miércoles, 14 de mayo de 2014

Viaje a Polonia: Elblag, la ciudad que renació de sus cenizas



El centro histórico de Elblag es lo más parecido a un decorado de película. Paseo por sus calles como el que visita un museo: todo está limpio, impoluto, las calles ordenadas, los edificios como recién salidos de una enorme caja de regalos, incluso lo antiguo tiene pinta de nuevo, me extraña que el campanario no esté dentro de una gran vitrina. La sensación es parecida a la que siente el recién llegado en la parte nueva de Beirut, en el Líbano, una reconstrucción minuciosa, multimillonaria, unos acabados perfectos y un orden milimétrico. Pero apenas pasea nadie por la acera, tras los visillos sólo vislumbro un gato, la perfección de las líneas rectas, el color de las fachadas, todo se empeña en indicarme que transito por una burbuja irreal que habrá pronto de desvanecerse en una bruma burlona. Pero no hay nada burlón en una ciudad que desapareció por completo en el marasmo de la Segunda Guerra Mundial.

Elblag tras la II Guerra Mundial

Porque cada adoquín que piso, cada acera que camino y cada esquina que doblo forman parte de un esfuerzo titánico que alcanza su cima en los edificios. Hace veinte años esto era un erial. Hace cincuenta, un montón de escombros. Y hace un siglo, una ciudad alemana. Pero lo que fue una Prusia llena de vecinos alemanes hoy es una ciudad teatral llena de polacos que ha costado sangre, sudor y lágrimas. Porque la ciudad vieja quedó tan destruida tras la Segunda Guerra Mundial que el gobierno decidió reconstruir la ciudad de Gdansk con los escombros de Elblag, que se pensaban irrecuperables (lo mismo sucedió en Malbork, cuyos escombros se destinaron a la reconstrucción de Varsovia).


Elblag por Hachero

De la ciudad no quedó apenas nada debido a que fue un centro nazi que con un horroroso campo de exterminio cercano, el de Stutthof, (pincha aquí para conocer este campo). Cuando los soviéticos se aproximaron en 1945 los habitantes de la ciudad, alemanes en su mayoría, la abandonaron dejando detrás prácticamente todo, hasta sus objetos personales, que fueron saqueados por los rusos, quemados los edificios  y posteriormente dinamitados como última venganza. Elblag resultó algo más que dañada: más bien destruida, y sus habitantes vagaban entre las ruinas con la mirada perdida y el odio eviscerando sus entrañas. Porque la conferencia de Postdam otorgó esta ciudad destruida y prusiana a los polacos, que prohibieron incluso que se establecieran alemanes, pero el esfuerzo que tenían por delante era enorme.

Elblag antes de la II G.M

Elblag por Hachero

La reconstrucción no fue fácil después de la guerra porque apenas había obreros y se priorizó la recuperación de las grandes ciudades. Así que hubo que esperar hasta los años 1990, justo tras el colapso de la URSS, en un clima que no invitaba a nada porque la ciudad se despertaba de una dependencia crónica de empresas estatales ineficaces, muy poco consumo y muchas deudas de crédito, una ciudad que tenía tasas de desempleo superiores al 32%.

Elblag antes de la II G.M

Elblag por Hachero

Tras la guerra, ningún alemán consiguió permiso para volver a sus casas y comenzó entonces un proceso de polanización hasta que hoy el 98% de los vecinos son étnicamente polacos. En los años noventa se impulsó un proceso de reconstrucción de sus lugares históricos que arroja un resultado al tiempo espectacular y desconcertante. A partir del año 2000 la reconstrucción se hizo emulando la arquitectura anterior al desastre de la guerra, intentando levantar los mismos edificios en los mismos emplazamientos, incluso empleando ladrillos provenientes del desastre y trozos de las antiguas murallas. Se realizó un intenso programa arqueológico y otro de emulación por ordenador para dibujar la ciudad tal y como era: aunque los edificios quedaron destruidos, aún eran reconocibles los patios traseros y las letrinas de las casas, lo que sirvió como punto de arranque. Ho</span><span style="font-size: 13px;">y vuelven a vivir en la ciudad alrededor de quinientos teutones que han vuelto a las tierras de sus ancestros y Elblag revive como un ave fénix.

