jueves, 1 de diciembre de 2011

Viaje a Indonesia: en un entierro toraja en la isla de Sulawesi




En el centro de la isla Sulawesi, que nosotros conocemos con el nombre de islas Célebes, en la actual Indonesia, existe un extraño lugar donde los vivos no pierden jamás de vista a los muertos y los muertos observan desconfiados a los vivos. Pareciera que los primeros se hayan puesto incluso al servicio de las tinieblas, al de los finados, porque los acontecimientos los marcan los que ya no están, las fortunas se convierten en ruinas por culpa de los que se fueron y hasta viven mezclados, vivos y muertos, juntos en una misma casa, el difunto momificado y vigilante, el vivo respetuoso y un tanto estresado. Ese lugar se llama Tanatoraja, o ‘tierra de los toraja’, o más aún: tierras altas, una singular etnia animista que fue evangelizada en vano por misioneros holandeses y que hoy se declaran cristianos mientras observan con el rabillo del ojo las evoluciones de su perro pensando en una cena suculenta.


Por ejemplo: la tradición de los toraja manda que los herederos del occiso maten unos bueyes para que acompañen el camino del fallecido en el Más Allá. El señor Hen quiso elevar la apuesta y le prometió a su señora madre que mataría un buey por cada año que hubiera vivido. Los bueyes son caros y una familia ahorra durante años a la espera del entierro de algún ser querido.




‘Mi madre murió con ciento un años’, comenta con una amplia sonrisa, ‘su muerte fue mi ruina’. En Tanatoraja la vida gira alrededor de la muerte y el visitante incauto puede provocar carcajadas entre la audiencia si, como yo, pega un respingo tras tumbarse feliz sobre una montaña de coloridos cojines, cuando le dicen que cada almohadilla contiene los restos de un antepasado ahumado y plegado sobre sus articulaciones.



También es fácil congelar el gesto cuando, arrodillado ante una humilde mesa para mejor sorber el té hirviente, alguien comenta que la mesa no es tal sino una caja y que dentro duerme su sueño eterno el abuelo, momificado gracias a una inyección de formalina. ‘Antes los ahumábamos hasta que podíamos plegarlos sobre sus articulaciones’, me explica el señor Hen, ‘pero ahora les inyectamos formalina y es mucho más fácil y rápido…’ Los toraja son gente hospitalaria y amable, pero tienen una extraña costumbre funeraria: sus entierros sólo se celebran en verano, principalmente en agosto, para aprovechar la época seca, y sus muertos esperan a que los vivos consigan ahorrar la suma suficiente como para sacrificar los bueyes en su funeral. Cuanto mayor rango social tuvo el fallecido, más bueyes morirán ese día, cercenadas sus gargantas por un machete mellado. Bueyes que esperan su muerte con la singular paciencia de las almas inocentes, aguardando flemáticos su destino en pueblos de mentira, pueblos que no existen, pueblos que desaparecerán con el cuerpo del abuelo.


Llegué a Rantapao tras un largo viaje por paisajes de ensueño. Montañas verdes, húmedas, cielos azules manchados por nubes muy blancas, breves paradas en algunos merenderos de carretera y una curiosa carrera de cucarachitas por el cristal del autobús. Y lo hice desde Ujung Pandang, recomendado por alguien a quien, a su vez, otro alguien me recomendó en el vuelo desde Bali. La cadena de recomendaciones no pudo dar mejor resultado: Franz Toraja sería mi mentor en tierra de los toraja, la región que ocupa la franja central de esta isla con forma de orquídea. Franz hablaba inglés porque era profesor de alemán, decía con rotunda seguridad, y tenía una esposa y un pastor alemán que corría alegre también por la casa. ‘Pronto irá al puchero’, me dijo Franz con esa amplia sonrisa, ‘porque los toraja somos así, si nos dan a elegir entre una vaca, un cerdo o un perro, elegimos el perro’. Más adelante tendría la oportunidad de probar el plato local, tan especiado que podrían haberme colado el cadáver del abuelo del señor Hen porque lo único memorable fue que el picante me abrió el lagrimal y una lluvia irrefrenable cayó sin remedio sobre el plato típico local más demandado.



