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lunes, 4 de febrero de 2013

Viaje a la India: el niño esclavo del hotel Boktoo



Estaba por todas partes. Lo veía en la cocina, llevando tiestos, o en el interior de la casa, bajando una bombona, limpiando el polvo, colocando bien las alfombras, lo veía en el jardín, regando las cuatro matas y arreglando las macetas. A veces se acercaba al salón en el que los dueños de la casa, la familia Boktoo, veían campeonatos de golf en la televisión por satélite: el pequeño entonces se quedaba fascinado con las imágenes, parecía petrificado por el mágico influjo de la pantalla, la montaña de platos que acababa de recoger del mantel pendía peligrosamente de sus bracillos hasta que algún grito le devolvía a la realidad. Volvía entonces a la cocina, uno de sus lugares habituales, cabizbajo y taciturno. El cabeza de familia, Alí, dueño de un antiguo y enorme barco de los tiempos de los ingleses en el que había montado un hotelito, lo miró con desprecio cuando le pregunté que quién era ese niño. 'No es nadie', respondió molesto, 'nadie'. Pero eso no podía ser cierto: ese niño ERA alguien, no era un fantasma incorpóreo porque la bombona que cargaba era corpórea: de hecho era demasiado corpórea. No podía ser, me decía a mí mismo, pero sí, era cierto, estaba ahí mismo, en la capital del estado indio de Cachemira, en Srinagar, me servía el arroz, me traía el pan y se llevaba los platos sucios.



Sólo en la capital del país, en Nueva Delhi, hay más de medio millón de niños como este: sirven en casas, trabajan en fábricas, mendigan por las calles o hacen cosas que no se corresponden para nada con lo que debe de hacer un niño. Dicen las ONGs que en todo el mundo pueden ser cerca de 400, cuatrocientos, millones de niños los que vivan en este estado, lo diré con todas sus palabras: son esclavos infantiles, niños esclavos.  La Confederación Española de Religiosos (Confer) lo dice de un modo muy claro: 'puede que los plátanos que comemos y el café que degustamos estén empapados del sudor de muchos niños'. Pero no es el caso que me preocupa: el chaval que arrastra la bombona no se desloma de sol a sol en una plantación de cacao ni tira machete para arrancar el fruto de las plataneras. Es uno de los siete millones y medio de menores de 15 años que la Organización Internacional delTrabajo calcula existen en el planeta como empleados domésticos forzados.


En la India dicen las ONGs que saben de esto que no cuesta mucho tener uno de estos chavales, que por mil rupias (unos 15 euros) muchos padres están dispuestos a vender a sus hijos, en parte porque les quitas un problema, en parte porque creen que los compradores les darán una vida mejor, en parte porque este mundo está podrido en grado sumo: cada año se suman a la lista del oprobio en la India nada menos que doscientos mil nuevos niños con mucho trabajo por delante. Porque el trabajo doméstico no acaba nunca: siempre hay una sábana sucia, una maceta por regar, una alfombra con polvo o un cuadro torcido. Es un trabajo sin horarios, sin descanso semanal ni, por supuesto, salario reconocido.

Y, por supuesto, se trata de un problema que excede a la India: según UNICEF 346 millones de niños y niñas son sujeto de explotación infantil y las tres cuartas partes lo hacen en condiciones de peligro. En Haití pueden ser 250.000 los niños esclavos, la mayoría de ellos en tareas del hogar o agricultura, en Camboya el 35% de las prostitutas son niñas menores de 17 años, en Brasil más de medio millón son esclavos domésticos y en Sudáfrica hasta dos millones, en Bangladesh hasta trescientos mil y sólo en la capital del Perú, en Lima, hay unos 150.000. Cifras aproximadas y extraídas tras arduas investigaciones y aproximaciones porque las verdaderas, desgraciadamente, no las sabremos nunca. En este terrorífico informe puedes saber algo más de estos millones de dramas.






Rachid es el chófer de los Boktoo, un joven simpático y lenguaraz. ¿Quién es este muchacho?, le pregunto. 'Ah, sí, es de la casa', responde con franqueza, 'ayuda, limpia, siempre está por ahí, lo trajeron los Boktoo para que no estuviera por la calle, aquí está bien, protegido, alimentado, tiene una casa y un techo bajo el que refugiarse, está bien, está bien...'. Bueno, me queda claro: el chaval es un empleado doméstico que corresponde a niño esclavo. ¿Puede salir? '¿A dónde querría ir?', responde el jovial Rachid. Claro, ¿a dónde querría ir un niño esclavo?. Por último, le pregunto su nombre: ¿cómo se llama el chaval? Rachid contesta alegre, sin saber la connotación que el nombre tiene en mi idioma. 'His name is Mojon'.