Elblag por Hachero

Pero la reconstrucción de la ciudad comenzó antes de la década de los noventa, tanto como en los años sesenta y con una imaginación que vio grandes posibilidades en los edificios destruidos. Arriba puedes ver el antiguo altar de la iglesia de la Virgen María, una loca idea de un artista local, Gerard Kwiatkowski, quien en 1961 convenció a las autoridades de que esa ruina a medio caer podía llegar a ser un gran taller para artistas y una moderna galería de arte. El proyecto cayó en campo abonado y hoy es una desconcertante, y hermosa, sala de exposiciones, enorme, solemne y cargada de posibilidades, en la que aún pueden sentirse los ecos de los monjes dominicos de siete siglos atrás. Se llama galería EL, un nombre no menos desconcertante que proviene de la misma ciudad Elblag.

Elblag por Hachero

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Elblag por Hachero

La Iglesia de la Virgen María comenzó a construirse  en 1246 por la orden de los dominicos en su intento de cristianizar las regiones del Báltico. Una capilla que pronto adquirió entidad al añadirle un presbiterio, una sacristía y dos pequeñas salas anexas que volvieron a quedarse pequeñas y que obligó a posteriores ampliaciones hasta que consiguió un aspecto de satisfecha devoción y ese extraño perfil que se dibuja contra el cielo estrellado de Elblag.

Elblag por Hachero
Elblag por Hachero

No debía de estar Nuestro Señor Todopoderoso del todo contento con semejante obra porque en 1504 salió ardiendo y destruyó su interior, para la desesperación de los píos constructores que, no obstante, no interpretaron las llamas como yo y volvieron a reconstruir el sagrado lugar. Se añadieron nuevas naves, se aumentaron ciertos niveles y adoptó algo más parecido al aspecto amenazante que hoy se recorta bajo el límpido pero tenebroso cielo nocturno del norte de Polonia. Los dominicos, que tanto habían trabajado en esta azarosa iglesia, sufrieron un nuevo revés, que fue terrible sólo para dos monjes: los dos últimos dominicos de Elblag. Los luteranos se hicieron con el poder religioso y los católicos se fueron a hacer puñetas...

Elblag por Hachero

Dominicos y luteranos fliparían hoy con lo que fue su templo, inmutables sus altos muros pero desacralizado el interior para con propósitos para nada píos.

Elblag por Hachero

Elblag por Hachero

Elblag por Hachero

El edificio superó pues fuegos y llamas, construcciones y reconstrucciones, cambios de rumbo ideológico y obras de toda suerte pero en 1945 el empuje de las bombas de la Segunda Guerra Mundial lo mandó todo al traste: las tumbas maneristas, los epitafios centenarios, los raros muebles acumulados durante siglos y los pasos de órdenes olvidadas. La derrota de los nazis supuso un alivio para la población mas no para el edificio que pasó a manos de la Desidia y el abandono dejó en pie tan sólo el presbiterio, la sacristía y el claustro (eso sí, con su tejadito). Hoy Elblag sale de su larga noche, sus calles tienen la forma y buscan ahora el espíritu. Curioso que haya sido la iglesia de la Virgen María donde el pasado y el presente se hayan conjugado con más acierto. Tal vez sea obra del espíritu mismo...