Los toraja son conocidos mundialmente por dos aspectos de sus vidas. El primero es el curioso ritual funerario que les tiene siempre tan atareados. El segundo es el curioso también modo de construir sus casas, con una extraña forma de Y que, dicen ellos, sirve de recuerdo y homenaje a sus antepasados de la noche oscura de los tiempos, cuando llegaron a la isla a bordo de barcos parecidos. La costumbre de comer perros o murciélagos gigantes no los caracteriza como etnia porque sus vecinos también lo hacen.




‘Este es mi abuelo’, me enseña un cráneo un muchacho que se acaba de encaramar sobre una roca pelada en la que hay una cueva pequeñita. El muchacho vuelve a meter la mano en la grieta oscura y saca un hueso. ‘Es una costilla de mi abuelo’, dice mientras se la coloca en el pecho. La extraña relación de los toraja con sus muertos es digna de admiración, más que de mofa, porque tienen un trato tan obsesivo con los que ya no están que llegué a sentir que tienen ganas de ser ellos, los vivos, los protagonistas para liberarse, por fin, del yugo excesivo de la tradición y convertirse, de una vez, en el centro de tan extraña cosmogonía. Al antropólogo inocente, Nigel Barley, le sorprendió también, en su libro ‘Bailando sobre la tumba’, que un muchacho sacara de un agujero y se lo presentara como su abuelo. ‘¿Cómo sabes que realmente es él?’, le preguntó. ‘Porque lo escribí con bolígrafo, ¿lo ve?’, respondió el muchacho. 


Franz ha localizado un entierro de cierta entidad. ‘Matarán veinticinco bueyes’, dice entusiasmado, ‘y estamos invitados’. Claro que no es muy difícil conseguir que te inviten: tan sólo hay que presentarse en el funeral con algún obsequio para la familia y dejarse llevar por la corriente humana. Los familiares del fallecido están obligados a levantar un poblado tradicional en pequeño, con representaciones de las típicas casas en miniatura, a modo de graderíos sobre los que se distribuyen los asistentes, casas de tan poca calidad que, de cuando en cuando, cae alguna con gran estrépito desparramando a varios desafortunados por los suelos encharcados de sangre de búfalo, una situación azarosa que provoca sonoras carcajadas del respetable mientras los damnificados se levantan con una amplia sonrisa. En ocasiones una mala caída puede incluso originar un nuevo enterramiento en una absurda espiral de sepelios que se retroalimentan…






En el pequeño poblado donde se celebra este funeral se concentra una gran multitud de visitantes. Son parientes, vecinos, conocidos, gente anónima, veo dos turistas con grandes cámaras, hay absolutos desconocidos que vienen de otras islas atraídos por el rumor de un entierro de los que hacen época. Los búfalos esperan pacientes, sujetos por las argollas de sus hocicos a las manos de otros tantos muchachos ansiosos por que empiece la ceremonia. De pronto, cae el primer animal. Un certero machetazo le destroza la yugular, el buey parece caer de pronto que eso es la muerte y que, como diría Alfredo Zitarrosa, la muerte duele, pero qué es doler y qué duele y dónde. Ya es tarde, no obstante, para tanta pregunta porque el animal se desangra irremediablemente, dobla sus patas y cae al suelo para buscar inútilmente el aire que se le escapa. Que huye como huye su vida y su sangre, que mancha el suelo en un pequeño pero creciente océano rojo que lo invade todo. Niños de apenas diez años se acercan con sus cañas de bambú para llenarlas de la sangre roja de puro oxígeno de la bestia agonizante. El segundo buey, que ha visto cómo muere su compañero, rumia despreocupado mientras se acerca su matarife, lo miro con indiferencia, mira el machete con curiosidad, vuelve a rumiar, ve el cadáver de su compañero, escucha los gritos del público y, de pronto, siente en su garganta el filo mellado de un machete como mínimo sucio de la muerte y cae entonces, como cayó su compañero, en que la muerte es eso, sin saberlo, y que su compañero murió como muere él en ese momento. Y aún no ha expirado este segundo búfalo cuando un tercero, igualmente flemático y parsimonioso, se acerca manso a ofrecer su recio cuello a su verdugo. El espectáculo tiene algo de hipnótico, la sangre que tiñe el suelo amarillo albero, los gritos de los visitantes, los ansiosos que no pueden esperar al fin de la masacre para despiezar a los animales muertos y se reparten los cuartos traseros mientras apuran sus cigarrillos con aroma a clavo.