 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

domingo, 6 de enero de 2013

Viaje a la tumba de Jesucristo: Jesús murió en Cachemira y está enterrado en Srinagar (o eso dicen)




Alí conduce un destartalado todoterreno con el cristal delantero rajado por el dédalo de callejuelas del centro de Srinagar, la capital de Cachemira. Quiere enseñarme no sé qué mezquita donde no sé qué profeta dijo algo trascendental pero me mira la cara y adivina que esa historia no me interesa demasiado. 'Tal vez podríamos entrar antes en Roza Bal', dice como el que no quiere la cosa, 'para visitar la tumba de Jesucristo'. ¿Ein? ¿La tumba de Jesucristo? ¿Cuál Jesucristo?, pregunto súbitamente interesado, ¿el Jesucristo de la Biblia o acaso hay Jesucristos por las esquinas en este extraño país?. 'El de la Biblia', dice Alí con una amplia sonrisa, '¿cuál si no?'. Vayamos, me digo, asombrado aún de que esté picando el anzuelo de lo que presumo un timo al uso para extranjeros panolis. Pero no, llegamos a algo parecido a una plaza donde jovencitos aplicados desfilan cogidos de la mano mientras recitan algo parecido a una salmodia, recién salidos de una mezquita, y las mujeres cruzan como fantasmas la calle envueltas en sus larguísimos velos, a veces de colores pero sobre todo negros y muy negros. El barrio se llama Khanyaar y el santuario, el mentado Roza Bal, es un lugar de culto, curiosamente, para musulmanes, budistas e hindúes, que peregrinan a la tumba de un tal Yuz Asaf para mostrarle sus respetos. Los budistas dicen que el tal Yuz Asaf es un Bodhisattva, un sabio al que se identifica con el espíritu del Buda porque así se refirió a sí mismo en vidas previas cuando luchaba por su liberación espiritual. Los hindúes lo veneran como veneran a tantos millones de dioses y diosas, pareciera que están deseando que aparezca una novedad para incluirla en su extenso santoral. Por último, los musulmanes creen a pies juntillas que es Jesús, aunque no todos los musulmanes sino unos muy particulares: los musulmanes ahmadíes.


Se les conoce como musulmanes Ahmedí y siguen a un tipo llamado Mirza Ghulan Ahmad que, a finales del siglo XIX, escribió su teoría de que el Jesucristo de la Biblia no murió en la cruz y, hombre como era sin pizca de deidad, prefirió largarse bien lejos, y dónde más lejos que en la remota Cachemira, donde él (o Él) situó a las tribus perdidas de Israel. Si las encontró o no, es otro cantar. Los ahmedíes consideran a Cristo un tipo normal, un hombre de carne y hueso, aunque entre sus extrañas creencias también se cuenta que la Sábana Santa de Turín es verdadera y refleja el rostro de ese hombre tan normal. Según Ghulan, que se remonta a otros textos muy antiguos, Cristo no murió en la cruz sino que 'sufrió un desmayo' porque Dios, en su infinito poder, nunca permitiría que uno de sus profetas más grandes muriera brutalmente de una manera tan humillante. Sin embargo la huida a la India no parece menos humillante, sobre todo por eso de dejar creyendo a los demás que había muerto y subido al cielo en una nube. La cosa es que Cristo dejó Palestina y se encaminó al Oriente, concretamente a Cachemira, y más concretamente a Srinagar, donde murió a una edad muy avanzada. Cuesta trabajo imaginarse a Cristo achacoso y con el pelo cano, pero para Mirza Ghulan así fue. La leyenda parece, para más enredo, sustentarse en manuscritos del siglo I, donde se habla de un profeta proveniente de Palestina que tenía extraordinarios poderes curativos. El caso es que los ahmadíes tienen a Cristo como un dogma de fe y tamaña historia no sólo crea escepticismo entre los occidentales cristianos sino que entre los mismos musulmanes provoca toses roncas y hasta una fatwa que ordena la destrucción de esta secta maligna.

