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martes, 20 de noviembre de 2012

Viaje al Kurdistán: el PKK, la guerrilla feminista en la que está prohibido el amor

Kurdas admiradoras de Abdullah en la ciudad de Cizre

Apenas la pequeña Havva comenzaba a desarrollar sus encantos naturales, su madre pensó: ya es hora de casarla. Y buscó un pretendiente que se la llevara a otro pueblo y que aliviara, al tiempo, la paupérrima economía familiar, donde una boca de más era mucho más y una boca menos un respiro. Así que, a cambio de algo de dinero, la pequeña Havva salió de su pueblo acompañado de un señor al que no conocía de nada y que la habría de convertir de niña en señora. De sus seis hermanos el que más sufrió fue el pequeño Abdullah, un chico tímido que tenía en su querida Havva a su confidente y a su norte y guía. Hasta aquí la historia es común entre los kurdos, sobre todo en los kurdos de generaciones pasadas y, aún hoy, en los de zonas remotas. Lo relevante en esta historia es que Havva tenía un apellido que hoy retumba en toda Turquía, y hasta más allá: Ocalan. Y su hermano Abdullah comparte ese apellido: es Abdullah Ocalan, el carismático y sanguinario líder del PKK, el Partido Kurdo de los Trabajadores y jefe absoluto de la guerrilla que desafía cada día, desde hace treinta años, al gobierno de Ankara.


Siete eran los hijos de la familia Ocalan, un padre prolífico pero siempre enfermo e incapaz a todas luces de mantener una prole de esta envergadura, y frente al padre una madre enérgica y siempre enfadada, superada por la magnitud de esa familia en un entorno de pobreza supina, sin apenas ingresos y con tantas bocas abiertas que el salón parecía más una montaña agujereada de cuevas en la Capadocia que otra cosa. Y la enérgica señora no desperdiciaba un momento para humillar al lánguido padre, incluso en público, o de espolear a sus hijos con prédicas que en otro lugar se verían siempre como machistas radicales. El pequeño Abdullah, por ejemplo, que era un chico tímido, como dije y como ha dicho él mismo en alguna entrevista, no podía volver si le habían pegado sin haberse vengado del modo más bruto porque su madre no le dejaba entrar en casa y así, el apocado Abdullah, llegó a convertirse en el esbozo de matón que desarrollaría más tarde. Pero entre tanta oscuridad, gritos y mal rollo en el hogar, la luz de Havva, su hermana querida, brillaba sobre todas y el día en el que la pobre casadera abandonó el hogar Abdullah se sintió más solo que nunca.


Los kurdos son un pueblo tan anclado en sus tradiciones como cualquier otro de los que pueblan Oriente Medio. No es raro ver a niñas de quince años ya casadas por sus familias en matrimonios de conveniencia, matrimonios como los de toda la vida, a veces a cambio de dinero o incluso de ganado, matrimonios que pueden convertirse en una pesadilla para las pequeñas. Y, en este caso, para su hermano, el paradójico tímido matón, el pequeño Abdullah Ocalan. Un momento en el que debió desarrollar un espíritu vengador, y hasta vengativo, oprimido por la pobreza, por la prolífica prole, por su madre tiránica, por su padre enfermo y por la pobre Havva que debió de abandonar el hogar mirando atrás con el rostro empapado en lágrimas. Tal vez por eso la guerrilla que Ocalan levantó años después tuvo un marchamo muy particular: un marcado, pero a su manera, sentimiento feminista.


