Mostrando entradas con la etiqueta solución final. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta solución final. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de marzo de 2014

Viaje a Stutthof: el primer campo de exterminio nazi fuera de Alemania (II)

Stutthof por Hachero

La vida en el campo de exterminio de Stuttholf tenía momentos surrealistas que alternaban la extrema necesidad, las ejecuciones sin motivo y los trabajos forzados con las dos horas de recreo que se concedían los domingos y durante las que los prisioneros podían, en un clima de terror, jugar, cantar y bailar. Los curas trataban de mantener cierta apariencia de normalidad organizando fiestas religiosas, como la Navidad, los profesores leían obras clásicas, una especie de charada donde las sonrisas no eran sino muecas de desesperación y la fiesta podía terminar interrumpida por una ejecución aleatoria de algún guardián aburrido.

Stutthof por Hachero
Algunos prisioneros dejaron el testimonio gráfico de aquellos terribles días en descorazonadores dibujos

Acabar en Sutthof era, además, fácil porque los delitos susceptibles de enviarte al campo eran de lo más variado. Podías acabar en Stutthof por ser un sacerdote polaco o por ser un comerciante de Gdansk o porque, siendo alemán, tenías inclinaciones homosexuales, por estudiar la Torah o por escaquearse del trabajo en hora punta (como les pasó a los españoles residentes en Alemania). Pero también por deshonrar a la raza alemana (los que tenían pareja polaca, por ejemplo), y por otras con más lógica (si fueran ciertas), como sabotaje, espionaje o actividades subversivas.
Stutthof por Hachero

Para rusos y judíos no había literas sino jergones en el suelo sobre montones de paja húmeda que olían a rayos y que impedían dormir, unas condiciones que convertían a sus moradores en fantasmas que olían igualmente a rayos, según recuerda Wladyslaw Gebik en el libro de Skutnik.

Stutthof por Hachero
Rusos y judíos dormían así, en el suelo, sobre finas mantas
Stutthof por Hachero
En cada cama de cada litera podían dormir tres o cuatro personas, pero aún así era un lujo comparado con las mantas del suelo
El escenario se asemejaba más a una película de zombies que a un grupo humano. Las letrinas estaban tan lejos que los más débiles hacían sus necesidades cerca de los barracones por lo que todo y todos terminaban oliendo literalmente a mierda. Para solucionar el problema de los despojados, los SS se paseaban por el campo eligiendo a los más desahuciados para pegarles un tiro en la cabeza y apilarlos para trasladarlos más tarde a los hornos crematorios. En los registros se recuerda a una judía de 34 años, madre de dos niños, que murió con solo 19 kilos. Había quien se lavaba con su ración de café porque no le daban agua, otros apostaban por la comida pero deambulaban embadurnados en heces... Tampoco se decidían a acudir al hospital porque ofrecía un aspecto tan deprimente, sin medicina ni medios, que se estaba peor dentro que fuera y se salía peor de lo que se entraba.

Stutthof por Hachero
Por las chimeneas de los hornos crematorios de Stutthof salieron más de 65.000 personas convertidas en humo
Las jornadas de trabajo eran de 12 horas, desde las seis o las siete de la mañana hasta las siete de la tarde. Trabajaban para firmas alemanas, hacían trabajos navales, o bien mantenían el campo de exterminio. Entre estas tareas estaba la de acondicionamiento del terreno y construcción de nuevas instalaciones, un trabajo que si se alargaba en el tiempo era sinónimo de muerte porque los prisioneros recibían diariamente un máximo de 2.000 calorías, en el mejor de los casos, cuando lo necesario para sobrevivir era un mínimo de 5.000.

Stutthof por Hachero
La sala para gasear a los prisioneros de Stutthof
Stutthof por Hachero


El hambre los convertía en bestias salvajes que se acechaban permanentemente, que se robaban las minúsculas porciones, que igualaba a los refinados profesores universitarios con políticos de alto nivel y obreros de baja graduación. Decía Wojciech Gajdus, un sacerdote polaco preso, que deambulaban por las habitaciones mirando todos los rincones, por si alguien había escondido algo, y que los que conseguían dividir las microscópicas porciones para alargarlas tenían entonces que luchar contra los que se las comían de un tirón. Mirando los barracones puedes intuir esa lucha por la vida pero sin llegar a sentir la intensidad del hambre, del frío, de las enfermedades.

Stutthof por Hachero

Los tablones, los jergones, los ojos de los tipos que te observan desde los carteles, y hasta desde el Más Allá, ojos fríos, suplicantes, que en el momento de la instantánea se enfrentaban a un uniforme de las SS, un fotógrafo implacable que podía arrancarle la mandíbula de un culatazo si no mantenía erguida la cabeza, gentes hambrientas y humilladas que habían perdido no solo peso y pelo y ropa y posesiones y amigos y familias: habían perdido la dignidad y reaccionaban a los estímulos como bestias. Dice Maria Suszynska, también en el libro de  Skutnik, que muchos venían de Austchwitz, 'con las caras renegridas, en ropa de verano, sin atisbo de expresión humana, las espaldas puntiagudas, los pechos hundidos, parecían más bien pájaros feos que seres humanos...'.

