martes, 4 de febrero de 2014

Viaje esotérico: con los adivinos de de Wong Tai Sin, en Hong Kong (y alguno más en Bogotá)


A las puertas del templo taoísta de Wong Tai Sin, en Hong Kong, los adivinadores ocupan pequeños despachos iluminados por una molesta luz fluorescente. Escojo uno al azar y me toca en suerte, nunca mejor dicho, una vidente entrada en años y en kilos. Parece disfrutar de su aburrimiento cuando la sobresalta mi entrada en un local tan impersonal que la puedo imaginar rellenando formularios para seguros de defunciones. Me pide sentarme y acto seguido me atrapa la mano con cara de iluminada. La palpa, la observa, sigue las líneas con un dedo índice que me resulta especialmente puntiagudo, me mira atenta, aprieta la palma y concluye: 'usted tiene buena fortuna'. Para tan acertado análisis no necesito vidente, pienso mientras sitúa su dos manos sobre la mía y me dice: 'blanda, eso es que usted tiene dinero'. Me parece algo simple la relación y me digo que tal vez deba hacer algo más de ejercicio antes de que otra pitonisa me llame gordo en mis narices.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

'Su fortuna aumentará muchísimo antes de diez años', masculla mientras sus ojos recorren mi erizada piel, 'y para entonces usted ya trabajará solo, sin jefes, será todo para usted'. La fortuna parece su único argumento cuando me espeta con toda franqueza: 'sólo hay un problema'. La miro expectante mientras desgrana un supuesto dolor abdominal que me tortura, y del que no conozco eco alguno, y una evidente contractura en la espalda que supongo se me dibuja en el rostro. 'Su dinero no durará mucho si continúa dejando que su mujer lo gaste a manos llenas'. Dudo entre soltar una sonora carcajada o indagar algo más en este interesante detalle. Opto por lo segundo. 'Si su no pone freno a su mujer, se quedará sin dinero, amigo', me responde enarcando las cejas y en un inglés con un pitido lejano que no alcanzo a reconocer. Se me ocurre que es mi mujer respondiendo a la adivinadora y que me pitan los oídos pero descarto semejante memez. La vidente termina augurándome una larga vida, placentera en el amor y feliz con mis criaturas, pero el aspecto económico ha dominado toda la sesión.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Decía el gran Tiziano Terzani que el arte de la adivinación está teñido indisolublemente de las inquietudes culturales del vidente.  Terzani era un italiano que dejó su trabajo como ejecutivo de la Olivetti para dedicarse al periodismo con mayúsculas, que cambió Italia por Bangkok y que dedicó el resto de su vida a perseguir la verdad y el amor. Terzani fue, además, el oponente ético de una de las más grandes periodistas italianas, Oriana Fallaci, dedicada en los últimos años de su vida a difundir un mensaje lleno de rabia y de ira, un mensaje de odio al 'Otro', de muros levantados y dedos amenazadores. Pero si menciono a Terzani es por otro motivo: por su libro 'Un adivino me dijo' un divertido relato de cómo una anécdota se convirtió en un apasionante viaje por los adivinadores de toda Asia. Supuestamente tras recibir la advertencia de un nigromante, 'no vueles durante un año porque el avión se caerá', Terzani decide emprender un extraño viaje por todo Asia pero... por tierra. En un continente con unas distancias tan enormes, la ocurrencia de Terzani no podía ser compatible con un trabajo, el de periodista, que necesita la inmediatez como arma. Ni corto ni perezoso, Terzani habló con sus publicaciones y les dijo: durante un año no me llamen, sólo viajaré por tierra. Por si fuera poco, el helicóptero de su sustituto se estrelló en Vietnam y dejó al hombre maltrecho y medio roto. Terzani decidió investigar entonces qué se esconde tras el arte de la adivinación y viajó para ello a los centros mágicos de media Asia.
Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Dejo la aventura del italiano para el que quiera leerla pero me quedo con su observación más relevante: todas las sesiones que tuvo estuvieron tamizadas por la cultura del vidente. De los chinos, en concreto, concluía que tenían cierta obsesión por el bienestar económico y que la mayoría de los clientes pretendían saber cómo les iría la economía en el futuro. En otros lugares prima lo espiritual, el amor, la familia, el sexo. Pero para los chinos todo esto resulta secundario. Si te va bien en lo económico, el resto irá bien por narices. Imagino entonces a una larga fila de chinos satisfechos porque la vidente, mi vidente, les ha advertido de la larga mano de sus mujeres y de lo corta que resulta cualquier alegría monetaria.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero


