Por las calles de las ciudades, incluso de las más rurales y apartadas, Ocalan es un héroe y las mujeres lo aclaman, gritan su nombre, llevan su foto y el número de ellas me parece muy alto para lo que se estilan las cosas en esta región del mundo. Llevan las banderas kurdas que se asocian al PKK, rojo, amarillo, verde, llevan pañuelos con esos mismo colores, llevan la cabecera de las manifestaciones y llevan muchos años llevando todo esto. En el monte, en el interior de la guerrilla, tienen también gran parte del peso de esta lucha ultramontana, y hay un punto de diferencia con otras organizaciones de la zona, como las palestinas, las árabes que luchan en Siria, y qué decir de las de clara orientación wahabita, donde las mujeres no pueden ni asomar la nariz de sus rigurosos chadores. En el PKK la mujer está en una situación de mayor igualdad, producto no necesariamente de la pobre Havva y del trauma que dejó en el impactado Abdullah sino en la orientación ideológica de estos rebeldes, anclados en un marxismo libertario que ha originado una sociedad más abierta en temas de género. Todo esto sin olvidar las sangrientas represiones internas y externas que propulsó el 'feminista' Ocalan, unas purgas que, por aquello de la igualdad, no respetó a hombres por ser hombres pero tampoco a las mujeres por ser tales. Una lucha que, por cierto, tampoco ha cambiado muchas de las costumbres y que deja a los hombres poblando los cafés jugando al dominó mientras ellas cargan con el peso del hogar.


En los inicios del PKK las mujeres no abundaban en una región en la que, como Havva, estaban destinada a casarse pronto y aliviar la situación económica familiar quitando una boca, como decía, y atrayendo dinerito fresco. Pero a partir de finales de los años ochenta, cuando se infiltraron en las universidades y Ocalan pretendió conferir un espíritu más urbano y cosmopolita a su lucha, las mujeres comenzaron a aflorar. Al principio como meras administrativas (porque una guerrilla necesita de todo, no se vayan a creer). Pero luego, una vez que la guerra aumentó de intensidad y los hombres kurdos terminaban en la cárcel por decenas de miles, tuvieron que multiplicar sus tareas, tapar las bocas hambrientas, buscar dinero donde lo hubiera, comportarse como hombres y mujeres al tiempo. Alguna hubo que llegó incluso a altos cargos en los primeros partidos kurdos que alcanzaron el Parlamento, como la carismática Leyla Zana, que pasó a la historia por hablar en kurdo en el hemiciclo por primera vez en la historia de Turquía y que terminó, por ello mismo (porque estaba prohibido por una ley que decía que el kurdo no existía y los kurdos tampocos), perseguida judicialmente y amenazada de muerte.

universitarias kurdas en Mardin

Como explica Aliza Marcus en su excelente Blood and Believe, a principios de los noventa las mujeres son ya un tercio de la guerrilla y el mismo Abdullah Ocalan aseguraba que su movimiento tenía, entre otras prioridades, la liberación de las mujeres. Una especie de shock colectivo en aquella sociedad rural y primitiva en la que las niñas eran carne de negocio, las mujeres en general carne de esclavitud y la sociedad todo un monumento al Patriarcado más rancio y casposo. Las mujeres vieron en la lucha de Ocalan su propia lucha y estuvieron, al parecer, dispuestas a olvidar incluso las barbaridades que el loco Abdullah hacía en sus propias filas. Las mujeres entrenan en el valle de la Bekaa, en el Líbano, entran en combate en la región turca de Sirnak, permanecen parapetadas en el norte de Iraq, o en las regiones kurdas de Siria, son parte integral ya del movimiento. Para muchas, la durísima vida en el monte es preferible a la vida esclava del hogar y las familias, a pesar de que muchas veces se resisten, no pueden evitar que se echen al monte porque, al fin y al cabo, se suponen que lo hacen por la patria kurda y que negarse a este acto de sacrificio es negarse a ser kurdo y eso está muy mal visto entre los vecinos. Y las jovencitas, aliviadas por lo que consideran un modo de escapara del destino de la pobre Havva, se echan al monte como escapatoria del pasado y como modo de reivindicar su papel en la utópica Kurdistán.

