sábado, 10 de marzo de 2012

Viaje a Kosovo: carnaval de Cádiz en Vitina

Un albanés mantiene alto el espíritu y yo decido imitarle

Hace ahora diez años alquilé un renault Clio en el aeropuerto de Sofía, la capital de Bulgaria, le prometí a su dueño que como mucho me acercaría a la frontera griega y enfilé morro a Macedonia, donde la guerrilla albanesa del UÇK-M asaltaba a las tropas eslavas reivindicando un referéndum que les permitiera unirse a sus hermanos de raza. En la ciudad de Kumanovo conocí a un albanés, Sheval, que se ofreció para presentarme a los guerrilleros aunque, eso sí, deberíamos ir a Kosovo para contactarlos. Sufrí entonces un ligero vahído porque le había prometido al dueño del vehículo que no lo expondría a ninguna situación de riesgo y el destino me llevaba al peor escenario posible. Conseguimos, con vicisitudes sin nombre, llegar a Pristina, la capital de Kosovo, y de ahí a Vitina, donde se suponía que los guerrilleros harían por saludarnos. Pero la espera se hizo eterna y decidí, una tarde, pasear por la ciudad y hacer algunas fotos. Apenas un par de barrios de Vitina permanecían en manos de los serbios, mientras que una multitud de albaneses deambulaba por las calles de la ciudad sin mucho más que hacer que mirarme de arriba abajo con cara de enfado. Por fin encontré uno de esos barrios: a la entrada, cuatro soldados norteamericanos de la OTAN, con sus dedos en los gatillos y abrigados por unos enormes chalecos antibalas, vigilaban que ningún albanés entrara en las calles serbias mientras que un grupo de mujeres volvía de la compra escoltadas por otros soldadotes igualmente imponentes y enormes.


Decidí entonces que ahí había una buena foto. Saqué mi cámara, localicé a los militares a través del objetivo, enfoqué alegremente y una sombra cariacontecida se me acercó de mal humor. ¿Qué hace usted?, me preguntó el soldado. Fotos, le dije yo enarcando las cejas mientras le enseñaba un carnet de prensa. 'Este carnet no vale', me espetó serio. Era mi carnet de Canal Sur. 'Lógico', pensé yo, 'aquí nadie conoce Canal Sur'. Rebusqué en la cartera con la esperanza de encontrar otro carnet: ahí estaba, el carnet de la Asociación de la Prensa de Cádiz: tenga usted. El militar lo miró con cierto asquito y me lo devolvió mientras meneaba la cabeza. Vaya, este tampoco sirve. Nervioso, rebusqué con ahínco mientras el soldado acariciaba su M16. Localicé por fin una nueva acreditación de prensa: un viejo carnet del diario Ya, caducado años atrás, un absurdo recuerdo de mis tiempos de corresponsal en Colombia. 'Está caducado desde hace cuatro años', observó con evidente malhumor el coloradote militar. Confieso que lo vi todo perdido y que me imaginé despellejado por una turbamulta albanesa, o tiroteado por sus compañeros, que asistían en la distancia al espectáculo con caras que rayaban el suelo sin asfaltar del barrio serbio. A punto de agotarse mi muestrario de carnés, localicé el último: una acreditación de prensa del concurso de agrupaciones carnavalescas del Gran Teatro Falla de Cádiz. Lo saqué de su ranura y se lo alargué con canguelo al que presumía ya mi verdugo. El hombre lo miró ceñudo, comprobó que la foto se correspondiera a mi rostro, me escudriñó, miró otra vez la foto y concluyó: 'That's right'.


Y aquí dejo algunas fotos de aquel extraño momento en el que los soldados norteamericanos de la OTAN desplegados en Kosovo me permitieron acompañarlos de patrullaje y fotografiarlos gracias a un carnet de prensa del carnaval de Cádiz.