Elblag por Hachero

lunes, 5 de mayo de 2014

Viaje a Azerbaiyan: en la ciudad abandonada de Agdam (II)


Desde el minarete de la mezquita, Agdam ofrece una visión apocalíptica. A vista de pájaro las calles son más visibles que a ras de suelo pero el grado de devastación es tan grande que parecen más unas ruinas antiguas que unas recientes. Las casas son identificables aún como tales y en un ejercicio de imaginación no muy severo puedo ver a la mujer que se dirige al mercado, a los abuelos sentados fumando narguile, el peluquero de la esquina y los contrabandistas conduciendo alocadamente un coche. Pero una vez desecho el embrujo todo desaparece y la realidad se impone. No hay nada de eso. Las casas sólo ofrecen escombros y vegetación desatada, las carreteras son una sucesión de baches en los que se adivinan cráteres de misiles Grad y otros provocados por las inclemencias del tiempo. Allá lejos las montañas negras del Nagorno Karabagh, el Jardín Negro, y nada más. Calma y silencio donde antes había bullicio y ruido. Ni siquiera resulta fácil evocar los tiempos en los que los mercenarios se enseñorearon de la ciudad para multiplicar sus negocios, su estraperlo de productos iraníes, turcos, rusos.

Agdam por Hachero
Agdam por Hachero

Kemal Ali, un médico que conocía la zona, contó a Thomas de Waal, todo un experto en la zona (y autor de libros imprescindibles para conocer esta región, como Caucasus y Black Garden), que las unidades luchaban según la resaca que tuvieran ese día y que en ocasiones preferían dormir la mona, 'la guerra es un estupendo lugar para los criminales y en aquellos años el ejército de Azerbaiyan estaba al mando de criminales'.. Entre los nombres que quedarán en la historia de la infama caucásica destaca el de Asif Makhamerov, al que decían Freud porque se las daba de intelectual, por no mencionar el de La Mula. En 1991 el Nagorno Karabagh aún era un mosaico de pueblos azeríes y armenios, cuando no vivían todos en la misma población. Pero conforme el odio creció, los vecinos más fuertes expulsaban a los más débiles, o los ejecutaban directamente. En octubre de 1991 los armenios cortaron la carretera con Khojali y masacraron a la población local. Tan sólo Thomas Goltz pudo dar la voz de alarma de que la región acababa de abrir la espita que la llevaba a la guerra, pero apenas encontró eco. En Khojali murieron alrededor de 500 personas y Agdam, muy cerca de esas terribles montañas que quedaron cubiertas de muertos congelados, se supo entonces perdida.

Agdam por Hachero

En pleno caos de la situación, agravado con la dimisión del presidente de Azerbaiyan, Ayaz Mutalibov, el ejército ruso recibe órdenes de abandonar la región pero los vecinos armenios de Stepanakert bloquean las carreteras y les obligan a evacuar vía aérea (y abandonar todos los equipos en tierra). El caos ya era absoluto y la ciudad de Stepanakert termina rodeada por fuerzas azeríes (y chechenos como Shamil Basayev que vinieron a apoyar a sus hermanos en fe) y los armenios se involucran en una guerra que ya es total. La ciudad de Shusha, uno de los clásicos ejemplos de convivencia interétnica y situada sobre una colina, sirve de base para el lanzamiento de misiles sobre Stepanakert, indefensamente levantada sobre una extensa llanura a los pies de la primera. Los ataques no duraron mucho ni sirvieron para mucho más que aterrorizar a los vecinos de la ciudad pero las consecuencias fueron terribles porque los armenios decidieron no dejar piedra sobre piedra.

Agdam por Hachero
Agdam por Hachero

Agdam se llenó primero de refugiados de Xodjali, desplazados que deambulaban por las calles que ahora veo cubiertas de maleza y con hornos y trozos de frigoríficos tirados ante lo que una vez fueron puertas de casas. Goltz estaba en busca de testigos de la masacre de Xodjali cuando cayeron los primeros misiles en la ciudad, un primer ataque que desató una oleada de nuevos refugiados entre los que se contaban antiguos refugiados de la ciudad masacrada. La marea humana estaba salpicada de carros, carretas, coches, caballos y gente en bicicleta huyendo de la destrucción. Más de cincuenta mil personas salieron ese día para evitar la muerte y la ciudad se convirtió en bastión azerí para luchar contra los armenios. Hasta seis grupos distintos de mercenarios, que no eran más que delincuentes, se hicieron fuertes en la ciudad. Cuenta Thomas de Waal que aunque los dos ejércitos tenían serios problemas de organización, las paredes de los mercenarios estaban repletas de posters de chicas desnudas mientras que los armenios, algo más concienciados en lo que se jugaban, trataban de mantener una disciplina militar. A Agdam enviaban desde Bakú a los armenios que aún vivían allí y que secuestraban para sacar dinero, como Lev Vaganovich Ovakov-Leonov (Leoniyan), un artista octogenario con el título de artista nacional en los tiempos soviéticos que fue secuestrado y trasladado a Agdam para un intercambio por el padre de un conocido juez que a su vez había sido también secuestrado por células armenias.