Stutthof por Hachero
Fusilamientos en una foto del museo del campo de exterminio
Y total, tanta lucha para nada, porque los que conseguían evitar los golpes, el trabajo extenuante, las ejecuciones arbitrarias, no morir en una pelea o de hambre, terminaban en ejecuciones colectivas, con una bala en la cabeza, en la cámara del gas o, finalmente, en los hornos crematorios. Las ejecuciones podían ser públicas o secretas. Las públicas podían ser por ahorcamiento, en unas horcas situadas junto a los hornos, donde se concentraban los oficiales nazis y los prisioneros.
Stutthof por Hachero

La opción de los crematorios se tomó en 1942, cuando el cementerio Zaspa, de Gdansk, colapsó. El horno que se instaló fue pequeño, era muy eficiente, funcionaba con aceite y se colocó bajo un techo de madera. Hacia el otoño se duplicó porque no daba abasto. El 10 de septiembre de 1942 comenzaron las cremaciones y así estuvo hasta marzo de 1945. Con una temperatura que rondaba los mil grados, podía quemar doce cuerpos cada hora, dispuestos en dos filas, alrededor de quinientas personas convertidas en humo al día. Cuando había una epidemia (tifus, por ejemplo), los hornos no daban abasto y se colapsaban, el humo inundaba el campo hasta tal punto que los supervivientes recordaban con todo detalle el incesante olor a carne quemada día y noche y evocaban bienvenida: 'sólo os queda un derecho, el de dejar este lugar a través de la chimenea...' Por su parte, la chimenea se perfila contra el cielo gris y lluvioso ajena a su cometido, simples ladrillos rojos apilados en redondo para permitir el alivio de la combustión de diferentes materiales por incineración.

Stutthof por Hachero

En enero de 1945, cuando el avance de las tropas del ejército Rojo ya era innegable, el encargado del campo llamó directamente a Goebbels. ¿Qué hacemos con Sutthof? Goebbels repitió el nombre dos veces, como si no supiera de qué demonios le hablaba ese hombre. Al final le dijo: haz lo que creas oportuno. El imperio nazi se desmoronaba y a las jerarcas nazis les preocupaba más que nada conseguir una huida segura. El comandante del campo, Paul Werner Hoppe, dispuso el traslado de 25.000 prisioneros en una nueva tortura colectiva. Las órdenes eran de disparar a los que trataran de huir. Un traslado que se convirtió en una Marcha de la Muerte porque los desgraciados prisioneros no tenían más que un trozo de pan, algo de mantequilla y un trocito de queso, la ración de dos días, sin saber a dónde se dirigían y encima andando sin fuerzas. Pero antes de salir, los soldados ejecutaron a cinco mil, los que se suponían podrían dar problemas o eran sospechosos de actividades de sabotaje. Por delante un largo camino hacia Alemania. El camino fue un horror porque los soviéticos les atacaron con misiles y destrozaban a los prisioneros. En el campo, además, se quedaron unas diez mil mujeres judías, que no sufrieron mejor suerte sino tifus, bombas y ejecuciones sumarias.

Stutthof por Hachero
Fusilamientos en Stutthof en una foto del museo
El 10 de mayo de 1945 el destacamento ruso del coronel Cyplenkov abrió las puertas de la muerte de Sutthof y el campo de exterminio dejó de existir como tal. Lo más indignante de esta cadena de sucesos indignos se produjo después, en los juicios de los causantes de tanta indignidad. El primer comandante de Stutthof, Max Pauly, fue condenado y ejecutado por los británicos en el campo de concentración de Neuengamme, que también dirigió este especialista en campos de la muerte. El segundo comandante, Paul Werner Hoppe, recibió una sentencia de tan sólo cinco años de prisión, pena que luego se incrementó a nueve años. Hasta 1947 no llegaron las primeras sentencias de muerte para nueve miembros de las SS. La mayoría de las condenas no llegó a los cinco años, alguno se llevó entre ocho y doce. En total, apenas una decena de penas de muerte para quienes tanto sufrimiento y dolor (y muertes) habían provocado. Mientras regreso a la puerta de salida (y entrada) junto a los ya inexistentes barracones centrales, de los que sólo queda tierra removida, pienso que la venganza no es la mejor de las soluciones. Pero yo no hubiera podido soportar encontrarme a esos verdugos en una Europa pacificada años después, comprando en un mercado, como si nada hubiera pasado.