huelguistas en la ciudad de Gaziantep

Pero, paradojas de la vida, no dejamos de estar en oriente medio, no dejamos de estar en una sociedad con ramificaciones de lo más tribal y, aunque comunistas, musulmanes de obra y acción. El temor principal de los hogares es que las niñas, pues muchas no son aún ni mujeres, pierdan la virginidad, el honor más grande para las familias. Así que el PKK se adapta: mujeres sí, emancipación también, pero esto no es las FARC de Colombia, que en ocasiones parece un campamento de adolescentes hasta las cejas de éxtasis, sino una guerrilla recatada, pacata y muy de su región: Oriente Medio. El amor estaba prohibido y las relaciones sexuales se llegaban a pagar con la ejecución del gallito robacorazones. Claro que era difícil prohibir una cosa como el amor, tan etérea ella, y mucho más fácil de castigar un pollito, cogido in fraganti, una deshonra para la familia de la jovencita y un descrédito para la guerrilla, de la que podían pensar que era un despiporre y que tú, querida hija mía, al monte no te vas con esa pandilla de sátiros. La situación, decían, era de guerra, no de fiesta, aquí se viene a luchar y el sexo, el amor y todas esas paparruchadas están fuera de la lucha por la patria. Valor tenían de decirlo bajo un icono revolucionario tan del gusto de los kurdos como el del Che, que está por todas partes, un tipo que precisamente no tenía precisamente fama de cortarse un pelo con las rebeldes.


El mismo Ocalan fue muy criticado cuando se casó con su compañera de partido, Yesire Keldirim, una pija, a decir de todos, que no veía el mundo en la línea revolucionaria de su marido sino que quería su casa como Dios manda y que discutía con el germen del futuro Amado Líder delante de todos, para su oprobio y de los demás. Abdullah, atrapado entre el recuerdo de su enérgica madre, su no menos enérgica esposa, el recuerdo de su pobre hermana y la ideología izquierdista que predicaba la igualdad más allá de razas y géneros, no tenía otra vía que desarrollar un feminismo... a su manera, de Oriente Medio, y aunque terminó divorciándose y mandando a su otrora esposa a Grecia para efectuar labores internacionales (sobre todo para que no la ejecutaran en una de las purgas que no dejaba títere con cabeza), Ocalan la recordaba agradecido en las entrevistas, la mujer que le enseñó a intentar comprender a las mujeres (que ya es mucho para un kurdo ultramontano). Por eso, cuando la manifestación me lleva en volandas en un pueblo tan remoto como Cizre, a pies del Tigris y pegado a las fronteras siria e iraquí, parece que sólo veo mujeres, mujeres coloridas, mujeres que llevan banderas rojoverdeyamarillas, mujeres que gritan Ocalan a todo pulmón mientras esquivan las bombas lacrimógenas de la policía, mujeres con velo pero también muchas mujeres sin velo, mujeres que ululan y chasquean sus lenguas y hacen el signo de la victoria a dos manos, en la calle, desde las azoteas, las niñas más niñas y las abuelas más abuelas. Porque el movimiento kurdo es un movimiento con mucho de femenino, un movimiento feminista a su manera, una guerrilla de género donde, paradojas de la vida, el amor está prohibido por decreto.


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


lunes, 12 de noviembre de 2012

Viaje a la frontera entre Turquía y Siria: kurdos, Nusaybin y Qamishle



En la frontera entre Turquía y Siria se aguanta la respiración. En Nusaybin, ciudad turca paralela a la de Qamishle, se respira tranquilidad, los comercios abiertos, los abuelos con sus clásicos turbantes manoseando sus rosarios sentados a las sombras de los frondosos árboles del parque, los conductores de autobús vociferando sus rutas con los vehículos en marcha. Pero la frontera está cerrada a cal y canto y la amplia carretera que lleva a Siria está desierta. Todo el límite de Nusaybin está vallado con alambre de espinos seguido por más alambre de espinos y, a su vez, flanqueado por torretas con soldados que dibujan sus siluetas en el contorno de la ciudad vecina, que a su vez es el país vecino. Un soldado me avisa, nada de fotos, un cartel me lo recuerda, nada de fotos, y la tranquilidad que se vive en este paso fronterizo invita, precisamente, a entretener los nervios con el extranjero que se empeñe en hacer una foto así que, entendido, nada de fotos. 