Agdam por Hachero
Agdam por Hachero

De todos los grupos paramilitares de Agdam sólo conozco el de La Mula, autoproclamados Los Halcones de la Defensa y autoencomendada la salvaguarda del perímetro de la zona del cementerio y la mezquita de los ataques armenios, que estaban apenas a cien metros. Su posición era conocida como Puesto 19 y frente a ellos estaba una facción armenia encabezada por un antiguo compañero de colegio de La Mula. 'Espero matarlo pronto', le decía a Goltz, sin saber que esa dudosa amistad le depararía la detención en Bakú porque ambos falseaban los ataques, anunciaban bajas que no se habían producido para crearse fama y poder dedicarse al contrabando, que era su especialidad, sobre todo el contrabando de cuerpos humanos, que guardaba conservados en hielo. Los Halcones tenían tres tanques y una infinidad de armas procedentes de compras ilegales a soldados rusos, y entre sus hombres, seiscientos, había oscuros contrabandistas, ucranianos, tayikos y rusos. Su odio a los armenios lo expresaba así: 'Los azeríes somos siete millones, casi ocho, mientras que los armenios son dos millones y medio, si cada uno de ellos mata a cien de nosotros aún así les doblamos en número así que sencillamente ellos no pueden ganar'.

Agdam por Hachero

Aunque la fecha oficial del desastre al que asisto desde la altura del minarete de Agdam fue el 23 de julio de 1993, día de la caída, el desastre ya había comenzado un mes antes, en junio,  cuando el ejército armenio lanzó una gran ofensiva aprovechando los líos del gobierno, con un presidente que huyó del palacio presidencial casi que sin cerrar la puerta, y el enfado de uno de los pocos militares capaces de, si no ganar sí al menos plantar cara al enemigo: Surat Huseinov, que se hizo fuerte en la ciudad de Ganja y desafió al estado azerí. En ese estado de indefinición, los refuerzos dejaron de llegar a Agdam: no llegaban soldados de reemplazo, no llegaban armas, ni alimentos, ni nada de nada. Los vecinos se organizaron para la defensa de la ciudad y los grupos de paramilitares rondaban por las calles en estado de sobreexcitación nerviosa. Los misiles seguían cayendo, los cadáveres de los refugiados de otras zonas se pudrían en las calzadas, los casquillos estaban esparcidos por doquier y los vecinos terminaron viéndose como un remedo de los defensores de Stalingrado pero condenados a la derrota porque, concluyeron, no importaban un pimiento a Bakú.

Agdam por Hachero

El día después de la caída de Agdam comenzó el saqueo. Hombres que llenaban camiones iraníes con los pétalos de miles de rosales despanzurrados para el mercado negro del jabón y el perfume persa, vecinos de los pueblos cercanos cargando marcos de puertas y ventanas, camiones cargados de escombros, árboles arrancados de cuajo, muebles, libros, estanterías, cocinas enteras. A los pies de una casa reconozco una estufa antiquísima oxidada y agujereada. El señor que encontré al principio vuelve a cruzar una fantasmagórica calle arrastrando unos misteriosos bultos. Los soldados armenios se despiden en formación y cantan una bucólica canción. El viento mece las ramas de los arbustos que son ahora los habitantes más estables de la ciudad abandonada. El taxista me llama: vámonos, me dice con la mirada, los soldados pueden cambiar de opinión en cualquier momento. Me voy de Agdam, ya he tentado la suerte lo suficiente.