Stutthof por Hachero

sábado, 8 de marzo de 2014

Viaje a Stutthof: el primer campo de exterminio nazi fuera de Alemania (I)



A orillas del Báltico, en un lugar remoto y rodeado de hostilidad invernal, se levanta el primer campo de concentración que los nazis abrieron fuera de Alemania. Stutthof. Llueve y se respira un ambiente gris, una llovizna que penetra los huesos para brotar nuevamente al exterior por los lagrimales. Llueve fuera como preludio de que también lloverá en mi interior. Los polacos no podían ni imaginar que en su hermoso bosque de hayas y abedules habrían de resonar gritos desgarradores, que el intenso aroma a las agujas de pino se entremezclaría con el hedor de la carne quemada, que el infierno se helaría en otoño. Y mucho menos que esa aldea apacible y lejana, Stutthof, sería tan sólo el principio de un horror que luego completarían nombres míticos en la historia de la indignidad: Austchwitz, Treblinka, Buchenwald, Mauthausen, Dachau... y así hasta treinta y tres campos de la muerte que salpican todavía hoy Polonia. Pero todo empezó aquí, en este desabrido campo levantado sobre este hermoso bosque.

Stutthof por Hachero

Stutthof por Hachero

Stutthof por Hachero
Los prisioneros de Stutthof se asoman tétricos a las paredes para observarte y que los observes y que recuerdes que ellos son las cenizas de la cámara crematoria
Hoy Stutthof es una aldea polaca, apacible, como decía, gris en el noviembre invernal en el que me asomo a sus desiertas calles. Pero décadas atrás los nazis la convirtieron en un enclave alemán, con vecinos alemanes y espíritu alemán. A la afueras de sus coquetas casas, y otras no tanto, se erige el ahora museo, el del campo de exterminio, un desolador recinto donde se conserva lo que se ha podido conservar, una aguja en la conciencia para la que no hay que pagar ticket, porque es gratis, ni puedes salir sin enterarte de qué has visto porque el portero te regala un libro escrito por Tadeusz Skutnik  donde se relata un amplio catálogo de crueldades. Además llovizna, hace un frío glacial y el día es gris, lo que ayuda a imaginarse ahí tumbado, sobre la hierba húmeda, medio desnudo, rodeado de soldados que descargan de cuando en cuando sus culatas sobre tu cuerpo entumecido, sin ira ni rabia, simplemente por entrar en calor.

Stutthof por Hachero
Stutthof por Hachero

Una de las primeras medidas del partido nazi al llegar al poder en Alemania fue el decreto de emergencia de 28 de febrero de 1933, que suspendía los derechos fundamentales y abría paso a los campos de concentración, pensados sobre todo para la represión de enemigos políticos. Al principio se abrieron los de Alemania tras el estallido de la guerra, el primero el de Dachau en marzo de 1933, pero luego otros más para el internamiento, la explotación y destrucción de los pueblos conquistados en la guerra. Y la guerra comenzó no lejos de aquí, en Gdansk, la antigua Danzig de los alemanes, un objetivo que Hitler había señalado meses atrás: 'nuestra prioridad', dijo el Führer, 'es la destrucción de Polonia, no mostréis piedad, la ley siempre está del lado del más fuerte...'.
Stutthof por Hachero

A mediados de agosto de 1939 una docena de prisioneros traídos por las SS de la prisión de Gdansk, situada a unos 30 kilómetros de aquí, desbrozó una extensa superficie en la remota Stutthof, en una lengua de tierra que se interna en el mar, un hermoso lugar de colores apagados, de amarillos, ocres, de suelos tapizados con hojas caídas. Ahí levantaron casetas, comandados por el que luego habría de ser el comandante de las SS Kurt Eimann. Tenían una orden: 'solucionar la cuestión polaca de la región'. El lugar, eso sí, no se eligió por su hermosura sino porque estaba bien comunicado y al tiempo resultaba tan lejos de cualquier lugar amigable que los prisioneros no podían pensar en escapar. Un sitio en estado de humedad permanente, rodeados de musgo y densos bosques, colinas y atolladeros y un pueblo habitado por vecinos hostiles.

Stutthof por Hachero

Ante la puerta del recinto, sobre la que se levanta la primera torreta de vigilancia, uno siente ya el mal rollo y el espíritu de los miles de desgraciados que pulularon por aquí en una cruel degradación del ser humano que terminó en la muerte de la mayoría de ellos. Al menos ciento diez mil personas cruzaron esta misma puerta, al menos sesenta y cinco mil de ellos salieron por la chimenea que se adivina al fondo, entre las brumas y la llovizna.

