jueves, 15 de diciembre de 2011

Viaje a Colombia: en un campamento de las FARC




En el mes de enero de 2001 compré un billete de avión en el aeropuerto de Eldorado, en Bogotá, Colombia, para que me trasladara a un santuario terrorista. Nunca pensé que llegar al corazón del mal fuera tan fácil. Porque, a juzgar por las informaciones en medios periodísticos de todo el mundo, el grupo con el que iba a encontrarme estaba formado por sanguinarios asesinos que negociaban con drogas, secuestraban personas inocentes y asesinaban a discreción sin sentir remordimientos por sus crímenes. Sin embargo, en el mostrador de la compañía SATENA pedí un ticket para que el vuelo 9661 me trasladase a San Vicente del Caguán, capital de la guerrilla de las FARC, y la amable azafata me lo vendió sin problemas. Es más: una vez aterrizado en la región sin ningún contratiempo, un taxista me condujo sin dudar un solo momento a mi destino: la oficina de las FARC. Para terminar de situarnos en un mundo al revés, la ‘camarada’ Olga nos recibe, a mí y a dos periodistas más, con un café de pucherete que dos guerrilleros calentaban en un desabrido patio trasero de ladrillo visto y nos pide amablemente esperar al vehículo que nos habrá de llevar al campamento central. Todo muy aséptico y educado como para esconder al monstruoso grupo terrorista del que todos hablan.


Oficina de las FARC en San Vicente del Caguán


Y, sobre todo, de muy fácil acceso, casi del ministerio del interior al centro del terrorismo en puente aéreo. Tan fácil que en la entrada de la oficina merodeaba Lucas Iguarán, ‘el cantor de la guerrilla’, un conocido autor de vallenatos que lucía su traje de camuflaje mientras seguía con la vista el lento descender de una iguana de un árbol: ‘tenemos prohibidas comerlas pero qué buenas están las hijueputas’…




(Lucas Iguarán también siguió el rastro de tantos guerrilleros y en 2008 cayó muerto en una emboscada)


El 9 de abril de 1948 un pistolero disparó a Jorge Eliecer Gaitán, que entonces era el candidato liberal a la presidencia de Colombia, sin saber que con ello no sólo asesinaba a uno de esos raros ejemplos de prohombres que se dan muy de cuando en cuando sino que convertía a su país en una sucesión de violencias mucho más desastrosas que las que estaba acostumbrada a vivir. Porque Colombia, para su desgracia, arrastraba una historia de rencillas políticas aderezadas con ajustes de cuentas, masacres sindicales, bandolerismo rural y gangsterismo de corbata que ese crimen utilizaría como gasolina para hacer arder el país entero durante larguísimas décadas.

El Plan Colombia fue ideado por los EE.UU para apoyar al gobierno colombiano en su lucha contra las guerrillas

Gaitán fue en vida un populista de discurso eléctrico que agitaba a la masa con un calambre colectivo que despellejaba a los más pudorosos. Las fotos de Gaitán nos dejan el retrato de un hombre enérgico, repeinado hacia atrás y de larga nariz. Una instantánea repetida en los libros de historia lo muestra ya cadáver, tumbado en una camilla y rodeado de médicos que se afanan por aparecer en una imagen que presumen histórica, el flequillo despeinado, el rostro esforzado en una triste mueca de estupor. Su muerte frenó una carrera fulgurante que comenzó dos décadas atrás, en 1928, cuando los militares colombianos se pusieron al servicio de la odiada United Fruit y asesinaron en la región del Magdalena a un número de braceros que aún hoy genera acaloradas discusiones. Hay quien habla de mil jornaleros muertos por atreverse a cuestionar las duras condiciones laborales que les imponían los señores gringos en las grandes plantaciones de bananos. Los charcos de sangre dibujaron letras en el suelo a las que sólo supo dar forma el nobel de literatura, Gabriel García Márquez, para escribir su más célebre libro, Cien Años de Soledad, y dar por inaugurada la temporada de masacres contemporáneas y el realismo mágico colombiano. La fama de Gaitán creció como la espuma con su encendida defensa de los indefendibles y se ganó, como cosa evidente, la crítica del partido conservador, que lo veía peligroso para sus intereses, pero también del liberal, el suyo propio, que lo consideraba fuera de control. Gaitán, cosas de la historia, se dirigía aquel fatídico 9 de abril de 1948 a encontrarse con un joven estudiante cubano que quería conocerlo en persona: Fidel Castro.



La muerte del enérgico Gaitán removió el país hasta un nivel de demencia y tanta sangre se derramó que los historiadores colombianos denominan a aquella época, por consenso y sin pudor, ‘La Violencia’. Bogotá ardió por los cuatro costados, los edificios, la mayoría de madera, quedaron reducidos a cenizas, ardió la sede de gobernación, la nunciatura apostólica y los conventos de las hermanas dominicas, ardieron las joyerías, los almacenes, los soldados ardían en deseos de disparar pero no sabían a quién y unos disparaban a la multitud encolerizada y otros disparaban a los compañeros que disparaban a la multitud encolerizada. Los liberales acusaban a los conservadores, los conservadores acusaban a los comunistas, los comunistas a la CIA y éstos buscaban en el mapa dónde estaba esa Bogotá tan bullanguera.

Mientras, perdido en la selvática región del Quindío, un leñador serio y con cara de triste llamado Pedro Antonio Marín se preguntaba cómo sacar algo más de dinero al surtido de mercancías que quería colocar en algún comercio de su vereda. Pedro Antonio, un jovenzuelo sin mucho mundo, veía la política como un negocio de señores letrados, esos tipos que aparecían de vez en cuando por los caminos embarrados quejándose del lodo y de la humedad, y si tenía el carnet del partido liberal era más por influencia familiar que por convicción propia. Pedro Antonio, el muchacho circunspecto y taimado que tenía fama de honrado y buscavidas, estuvo a un tris de perder su trasero y su flequillo porque en uno de sus viajes de negocios descubrió a unos grupos muy organizados descuartizando a sus posibles clientes. Huyó al monte y comprendió que la muerte de Jorge Eliécer Gaitán había dinamitado el país y que los conservadores perseguirían liberales allá donde estuvieran sin darles posibilidad de nada más que de encomendarse el Supremo Hacedor antes de perder miembros y aliento.

Campamento de las FARC

Y Pedro Antonio juntó a sus catorce primos, les arengó en un improvisado liderato por el que nadie habría apostado jamás y formó el germen de lo que más tarde habría de conocerse como Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC. Sus primeros pasos los dio en El Davis, un campamento campesino unido por la desesperación y atemorizados por los asesinos que peinaban la selva buscando liberales. Pronto supieron que esos hombres se hacían llamar ‘Los Pájaros’ y que no los perdonarían si los hallaban en su rudimentario campamento. Pedro Antonio, además de brazos fuertes de leñador, tenía una extraordinaria puntería y pronto le pusieron un mote, que no apodo: Tirofijo. Un apelativo que le molestaba sobremanera y que cambió por un alias, que parece algo menos ofensivo: Manuel Marulanda, el nombre de un sindicalista torturado hasta la muerte por la policía de Bogotá en plena represión de La Violencia.

