domingo, 1 de enero de 2012

Viaje a Myanmar: el país de las sonrisas y de Aung San Suu Kyi

En la antigua Birmania sonríen hasta las estatuas de los templos budistas

El 27 de mayo de 1990 la enérgica Aung San Suu Kyi ganó las elecciones generales de su país, que ella aún llamaba Birmania, y abrió, sin saberlo, las puertas a un futuro inesperado: tres días después, el 30 de mayo, los militares que dominaban el gobierno anularon unos resultados en los que la menuda líder había arrasado con un 80% de los votos y le refrendaban la condena que ya cumplía: arresto domiciliario. ¿Y por qué estaba condenada esta mujer? ¡Por haber sufrido un atentado a manos de un capitán del ejército! Salió indemne y eso debió encolerizar aún más a un régimen militar acostumbrado a mangonear con cierto estilo macarra. La atribulada líder ya había recibido avisos de que no debía soliviantar al pueblo, al que sorprendía en sus improvisados mítines con demandas de una democracia que los aldeanos no habían oído jamás, acostumbrados a no recibir del poderoso ejército más que malos modos y palos, una permanente represión sangrienta con la que el extravagante querido líder tropical, Ne Win, agasajaba a sus lacayos. Unos súbditos más preocupados por  sonreír y cumplir con sus ritos budistas que con esas cosas del poder. Tanto les gusta a los birmanos eso de sonreír que lo hacen por muy mal que lo pasen, los vi sonriendo en las largas jornadas de trabajos forzados en las carreteras, sonreían los prófugos que atravesaban penosamente la selva para refugiarse en Tailandia, sonreían los desheredados, los niños famélicos, los monjes de rojo maltratados por los soldados.






Rodeado de tantas sonrisas nadie diría que en este país de brazos abiertos y gente encantadora pudiera existir el mal, pero sí, existe, el mal con mayúsculas, el Mal, un Mal frío y calculador, un Mal chulánganas y despiadado, en manos de una cúpula de matones sin escrúpulos que no sólo condenó a la inquieta Aung San Suu Kyi sino que encarceló a todo un pueblo, cambió el nombre a sus sitios y lugares y les obligó incluso a caminar al revés. Dicen las crónicas que el máximo líder, conocido como el Número Uno, Ne Win, era tan supersticioso que cruzaba los puentes andando de espaldas, para no contravenir a los espíritus, y que tenía tanta fijación con el número 9 que todos sus decretos se publicaban ese día. Hasta decían de él que se bañaba en sangre de delfines para burlar al envejecimiento y algo debía de saber porque murió en 2002 a los 91 años... Rodeado de una miríada de adivinos y videntes, Ne Win decidió a principios de los setenta romper con los vínculos que aún lo ataban a los tiempos de la colonia ¡cambiando el sentido de la circulación !. Y así fue cómo desde entonces los vehículos birmanos circulan por la derecha, como los europeos: lástima que no cambió el parque móvil y los volantes sigan, también ellos, a la derecha, como los británicos. Los accidentes son moneda corriente, y pude comprobarlo en mi recorrido por el interior de Myanmar: camiones estampados en los arcenes, ciclistas doloridos por las cunetas, una tensión insoportable cuando mi guía trataba de adelantar mientras yo, con medio cuerpo fuera del vehículo, le arengaba: ahora, ahora...