La tumba de Nuestro Señor Jesucristo, con el suelo un poco manga por hombro

Los ahmadíes consideran que Jesús estuvo en la cruz sólo unas horas, y no días, que era el tiempo necesario para morir de verdad (y no de mentirijillas). Pilatos, que tenía simpatía por el revoltoso Jesucristo, ordenó bajarlo antes del Sábado, y el evangelio de Juan asegura que Nicodemos trajo mirra y aloe, que son plantas especiales para curar heridas. Jesús, una vez recuperado, enseñó las cicatrices a sus seguidores para demostrarles que él (o Él) era un hombre de lo más normal y puso proa a Galilea, donde cayó en la cuenta de que ya había profetizado que en algún momento iría a buscar las diez tribus perdidas de Israel, que en aquella época se suponían hacia el este, en algún lugar entre Afganistán y la India. Los ahmedíes aseguran que Jesús abandonó Palestina acompañado de su madre, la Virgen María, y de su esposa, María Magdalena, además del apóstol Tomás. La historia de sus pasos se vuelve tortuosa conforme avanza por oriente medio: en Irak se encuentra a su discípulo Ananías y a un tal Saulo, que poco después cayó del caballo y se convirtió a la fe de aquel al que tanto persiguió. En Nusaybin cayó en manos de un cruel rey, que lo encarceló nuevamente, pero unos asombrosos milagros hechos en el momento justo consiguieron su libertad. De allí se encaminó hacia Partia, en territorio persa, un lugar donde vivían muchos judíos que le recibieron calurosamente, aunque no debió de gustarles mucho una premonición en la que anunciaba el advenimiento de un nuevo profeta que habría de llamarse Mahoma. Finalmente, Jesús estuvo incluso en la India, dejando Los Mundos de Hachero en una simple broma, porque así se asegura en unas escrituras sagradas hindúes: Jesucristo conoció al rey Shalewhin en uno de los majestuosos picos del Himalaya y le dijo estas palabras: 'Soy el Mesías, nacido de una Virgen' y el rey, cuando comprobó que hablaba con los ángeles, cayó rendido a sus pies.

Los vecinos de la tumba de Nuestro Señor Jesucristo son piadosos, pero musulmanes
Entro pues en el mausoleo donde Alí asegura que reposan los restos de Jesucristo, el de la Biblia. 'Vaya, no está el encargado', dice Alí mientras busca con los ojos algún movimiento en el edificio. Pero no, no hay nadie y debo conformarme con ver la tumba del Mesías desde la barrera, tras un enrejado que impide acercarse al santo lugar y pienso en lo extraño de que Jesús tenga una tumba tan poco vigilada. El suelo está un poco sucio, el lugar está medio en penumbra y un cartel escrito en inglés pide por favor que no se escriba sobre el cristal. Si lo piden será porque alguien lo habrá hecho: ¿qué puede escribirse en la tumba de Jesús? ¿Mike was here?. Fuera un cartel grandote también explica en inglés que Jesús es un profeta del Corán y que no murió en la cruz. Al parecer el edificio se construyó alrededor de la tumba en 1766, cuando se declaró oficialmente un monumento sagrado. Sin embargo, me mosquea lo sucio que está el suelo del sepulcro de Jesús: qué diría mi madre, tan devota y tan limpia ella, pienso al pronto. Hay al menos dos sarcófagos, aunque desde mi posición no se ven del todo bien. Son de piedra, me dicen, y están rodeados de telas y sujetos a una estructura de madera. Al parecer en el sepulcro hay un relieve con la forma de dos pies, una tradición en las tumbas de los santones en el centro de Asia, pero no consigo ver nada porque, recordemos, el encargado no está y el mausoleo es un tanto incómodo. Un historiador alemán, Holger Kersten, que a su vez fue el máximo propagador de esta historia y su principal defensor, estuvo a punto de abrir el sepulcro para ver qué diantres hay en su interior pero cuando ya tenía el permiso del gobernador local estallaron unos disturbios y todo volvió al punto de partida: recordemos que Cachemira sufre un prolongado conflicto debido a las aspiraciones pakistaníes de incorporarla a su país, la resistencia de algunos grupos musulmanes a permanecer en la India y el empeño de la India en evitar la secesión. Kersten estaba convencido de que en el interior de la tumba se encuentra Nuestro Señor Jesucristo, lo que supondría una convulsión de una magnitud inimaginable para la religión cristiana. Sin embargo, según esta página el santuario se ha cerrado a los extranjeros porque eran demasiados (cosa inaudita porque, insisto, Cachemira está en estado de guerra y los turistas se cuentan con los dedos de la mano de un manco).