La carne se estruja, fuertemente especiada y acompañada de verduras, en el interior de gruesas cañas de bambú y se ponen luego a calentar sobre el fuego que cuida, irremediablemente, una anciana desdentada. A lo lejos suena un fuerte golpe, se escuchan risotadas, otro graderío acaba de caer con su carga…

Del té y las pastitas que me han ofrecido en los graderíos pasamos al festín carnívoro a ras de suelo. Un grupo de chicas canta una larguísima canción, la carne está sabrosa y a los toraja les encanta que les hagan fotos.










































También resuenan unos chillidos agudos: son cerdos, inmovilizados en unas coloridas jaulas con forma de casas-barco, cerdos gritones, cerdos que tiemblan ante la muerte de sus compañeros, que también van cayendo como los bueyes, cerdos que, a diferencia de aquellos, son conscientes de la masacre y chillan desesperados porque ese gorrinito que aquel señor descuartiza con tanta habilidad era su primo, o al menos su amigo, y el cerdo sabe que pronto le tocará a él. 

Por eso los inmovilizan, estos toraja son así de listos, no quieren que la jornada acabe con una rebelión digna de Orwell aunque los pobres cerdos no dejan de inspirar una profunda lástima... No sabemos qué pensarán de estas matanzas los homenajeados, los muertos, en su mundo aunque sí que están eternamente condenados a caminar bocabajo, hablar al revés y esperando las cosechas perdidas de su pueblo para poder comer porque los toraja creen que el otro mundo es una réplica de este, pero en su contrario.


Detalle de la colorida jaula del cerdo, que chilla desesperado esperando su turno en el holocausto porcino

























Las cornamentas de los bueyes acaban decorando los frontales de las viviendas toraja




Sin embargo, el cadáver que destaca no es el del cerdo ni el del buey sino el de un acomodado toraja, debidamente embalsamado, aguardando en lo alto de una casa especial. Sus restos acabarán, cuando finalice el funeral, en una cueva, donde reposará unos años hasta que lo cambien a su destino final, la gran gruta de féretros repletos de huesos que caen desde las alturas porque la madera se corrompe con el tiempo. Más folclórico nos resulta el rito funerario de los niños sin destetar: sus cuerpecitos son enterrados en árboles del bosque, en huecos que excavan los troncos, enterrados de pie y separados del mundo por una ténue cortina vegetal, tumbas que se regeneran con el tiempo para dejar al bebé como un todo de madera y bosque.



Al funeral todavía le quedan dos días pero Franz ya ha disfrutado bastante y parece feliz con su barriga llena. En el camino de vuelta encontramos otro funeral, este bastante más austero: sólo han matado un buey y los asistentes, alrededor de una cincuentena, se protegen de una breve llovizna bajo una humilde techumbre. Incluso en Tanatoraja hay clases. El funeral es doble porque aprovechan para sacar los muertos de otros años y cambiarlos de cementerio. Los cadáveres reposan envueltos en telas coloridas, a modo de cojines, tirados en cualquier parte. El anfitrión está encantado de que un extranjero haya acudido a su entierro y decide sacrificar otro buey en mi honor. Mis súplicas para que indulte al animal caen en saco roto y tengo que aguardar a que su carne se cueza para no hacer un feo a esta familia sumamente pobre que me homenajea de este modo tan injusto (para el buey).


Este búfalo se convirtió en mi homenaje y murió en mi honor: descanse en paz




Porque comprar un buey no es tan sencillo. Hay que ahorrar durante muchos meses, en el caso de familias adineradas, años si la familia es pobre, hay que hacer cuentas, renunciar a caprichos, buscar y rebuscar en los mercados para encontrar esa bestia que le venga bien al fallecido, relamerse ante los bueyes albinos porque tienen un plus de calidad para el postrer viaje pero al tiempo son mucho más caros, hay que apretarse el cinturón y pensar que el sacrificio merece la pena porque pronto será uno mismo el que muera y el que reciba tan magnífico regalo celestial.