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sábado, 19 de abril de 2014

Viaje a Azerbaiyan: en la ciudad fantasma de Agdam (I)


En el centro de Stepanakert un taxista me hace señas. '¿Le llevo?', parece decir. Pero no sé a dónde ir porque Stepanakert no es una ciudad precisamente bonita. '¿Me llevaría a Agdam?', le pregunto. '¿Agdam?', dice con los ojos muy abiertos y me hace una señal para que suba. Subo raudo porque los locales son reticentes a viajar hasta una ciudad que es sinónimo de tragedia, una tragedia que se alarga al día de hoy y que mantiene una calma tensa entre dos países, o tres, sin consideramos al Nagorno Karabagh otro país más. Porque Agdam se encuentra en Azerbaiyan pero en la zona que el gobierno de Stepanakert, es decir, el del Nagorno Karabagh, (pincha aquí para conocer mi viaje a este extraño país) considera 'de seguridad' y esencial para que el ejército azerí no ataque las posiciones locales. Para mayor enredo, el ejército que patrulla por las desoladas calles de Agdam es el de Armenia, desplegado a lo largo de todo el anillo de seguridad que rodea el perímetro de la frontera que linda con los azeríes. De este modo los armenios dejan la defensa de su propio país, recordemos: Armenia, en manos de los rusos. El taxi arranca con un sonoro rugido y el conductor me mira sonriente desde detrás de un poblado bigote. Hace una imitación de una metralleta mientras un carro conducido por un abuelo zigzaguea para evitarnos y extraigo: usted combatió en Agdam. 'Yes', dice el hombre y su amplia sonrisa se torna amarga y fija entonces su vista en el camino. Para los habitantes de Stepanakert Agdam es una cicatriz, un recuerdo amargo, un mal sueño y la prueba más evidente de su victoria sobre el vecino país.

Agdam por Hachero

El 23 de julio de 1993 vivían en la ciudad de Agdam entre cincuenta y cien mil vecinos (enorme horquilla que nadie termina de fijar con exactitud). Un día después no quedaba absolutamente nadie. Toda la población fue expulsada hacia el este, detrás de la línea de seguridad, desplazados internos, desplazados en su propio país, pero desplazados por soldados externos, soldados de otro país. Desde entonces los vecinos de Agdam deambulan por Azerbaiyan recordando su hogar, mostrando fotos a quien quiera verlas, llorando por sus casas y por sus calles y por sus tiendas y hasta por la mezquita. Muchos no saben que tan sólo la mezquita sigue en pie y que las casas se desmoronaron, las calles se llenaron de maleza que rompía el asfalto de las carreteras, que las tiendas son irreconocibles y que Agdam no sale ya ni en los mapas. Muchos, en cambio, eran demasiado jóvenes para recordar cómo era su ciudad y muchos más, como colofón, ni siquiera han nacido allí, aunque sigan considerándose de la ciudad, así que no pueden saber cómo era aquella urbe. No lo sabrán la mayoría de los hinchas del Qarabag Agdam FK, el equipo de la ciudad, fundado en 1951 y uno de los dos que siempre ha participado en todas las ediciones de la primera división azerí. En 1993 su estadio saltó en pedazos, su entrenador, el héroe nacional Allahverdi Bagirov, murió en los combates y el club se trasladó a la capital del país, Bakú, donde juega manteniendo tan solo el nombre de su ciudad de origen. Una ciudad que ya no existe. Porque a vista de pájaro Agdam es lo más parecido a Hiroshima, a Nagasaki, al sinsentido de la guerra.

Agdam por Hachero

El taxi sale de Stepanajert y se detiene un momento ante un tanque colocado sobre una tarima. Señala a Azerbaiyan. El tanque, me refiero. El taxista sonríe plácido, parece feliz de saber que el cañón le protegerá de la prometida venganza azerí. Sonrío con él por puro desconcierto y miro al horizonte por si veo algo: no, no veo nada. Agdam está lejos aún. Concretamente a veinticinco kilómetros, lo suficiente para que no la distinga en el horizonte, pero tan cerca que no puedo imaginar cómo es eso de vivir tan cerca del fin del mundo. Porque los vecinos de Stepanakert consideran Agdam algo parecido al fin del mundo.