Frente al malvado dictador se levanta otra vida fascinante, la de su principal opositora, Aung San Suu Kyi, hija del bueno de Aung San, un líder revolucionario que luchó contra los invasores británicos y que consiguió, incluso con encuentros diplomáticos de primer nivel, la independencia para su país. Aung San, pese a sus logros, no pudo evitar que sus compañeros más radicales lo asesinaran al poco de lograr la independencia porque el padre de Suu soñaba con un país desmilitarizado y sus compinches con una dictadura maoísta. No recordará mucho de su figura su propia hija, Suu Kyi, nacida sólo dos años antes de su muerte, aunque sí sentiría la efervescencia de una vida marcada por grandes acontecimientos, luchas, decisiones cruciales para el destino de un pueblo, crímenes y tensión. Ya sin su padre, la joven Suu Kyi no perdió la tensión de las grandes vidas y su madre, diplomática de nivel, recibe el mandato de la embajada de su país en la India, el poderoso vecino, y Suu Kyi recibe otra orden: se formará en la antigua metrópoli, en Gran Bretaña, donde estudiará en la Universidad de Oxford y se graduará en Ciencias Políticas, Economía y Filosofía, en el Saint Huge College, más concretamente, un partidito que siguió su fulminante ascenso trabajando para la ONU. Sin embargo, algo había en su interior que le quemaba: su pueblo era poco menos que un apestado en el mundo, oculto por una deleznable cúpula militar, atrasado e irrelevante en el panorama internacional, el sueño de la independencia había derivado a otra dictadura de corte comunista con los ojos puestos en el vecino Mao. Y en un arrebato muy propio de su gen, decidió volver a Birmania y propagar la buena nueva de la democracia. Y volvió con el visto bueno de su marido, Michael Villancourt, el más refutado experto planetario en el Tibet y el Himalaya, que incluso había ejercido como asesor privado de la familia real del hermético reino del Bután, y con el permiso también de sus dos hijos, nacidos de ambos en el Reino Unido. Algo debió de influir también el primer esbozo que hizo de la vida y obra de su padre, del que salió un libro, Sociopolitical currents in Burmese literature, y los dieciocho años que llevaba sin pisar su tierra natal. Suu Kyi volvió al país de las sonrisas y volvió a encontrarlas pero con un rictus de tristeza...





Sus paisanos seguían sonriendo aunque parecía que más por inercia que por convicción. Estas dos niñas, por ejemplo, tan risueñas y atentas a mi cámara, no tienen motivos para la risa porque son mano de obra esclava que el indigno gobierno militar utilizaba para mejorar carreteras, ampliar puertos y aeropuertos, abrir nuevos caminos en la selva, excavar en minas y canteras... A finales de los noventa, distintas organizaciones internacionales, desde Human Rights a la OIT pasando por Amnistía Internacional, calcularon que entre dos y tres millones de birmanos servían como mano de obra esclava en trabajos forzados. Hablaban de un impuesto especial para evitar esta iniquidad, pero tan elevado que las familias escogían a un miembro de la familia, normalmente niña y adolescente, para que cargara con la multa de todo el grupo. Lo cierto es que los trabajadores estaban al alcance de la vista de los pocos turistas que llegaban al país de las sonrisas, podías topártelos en las carreteras, en los bosques, en las riberas de los ríos.... Esta cuadrilla estaba en el trayecto del lago Inle, uno de los atractivos turísticos de Birmania, hacia Yangon, en una carretera frecuentada por grandes camiones cargados de enormes troncos del árbol de teca, el último gran reducto de esta preciada madera, que se dirigían a la vecina Tailandia...







Pero el país que encontró Suu Kyi no era el de sus recuerdos más lejanos, el de las risas cómplices y los hermosos rostros maquillados con tanaka, el polvo de arroz que les protege del sol: eran más bien risas nerviosas, un país que permanecía como una instantánea fija en los años cincuenta, justo antes del golpe de estado de 1962, un pueblo que tan sólo ha cambiado sobre el papel, en su nombre, de Birmania a Unión de Myanmar, primero, y República de la Unión de Myanmar más tarde, y todos los patronímicos que imaginarse pudiera, y encontró que su capital no era ya Rangún, de la que despegó su vuelo, sino Yangon, en la que aterrizó, y que hoy ya no es ni siquiera eso porque la cúpula militar, en un arrebato imprevisible, la trasladó  en 2007 trescientos kilómetros al norte, a la desconocida Naipyidó...