Fuera, los visitantes del templo lanzan al suelo unos palitos numerados. Están de rodillas sobre algo que me parecen reposapies mullidos, permanecen con la espalda recta y derecha, tienen los ojos cerrados, meditan con un cubilete en las manos. De pronto lo agitan fuerte y con un complicado ejercicio de manos lanzan al suelo uno solo de los palillos, que son nada menos que cien.


Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Hace falta cierta habilidad porque si caen dos habrá que repetir: el destino es solo uno, y no doble ni trino, y así habrá sido durante los milenios que tiene ya este arte adivinatorio. Son los palillos de la suerte, conocidos también como kau cim, unos palitos parecidos a los del arroz pero con uno de los bordes coloreado de rojo y con un pequeño número. Dicen que primero hay que hacer la pregunta mentalmente al cielo, luego se toma el cubilete y se agita el vaso hasta que caiga uno. Ese palillo tiene un número, como decía, que se corresponde a un poema ya predeterminado en un libro que puede adquirirse en casi que cualquier parte, aunque deberá ser interpretado por el adivinador de turno o, algo menos frecuente, por el mismo interesado.
Templo de Wong Tai Sin por Hachero
Templo de Wong Tai Sin por Hachero

La necesidad de conocer lo oculto me depara sorpresas como la lectura del rostro y no puedo dejar de asombrarme con aquella señora sentada en una silla frente a otra vidente que le soba sin pudor las narices, las arrugas de los ojos, las comisuras de los labios. En Colombia conviví algún tiempo con Albertuco, un ser extraordinario que controlaba el mundo desde su silla de ruedas con el único dedo que una polio temprana le había dejado útil. Alberto también leía las cartas, y las manos, y los rostros, y lo que le echaran, pero su apetito iba más lejos y leía tanto los posos del café como los círculos concéntricos del agua: en ocasiones se le acumulaban los clientes porque, supongo, la necesidad de encontrar respuestas es más fuerte que esa alarmita que nos avisa de que estamos traspasando la línea roja de la vergüenza.
chamanes bogotá Hachero
chamanes en Bogotá
Precisamente en Bogotá, en Colombia, me acerqué una vez al templo del Indio Amazónico, un monumento kitsch en el que se mezclan figuritas de gordos budas con imágenes de José Gregorio Hernández (el santo venezolano) y el Divino Niño, todo aderezado con pieles de animales de la selva, botellas de misterioso contenido, pósters dedicados a la quiromancia, al tarot, cruces de todo tipo (desde la andrasa egipcia a la latina de toda la vida), herraduras de la suerte y cristos iluminados. En un pequeño habitáculo me recibió la india amazónica que atendía en el momento. De india tenía bien poco y su acento me recordó más bien al paisa de la región de Antioquia. Me echó las cartas con desgana, me dijo que se veía de lejos que yo conocía mundo y que intuía un viaje cercano. Me habló de la suerte en el amor mientras me guiñaba un ojo y anunció con cierto bombo que las chicas me perseguirían por los siglos de los siglos. Hizo un rápido recorrido por una salud que me definía como achacosa pero fuerte en su raíz y pasó por encima del tema dinero para volver a zambullirse en la suerte de un conquistador que arrasaba en garitos de moda. No dejó atrás la suerte, la suerte de la de verdad, la suerte en el juego, la suerte en amores, la suerte en una vida que me va a sonreír. Acto seguido alzó la mano y habló como el del chiste: 'son diez mil'. En el extraño templo del Indio Amazónico se abre un auditorio en el que el mismísimo Indio Amazónico imparte conferencias, 'aunque no sé cuándo volverá porque ahorita mismo está en los Estados Unidos, concretamente en su templo de New York', me indica mi tarotista mientras cuenta los billetes.