Agdam por Hachero

Los veinticinco kilómetros se cubren en apenas media hora pero cada metro de la carretera guarda historias terribles. El 22 de febrero de 1988, por ejemplo, los vecinos de Agdam salieron enfurecidos hacia Stepanakert para cobrarse severa venganza porque la URSS se desmoronaba y temían que el Nagorno Karabagh, región de población mixta pero que los soviéticos habían situado en el interior de Azerbaiyan, quedara en manos de Armenia, que la considera la cuna de sus ancestros. Los armenios, más hábiles en esto de moverse entre bambalinas, tenían ya ganado el favor de los rusos y una Armenia independiente asomaba la cabeza entre el marasmo de los últimos días de la agonizante potencia. Pero aún quedaban muchos flecos que recortar. ¿Qué era un país? ¿Dónde acaban sus límites? ¿Qué es mío y qué es tuyo? Y peor aún, ¿qué pasa con las regiones, las comarcas, las ciudades y los pueblos donde las etnias están mezcladas, juntas, fundidas?

Agdam por Hachero

Los recuerdos de pogromos antiguos, de principios del siglo XX, mezclados con las suspicacias y nuevas persecuciones (de armenios en Bakú, de azeríes en Sushi), y el toque mágico de rumores sin confirmar (la historia de dos hermanas raptadas y violadas por desconocidos encendió varias mechas sin saber si era cierta) aceleró el torbellino de indignaciones. Los vecinos de Agdam, como decía, avanzaron por la carretera que la separa de Stepanakert pero no pudieron pasar del pequeño pueblo de Askeran, donde les esperaba un cordón de policías y vecinos armenios armados con escopetas. En la escaramuza dos azeríes cayeron muertos y el nombre de uno de ellos, Bakhtiar Uliev, pasó a la historia como el de la primera víctima del último conflicto entre Azerbaiyan y Armenia. La noticia de las dos muertes soliviantó a la ciudad de Agdam, que montó en cólera y decidió atacar, espontáneamente, a la de Stepanakert, en una suerte de versión caucásica de Villaconejos de Arriba contra Villaconejos de Abajo.

Agdam por Hachero


La llegada a Agdam es excitante. A ras de tierra sólo veo montículos de piedra, maleza señalando los límites de la carretera y árboles salpicando el paisaje. Esto es Agdam, me dice el taxista. ¿Esto? ¿Esto es una ciudad donde vivían cien mil personas? El lugar parece un polígono español a medio urbanizar, con solares cubiertos de matojos y techos en el suelo, suelos en el subsuelo y el apacible canto de los pajaritos. De pronto, un tipo aparece por la carretera arrastrando un bulto. Parece un indigente pero también un desequilibrado. A la entrada de la ciudad una gran chabola de hojalata y restos de viviendas sirve de referencia con una familia sentada a las puertas que nos saluda al pasar. El taxista hace señales de peligro: bum bum, me avisa. Parece que el terreno está minado y hay que ir con cuidado. 'Mosquee', le digo y él me mira con un gesto adusto y severo, como diciendo que le hablo en armenio o no entiende un pimiento. Por fin hace un gesto y encamina su vehículo por una carretera dudosa, entre matorrales, hacia un lugar que no puedo ver. Sí que se ven tiendas de campaña de camuflaje, una cocina al aire libre con pinta de acuartelamiento, una bandera armenia. María José, una periodista de Cádiz afincada en Tbilisi, Georgia, me avisa de que la entrada en Agdam está prohibida y que pueden lloverme reprimendas de todo tipo. 'A mí me borraron todas las fotos', me advierte y busco ansioso el soldado que habrá de fastidiarme el viaje. En vano.