Aung San Suu Kyi tuvo la ocurrencia de volver el año en el que todo comenzaría a empeorar. Con el pretexto de cuidar de su anciana madre, enferma, Suu Kyi rompió su exilio y se encontró unas calles revueltas, los estudiantes en lucha exigiendo libertades, los militares usando sus porras a diestro y siniestro y el asfalto de Rangún con desbordantes charcos de sangre. Suu Kyi, hija de un prohombre nacional, envió al primer ministro una carta exigiendo una apertura democrática pero la misiva no fue ni siquiera tomada en cuenta. La enérgica hija de Aung San sintió nacer una indignación política que la llevó a dar su primer mitin frente a la más famosa pagoda del país, la de Shwedagon, y como estreno no le fue mal porque consiguió reunir a más de medio millón de personas. A partir de ahí, la leyenda no se detendrá y todavía hoy dura la lucha que comenzó casi un cuarto de siglo atrás. De su primer mitin pasó a un segundo, y de Rangún al campo, de varios cientos de miles de asistentes a unos pocos cientos, o varios miles, o muchos más cientos de miles. La población seguía a la breve pero explosiva Suu con devoción, a medio camino entre la admiración política y el respeto religioso y ella les devolvía la esperanza con palabras de paz y de no violencia que despertaron la admiración incluso en el extranjero.

Ingenio birmano: una vendedora de agua fresca con su complicado, y simple al tiempo, sistema refrigerador

La Junta militar no daba crédito a lo que veía. Una esmirriada mujercilla, que hablaba mejor el inglés que el birmano, se atrevía a desafiar un poder omnímodo que duraba ya casi tres décadas. Y, arrastrados por los acontecimientos, convocaron elecciones libres como manera de ocultar las frecuentes matanzas que los siniestros soldados cometían entre los protestones. En las retinas de sus seguidores quedaría para siempre la estampa de Aung San Suu Kyi enfrentándose suicida a los cañones de los militares o escapando milagrosamente de las ráfagas de metralleta que barrían a sus camaradas. De lo que no escapó fue de la ira de los generales, que la recluyeron, por primera vez, en su residencia de Rangún, o de Yangon, o de cómo quiera que se llame. Una residencia hermosa, en un barrio residencial de alto nivel, por cierto, a las espaldas de un lago y con una carretera tan exclusiva que un militar no me permitió ni siquiera intentar echar un vistazo por la valla exterior. Myanmar seguía tan hermética que hay que salir al extranjero para explicarse las imágenes que uno ve en el interior. Por ejemplo: que presenta una de las tasas de mortalidad infantil más altas del mundo, con 51 bebés muertos por cada mil nacidos vivos, que decenas de miles de birmanos (al menos 70.000) necesitan un tratamiento urgente para el SIDA pero que morirán sin tenerlo o que la esperanza de vida se acaba en los 64 años. Datos de Médicos Sin Fronteras o de Unicef, al alcance de un sólo click por parte de cualquiera.




En la residencia, Suu recibió muchas noticias. La primera, que había ganado las elecciones de 1990 pero que nunca gozaría de su merecido premio. La segunda, que había ganado el premio Nobel de la Paz de 1991 pero que no podría agradecérselo a nadie. La tercera, que su marido había muerto de cáncer en 1999 sin lograr un permiso para despedirse de su esposa. Y las noticias seguían llegando mientras los años pasaban por ella, tan decidida y enérgica como el primer día, paseando por su jardín, escribiendo libros sobre sus viajes por el interior del país, haciendo llegar notas escondidas a los medios de comunicación internacionales que se lo solicitaban, exigiendo a los militares su libertad y la de los miles de presos que se hacinan en las prisiones de la nación. Y así estuvo hasta 2010, con breves periodos de libertad que volvían irremediablemente al punto de partida cuando quedaba claro que no la callarían jamás, ni los militares ni ese remedo de gobierno.



Los refugiados birmanos llegaban a Tailandia en muy mal estado tras cruzar la jungla, contraer enfermedades y huir de ejecuciones y bombardeos




Un gobierno que ha perseguido a sus minorías hasta el exterminio y que ha obligado al exilio a cientos de miles de civiles. Muchos de esos miles malviven en la frontera tailandesa, en campos de refugiados casi invisibles para la prensa mundial, atendidos por organizaciones humanitarias internacionales que se encuentran familias enteras enfermas de malaria, de leihmaniasis, de cólera, gentes que huyen a través de las espesas selvas para evitar los bombardeos de sus aldeas y las ejecuciones masivas y sumarias.