Los soldados de la OTAN se ríen de mi candidez pero me permiten fotografiarlos gracias a un carné del carnaval de Cádiz









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 7 de marzo de 2012

Viaje a Cádiz: así murió el precursor de las independencias de América




Cayetano Valdés y Flores, a la sazón capitán general de Cádiz, sintió una sensación de hartazgo cuando recibió la orden de la Secretaría de Estado. ‘En la cárcel hasta que hinque el pico’, le dijeron poniendo en sus manos la más pesada carga del momento: Francisco Miranda. Cayetano, un curtido marino sevillano integrante de la expedición científica de Malaspina, debió de pensar que más coces daba la historia y encerró al levantisco prisionero en una húmeda mazmorra de la prisión de la Carraca, en San Fernando. Poco quiso saber de aquel prisionero al que unían más cosas de las que lo separaban, sobre todo porque el mismo Cayetano tuvo que huir meses después cuando Fernando VII le condenó a muerte por liberal. Eso sí, antes de irse proporcionó al ilustre prisionero un ayudante de cámara, o más bien de celda, un joven soldado gaditano llamado Pedro José Morán que se identificó tanto con su reo que lo acompañó más como sirviente que como vigilante.

El 14 de julio de 1816 murió en la prisión de La Carraca, Francisco Miranda, el primer libertador de las colonias españolas en América. Tan primero que imaginó un continente llamado Colombia con frontera norte en el río Misisipí y sur en el cabo de Hornos mucho antes que Bolívar, O’Higgins o San Martín. Además, lo soñó gobernado por un Inca hereditario y una legislatura bicameral, la unión de todas las colonias hispanas. Miranda había llegado a teniente coronel en el ejército español pero renegó de su bandera y cultivó amistades tan nimias como las de Washington, Catalina la Grande, Lafayette o Napoleón, se aficionó a los libros prohibidos, participó en la revolución francesa, fue condenado a muerte por los revolucionarios galos con los que tanto luchó, huyó a Inglaterra y fundó una logia masónica e inspiró el movimiento independentista que, décadas después, convertía América en un recuerdo nostálgico para los españoles. Tras completar una biografía de interés se levantó en armas contra la corona española pero terminó mal: traicionado por Simón Bolívar, entregado a los españoles, abatido en una húmeda prisión de la Guajira, a orillas del Caribe, y de ahí a Puerto Rico y a la bahía de Cádiz, cargado de cadenas y con el que habría de ser su último destino. La Carraca.

Es de suponer que Miranda mantenía conversaciones de alto nivel y tres años encerrado en una húmeda mazmorra de la bahía de Cádiz tuvieron algo que ver en la apoplejía que acabó con su vida. El joven Pedro José debía de escucharlo al principio con hartazgo, después con curiosidad, más tarde con la impresión de tratar con un libro andante. Finalmente, Pedro José llegó a considerarse no un carcelero sino un fiel servidor. De su muerte supo el mundo gracias a Morán, que envió al menos dos cartas a los británicos Duncan, Shaw y Cia, amigos incondicionales del caraqueño.

Mis venerados señores: Me obligan a dar a ustedes parte de la situación en que se halla mi amado amo, el Excmo. Señor Francisco de Miranda, las instancias del mismo para que se lo comunique a ustedes, a fin de que inmediatamente lo participen, sin la menor dilación, al señor Turnbull y demás señores de la plaza de Gibraltar. El día 25 en la noche, a las 11 de la misma, le acometió un ataque apopléjico que pensamos se lo llevase; volvió en sí, quedándole de resultas de esto una calentura pútrida con demasiada malicia; a las 48 horas acudió una inflamación a la cabeza y una fluxión a la boca, que le tienen en los últimos trances de la vida; le asisto con el mayor cuidado, pues en su salud consiste mi felicidad; tengo recogidos sus papeles para en caso de que fallezca remitírselos a ustedes, a fin de que a su vez lo hagan a la plaza de Gibraltar. He hecho celebrar ya cuatro juntas de facultativos, y en todas ellas no me dan esperanza ninguna. Es cuanto tengo que comunicarles hasta esta hora, que son las 12 del día’.