Stutthof por Hachero
Los zapatos de los prisioneros saludan al visitante tras una gran urna de cristal
La noche del 31 de julio al 1 de agosto, y siguiendo el guión de una lista, la policía alemana detuvo a 1.500 personas en Gdansk, sobre todo sujetos relevantes de la escena política polaca. Buena parte de ellos inauguraron unas instalaciones que, según consta en los archivos del campo, habían costado 299.459 marcos. Durante cinco años, ocho meses y ocho días funcionó a toda pastilla el primer campo de concentración levantado fuera de Alemania, y el último también en cerrarse. Sus primeras 4 hectáreas crecieron hasta las 120, y de los primeros 200 prisioneros se terminó en 110.000.

Stutthof por Hachero

En un principio sirvió como campo de prisioneros, más tarde de trabajo, y el que decidía los niveles de los campos, el Reichsführer SS Heinrich Himmler se estuvo negando a darle otra categoría hasta que lo visitó, el 23 de noviembre de 1941, cuando se llevó una grata sorpresa y decidió que sí, que estaba listo para servir como campo de concentración y para lo que hiciera falta. Así que desde enero de 1942 alcanzó el estatus oficial de lo que llevaba años haciendo, y el pequeño campete que albergaba no más de 3.000 prisioneros entró en una espiral de horror.

Stutthof por Hachero

Una espiral tan grande que por mucho que uno intente ponerse en el pellejo de los prisioneros resulta imposible intuir el sufrimiento. El recibimiento era sencillamente brutal. Un miembro de las SS informaba de que 'de ahora en adelante ya no eres una persona sino un número, tus derechos se han quedado fuera de la puerta, si no estás de acuerdo te irás por esa chimenea...' (según el preso Zbigniew Racczkiewicz en el libro 'Stutthof, historic guide', de Tadeusz Skutnik). Luego los agrupaban en el descampado, donde podían permanecer más de un día, más tarde la inspección de los orificios, la asignación del número, pijama de rayas y al barracón de cuarentena. Para que el visitante se vaya metiendo en asunto, miles de zapatos putrefactos le saludan en el barracón de bienvenida, amontonados tras una gran urna, testigos mudos del desastre. Llueve fuera y un nutrido grupo de colegiales pasa a toda pastilla rumbo a algún barracón que no puedo ver. Sus risas bajo las capuchas contrastan con los ecos que se adivinan tras los invisibles pies que alguna vez habitaron los zapatos putrefactos de la entrada.

Stutthof por Hachero

A Stutthof comenzaron a llegar ingentes cantidades de gentes a finales de 1944 pero desde sus principios se erigió como una tétrica ONU. En uno de los barracones, y débilmente iluminados, como todo el recorrido, se desgranan las nacionalidades. Ingleses, austríacos, belgas y austríacos, checos y franceses, rumanos y serbocroatas, eslovacos, italianos, holandeses... Todos unidos por el frío, el hambre, las enfermedades y la única esperanza de morir pronto. Miles de gitanos de los que no quedan registros, trenes con miles de judíos húngaros, checos y griegos, la policía noruega, que se negó a colaborar con los nazis casi en masa, pescadores finlandeses, criminales alemanes, rusos prisioneros de guerra, ucranianos, bielorrusos, los gobernantes de Lituania y Letonia (albergados en el barracón de 'prisioneros honorables'), comunistas daneses.
Stutthof por Hachero
Stutthof por Hachero

Y entre ellos, siete españoles. Uno de ellos, con este nombre: José Luis Sánchez, como yo, pero con el segundo apellido Días. Según publicó Interviú, los números 13.313, 13.314 y 13.315 correspondían a españoles, el primero a mi tocayo, José Luis Sánchez, los otros dos los de Pedro Cervantes Sánchez y Antonio Ibáñez Panandes. No eran los únicos. Según el reportaje de Danil Albín para Interviú, Juan Alfonso Ferrer y Antonio Malpartida Verdaguer, españoles también, fueron internados por 'ausencia injustificada de su lugar de trabajo', una falta intolerable para esos obsesos que colocaron el famoso 'El trabajo os hará libres' en campos como Austchwitz o Dachau. También Joaquín Sánchez Escribano, un ebanista de Albacete que provenía del campo de Dachau, estuvo en este infame campo.
Stutthof por Hachero

Del último español que se tiene constancia, y del que sí se sabe su destino, es de Domingo Eskurra, un catalán de Tarragona que tenía su ficha 15.797 y que murió el 11 de octubre de 1942, casualmente un día antes de que naciera mi padre. Los españoles desaparecieron para no volver a saber nada de ellos, si sobrevivieron o murieron, tan sólo que eran cerrajeros y católicos. Para saber algo más de ellos, el proyecto Todos los Nombres mantiene vivos sus recuerdos en esta página: http://www.todoslosnombres.org/php/verArchivo.php?id=5273

Stutthof por HacheroStutthof por HacheroStutthof por Hachero

Stutthof por Hachero

Donativos

Publicidad