Y así surgió la sagrada trinidad de la guerrilla colombiana: Pedro Antonio Marín como el Padre, Tirofijo como el espíritu que santificaría cada disparo, Manuel Marulanda como el Hijo que redimiría de los pecados al campesinado colombiano. Con su triple personalidad, y la extraordinaria habilidad para esquivar retenes militares, bombardeos y encerronas, la fama de Tirofijo creció hasta convertirse en algo más que un simple campesino enfadado con el mundo. El gobierno decidió que su rival tenía que ser comunista y Marulanda, el Hijo, aceptó el envite: sería comunista, aunque no supiera muy bien qué era eso.

Luis Edgar Devia, alias Raúl Reyes, lee el periódico en su refugio del Caguán

Luis Edgar Devia nos recibió en plena noche, saliendo de la selva con una ligera preocupación por el retraso, (casi cinco horas de trayecto por lo que antes fue una selva y ahora no más que un pastizal salpicado de ganado), nos acompañó a una precaria cabaña y abrió una botella de Amaretto en nuestro honor. Luis Edgar Devia era el alias de Raúl Reyes y las autoridades colombianas lo describían como el administrador del dinero recaudado por las FARC en materia de secuestro, extorsión y narcotráfico. Con orden internacional de búsqueda y captura por terrorismo, sedición, secuestro y asesinato, responsable de acciones terroristas en las regiones del Putumayo, Huila y Caquetá, Luis Edgar no tenía más alias que Raúl, Reyes, y tal vez por eso era segundo, y no primero, como Marulanda, que sí tenía mote y alias. Veterinario de profesión, según me aseguró, se integró en la guerrilla en los años setenta y desde entonces su carrera era fulgurante en la organización. Tanto que, además de la INTERPOL, lo buscaba la justicia norteamericana como cabeza de un cártel de narcotraficantes y su cabeza tenía un buen precio a pagar por el gobierno colombiano. Sin embargo, parecía una persona ensimismada, más que ausente, y de un porte tan tranquilo que difícilmente podría imaginarlo volando un puesto de policías. Escondido en la selva, al amparo de una república independiente de pacotilla y tomando licor a la luz de un farol no ofrecía la terrible imagen que se le supone a un terrorista. Su aspecto, además, ayudaba a la relajación. Pequeño de estatura, rechoncho, de rostro redondo y barba canosa, el Comandante recordaba más a un abuelo entrañable que al feroz asesino que retrataban las crónicas. Unas anticuadas gafas, de esas que ocupan media cara, remataban la descripción de un hombre siempre vestido de camuflaje y tocado con una gorra militar. Próxima ya la medianoche, Reyes nos guió a través de una maraña de raíces y de cuerdas entrecruzadas en la oscuridad de la noche selva hasta asegurarse de que nos dejaba en la cabaña correcta. Algún ronquido indicaba que, ahí, en esa masa oscura, dormían los guerrilleros en catres al aire libre. Luego se perdió en la negrura alumbrándose con una linterna.


Jóvenes guerrilleros en un campamento de las FARC


El 1 de marzo de 2008, años después de mi encuentro, Reyes escuchó el vuelo nocturno de un avión, husmeó el aire y concluyó que su refugio no podría salvarle esta vez. Y eso que se encontraba casi dos kilómetros Ecuador adentro, cruzada la débil frontera que separa el departamento colombiano del Putumayo de su vecino del sur. El bombardeo de la aviación colombiana no sólo se llevó por delante al que entonces ya todos consideraban número uno de la guerrilla de las FARC: también murieron quince guerrilleros vestidos con pijamas, sus guardaespaldas, y las mujeres encargadas del cuidado personal del Comandante resultaron heridas de gravedad. Entre los damnificados, una estudiante mexicana que, aseguraba ella, casi pasaba por allí, y, sobre todo, las relaciones diplomáticas entre Colombia y Ecuador, país este último que aseguraba sentirse invadido. Poco antes había sido detenido Simón Trinidad, el alias de Juvenal Ricardo Palmera, al que también había conocido años atrás en San Vicente del Caguán, y poco después habrían de morir Iván Ríos, miembro del secretariado, víctima de su propio guardaespaldas, quien habría de cortarle una mano para demostrar al gobierno que la muerte era cierta, y el propio Marulanda, o Tirofijo, aquel Pedro Antonio, según las FARC de muerte natural, y el sanguinario Jorge Briceño, alias ‘Mono Jojoy’, y por último, hasta ahora, Alfonso Cano, otro alias pero este de Guillermo León Sáenz Vargas, el relevo de todos ellos hasta su muerte. Desapariciones, en algunos casos, más parecidas a modo de ejecuciones llevadas a cabo por las cada vez más prestigiosos cuerpos especiales del ejército colombiano, ayudados, eso sí, por militares norteamericanos y, dicen las malas lenguas, con tecnología israelí... 

Cuerpos especiales del ejército colombiano para la lucha antisubversiva en la Amazonía


Guerrilleros de las FARC
Las muertes de las FARC se aceleran en los últimos tiempos, estancados en una guerra que despierta fervor en otros puntos del globo entre los románticos de la lucha revolucionaria del mismo modo que desata la cólera de los que la ven como el último reducto de una época. ¡Cómo han cambiando las cosas en diez años! Una década atrás, las FARC tenían al menos veinte mil hombres armados, un auténtico ejército alzado en armas, controlaban amplias regiones de Colombia, pensaban en invadir Bogotá e instaurar su república bolivariana. La amenaza de aquellos campesinos, el tal Pedro Antonio y sus catorce primos, había crecido hasta convertirse en una alternativa al poder. Sus acciones guerrilleras, atentados para el gobierno, se multiplicaban por todo el territorio nacional. Asaltaban puestos de policías en el Cauca, secuestraban congresistas en la mismísima ciudad de Cali, sus frentes avanzaban por la serranía de la Macarena, dominaban la selva, las montañas, los llanos. Tanto era su poder que el gobierno accedió a negociar y les cedió una amplia región para que montaran un parque temática dedicado a la lucha revolucionaria. La región, situada en el departamento del Caquetá, tenía una extensión similar a Extremadura, cinco municipios principales más varias veredas, que es el modo en el que los colombianos denominan a las aldeas secundarias. San Vicente del Caguán era la población más importante de la conocida como ‘Zona del Despeje’, cuarenta mil kilómetros cuadrados en los que el gobierno colombiano prohibió la entrada a un refunfuñante ejército para mantener unas negociaciones que sellaran la paz. Durante tres años, los guerrilleros desfilaron sin cortapisas por las calles de las ciudades, se mezclaron con observadores internacionales, prensa de los rincones más remotos, líderes sindicales y campesinos, y vecinos de la región.