chamanes bogotá por Hachero


[El Indio Amazónico ha amasado una magna fortuna y reparte su tiempo entre fieles repartidos a lo largo de todo el continente, pero tiene especial predilección por los de Los Ángeles y Nueva York. Por si alguien necesita urgentemente sus servicios, el Indio tiene web: http://indioamazonico.com/web/index.php y puede ¡¡echarte las cartas on line!!. En la popular avenida de Caracas el Indio Amazónico levantó el principio de un emporio que evoca a su querida selva, a la que regresa una vez al año desde su hogar neoyorquino para recoger flores y plantas mágicas. El tipo en cuestión se llama Mirachura Chindoy Mutumbajoy y sus virtudes generan tantas dudas en medios de comunicación serios, como el New York Times (que duda entre esoterismo o estafa) a una adoración sin límites por parte de sus admiradores. De hecho es una celebridad de tal calibre que incluso ha patentado una especie de desodorante en spray con el que atraer la buena suerte en el juego. Y, por supuesto, un amplio elenco de posibilidades para retozar con gusto y alegría: Vigorit, para aquellos que flaquean, Super Sex, para los que sueñan con la pasión, o consejos como 'Cuando la potencia sexual quiere aumentar, al indio amazónico debe consultar'. Acudiendo a la observación de Tiziano Terzani, el colombiano, que es un pueblo fogoso, fija más su atención en las relaciones interpersonales (el sexo, así entre nosotros), lo que hace que tanto clientes como profesionales orienten sus peticiones y respuestas a este campo.
Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Curioso, me digo mientras pago a la vidente china que me ha llamado manos gordas en este desconcertante rincón de Hong Kong. Los rascacielos rodean casi por completo al templo, del que se elevan finas nubecillas de humo procedentes de las ruedas de incienso que al tiempo son ofrendas con buen olor. En Hong Kong los rascacielos siguen creciendo como setas tras una lluvia campera pero en los portales de las casas humean ofrendas votivas y los templos de agoreros milenarios están llenos de devotos que buscan respuestas que la bonanza económica no ofrece. Claro que las preguntas y las soluciones pasan, sin poder evitarlo, por esa misma economía.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Viaje a Palawan: las pinturas de Don Schloat y mi primo Asuero Hachero, héroe de la guerra con el Japón



Cuando Don Schloats consiguió huir de la prisión que lo tenía consumido y convertido en apenas algo más que un saco de huesos animado por un pellejo milagrosamente vivo no podía sospechar que convertiría en obsesión el momento más trágico de su vida. Tampoco podía sospechar que pintaría convulso fuego y llamas, rememorando en una espiral sin fin el día que marcó el fin de sus compañeros, un fin que pudo ser el suyo, un fin de dolor, de mucho dolor, y de indignidad. Un fin que dejó atrás pero que le acompañó durante el resto de la vida.

Palawan por Hachero
Mi primo Asuan Hachero, en la segunda fila, a la mitad, en el memorial de los héroes de la Segunda Guerra Mundial en las Filipinas

Corría la década de los años cuarenta y Don era uno de los cientos de presos norteamericanos que el ejército japonés retenía, y torturaba, en el campo conocido como 10-A, en la remota isla filipina de Palawan mientras el imperio del sol naciente se expandía a sangre y fuego por toda la fachada asiática del Pacífico. Tampoco podía sospechar en aquel momento el bueno de Don que su nombre quedaría grabado, heroico y admirado, junto a un pretendido pariente lejano de este que les escribe, perdido en la historia y en la memoria, un tipo filipino y que murió de edad avanzada y hace poco además, un tal Asuero Hachero, un Hachero pero un Hachero filipino, miembro de la sección de Inteligencia que permitió la derrota nipona y el regreso triunfal de las tropas norteamericanas al teatro del sudeste asiático. Su hija, Carmen, me comenta en Puerto Princesa que está muy orgullosa de su padre porque fue un héroe de guerra que ayudó tanto a las tropas filipinas, escasas y mal paradas, como a las de los Estados Unidos. Desgraciadamente Carmen no sabe mucho más y la historia de Asuero parece haberse ido a la tumba con él.