Fotograma de un vídeo que grabé en el interior del mausoleo

Un antiguo manuscrito cachemir revela que en la tumba está Jesús, el Espíritu de Dios le llama, y según afirma el corresponsal de prensa ruso de finales del siglo XIX Nicolas Notovich, en el monasterio de Hemis, en Ladakh, cerca de Srinagar, los monjes le hablaron de la vida del santo Issa, que es el equivalente árabe del nombre de Jesús, un descubrimiento que originó un libro titulado 'Vida desconocida de Jesucristo' y traducida al inglés, alemán, español e italiano. A partir de ahí, son innumerables los libros que especulan sobre este singular fin de la vida de Jesucristo. Para mayor inquietud, y siguiendo una antigua tradición judía, los pies de la tumba están orientados hacia Jerusalem. Como los ahmadíes creen a pies juntillas que la Virgen María siguió los pasos de su hijo, consideran que también murió en estas regiones orientales y sitúan su tumba en Pakistán, en una lugar conocido como Mai Mari da Ashtan (el lugar de reposo de la Virgen María). Claro que los cachemires tienen el ego un tanto subido y consideran también que Moisés está enterrado en el monte Nebu, al norte de Srinagar, y pareciera que la región es un cruce de caminos religiosos y de santones, profetas y mesías que sólo sufre la competencia de Jerusalem.

Un cachemir ciertamente llamativo

Salgo del sepulcro a toda prisa porque en la cercana mezquita de Dastgir Saheb se reúne a toda prisa una multitud hambrienta para recibir comida arrojada con cierto desdén desde un tejado por un joven cariacontecido (un video que puedes ver aquí). Las mujeres elevan sus manos al cielo mientras trozos de carne caen como maná, hay peleas, empujones, en un rincón un señor coronado por un elegante gorro de piel reparte con las manos puñados de arroz amarillo, la gente eleva sus manos esperando arañar algún granito perdido en un auténtico festival de grasa. La tumba de Jesucristo queda atrás, la olvido muy rápido porque el hambre siempre llama la atención: no me extraña, pues, que los demás la olviden también, una tumba perdida en un sinfín de tumbas perdidas, de santones con más o menos aceptación, una tierra hostil, castigada por guerras y religiones en la que los iluminados se suceden, se estorban, se atropellan. Si Cristo es el ocupante de la tumba, murió entonces a los 108 años, se casó y tuvo un montón de hijos. Si se demostrara cierto, la religión cristiana tendría un serio apuro. Si no lo es, será otro cuento para amantes de lo esotérico, una tumba misteriosa que guarda un secreto inflado por gente fantasiosa. Ahí queda la duda en una región llena de peregrinos y peregrinaciones de toda índole, como esta que resulta mortal cuando miles de adoradores de Shiva pretenden llegar a la cueva donde vive el miembro viril del Dios Naranja. Pero creo que si se demostrara que Cristo fue un viajero tan impenitente, un señor normal con muchos conocimientos de filosofía y de religiones, un tipo extraordinario que sabía de todo y tenía tal don de gentes que se recorrió media Asia deslumbrando a reyes y profetas, y que murió como morimos todos, con el pelo cano y achaques, probablemente se quebraría una fe y una poderosa Iglesia pero tal vez ganaría el hombre, con mayúsculas, el Hombre.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

martes, 17 de abril de 2012

Viaje a Cachemira: Yatra, la peregrinación más peligrosa del mundo

Cada año miles de peregrinos hindúes recorren los caminos de la Cachemira india para llegar a la sagrada cueva de Amarnath, donde dice la tradición que habita Shiva, el dios naranja. Una piedra de hielo en forma de lingum (el pene de este peculiar dios) es el objetivo de la visita, y su sola visión justifica el viaje. Los peregrinos llegan por millares a Pahalgam, una pequeña población en el centro de Cachemira, y desde allí caminan durante tres días cruzando valles y montañas, bosques y praderas. Las colas de peregrinos son visibles desde cualquier punto elevado. La mayoría va vestido de naranja, el color de Shiva. Muchos llevan pintados en la frente un tridente, el símbolo del dios, otros se adornan con un punto que simboliza el tercer ojo que mira más allá. También han venido sadhus, los santones que pasean su semidesnudez por media India en una búsqueda permanente de su propia identidad.