Patrullando por la selva
A pesar de las garantías del gobierno, los líderes guerrilleros no se dejaban ver por las calles de San Vicente, donde mantenían una oficina de recepción de visitantes. Preferían sus escondites en la selva, fortificados en el interior de la jungla por si acaso como habían hecho durante cuarenta años de lucha. ¡Y cómo saber que aquello era por fin la selva y que la selva es tan frondosa como las películas de selva pero que la que alojaba al Comandante no era una selva de verdad sino una selva que fue, un parche en un mapa, una pincelada que sólo adquiría su verdadero sentido vista desde el aire, donde quedaba convertida en un topo verde oscuro rodeado de grandes extensiones de verde claro! El Comandante intentó convencernos de que aquello sí era una selva, que había un río con una poza donde se lavaban los guerrilleros, gusanos gigantes que se ponían de pie a tu paso y una comunidad de monos que gritaba cuando te acercabas. Pensé entonces que vivía en un ejemplo de selva, porque el resto cayó deforestado ante el empuje del pasto para las vacas, y que así es muy fácil esconderse porque nadie busca a un líder guerrillero en un ejemplo de selva.


Una guerrillera de 13 años

Por el campamento del Comandante se paseaban muy solemnes tres guerrilleros altos y rubios de caras aniñadas y vestidos de soldadotes. Son escandinavos, comentaba Reyes, y simpatizan con nuestra causa. Por si acaso, me prohibieron fotografiarlos y, tal vez como premio, me enseñaron una tienda de campaña con sistemas de comunicación por satélite, una incipiente conexión a internet y unos rudimentarios radiotransmisores. La vida en el campamento no tenía mucha emoción una vez que el cerebro componía una suerte de mapa mental. A las cuatro y veinte, los rebeldes se levantaban de sus catres, sus ejercicios matinales resonaban por la selva: uno dos tres cuatro uno dos tres cuatro. Les escuchaba correr por la noche selva, cantaban, charlaban y olía a café. Con las primeras luces formaban en un claro, se distribuían las tareas, miraban a los extranjeros con una mezcla de curiosidad y lejanía. Los veía caminar por un sendero cargados de bombonas, los veía conducir una vaca al matadero, pistola en mano, los veía levantar una red para jugar al voleybol. Y sobre todo, los veía jóvenes, muy jóvenes. Había guerrilleros de dieciséis, de diecisiete años, en San Vicente conocí a una chica de catorce años haciendo guardia, parecía una guerrilla de juguete que dispararían balas de terciopelo. Pero no, las balas eran de verdad, y ya se encargó el asistente personal del Comandante de mostrármelo. Arley tenía fama de certero en sus disparos y de buen adiestrador. ‘Le enseñaré a montar un AK47 y a disparar una pistola Baretta, muy buenas, son italianas’. Y en un claro del bosque aprendí que el AK47 no tiene mucho retroceso pero sí que deja sordo al francotirador y que disparar con pistola no es tan divertido como con la videoconsola. 'Miren ustedes', comenta Arley, 'este fusil tiene un precio de dos millones y medio de pesos, es un Galil, de fabricación israelí y perfecto para un asalto, y ahora verán qué tan fácil es desmontarlo'. La camarada Eliana lleva veintiséis años de guerrillera, toda una veterana, y me mira como se mira a un niño que empieza a andar. La han capturado dos veces y las dos veces escapó, así que me supondrá un pringao. Arley desmonta el fusil en un abrir y cerrar de ojos y comprendo que detrás del ridículo sólo hay vacío así que dejo el arma a un lado y miro distraído al cielo: que la monte él...

Arley me enseña el manejo del AK 47 (con escaso éxito)
Yurleni es la cocinera personal del Comandante. Hoy prepara un arroz con pollo: mucho arroz, poco pollo. El pollo me caía simpático, siento su muerte, el cuello partido cuando hace unos minutos corría frenético detrás de algún fantasma del mundo de los pollos. Yurleni lleva tres años en la guerrilla, me dice, y ahora que lo piensa, igual en su casa están preocupados porque se enroló sin despedirse. Siempre quiso ser guerrillera: desde pequeña. Estudió hasta cuarto de primaria, asegura, pero soñaba con los ‘compañeros’, soñaba con luchar contra la opresión, dice cándida, con liberar al país del yugo que le impide crecer. Yurleni se extraña de que le pregunte por qué se enroló con las FARC y no con el ELN. No sabe que exista nada que se llame ELN. Ejército de Liberación Nacional, le digo, asombrado de que no conozca a la segunda guerrilla del país, y casi del continente. Yurleni dice que no me miente, que no sabe qué eso del ELN, que ella es de las FARC, y su compañero también. Y coge un plato de arroz con pollo, este sí tiene mucho pollo, y se lo lleva a su Comandante…


Yurleni, la cocinera de Raúl Reyes
Yeni es otra de las cocineras del Comandante. Buen plantel de cocineras tenía el Comandante. Cuenta que trabajaba en la ciudad sirviendo como criada y que tenía una hiha en Cali pero que se la dejó a los señores porque decidió entrar en la guerrilla para acabar con gente, precisamente, como sus señores. Y como ellas, las experiencias de todos estos muchachitos parecían cortadas por un mismo patrón. Suelen venir de territorios controlados por la guerrilla, tienen amigos y familiares formando parte de la guerrilla y parecen desconocer casi todo del mundo. ‘Cuando entras en el ejército del pueblo pierdes el resto: la familia, los amigos, los fines de semana… pierdes hasta el nombre’. Eso me cuenta Óscar, que tampoco se llama Óscar, agarrado al kalashnikov que ha sustituido a la azada que usaba para sembrar yuca y maíz. Lo miro y bien y no dejo de ver a un crío. Pocos habían cumplido los veinte años: los había de dieciséis, y de diecisiete, eran normales los de dieciocho, pero también los había de quince y en San Vicente me topé con una chica recia y fortachona que decía tener sólo trece y llevar ya dos en la guerrilla. El comandante Pablo, destacado en la capital del Caguán, me decía que mejor combatiendo que tirado en una calle, que mejor formándose como soldados que aprendiendo a drogarse y a robar, que mejor en las FARC que en el ejército. También me dijo que sus hijos ya sabían disparar y que sabían montar y desmontar fusiles (agradecí entonces que no me hubiera visto en el campamento hacer el ridículo con el AK).