Palawan por Hachero

Mientras los norteamericanos calibraban la repercusión de la bomba atómica y dónde debería caer para que el vil Hiro Hito detuviera el avance de unas tropas que dejaba en juego de niños el de los nazis, el pobre Don notaba cómo la carne de su cuerpo permitía el paso de la luz, cómo las costillas querían salir de su pecho y cómo su vida era pasto de la llama eterna de la miseria que habrá de consumirnos a todos. Y junto a su desgracia, la de decenas de compañeros de cautiverio, sodados gringos todos ellos, recluidos en unos inmundos barracones en los que la indigencia les consumía alma y pensamientos. Tan sólo recibían un tazón de arroz y una batata cocida al día, y eso si trabajaban porque los renqueantes veían reducidas sus raciones en un treinta por ciento. Los robos de comida se castigaban colgando a los cacos de los cocoteros y atizándoles con grandes palos. Los prisioneros enfermos de malaria, de pelagra, de beriberi, sufrían terribles úlceras y encima recibían palos de envergadura que les provocaban nuevas úlceras y heridas sangrantes. Los prisioneros debían acondicionar un enorme terreno como pista de aterrizajes y en cualquier momento podían trasladarlos a Manila, donde reinaban los japos. Don, en un arrebato, intentó huir y fue capturado por los japoneses quienes, en lugar de ejecutarlo, decidieron enviarlo preso a la capital. Atrás dejó a unos compañeros a los que no vio más. En el museo dedicado a recordar aquellos hechos, todo rezuma tragedia. La encargada muestra la fotos con un puchero, su labio interior tiembla, parece que la tristeza de aquellos días sea parte de su vida diaria.

Palawan por Hachero

Espoleados por los continuos vuelos de aviones norteemericanos por las inmediaciones de la isla, dicen las crónicas del estricto museo de Puerto Princesa que los norteamericanos, al más puro estilo hollywdiense, comenzaron a excavar un túnel que desembocara en el cercano mar de la China pero dicen también que los japoneses, excelsos en su refinada crueldad pero retorcidos como ellos solos, descubrieron el plan y les dejaron seguir con él. Y dicen las crónicas también que conforme los rumores de contraataque norteamericano se incrementaban, y crecía la inquietud japonesa, los prisioneros, cada día más escuálidos, renovaron sus pocas energías para terminar el túnel que simbolizaba su esperanza. Y dicen más las crónica: que los soldados de Hiro Hito les hicieron llegar un falso aviso de invasión norteamericana para que los desesperadosy esqueléticos reos precipitaran su huída.

Palawan por Hachero
Los once supervivientes se reunían para charlar sobre sus recuerdos
Y entonces, y sólo entonces, atacaron con lanzallamas y bombas incendiarias a los ilusos prisioneros, que murieron achicharrados en el estrecho túnel en el que habían depositado sus esperanzas. Los que asomaban la cabeza recibían bayonetazos y disparos y el lugar debió parecer pronto el mismísimo infierno. La historia se completa con la victoriosa huida de once de aquellos reos, a merced de las olas del mar, con anécdotas tan extravagantes como la del pobre Rufus Smith, atacado por un tiburón junto a unos manglares, once supervivientes de una terrible historia que se pierde en el marasmo de pequeñas historias que la segunda guerra mundial deparó en estas tierras. Sin haberlo vivido sino en sueños, Don Scholat aún tiene pesadillas con el túnel en llamas, el olor de sus camaradas chamuscados, las costillas pugnando por escapar de su pecho.

Palawan por Hachero
El pobre Rufus huyó a nado del fuego y le mordió un tiburón
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Y lo recuerda con tanta intensidad, sin haberlo vivido, que ha dedicado el resto de su vida a pintar llamas, fuego desbocado, fauces abiertas, horror con olor a chamusquina. Tanto que en la plaza del Cuartel General se levanta, extraña y un tanto kitsch, una estatua que evoca una llamarada, un grito que es una súplica, un acaben con esto por Dios, hagan que la historia, por una vez, no se repita.