‘No se me ha permitido por curas y frailes le haga exequias ningunas, de manera que, en los términos en que expiró, con colchón, sábanas y demás ropas de cama lo agarraron y se lo llevaron para enterrarlo; de seguida vinieron y se llevaron todas sus ropas y cuanto era suyo para quemarlo’


Bibliografía:
‘Sueños de un libertador’. Goñi 2009
Alfonso Rumazo, en su Libro Francisco de Miranda Precursor de la Independencia, EDICIONES DE LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DE VENEZUELA, 2006

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 4 de marzo de 2012

Viaje a Marruecos: haciendo hachís en las montañas del Rift






Antes de empezar, miren este video que grabé en las montañas del Rift, en Marruecos, hace ya algún tiempo. Y piensen mientras lo ven que hablamos de un negocio de 20.000 millones de euros al año.
Según el centro europeo para el seguimiento de las drogas y sus adicciones, Afganistán se ha convertido en el principal productor del mundo de resina de hachís, superando ampliamente al que tradicionalmente ha detentado las cifras más escandalosas: Marruecos. Ahora Afganistán, tras una guerra devastadora y una ocupación militar de más de una década, produce entre 1.200 y 3.700 toneladas de resina al año, emcdda.europa: el link , una cifra que, sin embargo, no llega sino de modo residual a Europa porque sus consumidores continúan abasteciéndose mayoritariamente en el mercado marroquí. Y esto sin contar con la producción de opio para satisfacer el mercado mundial de heroína: buen balance para una guerra y una ocupación militar. Si pretendían erradicar talibanes, ahora son más y sin pretendían erradicar cultivos, han diversificado la oferta.
El hachís marroquí, por su parte, suele entrar en el mercado europeo a través de la península ibérica para distribuirse por todo el continente gracias a las organizaciones establecidas en Bélgica y Holanda. El cannabis sativa es una especie originaria de las cordilleras del Himalaya, pero no una especie de planta cualquiera sino una fiel compañera del ser humano desde los albores de la Humanidad. Durante milenios ha tenido usos textiles, medicinales y hasta religiosos. Es el cerdo de las plantas: con ella se han hecho vestidos, se han elaborado cuerdas, papel, su aceite ostenta récords de baja graduación en grasas saturadas y hasta se utiliza para combustible biodiésel. Y esto sin mencionar los usos medicinales y rituales. Las estimaciones dicen que se cultiva en 172 países de todo el mundo y la producción de plantas de cannabis sativa, sólo en 2008, se estima entre las 13.300 y las 66.100 toneladas, y de entre 2.200 y 9.900 toneladas de resina de hachís. La producción no sólo crece en todo el mundo sino también en Europa donde los reportes policiales estiman que los cultivos caseros se desarrollan imparables en los veintinueve países aunque con especial atención a Albania, Bulgaria, Moldavia, Montenegro, Serbia y Ucrania, abastecedores de los mercados de los europeos orientales: informe.