A las siete de la tarde, la aburrida actividad del campamento se interrumpe. Ya ha caído la noche, ya hemos vuelto a comer el reglamentario arroz con pollo, el sueño amenaza a los muchachitos que llevan despiertos desde las cuatro y veinte de la mañana. Es el momento de la clase política. Reunidos en una gran choza, y presididos por una pantalla de televisión, los guerrilleros se sientan en bancos de madera al estilo de una iglesia y un cargo medio les lee pasajes políticos, un cargo con bigote, un cargo que es cargo por méritos militares, quiero pensar, porque apenas puede leer con fluidez. Se equivoca, y se vuelve a equivocar, lee con dificultad y la habitual pesadez de un discurso político teórico se añade la lectura enmarañada. Los jóvenes atienden con los ojos muy abiertos, se les nota que vuelan con la imaginación, en alguno se adivina un sueño profundo. A mi lado mis compañeras de viaje parpadean nerviosas. De pronto, todos callan: son las siete y media, la hora del noticiero. El presentador anuncia que las FARC han colocado una bomba en el centro de Medellín y que han volado un centro comercial. Las FARC, repite un oficial de la policía en la pantalla, han vuelto a actuar con la crueldad de siempre. Carraspeo nervioso porque estoy rodeado de las FARC y de su pretendida crueldad. Un muchacho se levanta y protesta: ‘siempre nos acusan a nosotros pero no hemos sido, ¿cierto señor?’, y el cargo medio también se revuelve nervioso, ‘no, nosotros no hemos sido’…


Jóvenes guerrilleros se aburren en la clase de política

Qué ocurrió con aquel parque temático, aquella Farcalandia? La guerrilla tenía poder, el santuario recibía visitas de gerifaltes extranjeros, delegaciones de organizaciones de derechos humanos, partidos políticos (‘hace poco estuvo aquí una delegación de Izquierda Unida’, me confesó el Comandante un día), estudiantes, aspirantes a revolucionarios, independentistas violentos y no violentos. Reyes aseguraba que la lucha seguía fuera del santuario porque el gobierno así lo había querido pero se me hacía un tanto difícil alternar conversaciones de paz con atentados en el norte del país y secuestros en el sur. Reyes quería instaurar un estado marxista, reconocía cierta simpatía por el régimen de Hugo Chávez y decía recaudar un impuesto por el cultivo de la hoja de coca. ‘Pero no por su procesamiento, nosotros cobramos por sembrado, porque los campesinos tienen que sobrevivir y si en lugar de coca siembran maíz, cobramos igual’, me decía, pero sin salirse jamás de un discurso rígido y anclado en un mundo que parece haber desaparecido tan rápido como la selva que lo protegía. El descaro fue tan grande que incluso decidieron secuestrar a congresistas colombianos dentro del área del despeje. Y fue el principio de su declive porque la víctima elegida se convirtió en una celebridad mundial: Ingrid Betancourt.




A la ciudad de San Vicente del Caguán, epicentro de las esperas con las que la guerrilla regalaba a los que pretendían obtener cualquier tipo de audiencia, peregrinaban mujeres de toda Colombia. Eran madres de militares secuestrados que recorrían todo el país en un arranque de valor muy de madre y que se aventuraban en la selva solas, sin protección, con la esperanza de encontrar a sus hijos detrás de alguna palmera. Madres que lo dejaban todo y que pedían audiencia a los jefes de la guerrilla para que les permitieran ver a sus bebés al menos cinco minutitos, y que volvían llorosas, con la imagen de sus hijos esqueléticos encerrados detrás de una alambrada a la sombra de un bosque tropical, o peor aún, que volvían sin nada porque los altos cargos de las FARC estaban muy ocupados, o no tenían ganas, o ya habían recibido demasiadas visitas. Madres que recorrían un país para volver con unos huesos envueltos en unos trapos, convencidas sin convicción de que llevaban a sus hijos muertos por fin a enterrar. A las puertas de la oficina de las FARC en San Vicente, en la plaza central, las madres se arremolinaban, iban en grupos, de dos en dos, solas, esperaban al sol, a la sombra, sentadas, bebiendo café.




Luz Amparo, por ejemplo, tuerce el gesto, esconde una pena. ‘Es que, mire usted, mi hijo tiene veintiún años y ya lleva dos y medio secuestrado, y ahora está mejor porque antes sólo le daban de comer frijoles, arroz y lentejas y ahora, al menos, también le dan sus huevitos, algo de fruta y de vez en cuando un poquitico de carne’. Su voz se estremece, sentada en una silla de plástico blanco a la sombra de un bar. ‘Fui al monte para entrevistarme con el Comandante y pedirle que, si no los iban a soltar, al menos les hicieran una cancha para jugar y les mejoraran la comunicación porque lo que realmente mata a las mamás es la falta de noticias pero ahora, y gracias a Dios, está mucho mejor… el otro día hablé con él y lo encontré tan mayor… pero ahora tienen televisión y hasta música y periódicos…está tan flaco…’ Luz mira al cielo mientras arruga una foto descolorida ya de por sí arrugada y vuelta a arrugar.




Orlando también ha recorrido el país. Orlando es un muchacho valeroso, no se desanima, busca a su hermano pero los comandantes no le dan audiencia. ‘Mi hermano participaba en una operación de erradicación de laboratorios de procesamiento de cocaína pero algo salió mal y los capturaron’, cuenta sombrío Orlando. ‘Eran cinco y terminaron en una mazmorra, no vio el sol durante año y medio, sólo podían lavarse una vez al mes pero un día se escaparon y se escondieron en una casa pero un soplón los delató y nuevamente los encontraron, señor’. Su historia se complica porque, ‘encabronados como andaban, ahí mismo mataron a cuatro, aunque hay quien dice que fueron los cinco, aunque si fueron cuatro queda un huequito para la esperanza, no es cierto, igual el que no murió, si es que no murió alguno, fue mi hermano, y ya han pasado dos años y medio de todo aquello y cada vez está menos claro quien está vivo y quién muerto, y si hay alguien vivo, y si toda esa historia no es más que un cuento. Pero si está vivo quiero saberlo y si está muerto, también, y llevar por lo menos sus huesos para darle cristiana sepultura en un rincón allá en mi tierra…’




Por las calles de Bogotá, cada año, desfilan esas mismas madres, esos mismos hermanos, esas mismas caras desencajadas. Piden la liberación de sus familiares, llevan cadenas, fotos descoloridas, carteles. Marcos Baquero, por ejemplo, era concejal en su municipio, San José del Guaviare, pero no era político: un líder campesino, más bien, antiguo raspachín de esos que se levantan a las tres de la mañana para raspar matas de coca antes de que amanezca, cocalero más tarde, de esos que hacen quesitos para que los narcos los refinen y saquen monstruosos beneficios. Marcos, un tipo humilde, sencillo, un luchador, acabó en manos de las FARC, dos años metido en un hoyo sin más compañía que un gato, al que terminó por hablarle para no perder la razón, y sus cadenas, no fuera a ser que le diera por escapar. Las FARC, inmersa en su propia lógica, perdió de vista el mundo que la rodea. Y el mundo que la rodea, aburrido de guerra, se empeñó en perder de vista a las FARC.