Enfermos de tuberculosis refugiados en Tailandia y alojados junto a sus familias


En Kanchanaburi, en Tailandia, vi a muchos de ellos, incluso un joven que aseguraba pertenecer al Ejército de Dios, una peregrina organización de la etnia Karen que lideraban dos hermanos gemelos de doce años que se caracterizaban por tener la lengua negra, símbolo del poder entre estos extraños guerreros cristianos. A pesar de que nunca pude constatar que realmente perteneciera a ese grupo, me alegró ver a un muchacho con cara de niño, a pesar de que tenía 18 años, porque el Ejército de Dios fue mi primera lectura sobre Birmania y el motivo casi de que me embarcara a conocer el país.

El niño de azul decía haber pertenecido al Ejército de Dios

















Los tuberculosos vivían con sus familiares, la sanidad dependía de la caridad internacional, los refugiados eran poco menos que apestados en un país que no quería manchones en su idílica imagen turística. No eran buenos tiempos para las sonoras minorías birmanas: los shin, los chan, los kayin, los mon, los karen...


Reunión de estudiantes birmanos en el exilio tailandés

Claro que tampoco para los birmanos, o bamars, quedan exentos de la represión. En Tailandia me encontré con los estudiantes sobrevivientes de las matanzas de 1988, escondidos en los pueblos limítrofes a la espera de poder volver algún día a casa.
  









También probaron el hierro de los soldados los monjes budistas, verdadera institución en un país tan religioso como Birmania, unos heroicos tipos vestidos de azafrán que sufrieron también una espantosa represión en 2007, cuando se atrevieron a denunciar los sufrimientos de sus vecinos y a solidarizarse públicamente con Suu Kyi. Los monjes, propietarios tan sólo de su túnica naranja y de una escudilla con la que recogían arroz entre los más pobres de los pobres, también cayeron abatidos ante las botas militares...








A finales de 2011, Aung San Suu Kyi consiguió hacer realidad su sueño de legalizar y registrar su partido político en su querida Birmania. Liga Nacional por la Democracia. En 2012 se celebrarán elecciones generales en Myanmar y Aung San volverá a presentarse, como ya hizo veintidós años atrás. En aquel entonces las ganó y su vida se convirtió en un infierno. Heroico, sí, pero un infierno. Tal vez ahora tenga una segunda oportunidad y los magníficos paisajes de lugares como el lago Inle, Mandalay o, sobre todo, las pagodas de Bagan queden libres de la desagradable bota militar.


El lago Inle, al norte del país, un día nublado



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




Para más información sobre Aung San Suu Kyi, el cidob ha colgado en su web una biografía muy completa:
http://www.cidob.org/es/documentacio/biografias_lideres_politicos/asia/myanmar/aung_san_suu_kyi

Cartas desde Birmania, de Aung San Suu Kyi, editado por CIRCE en 1998, es otro libro muy recomendable para comprender a esta compleja líder

viernes, 23 de diciembre de 2011

viaje a Siria: de peregrinación chiíta en la mezquita de los Omeya




Cuando el califa omeya Walid I decidió aprovechar los cimientos de la antigua iglesia bizantina dedicada a San Juan Bautista no sintió temblar su mano pensando que echaba por los suelos parte de la historia de Oriente Medio. No le importó que el mismísimo emperador Constantino fuera su promotor ni que aquellas piedras labradas con una cuidada caligrafía latina fueran piedras angulares en el antiquísimo templo de Júpiter Damascenus. No hizo caso a las insignias griegas que ahora se erosionan al sol en los muros exteriores, no pensó en que podría encolerizar al terrible Hadad, el dios arameo de las tormentas y tempestades, al que estuvo dedicado el templo en una más aún remota antigüedad. 