Según la organización mundial de aduanas, al menos el 70% de la producción del hachís marroquí se dirige al mercado europeo: para ello permanecen sembradas 100.000 hectáreas que producen un beneficio de unos 20.000 millones de euros anuales. Una cantidad, como poco, interesante. Sobre todo en estos tiempos de recortes, austeridad y cinturones apretados hasta el último agujero. La cuestión no es baladí, sobre todo en unos tiempos en los que hasta los principales dignatarios de Centroamérica encuentran eco a su propuesta de estudiar cómo legalizar una droga tan peligrosa, a priori, como es el clorhidrato de cocaína. Algo se mueve en el entramado internacional de la lucha contra las drogas y no puede ser de otro modo visto el fracaso tan absoluto de su cometido principal: cada vez hay más cantidad, más consumidores y nuevos tipos, por no hablar de las tradicionales que han sufrido importantes cambios genéticos para incrementar sus efectos (la marihuana variedad ‘Creepy’, por ejemplo, posee una cantidad muy superior al 15% de THC cuando lo habitual es no superar el 6% y la nederwiet, la hierba local de Holanda, ha sufrido tantas alteraciones que el gobierno holandés se plantea convertirla en droga dura)
Sobre el componente de la cannabis sativa que provoca esa sonrisa maliciosa y un tanto bobalicona entre sus admiradores, el THC, no me detendré porque mucho se ha hablado y escrito ya. Prefiero centrarme en la polémica de ese pequeño municipio de Tarragona, Rasquera. Su ayuntamiento en pleno decidió hace unos días permitir una plantación de cannabis para satisfacer la demanda de una asociación cannábica de las que tanto proliferan ahora por España agarrándose a los resquicios legales para no terminar en un juzgado: aunque ni así porque las autoridades siguen montando ridículas operaciones antidrogas que se saldan con dos macetas incautadas y un movimiento de agentes que harían palidecer a las antiterroristas. Los vecinos de Rasquera ven un negocio suculento y se preguntan por qué no aprovecharlo. La fiscalía investiga el caso, algunos habitantes creen que el pueblo se llenará de drogadictos peligrosos que asaltarán a los abuelos a plena luz del día y en el País Vasco se preguntan por qué no se les ocurrió antes a ellos.
Según el centro de seguimiento de las drogas y sus adicciones, el precio de un gramo de resina de hachís varía entre los 3 euros y los 19, un estudio realizado en 2009 en 18 países, un precio que se mantiene estable con las excepciones de Letonia, Hungría y Polonia, donde la abundancia hace que no deje de bajar. En todo caso, un negocio redondo, con una demanda estable y fiel que necesita una infraestructura nimia y que ofrece trabajo, en el norte de Marruecos, a decenas de miles de familias. Si la lógica del mercado manda que grandes bolsas de población queden exentas de actividad laboral reglada, fuera de los tentáculos de la educación y la sanidad gratuita, excluidos incluso de vivienda, supongo que el mercado no tendría inconveniente en admitir en su círculo la comercialización de un producto con una amplia demanda, formada por adultos responsables de sus vidas, y con la posibilidad de reanimar una economía en bancarrota, como es la española. Hay extensas zonas del sur de España que ofrecen una orografía y una pluviosidad idénticas a las del norte de Marruecos, zonas montañosas calcadas a las del otro lado del Estrecho con la potencia de satisfacer esa demanda: pregunten en las Alpujarras granadinas, por ejemplo, o mejor no, no pregunten, porque igual se llevan ya una sorpresa. Zonas idénticas a las del video, precisamente. Si los mercados mandan, tal vez sea hora de legalizar un producto que, de facto, ya es legal, y someterlo a una vigilancia sanitaria que garantice una calidad como ocurre con las bebidas espirituosas, sin ir más lejos.

A no ser que los mercados estimen que sus ganancias son mayores si permanece ilegal, que también.