El hermano de Roberto Quirós protesta así por el secuestro de su hermano: con cadenas al estilo de las que usan las FARC 
El Mayor Edgar Yesid Duarte fue prisionero de las FARC durante 13 años para morir fusilado a finales de 2011



Comandante, le dije un día al Comandante, tengo la duda de que si mañana se lograra la paz usted no sería capaz de habituarse a vivir en una ciudad sin el permanente estado de guerra en el que ha vivido toda su vida. Ningún problema, contestó el hombre, yo me hago a todo, decía, pero dudé porque en su cara vi una duda y pensé que no tenía esperanza de ver el final de ningún conflicto. Y entonces me contó que era veterinario titulado, que tenía hijos y que vivían en Bogotá, y que ya estaban grandes y entrando en la universidad y sentí una extraña sensación cuando lo imaginé acudiendo puntual al banco el día cinco de cada mes para ingresar un dinerito para sus hijos...



La zona del Despeje fue el logro más exitoso de las FARC y, creo suponer, también el principio de su declive. Reyes había alcanzado la cúspide de su carrera guerrillera. Era el portavoz de la más poderosa guerrilla del planeta, sus peroratas en la aldea de Los Pozos, convertida en el escenario donde se mostraba al mundo los progresos de las conversaciones, se retransmitían vía satélite a todo el mundo, Reyes estaba sentado junto a Marulanda, junto a Cano, cogido del hombro del Mono Jojoy, charlaba con Timoshenko, con Granobles, se le veía atender a una entrevista de la CNN, del País, de TVE, de la BBC. Los Pozos no tenía agua corriente pero sí internet satelital y conexiones en directo con cualquier estudio de televisión de Europa. ¿Y todo para qué? Los campesinos exponían sus idearios, los estudiantes escuchaban atentos a la guerrilla que plantaba cara al gringo explotador, los admiradores viajaban desde países de nombres irreproducibles para tocar con sus manos a los muchachos analfabetos que, de pronto, eran héroes del anticapitalismo mundial. Por no hablar de las muchachas que peregrinaban para conocer el ardor guerrero de los guerrillos. Los revolucionarios del siglo veintiuno llegaban a un remoto rincón de la selva para encontrarse un líder envejecido con cuarenta años a sus espaldas portando una mantita al hombro y un extraordinario sentido de la supervivencia.


La estrategia del secuestro ha minado la credibilidad de las FARC pero el ejército tiene cifras aún peores...

Reyes desgranaba lentamente, con una lentitud exasperante, los motivos de su lucha a quien quisiera escucharlo. ‘La clave está en los derechos del colombiano, usurpados por la oligarquía, hay que restituirlos porque les son negados, hay que reclamar por las malas ejecuciones del gobierno y del estado, por las medidas represivas, por el accionar violento del ejército, de los propios paramilitares’. Cuando hablaba así temía responderle con un sonoro bostezo como el de sus propios soldaditos cuando les adoctrinaba el cargo medio con bigote. ‘Queremos un estado nuevo, bolivarista, patriótico y democrático, un diálogo que verse sobre doce grandes temas, desde el empleo a la salud, la educación, el bienestar de la gente..’ Mientras hablaba con el Comandante, los muchachos no se atrevían a acercarse, sabe que el jefe hablaba de grandes temas, concretamente de doce, así que se limitaban a vigilar en la distancia con sus armas en bandolera. 


Policías inválidos por la guerra recorrieron el país pidiendo la libertad de los detenidos


El penúltimo episodio arrojó aún más descrédito a las FARC cuando los guerrilleros ejecutaron a finales de noviembre de 2011 a cuatro prisioneros, uno de ellos con catorce años de secuestro a sus espaldas, para evitar que cayeran en manos del ejército durante un enfrentamiento. Larguísimos años encadenado, condenado a vivir una existencia miserable en la selva, comido por la incertidumbre y por los bichos, en soledad, para terminar con un disparo en la cabeza. Demasiado cruel incluso para el peor de los asesinos. Una tumba tan grande que dentro cabe, también, el espíritu revolucionario de una guerrilla que se desinfla a ojos vista dejando tras de sí un reguero de cadáveres.

Y dejando, también, vía libre a sus enemigos.



Las conversaciones en el Caguán siguieron aún unos meses más pero las mías con el Comandante Reyes habían llegado a su fin. Una madrugada, antes de que los muchachos saltaran de sus catres, un camión con varios guerrilleros que cambiaban de destino nos trasladó a San Vicente. Las charlas con Luis Edgar no habían sido ningún avance para intuir el fin de un conflicto con cincuenta años a sus espaldas. Recordaría durante mucho tiempo al peligroso y perseguido número dos de las FARC con su sonrisa apacible, repeliendo preguntas más que contestándolas, con una sonrisa apacible bajo la que guardaba un discurso ortodoxo, marxista de los de antes, repetido mil veces ante periodistas de medio mundo.

En otra ocasión me entretendré en contar cómo era la vida en San Vicente del Caguán, una ciudad dominada por la guerrilla, donde un juez servía helados con un carrito callejero y los más pobres entre los pobres adoptaban a los huérfanos de la guerrilla...





© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com



martes, 6 de diciembre de 2011

Viaje al Perú: en busca de la ayahuasca

Ayahuasca 








Había leído tanto sobre los extraños ritos de los indígenas de la Amazonía que apenas encontraba algún relato nuevo que me sorprendiera. Aunque más bien, todo lo contrario: que me dejara de sorprender.  Era una sorpresa inversa donde la sobredosis de asombros no terminaban por insensibilizar. De todas las historias la que más me admiraba hablaba de una extraña liana que algunos pueblos locales utilizaban para averiguar el futuro. O para dirimir cuitas. O para volar como un pájaro y colarse en aldeas remotas. En mi adolescencia una película tan ñoña como La Selva Esmeralda me producía inquietud: imaginarme rodeado de extraños habitantes de la jungla que soplaban por mis narices unos polvos mágicos que me convertían en águila excitaba mi imaginación y me prometí que alguna vez yo también volaría como un ave rumbo a nosesabe dónde. En muchas de aquellas ceremonias, en las que se mezclaban rituales de circuncisión con prácticas chamanísticas, había una palabra que se repetía con un respeto solemne: Ayahuasca. Donde un científico ve una liana de complicado nombre (banisteriosis caapi) y un ajeno una cuerda vegetal que pende de las alturas, los indígenas amazónicos supieron ver la sombra de algún dios burlón escondida tras un complicado proceso de cocciones y decocciones. Para enredar un poco más la madeja, donde cualquiera ve una enredeadera, un campesino ve un bejuco y donde un chamán ve ayahuasca, un colombiano ve yagé. Por si acaso, y siguiendo los pasos de conocidos aventureros como De la Cuadra Salcedo o Tahir Sha, me interné en la selva del Amazonas peruano para descubrir qué era eso del bejuco, de la liana y de la ayahuasca. O yagé. Al final, y por reduccionismo: dimetiltriptamina, o DMT, un alcaloide que esconde al más poderoso alucinógeno de la naturaleza. Para los gobiernos occidentales, una droga. Para los indios shipibo, por ejemplo, una puerta con el Más Allá. Una abertura que precisa de otra sustancia que los locales conocen como chacruna y que es la hoja de un arbusto de la familia del café, la diplopterys cabrerana, mezcla imprescindible para que la liana mágica surta efecto. Una unión un tanto redundante porque esas hojas tienen también una fuerte presencia de la ya mentada DMT.