Tumbas toraja


Y, por supuesto, hay que dejar constancia de nuestro paso por estos mundos de Dios. Cerca de Rantepao hay una curiosa montaña desde la que los muertos miran a los vivos. Y lo hacen con los ojos muy abiertos, tallados a imagen y semejanza de los que ya no están, esculpidas en madera sus caras de vivos para que oteen el horizonte ahora que están muertos. Se llaman Tau Tau y representan a los difuntos: otro gasto más para que el tránsito se cumpla a la perfección. A los pies de la montaña de Londa los escultores se afanan en dar forma y vida a los trozos de madera. 

Los artesanos esculpiendo los Tau Tau que luego adornarán las entradas de las tumbas


Me despido de Tanatoraja pensando que no cuadra muy bien este animismo tan de libro con la religión cristiana como para que todos los toraja que encuentro me digan que son protestantes. Sobre todo en un país como Indonesia, el más poblado del mundo musulmán, con más de doscientos millones de seguidores de Alá. Hasta que me comentan que su cristianismo tiene más de desesperación que de otra cosa y que lo abrazaron después de rechazar hace cien años a los misioneros holandeses para caer en unas cruentas guerras con los musulmanes de la isla de Java que quisieron también convertirlos a su fe. Los toraja, en masa, abrazaron entonces el cristianismo pero de boquilla, listos que son los tíos, porque a la vista está que los espíritus siguen soplando sobre las tupidas selvas de Tanatoraja y que sus feligreses viven como Santa Teresa de Jesús, muriendo porque no mueren. 







© José Luis Sánchez Hachero

sanchezhachero@hotmail.com













































lunes, 28 de noviembre de 2011

Viaje a la Argentina del corralito




En el verano de 2001 tuve el dudoso privilegio de vivir durante tres semanas el corralito de Argentina. El País publica un artículo en el que hace un periodismo ficción muy interesante donde fantasea con un futuro en el que el euro ha muerto y la peseta, la neopeseta o el europeseta irrumpe en nuestra vida económica. 


No sé si semejante situación puede llegar a producirse, aunque muchos avisan de esta posibilidad desde hace años. De ser cierta, sería un drama. De ser posible, ocurriría algo parecido a lo que yo viví en Argentina durante aquellas tres semanas. Mi amiga Mariana, por ejemplo, guardaba bajo la cama una caja llena de dólares porque no se terminó de fiar de los bancos. Al menos pudo salvar algo. Miles de personas, qué digo miles: cientos de miles asistieron perplejos a una tragedia monetaria en la que sus ahorros se dividían entre cuatro y lo que les quedaba en las cuentas no podían sacarlo sino con cuentagotas. Las colas daban la vuelta a las manzanas, los vivos se levantaban temprano y alquilaban las plazas más cercanas a las puertas, en las calles la algaradas eran generales, la gente cambiaba productos básicos en mercadillos callejeros. Incluso proliferaban las monedas: estaba el patacón, el lecop, el peso... las regiones imprimían otras monedas diferentes, en la televisión las noticias revelaban que en algunas partes del país los niños morían de hambre... parecía que el apocalipsis se desataba poco a poco...


Os dejo un video en el que se recogen algunas experiencias y en el que un locutor de radio andaluz, con décadas viviendo en Argentina, explica su visión de la situación. Muchos puntos son escalofriantemente similares a los que hemos vivido aquí. Otros, definitivamente no. Estamos en una entidad supranacional superior a la soledad argentina, hay voces que aseguran que todo está preparado para que desemboque en una Europa unida en lo fiscal y sometida al imperio del savoir faire alemán, hay quien sigue viendo luz en el horizonte. En Argentina no había luz, todo eran tinieblas. Diez años después, el video sigue teniendo validez y Argentina sigue medio hundida pero con luz en su interior porque no hay mal que cien años dure ni pueblo que lo soporte.