Palawan por Hachero

Palawan por Hachero
Los rostros de los ocurrentes y sanguinarios japoneses durante el juicio que afrontaron tras la derrota
Palawan por Hachero

Y, para terminar de esparcir un desagradable olor a quemado, las fotografías en blanco y negro de aquellos terribles días nos regalan los rostros de los oficiales japoneses que planearon la masacre, rostros que miran a la cámara con una mezcla de qué pasa contigo junto a no sé qué me pasó por la cabeza para semejante burrada, rostros de reos que van a ser juzgados en Yokohama por su crueldad y que hoy nos cuesta identificar con esos turistas tan amables y educados que bajan la mirada avergonzados porque te han rozado camino de la Giralda sevillana. Cuesta tanto aceptar aquellas guerras que Don, al regresar a la isla, quedó deslumbrado por una belleza que nunca se detuvo a mirar durante su gris cautiverio.

Palawan por Hachero

En algún momento un Hachero, de nombre Asuero, trabajó con denuedo para que los japoneses volvieran a sus casas con sus santas madres, mientras sus parientes, los de Asuero, los Macolor, primos en la distancia que les separaba en ese momento de la historia, también han quedado inmortalizados, amenazados por los nipones con la muerte en cuanto fueran descubiertos, según asegura Joel, otro Hachero, y Macolor tambiėn, mi guía en Puerto Princesa, serio y circunspecto mientras señala el nombre en el memorial de aquellos días que hoy se levanta en la calurosa capital de la filipina isla de Palawan. Joel no parece darle mucha importancia a aquellos días y como muestra se prueba un casco japonés, original y auténtico, mientras admira de lejos las balas de las ametralladoras aliadas, no vaya a dispararse sin querer una última ráfaga asesina. He llegado tarde para conocer a Asuero, el Hachero que participó en la guerra contra los japoneses desde los servicios de inteligencia. 'Murió hace cinco años', dice taciturna su hija.

Palawan por Hachero


Don Schloat, el pintor de las llamas (en inglés)

http://www.the-two-malcontents.com/2009/12/veteran-won’t-let-philippine-massacre-be-forgotten/

http://www.geocities.com/Heartland/Plains/5850/prisoners.html

http://www.historynet.com/american-prisoners-of-war-massacre-at-palawan.htm

sábado, 1 de febrero de 2014

Viaje a Filipinas: en el río subterráneo navegable más largo del mundo




El Río Subterráneo Navegable Más Largo Del Mundo tiene, en su ostentoso título, un truco con el que refuerza su propio destino: navegable. Los vecinos de la isla filipina de Palawan enseñaban orgullosos esta corriente fluvial a los pocos turistas que se acercan a este cuasi fin del planeta con el título del Más Largo del Mundo hasta que en 2007 algún espeolólogo malvado encontró uno mayor en un país rival y a la par muy enlazado con la historia nacional: México. Y no sólo en un país rival, por aquello del turismo, sino en una región que acapara el grueso de esta industria: la riviera maya. Aquel río se llamó Sac Actun y tiene, nada menos, que 155, ciento cincuenta y cinco, kilómetros de longitud. Los vecinos de Palawan, uno de los destinos turísticos más espectaculares de las Filipinas, sufrieron una suerte de shock colectivo: en comparación, el entonces conocido como ‘El Río Subterráneo Más Largo Del Mundo’ parecía un ridículo arroyuelo con sus 8,2 kilómetros de longitud.


Pero lejos de amilanarse ante la amenaza mexicana, los filipinos encontraron una diferencia crucial: el ‘nuestro’ es navegable, descubrieron alborozados. Una diferencia nada desdeñable porque el tal Sac Actun sólo es válido para espeolobuzos mientras que en el filipino es posible efectuar un recorrido subido en un barquito local (los conocidos como bangkas). Por si no fuera poco, los mexicanos descubrieron otros dos ríos subterráneos de enorme longitud: el Ox Bel Ha, con 146 kilómetros, ciento cuarenta y seis, y el Dos Ojos, de casi 58 kilómetros, cincuenta y ocho (este sistema apareció en la década de los ochenta pero por razones previsibles se le obvió también con la excusa de que no era un río sino un sistema de corrientes conectados pero sin entidad como río en sí).