Así que viajé al estado de Loreto, en un remoto rincón del Perú. Una región con capital en Iquitos, una urbe de medio millón de almas que, sin embargo, sólo tiene una carretera y no llega a ninguna parte. Aislada del resto del país, Iquitos guarda una templada mezcla de aldea rural y metrópolis, un cuerpo extraño a orillas del río Amazonas con aspecto de villorrio rural habitado por aventureros curtidos. Iquitos, además de punto de partida de expediciones al interior de la selva, es el centro mundial del turismo alucinatorio. Claro que no son hordas de visitantes los que desembarcan en su aeropuerto de juguete sino contados peregrinos que parecen haber probado ya de todo antes de sumergirse en la que aquí conocen como Soga del Muerto. 


Cuentan los mitos indígenas que la ayahuasca fue un regalo de los dioses y que dependiendo de su tipo el consumidor puede ver sucesos que ocurren a distancias muy lejanas, o que puede uno volar y ver a sus seres queridos, que es capaz de tomar las decisiones justas y adecuadas para situaciones extremas y que, en definitiva, es el mejor purgante amazónico, tanto para el cuerpo como para el alma. ‘Te despeja y ves la belleza amazónica’, me comenta una vendedora del Pasaje Paquito, una calle dedicada a los remedios selváticos en la ciudad de Iquitos. En Pasaje Paquito se vende todo. ¿Quiere recuperar el respeto de sus enemigos? ¿un remedio para ese hígado hinchado? ¿mal de amores? ¿ayuahuasca ya preparada? Los que la conocen hablan de sudores fríos, vómitos irrefrenables, larguísimas diarreas y alucinaciones con profusión de animals exóticos, pero cuentan todo eso con admiración, casi con deseo de volver a experimentarlo, y yo tiemblo al pensar en abrir todos mis orificios a la enigmática planta. ¿Cómo sentirse atraído por una experiencia que te arrojará a un rincón con las fauces abiertas y el vientre desecho? Algo debe de tener la misteriosa planta como para que la gente se decida a probarla y luego hable maravillas de una experiencia tan traumática.






En mitad de la selva, un indígena shipibo cuece la pócima mágica en un perol de cuento. Cada cocinero tiene su propia receta y desde la primera ‘tomata’ que degusté (o disgusté, más bien) hasta la última, ninguna de las experiencias fue ni siquiera parecida. Mi ensayo inicial se basó en la receta más básica: ayahuasca y chacruna. Perdidos en la jungla, a cuatro horas de navegación en canoa por varios afluentes del Amazonas, perdido ya Iquitos en el recuerdo, no había escapatoria posible. Me preparé durante dos días comiendo poco, apenas un plato al día de una escasa ración de arroz y algo de pollo, de cuando en cuando un bocado a una fruta, mucha agua y largos paseos por la ribera de un río, aterrorizado por el ocelote que el dueño de la finca, un gringo de Chicago llamado Scott, tenía de mascota. El ritual comenzó de noche, en una maloca situada en el centro de la Nada Más Absoluta, en un claro de la selva, a resguardo del relente con una techumbre de hojas de palma, un espacio circular y bastante amplio, muy separados los unos de los otros. Los unos éramos mi hermano y yo. Los otros, el chamán Guillermo, un indio shipibo cargado de unos extraños abanicos de palma, y Scott, el gringo. 




La ingesta fue, valga la gracia, indigesta. Hay que levantarse del sitio, desplazarse ceremoniosamente hasta el improvisado altar donde se sienta el chamán, que te ofrece el líquido con una actitud circunspecta, seria, religiosa. Nunca había probado conscientemente un brebaje de sabor tan desagradable, una infusión de color marrón, denso y hediondo, servido en un cuenco de madera, una sensación tan horrorosa que el primer instinto te obliga a escupirlo. Pero no, no se escupe: se bebe, se traga y se soporta el horrible dejo que queda en la garganta con estoicismo y determinación. 


Volví entonces a mi lugar, asignado no sé si por el dios burlón o por el chamán. O por el gringo, que para eso era su finca. Y ahí, sentado y expectante, permanecí erguido, siguiendo los consejos del curandero, ‘abre los ojos, aunque esté oscuro, no te reclines, permanece derecho y espera’. ‘Espera como si estuvieras en el cine’, apostilla Scott mientras sujeta al tigrillo, encaprichado con el muslo de mi hermano.




Y esperé. Miraba las sombras intentando distinguir alguna forma pero era de noche, estaba en una choza oscura y en mitad de la selva. El primer aviso de que algo se movía vino por la oreja: comenzó a chispear y cada gota de lluvia retumbaba en mi cabeza como el más terrible de los aguaceros. De pronto, una ligera penumbra, un perfil sombreado, algo así como un espectro que se levanta en la negrura del recinto, se adelanta con paso decidido y se planta a pocos centímetros de mi sitio. Levanto los ojos con cuidado porque no quiero perder mi plaza repantingándome en el duro banco y ahí está, lo veo: es una pantera antropomórfica, tiene los brazos cruzados, parece serio y enfadado, me mira desde las alturas, y es muy alta. Recapacito: no, me digo, es imposible, es una suma de las sombras, de la escasa claridad, es la ayahuasca, que actúa en mi cerebro, es imposible que una pantera de tres metros haya venido andando como un hombre y se plante frente a mí para recriminarme algo que se me escapa. Pero no, está ahí y a pesar de saber que no está ahí porque es imposible y porque mi cerebro sabe perfectamente que no está ahí: está ahí.


La ayahuasca trepa por los árboles y se pierde en las alturas

La ayahuasca ha comenzado su viaje por el interior de mi cerebro y a partir de entonces todo será un disparate. En esta primera experiencia el resto que me quedó fue de bienestar. Mi cabeza volvió a la infancia, me ofreció recuerdos que no recordaba pero que al desplegarse ante mis narices encendieron escenas que había olvidado pero que sentía como verídicas. La liana se ensañó con mi padre, colocó a mi madre en el papel de víctima, se apiadó luego de él para más tarde regodearse conmigo, cuestionar mis principios, y hasta mis finales, caracolear en reproches innecesarios y terminar en un espléndido fin de fiesta tan sólo interrumpido por los ahogados gritos de mi hermano, que vomitaba muy serio en su rincón. El viaje había resultado intenso, enriquecedor incluso, cuando el chamán enciende la tenue luz de una vela. Me levanto empapado en sudor y en alcohol, aturdido físicamente pero lúcido a más no poder, camino dando tumbos, goteando el licor que el chamán ha tenido a bien escupirme en el rostro mientras me sometía a una extraña limpia de espíritu, apestando a mapacho, el tabaco de la selva que el mismo chamán me ha soplado por todo el cuerpo, con el rasgueo de las hojas del abanico metido en las orejas, un canto monótono e hipnótico que acompaña toda la ceremonia y que conocen como ‘ícaros’.