Bastantes problemas tiene Turquía en esta frontera como para añadirle una foto hecha a destiempo. Porque al otro lado, en Qamishle, predominan los kurdos, que están de uñas con el gobierno de Ankara a resultas de la represión de los que no dejan de ser sus primos cercanos, cuando no algo más. Las fronteras son porosas y varios boquetes abiertos en su perímetro invita a pensar que de cuando en cuando alguno se cuela. Como una muestra más para la inquietud, los kurdos de la ciudad vecina, esa Qamishle, marchaban ayer junto a miembros de la oposición a Al Assad por las calles sin ningún pudor porque desde la muerte del líder kurdo en Siria, Mechal Tammo, hace ahora un año, los kurdos han tomado partido definitivamente. Tammo recibió cuatro balazos que terminaron con su vida, la vida del fundador del Consejo Nacional Sirio, un partido opositor en la línea kurda, y el gobierno de Al Assad, al parecer, sabe mucho de este crimen porque se decía, incluso, que Tammo podría encabezar un supuesto proceso de transición. Pues bien, Tammo ya no está y los kurdos no pueden ver a Al Assad, así que, sobre todo después de la nueva demostración de repulsa al gobierno, es cuestión de tiempo que el ejército sirio ataque esta ciudad. Y los turcos miran en la distancia esperando balas que caigan y refugiados que corran campo a través para colarse por esos boquetes delos que hablaba antes. Pero el globo ha estallado, mientras esto ocurre, unos kilómetros más al oeste, en la ciudad de Ceylanpinar, la gemela de Ras el Ain, donde los rebeldes sirios luchan codo con codo contra los militares sirios. La tensión crece en la grandísima frontera turca, la televisión repite machaconamente el momento del incidente y la OTAN anuncia que si esto sigue así, intervendrá. Ya veremos....

lunes, 5 de noviembre de 2012

Viaje a Turquía: tres guerras, dos externas y una interna, y cien mil refugiados sirios

Frontera de Turquia con Siria en el paso de Kilis

El trueno de un caza rompe el cielo de Diyarbakir, la ciudad más grande de la Anatolia. Me pregunto a dónde irá. Tal vez a la cercana frontera con Irak, un país de opereta dominado en sus regiones del norte por los kurdos, a los que el gobierno de Ankara acusa de albergar bases clandestinas del PKK, considerados por Turquía, y por la comunidad europea, terroristas. En los últimos días aviones turcos han bombardeado varias de estas bases situadas en territorio iraquí, enclaves de sus hermanos de raza de la Union Patriotica del Kurdistan en la provincia de Erbani, en lo que es una muestra evidente de que las fronteras en esta parte del mundo no tienen mucha credibilidad. Pero esperen, puede que el caza vaya a algún punto de la extensa provincia turca de Diyarbakir, donde me encuentro y donde actúan esos miembros del PKK, o esos terroristas que ya no son iraquíes sino turcos, aunque no menos kurdos. De hecho hace unos días reventaron una comisaría cerca de la capital, de Diyarbakir, dejando un soldado muerto y seis más heridos, y luego les dio por poner un coche bomba en una localidad cercana ya a Irán, donde murió un niño y hubo otros dieciocho heridos, una cadena de atentados que fue respondida por el ejercito turco con un incremento evidente de controles y presencia. O tal vez me equivoque en ambos casos y el caza que rompe el cielo de Diyarbakir se dirija a otra frontera, la de Akçacale, que comunica con Siria, donde las bombas del régimen de Al Assad caen puntuales día sí y día también, desviadas, se excusan los baazistas, 'sin querer' en su loca carrera por derrotar a los rebeldes sirios que se parapetan en la última ciudad antes de la barrera, un 'sin querer' que ha dejado ya cinco muertos turcos y la tensión al rojo vivo entre los dos países.