Entre nosotros: a Walid le importó tan poco demoler la historia de su tierra como a los omeyas de la actualidad derribar las columnas de su sociedad y liarse a tiros con los opositores. Tal vez Assad no tenga tanto de omeya y sí mucho de ese dios arameo de la destrucción, el terrible Hadad. ¡Y qué poco separa, en nuestro lenguaje al menos, a Hadad de Assad! ¡Y qué poco importa al circunspecto Bashir que el destino de los pilares de su pueblo, los súbditos que heredó de su padre, Hafez, no sean otros que soportar el enorme templo de la familia Al-Assad! Las columnas de hoy, las que soportaron templos sumerios, romanos y bizantinos, se tambalean en la más peligrosa amenaza que se cierne sobre Oriente Medio. Y ya no importa que la oposición esté espoleada por las potencias occidentales, como ocurrió medio siglo atrás en el acoso y derribo de Mohammed Mosaddeq en la vecina Irán, o sea, en un arranque de idealismo, una protesta espontánea y reivindicativa del pueblo sirio. Los civiles caen por decenas, a diario, abatidos por balas de fusiles, por proyectiles lanzados desde tanques, por tierra y aire.



El 20 de marzo de 1951, el primer presidente democrático de Irán, Mohammed Mosaddeq, decretó la nacionalización del petróleo, una decisión ratificada por el parlamento y el senado, una decisión valiente con la que el bueno de Mosaddeq demostraba a las potencias occidentales que no estaba dispuesto a permitir, en un país democrático, que se tratara a los obreros del petróleo como bestias de carga con sueldos de esclavitud y condiciones infrahumanas. El Reino Unido y los EE.UU pusieron el grito en el cielo, el petróleo dejó de fluir libremente hacia occidente y, curiosamente, el pueblo iraní se levantó contra su heroico presidente y terminó por derrocarlo. Mosaddeq acabó enclaustrado en su propia casa, recluido en su domicilio aturdido y sin saber qué había ocurrido para semejante desgracia. Había ayudado a sus ciudadanos, enfrentado a las potencias opresoras, había sido elegido gracias a sus discursos, perseguía una vida mejor para su pueblo. Y este mismo pueblo se levantó y lo expulsó para traerse del exilio a una familia extravagante y colocarla en el poder: al frente, Mohammed Reza Palevi, el Sha de Persia. Un tirano que volvió a abrir la puerta a las potencias extranjeras, y a sus petroleras, resucitó los sueldos de miseria y puso un espía en cada esquina para controlar a sus vecinos. Con torturas y ejecuciones si era preciso. ¡Y todo gracias a ese mismo pueblo que salió para derrocar al hombre que tanto había hecho por su bienestar! Y así, mientras Mohammed Mosaddeq languidecía hasta la muerte en su propio domicilio, el otro Mohammed, pero Reza Palevi, nadaba en los petrodólares que producían súbditos semiesclavizados al servicio de unas compañías que volvieron con un enfado monumental por el tiempo perdido. ¿Qué había pasado?


La respuesta la tenía Kermit Roosevelt, un norteamericano de sospechoso apellido y más sospechosa actividad, un Roosevelt al servicio de la CIA, del MI6 y de las petroleras, al fin y al cabo. Los pozos nacionalizados pertenecían a la British Petroleum, la BP que ilumina nuestras carreteras con sus carteles verdes. Le costó trabajo pero el resultado final fue demoledor: gracias a una cuidada campaña de propaganda, en la que arriesgó su vida en multitud de ocasiones, Kermit Roosevelt consiguió que los iraníes odiaran al bueno de Mosaddeq, se convocaran manifestaciones multitudinarias, la gente ardiera en indignación por la supuesta afiliación comunista de un señor con pinta de Mullah y terminara por derrocarlo. Y tan bien guiado fue el rebaño iraní que trajo entre aclamaciones a su nuevo pastor, el Sha de Persia, y se colocó él mismo la correa, volvió al redil y cambió el pienso de calidad por grano inmundo. Al que interese esta historia quiero recomendar un libro de Stephen Kinzer, 'Todos los hombres del Sha: un golpe de estado norteamericano y las raíces del terror en Oriente Próximo', donde relata paso a paso los preparativos de esta conjura.