Pero la peregrinación es visible por algo más. Alrededor de 15.000 soldados vigilan cada paso de las multitudes, cachean a cada peregrino, revisan cada autobús, inspeccionan los ropajes y vacían las maletas. Cualquiera de los devotos de Shiva puede ser un muyahidin disfrazado y provocar una matanza. Ya ha sucedido antes y todos son conscientes de que puede ocurrir otra vez. Y de hecho ocurre: días atrás fue en Quasimnagar, cuando decenas de peregrinos jaleaban a la selección india de cricket en un partido contra la de Gran Bretaña. Tres santones hindúes sacaron de entre sus ropajes granadas y metralletas y dispararon a discreción dejando veintiocho cadáveres en el suelo y decenas de heridos moribundos por todas partes.

Poco después, en el trayecto por las montañas, otro grupo de muyahidines volvía a atacar a los peregrinos con granadas y metralletas. Doce cadáveres, varios de ellos policías, y decenas de heridos rompían por ese día la peregrinación. Los ataques son continuos y no es extraño ver a los soldados cubiertos por gruesos chalecos antibalas y apuntando nerviosos sus fusiles en todas direcciones.

Comienza el Yatra, la peregrinación. Cachemira da la bienvenida a los devotos hindúes. Los carteles se repiten por doquier, las carreteras están engalanadas, los autobuses de peregrinos surcan los caminos a toda velocidad. De las ventanillas salen manos que arrojan bolsas de caramelos a los niños de las aldeas y provocan la indignación de los vecinos porque con frecuencia los pequeños terminan bajo las ruedas de los vehículos.

Control tras control, los visitantes detienen los motores para mostrar sus pasaportes y justificar su paseo. Soldados nepalíes, los famosos gurkas, patrullan las carreteras cachemires abiertos en abanico, separados entre sí por varios metros, comandos de ocho, diez, doce hombres. '¿Hay peligro?', le pregunto a un sonriente soldado de ojos achinados. 'Claro', dice jovial, 'si no, ¿para qué íbamos a ir así?'. Los musulmanes de la zona gritan indignados a los soldados. 'Por su culpa nadie entra en nuestros hoteles', se quejan. Los peregrinos son obligados a alojarse en tiendas de campaña levantadas en el interior de campos rodeados de alambradas y protegidas por torretas de vigilancia. Donde quiera que uno mire sólo ve soldados, nidos de metralleta.

S.S Puri es un hindú que hace montañismo por la zona, ajeno a la peregrinación, y considera que todo esto le parece un poco exagerado. 'Cada vez que hay elecciones en alguno de los dos países, India o Pakistán, se enzarzan en lo que siempre parece el inicio de una guerra, pero al final no pasa nada...' Sin embargo, el despliegue de un millón de soldados no parece gratuito. Hay cientos de ataques y en ambos bandos caen muertos a diario. 'Si los paquistaníes dejaran de enviar municiones y armas a los guerrilleros, esto se acabaría en dos días', se lamenta un oficial indio que dice llamarse Ahmad. 'Si la India nos diera la independencia, esto no duraría mucho más', resalta el profesor Sheik, un intelectual musulmán que estuvo encarcelado durante ocho años por sus encendidos escritos por la independencia.

Pahalgam, punto de inicio de la peregrinación. Un sadhu repite mantras monótonamente protegido del sol por un colorido tenderete mientras un santón efectúa unos extraños ritos sobre una mesa cubierta de flores y varitas de sándalo. A su alrededor, un nutrido grupo de religiosos reza y canta alabanzas a Shiva. Suenan campanas, el micrófono se acopla de vez en cuando, un tridente preside la ceremonia. Todo parecería perfectamente normal en esta escena de no ser por la presencia de decenas de soldados que vigilan el acto. Guardaespaldas con metralletas, soldados regulares con fusiles, hombres de chaqueta y corbata con gafas de cristal que no apartan las manos del pantalón. El recinto está cerrado, y reservado a altas autoridades, y algunos musulmanes se agolpan en una valla metálica para observar. Pero por cada curioso hay tres, cuatro, pierdo la cuenta, de soldados que a su vez los observan a ellos.