La segunda ingesta ocurrió dos días después y tuvo un efecto radicalmente distinto. ‘Hoy le añadimos toe’, explica malicioso Scott mientras manipula unas hojas diferentes, con un marcado tono rosáceo. ‘Es como si le echáramos un tripi’, asegura pérfido. Scott es un aspirante a chamán un tanto heterogéneo. Los indios, tradicionalmente, se abstienen de comer durante hasta una semana antes de tomar el bejuco sagrado, tampoco beben alcohol, mantienen una vida recogida, casi de meditación, huyen de las relaciones sexuales y hasta ahuyentan los malos pensamientos. Una preparación a fondo antes de enfrentarse con una planta que les abrirá los secretos de la selva. Así se lo hago saber a Scott. ‘¿Tú estás loco?’, me dice, ‘follar después de tomar ayahuasca es una experiencia maravillosa’, e imagino entonces dantescas imágenes de sexo con monstruos cariacontecidos surgidos del interior de la floresta en lechos encharcados con litros de vómitos. Si él lo dice, me digo, será por algo. Este hombre, un antropólogo norteamericano que ha pasado de instructor de esquí en Bariloche, en Argentina, a aprendiz de chamán en la selva peruana, no puede equivocarse: vive agarrado a un revólver en mitad de la amazonía, duerme con dos ocelotes, uno de ellos tan agresivo que no puede salir de la jaula y el otro empeñado en perseguir a mi hermano con sus terribles fauces abiertas, tiene una colección de botes transparentes con todo tipo de remedios para sus incontables afecciones hepáticas y, como colofón, utiliza la ayahuasca para hacer de sus relaciones sexuales un viaje erótico al Más Allá ... No, no puede estar equivocado...






El toe le da, efectivamente, un punto diferente a la ingesta. Los vómitos se vuelven incontrolables, mi cerebro se ve invadido por una explosión de colores, confundo los sonidos de la selva con un coro de gemidos pornográficos, mi entendimiento sólo entiende de sexo sucio y me veo sumergido en la más extraña vorágine. Durante cuatro horas lucho contra un ejército de muñecas japonesas de dibujos animados que pretenden seducirme en un pueblo de juguete para convertirme en otro cautivo que busque nuevos incautos que añadir a la colección. No, me digo, esto no tiene sentido, y dudo de que los indígenas de la selva disfruten de viajes alucinógenos tan irrelevantes. Recuerdo entonces al joven shuar que me aseguró haber utilizado el bejuco sagrado para encontrar a su hermano, soldado del ejército, atrapado agonizante bajo su jeep tras un accidente de circulación en un territorio remoto, o a los rivales de las aldeas condenados a tomar la liana mágica para poner punto final a sus diferencias, de cualquier tipo, desde las amorosas a las económicas. ¿Cómo poner punto final a una discusión por un cerdo perseguido por muñecas japonesas que pretenden sodomizarte? Miguel De la Cuadra Salcedo asegura que en 1962 tuvo una experiencia telepática y asistió a la cena de navidad de su familia, en Madrid volando tras una ingesta desde la frontera de Colombia con Perú. El ingenioso escritor afgano Tahir Sha persigue el mito de los hombres voladores hasta terminar agarrado a una pluma en una maloca de la selva. ¿Y qué decir del vicioso William Burroughs, sumergido en una estampa en blanco y negro de la selva para sentir nostalgias de las drogas occidentales, mucho más reconocibles para su duro cerebelo?



El turismo ha traído, además de adeptos a la ayahuasca, otros adeptos a prácticas deleznables

La enredadera Banisteriopsis caapi, en realidad, apenas tiene fuerza alucinógena: no es más que un medio a través del que los compuestos tóxicos serán absorbidos por el cuerpo. Y el principal es la harmalina, un inhibidor de la monoaminaoxidasa, un trabalenguas químico tras el que se esconde la incapacidad del cuerpo humano para captar esas sustancias por sí solo. El inhibidor procesa los productos químicos y los alucinógenos entran en el torrente sanguíneo, de donde irá al mismo cerebro. Es un misterio cómo los indígenas descifraron este complejo proceso a no ser que acudamos a una tradición de milenios a base de experimentos malogrados una y otra vez hasta llegar al producto que conocemos hoy. Claro que es difícil imaginarlos probando una mezcla tan extremadamente amarga y nauseabunda una y otra vez hasta encontrar la que ofrecía un viaje más impactante. Porque, si difícil es encontrar la ayahuasca, saber que hay que cocerla junto a la chacruna, y no una vez sino al menos cuatro, hasta quedar reducida a una masa viscosa a la que habrá que añadirle nuevamente agua para que vuelva a precipitar sus alcaloides, si difícil es un proceso que, pensando en una raza suicida de indios que beben incluso lo que su instinto les dice que ni hablar, hay que ponerse en que sí, que lo hicieron, que sus experimentos dieron resultado y te ofrecen un viaje astral en forma de diarrea salpicada de vómitos con seria amenaza de colapso y que necesita ser acompañada de los ícaros, o cantos, para que el viaje realmente merezca la pena.




La ayahuasca entró en la lista de productos prohibidos en España hace unos años aunque se dan historias que no sé si calificar de divertidas o turbadoras. Los adeptos a la secta brasileña del Santo Damié aseguran entrar en contacto con Dios a través de esta bebida. En España proliferan en según qué sitios. Y en nuestro país, desgracias de la botánica, no crece el potente bejuco amazónico. Es necesario traerlo desde Brasil. En el año dos mil la policía detuvo a dos chamanes de la secta en el aeropuerto de Madrid, Barajas, en posesión de dos bidones cargados de un líquido oscuro y denso: ayahuasca. Requisaron la carga, los acusaron de tráfico de estupefacientes y enviaron las garrafas al laboratorio para su pertinente análisis. Alguien me comentó que las garrafas volvieron a los chamanes brasileños porque los resultados no arrojaban trazos de ningún tóxico. En Sudamérica el uso de la ayahuasca se ha extendido también a rincones urbanos. En Bogotá, Colombia, por ejemplo, no es raro quedar en grupos para probar la ayahuasca, en cualquiera de las potentes variedades que se producen al sur del país, variedades con nombres tan sugerentes como ‘Cielo’, o ‘Jaguar’ o ‘Guacamayo’… El parque Botánico, por ejemplo, celebra 'tomatas' regularmente y sus sesiones son antológicas. Todos coinciden: es una medicina para el espíritu. Se trata, en definitiva, de una planta controvertida, que es alucinatoria sin llegar a tener la suficiente cantidad de tóxico como para que lo sea, que es rechazada por expertos farmacológicos por lo fútil de su carga pero que triunfa entre los jóvenes de los núcleos urbanos sudamericanos y entre los turistas aventureros que se internan en la selva (por no hablar de los indígenas, que la ven como un regalo de los dioses). Para terminar de enredar la madeja, en 1986 un listillo llamado Loren s. Miller, de Palo Alto, en California, patentó la planta como un invento suyo, y afirmó haber conseguido una variedad de la Banisteriopsis caapi llamada Da Vine que destacaba por sus propiedades medicinales. En resumen: hay negocio.