Basher Al Assad con el líder de Hezbollah, Nasrallah, en un cartel en el zoco de Damasco
Siria es hoy Siria porque Assad es hijo de Assad. El viejo Hafez Al Assad, un reputado aviador de ideología panarabista, formado en la Unión Soviética y adscrito al partido Baaz (qué curioso, el mismo que Sadam Hussein, pero éste en versión iraquí), llegó al poder con mayúsculas en 1970, tras haber pasado por la cartera de Defensa y por la humillación de la guerra de los seis días y el hundimiento del proyecto de una sola nación árabe bajo el paraguas de Nasser. El viejo Assad revitalizó el país con sus ideas progresistas, inspiradas muchas veces en las ideas proletarias de la extinta URSS, dotó a su pueblo de infraestructuras, construyó estaciones de electricidad, carreteras, institucionalizó la educación gratuia, apartó la religión de la primera línea del poder y se presentó al mundo árabe como un líder fuerte que aspiraba al panarabismo de Nasser pero sin el culto a la personalidad del egipcio: claro que el culto a la personalidad sería a él mismo. Su 'Revolución Correctiva', un golpe de estado incruento e interno en su propio partido, fue su primer engaño: sin sangre, sin golpes, sin malos modos. Y, al mismo estilo de su vecino el sha de Persia, Al-Assad organizó una poderosa policía secreta, colgó su retrato en cada esquina y consagró su patria como la máxima aspiración del laicismo. Un punto, este último, que no gustó a los Hermanos Musulmanes, una organización surgida en Egipto y que aspiraba, precisamente, a todo lo contrario.



La mayor inquidad de Al-Assad, de las muchas que cometió, ocurrió en 1982 en la ciudad de Hama, reducto de los Hermanos Musulmanes. Dicen los que lo conocieron que Al-Assad estaba colérico con los atentados de los islamistas, unos crímenes que comenzaron en la ciudad más antigua de la Humanidad, Alepo, en 1979, tal vez espoleados por el ejemplo iraní de los ayatollas, y que aspiraban, como decía, a minar las bases del partido Baaz y colocar en la poltrona del poder al único que debería reinar siempre: Allah. Al Assad tiró del hilo de los Hermanos Musulmanes hasta llegar al ovillo: Hama. En febrero de 1982 Hafez ordenó a su ejército reprimir una revuelta de los islamistas en esta ciudad, Hama, una tarea que los militares, tal y como ocurre hoy, se tomaron muy en serio. La población fue bombardeada durante días y, según el gran reportero de Oriente Medio, Robert Fisk, al menos murieron veinte mil personas. Una cifra que el comité sirio de Derechos Humanos eleva al doble, cuarenta mil, y que el gobierno sirio siempre redujo hasta las mil. Una batalla campal en la que también perdieron la vida al menos otros mil soldados del ejército y que destruyó la ciudad vieja sin que los medios occidentales se enteraran de nada más que de sus ecos. Los testimonios hablan de torturas, mutilaciones, ejecuciones sumarias, civiles asesinados en sus camas y una destrucción bíblica que fue supervisada, para más inri, por el hermano del presidente Hafez, el inefable Rifaat. Aún hoy, treinta años después, extraña que en occidente apenas se conozca un hecho que involucró a un ejército sanguinario que disparó tanques, misiles y acudió incluso al bombardeo aéreo para aplastar una rebelión de corte islamista que, dicho sea de paso, tampoco ofrecían nada mejor.





La tragedia de Hama y del déspota Hafez, mezclada tal vez con la tragedia del persa Mohammed Mosaddeq, se reproducen hoy paso a paso en las castigadas carnes del pueblo sirio. Si ayer fue un Roosevelt el que espoleó a las masas para derribar al primer gobierno democrático de Irán, hoy es otro Al-Assad, pero este Basher, el que envía sus tanques a defender su gobierno de la masa encolerizada. Como guiño de la historia, Basher, heredero del trono Baaz que ostentó su padre años atrás, envió en junio de 2011 a la recuperada ciudad de Hama un contingente de tanques para acallar las protestas que habían sacado a las calles a cientos de miles de vecinos y, dicen las crónicas, lo hicieron como treinta años atrás: matando a decenas de vecinos. La espiral de protestas y represiones alcanza por días nuevas iniquidades: coches bombas que asesinan indiscriminadamente, soldados que disparan a las multitudes, éxodo de refugiados en Turquía, condenas internacionales y un presidente, Basher, que parece superado por las circunstancias y sin un tío Rifaat al que encomendar una masacre silenciosa que ponga punto final a una historia recurrente.
Siria alberga una amplia población cristiana y también circasianos expulsados del Cáucaso por el ejército ruso en 1864