'¿Qué daño podemos hacerles nosotros?', se queja Rajiz, hostelero de Pahalgam. 'Nosotros vivimos del turismo, tenemos los hoteles vacíos y la gente del pueblo pasa hambre, no les dejan ni comprar en nuestras tiendas... ¡y esta es nuestra tierra!... cada año vemos pasar a millones de peregrinos que no dejan ni un solo centavo en el pueblo...' Los lugareños están realmente desesperados y se agolpan ante mi cámara como si detrás del objetivo estuviera la solución a todos sus problemas. 'Entre los soldados, que no dejan de pedir sobornos, y los muyahidines, que con sus ataques provocan más ira entre los indios, no tenemos ningún futuro', dice con lágrimas en los ojos, al borde de la desesperación. A pocos metros, Jo, un peregrino, vuelve por fin a casa: 'no he pasado más miedo en la vida', confiesa, 'durante el trayecto sólo nos encontrábamos con soldados y cada vez que se movía un matorral me llevaba un buen susto'.

'No hay duda de que Pakistán envía municiones y armas a los guerrilleros', me comenta Alí Boktoo, un hostelero de Srinagar, la capital de Cachemira, al que podría acusar también de estafador y chulánganas, 'pero sepa usted que también los soldados indios hacen negocio con esta guerra'. Según Boktoo, algunos militares indios venden munición, armas, alcohol, cigarrillos, 'y más cosas, porque muchos cruzan incluso la frontera para hacer sus negocios'. Sin embargo, no puede decirse que los musulmanes sean del todo inocentes. Miles de hindúes han tenido que huir de Cachemira ante los insistentes ataques que sufren. En la cercana Jammu, de influencia hindú, se agolpan miles de refugiados en precarios campos administrados por la ONU.

'Sinceramente', prosigue Boktoo, 'yo prefiero formar parte de la India que de Pakistán, y como yo creo que el 90 por ciento de los cachemires, lo que ocurre es que después de tantos años de ocupación militar el pueblo está harto de los militares'. El profesor Sheik, más cercano a Pakistán, tiene otro criterio. 'Dejen que decida la gente, ¿qué miedo tienen?, La india debe hacer un esfuerzo y dejar de acusar a Pakistán de todo lo que ocurre aquí: Pakistán también tiene sus derechos en un territorio disputado como este', para luego asegurar que los muyahidinies no son terroristas sino luchadores por la libertad.

Ante la afirmación de que Occidente tiene miedo de un nuevo estado islámico que le recuerde a Bin Laden, el profesor dice que 'los americanos no tienen pruebas de que los atentados los cometiera Bin Laden y además, este no es el momento de hablar de tipo de estado, lo único que queremos es que Delhi nos deje celebrar un referéndum para que la gente decida en qué país quiere estar, o si prefiere la independencia'.

En el centro de Srinagar un numeroso grupo de personas se arremolina ante una casa anexa a una mezquita. Parece que miran al cielo pero no: esperan a que la caridad islámica aparezca en forma de trozos de carne que llueven de un tejado. 'En un país con un 50% de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza', continúa el profesor Sheik, ¿no cree usted una locura que planteen una guerra nuclear, con armamento atómico? ¿por qué no utilizan ese dinero para crear infraestructuras, para dar de comer a la gente?

Por las noches suenan ráfagas de metralleta en Srinagar, la capital de Cachemira. Se escuchan voces, una lacnha surca las aguas del lago Dal en busca de terroristas, los aullidos de los perros se unen a los cantos llamando a la oración. 'Dicen que Bin Laden está en Cachemira', comenta divertido Mansur, mi guía en las montañas, 'pero la verdad es que yo nunca lo he visto'. Es que si lo ve se gana el premio de su vida, le comento. 'Pues aquí hay mucha gente a la que no le cae nada mal porque si te paras a pensarlo, lucha por los suyos, por los musulmanes, tal vez de un modo equivocado pero es que aquí han muerto ya treinta mil personas y a nadie parece importarle'.


Os dejo un video con imágenes que grabé del Yatra de Cachemira. El texto corresponde a un reportaje que se publicó en Diario de Sevilla hace unos años.


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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