Con tantos objetivos potenciales imagino al caza soltando bombas aquí y allá, casi que al tun tun porque caiga donde caiga, acertará a algún enemigo de Ankara. Porque Turquía tiene un problema, y Recep Erdogan, su presidente, lo sabe, cómo no saberlo, un problema de una magnitud aún por calibrar en la Anatolia. Kurdos, turcos, kurdos iraquíes y rebeldes sirios, todos parecen en empeñarse en destruir el sueño turco de Mustafa Kemal, el legendario Atatürk que latinizó su desfasado alfabeto árabe y giró el rostro del agónico imperio otomano hacia occidente a principios dels giglo XX. En este sentido, Erdogan viene de visitar a Angela Merkel en Berlín, la gran lideresa que recibe en un palacio neoimperial a los monarcas extranjeros y a los que aspiran a formar parte, más o menos colonizados, de su gran corral europeo donde ella es, paradojas del destino, el gallo mayor. En este caso Erdogan ha insistido en su europeidad al estilo Ataturk mientras que, por lo bajini, pide ayuda desesperada porque en sus fronteras ya se acumulan 110.000 refugiados sirios, y aunque ACNUR le agradezca que mantenga las fronteras abiertas para que los civiles puedan seguir huyendo, la situación se adivina apocalíptica si no hay un cambio pronto. 




Unas cifras que sólo pueden crecer y que la propia ACNUR considera que se duplicaran en los próximos meses. En la ciudad de Kilkis se levanta el primer campo de refugiados de casas prefabricadas, con su mezquita y su hospital y también con sus quince mil sirios, pero cerca está el de Islahiye, con tiendas de lona y famoso desde que Angelina Jolie lo visitara con un hiyab, y más allá está el de Osmaniye, y el de Nizip... Miles de historias que esperan bajo el sol la solución a un drama que, conforme pasa el tiempo, tiene menos fácil la solución. Desde la región de Hatay, la antigua Antioquía de los griegos y bañada por el Mediterráneo, hasta la de Diyarbakir, capital espiritual de los kurdos, los campos de refugiados jalonan la frontera con Siria. Por la primera región, la de Antioquía, salen refugiados y entran rebeldes barbudos provenientes sabe Dios de dónde, y los sirios, que son malos pero no tontos, les devuelven misiles mezclados con más refugiados, y claro, así no hay manera porque desde territorio turco les devuelven los bombazos más algunos barbudos y voluntarios internacionales que se les cuelan como el que no quiere la cosa: incluso llegan sirios desde Madrid con la sana intencion de construir un hospital. Es de suponer que a los turcos cada vez les quedan menos misiles porque el presidente, recuerden: Recep Erdogan, ha sugerido a la OTAN que le haga llegar unos misiles Patriots por si las cosas terminan de salirse definitivamente de madre.

Entrada al campo de refugiados de Kilis


Y así estamos, los refugiados sirios no dejan de venir, los activistas kurdos (o terroristas, elija usted) no dejan de protestar y ahora mismo más de seiscientos presos guardan una huelga de hambre que supera ya los cincuenta días pidiendo el uso de su lengua en colegios y tribunales, periódicos y televisiones, presos que, en ciertos casos, terminarán por morir porque ni agua timan, y las protestas callejeras terminan a gorrazos, piedras del lado kurdo, gas pimienta del de los antidisturbios.


Según la oficina que mantiene ACNUR, la cifra exacta de refugiados sirios en Turquía es de 107.769, una cifra que cuando termine de leerla se habrá quedado obsoleta y que engolba, sobre todo, a sirios ponretones y sin nada en su haber porque los ricos, me asegura un muchacho en Kilkis, se van a hoteles, donde estàn más cómodos y repantignados. En mi hotel me lo confirman: mis vecinos son sirios y acaban de llegar. Mientras, dos cazas más surcan el cielo de Diyarbakir desde una base cercana, y yo me pregunto, ¿Irak, Siria o Kurdistan?