Agdam por Hachero

Al fondo se levanta, por fin, las dos torres de la mezquita, el único edificio que permanece en pie en la ciudad. Milagrosamente los armenios decidieron respetar el templo islámico aunque sólo en cuanto a la estructura porque el interior parece una mezcla de basurero y letrina. Apenas quedan trazos del templo que fue, y mucho menos de su imam, Sadiv Sadikov, que administraba todo el complejo religioso de la zona. Apenas a unos pasos se levantaba el cementerio, hogar del peligroso bandido Yakub Katir Mamed, conocido como La Mula, un listillo que organizó una pandilla de seiscientos mercenarios que se arrogaron la defensa de la ciudad cuando el conflicto entre armenios y azeríes parecía ya más que claro. Tampoco queda estatua alguna de Panah Ali Kan, el fundador del kanato del Nagorno Karabagh (una palabra mitad rusa mitad iraní que significa Jardín Negro por la fertilidad de sus tierras) en cuyo mandato se construyó la ciudad, allá por el siglo XVIII, con el nombre de Agdam: la Casa Blanca. Una Casa Blanca que, por cierto, tampoco está ya. Tampoco queda rastro de su estación de trenes, de sus fábricas textiles ni de sus factorías de mantequilla, sus bodegas de vino, su ajetreada vida como centro agrícola. El taxi pisa restos de sabe Dios qué fecha mientras la mezquita aparece magnífica en su miseria. Bajo del coche a los mismos pies del edificio y miro un hueco para colarme cuando aparece una patrulla del ejército armenio.

Agdam por Hachero

Agdam por HacheroAgdam por Hachero

Tiemblo de pies a cabeza porque normalmente los soldados no se andan con contemplaciones y expulsan a los extranjeros de malos modos. Pero, espera, no, ¡se están haciendo fotos! Me hacen señales, me piden que me acerque. ¡Quieren que les haga una foto! Luego me piden que pose con ellos. No es el ejército terrible y duro que esperaba, me digo mientras les pregunto si es seguro subir a los minaretes de la mezquita. '¡Suba, nosotros estamos ya aburridos de hacerlo!'. Así que, después de hacerles fotos y de sostener una de las banderitas de colores que utilizan para señalar los terrenos minados, subo escaleras arriba en un claustrofóbico espacio lleno de polvo y suciedad. El interior de la mezquita está hecha un horror, el mihrab ultrajado, el espacio de rezo ensuciado, las paredes pintarrajeadas. La Mula se hubiera sentido especialmente violento de haber visto este estropicio.

Agdam por Hachero


Mamed, La Mula, era el tallador de las tumbas del cementerio que está aquí atrás y fue uno de los personajes de Azerbaijan Diary, el trepidante libro del periodista norteamericano Thomas Goltz, el único que asistió a todos los capítulos del nacimiento de Azerbaiyan. La verdad es que Agdam siempre tuvo fama de ciudad oscura, llena de contrabandistas y fugitivos de la ley, incluso en los tiempos de la Unión Soviética. En la ciudad se acantonaron bandas de mercenarios que ocuparon el lugar que el ejército de Azerbaiyan, mal armado y peor dirigido, dejó en la defensa de la región. Un sitio desde el que atacar, o defenderse más bien, al ejército armenio, mucho más disciplinado y efectivo. En Agdam el ejército se desintegraba, las unidades funcionaban con independencia de las demás y al frente se erigían delincuentes de fama nacional, gentes que habían pasado muchos años en las cárceles soviéticas. Unidades que lo mismo luchaban contra los armenios que entre ellas y que tan pronto usaban sus fusiles en las refriegas que los vendían para comprar alcohol o tabaco. Desde el punto más alto de la mezquita, y de la ciudad (porque no hay nada más en pie) el paisaje no deja de sobrecoger: la destrucción es total, más que Hiroshima pareciera que estoy en una de esas ciudades comidas por la naturaleza en las selvas del Yucatán...
Agdam por Hachero

martes, 15 de abril de 2014

Viaje a Ceuta: en el paso fronterizo del Tarajal



Esta valla separa dos mundos.
El mundo de allí piensa que en el de aquí hay un paraíso. Y el de aquí piensa que allí hay un infierno.


Por eso los de allí arriesgan incluso sus vidas para alcanzar ese pretendido edén. ¿Quién en su sano juicio no arriesgaría el pellejo para conseguir entrar en un mundo de color y fantasía?