Tan sólo la historia revelará en un futuro si detrás de las masivas manifestaciones que exigen modernización y mejores niveles de vida en Siria se encuentra una mano negra al estilo de aquella de Roosevelt o si todo se encuadra en una lógica evolución de las masas espoleadas por la primavera árabe que comenzó en Túnez. Lo único cierto es que el perjudicado vuelve a ser el pueblo sirio, maleado por sus líderes, por su posición estratégica y por la tensión que la religión ejerce sobre esta región. La esperanza que Basher despertó entre las potencias occidentales ha desaparecido totalmente y el personaje parece apagarse tragado por un destino que se le escapa de las manos. Basher, oftalmólogo de profesión, hombre de mundo que incluso había vivido varios años en Londres ejerciendo su oficio y que no tenía interés en la alta política, ha terminado atrapado por la espiral que atrapó a su padre, enviando tanques para luchar contra las masas.


Con un 40% de sirios menores de 15 años, casi un 30% del PIB dependiendo de la agricultura y uno de los ejércitos más temidos de la región, Siria es una bomba de relojería en busca de su espita para no explotar. Las amenazas son tan numerosas como desiertos tiene el país. El discurso norteamericano, que la encuadró hace años en su 'Eje del Mal' por sus lazos con el gobierno iraní, la presión de los islamistas suníes que aspiran incluso a instaurar un estado wahabita frente a los laicos alauitas que dominan ahora el poder, su legendario enfrentamiento con Israel, país este que mantiene ocupada una región siria como los Altos del Golán, la pobreza extendida y el omnipresente Assad, con miles de ojos secretos que te observan. Todo apunta a un conflicto latente, larvado, que ahora, poco a poco, expulsa gas.







El gobierno acusa a las potencias occidentales de querer convertir Siria en otra Libia, en querer eliminar a Basher Al Assad por sus intereses geoestratégicos como ya hiciera con Mouammar El Gadaffi para dejar espacio libre a una agresión mucho mayor, contra Irán, en lo que no sería más que otra guerra por el oro negro. Pero también acusa a Al Qaeda de estar detrás de los atentados que sufren los soldados sirios y de pretender romper el laicismo que mantiene el partido Baaz para establecer una sharia al más estricto modo wahabita saudí. Los civiles sólo ven pobreza y represión y saltan de sus casas indignados con una país convertido en paria en el panorama internacional y asolado por represión tras represión. ¿Presa fácil para la manipulación? ¿Espontaneidad encuadrada en la primavera árabe? Indignación legítima en todo caso porque todos queremos vivir sin la amenaza constante de la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Unas cabezas que en Siria luchan por llevar un velo más o menos corto...


Interior de la mezquita de los Omeya

En la mezquita de los Omeya, en la parte vieja de Damasco, un grupo de peregrinas chiítas acuden a rezar a la tumba de San Juan Bautista. Antes visitan el relicario que guarda la cabeza de Husein Bin Ali, nieto del profeta Mahoma. Los chiítas tienen algo de andaluces en sus demostraciones religiosas: acuden en masa, se golpean las cabezas en muestra de pesar por aquella muerte, gritan, lloran, parece una romería en la que el escándalo tan sólo se ve interrumpido por el click de mi cámara de fotos. Siento vergüenza porque hago fotos en un recinto sagrado a unas peregrinas que vienen en un acto de fe. Pero, espera: ¡no! Me dicen que continúe haciendo fotos: les encantan y además se están grabando en video. Un bosque de manos se eleva sobre los velos y toma fotografías con teléfonos móviles. El nieto del profeta podría llevarse un patatús si despertara ahora, rodeado de dispositivos móviles fotografiando a un conjunto de peregrinas en estado de sofoco. Pero no, Husein no despertará porque reposa su sueño eterno en un relicario de barrotes de plata, su cabeza separada del cuerpo, ajeno a los gritos de sus fieles, ajeno a las balas de los fusiles, a los proyectiles de los tanques, a las sucias maniobras de los estrategas internacionales, a la miseria de su pueblo.


















© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com








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