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 27 de noviembre de 2011

Viaje a México: una misa de la Santa Muerte







El 31 de julio de 2008 un numeroso grupo de sicarios fuertemente armados se interpuso ante el 4x4 de Jonathan Legaria Vargas y disparó hasta agotar las municiones. Dicen sus dos acompañantes, milagrosamente intactas, que volaron cientos de balas, concretamente y siempre según el forense doscientas siete, y que todas impactaron en el cuerpo de Jonathan, conocido como Padrino Endoque y también por el sobrenombre de Comandante Pantera. Balas de gran calibre procedentes de cuernos de chivo, o Ak 47, como su propia madre explica a quien quiera escuchar la terrible muerte de su hijo, balas que lo dejaron tan maltrecho que su propia madre, la que cuenta el suceso con emocionada sonrisa, no supo reconocerlo en la camilla del mortuorio. Jonathan, el Padrino, o el Comandante Pantera, murió joven, apenas cumplidos los veintiséis años, pero dejó atrás una obra digna de alguna película de bajos fondos, de sectas enrevesadas o del surrealismo más dadaísta.







La principal herencia de Jonathan mide veintidós metros, está elaborada con resina y metal y tiene la tenebrosa forma de una figura antropomórfica con una calavera tocada con mantilla por cabeza. La estatua domina las alturas de la colonia Santa María Cuatepec, en el municipio de Tultitlan, unas horas al norte del distrito federal de México, y dicen que tiene hasta premio Guinness: la estatua de la Santa Muerte más grande del mundo. Porque, hilvanando ya del todo esta historia, la extraña figura se encuentra en un predio que hace las veces de tierra sagrada y que el propio Jonathan, y ahora su madre y sus seguidores, denominan Santuario del Templo de la Santa Muerte Internacional. Bajo la imponente presencia, pintada en negro, un improvisado altar, otra Santa Muerte, pero esta más pequeña y encerrada en una urna de cristal, ‘la favorita de mi hijo’, asegura su madre, doña Enriqueta, un amplio terreno sembrado de bancos de madera y otros dos altares situados en un rincón y abrumados de ofrendas y recuerdos.

Doña Enriqueta, la Madrina Endoque, ante un retrato de su hijo, el Comandante Pantera, y sus estatuas de la Santa Muerte

Doña Enriqueta Vargas Legaria no sólo perdió a su hijo en aquel sangriento suceso: también extravió su nombre y su confianza en el Papa de Roma. Ahora es la Madrina, convertida a la fe que levantó su hijo a la precoz edad de veinte años, un culto que la consume hasta el punto de dividir sus días entre la Comadre y el restaurante que regenta desde hace toda una vida. Doña Enriqueta renegó de la iglesia católica cuando vio el cuerpo ensangrentado de su hijo, un motivo más que suficiente para que tema por su vida, asegura, porque los curas católicos ‘no me acaban de perdonar’. Lo cierto es que el culto a la Santa Muerte se multiplica en un país, México, que se despierta cada mañana con una nueva masacre que sitúa a la muerte, a la Santa Muerte, en los titulares de los periódicos. Una pasión que ya sorprendió a las huestes de Hernán Cortés cuando conquistó Tenochtitlan y encontraba en cada templo despojos humanos, calaveras, corazones sanguinolientos, cadáveres abiertos. Una relación, la del mexicano con la muerte, difícil de asumir por los que huimos de Ella despavoridos porque, tal vez, en el fondo no dejamos de pensar que con el último suspiro se acaba todo.


Doña Enriqueta oficia el culto en su Santuario

La Niña Blanca, la Comadre, la Señora, la Bonita, no la nombre usted sino de modo indirecto si no quiere atraer la mala suerte porque Ella, la Niña Blanca, es lo único seguro, junto a la vida y después de ello. ‘¿Qué hay seguro después de la vida? ¡¡La muerte!!’, asegura un seguidor encantado con su descubrimiento. La Madrina Endoque abre las puertas de su templo, la estatua brilla bajo el sol, a las puertas ya se concentran los primeros devotos. Llegar al Muy Funesto Lugar no ha sido tan difícil. Un autobús en el D.F recorre durante al menos cuatro horas el enorme núcleo urbano de la antigua Tenochtitlan, pasa por barrios y más barrios, baja puentes, los cruza por debajo, por arriba, veo campos que desaparecen engullidos por grandes extensiones de chabolas, de urbanizaciones de lujo, de barrios grises. Abandonado en una carretera solitaria en un lugar indefinido a las afueras del distrito federal, una furgoneta no tarda en aparecer. ‘Voy a la gran estatua de la Santa Muerte’, le digo al conductor, que asiente grave y me advierte de que me dejará lo más cerca posible. Por fin aparece, situada junto a una autopista, la avenida José López Portillo, rodeada de viviendas de una sola planta con grandes patios, una presencia irreal, no sé si cómica o trágica. Dicen los diarios locales que los vecinos abominan de su Gran Vecina y que incluso en una guardería cercana la utilizan como ejemplo práctico del Coco para atemorizar a los más traviesos: no quiero imaginar los traumas de los pequeños cuando ven asomarse sobre los tejados la lúgubre estampa de la iglesia vecina. Lo cierto es que el Templo está ahí, no era mentira, y por más que lo miro no acabo de creérmelo.



