en el norte de Marruecos, a decenas de miles de familias. Si la lógica del mercado manda que grandes bolsas de población queden exentas de actividad laboral reglada, fuera de los tentáculos de la educación y la sanidad gratuita, excluidos incluso de vivienda, supongo que el mercado no tendría inconveniente en admitir en su círculo la comercialización de un producto con una amplia demanda, formada por adultos responsables de sus vidas, y con la posibilidad de reanimar una economía en bancarrota, como es la española. Hay extensas zonas del sur de España que ofrecen una orografía y una pluviosidad idénticas a las del norte de Marruecos, zonas montañosas calcadas a las del otro lado del Estrecho con la potencia de satisfacer esa demanda: pregunten en las Alpujarras granadinas, por ejemplo, o mejor no, no pregunten, porque igual se llevan ya una sorpresa. Zonas idénticas a las del video, precisamente. Si los mercados mandan, tal vez sea hora de legalizar un producto que, de facto, ya es legal, y someterlo a una vigilancia sanitaria que garantice una calidad como ocurre con las bebidas espirituosas, sin ir más lejos.

A no ser que los mercados estimen que sus ganancias son mayores si permanece ilegal, que también.




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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