©Jose Luıs Sanchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com









sábado, 10 de marzo de 2012

Viaje a Kosovo: carnaval de Cádiz en Vitina

Un albanés mantiene alto el espíritu y yo decido imitarle

Hace ahora diez años alquilé un renault Clio en el aeropuerto de Sofía, la capital de Bulgaria, le prometí a su dueño que como mucho me acercaría a la frontera griega y enfilé morro a Macedonia, donde la guerrilla albanesa del UÇK-M asaltaba a las tropas eslavas reivindicando un referéndum que les permitiera unirse a sus hermanos de raza. En la ciudad de Kumanovo conocí a un albanés, Sheval, que se ofreció para presentarme a los guerrilleros aunque, eso sí, deberíamos ir a Kosovo para contactarlos. Sufrí entonces un ligero vahído porque le había prometido al dueño del vehículo que no lo expondría a ninguna situación de riesgo y el destino me llevaba al peor escenario posible. Conseguimos, con vicisitudes sin nombre, llegar a Pristina, la capital de Kosovo, y de ahí a Vitina, donde se suponía que los guerrilleros harían por saludarnos. Pero la espera se hizo eterna y decidí, una tarde, pasear por la ciudad y hacer algunas fotos. Apenas un par de barrios de Vitina permanecían en manos de los serbios, mientras que una multitud de albaneses deambulaba por las calles de la ciudad sin mucho más que hacer que mirarme de arriba abajo con cara de enfado. Por fin encontré uno de esos barrios: a la entrada, cuatro soldados norteamericanos de la OTAN, con sus dedos en los gatillos y abrigados por unos enormes chalecos antibalas, vigilaban que ningún albanés entrara en las calles serbias mientras que un grupo de mujeres volvía de la compra escoltadas por otros soldadotes igualmente imponentes y enormes.


Decidí entonces que ahí había una buena foto. Saqué mi cámara, localicé a los militares a través del objetivo, enfoqué alegremente y una sombra cariacontecida se me acercó de mal humor. ¿Qué hace usted?, me preguntó el soldado. Fotos, le dije yo enarcando las cejas mientras le enseñaba un carnet de prensa. 'Este carnet no vale', me espetó serio. Era mi carnet de Canal Sur. 'Lógico', pensé yo, 'aquí nadie conoce Canal Sur'. Rebusqué en la cartera con la esperanza de encontrar otro carnet: ahí estaba, el carnet de la Asociación de la Prensa de Cádiz: tenga usted. El militar lo miró con cierto asquito y me lo devolvió mientras meneaba la cabeza. Vaya, este tampoco sirve. Nervioso, rebusqué con ahínco mientras el soldado acariciaba su M16. Localicé por fin una nueva acreditación de prensa: un viejo carnet del diario Ya, caducado años atrás, un absurdo recuerdo de mis tiempos de corresponsal en Colombia. 'Está caducado desde hace cuatro años', observó con evidente malhumor el coloradote militar. Confieso que lo vi todo perdido y que me imaginé despellejado por una turbamulta albanesa, o tiroteado por sus compañeros, que asistían en la distancia al espectáculo con caras que rayaban el suelo sin asfaltar del barrio serbio. A punto de agotarse mi muestrario de carnés, localicé el último: una acreditación de prensa del concurso de agrupaciones carnavalescas del Gran Teatro Falla de Cádiz. Lo saqué de su ranura y se lo alargué con canguelo al que presumía ya mi verdugo. El hombre lo miró ceñudo, comprobó que la foto se correspondiera a mi rostro, me escudriñó, miró otra vez la foto y concluyó: 'That's right'.


Y aquí dejo algunas fotos de aquel extraño momento en el que los soldados norteamericanos de la OTAN desplegados en Kosovo me permitieron acompañarlos de patrullaje y fotografiarlos gracias a un carnet de prensa del carnaval de Cádiz.


Los soldados de la OTAN se ríen de mi candidez pero me permiten fotografiarlos gracias a un carné del carnaval de Cádiz









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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