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 28 de febrero de 2012

Viaje a Colombia: Andrés Carne de Res



La carta del menú de Andrés Carne de Res
En las afueras de Bogotá, en la ciudad de Chía, se levanta el más extraño restaurante en el que yo haya probado bocado. ¡Y qué bocado! Carnes a la parrilla, mamona a la brasa, suculentos chuletones, bifes en su punto, chinchulines, exquisitas verduras a la plancha, frescas, al vapor, lo que usted quiera y pueda extraer de la extraña carta con manivela que le facilita el amable staff del lugar. Andrés Carne de Res es uno de esos lugares que le evocan a uno la magia que sentía al ver películas fantásticas de niños embrujados a través de un libro de sortilegios que le catapultaba a otra dimensión. ¿Qué es aquello que cuelga de una columna? ¿Y aquel cartel? ¿Por qué todo tan recargado? Entre la clientela, que se mueve como si estuviera en un museo, suenan risas, el barullo de un picnic pero entre tinieblas, con poderosos chorros de luz dorada abriéndose paso entre tanto cachivache a través de amplios ventanales. Una cascada de colores, chilla el rojo y grita el amarillo, sobrevuela majestuoso el amplio y delirante espacio que más que dejar aire al comensal parece esperar el nuevo disparate de Andrés, el de la Carne de Res, que venga a poblar aún más las alturas de este restaurante sin igual. Y entre los gritos de los trastos de lata y las campanas y los sombreros y los faroles y tantas cosas resuenan las notas de un porro, un clarinete entrechoca con el sombrero de un señor, dos chicas cantan una canción con ribetes épicos. La carne cojeará, presumo abrumado ante la explosión de tanta vida inane, pero no, qué va, la carne excelente, la bebida en su momento, la sonrisa del camarero que ya la quisiera yo para los camareros de mi ciudad. Andrés, Carne de Res, en Chía, Colombia.



Las paredes no dejan de sorprender: siempre un detalle nuevo, siempre una historia inconclusa porque ante los atónitos ojos de los clientes una lucha entre extraños chismes se desarrolla atroz. Andrés Carne de Res, restaurante atípico' reza uno de sus muchos cartelitos, el más antiguo, sin embargo, porque este fue el original, el primero, el que diera nombre a un ranchito que se antoja ahora perdido en cualquier memoria que lo hubiera conocido y se enfrentara ahora a este dislate. Al caer la noche los camareros saltan sobre las mesas y taconean las canciones de moda entre filetes y tenedores huidizos, por aquel pasillo serpentea una larga fila de señores trajeados conducidos por una majorette enarbolando una bandera a modo de conga, el restaurante respira, palpita, produce vaho a los más frioleros y evoca los monstruos de las pesadillas goyescas aunque despojados de cualquier temor: uno disfruta, está en el sitio que siempre quiso estar, es el paraíso onírico de los más pequeños, la isla de Pinocho sin el susto de acabar convertido en asno.




Andrés Carne de Res no es un restaurante.
Andrés Carne de Res no es un bar.
Andrés Carne de Res no es un bailadero.
Qué es Andrés Carne de Res?
Revela un oráculo de la Virgen de Guadalupe que Andrés Carne de Res es un alucinado viaje para desorbitados.

Lo más parecido a conocer qué es Andrés Carne de Res está aquí dentro: http://www.andrescarnederes.com/ El delirio de su visita se refleja en su web y termina por marearlo a uno de tan estupefacto que se siente.




El templo al dios Kitsch no sólo rezuma trastos y objetos dispares sino también actividad, como digo. Los atestados pasillos actúan a modo de vomitorio de un surrealista coliseo levantado con la excusa de llenar las tripas. En el patio multitudes de pequeñuelos saltan entre más cacharros, los hay que pintan con acuarela, uno parece montar un torito, en aquella sala una profesora de baile enseña danzas clásicas a sus alumnas, tranquilos mientras sus padres, sumergidos en su baño de artilugios, descorchando botella tras botella.





 Cuentan que a su dueño, Andrés Jaramillo, le han querido comprar la franquicia muchas veces pero que prefiere seguir luchando por conseguir que sus más de quinientas mesas ofrezcan cada día un espectáculo nuevo a su clientela. Y que siga por muchos años porque es un lugar extraño, esotérico, una fábula al servicio de los jugos gástricos en la que a nadie extrañaría que su chuleta a la brasa se levantara del plato y ofreciera un improvisado concierto de vallenatos.