La amenaza se cierne sobre la hermosa isla de Palawan porque, por si fuera poco, científicos brasileños aseguran que bajo la Amazonía fluye misterioso otro polémico río más con una longitud de nada menos que seis mil kilómetrosy que lo hace a cuatro mil metros de profundidad. Ante tamaña adversidad, o cúmulo de adversidades sobrevenidas, los vecinos de Puerto Princesa no se amilanaron sino que indagaron para descubrir alguna peculiaridad que fuera única (aparte de que la UNESCO les concedió el muy preciado título de Patrimonio de la Humanidad). Y lo hicieron: somos navegables, se dijeron con alborozo, y vosotros no. Y es rotundamente cierto: el Río Subterráneo Navegable Más Largo Del Mundo es, precisamente, navegable, mientras que los ríos más largos del mundo son, a su pesar pero tampoco tanto, subterráneos sin más y accesibles por tanto tan sólo para especialistas en el buceo con bombona en grutas cavernosas.


En la desembocadura del Río Subterráneo Navegable Más Largo Del Mundo se despereza un lagarto de enormes proporciones. Es el varanus salvator marmoratus, o lagarto monitor, que alcanza los dos metros de longitud y se traga alegre pollos, ratas y todo lo que pille, un primo de los terribles dragones de Comodo, sanguinarios asesinos que matan con su sola saliva (espero que estos no lo sean). Uno de los motivos por el que este entorno es Patrimonio de la Humanidad: la fauna, la flora, la exuberante selva filipina y el paisaje kárstico calizo se unen a la corriente subterránea (y navegable) para conformar un lugar de ensueño.



Accesible tan sólo desde la cercana ciudad de Sabang a bordo de las peculiares lanchas filipinas, los bangkas, que me recuerdan a esos grandes mosquitos zancudos que desafían la superficie de los ríos, el trayecto desde la playa de arenas blancas hasta la boca del río de marras es una sucesión de enormes tortugas que se acerca para fisgonear al turista, grandes peces que deambulan serios y enseñoreados de la zona y de montañas tapizadas con selva primaria que se asoman al mar lanzando mechones vegetales de manglares navegantes. La vaca de mar, dice el lanchero, no ha venido hoy. Lástima porque una vaca de mar siempre es un espectáculo, aunque no sea retinta. La desembocadura del Río Subterráneo Navegable Más Largo Del Mundo aparece de pronto, tras una roca en forma de velero, oculta tras unos manglares frondosos, otra playa blanca y aguas traslúcidas y uno se explica que, por si no fueran pocos los títulos que ya ostenta, le sumen otro más: desde 2012 es una de las Siete Maravillas del mundo Natural. Abrumados con esta retahíla de reconocimientos, los murciélagos salen en desbandada ante la presencia humana, que siendo numerosa no es precisamente molesta: tal vez porque la inmensa mayoría son coreanos y japoneses y parecieran parte del entorno (de no ser por sus enormes teleobjetivos).



Situado a 50 kilómetros de la capital de la isla, Puerto Princesa, el parque nacional lleva el nombre de esta ciudad, a pesar de que está a los pies de la de Sabang, una salvedad que a los locales de esta última no parece importunar para nada. El río de marras saltó a la fama en 1887, en plena decadencia del imperio español (así que podemos decir que el Río Subterráneo Más Largo Del Mundo fue español en su momento). Claro que los locales lo conocían de antiguo pero no se atrevían a acercarse porque aseguraban que vivían espíritus en sus profundidades. Fue un profesor de Michigan, Dean Worcester, el que dio las primeras pistas sobre su ubicación. A mediados de la década de los años cincuenta el gobierno filipino pareció darse cuenta de que el lugar merecía cierta protección por lo exuberante de su floresta y lo singular de su río, pero no fue hasta el 26 de marzo de 1971 que se estableció oficialmente el Parque Nacional del Río Subterráneo de Puerto Princesa y en 1999 cuando la UNESCO lo elevó a categoría de patrimonio de todos.


El río en cuestión cuenta con 8,2 kilómetros de longitud (una minucia comparado con los mexicanos y casi microscópico con el supuesto del Amazonas), de los que son navegables alrededor de la mitad (y de los que enseñan al público algo más de un kilómetro y medio). Su salida al mar de China embelesa a los coreanos, que dudan sobre si lograr la foto más audaz desde el interior de la desembocadura aunque abandonan abatidos por el inclemente sol (y por la profundidad de la boca), más que por los carteles que prohiben expresamente el baño. La profundidad ronda los ocho metros en sus tramos más profundos y supongo que lo más importante se encontrará a partir de ese kilómetro y medio en el que los visitantes dan la vuelta y que sólo es accesible para científicos y profesionales de la humedad a oscuras: en 2008 un grupo de espeleólogos italianos encontró un fósil de vaca marina de un millón de años y una sala, conocida como la sala italiana, con una altura de ochenta metros.