Pero, como decía, muchos de este lado consideran que más allá se levanta un infierno, lleno de seres peligrosos, calor, arena, polvo y sangre.


Por eso estos últimos vigilan que los primeros no se cuelen en su paraíso. Pero no porque consideren que defienden un paraíso (de hecho muchos consideran que el infierno está en su lado) sino porque no quieren que los del más allá traigan a rastras su desagradable abismo.

Por eso convencen a algunos de los del otro lado para que les ayuden a vigilar que los díscolos del más allá se les cuelen en su mundo.

Y entonces los policías y militares de aquella parte se instalan en su lado de la valla, levantan tiendas que forman campamentos, patrullan serios y se encaraman en las colinas para que los de su propia franja, aunque provenientes de un rincón algo más alejado, se cuelen en la otra zona.



El paraíso no es gratis, claro, y por eso muchos de los que proceden de las tinieblas se encuentran de frente altas vallas, pinchos que llevan nombres de detergente, señores uniformados que empuñan armas, engorrosos trámites burocráticos, manos ávidas en cobrar sobornos y, sobre todo, incomprensión. Piensan que la sola visión del paraíso, detrás de un mar que a veces parece un río, les consuela y les ayuda a superar las vicisitudes que han sufrido (y que sufren). También miran atrás y recuerdan el hambre (algunos), las guerras (bastantes), el atraso (casi todos) y la falta de expectativas (todos) y piensan que merece la pena seguir el camino.




Pero los habitantes del pretendido paraíso están dispuestos a emplear todos los métodos a su alcance para evitar que los seres del Averno se les cuelen en la Gloria. Detrás de la valla algunos señores con uniformes (y lo más desconcertante: algunas señoras con uniforme) les piden papeles que volverían loco a Kafka, otros emplean material de antidisturbios, hay quien extiende crueles leyendas sobre los renegridos seres de las Tinieblas y finalmente se empeñan en demostrarles que en el Paraíso no son bienvenidos los ángeles negros. Por muy ángeles que sean.


Al otro lado de la valla también pululan seres del Averno, con mayúsculas, que engañan a los otros seres del averno, ahora minúsculas, con promesas celestiales. Les ofrecen barquichuelas que crucen ese mar que parece un río, también ofrecen guías que les dejarán en mullidas rocas de afiladas puntas, les hablan de contratos prodigiosos, de trabajo a espuertas y de mujeres ávidas de sus enormes falos o de sus pétreas nalgas.


En este lado temen algo parecido: que sus hermosas mujeres se vayan con esos enormes falos y que esa pétreas nalgas atrapen a sus maridos en tugurios de carretera, que les arrebaten el menguante mercado del trabajo y se hagan con los dineros que sólo sobran en las mentes del Otro Lado.

El último suceso entre los de allí y los de aquí se ha llevado la vida de Quince seres del averno (con minúsculas ahora) y ha obligado a montar guardia a los Seres del Averno (en este caso con mayúsculas) mientras que los de este lado, que es el nuestro, se preguntan unos si es necesario empuñar un fusil contra la desesperación, otros si es necesario que las autoridades vulneren las leyes para que los demás seres celestiales las cumplamos, los más si es de recibo que para todo esto sea necesario ultrajar a la Verdad. Los de allí denuncian que los recibieron a balazos, los de aquí que les atacaron por cientos y tirando piedras. Y ahora, mientras los de siempre defienden a lo de Siempre, y los de Siempre se esfuerzan por demostrar que los de siempre son inocentes, la tormenta tiñe de alerta roja las orillas del Tarajal.


Al otro lado, mientras tanto, siguen convencidos de que aquí se levanta el paraíso y esperan por miles su turno para intentar el sueño. Los de aquí, mientras tanto, piensan en cómo apagar su especial infiernillo y defenderlo de los de allí. La valla sigue impertérrita dividiendo dos mundos: el de allí y el de aquí. Dos mundos que se desconocen tanto como se temen.

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