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


lunes, 27 de febrero de 2012

Viaje a Colombia: las FARC renuncian al secuestro



El 1 de noviembre de 2001, Gustavo Nieves Charris, Alirio Triana Mahecha, Israel Picón Sánchez y Diezmar Amador Tapia formaron cuadrilla para reparar una avería en el municipio de Ciénaga, la zona bananera del Caribe colombiano. Eran electricistas de una subcontrata, Comercializadora y Constructora de Obras Eléctricas Galectro, que vendía sus servicios a Electricaribe, la empresa con más posibles en la comarca. Ninguno llegó a reparar nada porque un grupo de las FARC los cogió presos y se los llevó monte adentro. Mientras los electricistas comenzaban su particular infierno, sus familiares iniciaban el suyo: Galectro consideró que sin trabajadores no había motivo para pagar nóminas y dio por finalizado sus contratos. Los familiares tuvieron, pues, que sufrir un martirio doble: el doliente, en desesperado recuerdo de los que ya no están, y el judicial, para exigir a la empresa que no les arrebatara el pan de sus hijos. Sólo años después las familias lograron que la Corte Constitucional colombiana condenara a Galectro al pago de los salarios a sus trabajadores, enviados a un área de un peligro tan extremo que Electricaribe había enviado una circular advirtiendo del riesgo de emboscada.


Once años después, Gustavo, Alirio, Israel y Diezmar siguen presos, sus familias ya han agotado la prórroga por sus prestaciones y Colombia se enfrenta al anunciado fin de los secuestros entre muestras de esperanza y otras de incredulidad. Nadie sabe si Gustavo y su cuadro de electricistas sigue vivo pero historias como las suyas son moneda común entre los colombianos. El Mayor Edgar Yesid Duarte fue capturado en acción de combate en octubre de 1998 y fusilado a finales de 2011, después de trece años reducido a la más triste condición. Marcos Baquero era un líder campesino y concejal de medio ambiente cuando las FARC lo encadenaron durante dos años en la selva sin más compañía que un gato. El senador Luis Eladio Pérez debió de recordar sus estudios en ingeniería de petróleos cuando fue secuestrado y contempló con ojos de alucinado a los guerrilleros extrayendo petróleo en la selva con pozos artesanales. ¡Y qué decir de Ingrid Betancourt y su irrupción en el circo mediático universal! ¡O de su secretaria, Clara Rojas, embarazada de un subversivo! Las historias del secuestro en Colombia involucran a políticos, campesinos, soldados, secretarias, electricistas.



Los familiares recorren el país buscando pruebas de vida, esos videos en los que los plagiados saludan a sus seres queridos (videos convenientemente editados por las FARC para evitar desvaríos en los que los secuestrados, con evidentes signos de locura, lanzan besos incluso a Miguel Bosé), suplican a los líderes guerrilleros, montan campamentos indignados en las sedes oficiales de la administración, peregrinan cargados de cadenas. Las FARC anuncian ahora el fin del secuestro como arma política y para ello, aseguran, derogarán la ley 2000 que les permite utilizarlo como fuente de ingresos. Dicho así, sin mucho pudor. Llegan tarde aunque las liberaciones siempre son de agradecer. Serán diez, dicen los guerrilleros, y será pronto, sin decir cuándo. Con sus líderes históricos en el recuerdo (muertos Tirofijo, Raúl Reyes, Jorge Briceño, Alfonso Cano o Iván Ríos), con su espectacular ejército de casi veinte mil hombres una década atrás reducido a menos de siete mil y con un apoyo popular decreciente, por no decir muy decreciente, las FARC entran en una nueva fase que debe hacerles cambiar o desaparecer. Cambiar a los tiempos actuales o desaparecer bajo una desmovilización masiva. O tal vez cambiar y desaparecer. Pero no deben de ser los únicos. Porque si desaparecen los que secuestran electricistas y triunfan los que son capaces de escatimarles el sueldo a las familias de sus trabajadores antes o después volverán a surgir nuevas formas de violencia.





 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com





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