Visitar el Río Subterráneo Navegable Más Largo del Mundo no es cualquier cosa. El gobierno local de Puerto Princesa tiene las competencias administrativas sobre el asunto y los filipinos tienen la pesada herencia hispana de la burocracia lenta y parsimoniosa. Antes de partir a Sabang hay que pasarse por un gran edificio y presentar la identificación, las credenciales y casi que una carta de amor en chabacano para que las autoridades locales se dignen a concederte un permiso especial que habrán de validarte las autoridades paralelas desplegadas en el puerto del parque nacional, cincuenta kilómetros más allá.



La entrada al río es también la salida del río y un lugar perfecto para embarcarse: una laguna de aguas turquesas en la que bandadas de peces miran a los turistas con la condescendencia del que se sabe dueño de la situación. El guía desgrana una cascada de tópicos durante el tour mientras los murciélagos que pueblan las oscuras alturas sueltan otra cascada de recuerdos digestivos. Las galerías dan paso a enormes cámaras con parecidos razonables que me recuerdan las de mi tierra: la gruta de las Maravillas, en Aracena. ‘Allí vemos a una estupenda señorita’, grita el guía mientras el turista de proa mantiene a duras penas una linterna, ‘es Sharon Stone’, remata el graciosete en un chiste tan repetido que incluso viene en las guías de viaje.




El guía remata su particular marasmo de tópicos: aquella roca es la virgen María con el niño en brazos, aquella de más allá una enorme papaya y ese cúmulo de rocas enrevesadas es un árbol del mango. El río transcurre lento y vaporoso, humedeciendo las camisetas del visitante para solaz del murciélago, allá en las alturas, y desesperación del aficionado a las fotos, que ve cómo el objetivo de la cámara lucha contra la condensación. La visita en sí acaba pronto, no más de cuarenta y cinco minutos, con barcas que se cruzan de cuando en cuando iluminando las grietas y estalagtitas de los techos, los bultos y estalagmitas de las orillas, un recorrido que puede dejar indiferente al que espera apariciones milagrosas y animales fantasmagóricos surgidos de las profundidades pero que no deja de tener interés. En cualquier caso, yo, que no soy aficionado a visitas guiadas ni acompañar a otros turistas en las dudosas exploraciones grupales, me marché agradado, sudado y sediento: no olviden llevar una botella de agua, por el amor de los espíritus de la caverna: el calor a oscuras es otro tipo de calor..

Viaje a Hong Kong: rascacielos sostenidos por andamios de bambú




En el centro de Hong Kong se levanta una gran obra: un rascacielos. Allá en las alturas los obreros desafían a Newton mientras los destellos de una radial iluminan a fogonazos la tarde de la ciudad. Los miro asombrados porque un rascacielos en Hong Kong no es cualquier cosa: se trata de una ciudad que recuerda a un bosque de rascacielos, pareciera la obra de un niño travieso e hiperactivo al que hayan regalado una gran caja de legos.

Visto desde lo que aquí llaman el Peak, Hong Kong es un espectáculo hermoso y desconcertante. Pero los obreros que caminan vacilantes por las alturas de ese rascacielos en obras parecen funambulistas que arriesgan sus vidas cruzando delgadísimos cables. Aquí no hay cables pero tampoco estructuras de metal, como las de Europa.


Los andamios son de bambú.
¡De bambú!