El Comandante Pantera tuvo una visión un tanto fúnebre, convenció a un amigo de que tenía que levantar un altar para su querida Comadre y se puso manos a la obra. El conocido le cedió el terreno, los acólitos que consiguió con su prodigiosa verborrea le donaron unos pesitos y su paciencia hizo el resto. Al Santuario llegaron entonces amigos de lo ajeno, señoras de presencia nocturna, sicarios arrepentidos, narcotraficantes rebosantes de fe, pobres de solemnidad, rateros de poca monta, señoras desesperadas, abuelas poseídas, artistas de la extravagancia. Entre los parroquianos veo tatuajes de la Niña Blanca en antebrazos, bíceps, cuellos y gargantas, camisetas de Iron Maiden, lienzos acristalados, figuras de todo tamaño, niños que juegan con collares manufacturados con diminutos cráneos de plástico, niñas que miman a sus Santas Muertes como si fueran muñequitas de Famosa.








Los feligreses de tan extraña parroquita cargan con estatuas de la Niña Blanca, algunas representaciones son blancas, y esas son las que solicitan salud, otras son negras, porque piden fuerza y poder, las hay moradas, que al estilo del santo afrocubano Eleguá abren los caminos de sus devotos, y también están las rojas, que solicitan amor. Los colores forman un amplio abanico del arco iris: dicen que las Santas de color verde ayudan a mantener unidos a los seres queridos y que las pintadas de amarillo son buenas para que te llegue dinero y buena suerte. El santoral de la Santa Muerte tiene incluso un día, el 15 de agosto, como fecha señalada para un recuerdo especial de esta santa que nunca existió y jamás dejó de existir, aunque la fecha, como la misma figura, es objeto de controversia y hay quien prefiere recordarla de manera especial antes de fin de año.

Peregrinación en el santuario de la Santa Muerte de Tultitlan
En el recinto de la Santa Muerte Internacional hay dos pequeños altares separados del gran espacio eclesiástico, o más bien Fúnebreclesiástico, donde los acólitos colocan sus ofrendas. En una de ellas cuelga una fotografía de todo una plantilla de policías, veo botellas de licor y manzanas, libros de colorines, muñecas descabezadas, cajas de pastelitos, velas de colores, medallitas. Un señor se arrodilla con un sentimiento verdadero y derrama un caudal de lágrimas que no parecen de cocodrilo. Se forma una breve cola porque todos quieren mirar a la Muerte, Santa en este caso, de frente. Les piden milagros, elevan los ojos desde la bajeza de las rodillas a la Señora, ‘Dios no está peleado con la Muerte’, me dice una señora de aspecto indígena.




Altares de la Santa Muerte con acólitos rezando y ofrendas variadas

Una potente voz resuena de pronto por un megáfono: no, no es la Señora sino su Madrina, doña Enriqueta, quien me ha asegurado pocos minutos antes del inicio de su muy extraña misa que llevará esta iglesia lo más lejos que las fuerzas le permitan. ‘A raíz de la muerte de mi hijo yo asumí el liderazgo, y eso que yo no creía en esta fe y pensaba que eran extravagancias de él’.




Sin embargo fue morir su pequeño y su mente encontró la iluminación que le faltó en vida. ‘Aquí encontré el consuelo que me ayudó a superarlo’, asegura Enriqueta, o la Madrina, rodeada de estatuas de la Niña Blanca que más parecen el fondo de un concierto de heavy metal que una iglesia al uso. La Madrina ha encontrado entre los feligreses de su hijo no sólo el consuelo sino la fuerza para seguir adelante y, claro, entre tanto apoyo y cariño incluso ha visto la luz. Una luz tal vez negra, pero luz al fin y al cabo. Una luz que traspasa a los seguidores de su fe con imposición de manos, palabras de consuelo, miradas cómplices y sonrisas, en general mucho más efectivo que libros sagrados y amenazas apoteósicas para esta gente humilde.