‘Sin los ícaros no hay nada, sólo mareo, emborrachamiento’, me dice el célebre chamán de Iquitos Pancho Montes, ‘la música es el instrumento a través del cual el curandero conduce el espíritu emborrachado de la ayahuasca porque esta planta no es alucinatoria, no, no es droga, es simplemente una planta visionaria’. Pancho Montes tiene su propia explicación y le molesta visiblemente que asocien su querida planta, y la que le da de comer, con una droga como las demás. ‘Hace muchos años’, cuenta con cierta torpeza y vestido de chamán, ‘había una familia inca llamada los Aya, uno de los cuales era un rey con habilidades curanderas: cuando el rey murió, eligieron un buen lugar para enterrarlo, mirando al sol, del que le venía la fuerza, pero la tumba tenía una molesta estaca y la arrancaron’. Pancho Montes serpentea con su historia y entre medias apunta a que la historia no es official sino que tuvo una vision en una ingesta de ayahuasca. ‘A sus pies una mujer plantó otro arbusto y cuando volvieron al cabo de un tiempo, ambos habían brotado, la estaca que arrancaron volvió a florecer en la cabeza del muerto y la mata de su amiga a sus pies: se arrodillaron, rezaron y probaron ambas plantas, cada una por su lado, sin resultado: cuando las mezclaron encontraron la puerta al Más Allá: pore so se llama Aya, que significa familia Aya pero también muerto y huasca, que significa soga, y el otro arbusto, la chacruna, que significa ‘esposa espiritual’. Ahí lo tienes’, comenta feliz Pancho, ‘ayahuasca’. Según las teorías de este conocido chamán, o curandero como prefiere él, la ayahuasca tiene un origen incaico y se expandió con algunos viajeros incas al interior de la selva. Según los indígenas del sur de Colombia, sobre todo de la region del Putumayo, el yagé lo hallaron sus antepasados y la historia de Pancho Montes es un enorme timo.

Ilbrando filtra el contenido de las decocciones

Ilbrando me enseña los brotes tiernos de ayahuascas recién germinadas. 'En un año se perderán por las copas de los árboles', dice con los ojos muy abiertos. Ilbrando es cocinero, por supuesto no como Arguiñano sino de plantas visionarias, y vivía en el interior de la selva cocinando ayahuasca muy contento hasta que Pancho Montes se lo trajo a su negocio de turismo alucinatorio. ‘Yo no sabía que esto era una profesión’, cuenta inocente mientras a su alrededor deambulan varios franceses, dos gringos y algunos españoles. ‘La receta de esta ayahuasca es la siguiente’, cuenta ceremonioso, ‘primero se coge la ayahuasca, se la machaca bien machacadita con ese mazo y se le pone en la olla, luego una hoja de lobosanango, una hoja de achunisanango, dos hojas de canelilla, una hoja de toé, de chacruna trescientas cincuenta hojas y quince flores de chirisanango, nada más’.

‘Lo importante son los icaros’, apunta Pancho Montes, ‘sin icaros no hay nada, ni siquiera está usted como borracho, no hay nada porque los icaros son nuestros mensajes, son nuestros asesores, son los mensajes que el curandero envía a la planta, o a un animal, son el medio por el que el chamán hace actuar a la planta’. Ardo en deseos de probar la receta de Ilbrando y de escuchar cantar al chamán que atrae entendidos de medio mundo, incluso a una prestigiosa violinista francesa que lo ha dejado todo para aprender a elaborar perfumes en este extraño lugar. Y la experiencia no me dejó indiferente. Sobre todo por la insistencia del chamán Montes en que debía de vomitar y hacerlo en un montículo situado detrás de los bancos de madera. 'Es la tumba de mi abuela', me dice mientras mi perplejidad crece, 'ella me lo enseñó todo y de la tumba brota también la ayahuasca...' 


Para empezar, de la receta de Ilbrando no entendí casi nada, a excepción del toé, aquel tripi natural con el que Scott me había sorprendido en mi primera experiencia, años atrás. Si había toé, me dije, esto puede acabar en un remedo de after valenciano. Mi primera experiencia con la ayuahuasca de Pancho Montes fue enriquecedora, vi que en el futuro tendría un hijo rubio como el sol y hoy tengo un hijo rubio como el sol y vi que tendría una vida distinta y hoy la tengo. El emboarrachamiento no resultó molesto y las visiones tenían sentido. Pero la segunda ingesta, dos días después, resultó mal y terminó en un absurdo drama que duró toda una noche.


Soldado de las fuerzas especiales de la Amazonía colombiana con su mascota en la frontera con Perú

Dos de los presentes en aquella extraña noche tuvieron una experiencia traumatica, sus gritos resonaban en la noche, suponía entonces a las fieras de la selva escondidas en sus refugios aterrorizadas por los espeluznantes chillidos y súplicas y quejas y peticiones de ayudas y no sé qué más que evitaron que pudiera concentrarme en mi propia tomata. Y cuando sus gritos cesaron, horas después, comencé a sentir la ayahuasca en mi interior. Al principio fue similar a meterse de un salto en una bola de discoteca y fundirse con un rayo de luz de color. Luego fue la impresión de que había perdido el control de mi cerebro. Luego, mi padre, muerto. La vision era tan real que temí que realmente hubiera muerto y tuve que preguntarle al chamán, que se había aburrido ya de la ceremonia, si veía algún cadáver. Me dijo que no y me envió a mi choza pero la ayahuasca seguía ahí, actuando. Tumbado en el camastro veía imágenes en una incesante ruleta, imágenes de rostros conocidos y desconocidos, demasiado rápidas para saber qué eran, y escuchaba un pájaro sobrevolandome, y había más: algo se movía en mi interior. Mi estómago se levantaba como si alien bailara tangos en el duodeno, la sensación de inquietud era desgarradora, el pájaro rozaba mi cabeza mientras mi pareja, que no había tomado la poción mágica, rebuscaba la habitación sin éxito a pesar de que también lo sentía. A las siete de la mañana, exhausto, llamé al chamán y con un silbido en mi cabeza mandó la ayahuasca a hacer puñetas.

¡Ah, la ayahuasca también te juega estas malas pasadas!

¿O acaso avisa de algo?

Poco después, mi padre murió.





Este es un resumen del video que grabé en Iquitos, con Ilbrando y Pancho Montes

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




Donativos

Publicidad