Me acerco para observarlos de cerca. Aunque ya he leído el uso que hacen los asiáticos del bambú en las obras y aunque haya visto vídeos que los muestran sin artificios, no deja de asombrarme aún más. Las largas varas de bambú están anudadas con tiras de plástico y apoyadas en el suelo sin ninguna sujeción anexa. Sí, me digo, es el acero vegetal, flexible como pocas cosas y resistente como ninguna, he comido carne con verduras cocinada en bambú hueco que ponen al fuego y no se quema, he bebido licor de bambú que me hizo pensar que una puerta cerrada estaba abierta, he comido brotes tiernos de bambú y lo he visto crecer salvaje en todo el sudeste asiático. Pero construir un rascacielos de cuarenta plantas con un andamio de bambú que no se sujeta a nada en el suelo me parece un misterio digno de Fátima.

Sí los anudan, algo es algo, pero con cintas de nylon de no más de 30 centímetros de largo que me crean cierta ansiedad al mirar hacia arriba. Dicen que esos nudos ayudan a la flexibilidad del vegetal y que en caso de movimiento fuerte, un sismo por ejemplo, favorecen el movimiento de toda la estructura sin que llegue a desmoronarse. La rigidez de los andamios metálicos les provoca ansiedad y piensan en terremotos donde nada se deje mecer y todo colapse reventando por los puntos inflexibles, que serían nuestras zapatas. Y ahí siguen, resistentes a seísmos pero también a lluvias torrenciales, vientos huracanados y hasta los tifones que visitan la ciudad de cuando en cuando.

Por si fuera poco han hecho el cálculo del tiempo que ahorran montando toda esta parafernalia y han llegado a esta conclusión: se tarda doce veces menos en montar el andamio de bambú que el de acero y aluminio. Al ser tan flexible, el bambú puede doblarse para adaptarse a edificios que desafían las líneas rectas,en algunos sitios incluso se adaptan a terrenos montañosos.

Las estructuras de bambú tienen todos los tamaños posibles: las hay pequeñas, con las que hacen pequeñas obras que parecen sostenerse por arte de magia en la mitad de un gran edificio; las hay mayores, con las que arreglan toda una planta. Las hay gigantescas, que cubren todo el edificio y lo envuelven en una suerte de esterilla verde que parece guardar un enorme regalo.



Pero a los asiáticos mi admiración les causa cierta rechifla. Dicen que el bambú no sólo es flexible y más fiable que el acero sino que tiene propiedades misteriosas asociadas al noble arte del feng shui, la ciencia china de la armonía por la que todo tiene un determinado espacio y un determinado tiempo. Si sigues los dictados del feng shui, tu vida irá mejor. El feng shui te dicta la orientación de tu hogar, dónde poner los muebles, cómo distribuirlos, hacia qué dirección debe apuntar tu cabeza durante el sueño, cómo evitar que los espíritus malignos te torturen en tu propia casa y, cómo no, de qué manera construir los edificios. Y ahí el bambú es fundamental porque tiene buenas vibraciones para esto del feng shui. Aunque sea ahí arriba, a 150 metros y en una planta 40.

El uso del bambú se extiende por todo el sudeste asiático. En Filipinas dicen que ‘cuanto más alto es el bambú, más bajo se encorva’ y los chinos aseguran que ‘la sabiduría del bambú es saber doblarse sin romperse y sacudirse cuando la tierra tiembla’. Dicen los japoneses que ‘si quieres quebrar el bambú, hazlo cuando sólo sea un brote’ y un sabio chino decía que ‘los padres siembran el bambú que dará sombra a los hijos’. Hay un tipo de bambú japonés que germina a los siete años de sembrar la semilla y entonces crece a toda prisa hasta treinta metros en un año.

El primer andamio de bambú, por si todo esto no pareciera una broma, se remonta a cinco mil años atrás y al menos desde hace dos mil lo utilizan para levantar grandes estructuras. Dicen que es cinco veces más fuerte que el cemento pero tiene tres grandes inconvenientes. El primero es que tiene una vida limitada a tres años (aunque pocos edificios aquí tardan tanto en construirse). El segundo es que no deja de ser madera y como tal puede arder con facilidad por lo que necesita un baño de sustancias ignífugas. Por último, las lluvias pueden hacer que su tamaño varíe y reduzca su perímetro, por lo que hay que estar muy atento. Aunque para eso existe toda una élite del albañil de toda la vida: en Hong Kong los trabajadores especialistas en estos andamios cobran un buen dinero y deben superar un complicado curso que los habilita en el montaje de estas estructuras. En todo caso, desconcertante.











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