Doña Enriqueta toma las riendas de la misa mientras sus acólitos se arrodillan mansos sobre la hierba del recinto, la Madrina entona unos salmos de su invención mientras algunas personas parecen entrar en éxtasis místico, la madre del Comandante Pantera pide a la Señora por los asesinos, los narcos, los navajeros, los pobres y los incongruentes (sic) y un temblor recorre la cerviz de sus admiradores. Una señora despliega un póster de un esqueleto sobre el enrejado de la pared, una muchacha arregla el perejil que su estatuita lleva sobre una tétrica mano, dos chicos con la Muerte tatuada en sus cuellos cierran los ojos y parecen orar profundamente. ‘Mi hijo nunca vio a sus hermanos como delincuentes’, dice doña Enriqueta, ‘por eso lo querían tanto y ahora él está al lado de la Santa Muerte y desde allí nos protege a todos’.


Sobre la muerte del Comandante Pantera no hay nada claro. Al menos para los que no lo matamos. Su madre dice que no bebía alcohol ni consumía drogas pero, claro, ¿qué no dirá una madre de su hijo? La cosa es que la policía no hizo caso a su señora madre y siguió esa línea pero tampoco esclareció el homicidio mucho más. Los seguidores, por si fuera poco, no supieron de la muerte de su Guía espiritual hasta después de ser enterrado, un sepelio que, para más confusión, se celebró según el rito católico pero flanqueado por dos estatuas de la Santa Muerte como homenaje al finado. Sin embargo, y dicen las malas lenguas, todo parece encajar más bien en la fuerte competencia que las distintas iglesias de la Niña Blanca tienen montado en distintas partes de México. La más conocida está en Tepito, en pleno centro del D.F, un sitio difícil, peligroso y que guarda una de las imágenes más antiguas y carismáticas de este singular culto. Los líderes de las diferentes iglesias luchan entre sí por aglutinar al total de la feligresía, que alterna ritos católicos con los de este culto sin demasiados problemas.





El santoral de la Iglesia de la Santa Muerte es curioso y desagradable, y en él se incluye desde Jesús Malverde, un bandolero del siglo XIX, patrón de los narcos de Culiacán que se ha extendido por todo el país, al que puede rezarse en altares de carretera, a figuras de niños encerrados en urnas con los labios cosidos y los ojos arrancados. Una tradición tan extraña como común en la historia mexicana, visto el museo antropológico del D.F, donde las calaveras forman pirámides, adornan vasijas, indican caminos y se convierten en el distintivo de un pueblo que come incluso dulces con forma de cráneo al llegar el uno de noviembre.


En Tultitlán, mientras tanto, la Madrina Endoque lleva al éxtasis místico a su parroquia. Ahora cierran los ojos, más tarde elevan los brazos al cielo, por fin se acercan al altar y reciben una rociada de agua bendita (¿o será maldita?) de manos de la Guía Espiritual. ‘A mí me ayudó en amores’, asegura un hombre de aspecto sospechoso, ‘le pedí por mi novia, a la que le pegaba bastante, y cuando volví a casa ahí estaba, me había perdonado’. ‘A mí me ayudó a encontrar un trabajo’, dice otro, ‘no encontraba nada pero desde que me encomendé a la Niña Blanca me salieron varios’. La Madrina atiende a la improvisada cola que se ha formado ante su santuario. Hay quien va de rodillas, pringando sus caros vaqueros del barro sagrado del Santuario Internacional. Un pequeño puesto proporciona material para el feligrés olvidadizo: estatuillas, breviarios, rosarios con calaveritas. La Santa Muerte de veintidós metros de alto abre sus brazos al cielo de Tultitlán en un cálido y estremecedor abrazo. Ese mismo día un diario publica el resultado de un tiroteo en Tijuana: quince adolescentes muertos en una fiesta juvenil. Un poderoso cártel de narcos del norte ha comenzado a ejecutar su amenaza: morirá un civil por cada tonelada de marihuana que la policía les ha incautado, y ha sido la mayor de la historia: 105. La Niña Blanca tiene tarea estos días y sus devotos también.




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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